El arte de fallar (y reconocerlo)/ The Art of Failure.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature

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   No conocía a Jo Rowling.

   Yo sabía de J.K. Rowling. Sin embargo, por una serie de casualidades de YouTube, he acabado estos días por reconocer, en algunas entrevistas y documentales, la autora que hay detrás del fenómeno cultural llamado Harry Potter (en el que he reconocido, más de una vez, un clasicismo profundo y una denuncia íntegra de la malevolencia humana). Es fascinante. Su historia, es fascinante.

   No la pobreza, no la riqueza; ni el éxito, ni el miedo. Eso y más: la sencillez, la sabiduría, la verdadera sabiduría de una mujer que ha pasado por mucho, que ha logrado depurar lo inútil de su vida en un caminos nada fácil y que ahora disfruta de su verdadera llamada, de su verdadero camino, siendo quien es.

   Y no me interesa por la falsa imagen de hacerse rica con un relato; si no por lo que ella muestra ser más allá de ese cuento de hadas escrito supuestamente para niños (como todos los cuentos de hadas, por lo demás) y a través de esa manía actual de envolver a los triunfadores con un aura de energía inalcanzable y, por lo mismo, irreal.

   Jo Rowling es una mujer que se equivoca, que sabe que yerra, pero también es una mujer llena de energía, como dice, más centrada de lo que ella misma creía, y que consiguió sobrellevar el fracaso erigiéndose sobre sus propios pies al seguir la corazonada que la ha acompañado toda su vida: la de contar historias.

   En la entrevista con otra triunfadora (porque lo son) y mucho más mediática, le dice a Oprah Winfrey que no espera ni desea alcanzar de nuevo el techo de éxito de Harry Potter. A lo que la presentadora contesta, con una conexión extraordinaria, que ella tampoco lo hace con su propio futuro dentro de su progresión. Eso es sabiduría en estado puro. Y cierta modestia y mucha paz.

   El camino de Jo Rowling, como el nuestro, no ha sido fácil. Ahora lo es, pero no siempre lo fue. Y bien aclara que no es romántico ni es deseable, pero es útil, es necesario cuando llegamos a un estado, que conozco bien, de congelación, de inestabilidad, de silencio, par a poder ser realmente libres.

   Si queremos, claro. Y tenemos las suficientes ganas, y descubrimos, en nosotros, la fuerza requerida para llegar a nuestros sueños: ser lo mejor de nosotros mismos.

Las letras de Màxim/ Màxim’s Writtings.

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   2012_5_19_enHgoT6E4ryd30puIhb1b5Quizá la forma más exacta de aprehender la personalidad de un escritor sea a través de su obra. No tiene que ser el completo de la misma; sólo con estar pendiente, con absorber las fuentes de las que bebe y la forma de expresar lo que siente, podemos desentrañar parte de ese misterio divino que es la creación artística.

   Màxim Huerta escribe con trazo ágil. Pertenece a esa raza de escritores que son periodistas, o que son periodistas y por eso escriben. Apegados a la realidad, conocedores del gusto público y, a la vez, expertos en la magia de crear ambientes, de ser concisos y de aspirar a sentimientos que mueven conciencias y corazones.

   Pero Màxim Huerta es algo más. La evolución de su escritura lo ha llevado a un desarrollo más profundo, a una búsqueda que el mero entretenimiento no le ofrece, o que le queda pequeño.

   Si evaluamos su obra hasta la fecha podemos observar ese cambio, sutil pero constante, que lo ha llevado a escribir desde Que sea la última vez… a Una tienda en París. Dos novelas tan distintas entre sí, aunque con nexos en común, cuyo puente y quizá pista de salida ha sido El sueño de la caracola.

   Que-sea-la-ultima-vez-3Del mero desenfado con transfundo más crítico de lo que se puede pensar en un primer momento, con personajes que son más profundos que el reflejo de su día a día nos puede hacer creer, Que sea la última vez… tiene mucho del Màxim Huerta divertido, alocado, lleno del misterio televisivo en el que se mueve como pez en el agua, las fiestas mundanas, la frágil felicidad de lo fugaz. Pero también esconde un poso de amargura y de denuncia feroz sobre el paso de la vida, nuestra resistencia a dejar ir al Tiempo, la asombrosa experiencia de ser amado y, finalmente, la imposibilidad de tener siempre una vida perfecta.

   El-susurro-de-la-caracola-2Con El susurro de la caracola, Màxim Huerta dio un paso adelante. Más sutil de lo que pudiera creerse, su lectura suave y agradable  esconde una historia para nada amable, pero servida con tanta ternura, con personajes que crecen hasta hacerse queridos, y que juegan a ser arquetipos y títeres del destino. El transfundo de El susurro de la caracola es una desgracia; la razón de ser del relato no es otro que la búsqueda de un corazón perdido en las vueltas de la vida y que, el raro tesón por un lado y las casualidades de la vida por otro, nos terminan definiendo. El susurro de la caracola es una denuncia envuelta en guante de seda, y es, a su vez, un sueño maravilloso que podría hacerse realidad si no fuera por el Destino, que siempre nos da un último giro, una última sorpresa, para dejarnos crecer y ser por fin, tal vez de una forma que nunca imaginamos, felices.

   Mi admiración por Una tienda en París no se basa, como podría pensarse, en la artesanía de su autor, que ha demostrado de sobra su capacidad para crear ambientes aparentemente sencillos, de lectura fácil y que llegan directo al corazón. una_tienda_en_paris_22En Una tienda en París los arquetipos de la novela actual (algo banales, ligeros, centrados en la autosatisfacción) están presentes, pero pronto dejan paso a un relato más profundo, más adulto, más armado, más real, más literario. Una tienda en París nos muestra a un autor que desea ser algo más que un periodista que escribe (bien) relatos leves que dejan un recuerdo agradable. Aquí se aventura con dos historias paralelas, con dos mujeres que nada tienen en común salvo una pasión prisionera que tarda en liberarse a un alto precio, consiguiendo la elusiva felicidad después de no pocos sacrificios. No es sólo la recreación de una época determinada, si no algo mucho más profundo. Una tienda en París esconde una gran joya, una reflexión profunda sobre lo que anhelamos, lo que podemos coger de la vida sin permiso, y el precio que siempre, siempre, pagamos por querer ser nosotros mismos. La magia de Una tienda en París no está en París, como pudiera parecer en un primer momento, si no en esos personajes recobrados por el autor, recreados por su imaginación y cuya vida impregna con un brío, una ternura, una falta de juicio y una profundidad admirables.

   5129fda455959-__p_0195Me gusta Màxim Huerta como autor. Y me gusta por esa evolución sutil pero tan revolucionaria que lleva a cabo con sorda habilidad. Y hace que espere su próximo relato con ansia, para seguir admirando la evolución que se destapa en Una tienda en París, cuyo centro son dos mujeres tan distintas y sin embargo tan iguales, y cuya brillantez, en la segunda mitad del relato, hace que destaque por encima de muchas, si no de la mayoría, de las novelas publicadas este año.

   En esta novela veo la semilla de Màxim Huerta como buen escritor, al menos ese escritor que busco: feroz pero sutil, directo pero delicado; lleno de audacia, de socarronería y de un corazón mucho más puro y delicado que esconde en el día a día, protegiéndolo de las inclemencias del tiempo, pero no del Arte. Historias que no necesitan de grandes artificios para llegar al alma y desentrañar vidas que se hacen cercanas y, a la vez, posibles.

   Las letras de Màxim siguen evolucionando, y las seguiremos esperando con ansia para poder ver cómo se transforma en el gran escritor que ya se adivina en las líneas que nos regala cada año.

El intrincado destino de Cocodrilos y Hombres/ The Mingled Destinies of Crocodiles and Men.

Arte/ Art, Literatura/Literature

English

   MingledDestinies_cvr3It’s not casual I named Eric Arvin The Constant Writer. He has always a case full of projects and this new novel, The Mingled Destinies of Crocodiles and Men is so vast, so intricate and well written, that overwhelmed me and ignite my admiration every time new material from him is published.

   And I do love his moves. I really do.

   But I don’t like Fantasy as a leit motiv. Sure I do love Magic Realism (at least with Latin-American accent, and The Rest is Illusion had it in its true core), but not Fantasy as a cornerstone of a story. Even though so, Eric Arvin finds his way to enchanted us through the Difficulties, the Obscure, the Hope and the Magic that enhanced his prose with tender poetry and deep notion of Men’s Destinies and Fate.

   This novel is vast. It’s really vast. I think it’s a river-novel, and that’s amazing. In this book he pours all his most beloved themes and develop a magic tale, full of details that needs a second lecture to people like me, with rusty English, just to really apprehend its richness, and its poetry.

   I love the Metaphor he used to show us Human History, first being trapped into Religion, now being trapped on Science, and the need we have to find the right middle point of equilibrium. For me, that’s the Message of this novel. The risk of suffocating Religions, the risk of turn our backs from Nature and from the very loving and perfect Equilibrium Nature has in herself and with us, Humans.

   Those are topics of his work as an Author: The Mingled Destinies of Crocodiles and Men is just the sumatory of all those topics. And it’s really impresive.

    Maybe it’s the first book he doesn’t develop true compassion for his characters. That shocked me a bit. I mean: bad guys are really bad; tortured characters are always in awe; Love is just a faint image in a world in crises. The end of an Era means destroying and forgetting and living in a world of ashes. The Mingled Destinies of Crocodiles and Men is all of this, but leaves us with a little ray of Hope.

   It’s a more mature novel, in a different ways. Technically, of course, and in the line of argument. Though it’s Eric Arvin’s pure and complete.

   The prose is divine. Eric Arvin writes like an Abundance Horn: flourish, preciously, precisely. I just love that. So, Destinies… is just a great novel. It’s a classic tale with Fantasy elements and full of Action and Love and Mystery. And that is magic!

   Eric Arvin is an extraordinary author. And he has a lot to offer. And we are in awe to read it.

La boda de Kate: amor otoñal y algo más/ Kate’s Wedding: Autumn Love and Something More.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   C_La boda de Kate.inddLa última novela escrita por Marta Rivera de la Cruz ha sido la primera que he leído de su autora.

   La boda de Kate es un libro otoñal, lleno de sorpresas tranquilas, tan sutilmente escrito que consigue ahondar en la psique del lector retratándolo en cada uno de los personajes que pueblan esta, al menos aparente, sencilla novela.

   Eso no debe ser fácil. Una historia bien hilvanada, que va descubriendo poco a poco sus secretos, con tal abundancia de personajes y tantas situaciones vitales, temporales y sentimentales, no debe ser sencilla. Pero lo es. Y por ello la pluma, la sapiencia y el estilo de Marta Rivera de la Cruz destaca por encima de todo regalándonos una sorpresa.

   Ribanova es el Lugo de la autora (desconocía su origen lucense hasta que, al descubrir su país imaginario, se me reveló por sí solo), lleno de magia y de sereno solaz. Y allí van a parar todos los personajes de esta variopinta historia, mezcla de géneros y de emociones, en la que destaca por encima de todo la pasión por escribir, lo ingrato que esconde y la satisfacción, quizá muchas veces tardía, que ofrece. Como el amor.

   Kate es una mujer de apertura suave, de descubrimiento constante. Es el paradigma de la historia, mas no el único. Marta Rivera de la Cruz la rodea de personajes igual de interesantes, cierto que casi arquetípicos, con los se conecta casi inmediatamente. Froster, tímido y galante, la familia Solomon, Shirley y Anna Lavina… Todos son retratados con amor y pintados con colores de otoño.unademagiaporfavor-novedades-literatura-novela-adulta-romantica-octubre-2013-planeta-la-boda-de-kate-marta-rivera-de-la-cruz-escritora

   La boda de Kate es un libro para leer acurrucado en el sofá más cómodo, rodeado de las cosas que más gustan: una taza humeante, música tranquila, una chimenea chisporroteando, y quizá unas gotas de lluvia resbalando por las ventanas. La boda de Kate es una historia de amor otoñal, es decir brillante, y de amor por la escritura. Y es algo más.

   Marta Rivera de la Cruz tiene esa prosa actual, directa pero no brusca, falsamente sencilla, suave sin ser empalagosa, firme sin ser pesada. Quizá sea el estilo de nuestro tiempo, en el que el Periodismo parece dominarlo todo. Y sin embargo, escribe con aires que no renuncian a la poesía ni a la crítica, ni siquiera al humor. Desdeñando estilos más prosódicos, más recargados, Marta Rivera de la Cruz consigue transmitir no sólo qué sienten sus personajes, qué les motiva, porqué sueñan, si no transmitir sus propias ideas del mundo, su experiencia veladamente serena, y una forma única de ver la vida que la ha llevado al éxito editorial.

   Nada en La boda de Kate deja indiferente. No es la exploración de un mundo anciano, no es la recuperación de un tiempo ido, ni el lamento melancólico de un deseo perdido. Es mucho más que todo eso, y a la vez, ni siquiera eso: es un canto al amor en todas las estaciones de la vida; a la labor de la escritura; a la investigación filológica y, a través del lenguaje, de las costumbres mundanas; es un retrato en sepia de unas vidas que nunca pierden su propio color aunque se tiñan de otoño; a la vida misma y a algunos de sus sueños.

   La boda de Kate navega llena de sutilezas por las aguas tranquilas de una vida ya vivida pero no acabada, ofreciendo no sólo respuestas vitales, si no promesas de porvenir. Marta Rivera de la Cruz juega al escondite sin esconderse, juega a la filosofía sin filosofar y a retratar con las palabras. Y lo consigue.

Andrés (Pequeños cuentos confusos).

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andres_amazon_cutEl Hombre Confuso ha publicado su primer relato corto a través de Kindle en la página web de Amazon.

 Andrés es el primer cuento de la serie Pequeños cuentos confusos. Una historia de iniciación, de descubrimientos, y de heridas que hacen daño dejando hondas huellas que llegan a olvidarse.

   Hay mucho de El Hombre Confuso en este relato: su gusto por la moda, su detallada recreación de los estados de ánimo, una mirada entre irónica y ácida pero, a la vez, también muy inocente, sobre lo que nos rodea.

 Andrés es un retrato de todos nosotros. De lo que fuimos y de lo que todavía somos. Un trocito del corazón de Andrés late en todos nosotros, no importa lo equidistante que estemos de él.

Todo vive en nosotros: la ilusión de lo nuevo; los sueños que se convierten en pequeñas pesadillas; la búsqueda que termina siendo decepcionante, la huida a veces y a veces, o casi siempre, la aceptación última.

   No importa nuestro género, nuestras preferencias sensuales: el mundo que se retrata en Andrés, aunque apenas pincelado y siempre a través de personajes que se suceden de forma líquida, es tan rabiosamente actual y tan realmente vacío, que casi duele. Nos identificamos con todos sus personajes pues hemos sido, o pudimos haber sido, todos ellos alguna vez. Y ese eco queda reverberando cuando terminamos de leer este relato.

   Como todo lo que tiene que ver con El Hombre Confuso, Andrés es muchas cosas a la vez más que el simple retrato de un chico de pueblo que llega a una gran ciudad sin saber qué hacer. La vida llega y lo dirige de aquí para allá, de situación equívoca en situación equívoca, y lo llena de dudas, de sensaciones, de sentimientos, de miedos y de fracasos que no son tales: Confuso es un hombre de mil facetas, capas que se suceden y que se desprenden como las hojas de un libro. Nada es lo que parece, pero todo tiene una columna vertebral sólida que lo hace reconocible y único.

   Andrés es un pequeño cuento confuso lleno de sinceridad, nada amable porque es verídico, lleno de delicada ironía y mucho menos feliz de lo que aparenta. El Hombre Confuso nos promete recrear un mundo feroz y real, en que se sufre pero a la vez se aprende, en el que la sensualidad, reina de nuestras pulsiones, nos hunde en el lodo, pero también nos redime, y sólo a veces, nos salva.

Tres líneas: algo nuevo/ Three Lines: Something New.

Literatura/Literature

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Los tres creadores del proyecto literario epistolar en Facebook: Tres líneas, han querido contar de nuevo con mi participación en él.

Desde aquí agradezco a sus autores que hayan pensado en mí nuevamente y que me hayan soportado de la forma tan estoica como lo han hecho.

Una nueva forma no sólo de escribir, si no de explorar un mundo que ha quedado atrás.

Aquí está la nueva epístola que he redactado para Tres líneas:

Madrid, 19 de abril de 1941

   Mi muy querido Emilio:

   Hay ciertos momentos en los que hablar es difícil, bien porque no hallamos las palabras suficientes o bien porque las circunstancias tienen en sí mismas ecos más potentes que hacen palidecer nuestras propias voces. Sin embargo, pedir disculpas no debería limitarse a una mera expresión de arrepentimiento: debería llevar consigo propósito de enmienda, y es lo que espero conseguir con esta carta.

   No están los tiempos para meditar en alta voz. No lo han estado desde hace años y sospecho que así se mantendrán en un futuro cercano. Me abruma pensar en el mañana, quizá porque comienzo a tener esa edad en la que los recuerdos pesan más que las esperanzas, o porque he visto tanto dolor en el mundo que sólo ansío ya que almas más puras puedan habitar en él con un mínimo de libertad humana. Sin embargo, no te llames a error: lo acontecido en las últimas semanas debería hacer de mis reflexiones una llamada de atención para con tu propia vida de la que, quizá sin querer, soy ahora tan responsable como tú mismo.

   Mientras me quede aliento haré lo que pueda en favor de los hombres, que seguro no merecen tantos desvelos, pero, reconozcámoslo, es lo único que tenemos para trascender de nosotros mismos. Al menos yo, que no he concebido hijos a pesar de haberlos ansiado mucho. En el fondo te veo como uno de ellos. El mejor, quizá. Quizá el único.

   Emilio, lamento haberte hecho pasar por este período de penalidades y de desazón. Era necesario. No te lo dije en esa ocasión, mientras nos arrebujábamos al abrigo de la fresca tras atender a ese pobre desgraciado sin esperanzas. Cuántos instantes similares habremos vivido ambos durante la contienda: mismos hombres, mismas costumbres, sueños idénticos… Querido Emilio, todo esto era necesario. No la guerra, desde luego, ni la locura, ni la destrucción, pero sí este período de prueba al que te hemos sometido. Hemos. He empleado bien el tiempo verbal. Y créeme que lo lamento. Pero sabía que te alzarías triunfante de prueba semejante: has demostrado tu calidad humana y tu aprecio por mí, que tal vez no merite tal honor ni tamaño sacrificio. Y ese es, quizá, el recuerdo que más grabado me ha quedado y que me ha hecho más feliz de esa noche llena de presuras y de intensidad.

   No es fácil hablar de felicidad en un mundo hecho pedazos, ¿verdad? Pero existe, Emilio. Cada paso, cada soplo de aire; el agua que apaga nuestra sed, la caricia de un niño, la mirada aprobatoria del más inútil de nuestros estudiantes… Todo eso lo he visto en ti, Emilio, mientras recorres torvamente el largo camino que separa Atocha de Moncloa, donde te he establecido un hogar perentorio y tu futuro, que sospecho mucho más estable de lo que crees.

   Has visto el estado en el que ha quedado el Hospital Clínico. Alzado, orgulloso, en la meseta de Moncloa, era demasiado importante para ambos bandos, casi tanto como para la ciudad y para el país. Una península entera separada por un montículo lleno de artillería perdida. Sigue dándome dolor ver, en las paredes semiderruidas, las heridas de las balas y la escombrera liosa que han dejado tras de sí las bombas de ambos bandos. El mundo es un caos, Emilio, al que nos hemos visto arrastrados por ideas preconcebidas por otros. Si hubiésemos tenido el tino de pensar por nosotros mismos, o al menos de poner en solfa tales soflamas, quizá no estaríamos de esta guisa hoy aquí. Pero a toro pasado todo es explicable, y lo que nos ocupa ahora no se merece perder más tiempo en circunloquios vacuos que ya no importan a nadie, y mucho menos a ti y a mí.

   Te pido disculpas por callar. A veces el silencio es un arma mortal, lo sé. Arriesgaba mucho ocultando motivos más profundos que los de desear ayudarte, mas ha sido éste y sólo éste el verdadero motor de mi ofrecimiento y de mi interés. Te estimo en grande, Emilio, pero mi ojo es capaz todavía de ver más allá de los espejismos que el cariño prende en el corazón humano: tu sapiencia, tu saber estar, la preocupación para los demás, esas ideas que fluyen entre el oleaje de falsa modernidad de una filosofía que viene del frío y esa otra que, de tan manida, yace congelada en el fondo de nuestros pensares. Hay mucho de ti que admiro, y la fuerza de carácter y la lealtad no son poca cosa en la lista de tus virtudes. Deseaba ayudarte, y necesitaba asimismo un compañero que completase en brío y determinación los anhelos que aún conserva este corazón que late.

   Como te bosquejé al claro del amanecer esa noche presurosa, pertenezco, junto con otros colegas de alto linaje, a una red de ayuda a refugiados que huyen desesperados del nuevo infierno que ha prendido en el resto de Europa, como si nuestro propio Purgatorio no hubiese sido suficiente ni la locura de la Gran Guerra bastante. Esa ayuda opera empleando las rutas de servicio de la Cruz Roja: por eso está en nuestras manos. Como debes saber por los rumores que corren por la facultad y el Hospital de San Carlos (y, de seguro, entre los ruinosos despojos del Hospital Clínico), además del intercambio de alimentos y medicinas, se truecan seres humanos: pobres almas que apenas hablan más idiomas que las bellas rimas germánicas o las antiguas lenguas romances tan poco parecidas a nuestro propio castellano, pero cuya convicción y ganas de vivir les asegurarán, en medio de recuerdos que no alcanzo si quiera a vislumbrar, prosperidad y alivio de supervivientes.

   La red está bien establecida. Los encuentros se tejen en la Tetería Embassy, cerca de donde os iréis a vivir, en el Paseo de la Castellana. Ya son horas de que tu mujer y tus hijos disfruten del verdadero estatus del que te has hecho merecedor. Allí se establecen los contactos necesarios para arreglar los imperativos legales y marchan, después de salir de su confinamiento en Miranda del Ebro, por varias vías de escape desde Portugal y Marruecos, pero sobre todo desde Redondela y el puerto de Vigo, hacia la libertad.

   Esta labor riesgosa me da paz, y me permite sentirme aún más útil. Mi lucha es contra la zafiedad y la ruindad del ser humano; no conoce límites, no tiene credos ni ideologías, salvo quizá la del Humanismo y también, sin vergüenza alguna, la del corazón. Estas pobres gentes son llevadas de aquí para allá como mercancía barata, apiñadas en campos de concentración y abandonadas a la dejadez de sus captores. En teoría, nuestra España es neutral; en esencia, es germanófila de raíz (no en vano hemos sido súbditos de la rama más poderosa pero menos floreciente de los Habsburgo durante un buen puñado de siglos), y veleidosa de alma: no debemos olvidar nunca que en la actualidad un gallego nos conduce. Y poca gente he conocido más tenaz, concienzuda y pétrea que un hijo de la recóndita Galicia. Así, coqueteamos con quien más convenga al Poder, y tengo el convencimiento de que nuestra labor confidencial es menos secreta de lo que quisiéramos y que, quizá, seguimos adelante más por connivencia del propio Estado que por otra cosa. Aunque esto último, siendo sincero, no me saca el sueño; la ayuda que puedo prestar a esos menesterosos, sí.

   Es necesario que lo sepas todo. Las paredes oyen y a veces también observan. Estos folios son la forma más discreta que tenemos en la actualidad de desnudar nuestras inquietudes. En público debemos actuar como lo que decimos que somos; en privado (¿y qué es privado en estos días?), gozamos de una mayor libertad, pero no mayor que la que el hueso de la muñeca tiene sobre el hueso del pie. Y como ves, estos papeles se hallan escondidos entre varios informes universitarios y cartas cuñadas con el sello de la Facultad. Todos nos conocemos aquí, querido Emilio, pero las precauciones nunca están de más.

   Como te dije al comienzo de ésta, he aquí mis disculpas. Mi comportamiento errático para contigo en realidad tiene varias lecturas, y no menos importante es la que ahora te pienso relatar. Y me adelantaré, lo sé, a un correo que recibirás dentro de pocos días, así que te ruego cuando lo hagas, muestres la contenida alegría que nos caracteriza como profesores universitarios que somos.

   Era necesario que entre nosotros hubiese el mínimo contacto, que demostrases tus habilidades naturales y el don de la enseñanza que se te adivina. Como todos, querido Emilio, sin tú conocerlo fuiste sometido al examen del Tribunal de Responsabilidades Políticas y de Depuración de Funciones Públicas: por suerte ya habías abandonado la Facultad cuando ocurrieron los Sucesos de San Carlos y tu nombre no se encontraba enlistado. Además, tu exoneración por dicho Tribunal suavizó las posibles suspicacias que tu bando en la contienda pudiera levantar en estos sabuesos de la Buena Conducta. Como bien sabes, no desean que vuelva a haber casos tan sonados como el de mi querido Juan Negrín, que aunque creo muy equivocado en las formas, en esencia es de corazón puro, y otros pocos colegas más. Muchos de los profesores afectos al antiguo régimen huyeron por sus malas artes o se exiliaron por orgullo intelectual (recuerda que Severo Ochoa ya tenía un contrato de investigación en los Estados Unidos cuando la refriega se acrecentó). Este Tribunal ha suavizado los matices de sus supuestos errores y muchos podrán volver a ocupar sus antiguos cargos o a seguir ejerciendo el noble arte que nos engrandece, Emilio. En nada gozaré de la compañía de mi admirado Marañón, pues pienso alcanzarle pronto en su periplo sudamericano antes de su pronta vuelta a Madrid.

   De suerte que hay unas cuantas cátedras vacías de nombramientos y quizá la de Negrín vaya a ser para ti. En todo caso, has sido admitido como profesor titular y la tesis doctoral que tanto trabajo te ha costado ha sido del agrado del tribunal. El amargo trago de haberla presentado, mostrándote sin embargo brillante y resuelto, me llenó de orgullo mal disimulado, he de confesar, porque soy consciente que no te ha sido fácil, de que yo no te lo he hecho fácil. Y por eso quiero que me disculpes una y otra vez. Pero quería que demostrases a los demás miembros del tribunal que mis querencias hacia ti eran reales, y las revalidaste con nota brillante, querido mío, en mi corazón y en sus conciencias. Me alegro mucho por ello. Y a partir de ahora no serás más el recomendado de Guillerna, sino Emilio Pérez-Olivares Espinosa, doctor en Medicina y garante, como muchos en esta clandestinidad que nos hermana, de un secreto entramado de ayuda física y espiritual que no sólo garantizará la integridad del cuerpo, sino el ansia del alma por la libertad.

   Tengo paciencia, querido Emilio. Ahora has de ocuparte de salir de esa ratonera en donde vives para que los trabajos de remodelación del Hospital Clínico sigan su curso. Tendrás a tu disposición una casa cómoda, un coche veloz y un ayudante que velará por los trabajos de reconstrucción que se llevan a cabo en Moncloa. Tu puesto está aquí ahora, en Atocha, en las disposiciones del Hospital de San Carlos y pronto en mi propia consulta privada, que te he de dejar con sumo placer en herencia.

   Y no encuentres mucha comodidad en el piso de La Castellana, ya que el día por Dios designado, podrás gozar de mis bienes además de mis ayudas, y podréis disfrutar de mis propiedades cerca del Retiro, que sé que extrañas las arboledas sin fin y el rumor de las fuentes. Somos más parecidos de lo que un padre y un hijo pudiesen nunca llegar a ser.

   Así me despido por ahora, mi querido colega. Emilio, compinche de noches interminables, interesante conversador, de verbo fácil y corazón caliente, espíritu presto y alma de acero, veo ante ti un camino brillante. Tu tendencia es al Servicio y no a la Investigación. Serás uno de los abanderados del nuevo movimiento que empiezo a prever en nuestra carrera: un equilibrio entre la práctica diaria y la investigación necesaria. En esto, como en todo lo que tiene que ver con los hombres, el punto mágico estará en la labor de equipo. Mucho aportarás a la Facultad, ya no sólo en refinamiento y en coraje y en ánimo, sino en saber práctico, tan necesario en el mundo de las construcciones mentales.

   Y no te olvides de este nuestro secreto. Conoces ahora los lugares de ocultamiento de esas pobres gentes y los entresijos necesarios para conseguir los salvoconductos y las rutas de acceso a la libertad humana. Puede que tengas que echar mano de esta red de ayuda alguna vez, aún en contra de poner en peligro a tu adorada familia: siempre hay alguien que necesita de nosotros.

   Llegado el caso, sólo llama. En el Embassy tu nombre está grabado a fuego junto al mío, y te reconocerán nada más entrar. Y ellos te indicarán, en el caso de yo no estar presente, lo que haya que hacer.

   Nunca hay que mirar hacia atrás, querido Emilio, si no es para aprender de los errores y olvidar lo demás. Por más horrores que hayamos visto, por más errores cometidos, el pasado es algo que va quedando detrás, día a día, hasta que se diluye en un futuro que ya ha dejado de ser.

   Admirándote, queriéndote y pidiendo de nuevo tu perdón, se despide con el ánimo alegre y al esperanza en el corazón, tu amigo,

   Álvaro Cervello de Guillerna.

De lectores/ About Readers.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

   visitantes-lectoresEsta tarde estuve comentando con una amiga 2.0 sobre las posibilidades que una trama pudiera tener. Ella está en el proceso de elaboración creativa, un lío amoroso y cruel a partes iguales, y quería saber mi opinión.

   Como lector puedo darlo. Como aspirante a escribiente (eso de escritor está demasiado lejos como para tomarlo en consideración) me aventuro un poco más. Pero es en lo primero en donde me encuentro seguro. Y como tal intenté ayudarla.

   Nada hay mejor para escribir que leer. Nada hay mejor para comprender nuestro mundo que entre las páginas idealizadas de un libro. No conozco mayor placer desde pequeños que las tapas abiertas de un libro, con sus grandes fotos y los pie de página ilustrativos, y las historias entrelazadas entre sus hojas.

   Sé que en la sociedad actual (una redundancia, pues toda sociedad es actual en el constante presente en el que navegamos) prima más la información visual y auditiva, tendemos a la pereza y yo me incluyo. Pero sólo la comprensión de lo que vemos y escuchamos viene tamizado por lo que leemos: entendemos mejor lo que nos ocurre a nosotros y a los demás a través del lenguaje. No en vano nuestro primer impulso ha sido siempre coger un papel y empezar a garabatear nuestros sentimientos o las ideas confusas que buscan una explicación coherente. Incluso con la facilidad que tenemos ahora de grabar un vídeo, sin base en papel las ideas son inconexas y pierden su valor de transmisión y, más todavía, su fuerza catártica y aseverativa en nuestro interior.

   Sin querer esta tarde me vi creando historias de ideas que ella me sugería y, a la vez, intentaba resolver los posibles problemas dramáticos a los que la historia la estaba llevando. Que es más fácil resolver problemas ajenos nos es algo que se me escapa. Pero había magia en ese intercambio de ideas, pues me sentía lector y escritor a partes iguales: podía verme escribiendo la trama y juzgándola; encontraba salidas versátiles a posibles baches argumentases; llevaba mi imaginación una velocidad sólo parecida a la de la luz.

   Y ese proceso creativo sólo se debe al leer. Soy lector. Como soy médico. Como soy ser humano. No podría ser de otro modo. Y, como lector, sé que el mundo es más vasto de lo que nunca podré imaginar y que lo puedo comprender porque hallo razones a los vericuetos de mi vida, a veces justificaciones y las más, mi propio retrato en las líneas leídas en ocasiones con ansia, y otras, con cierto desdén.

   Hoy es el Día del Lector. Yo lo ignoraba. Pero quizá sí haga falta recordarlo a veces. No hay paraíso que quede oculto fuera de las tapas de un libro. Ni una película sería lo que es, ni una canción lo que es, sin el soporte de una trama escrita, sin los sentimientos anotados, palabra por palabra, en una hoja de papel.

   Mi primer amor está oculto entre las tapas de un libro. Y mi vida también.