Por siempre Stonewall.

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Cincuenta años de una protesta, llena de rabia. Estampida producida por el hartazgo de la persecución y la segregación. Fantasmas que hoy están vigentes dentro del mismo colectivo que hizo posible ese paso de gigante. El primero. El PASO.

Gracias a lo distinto, a lo TRANS: transformaron un sentimiento en una idea, una protesta rabiosa en un orgullo emancipado. Gracias a ellas todo hoy es distinto.

Hay que mantenerse vigilantes. Hasta que se diluyan las fronteras con los Otros. Pero sobre todo, para evitar que las fronteras minen la raíz que produjo una unión y la explosión de un orgullo que es más que orgullo, que es voz, canción y grito.

Por siempre, Stonewall.

La golondrina: el vuelo cálido de Guillem Clua

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La golondrina es una obra de teatro escrita por el dramaturgo Guillem Clua. Hay algo mágico en el arte: la aparente rigidez de una estatua nos transmite la sensación de un movimiento eterno; la luz de un cuadro nos hace apreciar la perspectiva de lo que nos rodea; un arpegio musical, la energía que nos impele a danzar. En cuanto a los diálogos leídos de una pieza teatral, el aprecio por la profundidad de la voz humana.

La golondrina es eso y más. Leer esta obra, que se sucede rápidamente removiendo los limos de vidas que se muestran con secretos y se acercan entre sí con artimañas hasta desnudarse de artificios, nos transporta a todos los estados de ánimo, de la tristeza a la rabia, de la impotencia a la liberación, y sobre todo y quizá por encima de todo, a la redención. Dentro de la sencillez de su lenguaje explora profundas heridas, reinvindicaciones quizá no tan necesarias (cuando dejan de serlo: en el momento en que las explicaciones cesan y llegan la comprensión y la aceptación mutua), deseos, sueños y frustraciones. He ahí la magia real de La golondrina: explora el mar de los sentimientos humanos sin juzgar, sin señalar, estableciendo una comunicación con el espectador/lector y con los dos personajes de la obra desde el desencuentro inicial hasta la redención final fluida, intensa sin ser excesiva y siempre emotiva, única.

La golondrina es la historia de un viaje. El de la señora Amelia hacia atrás y el de Ramón, hacia adelante. Uno se revela tierno y agradecido, la otra frágil y necesitada de comprensión. Cada personaje cree buscar algo y encuentra más de lo que imaginaba, que en modo alguno correspondía a sus necesidades iniciales, a su plan de vida.

He dicho que las reinvindicaciones no son tan necesarias. No lo son para Ramón, que lo descubre al final (su felicidad perdida es un peldaño más en al construcción de un magnífico ser humano). Y tampoco para Amelia, cuya liberación es como el vuelo cálido de una golondrina en verano. Ambos protagonistas tienen heridas que cerrar consigo mismos. Tienen que perdonarse y aceptarse. Y lo consiguen apoyándose mutuamente, identificándose y dejando detrás un dolor que ya no les es necesario, transfigurando un amor que nunca es equivocado y aceptando que del dolor a la paz hay quizá sólo un paso.

Todo en La golondrina habla de amor. Y de deseo de ser aceptado. Y de remordimientos que anemizan y de sueños rotos. Pero todo en La golondrina es esperanza, es luz, es libertad. Amelia y Ramón se encuentran, se reconocen, se aceptan y finalmente se funden en un mismo amor que no entiende de aristas ni de caras ni de reflejos, sólo de corazón.

La voz del Guillem Clua dramaturgo nos enseña que con muy pocos hilos se tejen filigranas. Que del dolor y la frustración nacen obras liberadoras, y que la magia de las palabras, que tanto nos divide y afea, es tan poderosa que consigue realmente acercamiento y comprensión, pura libertad.

La palabra escrita nos enseña a oír la voz hablada. Guillem Clua nos muestra que la voz escrita llega al corazón y lo tranquiliza al ritmo de una nana. Nada hay más fascinante que esa magia, que ese don. Pura tau(dra)maturgia.

La gimnasia que no se ve. Magnesia para la vida: el deporte de élite como metáfora.

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La gimnasia que no se ve: magnesia para la vida es un libro de reflexiones sobre el deporte de alta competición escrito en paralelo, a cuatro manos, por el entrenador Óskar Escalante Antón y el gimnasta olímpico Javier Gómez-Fuertes.

En él encontramos los mimbres necesarios para construir esa aventura apasionante que es una vida deportiva demandante y absorbente;las alegrías, las frustraciones, la disciplina marcial, los sueños y las técnicas humanas que se requieren para elevar la vida de un niño con aspiraciones en un atleta con posibilidades de cumplir su mejor sueño: ser gimnasta olímpico.

No es un libro técnico. Es un libro lleno de reflexiones sobre el deporte, sus necesidades, sus demandas. Hay hondas verdades vertidas de forma sencilla y amena; tan profundas y sinceras que consiguen identificarse con el lector pese a estar a años luz de una experiencia semejante.

La visión del entrenador y del atleta, sus anhelos y sus frustraciones; las técnicas de abordaje de los problemas, los miedos y las inseguridades: la gimnasia deportiva se ve como una metáfora de la vida. Los autores, enfrascados en desgranar las lecciones que una vida tan entregada les han deparado, quizá olvidan que sus experiencias son superponibles a toda vida humana: la entrega de las artes no es inferior a la deportiva, la intelectual o la manual. Por eso es tan fascinante su lectura: podemos identificarnos con ellos, traer a nuestro terreno personal la aventura fascinante de sus vidas privadas, entenderlas y admirarlas bajo el peso de una luz integradora que amplía nuestra visión del mundo, pues añade compresión real y real peso a un mundo que nos es ajeno sólo en apariencia, tan lleno de matices y de riquezas y de lecciones profundas y de armas para afrontar el día a día y el futuro prometedor.

La gimnasia que no se ve está llena de magnesia que nos ayuda a aferrarnos a la barra de la vida, que nos enseña a sobrellevar los golpes de efecto, los cayos del roce diario, las lesiones de una vida que nunca se tiñe de fracaso, si no, como bien dicen, de éxito y enseñanzas. Y eso es contagioso. Y digno de agradecer.

Imperiofobia y Leyenda Negra: María Elvira Roca Barea nos abre los ojos.

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Ésta es la primera entrada dedicada al magnífico estudio llevado a cabo por María Elvira Roca Barea: Imperiofobia y Leyenda Negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio Español.

Un estudio lúcido, un ensayo apasionante y científico (documentado bibliográficamente), el mejor hasta la fecha publicado y por primera vez por un español, algo que venía echando de menos en otras entradas dedicadas al estudio de la Historia de España en este blog. María Elvira Roca Barea ha cubierto esa laguna que separaba los estudios de los extranjeros que, una vez demonizado el país español, intentan rescatarlo y colocarlo en su lugar, y la propia postura española ante el fenómeno más lastimoso (porque dura en nuestros días) de propaganda y manipulación cultural que haya vivido el mundo occidental.

Es tan brillante, que le dedicaré varias entradas. Mi intención no es llegar a profundizar en ellas los cientos de razonamientos y la sencilla obviedad de sus veracidades, si no poner por encima de todo el mensaje que desprende y que siempre he entendido como necesario: un planteamiento científico de la Historia, un análisis de las situaciones que se repiten una y otra vez por su desconocimiento, y la angustiosa necesidad de observar nuestro pasado y nuestro presente con absoluta libertad de pensamiento, sucio de ideologías y justificaciones pensadas por Otros, con los ojos abiertos.

Aquí emplazo a observar y asimilar el poderío libertario de su mensaje, la asertividad de sus afirmaciones (con datos) y el reflejo de nuestro hoy en la manipulación enorme y brutal de nuestro ayer.

Este es el comienzo de la libertad: abrir los ojos, ver, analizar y comprender. Hace más de dos mil años se dijo que la Verdad nos hará libres. Aún más, su búsqueda, su constante remodelación, ese milagro del agua pura que se bebe en las fuentes y que nos regala el mayor bien de todos: la independencia intelectual y moral.

Fiesta de cumpleaños

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Hace unas semanas me invitaron a una fiesta de cumpleaños. Una niña ejemplar, divertida y mona llegaba a la mayoría de edad y sus padres planeaban hacer una fiesta sorpresa para celebrarlo. Me invitaron sus padres, claro. Porque yo podrías ser perfectamente el padre de esa milenial educada y esplendorosa, de melena rizada y mohines de colegiala.

La casa estaba a rebosar. Un photocall donde recibir a los invitados, un buffet variado donde se encontraban las culturas del mundo: desde tortilla de patatas hasta sushi, tarta hecha con brownies individuales y cañitas de crema pastelera. Delicia del gusto. Viandas y bebidas dispuestas en puro carácter familiar.

Llegaban los invitados: amigas de la homenajeada, los hermanos pequeños, donde resaltaba un chiquilín rubio y encantador y una niña toda fuerza y diversión, y los amigos de los anfitriones: parejas, o parejas deshechas ya, padres de otros tantos adolescentes, vidas cruzadas y tejidas en un grupo único cuyo nexo común eran los padres de la cumpleañera, a la sazón amigos y compañeros míos del hospital.

Para amenizar la fiesta, contrataron los servicios de un conjunto local estupendo, un dueto formado por dos chicos de carácter risueño, irónico y con talento, que ponían al día los éxitos de la música de cuatro décadas atrás. De hecho, resulta llamativo que la pandilla de mileniales, que sólo atesoran reguetón, se pirraran por las canciones de Hombres G, por ejemplo. Nadie les hubiera augurado, treinta años antes, semejante honor. Que Raphales y Rocíos sólo hay unos pocos. Pero ahí están.

Golpe de melena, mensaje de móvil, selfie aquí, selfie allá, risitas tontas, retoque de pestaña y de rizo y de labial, la fiesta fue tomando forma. El ambiente, en una noche literalmente gélida, era caldeado en aquella casa que parecía un ensueño, y la sorpresa enorme todo un éxito.

Y yo estaba allí.

Aparte de la cumpleañera, sus hermanos y, obviamente, sus padres, yo no conocía a nadie. Literalmente. Cosa que tiene su chiste. Porque bien podría tener algún conocido de refilón o de referencia. Pero nada. Por no conocer, ni sabía de la existencia del grupo de música, que según me dijeron los anfitriones, les oyeron tocar en un garito de Santiago y les había encantado. Eso me alarmó: ya no frecuento garitos, y mis pasos de baile están algo oxidados. Aún así la música de Carta de Ajuste (el nombre del dúo) más pensada para saltar en conciertos y apenas invitadora al baile per se, era una gozada para revivir momentos y música que ya no se compone, pero que sobrevive intacta al paso de las décadas. Eso sí que es un milagro.

De naturaleza cortada y tímida, no podría estar en peor situación. Al menos sabía dónde estaba la cocina, para buscar bebida, y el baño de invitados, para eliminarla. Durante unos buenos segundos casi pongo pies en polvorosa. Pero la música sonaba genial, hacía años que no bailaba, y estaba parapeteado en la mesa del buffet cerca de las viandas, así que al menos bien comido estaría.

El grupo de adultos era más o menos de mi quinta, o al menos cercana, habiendo pasado por algunas experiencias vitales como el desempleo, jefes gilipollas, trabajos inestables, enamoramientos varios, matrimonios, divorcios algunos y paternidades (todos menos yo). Muchos de sus hijos, amigos entre sí, formaban parte de la caterva milenial de la fiesta.

Mi amiga me iba dando algunas señas: ésta trabajó durante años como gerente económico hospitalario, aquélla es la que se divorció del Hare Krishna y su hijo es ése; el de allá, cerca del grupo, acaba de dejar a su mujer porque se enamoró de otra mujer (ella) y no se lo creíamos; otros tenían, así como mis amigos uno de sus hijos, un niño con Síndrome de Down (vivaz, el alma de la fiesta) y otros hijos con parálisis cerebral o bien enfermedades degenerativas.

Todas aquellas personas estaban allí reunidas, riendo, disfrutando de la música, las viandas y las copas, bailando sin parar, cantando desafinados, tocando la guitarra y hablando de su vida y de sus experiencias. Fue un descubrimiento y una maravilla para mí.

La juventud es como la champaña: rubia, fresca, burbujeante, explosiva. Nada de eso ha cambiado. De hecho, las preocupaciones del mundo siguen siendo las mismas. Recuerdo que a mi generación un anuncio de coches nos tildó de JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados, hace casi ya treinta años de esto) en medio de un 25% de paro juvenil; se discutía el futuro de las pensiones, la precariedad del empleo, el hambre en el África (remito a los lectores de Mafalda, circa 1960), las enfermedades endémicas en el tercer mundo, la plaga de la droga dura (nada de bebidas o fumadas, aquí hablamos de vía endovenosa), el machismo, el papel de la mujer en el mundo laboral, el agujero de ozono que relacionábamos con los litros de laca que requerían los tupés salidos (recuperados más bien) de Sensación de vivir o Dirty Dancing, el elevado precio del petróleo, los nacionalismos teñidos de izquierda con la efigie del Ché y la estrella comunista (que poco habría de durar con la caída del muro de Berlín en los inicios del movimiento Grunge), los vaqueros rotos, las gargantillas de clavos, los ojos pintados de alheña, y el tabaco de liar que era más barato que el rubio contrabandeado de las costas galaicas… Nada de eso ha cambiado. La juventud es y será por siempre joven, despreocupada, comprometida con el mundo que descubre (y que lleva años sin cambiar pero que para ellos es novedoso) y con ella misma. Es un estado de la piel, tersa y rosada, y un estado mental. Aquellos padres y yo lo experimentamos esa noche y cada día de nuestra vida.

Mágico. A pesar de los problemas, de las relaciones más o menos maltrechas y del evidente desgaste del tiempo imperdonable, ese sentimiento, ese estado mental de ser por siempre joven pero experimentado, flotaba en el ambiente. Decir que los padres disfrutaron más que sus hijos es señalar una obviedad, salvo por algo distintivo: los mileniales se divierten a su manera pseudo virtual y nosotros, atados al cable del teléfono y al ritmo de una música que nos pareció única en su día y que ahora, vaya paradoja, es eterna.

¿Qué nos diferencia de la imagen icónica del salto generacional de nuestros padres y de nuestros abuelos? La conciencia de que la vida es siempre la misma, ese darnos cuenta que los conflictos humanos son siempre los mismos y lo que nos diferencia de esta nueva generación es que ahora afrontamos esas decepciones, esas ventajas y esas desesperanzas con el bagaje de la experiencia, con el conocimiento de que todo, pero todo sea lo que sea, siempre pasará. Y quedamos nosotros, saltando con el corazón desnudo, gritando a pleno pulmón, las canciones que un día nos prometían un futuro que ya es un eterno presente de pura realidad.