El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

Solo otra vez (naturalmente)

Deshabitados copy

al dr.H.

A veces las ilusiones, porque necesitamos ilusiones, son el lago donde se ahogan nuestra frescura y ganas de vivir.

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   A veces, sólo a veces, la magia se da, el regalo se recibe a manos llenas, y llega una chispa pequeña a iluminar por un instante una vida oscura. Y ya está. Todo parece girar de nuevo y hasta la sonrisa de fruta se abre como una flor y permanece eterna, alelada en ese vapor cálido de un sueño, una quimera. Y sabemos que todo es posible.

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   La soledad, una especie de mala consejera con un sueldo altísimo, parece que esconde sus cartas. Pero en realidad nos deja ciegos, y el encanto nos envuelve con una red débil. E imaginamos el día, la hora, la mirada cómplice, el ligero cabeceo, un ademán, y la voz suave, las manos firmes, el pecho abierto a un millón de besos, la espalda llena de caricias y un nombre, y un momento, en ese encuentro anhelado, en el que el atardecer, el viento, las hojas de los árboles y hasta los semáforos se detienen llenos de expectativas por lo que va a suceder… Y después todo pasa.

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   Las manos entrelazadas, la sonrisa cómplice, un abrazo y quizá un beso. Y la noche que sigue, las nuevas confidencias, una intimidad callada que no precisa de mucho más (todavía), si no de tiempo, tiempo que se extiende y se hace ingrávido, inerte, eterno.

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   Pero esas esperanzas, que se tejen débilmente en la distancia y se endurecen a medida que se acerca ese instante soñado, provienen de la soledad y a ella vuelven, dejando un corazón de nuevo herido, un mar de anhelos rotos, y una realidad grave.

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   No lo había imaginado así. No debía ser así. No otra vez. Pero sí.

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   Cuando nos abonamos al ensueño después de tanto tiempo mojados de realismo, cuando el corazón apagado renace otra vez lleno de brío, cuando nada importa: la distancia que no es nada, la virtualidad, a veces el silencio impenetrable y a veces una verborrea sorprendente, y nos enganchamos en un viaje ilusionado, carísimo, pero prometedor… La verdad siempre está ahí para llevarnos a tierra, para aclararnos que los sueños sólo se regalan a los afortunados; que los perdedores lo desean todo y son dueños de nada, excepto de una soledad sonora que de tan pesada se hace compañera, enemiga y verdugo.

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   No importa que la ciudad sea hermosa, que el día de primavera se cuele por entre las flores de los árboles aún desnudos de hojas; no importa que sea bello y encantador y tenga una voz grave y suave; ni que sus ademanes, vibrantes, enérgicos, simulen una conversación que es más bien un soliloquio; no importa que el local sea perfecto, la luz tamizada de las seis de la tarde, los asientos cómodos, de un terciopelo moderno y mullido, que la sombra de un edificio dibuje pequeños arcoiris en esos ojos preciosos, ni que la fuerza de una juventud divina parezca embriagar todo a nuestro alrededor… Siempre hay un móvil, un nuevo compromiso que surge, un vaya-lo-siento-me-quedaría-pero… Y nada más.

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   Porque en realidad NUNCA hubo nada más.

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   A veces las ilusiones, porque necesitamos ilusiones, son el lago donde se ahogan nuestra frescura y ganas de vivir. Y así seguimos, un día y otro también; solos otra vez, naturalmente.

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El día a día/ The days we're living

Quizás estés ahí/ Maybe You’ll Be There.

   Sé que no está bien. No puede estarlo, lo sé. Pero a veces no importa que actuemos de forma equivocada; que nuestras acciones sean incomprendidas a ojos ajenos ni nos beneficia ni perjudica, y sin embargo vivimos atareados pensando en qué pensarán los demás, si les parecerá bien o no, y qué ganamos con ello. Yo hace mucho tiempo que dejé de preocuparme de eso: el mismo día que te marchaste.

   Decías que siempre me abrazarías. Que tus labios eran sólo míos y que te gustaba besarme lento, como la marea al llegar a la playa. Que mis ojos eran tuyos y mis manos entre tu pelo, los dedos del aire rizando esos mechones oscuros. Todo palabras bonitas, caricias melosas, bellas embestidas de aliento y cercanía.

   Decías que nadie me igualaba, que buscabas y me encontraste como quien se tropieza con la vida, y que la vida se derramaba como nuestros sudores y nuestras lágrimas, y que todo era vida, porque todo era mi cuerpo y el tuyo y las sombras que los acompañaban y las caricias que los ataban y los gemidos que se vertían en la nada.

   Pura poesía.

   Juntos vagando por la playa. Juntos, acurrucados, en medio del loco frío de enero. Juntos, saltando los charcos que dejaban la lluvia furiosa de abril y las sombras estrechas de junio. Sintiendo piel contra piel el cosquilleo gracioso, la sorpresa y la gracia de descubrir que vivimos en otro, que respiramos por otro y que seguimos siendo nosotros mismos, siempre nosotros, nunca dos. Y ya ves…

   Cuando voy caminando distraídamente y tropiezo con un murmullo de gente, salgo de mi estado invernal y me acerco presuroso. Me quedo mirando fijamente cada uno de los rostros de esa gente, los ojos fruncidos, la voz muda ansiosa y casi desesperada. Se alejan de mí con miedo, y las reuniones se acaban como una vela que se apaga de repente. Sé que no es lo correcto, sé que me tienen por loco, pero tú podrías ser alguno de ésos que se esconde entre el gentío, y mi última esperanza es la de encontrarte.

   A medianoche, dormido, oigo tu voz. Y me levanto como enloquecido, abro los balcones y oteo el horizonte oscuro, lleno de estrellas o de nubes, y entre el viento furioso o la lluvia inclemente o el calor abrasador, me quedo embebido repitiendo tu nombre, para hacer de mi voz un hechizo y de mi ansia un deseo y encontrarte de nuevo, otra vez a mi lado, entre la penumbra, entre las sombras de mi cuerpo y el blando lecho del amor.

   Porque decías que no me dejarías, que me querrías siempre, que estaríamos unidos como siameses o como adolescentes eternos, cuidándonos, admirándonos, callándonos con besos o con caricias, y habitando un silencio repleto de vivencias y de sueños por cumplir.

   Pura poesía.

   Pero a pesar de todo eso te fuiste. Te fuiste dejándome solo, dejándome así. Ni bien ni mal. Tibio. Ansioso. Sediento de ti.

   Cuando camino por la Alameda, en medio de chiquillos latosos haciendo ruido y jugando, madres ocupadas, abuelos fingiendo aburrirse y corredores corriendo carreras interminables por la Herradura, susurro con los ojos tu nombre y aguzo mis oídos y mi piel se eriza esperándote, porque quizás estés ahí, escondido entre la gente, detrás de un árbol cercano, jugando al escondite con mi corazón, y no quiero dejar de verte, pasarte desapercibido, volverte a olvidar.

   Sé que no está bien, sé que me hago daño, pero no puedo hacer nada más, eres un fantasma que tira de mí, que aún me posee; me has arrojado al abismo de la ignorancia y me has dejado solo, sin explicaciones y sin respuestas, y me has atado a ti para siempre.

   A veces me detengo, en medio de la calle desierta, esperando verte llegar corriendo sin aliento hasta mí. A veces, en el mar, entre cientos de bañistas que nada tienen que ver conmigo, busco verte y creo verte y te siento cerca y te imagino a mi lado, porque quizás ahí estés tú también.

   Cuánto amor desperdiciado, cuánta promesa inacabada… ¿Cómo pudimos terminar así?

   No lo sé…

   Entro en una iglesia y me arrodillo ante ti. Y ruego con los ojos cerrados y el corazón abierto, y espero extático entre el silencio del vacío poder encontrarte ahí tal vez. Para hablarte de lo mucho que me has herido, para decirte que tu mudez me ha dañado para siempre, que tus prometas rotas, todas creídas por mí, se hallaban en el vacío de una soledad ansiosa.

   ¿Cómo pudimos terminar así?

   No lo sé…

   Quizás estés ahí, ahí delante de mí…Pero mi corazón veda a mis ojos, y a veces mi odio a mi corazón, y aunque no sea lo correcto, y aunque no pueda más… Tengo que dejarte ir, tengo que olvidarme de ti, pues tú ya no quieres saber ya más de mí…

   ¿Cómo pudimos terminar así?

   No lo sé…

 

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