¿Y si fuéramos nosotros?

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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No tendría que salir mal. Mira: hay mar, un océano enorme que desparece en el cielo. Y hay estrellas. Trillones. Una y dos. Como tú y yo.

¿Y si fuéramos nosotros? Los que caminan de la mano, los que se hacen cosquillas sin querer y sonríen por tonterías y por verdades. ¿Y si fuéramos nosotros los que ríen fácil, con la boca llena de dientes mientras se abrazan callados? No tendría que salir mal. Nunca más.

Tengo miedo. Tú también. Hay mucha historia detrás. Pero ahora sólo somos tú y yo. Y nada más. Podríamos intentar borrar de nuestra mirada esos ojos que nos hicieron daño y de nuestra memoria las palabras que hieren y se quedan clavadas en el pensamiento.

Podríamos ser nosotros. Un dos. Uno más uno. Cada quien dando lo mejor de sí pidiendo lo mejor del otro. No tendría que salir mal. Porque nos conocemos. Porque aquello que se rompió en nuestras historias viejas ya no nos hiere. ¿Y si fuéramos nosotros?

Nada importaría si fuéramos tú y yo aquello que más necesitásemos. Nada más tendría sentido sin ti ni sin mí. Y eso comienza a pellizcarme la piel.

Podríamos ser nosotros. Sólo nosotros. Lo vivido ya no necesitado, sólo nosotros frente a una posibilidad única, que nos hace nuevos, nos estrena de puro gusto.

Sólo tú y yo.

Podríamos probar. Lo tenemos todo: el mar que ruge, las estrella que titilan. Y el amparo de la noche. La piel que se abre y las bocas que se beben, el sudor que lubrica, los abrazos que protegen y los corazones que laten.

¿Y si fuéramos nosotros? Todo sería nuevo. Todo se olvidaría de verdad. Tus heridas, mis miedos. Tus manías, mis deseos. ¿Y si fuéramos nosotros no llegaríamos al fin del mundo?

Podríamos probar. Podríamos quedarnos así, entrelazados y confundidos el resto de la noche mientras los cuerpos piensan por nosotros y los latidos ponen en marcha el ritmo del mundo.

De nuestro mundo.

El tuyo. El mío.

Todo sería posible, si fuéramos nosotros.

¿Te atreverías?

Necesito (creer) esas mentiras

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Suena el piano. El rumor de la gente conversando, ese murmullo de fondo que se mezcla con mi pensamiento. El chocar de las copas, las tazas que se posan en los paltos. Y la lluvia en las ventanas.

Hay gente sentada en los amplios escaparates. Les gusta ver a la gente pasar, algunas corriendo porque se mojan. Y ellos tan cómodos al abrigo de una conversación amena o de un monólogo.

La verdad, necesito creer en esas cosas. Lo que me rodea, que no me rodea; lo que sigo soñando pese a lo que me rodea. La mayoría pretende ser feliz. Lo sé: yo soy uno de ellos. Sentado en la barra de un café-bar, pido una copa de cava, algo inusual. El camarero me mira un tanto descompuesto. No un gin-tonic, no un vodka con hielo: sólo cava. De esas que se cobran por copa, que si no la necesidad me sale muy cara. Y para pagos ajenos ya llega mi corazón.

Llueve, pero aquí dentro el calor parece emerger de los cuerpos arrejuntados. No soy tonto, ni siquiera estoy ciego. Algunos tienen amor en sus labios y otros en sus lechos; otros simplemente necesitan compañía; todos buscan algo, nadie quiere nada del otro. Lo sé: yo soy así. Pero la verdad, necesito creer que la vida tiene un fondo de fantasía, que encierra  a veces una promesa de realidad. Necesito creer en los finales felices y en los arco iris eternos; que la mano que me toca sólo quiera tocarme y los labios que me besen darme placer.

Quiero creer que la Belleza me busca como yo a ella. Que ese gesto, que ese perfil o ese cuerpo perfecto suspiran por ser adorado por mis manos, sellados por mi boca. Porque busco sediento esa necesidad infantil en cada mirada que tropieza con la mía, en cada ademán que invita, pretende o cobra. Quiero creer que me quieren cuando sé que en realidad se aprovechan; necesito creer que me ven hermoso, cuando en realidad desean estar en otros brazos, en otros mundos lejos de mí.

Necesito creer en esas mentiras que dicen los hombres hermosos.

No soy tonto. No me ciego. Sé qué es la realidad. Y la copa ya le he terminado y qué más da, pido la botella completa. Helada, me deja la mano enrojecida, esa quemadura que se parece a su abrazo, ese toque frío en los labios que deja él en mi lengua. Quiero verlo con mis ojos abiertos, quiero saber que él me quiere. Pero rehuye mi mirada y pretende estar sordo cuando sé que me escucha muy bien. Los hombres hermosos tiene la habilidad de escurrirse como anguilas vivas. También de seducirnos por mero gusto y dejarnos atrás.

Si adelgazo, me digo. Si consigo un ascenso y me suben el sueldo. Si lo lleno de regalos caros, inútiles la mayoría y que no necesita. Si le pago las proteínas y le doy las mías, si le regalo lisonjas, si lleno de miel sus labios, quizá llegue a adorarme como se ama a sí mismo.

Pero no. Necesito creer en esas mentiras que dicen en susurros los hombres hermosos para no ser descubiertos. Pero no. No ya para mí.

Llevo media botella. Aún sueño con héroes vanos; aún espero que mi historia con él tenga un final feliz. Pretendo creer que él me cree; intento decirme que él me desea, me apoya, me necesita. Necesito creer en mis mentiras además de las suyas. Necesito creer que me las creo. Porque no sabría adónde ir. No más allá de esta barra atestada. No más allá de esta copa que se calienta.

Otra más.

Y el piano suena. Suena. Y me fijo en las manos del pianista, largas y finas, y en los antebrazos descubiertos y en la camisa entreabierta que descubre maravillas… Y cierro los ojos. Él es así. O pudo haber sido. O lo es con otro, que no conmigo. La Belleza va con la Belleza, se reconocen y se gozan en el encuentro. Los demás somos como postas, como posadas de una noche, o de una hora, o de diez minutos. Café, guiño de ojos, sonrisas veladas, caricias vacías y adiós.

Todo lo sé. No me engaño. No lo consigo. Pero lo necesito. Quizá por nada. Tal vez porque en realidad me busco en lo que no tengo. Y me digo a mí mismo que creo en héroes y en príncipes encantados y en cuentos de hadas y en hechicería y en el destino… Y lo trago todo de golpe con ayuda del cava.

Porque necesito creer en esas mentiras que dicen los hombres hermosos para seguir adelante. Al menos un poco más.

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La masa humana

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

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Esta mañana salía de guardia. Otra de esas veinticuatro horas matadoras en las que apenas tuve tiempo para sentarme a comer y cenar.

Mientras esperaba a que me vinieran a buscar en la puerta del hospital, el día venía con ganas de frío y viento. La gente intentaba guarecerse arrebujada en sí misma y en sus prendas de abrigo y el paso ligero de quien quiere llegar a refugio lo más pronto posible. En mi caso, como estaba esperando ver aparecer el coche, estaba en plena acera, caminando con paso corto de un lado a otro para matar el tiempo y vencer el sueño, que tal era mi cansancio que ni el viento frío me despertaba.

En esas, sentí un golpe en mis cuartos traseros. Vaya por delante que soy una persona corpulenta y, en general, ocupo un buen espacio; por lo tanto, tropezarse equivocadamente conmigo es algo complicado. El golpe me lo había propinado una pareja a la que se les notaba apuro y nula educación. Pusieron como barrera un bolso que el caballero empujó contra mi espalda baja (tampoco tengo una estatura española media, tiendo más al aire celta o vikingo) y que les sirvió para moverme apenas. El segundo acercamiento fue embestirme sin piedad para apartarme a un lado. Cosa que mi sentido común hizo. Mi orgullo no lo hubiese hecho. Pero soy un reprimido en asuntos sociales y mi férrea educación se impone en momentos en los que bien valdría dar un portazo, un buen grito o un desplante. En fin, la pareja ni se disculpó ni puso cara de contrariedad: iban en pos de su objetivo, que yo claramente obstaculizaba, y siguieron inmutables. Yo me les quedé mirando irritado. Y durante un instante casi les doy caza. Pero me detuve.

La masa humana es así. Está educada para conseguir lo más rápidamente posible su objetivo sin importar nada de lo que le rodea: manejamos a la Naturaleza y a los animales a nuestro antojo (o eso creemos), alienamos a nuestros semejantes. ¿Qué le hubiese costado a ese señor o a esa señora un poco de por favor? ¿Un atisbo de urbanidad? Nada. Y hubieran conseguido que me apartarse hasta con una sonrisa. Porque no hay nada más atractivo y contagioso que la buena educación.

Los chavales lo observan de sus mayores; los adultos pretenden que sus derechos tengan mayor peso que el de los demás. La imposición de valores puritanos no hace más que aumentar la brecha entre individualismo y civismo, con prevalencia de lo primero. Se impone la compasión como forma de interrelación: en las redes sociales, en la vida real. Compasión supone dos cualidades fundamentales para la Individualidad: saberse superior y más dadivoso que aquél al que se compadece. La igualdad se transforma en igualitarismo; la decencia, en una sombra de las necesidades íntimas y la ansiedad por alcanzar metas, en un cáncer que promueve frustración y tristeza.

La masa humana es una misma cosa. Todos estamos hechos del mismo material, viviendo y sintiendo en realidades paralelas, pero provenientes de la misma fuente biológica, del mismo chispazo bioquímico. En días así me doy cuenta que la vida es un teatro del que nos enamoramos tanto, nos identificarnos tanto, que llegamos a olvidar que es un vehículo de expresión y experiencia, no la vida misma. En una cama de UCI no hay diferencia entre pudientes o no, entre bellos o feos. La desnudez sólo añade una carga de vergüenza a esa identidad que se iguala en lo básico, en lo que nos une y no nos separa.

Estoy cansado de lidiar, durante el trabajo, con la escasa responsabilidad ajena, con el arte de la dispersión o con la pillería inútil que busca salirse con la suya. Ayer particularmente. Estaba tan enojado a las siete de la mañana por un enfermo que me acababan de comentar (porque no se me había comentado antes), que casi pierdo las formas con el equipo de UCI. Pero algo me detuvo. Me vi a mí mismo con el ego inflamado por la burla de la que había sido objeto (la colega en cuestión se fue a acostar dejándome toda la responsabilidad del enfermo a mí) y me parecí ridículo. Formar parte de la masa humana conlleva esos ejercicios de separación, de identificación y de rectificación que nos permiten elevar la naturaleza humana, hacer brillar la individualidad y la colectividad a un tiempo, además de forjar nuestra voluntad al ser una tarea autoimpuesta, buscada.

En ese estado de cosas, esta mañana, tras ser atropellado por la pareja en fuga, en vez de decirles cuatro cosas y quedarme tan pancho (incluso pensé en bloquearles realmente el paso) me detuve para contemplarlos. Y verme a mí mismo. No deseaba ser como ellos: mal educados, irreverentes. Pero sé que puedo serlo. Formo parte de la masa humana y a nada soy ajeno. Pero hay algo que me detiene muchas veces, que me obliga a reflexionar y a dar un paso atrás, y es esa identificación como individuo y como colectivo y la premisa, bastante sencilla, de tratar a todos como me gustaría que me tratasen siempre: sea comentando un paciente, sea dirigiendo una entrevista clínica, sea en la cola del súper o esperando la cuenta en un restaurante atestado.

En cada día hay una oportunidad para mejorarnos a nosotros mismos, para esforzarnos y elevar el peso de la masa humana un poco más cerca de la perfección, del cielo o de la eternidad.

La vida, a veces

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2017 se ha ido. Un capítulo de nuestra vida que se borra pero cuyos ecos rebotan todavía en el presente. Así es la vida, un río continuo en el que brillan, a veces, esos recuerdos que, como guijarros, ruedan con la corriente.

La vida, a veces, se muestra en matices. Y a veces como una explosión devastadora. Y, muchas más, como una caricia. Quizá me falten palabras para definir un año que se ha ido. A la vida, a veces, las frases le sobran.

Hubo un cáncer que superar, nuevos escollos financieros que parecen no tener fin; sorpresas desagradables, pegajosas y recurrentes. Pero también reencuentros inesperados tras un hiato de treinta años; una mano amiga que ayuda apenas sin solicitarlo, como lo es la amistad: generosa, sorda a rumores y llena de confianza.

Ha habido una revolución interna que se venía gestando en el tiempo ido. Y una amistad brillante que dejó de serlo, luz fugaz que prometió algo tan difícil como es la sencillez en la entrega total. Quizá hubo demasiada expectativa en esa sorpresa inesperada que no casaba con la lógica de las cosas, con el mundo en el que vivimos. Lo que quizá sea peor. Eso es lo malo de las esperanzas, que son falsas, y perdemos la confianza (lo más importante entre los seres humanos) y nos gana el silencio.

Y sin embargo, pese a todo, el aire fresco del otoño trajo personas nuevas de mirada fija y limpia, que no temen demostrar su interés ni la maravillosa educación que ya no existe, o que ya no se usa. Y una sonrisa luminosa, que llena la cara y el corazón.

Hubo unas manos preciosas, grandes y algo temblorosas. Y unos ojos fantásticos que retrataron un poquito de ese yo que intenta salir cada vez con más fuerza.

La vida, a veces, es un puro lío. Y una gran gran gran decepción. Y un abandono. Puede que no sea responsabilidad de nadie: es así de inasible. Pero consigue que volvamos al lugar del que no debimos salir, transformados por sus fuerzas telúricas, por sus caricias de mar.

A veces la vida se va, y es mejor que así sea. Y a veces, sólo a veces, consigue quedarse llena de detalles que nos hacen sentirnos mejor.

Las aventuras se suceden, los errores también; las ayudas sorprendentes y, sobre todo, el ciclo eterno del nuevo día, la nueva noche, la salida del sol y la llegada de las estrellas. Quizá el secreto sea observarla de puntillas y finalmente dejar el hechizo pasar y quedarnos con la sensación de verdad y con la paz que nace, que nace siempre, en nuestro interior.

 

A mi familia, a E. Toribio por sus bellos retratos. A Iñaki por una tarde maravillosa. A Ryk por su sonrisa y su interés y su sacrifico. A Dani por ese detalle, y esa mirada, y esa conversación y esa educación fantástica. A Álvaro y Lolo, que son un ancla y una cometa. A Cris y Anita, pura generosidad. A Hugo, al que echaba de menos su abrazo. A Rita y Rebeca, cuya admiración desborda mi mera labor de consejero. A aquél que me dijo un día y después se fue y ya no será lo mismo (y no le importa). Y a Piernas de Alambre, porque la vida me lo ha regalado y está ahí, siempre cerca del teléfono y de mi vida.

No más héroes

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De un tiempo a esta parte escucho, entre asombrado y algo apenado, que vamos absorbiendo esa tendencia anglosajona (heredada, transformada por el tiempo, de los latinos y los griegos, y aún más allá en el interior de la Historia) de buscar héroes, personas a las que imitar, en las que buscar inspiración y que admiramos por encima del sentido común.

Estoy un tanto cansado de oír que necesitamos héroes, figuras referenciales, que nos inspiren a tomar una actitud u otra, que justifiquen nuestras ansias y anhelos, para usarlos de patrones transformadores de nuestro edificio vital y adquirir, de esa forma, una estructura de comportamiento, una meta y un logro.

En esto veo un gran error. Para alguien que ha carecido toda la vida de punto de referencia externa, esa obsesión por encontrar patrones de conducta y de inspiración me resulta alarmante. No tanto por sí mismos, si no por la excesiva importancia que se le está prestando, pasando de ser puntos de referencia coral a faro que guía el camino de una persona.

Decir que cada individuo en un mundo parece ahora más necesario que nunca. Admirar la cualidad que distingue a alguien de los demás es saludable y necesario; querer aprehenderla dejando nuestra personalidad a un lado es lo peligroso. Nos llenamos la boca de que necesitamos más personas-símbolo en vez de más personas-personas, sencillas y simplemente humanas. No porque haya más individuos discapacitados yo como unidad y la sociedad como conjunto, nos vemos obligados a cambiar. Por más que una estrella o alguien famoso (es que ahora todos son “celebridades” o “estrellas”… ¿de qué?) se identifique con una identidad de género, con un problema de dependencia, o con una actitud socialmente admirable, no va a hacer que desaparezcan las circunstancias vitales que rodean a nuestra sociedad; no la hace más relajada o abierta o flexible. La casa no se arregla por el tejado. No necesitamos más héroes de película, necesitamos héroes del día a día, personas normales que sonrían al ofrecer un servicio, que saluden de mañanas, que dejen su asiento al necesitado, que vivan su vida diaria con unos principios que equivalen a una estructura educacional que se adquiere en el hogar (no en el colegio), que se gana con el pulso diario.

De nada me sirve saber que éste o aquél es homosexual, transexual, pansexual, fluido, negado, independentistas, rojo, azul, negro o blanco. Mi vida es mejor porque ellos elevan, conmigo, la estructura del mundo; hacen que las fronteras de lo excelso sean más alcanzables; engrandecen en su pequeño aporte las gracias humanas; pero no las dignifican más, no las idealizan. Eso es añadir una carga de responsabilidad que esas personas-símbolos no merecen y que muchas veces son incapaces de sobrellevar. Y llegan las decepciones y los ídolos de pies de barro (todos lo somos). Porque colgar las esperanzas y las ilusiones a estos supuestos héroes no es más que trasvasar la costumbre cristiana de confiar en santos; somos politeístas de las virtudes (y pecados), y exigimos a esas pobres personas una rectitud, una falta de flexibilidad, ajenas a la naturaleza humana; esas personas, si bien les adula tal anhelo llevado a riesgos de fe, no están preparadas (y muchas veces ni lo desean) para semejante carga.

No necesitamos más héroes, no necesitamos símbolos de comportamiento. Sólo con el trabajo interior, la educación recibida en casa, y aquella que nos granjeamos cuando empezamos a tener consciencia de criterio, seremos capaces de construir un mundo mejor, donde el ejemplo sea práctico y transmisible, sin idealismos huecos, sin individuos idealizados que ni merecen semejante trato ni requieren tanta atención.

A fin y al cabo el trabajo es individual, el resultado multitudinario, contagioso y esperanzador. Porque siempre seremos nosotros mismos en ese baile de espejos; no corramos el riesgo de perdernos en imitaciones baratas de esos ídolos, ni busquemos la encarnación de una virtudes que desearíamos tener en ellos, olvidando cultivarlas en nosotros mismos.

Ya lo cantaba David Bowie: todos somos héroes, aunque sea por una noche.

Que esa labor no termine nunca y cristalice para siempre en nosotros, y brille en cada acto, en cada sonrisa, en cada condescendencia con los demás. Porque podemos ser héroes sin necesidad de otros héroes, por una noche, y por la eternidad de nuestra vida.

Calles de fuego: lo que significaba ser joven

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Calles de fuego es una película estrenada en 1984, sita en otro tiempo y lugar, bebe de las raíces de los años 1950 y los propios 1980. Era extravagante, con un reparto muy guapo (y algunas estrellas que salieron de ella) y la idea de que una fantasía callejera mezclada con música rock llevaría a los chicos a las calles a cambiar el mundo, o al menos a hacerlo algo más divertido.

Esas esperanzas que impregnaban la década de los 1980.

Y que curiosamente han llegado hasta hoy.

La sala de cine, con el mejor sonido Dolby del momento, esas imágenes y esa música poderosa, la belleza arrebatadora de sus dos protagonistas, los amigos buenos, el malo malísimo, la ropa de cuero, losa coches de los años 50, las motos, el juego de luces y la locura textil de la década de origen hicieron de este pastiche una película que ha permanecido en la memoria colectiva de todos lo que éramos adolescentes (o pre-adolescentes) en esa época maravillosa donde la música era un lazo de unión que no atragantaba todavía y donde las hombreras gobernaban el mundo (ojo, que ya están aquí) y el cardado y el corte de pelo asimétrico y los punks eran poco más que la representación del Inferno con su aspecto agresivo a la vez que tierno de animal herido y desubicado.

   En contra de lo que se piensa, la década de los 80 no fue una época fácil, pero fue luminosa para la música, el cine, el arte en general, medios que hacían que la vida se aligerara y amansaban el espíritu roto de una juventud que enfrentaba la desgracia del paro de más del 25% y la peste de la heroína y del VIH como podía, generalmente escudados en sus Walkman, sus cintas de 60, 90 y 120 minutos, sus Donkey-Kong, sus máquinas traga-perras llenas de Tetris y Pac-man y Marcianos y la eterna ilusión que ser joven era aquello, disfrutar de una buena canción, de una buena película, mientras bailaban con  sus zapatillas Reebok blancas y los vaqueros Levis’ 501 arremangados en los tobillos, escapando del frío con cazadoras de jean repletas de chapas y los cuellos y las frentes adornadas con bandanas multicolores.

   Después de más de 30 años todo sigue más o menos igual. Todo parece nuevo porque los ojos que ven la realidad no conocen lo que una vez hubo pasado. Se visten igual, están igual de perdidos, sus luchas se mezclan con la teatralidad del mundo, repleto de dirigentes ineptos que les ofrecen grotescos reflejos de sí mismos; y tienen sobre sí la losa de la sobre-información y de su accesibilidad; navegan en un mar de tendencias múltiples (ya no hay una creatividad uniforme que defina al siglo) sin puntos de anclaje, y deben enfrentarse a su meta de auto-definición en un terreno de arenas movedizas.

   Pero no todo es malo. Son gente más abierta (no son perfectos), intentan ver lo que les rodea con naturalidad, que es un punto más allá de la aceptación; se enfrentan a problemas similares con el mismo espíritu hambriento (bueno, algo más atemperado, que el medio es menos hostil) y descubrirán lo que significa ser joven: atravesar el mar de la vida con las armas de las artes y de las ciencias y crear un mundo propio, inclusivo, abierto, único y por tanto irremplazable y perecedero. Descubrirán que ser joven es haber vivido y que todo queda atrás, a la espera de que la siguiente generación atraviese sus calles de fuego en búsqueda de la ansiada felicidad. Una felicidad que es eso: vivir cada día como nos es regalado, con los dos pies en el presente y el corazón en la mirada.