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When Breath Becomes Air: intensa mortalidad.

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Paul Kalanithi siempre estuvo interesado en la Muerte. O en la Mortalidad más bien. Y por tanto en la Vida, en ese lugar indeterminado en el que el cerebro se hace mente y la mente  se une a lo que podemos llamar alma y hace emerger ese chispazo por siempre asombroso que es la Consciencia.

La consciencia, con su rango de frágil inmortalidad, necesita del lenguaje para comunicarse, para saberse viva, útil: ya sea el tacto, los signos, el sonido, las palabras. De sí misma debe llegar a otro individuo con las mismas capacidades para captar sus mensajes, aprehender sus significados y expresar sus reacciones, en ese circuito de ida y vuelta que llamamos relaciones humanas.

Paul Kalanithi sabía que el Lenguaje era la llave, pero la mente, y el cerebro como receptor y base orgánica de ese milagro diario, eran la cerradura que podría explicar, desentrañando su funcionamiento, reparando sus errores, ese misterio insondable que unía la vida y la muerte de una persona, el hecho de ser una persona, en nuestra realidad.

 When Breath Becomes Air es el relato de ese viaje personal que lo llevó, de una licenciatura en Inglés a culminar una brillante carrera formativa como neurocirujano. Es la descripción directa y profunda, tierna y única de sus dudas, sus errores, sus aciertos, su ego, su ascenso y su nadir, el arco de una vida joven que lo obtuvo casi todo con mucho esfuerzo y merecimiento, pero que casi no llegó a saborear nada: nada de lo que él creía desear, aunque realmente alcanzó el Todo: la libertad y, más incluso, la inmortalidad.

Escrito con un lenguaje casi poético, no hay nada inútil en este libro de memorias. Cada una de sus reflexiones, inspiradas por el momento de su vida, iluminan y ocultan la evolución de un ser que piensa y que siente, que se deja de lado, que se toma en serio, que ama lo que hace, que sueña en lo que hará y lo que ha dejado atrás, y encuentra un hilo común que conecta al chiquillo que una vez contempló la posibilidad de dedicarse a la religión y que finalmente alcanzó su plenitud siendo médico, una forma de servicio único, y un escritor suave, profundo, maravilloso.

No tuvo mucho tiempo para escribirlo: este viaje desde un diagnóstico fatídico (padecía cáncer de pulmón terminal a sus treinta y pocos años) a la liberación que la enfermedad le regala, quedó inconcluso. Su mujer, también médico, terminó de escribir las últimas páginas siguiendo el aliento de su respiración, regalándonos sus últimos días, sus actos, su serenidad, su entrega infinita y su generosidad únicas. Dos médicos hablando sobre la Vida y la Muerte, sobre los sufrimientos y los regalos de la Enfermedad, desde el Conocimiento, desde esa rara dualidad que realmente pocos podemos entender, pero con una facilidad de comunicación, una desnuda sinceridad, que desarma y seduce: cada página de When Breath Becomes Air es un canto a la belleza de vivir, una poesía sobre nacer y morir, sobre los sueños y las realidades, los errores, los aciertos, y las pequeñas alegrías que conforman la vida pequeña, la gran Vida que se abre en cada ser humano y que se cierra con su muerte.

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Es un neurocirujano quien escribe; digamos (y no es el primer ejemplo) que se piensa el pináculo de la Medicina. Paul Kanalithi se equivoca: todos los cirujanos piensan lo mismo. Y no pocos médicos. Nosotros, los Intensivistas, también. En contra de lo que su relato semeja, todos nos necesitamos, y todos hacemos una labor en conjunto para llevar a buen puerto ese deseo de ayudar, de cuidar, de servir de la mejor forma posible, siendo los capitanes del barco, los generales en jefe, los últimos responsables de cada uno de los actos en los que intervenimos. Y sí, cada fracaso es una herida profunda, un pequeño fin de mundo; cada éxito nos acerca, por tiempo breve, a ese éxtasis remoto que apenas gozamos con el sexo, con la belleza pasajera, con un día de sol.

Y sin embargo, es en la segunda parte del libro donde el corazón se desborda. Donde notamos el apremio por hacerse entender, donde vivimos ese viaje interminable hacia el centro de sí mismo: aceptación, desesperación, rabia, entrega, planificación, resistencia, determinación y finalmente, por encima de todo, la liberación que trae consigo el mayor ejemplo de todos, la lección única, la última posta, el destino final: la aceptación de lo que debe ser, y por tanto, la leve alegría que nos da la libertad: aceptar la muerte como un estado más de la vida, saber que las cosas, así como han sido son perfectas, porque perfecto es aquel que vive ese viaje último, ese postrer intento por ser infinito y sin tacha.

Es un libro sobre Medicina, sobre lo que significa ser médico. Pero por sobre todo es el relato de un ser humano que alcanza la perfección cuando abraza la aceptación, cuando deja de luchar y se une al flujo de la vida; que fluye por sus venas como sangre; que fluye por su mente como días de un calendario; que fluye por sus hechos descubriendo lo meta-humano, lo único, lo inalcanzable: la perfección anhelada, la desnudez del ser, la paz eterna, el descanso real.

Siendo un médico como él, teniendo intereses similares, inclinaciones parecidas, viviendo una religión propia que no es más que un reflejo de la búsqueda incesante de la percepción; habiendo estado enfermo, luchado contra esa situación, y finalmente aceptado su existencia, When Breath Becomes Air es un reflejo de mí mismo, es una trocito de mí, la refracción de una verdad que es múltiple, ella misma y mil verdades a la vez. On the Move de Oliver Sacks, cuya filosofía es similar, nos ayuda a comprender el ansia de Paul Kalanithi; y cada uno de los enfermos con una enfermedad crónica, con una enfermedad terminal, completan ese rayo de luz refractada que llamamos Vida. Todas las experiencias son válidas, todas son reales, pues todas provienen de la misma fuente (ese milagro que se da entre cerebro y mente, entre mente y espíritu) y todas desembocan en el mismo mar, haciéndonos iguales como seres humanos, y por tanto, eternos en nuestra intensa mortalidad.

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Fragilidad

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Eran las cuatro de la mañana de la guardia de Nochebuena. Había sido una guardia larga, aunque pudimos hacer el paréntesis para celebrar, con viandas que todos habíamos traído, la festividad entre las prisas habituales de una noche de UCI.

El sonido del teléfono interrumpió la conversación. Avisaban que en Urgencias había ingresado un intento de suicido (nosotros lo llamamos: Intento autolítco); alguien había ingerido no se sabía cuánta cantidad de anticongelante para coches, un veneno mortal si no se atiende a tiempo.

Siendo casi la guinda del pastel de una guardia mala como pocas y como generalmente son en estas fechas señaladas, murmuré en voz alta, muy enojado, quién era capaz de intentar matarse en una noche como esa. En fin.

Mientras subía la paciente que ya había valorado el residente que estaba conmigo de guardia, fuimos sabiendo algo más de ella: mujer, joven, su nombre, sus apellidos… Algo de ella me llamó la atención, pero la gravedad de lo que había ingerido pronto hizo que pusiera mis sentidos en lo que había que hacer de inmediato pues, aunque sabía qué antídoto emplear, debía investigar las dosis necesarias y tenía que repasar en el libro de intoxicaciones qué otros tratamientos de soporte deberían aplicarse. Para el momento en que la paciente entró por la puerta de la UCI, la máquina de hemodiafiltración continua (una máquina que actúa como la diálisis sólo que está activa las 24 horas del día) ya estaba lista para conectarse, y el antídoto ya cargándose en las dosis adecuadas por el S. de Farmacia Hospitalaria.

Al ver a la paciente, la primera impresión que tuve volvió a presentarse. Una melena suave, canosa prematura, de un tono dorado mate, ese color de beso de sol a media tarde; la piel muy blanca,  y unos ojos azules mortecinos, surcados por docenas de arrugas precoces, me impresionó. Aquel rostro había sido bello una vez, aunque ahora se presentaba ajado, sin vida; palidez marcada, ojeras oscuras que hendían el azul de aquella mirada sin sentido.

Le pregunté su nombre. Lento, me supo responder: A-na… La sensación que había tenido hacía un rato y que se había desvanecido al leer su nombre y apellidos me golpeó como un rayo. No era la misma mujer elegante, de melena larga y rubia, de caderas poderosas, de carne prieta y sabrosa que mi mente trajo de los recuerdos de una vida pasada. Pero tenía que ser ella… Al acercarme para explorarla mejor, pude identificar los oyuelos de las mejillas, los lunares discretos y mórbidos sobre el hombro izquierdo, la longitud de unos dedos hechos para tocar el piano como una vez hizo, la sonrisa oscura que usaba para seducir y ser querida. Era Ana, en un tiempo novia de uno de mis mejores amigos. Ana, que nos encontró una noche de farra, tocándome el culo con una avidez que denotaba su achispamiento etílico. Mi buen amigo, un hombre tan atractivo que las chicas que le gustaban caían rendidas a su encanto apenas sin inmutarse, estaba a mi lado cuando yo sentí una mano afanosa mezclarse con mi pantalón. Asombrado y azorado me giré, y aquel mujerón rubio, bella a esa hora y a pesar del toque de alcohol, miraba ansiosa a mi amigo pero acariciaba mi trasero.

– Cariño – le dije- creo que estás tocando el culo equivocado.

Con esa terquedad de las personas achispadas que niegan que están etílicamente alteradas, me sonrió como haciéndome un favor y negó con la cabeza. Comprendiendo, acerqué mi boca a la oreja de mi amigo y le susurré mis sospechas. Él también llevaba mirándola un buen rato.

– Déjame tu sitio, anda -me dijo-. Y que pruebe el culo que quiere tocar.

Serían sobre las cuatro de la mañana de una noche de otoño, siete años atrás. Yo me aparté solícito e hice por ir al servicio. Cuando regresé a nuestro sitio, ninguno de los dos estaba ya. Y no los volvería a ver hasta varios meses después, cuando se fueron a vivir juntos en una arranque de vitalidad que sólo se tiene a los treinta años.

Ana era una mujer encantadora, de sonrisa coqueta, de pelo como mar al atardecer. Se cuidaba con mimo; hacía resaltar su atractivo con las armas justas, la sonrisa de sirena, y un meneo al caminar que llamaba la atención. Juntos, debía admitirlo, hacían una pareja maravillosa.

Como suele ser habitual, su relación absorbió parte de la vida de mi amigo, por lo que dejamos de vernos de forma asidua, aunque seguíamos en contacto por teléfono y en el hospital, donde también trabajaba.

No recuerdo cuánto duró aquella relación, sólo sé que no terminó del todo bien: él pidió traslado por motivo familiar a otra ciudad y ella se quedó aquí, estudiando la carrera que él le había animado a retomar y graduándose poco después. Mi amigo volvió a estar libre para comunicarse conmigo de forma asidua, o lo que de asiduo hace la distancia, y Ana se perdió en las brumas de los recuerdos que se olvidan. Hasta esa noche.

Qué cambiada estaba. Había perdido mucho peso; su piel no tenía ese brillo nacarado y su mirada, desafiante, estaba perdida y desenfocada por el tóxico que rondaba por su sangre.

Una vez recuperado de la primera impresión: reconocerla, valorar su estado actual y el motivo de su ingreso, que movieron mis cimientos durante unos minutos, procedimos a tratarla. Cuando conseguimos una estabilidad relativa, dejé a Enfermería a su cuidado y fui a hablar con sus familiares. Su hermano esperaba ansioso saber sobre ella.

Un dios alto, rubio y muy guapo (la belleza corría por esa familia como por un descampado genético) me recibió nervioso y al borde de las lágrimas. Me relató todo lo que había pasado esa noche, con la sorpresa todavía en el cuerpo. Estaba mal, eso lo había visto ya hacía varios meses, pero ella no le prestaba atención; no eran de confidencias, pero él estaba seguro que algo malo pasaba. Llevaba sin trabajo unos meses y se sentía como una carga para él y su familia; no atendía a razones; sólo quería que la dejaran en paz y dormía gracias a la medicación pautada por el médico de cabecera. El chico se culpaba: de haber sido indulgente, de haberla dejado ajarse, de no prestarle más atención. Debía haberse dado cuenta de esa depresión, de algún dato de inestabilidad mental, de fragilidad.

No se daba cuenta, pero hablaba con un aluvión de sentimientos que parecía un río a punto de desbordarse. Yo le dejé hacer… Pasados unos veinte minutos o así, pensé que sería bien intervenir.

Le hablé de los riesgos de ese tóxico si no habíamos llegado a tiempo: podía quedar ciega, podía quedar sin riñones, por ejemplo; pero también podía salir sin daño alguno; dependía del tiempo entre la ingesta y la llegada al hospital. No pudo precisarme cuánto. No importaba. Me habló de lo bella que era, si la hubiese conocido, sabría que Ana podía haberlo tenido todo; eso le decía un novio que tuvo haría siete años, que la apoyó para que volviera a los estudios, y fue feliz con él, eso lo sabía, y le apenaba haber perdido a un posible cuñado que le parecía tan de fiar.

No tuve valor para decirle que sabía su historia. Que Ana y yo nos conocíamos de antes; que aquel novio tan válido era amigo mío, y que nunca supe qué había motivado aquella ruptura más allá de lo que siempre pensamos de ser muy absorbente y algo inestable, todo aquello con que acusamos al Otro cuando nos decepciona demasiado o terminamos de amarlo como pareja.

Me sentía extraño mientras me contaba la historia de su hermana; sus tres intentos previos cuando era una adolescente; el agujero en el que se había transformado su vida. Siempre había sido una chica frágil, aunque lo disfrazase muy bien hasta ahora…

Dejé que se desahogara otro rato más; era tan tarde y estaba yo tan cansado que no me importó el tiempo que pasé a su lado: un hombre que necesitaba un apoyo que quizá yo pudiera darle, aunque me estuviese muriendo de sueño y cansancio. Era mi deber y allí estuve, hasta que pude calmarlo un poco.

– Vamos a ver cómo responde al tratamiento, cuánto de rápido hemos sido. Ahora podrá pasar a verla y puede quedarse el tiempo que haga falta…

Me agradeció efusivamente los ánimos y esperó a que llegase su madre. Cuando ambos pasaron a ver a Ana, ésta estaba algo mejor; la cabeza más despejada; el color había vuelto a sus mejillas. Parecía otra en aquella hora que llevaba ingresada. Eso era buena señal.

Les saludé desde lejos, pues temía que Ana tuviese buena memoria y me reconociese como el chico del culo equivocado en una noche mágica, tan distinta a ésta que ambos compartimos.

Su fragilidad me conmovió mucho, porque no era una paciente con un número de identificación más; si no una mujer que yo conocía plenamente y ahora se entregaba a nuestro cuidado en el punto de mayor debilidad posible. Sentí pudor por ella, y por mí: seguro que tampoco yo era el mismo de siete años atrás.

Tres días después se había recuperado del todo, y sin secuelas importantes, pudo ser trasladada a seguir tratamiento en la planta de Psiquiatría.

Ayer, una prima mía joven, aquejada de un cáncer de pulmón galopante, me pidió que le ayudase: pese a las quimioterapias y a sus ganas de luchar, se sentía débil, enferma, incapaz, y llevaba cuatro días con un dolor insoportable. Cien millones de improperios después por haberse dejado llevar hasta ese estado, le pedí que acudiese al hospital donde hablaría con los colegas de Oncología a ver qué se pudiera hacer por ella.

Al llegar la vi empequeñecida, hecha un ovillo, pálida, débil. Frágil. Una mujer que había sido siempre una chispa de vitalidad y que llevaba su casa, motor y guía, con la mejor de las manos. Pequeña cosa, acostada en una cama, llevaba días sin comer y sin beber, aquejada de un dolor lacerante que le impedía hasta hablar.

Los médicos la valoraron, le pusieron tratamiento; las enfermeras la trataron con mimo, le hicieron sentir cuidada, liberada del dolor que le impedía hasta pensar. Dos horas después, ya en el Hospital Onco-Hematológico de Día, estaba más serena, hidratada por los sueros y descansada por los analgésicos: la morfina es el mejor aliado del hombre, pocas cosas (la aspirina, los antibióticos quizá) la igualan, y pocas cosas hay más baratas y que cuesten más indicar, tristemente.

Cuando la fui a ver estaba dormida. La dejé descansar una hora más o menos. Estaba con los ojos cerrados, la expresión del rostro era plácida, se sentía cómoda, cuidada, mimada. La fragilidad de un cuerpo que se prepara a morir brillaba con la serenidad de los cuidados bien hechos, con la certeza de lo que no tiene cura llevado de la mejor manera posible.

Cuando pude volver a verla, ya despierta, me sonrió con una sombra de lo que aquella risa había sido, y me tomó suave de las manos. Lloró un poquito, como cuando no queremos ser vistos, añadiendo unas gotas de pudor a ese estado de débil fragilidad.

– Gracias…

Pero no había nada que agradecer. Mis compañeros estaban haciendo lo que deben hacer; llega un momento en la vida en que la lucha sólo se reduce (y nunca es fácil alcanzarlo) al confort, a la serenidad, a dejar que el pasaje más triste de todos se haga de la forma más digna posible, más fácil y certera. Yo sólo había pedido ayuda…

Ayuda, fragilidad, alivio. Para eso estamos aquí, en todos los estamentos de la Medicina. Pero también en los de la Vida.

Mi prima volvió a sonreír poquito, sabedora, porque todos los pacientes lo saben, que ya no hay mucho qué hacer, salvo recoger los restos de dignidad que nos quedan y que se resumen en la fragilidad de pedir ayuda, y que ésta nos hace en realidad más fuertes que nadie, más sabios y más generosos, y repartirla, liberarse de cualquier carga que ya las manos han dejado caer en parte, y prepararse para ese largo viaje sin retorno que en nada ata y que deja todo atrás.

En un mundo que nos hace creer en falsas imágenes, en fantasías banales, en sueños que no son nuestros deseos, la fragilidad del cuerpo y de la psique siempre están ahí para recordarnos de qué estamos hechos y hacia dónde vamos. Que todo lo demás: las mil preocupaciones, los anhelos, la posesión, los sueños, las relaciones, no son más que objetos sinuosos, sombras informes, niebla que se diluye con la llegada de la luz… La luz de la comprensión, la luz que sólo ilumina a aquel que ha dejado de luchar y que reconoce, que sabe, que la mayor fortaleza está en la entrega, encerrada en el momento más íntimo de fragilidad, ese instante en que dejamos de ser lo que creemos ser para llegar a convertirnos en nuestra esencia, en lo mejor que hemos sido jamás.

Y le doy las gracias a estas dos grandes maestras que me han recordado, en estos días de miserias personales, que nada hay más fuerte que la fragilidad, y nada más valiente que pedir ayuda. Y nada más generoso que darla sin medida.

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España: Centro del Mundo 1519-1682

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Hay algo subversivo en el alma española. No conoce su Historia. Esa ignorancia le da vergüenza y le condena, como por lo demás todos los países, a caer una y otra vez en los mismos errores. Robert Goodwin, británico (para variar) lo describe maravillosamente bien en su libro España: Centro del Mundo 1519-1682, de la editorial La Esfera de los Libros.

España no se ha recobrado de ese espíritu barroco del Desengaño: ningún pueblo ha retratado jamás en sí mismo la pasión hacia la grandeza y la eternidad, y al mismo tiempo su extrañeza y su penar al descubrir que nada de eso es posible, salvo la destrucción absoluta y la carnaza de unos valores que por firmes, no dejan de ser del todo imperfectos y perecederos.

España ignora su importancia, porque los siglos que sucedieron a esa explosión planetaria (incluso cósmica) que la catapultó a los más alto del Renacimiento como potencia motora, y al Barroco como potencia artística, de desestabilización, de desencuentro consigo misma y de desencanto, han perdurado más que los brillos ya algo mohosos de una grandeza que prometía durar una eternidad.

España ignora que nada es para siempre. Y se niega a seguir viendo que todos los grandes imperios en realidad duraron lo mismo que el suyo: un siglo, con resonancias más o menos lejanas en los tiempos venideros. Por ser el primero, por ser en realidad el más poderoso, el más unificador dentro de una diversidad demasiado intensa; por eclosionar en el encuentro de mundos desconocidos; la conquista, la mezcla (¿qué otro imperio del mundo ha llevado su sangre, su fe, sus costumbres, al grado de mestizaje del español?) y el resquemor, el Imperio español, el verdaderamente planetario, ha sido denostado, vilipendiado y engañado a lo largo de los siglos por conveniencia ajena y por connivencia propia con graves consecuencias para un país que lo tiene todo: lo bueno y lo malo a flor de piel, y que sabe interpretar a través de la cultura, la belleza y la religiosidad (tenga el sesgo que tenga) esa grandeza, ese mestizaje, ese saber ocupar un lugar en el mundo y esa riqueza que representa una tierra fértil, un sol secular, un mar bendecido por la Naturaleza y un clima recio, con cielos hermosos, llenos de contrastes, y un corazón que late, a sangre y fuego, por encontrar ese pedacito de paz que le ha sido negado siempre.

Robert Goodwin ha escrito el libro que España necesitaba. En sus hojas jamás hay una excusa, jamás un juicio. A mi parecer es el primer historiador que no juzga con los ojos del Siglo XXI lo que era el mundo que va de finales del S. XV al S. XVII. No hay en toda esa erudición presentada como una novela agradable y llena de giros, con una estructura en círculos concéntricos maravillosa, una línea disonante, un dato que no encaje, la mera insinuación de un error; jamás una comparación odiosa, jamás un comentario hiriente; y siempre una admiración profunda y verdadera sobre la grandeza de un pueblo que creyó con pasión en un sueño de riquezas y poder (y que lo obtuvo) pero que ignoraba, hasta que se dio cuenta dando lugar a ese esplendor único llamado Barroco, que nada en la vida es para siempre y que todo tiene un precio: querer vivir en la ignorancia apartando la vista hacia otro lado, y reconocer en lo más profundo esos errores y juzgarse duramente por ello y enmendarse, rodeándose de pobreza y minimizándose hasta el extremo de querer desaparecer de la esfera mundial, al no considerarse digno de haber alcanzado tamaña empresa y, todavía más, de permanecer en ella hasta que se apagase el sol.

Todo en el libro de Robert Goodwin es maravilloso. Todo. La estructura con que está escrito, el lenguaje ameno, vibrante, incisivo, lleno de una profundidad intelectual que desarma, que no juzga, que saca a la luz las tripas de una forma de ser, el alma de un sueño de vida y su reflejo en las labores humanas; de un pueblo que se volvió grande de repente, que supo serlo y que cayó, pensándose pronto, víctima de errores que ha considerado siempre como propios pero que son connaturales con la naturaleza humana: Robert Goodwin nos demuestra que el Imperio español fue el centro del mundo, pero que sus errores fueron y han sido, en realidad, casi universales.

Antes del Imperio Español fue el Imperio Azteca, el Imperio Inca y Roma, y antes de Roma, Macedonia, y antes de Macedonia, Persia, y antes de Persia, Egipto y Babilonia, hasta pensar en Dalamacia y la oscura Atlántida, por resumir en unos trazos docenas de miles de años de historia humana. Todos ellos han perdurado en la memoria histórica; cómo no iba a hacerlo el primer Imperio verdaderamente mundial, cuyo orbe manejaba dos manos pálidas como si fuese una pelota de hojalata. Pero, como ocurre con las obras de Arte que el tiempo cubre de impurezas y de sombras impuestas, la historia de ese momento único en el mundo, porque fue único (jamás volvió a ver algo igual, todos los que le sucedieron no fueron más que copias basadas en su ejemplo), se vio modificada por intereses contrapuestos, por exposiciones cegadoras, por oportunos ocultamientos, es decir, por conveniencias banales, que sólo ahora, después de esta experiencia cargada de muertes y de cambio inmediato y constante, consiguen desvelarse y mostrar su esplendor, porque son hermosas en su conjunto de brillantez y oscuridad, libres por fin de intereses creados o de falsas creencias que a nada llevan.

He leído unos cuantos ensayos sesudos sobre este inmenso período hispano. Eran demasiado densos, demasiado concentrados en el detalle, pero por encima de todo, juzgaban una y otra vez cada uno de los recovecos de la historia que contaban. Si de Alejandro Magno se dice que no hay que juzgarlo sino con los ojos de su tiempo, ese principio de imparcialidad debería imperar (y de hecho, ocurre en todos los países menos en la todavía pía -por irracionalmente adherida a una culpa externa- España) en la historia hispana, pero no lo había encontrado hasta hoy. España, Centro del Mundo 1519-1682 es la joya que tanto anhelaba leer, la descripción magistral de política, cultura, costumbres y enfoque que debería tener todo historiador. Es, quizá, la primera obra moderna de historia, escrita para ser leída con facilidad sin legajos abstrusos, y llena de amor por lo que quiere mostrar, desplegando la historia de los Austrias hispánicos como un hermoso bordado en el que se plasma, a modo de Tiziano, de El Bosco, a modo de El Greco, a modo de Zurbarán y de Velázquez y de Murillo, los verdaderos colores de un imperio donde no se ponía el sol, en donde nació la Banca moderna, las costumbres que pasarían a imperar en el mundo desde entonces (apenas modificadas por el paso del tiempo), donde el estudio sobre el hombre, los derechos de los demás, la preocupación por reglar un mundo informe, el ansia, el lucro, la avidez y la piedad jugaron un papel único y dieron vida a un momento singular de la historia humana. Ese momento mágico en el que el mundo se hizo planeta ha llegado hasta nosotros a través de las costumbres, de internet, del cine, del teatro, de la literatura, de la tecnología y de los viajes eternos por mar, tierra y cielo. Robert Goodwin nos demuestra, en este fresco maravilloso, que no somos más diferentes de lo que eran esos españoles imperiales y que apenas hemos cambiado en las formas pero no en el fondo: la codicia, la imparcialidad, el ansia de posesión, pero también la piedad, el sueño de igualdad y de concordia y la preocupación por los que sufren, los desheredados y al ampulosidad de un capitalismo que nunca nos ha abandonado desde entonces… No hay mal en ningún país del mundo que España no mostrase en ese siglo único, ni ningún imperio que haya durado más que el inmenso plantea hispano; eso sí, nadie ha vivido ese surgimiento y esa pérdida con más pasión y más desconcierto que España, a la que aún hacen temblar los ecos que sobreviven en su inseguridad (en su falta de conocimiento sobre su Historia).

Francia siguió a España; Inglaterra, una vez lavada su cara de ínsula pirata, alumbró el albor del S. XX… La pérdida del rango de imperio fue distinta en cada país: en Francia, a grito de Igualdad, Libertad y Fraternidad (conceptos que ya manejaban los eruditos de Salamanca, como bien deja claro Goodwin en este volumen, así que ni siquiera los Derechos Humanos nacieron en el suelo francés -Estados Unidos se había adelantado en cuanto a libertad y soberanía popular, pues cabe recordar aquí que el sanguinario paso de una Monarquía a una escueta dictadura y posteriormente al imperio de las armas napoleónicas, dejó tras de sí un reguero de sangre propia de un pueblo corto de luces y ansioso de venganzas que no se vio en el nacimiento de la nación norteamericana, al menos en sus comienzos, claro-) con la efímera y sangrienta Revolución Francesa; en Inglaterra, gracias al ruido irreverente de las guerras del S. XX, apenas si pasó desapercibido, maquillado por la máquina de propaganda y cultura que aún imperan (nunca mejor dicho) en nuestros días: ese espíritu insular, y ese asco por lo distinto, siguen tan vivos hoy como en el S. XVI: el Brexit es el mejor ejemplo de las raíces reales de un pueblo que ha cambiado apenas nada y que sobrevive con la añoranza de un imperio que apenas duró un siglo y que se desvaneció en la nada, salvo quizá en la enjoyada cabeza coronada de una Reina-símbolo-objeto, que todavía perdura gracias a una longevidad oculta en sus genes regios… En fin, como dice el dicho: en todas partes cuecen habas.

Ojalá España deje por fin ese sentimiento de inferioridad nacido de su desconocimiento, de su falta de discernimiento, de ese marcha por el desierto del desconcierto y la pequeñez. Su grandeza, que todos los demás captamos y admiramos, y que late en su Arte, en las líneas de sus novelas y poemas, en el pensamiento de sus filósofos, en las pinceladas de sus pintores, en el arrebato de sus paisajes y su gastronomía, en la belleza de sus ciudades, en el saber vivir de una raza antigua que merece disfrutar de su lugar magnífico en la Historia,  y en el día a día.

Robert Goodwin muestra ese fresco, retrata esa belleza y esa podredumbre, ese saber estar y esa inestabilidad tejiendo la vida de sus principales actores, mezclando temperamentos y biografías, y mostrando, con una acerada visión del arte escrito y pictórico y escultórico y arquitectónico, los ecos del corazón de un pueblo y de un tiempo único en el mundo sin prejuicios, sin ahorrase sombras y sobre todo, por encima de todo, y en eso reside la grandeza de este ensayo, repleto de libertad y respeto y amor por España y su lugar mundial, su verdadero legado planetario, y su peso específico de olores, sabores y tactos, convirtiendo un libro sobre historia en un tratado sobre filosofía de vida y sobre arte y humanidad.

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Calle del Desengaño, 33

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Subiendo por la cuesta de La Luz, esquina con calle del Olvido, se alza con una suave pendiente la calle del Desengaño. No es muy grande, apenas cincuenta números, dispuestos de forma caprichosa, números primos a un lado y el resto en la acera de enfrente. Es angosta, aunque llena de luz. Entra a través de las rendijas de las ventanas, con esos pequeños balcones en los que apenas si cabe un pie torcido. Y los edificios no son muy altos, cinco pisos, a lo sumo siete. Los hay particularmente feos, quizá algo abandonados, con su zaguán de mármol y sus escaleritas y descansillos de hierro forjado. Se podría decir que algo fríos y anticuados, con goznes que apenas mantienen una mudez de engrase antiguo y puertas pesadas que soportan la infestación de polillas de medio siglo.

En el número 33 de la calle del Desengaño la vida se ha detenido. Lleva casi un lustro. Hay corazones que laten con esperanzas vanas y otros dejan de latir de puro aburrimiento. Hay personas que juegan, sin quererlo, el juego de la espera con una entrega infantil y ciega (que viene a ser lo mismo), también cruel (la infancia es cruel) y aburrida (la adultez no es divertida). En el número 33, como si quisieran preservar una vida a Polaroid, los colores se deshacen como esperanzas desteñidas de tan manoseadas. Y arriesgan, apostando más de lo que tienen, a una sola oportunidad, con riesgo de ludópata y con igual suerte.

Si viviera en la calle del Olvido quizá las cosas hubieran ido mejor. Pero el jugador arriesga hasta la camisa, hasta la piel de su pecho, y espera, hasta perder el sentido, la llegada del que se fue sin decir palabra, sin caricias ni despedidas.

Puede parecer atroz calentar el lugar de alguien que no volverá. Porque nadie es el mismo cuando regresa pródigo buscando unos brazos de los que ha renegado una vez. Pero en la calle del Desengaño 33, vive un cabezota de corazón blando, que quiere creer (si no, moriría) que el mundo puede volver a ser como una vez hubo sido, o al menos como recuerda que era. Se engaña a sí mismo en ese juego de la espera, preparando café todas las mañanas, y zumo de toronja que tanto le gustaba, y unas tostadas torradas hasta la carbonización, como su propio corazón está; y la mantequilla dura como un iceberg, tal cual las caricias que ya no recordaba áridas, y unas galletas recesas, que ni se deshacen en el líquido pálido que se lleva a los labios.

Tiene ojos lindos aunque tristes. En el juego de al espera, en la calle del Desengaño número 33 apenas hay resquicio para la esperanza. Se aferra a ella con cierta testarudez que no es más que miedo escondido, y con una ilusón que no es más que costumbre y comodidad. No hay quien le quiera más ni quien le desprecie más que él mismo, y aún así, va a trabajar cada día, ahorra lo que no se gasta en regalos, y sueña sin medida, porque no le queda otra cosa, y ensueña la calidez de una caricia, el peso de un cuerpo en la cama, y hasta el roce de unos labios sobre la piel sedienta y ya menos firme que la última vez que amó con el cuerpo. En la calle del Desengaño 33 el amor ha transmutado en soledad y en espera juguetona y en esperanzas algo huecas y en testarudez miedosa… Porque no quiere asomarse al balcón de la realidad.

Y no seré yo quién le saque de ese error, por más que suspire al verlo, por más que desee arrancarlo de ese estado de hibernación dolorosa en el que vive. Cada quien lanza los dados en su propio juego de la espera. Pero mientras sé que él nunca compartirá conmigo sus fichas de amor (porque son de otro), yo sería capaz de regalarle las mías de por vida.

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Otro yo.

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He tenido días mejores. He tenido mejores épocas. Fui joven, piel lozana que brillaba al sol y que ignoraba que lo era; semanas que pasaban una tras otra sin discontinuidad donde el corazón latía sin saber que vivía y soñando sin pensar que jamás se realizaría el material con que tejía esos sueños.

A veces me miro en el espejo y no me reconozco. No soy yo. Yo no soy yo. Porque yo era guay, era genial, reía espontáneamente, apenas dormía pero no tenía cansada la mirada y trabajaba sin descanso, sin ser consciente de que lo hacía, porque era feliz.

Todo me llevaba a ese estado de embriaguez: la inconsciencia de lo que está pasando, la excesiva confianza en el porvenir, esa rara facilidad de que todo ocurre porque debe ser así.

Pero ese yo, si fui yo, ya no existe. Ese yo que era todo posibilidad ha muerto en este otro que se ve en el espejo sin reconocerse, ya mayor, con canas en las sienes y ojeras perpetuas; cuyo cuerpo reclama un dolor, una digestión pesada y un rencor más grande que el corazón.

Ese reflejo no soy yo, no el que una vez soñé que sería. Y en este punto de la vida, en el que no puedo revivir hacia atrás salvo por tristeza, el desengaño de mi propia existencia me apuñala el alma y me vacía lentamente, desangrando mis ilusiones, perdiendo cada una de las esperanzas (¿las tuve alguna vez?), deshilachando el mundo de lo que puede ser y revelando el mundo de lo que ha sido, demasiado oscuro y gris e inútil que estalla hoy a mis pies.

He tenido temporadas mejores. Al menos momentos en los que este peso del mundo llevo mejor. Hoy ya no puedo con él. Hoy mi mente se acompasa con el corazón cansado y se imagina otros yo que pudieron ser mejores versiones de mí mismo, que supieron amar, que latieron aventureros, que vivieron una verdad que sigue quemándome los labios; me detengo en dibujar otros yo que amaron a pleno sol, que dejaron atrás ideas impuestas por otros, que hallaron un camino propio y cuyos errores asumieron como parte de la vida, esa vida que se regalaba feliz de tenerlos cerca. Cada recodo del camino, cada error, cada acierto, los han llevado a la meta de la felicidad: es instante alciónico en el que todo converge y que dura la eternidad de un recuerdo retenido, de una memoria evocada.

No lo sé. Pude tener tres hijos, o ninguno. Pude amarle a él de verdad, sin agobiarle con mi actitud pasivo-agresiva; pude desembarazarme de responsabilidades que no eran mías, pude mudarme y empezar de cero una vida que deseaba fuera mías: mi propio piso, mi trabajo, mi tiempo para mí mismo, sin justificaciones y, sobre todo, sin mentiras; creerme enamorado y sufrir por desamor, viajar sin preocupaciones y tener todavía algo de dinero para un capricho, o dos, o ninguno. Otro yo que no temiese abrazar a su amante a la luz de la luna, ni besarlo en una esquina recóndita, que lleva de la mano un pequeño, coleccionar amantes como se coleccionan cromos; olvidar el sufrimiento del mundo una vez se cerrase la puerta del hogar y vivir rodeado de belleza humana y natural, plantas y animales, ladridos de perros, trinos de pájaros y chirriantes gemidos de alarmas ajenas, música desafinada y, también, un toque desenfadado y hasta de mal gusto.

Otro yo que no se preocupase en exceso de la opinión ajena; que cuidase no hacer daño gratuito a los demás; que deseara su trabajo, que lo admirase y quisiese; que fuera impasible y dulce, imposible y cariñoso, callado y hablador por los codos, que fuera querido y admirado, un punto envidiado también, y difícil de olvidar… Alguien que no soy yo.

Pero ya nada es posible. El destino no gira de vuelta y no hay finales felices, no hay ni siquiera un final, si no un continuo de pobreza, aburrimiento, una vida gris dependiente de los demás, asqueado de lo que le rodea y con quienes trabaja, a veces lleno de miedo y otras tantas, presa de un arrebato de valentía que es un mal remedo de lo que una vez pudo haber sido. Y consciente de que, si pudiese hablar de nuevo con aquel chaval de veinte años que se creía capaz de todo, le diría que despreciase la admiración ajena, que jamás vendiera sus ilusiones por la vida de otros, que nunca aceptara llevar responsabilidades que no le correspondieran y que era libre de ser quién es, de vivir quién es y que jamás, jamás estaría en deuda con nadie aceptándolo. Que se mudara a Madrid, que se escapara a Menorca, que estar gordito es una opción tan válida como estar en forma, y que quererse a sí mismo es el mejor regalo y la única vía de vivir una vida plena.

En fin…

Otro yo no sería este yo. Sería una versión mejorada de mí mismo. Con su problemas, con sus defectos, pero sería pleno, contundente, pesado, hecho a sí mismo, único y feliz, por sobre todo feliz.

No como soy hoy.

He tenido días mejores…

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El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

De miedos, verdades, mentiras, dolor y esperanzas.

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   En la cama 8 ingresó una neumonía grave comunitaria (no originada en el hospital). Hombre, 46 años, en gran estado físico (ya me gustaría a mí), con pocos antecedentes médicos de interés excepto uno muy llamativo y una cirugía menor.

   Una semana de catarro seguido de debilidad máxima y cansancio final que lo llevó al hospital y, una vez allí, casi inmediatamente a la UCI. En poco tiempo tuvo que ser sedado, intubado, conectado a un respirador y por todas partes a máquinas y tratamientos intravenosos. En la radiografía de tórax ya se perfilaba una neumonía que afectaba a los dos pulmones; el oxígeno se subió hasta valores muy altos y hasta hubo que emplear otros métodos más agresivos para intentar que la falta de oxígeno no dañase más los órganos vitales. Se administró lo más pronto posible antibióticos adecuados para el problema respiratorio que presentaba y comenzamos a esperar su respuesta.

   El detalle que resaltaba en la historia de este paciente es que era VIH positivo. No sabíamos en qué espectro de la enfermedad se encontraba, pues se había negado a recibir la triple terapia casi desde el mismo momento de su diagnóstico y había abandonado la consulta de seguimiento en Enfermedades Infecciosas. Era clara su negativa a tomar en serio su enfermedad o, mejor dicho, a asumir su estado de seropositivo en lo tocante a cuidarse a sí mismo. Ese miedo, esa negación, que termina sólo por hacernos daño a nosotros mismos.

   Su situación de negativa nos sometió a una disyuntiva. Normalmente exponemos los tratamientos a los familiares para explicarles los procedimientos y para pedirles consentimiento. A veces esa solicitud termina siendo un trasvase de responsabilidades de decisión última a los familiares, lo que es un error (al menos desde mi punto de vista). En este caso teníamos las manos atadas: no sabíamos qué grado de conocimiento acerca de su enfermedad poseían la ex-esposa, la hija que tenían en común ambos y la pareja actual del paciente, con la que compartía ya más de una quincena de años juntos. Necesitábamos empezar la terapia antirretroviral lo más pronto posible para restablecer la capacidad de su sistema inmune, alterado aunque no sabíamos aún en cuánta medida por la presencia del virus en su sangre, e ignorábamos a su vez la cantidad de copias de virus (carga viral) que tenía en plasma. Alguien debería dar un permiso, pero no sabíamos a quién pedírselo.

   En situaciones así prima el sentido común: en una urgencia se toma la decisión que más beneficia al paciente y después se le explica a la familia, digamos que como una política de hechos consumados (el derecho a ser informado y a decidir sobre uno mismo queda a veces en un espacio muy borroso sobre todo si no se ha definido lo mejor previamente a una situación de riesgo, con un testamento vital, por ejemplo). En este caso, visto que  no sabíamos el grado de implicación familiar en la enfermedad, optamos por lo más obvio: iniciaríamos la terapia antirretroviral diciéndonos a nosotros mismos que, una vez recuperado y ya en completo uso de sus facultades físicas y mentales, podría interrumpirlo cuando lo desease.

   Empezamos la administración de la triple terapia y tanteamos el terreno familiar. Nadie sabía de su estado de portador de VIH salvo su pareja actual. Ambos se conocieron casi veinte años antes; tontearon, se dejaron ir porque él no se sentía capaz de aceptar sus deseos más íntimos pese a que eran inmensamente feliz juntos, y optó por el camino más seguro (¿quién sabe cuál es en realidad?): se casó con una amiga de toda la vida, pronto fue padre de una chica muy guapa (todos eran de una belleza llamativa cuando se reunían en la sala de información) y más rápido todavía las desavenencias hicieron su aparición y sobrevino el divorcio.

   Hasta ese punto del relato nada era novedoso. Después del divorcio, y pese a ser un hombre de marcada responsabilidad, al parecer siguió una senda un tanto disoluta con comportamientos que posteriormente lamentaría; después de un período un tanto oscuro, la vida le puso de nuevo frente a quien había sido su gran amor (de esos de verdad, de los de corazón) y dejó de lado su miedo al qué dirán, le explicó a su ex-mujer la situación y más rápido aún a su hija (ahora una bella chica de veinte años) y venció el miedo a perderlo todo lanzándose en brazos de su amante y amigo por tanto tiempo: Rubén, que estaba en la sala de espera hora tras hora y que recibía con la mirada anhelante cada una de las informaciones.

   Rubén y él no estaban casados: no querían atar con normas las reglas (de por sí eclécticas) del amor. Pero esa idea romántica de la revolución no casa con la practicidad del día a día: debido a su nulo vínculo legal no poseía ningún poder de decisión. Y de aquella familia de nuestros días era el único que sabía que el paciente de la cama 8 era portador del virus. Sabía que se había negado a vivir sabiendo su seropositividad y a tratarse, pues no le veía sentido al estar tan bien y tan lleno de vida. Aún así tomaban precauciones, aunque más de una vez fantaseaban con retirar el fino velo que todavía los separaba.

   Un mediodía, por causas de la vida, sólo él acudió a la información: aprovechamos para decirle que tenía más copias de virus en la sangre que la última vez que había ido a consultas, aunque su sistema inmune no parecía verse afectado todavía por el mismo, y le informamos que habíamos iniciado la triple terapia antiviral.

   Con lágrimas en los ojos nos dio las gracias. Explicó el silencio que guardaban al respecto, los miedos que tenía para afrontar una verdad ineludible, el dolor que le causaba saberlo, las mentiras que tejía a su alrededor para que nadie lo supiese y la extraña esperanza de que aquello pasase por sí solo algún día. Sueño vago, aunque no iba a ser yo quién le dijese a él tamaña obviedad.

   Respetamos, como es de esperar, el código de silencio. La evolución en la cama 8, gracias a su gran estado general, después de casi una semana crítica, fue satisfactoria: en pocos días los soportes estaban retirados, el paciente extubado con oxígeno a bajas dosis y casi completamente restablecido. La primera vez que recibió conscientemente las pastillas de su tratamiento antirretroviral se quedó observando largo tiempo el vasito que se le ofrecía. No dijo una palabra.

   – Puede negarse a seguir tomándolo si así lo desea. Está en pleno derecho.

   Fue durante una guardia particularmente azarosa. Desde mi enfermedad he tardado en coger el punto de fuerza física que antes me caracterizaba. No me quejo, pero de tan duras que han sido, la recuperación me está siendo más difícil de lo que hubiese deseado. Supongo que lo vio dibujado en mi cara.

   – Ha llegado el momento de decidir, ¿verdad?

Me dijo. Yo intenté sonreír.

   – Tiene una familia estupenda…

   – Que me quiere.

   – Quiérase entonces usted un poquito.

   Tomándose la mediación me miró curioso.

   – Creo que me entiende, aunque no sabría decir porqué.

   ¿El miedo de saber que algo no va bien, del que huimos para no asumirlo llenándonos de mentiras, inventándonos una esperanza que en el fondo es vana porque no se ajusta a la verdad de lo que nos ocurre? Claro que lo entendía.

   – He llegado al mismo punto que usted. Necesito aprender a quererme también un poquito.

   Sonrió con esa mueca entre seguridad y desdén propia de los enfermos encamados.

   – No hace falta que me mienta.

   Yo me lo quedé mirando. No necesitaba que le aclarara más de mis fantasmas interiores.

   – No le miento. No tengo esa tendencia, despreocúpese. Pero usted ya está mucho mejor y mañana, si hay cama, estará en una planta, con los suyos.

   – Le creeré cuando lo vea.

   Me replicó con un acento entre encantado y descreído.

   – Siga tomando su mediación, por favor. Tiene una salud de hierro, no siga maltratándola negándose a lo evidente. ¿Qué importa una pastilla o diez al día? ¡Ah! Y cásese, allá afuera lo quieren mucho, y creo que se lo merece. Después de este susto, se ha ganado el cielo.

   No esperaba eso de mí. Ni yo. Mi arrebato de sinceridad quizá me había llevado demasiado lejos.

   – Por él estoy aquí.

   – Pues deje de hacerse el tonto, acepte su problema, ayúdese y quiéralo de verdad. Y todo será mejor.

   – ¿Más fácil?

   Negué con la cabeza.

   – Será mejor. Que ya es mucho. Créame.

   No pude verlo más durante la guardia, como estaba estable, apenas me detuve en su cama: ajustar unos sueros, darle una pastilla para dormir y poco más.

   A la mañana siguiente me asomé para despedirme y para decirle en primera persona que ya tenía cama asignada en la planta.

   Me sonrió incrédulo pero agradecido (y yo no había hecho nada extraordinario) y se echó a reír bajito.

   – Qué raro es usted, doctor. Si fuera gay hasta me casaba también con usted.

   Me tocó el turno de reír. Menudo cuarteto: ex-mujer, novio, segundo marido e hija. Un cuadro metamodernista del siglo XXI.

   – Va a ser que ya tiene mucha comida en su plato y, créame, estoy algo a dieta.

   Y me fui de su cama riendo a carcajada limpia.

   Hace poco le dieron el alta de la planta, ya completamente recuperado, casi sin trazas del virus en la sangre y sin secuelas de la neumonía en sus pulmones. Cada vez que pienso en él, encuentro muchos puntos en común conmigo: el miedo a afrontar una situación vital que es ineludible, y a la que llenamos de falsas esperanzas como amuletos que permitan que ese peligro desaparezca y que nunca son efectivas; las mentiras con que llegamos a ahogarnos a nosotros mismos, y a los demás, en aras de un orgullo que sufre en silencio y que no tiene valor alguno, y  finalmente la verdad, que al ser aceptada, lleva a la clama, a la tranquilidad de la aceptación y a la curación, a la Salud bien sea del alma, del cuerpo o de todo a la vez.

   Cuánto tengo que aprender…

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De La Lata de garbanzos: Casa de Extranjeros, un diccionario de maravillas (de Venancio Pereira).

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Del magnífico blog de Fernando Venancio Pereira: La lata de garbanzos se puede decir muchas cosas, pero lo mejor de todo, es que ha dado pie para la publicación de dos libros estupendos, no sólo que merecen ser leídos, si no todavía más, pensados y admirados, saboreados en su belleza del lenguaje culto (pero no cultureta) y sencillo (que no simple), lleno de emociones y de sabias reflexiones tamizadas por una mente analítica que ha sido siempre brillante (conozco al autor desde tiempos inmemoriales, aunque hace más de media vida que no tengo el placer de su compañía) y sobre todo, o más que todo (y he aquí el mérito de una vida vivida), compasiva y única.

Venancio Pereira (como firma sus libros, aunque él prefiera, y yo le conozca desde siempre, como Fernando) procede de una familia portuguesa emigrada a Venezuela  en los tiempos en los que salir de Europa era la mejor industria de muchos países (Irlanda, Italia, España y Portugal son buena prueba de ello), y el sueño de América (en contraposición a los americanos, que sueñan con Europa, estableciéndose una balanza muy curiosa que sólo los que somos producto de esta mezcolanza de viajes atlánticos podemos entender), era lo único que podía sustentar una vida más gris y oscura de lo que nadie pudiera desear. Debido a eso su cultura es híbrida: de la vida en la calle traía las costumbres, los usos y modismos de un país, y de su casa, los usos, las costumbres y el lenguaje de una cultura distinta, que no diferente, abierta sin embargo al mestizaje, orgullosa de sí misma, segura y por lo mismo generosa, dispuesta a captar lo mejor, filtrarlo y transformarlo en algo nuevo: Venancio Pereira es uno de esos frutos de un árbol único, muy raro, y que debería conocerse y cuidarse con esmero.

La lata de garbanzos es un blog. Un blog sobre las experiencias, las vivencias, la exposición de un lenguaje único trasladado al español, la transposición de experiencia, o e vertido de la vida, sobre los caracteres de un lenguaje que deja de ser meras teorías y reglas para transformarse en significados reales, en vida vivida, empática, compasiva, tanto con los demás como con él mismo.

Cada uno de los relatos que conforman Casa de extranjeros está basado en el embrujo de una palabra, a la que Venancio Pereira carga de motivos, de sentimientos y de un nuevo significado sin romper las reglas del idioma, antes bien buscándole más peso, regalándonos el fruto de un pensar profundo transcrito con una prosa honda y sencilla, directa y llena de corazón. Porque si hay algo bello en todos los relatos de Casa de extranjeros es que están cargados de corazón.

Amor. Amor por los abuelos, por los padres; extrañeza por el descubrimiento de un mundo; a veces tristeza y mucho sentido común: la evocación del pasado, dibujada con esa saudade tan propia del occidente atlántico (y que compartimos en herencia geográfica y cultural), es decir con una melancolía serena; la reflexión, libre de excitación, del presente de un país (Venezuela) que se cae a pedazos (grandes); y las lecciones que el autor ha sabido extraer de cada una de sus vivencias, hace de Casa de extranjeros una joya rara, única, que merece ser leída, publicada y disfruta por el gran lector, aficionado a las historias libres de artificios, que hablan con realidad directa sobre las verdades de ser hijo de emigrantes, de ser mestizo de culturas, de ser extranjero en todas partes, de ser persona que piensa, que siente y que se admira y se compadece de todo lo que ocurre a su alrededor y desea compartirlo con eso más secreto y más oscuro y que se desvela en cada una de las líneas que escribe: con su corazón.

El porqué de que editoriales dejen pasar oportunidades semejantes, se me escapa. Pero si siguieran el instinto de verdaderos lectores, conseguirían sin duda muchas ventas, un escritor del calado de Venancio Pereira un reconocimiento merecido, y sobre todo, cambiar pensares y construir realmente un mundo mejor.

 

   Casa de extranjeros se encuentra en versión electrónica, junto a otros libros del autor, en www.amazon.es

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