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Por esas calles

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Camino. Las aceras cubiertas de hojas amarillas y rosadas. El sol de otoño cayendo suave por entre las ramas todavía vestidas. El rumor de una brisa suave y discretamente fría, procedente del río, adorna el paseo lento. Un pie tras de otro. La mirada asombrada por un paisaje que es nuevo todavía, que se extiende abierto y generoso a la tarde que corre. Pequeños jardincillos rodeados de puertas de hierro forjado, franqueado por jardineras repletas de flores y de calabazas, con ese tono naranja apagado, como el sol de las cuatro de la tarde, que da pie a la llegada de la noche.

Por la Calle Charles camino. Algunas tiendas abiertas, la lavandería donde dos orientales saludan con reverencias a los clientes y en donde por un dólar se lava la ropa, con otro dólar se seca y por cinco se plancha. Del local sale un hombre con camisa ajustada y cara de prisa y un paquete de camisas recién almidonadas, arrejuntadas en una bolsa transparente, un mar blanco que recorta el cielo de su pantalón gris. En al esquina con la Calle Beacon, el ultramarinos De Lucca abre sus puertas y sus manjares a la vista y al paladar. Me siento más europeo cuando deambulo por sus pasillos repletos de productos españoles e italianos, franceses y alemanes; el aroma mezclado del jamón y del queso, de las grosellas y las manzanas de Pennsylvania.

Estoy en otro mundo. El río Charles remonta a mi lado surcado por catamaranes y piraguas. Al otro lado del río se vislumbra Cambridge; a mi vera, cientos de personas saltan corriendo los obstáculos de las aceras llenos de la obsesión y de las endorfinas del deporte. Aspiro el aroma del río, de las hojas a medio caer, de las flores que todavía persisten al frescor de la noche. Y llego a Boston Common, ese inmenso parque que parece latir efervescente y único. Sin embargo cruzo hacia la otra acera de la Calle Charles, llena de anticuarios e historia de Nueva Inglaterra, y entro en el enrejado Public Garden, su aire decimonónico, su estanque surcado por barcas con forma de cisne, sus sauces y pinos con ramas colgantes y melancólicas me recuerdan sin querer a mi hogar. Me gusta la ausencia de corredores sudorosos y la presencia de artistas tranquilos, que intentan captar con reto moderno ese espíritu que se ha escapado del tiempo y permanece congelado, eterno y verde.

Salgo de sus límites enrejados y, tras atravesar la Calle Arlington, con sus hoteles de lujo que parecen llegar hasta la Calle Washington, me adentro con gusto en el universo de casonas elegantes, neogóticas en su mayoría (es decir, con poca historia) de la Calle Newbury, y me detengo en la esquina con la Calle Berkely, donde un ruiseñor a veces canta sobre el ruido de una ciudad que es, sin embargo, muy tranquila. Lejos de sentir atracción por las tiendas de alta moda y de juguetes electrónicos que pueblan los bajos de las viviendas, mi espíritu se detiene en una iglesia metodista de donde escapan cantos suaves. Entro en ella y la arquitectura repetitiva, la ausencia de adornos salvo vitrales de colores, envuelven con el canto una atmósfera de paz y de ausencias. Dejándolo atrás, el sol todavía brilla con esa suavidad dorada de las cinco de la tarde. Enfilo por la Calle Boylston hasta Colpley Place, amplio y despoblado, un cuadrilátero en donde se aposenta un mercado itinerante, la hermosa Biblioteca Pública y un grupo de centros comerciales diseñado con arterias que atraviesan rascacielos, llenos de lo mejor y lo más nimio, donde dejar frustraciones, dólares y recuerdos.

Por esas calles paseo solo. Recorro diariamente unos cuantos kilómetros. Si es de mañana, enfilo hacia el mar, atravesando la ciudad vieja, el ayuntamiento más feo que se pudiera imaginar en forma de pirámide truncada al revés, para llegar, bajando una interminable serie de escaleras (que después tocará subir) a los mercados que se abocan al puerto: Faneuil Hall se abre en con esa mezcla de espacios amplios y cerrados del Quincy Market, donde encontrar desde árboles de navidad a langostas de Maine; más allá, caminando hacia el mar, el puerto se extiende con su inmensidad azul y gris, y el Acuario, con su escalera de caracol y un tanque gigante en donde moran desde tiburones hasta peces de colores y enigmáticas medusas con sus colores nocturnos y fosforescentes, hablando al alma con ese movimiento gelatinoso y constante como el latido de un corazón. Ya fuera, la posibilidad de avistar ballenas está a unos dólares de distancia, pero no hay quien me distraiga de lo que piensa mi corazón. Intento distraerme por esas calles, y asciendo sin problema por el Distrito Financiero, encontrando una pequeña torre en medio de rascacielos indecentes, el primer banco de Norteamérica, el primer cementerio ilustre, el primer grito de independencia. Y el espíritu de una ciudad viva parece que aligera la carga de melancolía y regala sonido a un mar de silencio que me envuelve.

Nadie me conoce. Camino por las calles de una ciudad que me ignora. O, mejor, cuyos habitantes desconocen mi presencia. Yo los veo, con sus cafés en vaso de polietileno, sus prisas para ir no sé adónde; y a veces con una sonrisa amable, yendo y viniendo por las calles sonoras. No me animo a comprar un token y montarme en el T; creo que hay mucha belleza que ver todavía en el exterior para adentrarme en las inmundicias de un mundo donde no se ve el sol.

Dicen que en Boston llueve, mas el otoño es generoso en colores rosados y castaños y en un viento suave; además, la humedad sólo me recuerda a casa, lo que podría aumentar más mi melancolía. No emito ni una palabra. Si no fuera por mi pensamiento constante, creo que olvidaría pronunciar mi idioma. Giro entonces hacia Borders y entro en su amplio hall. En él, un mostrador cobra las revistas, otro los cafés, una escalera mecánica lleva al primer piso donde, perfectamente ubicados por géneros, la literatura actual se mezcla con la clásica en un batiburrillo de ediciones de bolsillos, tapa dura y cuentos infantiles. Me gusta su aire tranquilo, lleno del susurro de los lectores acomodados en sillones enormes, sorbiendo café o una infusión humeante, o simplemente viendo la vida pasar. Entre sus paredes, como ocurre en cualquier librería, me distraigo hasta olvidar mis penas, pues mis desaires siempre me parecen menores que los descritos por García Márquez, Byron o Tolstoi. En un arrebato, escojo un par de libros en edición rústica de un moderno autor local, loco y chillón y de género minoritario, que descubriré más tarde que me gusta mucho, y releo entre los estantes pasajes de Yourcenar y de Allende, cuyas reflexiones alocadas parecen atemperar la mezcla de sensaciones que me asaltan al caminar por esas calles que me desconocen.

La Calle Washington me lleva a Macy’s, y recuerdo que una vez había allí una tienda por departamentos que se llamaba Jordan Marsh. En una de sus entradas hay una placa que lo recuerda, y en esa entrada tropecé un día con Bon Jovi y otro con David Bowie e Imán, rubio y extraño, bella y enigmática, y con la palidez exquisita de una Nicole Kidman que olía a Chanel Número 5. No era Nueva York, pero parecía la meca de las celebridades. Ralph Lauren con su pelo de plata, y un incipiente Michael Kors cuyos diseños comenzaban a ganar adeptos. Aún Marc Jacobs no se había puesto guapo y en las calles todavía vendían grandes joyas a precio de saldo, europeo, vamos.

Por esas calles no hablaba. No hablaba en mi lengua. Y me sentía aislado y muy solo. Una promesa hecha por el dueño de mi corazón no llegaba nunca, ni llegaría, y los días dorados se transformaban en noches oscuras, con estrellas enormes como ciruelas pendientes de las ramas de La Esplanada, donde también iba a rumiar mis sentimientos mientras tocaba con los dedos el agua dulce del río Charles, que pronto sería una plataforma de hielo.

Lo extrañaba porque lo amaba. Y por esas calles recuerdo cada conversación tranquila, cada caricia que no le di, cada suspiro que arrancaba de mi corazón. Podía gritar su nombre, podría distraerme cada día en el cine Lowes de la Calle Tremont, con ese aspecto acristalado, brillante y falsamente lujoso, de casi mal gusto, donde el aroma de salchichas a la plancha y mostaza se mezclaba con el de palomitas de caramelo, parejas cogidas de la mano y niños correteando sin sentido. Podía soñar con él e incluso olvidarlo, mientras veía una y otra vez a Johnny Deep con su acento escocés o a los bellos Céline y Jessy buscar el pasado de aquel que una vez se fue.

Eso es lo que hago yo por esas calles con él.

Pero todo pasa. La melancolía y la tristeza; también la alegría y el hechizo de la novedad. Y la ridícula soledad silenciosa. Por esas calles de Boston fui feliz a mi manera, pero también muy desgraciado. Adelgacé, me puse hasta guapo, morado a tortitas de los Diners cercanos a mi casa y bebiendo galones leche entera, la mejor del mundo, y bizcochos de mantequilla a siete dólares la libra; cenando bocadillos de jamón precortado y pan de molde con sabor a semillas de olvido; una manzana roja y brillante, como la de Blancanieves, cuyo hechizo sólo me devolvía a soñar con un amor imposible, y cereales crujientes con uvas pasas cada mañana puntual, a las cinco, en el que me arrojaba a esas calles que fueron un hogar atípico, pero del que ya ven que recuerdo con gran detalle, cuando el amor me dejó y comencé a ser infeliz.

Todo vuelve. Hasta el amor que creemos olvidar. Dos meses después toqué el timbre de su piso y una voz me habló: no era la suya. Me disculpé, número equivocado. Llamé de nuevo y la misma voz, que no era la suya, volvió a hablarme. Ya acostumbrado a un lenguaje extranjero, me salieron las palabras con un acento de Nueva Inglaterra. Rectificando, le dije que si él vivía todavía allí, traía un paquete a su nombre. En realidad en mis manos llevaba dos bolsas enormes con regalos de mi corazón. La voz, sonriente, me abrió para que pasara. No me dejó que subiera. Tampoco lo hubiese soportado. Salió a mi encuentro con una melena morena recién lavada, y el contoneo divino de una cadera de ensueño. Y lo comprendí todo. Me sentí pequeño, enjuto, arrugado como la hoja más pobre de un otoño húmedo. Y hasta tonto por parecer una especie de muñeco de navidad cargado con presentes equivocados. La chica vio el tamaño de las bolsas y a punto estuvo de pedirme que la ayudara a subirlas. Pero lo pensó mejor y decidió llamarlo a él para que se encargase de ellas. Palidecí o enmudecí; ella mi miró raro. Le dije en un perfecto inglés que debía irme y ella fingió entenderme. Estaba tan desencajado que olvidé mi propio idioma. Mejor dicho: recordé el idioma de mi vida, miserable y solo. Me despedí con cara de imbécil haciéndole creer que apenas la entendía. Ella me creyó o hizo como si creyese. Me sonrió y me enseñó la puerta, harto evidente al estar yo apoyado en ella. Y huí de allí, con las prisas de unos pies alados y un corazón roto.

Y vago por esas calles de una ciudad que me conoce muy bien pero que se hace la ciega. Y divago con el corazón en añicos sin poder emitir ni una palabra. Boston está ya lejos; donde me sentía miserable y solo. Hube abrigado una vana esperanza. Las calles de mi ciudad ahora mismo parecen más hostiles, más mudas, más llenas de esa extraña melancolía que nos deja en el alma el recuerdo de aquel que se fue.

Y él se ha ido sin decirme nada.

Por esas calles la vida sigue como si nada. Y deseo volver a Boston otra vez, donde el anonimato era duro pero preferible, y donde no podré encontrarme con él y mi corazón roto nunca más.

Jamás estamos conformes con nada cuando no tenemos felicidad.

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Las horas del silencio.

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Hospital. Mediodía. Mujer de mediana edad. Sala de espera. Nervios, intranquilidad.

Sospechas. Pruebas. Inquietud.

Un nombre. Ruido. Incertidumbre. Abandonar todo lo que lleva encima. Desnudarse.

Ecografía mamaria. El gel frío sobre la piel aún tersa. Una y otra vez el transductor, como una varita mágica, se mueve arriba y abajo, de izquierda a derecha. Una mama. La otra. Arriba y abajo, derecha a izquierda. El gel es como el amnios viscoso del nacimiento. Espera. Y da a luz.

Un tumor. Pequeño. Cierra los ojos. Un tumor.

Un tumor.

Un tumor.

Biopsia. Ruido de paquetes al abrirse. Agujas, un sonido como de pistola al descargarse. Guantes estériles, anestesia. Un rumor. Otro más. Y en su interior crece la certidumbre. Se pregunta: ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿por qué?

Aguja. Dentro. Escozor. Molestia leve. Tres descargas de pistola. Apenas siente cómo se mueve su carne. En al pantalla del ecógrafo ve algo informe que parece un tumor. Un tumor. De mama.

Ya ha pasado. Sin problemas. Y miradas de pena, porque a nadie le gusta diagnosticar algo así. La palabra Cáncer flota en el aire. En las palabras no dichas, en cada acto que de repente parecen hechos en cámara lenta.

Vestirse. Mamas que ya no serán lo que fueron. E incertidumbre. Miedo a lo desconocido. A sufrir. A perder el pelo. A dejar de estar sano. A no ser más persona del montón.

Sale por la puerta con volantes rellenos y mil instrucciones. Aquí y luego allá. En este piso no, en el de arriba, en el edificio de Consultas externas. Ya la llamarán.

Y silencio. No hay palabras, no todavía. Se acumulan todas juntas en la boca. Se frenan en la lengua.

Cáncer de mama es lo único a cuyo eco responde.

Y llora en silencio. Poco a poco. En silencio. Y soledad.

Ya vendrá(n) lo(s) demás.

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Manchester en el mar: oda al silencio.

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   Nada más maravilloso que el retrato contenido del dolor, esbozar el siempre difícil dibujo del silencio. Brokeback Mountain tiene en sus venas esa misma mezcla, ese poder hipnótico de lo que no se dice, no se cuenta, pero se siente. Manchester en el mar lleva, en su oleaje, la vida que desea olvidar, que se mantiene en suspenso, que no sabe adónde ir. Dura, mágica, azul y blanca. Hipnótica. Llena de silencio. Y corazón.

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When Breath Becomes Air: intensa mortalidad.

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Paul Kalanithi siempre estuvo interesado en la Muerte. O en la Mortalidad más bien. Y por tanto en la Vida, en ese lugar indeterminado en el que el cerebro se hace mente y la mente  se une a lo que podemos llamar alma y hace emerger ese chispazo por siempre asombroso que es la Consciencia.

La consciencia, con su rango de frágil inmortalidad, necesita del lenguaje para comunicarse, para saberse viva, útil: ya sea el tacto, los signos, el sonido, las palabras. De sí misma debe llegar a otro individuo con las mismas capacidades para captar sus mensajes, aprehender sus significados y expresar sus reacciones, en ese circuito de ida y vuelta que llamamos relaciones humanas.

Paul Kalanithi sabía que el Lenguaje era la llave, pero la mente, y el cerebro como receptor y base orgánica de ese milagro diario, eran la cerradura que podría explicar, desentrañando su funcionamiento, reparando sus errores, ese misterio insondable que unía la vida y la muerte de una persona, el hecho de ser una persona, en nuestra realidad.

 When Breath Becomes Air es el relato de ese viaje personal que lo llevó, de una licenciatura en Inglés a culminar una brillante carrera formativa como neurocirujano. Es la descripción directa y profunda, tierna y única de sus dudas, sus errores, sus aciertos, su ego, su ascenso y su nadir, el arco de una vida joven que lo obtuvo casi todo con mucho esfuerzo y merecimiento, pero que casi no llegó a saborear nada: nada de lo que él creía desear, aunque realmente alcanzó el Todo: la libertad y, más incluso, la inmortalidad.

Escrito con un lenguaje casi poético, no hay nada inútil en este libro de memorias. Cada una de sus reflexiones, inspiradas por el momento de su vida, iluminan y ocultan la evolución de un ser que piensa y que siente, que se deja de lado, que se toma en serio, que ama lo que hace, que sueña en lo que hará y lo que ha dejado atrás, y encuentra un hilo común que conecta al chiquillo que una vez contempló la posibilidad de dedicarse a la religión y que finalmente alcanzó su plenitud siendo médico, una forma de servicio único, y un escritor suave, profundo, maravilloso.

No tuvo mucho tiempo para escribirlo: este viaje desde un diagnóstico fatídico (padecía cáncer de pulmón terminal a sus treinta y pocos años) a la liberación que la enfermedad le regala, quedó inconcluso. Su mujer, también médico, terminó de escribir las últimas páginas siguiendo el aliento de su respiración, regalándonos sus últimos días, sus actos, su serenidad, su entrega infinita y su generosidad únicas. Dos médicos hablando sobre la Vida y la Muerte, sobre los sufrimientos y los regalos de la Enfermedad, desde el Conocimiento, desde esa rara dualidad que realmente pocos podemos entender, pero con una facilidad de comunicación, una desnuda sinceridad, que desarma y seduce: cada página de When Breath Becomes Air es un canto a la belleza de vivir, una poesía sobre nacer y morir, sobre los sueños y las realidades, los errores, los aciertos, y las pequeñas alegrías que conforman la vida pequeña, la gran Vida que se abre en cada ser humano y que se cierra con su muerte.

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Es un neurocirujano quien escribe; digamos (y no es el primer ejemplo) que se piensa el pináculo de la Medicina. Paul Kanalithi se equivoca: todos los cirujanos piensan lo mismo. Y no pocos médicos. Nosotros, los Intensivistas, también. En contra de lo que su relato semeja, todos nos necesitamos, y todos hacemos una labor en conjunto para llevar a buen puerto ese deseo de ayudar, de cuidar, de servir de la mejor forma posible, siendo los capitanes del barco, los generales en jefe, los últimos responsables de cada uno de los actos en los que intervenimos. Y sí, cada fracaso es una herida profunda, un pequeño fin de mundo; cada éxito nos acerca, por tiempo breve, a ese éxtasis remoto que apenas gozamos con el sexo, con la belleza pasajera, con un día de sol.

Y sin embargo, es en la segunda parte del libro donde el corazón se desborda. Donde notamos el apremio por hacerse entender, donde vivimos ese viaje interminable hacia el centro de sí mismo: aceptación, desesperación, rabia, entrega, planificación, resistencia, determinación y finalmente, por encima de todo, la liberación que trae consigo el mayor ejemplo de todos, la lección única, la última posta, el destino final: la aceptación de lo que debe ser, y por tanto, la leve alegría que nos da la libertad: aceptar la muerte como un estado más de la vida, saber que las cosas, así como han sido son perfectas, porque perfecto es aquel que vive ese viaje último, ese postrer intento por ser infinito y sin tacha.

Es un libro sobre Medicina, sobre lo que significa ser médico. Pero por sobre todo es el relato de un ser humano que alcanza la perfección cuando abraza la aceptación, cuando deja de luchar y se une al flujo de la vida; que fluye por sus venas como sangre; que fluye por su mente como días de un calendario; que fluye por sus hechos descubriendo lo meta-humano, lo único, lo inalcanzable: la perfección anhelada, la desnudez del ser, la paz eterna, el descanso real.

Siendo un médico como él, teniendo intereses similares, inclinaciones parecidas, viviendo una religión propia que no es más que un reflejo de la búsqueda incesante de la percepción; habiendo estado enfermo, luchado contra esa situación, y finalmente aceptado su existencia, When Breath Becomes Air es un reflejo de mí mismo, es una trocito de mí, la refracción de una verdad que es múltiple, ella misma y mil verdades a la vez. On the Move de Oliver Sacks, cuya filosofía es similar, nos ayuda a comprender el ansia de Paul Kalanithi; y cada uno de los enfermos con una enfermedad crónica, con una enfermedad terminal, completan ese rayo de luz refractada que llamamos Vida. Todas las experiencias son válidas, todas son reales, pues todas provienen de la misma fuente (ese milagro que se da entre cerebro y mente, entre mente y espíritu) y todas desembocan en el mismo mar, haciéndonos iguales como seres humanos, y por tanto, eternos en nuestra intensa mortalidad.

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Fragilidad

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Eran las cuatro de la mañana de la guardia de Nochebuena. Había sido una guardia larga, aunque pudimos hacer el paréntesis para celebrar, con viandas que todos habíamos traído, la festividad entre las prisas habituales de una noche de UCI.

El sonido del teléfono interrumpió la conversación. Avisaban que en Urgencias había ingresado un intento de suicido (nosotros lo llamamos: Intento autolítco); alguien había ingerido no se sabía cuánta cantidad de anticongelante para coches, un veneno mortal si no se atiende a tiempo.

Siendo casi la guinda del pastel de una guardia mala como pocas y como generalmente son en estas fechas señaladas, murmuré en voz alta, muy enojado, quién era capaz de intentar matarse en una noche como esa. En fin.

Mientras subía la paciente que ya había valorado el residente que estaba conmigo de guardia, fuimos sabiendo algo más de ella: mujer, joven, su nombre, sus apellidos… Algo de ella me llamó la atención, pero la gravedad de lo que había ingerido pronto hizo que pusiera mis sentidos en lo que había que hacer de inmediato pues, aunque sabía qué antídoto emplear, debía investigar las dosis necesarias y tenía que repasar en el libro de intoxicaciones qué otros tratamientos de soporte deberían aplicarse. Para el momento en que la paciente entró por la puerta de la UCI, la máquina de hemodiafiltración continua (una máquina que actúa como la diálisis sólo que está activa las 24 horas del día) ya estaba lista para conectarse, y el antídoto ya cargándose en las dosis adecuadas por el S. de Farmacia Hospitalaria.

Al ver a la paciente, la primera impresión que tuve volvió a presentarse. Una melena suave, canosa prematura, de un tono dorado mate, ese color de beso de sol a media tarde; la piel muy blanca,  y unos ojos azules mortecinos, surcados por docenas de arrugas precoces, me impresionó. Aquel rostro había sido bello una vez, aunque ahora se presentaba ajado, sin vida; palidez marcada, ojeras oscuras que hendían el azul de aquella mirada sin sentido.

Le pregunté su nombre. Lento, me supo responder: A-na… La sensación que había tenido hacía un rato y que se había desvanecido al leer su nombre y apellidos me golpeó como un rayo. No era la misma mujer elegante, de melena larga y rubia, de caderas poderosas, de carne prieta y sabrosa que mi mente trajo de los recuerdos de una vida pasada. Pero tenía que ser ella… Al acercarme para explorarla mejor, pude identificar los oyuelos de las mejillas, los lunares discretos y mórbidos sobre el hombro izquierdo, la longitud de unos dedos hechos para tocar el piano como una vez hizo, la sonrisa oscura que usaba para seducir y ser querida. Era Ana, en un tiempo novia de uno de mis mejores amigos. Ana, que nos encontró una noche de farra, tocándome el culo con una avidez que denotaba su achispamiento etílico. Mi buen amigo, un hombre tan atractivo que las chicas que le gustaban caían rendidas a su encanto apenas sin inmutarse, estaba a mi lado cuando yo sentí una mano afanosa mezclarse con mi pantalón. Asombrado y azorado me giré, y aquel mujerón rubio, bella a esa hora y a pesar del toque de alcohol, miraba ansiosa a mi amigo pero acariciaba mi trasero.

– Cariño – le dije- creo que estás tocando el culo equivocado.

Con esa terquedad de las personas achispadas que niegan que están etílicamente alteradas, me sonrió como haciéndome un favor y negó con la cabeza. Comprendiendo, acerqué mi boca a la oreja de mi amigo y le susurré mis sospechas. Él también llevaba mirándola un buen rato.

– Déjame tu sitio, anda -me dijo-. Y que pruebe el culo que quiere tocar.

Serían sobre las cuatro de la mañana de una noche de otoño, siete años atrás. Yo me aparté solícito e hice por ir al servicio. Cuando regresé a nuestro sitio, ninguno de los dos estaba ya. Y no los volvería a ver hasta varios meses después, cuando se fueron a vivir juntos en una arranque de vitalidad que sólo se tiene a los treinta años.

Ana era una mujer encantadora, de sonrisa coqueta, de pelo como mar al atardecer. Se cuidaba con mimo; hacía resaltar su atractivo con las armas justas, la sonrisa de sirena, y un meneo al caminar que llamaba la atención. Juntos, debía admitirlo, hacían una pareja maravillosa.

Como suele ser habitual, su relación absorbió parte de la vida de mi amigo, por lo que dejamos de vernos de forma asidua, aunque seguíamos en contacto por teléfono y en el hospital, donde también trabajaba.

No recuerdo cuánto duró aquella relación, sólo sé que no terminó del todo bien: él pidió traslado por motivo familiar a otra ciudad y ella se quedó aquí, estudiando la carrera que él le había animado a retomar y graduándose poco después. Mi amigo volvió a estar libre para comunicarse conmigo de forma asidua, o lo que de asiduo hace la distancia, y Ana se perdió en las brumas de los recuerdos que se olvidan. Hasta esa noche.

Qué cambiada estaba. Había perdido mucho peso; su piel no tenía ese brillo nacarado y su mirada, desafiante, estaba perdida y desenfocada por el tóxico que rondaba por su sangre.

Una vez recuperado de la primera impresión: reconocerla, valorar su estado actual y el motivo de su ingreso, que movieron mis cimientos durante unos minutos, procedimos a tratarla. Cuando conseguimos una estabilidad relativa, dejé a Enfermería a su cuidado y fui a hablar con sus familiares. Su hermano esperaba ansioso saber sobre ella.

Un dios alto, rubio y muy guapo (la belleza corría por esa familia como por un descampado genético) me recibió nervioso y al borde de las lágrimas. Me relató todo lo que había pasado esa noche, con la sorpresa todavía en el cuerpo. Estaba mal, eso lo había visto ya hacía varios meses, pero ella no le prestaba atención; no eran de confidencias, pero él estaba seguro que algo malo pasaba. Llevaba sin trabajo unos meses y se sentía como una carga para él y su familia; no atendía a razones; sólo quería que la dejaran en paz y dormía gracias a la medicación pautada por el médico de cabecera. El chico se culpaba: de haber sido indulgente, de haberla dejado ajarse, de no prestarle más atención. Debía haberse dado cuenta de esa depresión, de algún dato de inestabilidad mental, de fragilidad.

No se daba cuenta, pero hablaba con un aluvión de sentimientos que parecía un río a punto de desbordarse. Yo le dejé hacer… Pasados unos veinte minutos o así, pensé que sería bien intervenir.

Le hablé de los riesgos de ese tóxico si no habíamos llegado a tiempo: podía quedar ciega, podía quedar sin riñones, por ejemplo; pero también podía salir sin daño alguno; dependía del tiempo entre la ingesta y la llegada al hospital. No pudo precisarme cuánto. No importaba. Me habló de lo bella que era, si la hubiese conocido, sabría que Ana podía haberlo tenido todo; eso le decía un novio que tuvo haría siete años, que la apoyó para que volviera a los estudios, y fue feliz con él, eso lo sabía, y le apenaba haber perdido a un posible cuñado que le parecía tan de fiar.

No tuve valor para decirle que sabía su historia. Que Ana y yo nos conocíamos de antes; que aquel novio tan válido era amigo mío, y que nunca supe qué había motivado aquella ruptura más allá de lo que siempre pensamos de ser muy absorbente y algo inestable, todo aquello con que acusamos al Otro cuando nos decepciona demasiado o terminamos de amarlo como pareja.

Me sentía extraño mientras me contaba la historia de su hermana; sus tres intentos previos cuando era una adolescente; el agujero en el que se había transformado su vida. Siempre había sido una chica frágil, aunque lo disfrazase muy bien hasta ahora…

Dejé que se desahogara otro rato más; era tan tarde y estaba yo tan cansado que no me importó el tiempo que pasé a su lado: un hombre que necesitaba un apoyo que quizá yo pudiera darle, aunque me estuviese muriendo de sueño y cansancio. Era mi deber y allí estuve, hasta que pude calmarlo un poco.

– Vamos a ver cómo responde al tratamiento, cuánto de rápido hemos sido. Ahora podrá pasar a verla y puede quedarse el tiempo que haga falta…

Me agradeció efusivamente los ánimos y esperó a que llegase su madre. Cuando ambos pasaron a ver a Ana, ésta estaba algo mejor; la cabeza más despejada; el color había vuelto a sus mejillas. Parecía otra en aquella hora que llevaba ingresada. Eso era buena señal.

Les saludé desde lejos, pues temía que Ana tuviese buena memoria y me reconociese como el chico del culo equivocado en una noche mágica, tan distinta a ésta que ambos compartimos.

Su fragilidad me conmovió mucho, porque no era una paciente con un número de identificación más; si no una mujer que yo conocía plenamente y ahora se entregaba a nuestro cuidado en el punto de mayor debilidad posible. Sentí pudor por ella, y por mí: seguro que tampoco yo era el mismo de siete años atrás.

Tres días después se había recuperado del todo, y sin secuelas importantes, pudo ser trasladada a seguir tratamiento en la planta de Psiquiatría.

Ayer, una prima mía joven, aquejada de un cáncer de pulmón galopante, me pidió que le ayudase: pese a las quimioterapias y a sus ganas de luchar, se sentía débil, enferma, incapaz, y llevaba cuatro días con un dolor insoportable. Cien millones de improperios después por haberse dejado llevar hasta ese estado, le pedí que acudiese al hospital donde hablaría con los colegas de Oncología a ver qué se pudiera hacer por ella.

Al llegar la vi empequeñecida, hecha un ovillo, pálida, débil. Frágil. Una mujer que había sido siempre una chispa de vitalidad y que llevaba su casa, motor y guía, con la mejor de las manos. Pequeña cosa, acostada en una cama, llevaba días sin comer y sin beber, aquejada de un dolor lacerante que le impedía hasta hablar.

Los médicos la valoraron, le pusieron tratamiento; las enfermeras la trataron con mimo, le hicieron sentir cuidada, liberada del dolor que le impedía hasta pensar. Dos horas después, ya en el Hospital Onco-Hematológico de Día, estaba más serena, hidratada por los sueros y descansada por los analgésicos: la morfina es el mejor aliado del hombre, pocas cosas (la aspirina, los antibióticos quizá) la igualan, y pocas cosas hay más baratas y que cuesten más indicar, tristemente.

Cuando la fui a ver estaba dormida. La dejé descansar una hora más o menos. Estaba con los ojos cerrados, la expresión del rostro era plácida, se sentía cómoda, cuidada, mimada. La fragilidad de un cuerpo que se prepara a morir brillaba con la serenidad de los cuidados bien hechos, con la certeza de lo que no tiene cura llevado de la mejor manera posible.

Cuando pude volver a verla, ya despierta, me sonrió con una sombra de lo que aquella risa había sido, y me tomó suave de las manos. Lloró un poquito, como cuando no queremos ser vistos, añadiendo unas gotas de pudor a ese estado de débil fragilidad.

– Gracias…

Pero no había nada que agradecer. Mis compañeros estaban haciendo lo que deben hacer; llega un momento en la vida en que la lucha sólo se reduce (y nunca es fácil alcanzarlo) al confort, a la serenidad, a dejar que el pasaje más triste de todos se haga de la forma más digna posible, más fácil y certera. Yo sólo había pedido ayuda…

Ayuda, fragilidad, alivio. Para eso estamos aquí, en todos los estamentos de la Medicina. Pero también en los de la Vida.

Mi prima volvió a sonreír poquito, sabedora, porque todos los pacientes lo saben, que ya no hay mucho qué hacer, salvo recoger los restos de dignidad que nos quedan y que se resumen en la fragilidad de pedir ayuda, y que ésta nos hace en realidad más fuertes que nadie, más sabios y más generosos, y repartirla, liberarse de cualquier carga que ya las manos han dejado caer en parte, y prepararse para ese largo viaje sin retorno que en nada ata y que deja todo atrás.

En un mundo que nos hace creer en falsas imágenes, en fantasías banales, en sueños que no son nuestros deseos, la fragilidad del cuerpo y de la psique siempre están ahí para recordarnos de qué estamos hechos y hacia dónde vamos. Que todo lo demás: las mil preocupaciones, los anhelos, la posesión, los sueños, las relaciones, no son más que objetos sinuosos, sombras informes, niebla que se diluye con la llegada de la luz… La luz de la comprensión, la luz que sólo ilumina a aquel que ha dejado de luchar y que reconoce, que sabe, que la mayor fortaleza está en la entrega, encerrada en el momento más íntimo de fragilidad, ese instante en que dejamos de ser lo que creemos ser para llegar a convertirnos en nuestra esencia, en lo mejor que hemos sido jamás.

Y le doy las gracias a estas dos grandes maestras que me han recordado, en estos días de miserias personales, que nada hay más fuerte que la fragilidad, y nada más valiente que pedir ayuda. Y nada más generoso que darla sin medida.

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España: Centro del Mundo 1519-1682

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Hay algo subversivo en el alma española. No conoce su Historia. Esa ignorancia le da vergüenza y le condena, como por lo demás todos los países, a caer una y otra vez en los mismos errores. Robert Goodwin, británico (para variar) lo describe maravillosamente bien en su libro España: Centro del Mundo 1519-1682, de la editorial La Esfera de los Libros.

España no se ha recobrado de ese espíritu barroco del Desengaño: ningún pueblo ha retratado jamás en sí mismo la pasión hacia la grandeza y la eternidad, y al mismo tiempo su extrañeza y su penar al descubrir que nada de eso es posible, salvo la destrucción absoluta y la carnaza de unos valores que por firmes, no dejan de ser del todo imperfectos y perecederos.

España ignora su importancia, porque los siglos que sucedieron a esa explosión planetaria (incluso cósmica) que la catapultó a los más alto del Renacimiento como potencia motora, y al Barroco como potencia artística, de desestabilización, de desencuentro consigo misma y de desencanto, han perdurado más que los brillos ya algo mohosos de una grandeza que prometía durar una eternidad.

España ignora que nada es para siempre. Y se niega a seguir viendo que todos los grandes imperios en realidad duraron lo mismo que el suyo: un siglo, con resonancias más o menos lejanas en los tiempos venideros. Por ser el primero, por ser en realidad el más poderoso, el más unificador dentro de una diversidad demasiado intensa; por eclosionar en el encuentro de mundos desconocidos; la conquista, la mezcla (¿qué otro imperio del mundo ha llevado su sangre, su fe, sus costumbres, al grado de mestizaje del español?) y el resquemor, el Imperio español, el verdaderamente planetario, ha sido denostado, vilipendiado y engañado a lo largo de los siglos por conveniencia ajena y por connivencia propia con graves consecuencias para un país que lo tiene todo: lo bueno y lo malo a flor de piel, y que sabe interpretar a través de la cultura, la belleza y la religiosidad (tenga el sesgo que tenga) esa grandeza, ese mestizaje, ese saber ocupar un lugar en el mundo y esa riqueza que representa una tierra fértil, un sol secular, un mar bendecido por la Naturaleza y un clima recio, con cielos hermosos, llenos de contrastes, y un corazón que late, a sangre y fuego, por encontrar ese pedacito de paz que le ha sido negado siempre.

Robert Goodwin ha escrito el libro que España necesitaba. En sus hojas jamás hay una excusa, jamás un juicio. A mi parecer es el primer historiador que no juzga con los ojos del Siglo XXI lo que era el mundo que va de finales del S. XV al S. XVII. No hay en toda esa erudición presentada como una novela agradable y llena de giros, con una estructura en círculos concéntricos maravillosa, una línea disonante, un dato que no encaje, la mera insinuación de un error; jamás una comparación odiosa, jamás un comentario hiriente; y siempre una admiración profunda y verdadera sobre la grandeza de un pueblo que creyó con pasión en un sueño de riquezas y poder (y que lo obtuvo) pero que ignoraba, hasta que se dio cuenta dando lugar a ese esplendor único llamado Barroco, que nada en la vida es para siempre y que todo tiene un precio: querer vivir en la ignorancia apartando la vista hacia otro lado, y reconocer en lo más profundo esos errores y juzgarse duramente por ello y enmendarse, rodeándose de pobreza y minimizándose hasta el extremo de querer desaparecer de la esfera mundial, al no considerarse digno de haber alcanzado tamaña empresa y, todavía más, de permanecer en ella hasta que se apagase el sol.

Todo en el libro de Robert Goodwin es maravilloso. Todo. La estructura con que está escrito, el lenguaje ameno, vibrante, incisivo, lleno de una profundidad intelectual que desarma, que no juzga, que saca a la luz las tripas de una forma de ser, el alma de un sueño de vida y su reflejo en las labores humanas; de un pueblo que se volvió grande de repente, que supo serlo y que cayó, pensándose pronto, víctima de errores que ha considerado siempre como propios pero que son connaturales con la naturaleza humana: Robert Goodwin nos demuestra que el Imperio español fue el centro del mundo, pero que sus errores fueron y han sido, en realidad, casi universales.

Antes del Imperio Español fue el Imperio Azteca, el Imperio Inca y Roma, y antes de Roma, Macedonia, y antes de Macedonia, Persia, y antes de Persia, Egipto y Babilonia, hasta pensar en Dalamacia y la oscura Atlántida, por resumir en unos trazos docenas de miles de años de historia humana. Todos ellos han perdurado en la memoria histórica; cómo no iba a hacerlo el primer Imperio verdaderamente mundial, cuyo orbe manejaba dos manos pálidas como si fuese una pelota de hojalata. Pero, como ocurre con las obras de Arte que el tiempo cubre de impurezas y de sombras impuestas, la historia de ese momento único en el mundo, porque fue único (jamás volvió a ver algo igual, todos los que le sucedieron no fueron más que copias basadas en su ejemplo), se vio modificada por intereses contrapuestos, por exposiciones cegadoras, por oportunos ocultamientos, es decir, por conveniencias banales, que sólo ahora, después de esta experiencia cargada de muertes y de cambio inmediato y constante, consiguen desvelarse y mostrar su esplendor, porque son hermosas en su conjunto de brillantez y oscuridad, libres por fin de intereses creados o de falsas creencias que a nada llevan.

He leído unos cuantos ensayos sesudos sobre este inmenso período hispano. Eran demasiado densos, demasiado concentrados en el detalle, pero por encima de todo, juzgaban una y otra vez cada uno de los recovecos de la historia que contaban. Si de Alejandro Magno se dice que no hay que juzgarlo sino con los ojos de su tiempo, ese principio de imparcialidad debería imperar (y de hecho, ocurre en todos los países menos en la todavía pía -por irracionalmente adherida a una culpa externa- España) en la historia hispana, pero no lo había encontrado hasta hoy. España, Centro del Mundo 1519-1682 es la joya que tanto anhelaba leer, la descripción magistral de política, cultura, costumbres y enfoque que debería tener todo historiador. Es, quizá, la primera obra moderna de historia, escrita para ser leída con facilidad sin legajos abstrusos, y llena de amor por lo que quiere mostrar, desplegando la historia de los Austrias hispánicos como un hermoso bordado en el que se plasma, a modo de Tiziano, de El Bosco, a modo de El Greco, a modo de Zurbarán y de Velázquez y de Murillo, los verdaderos colores de un imperio donde no se ponía el sol, en donde nació la Banca moderna, las costumbres que pasarían a imperar en el mundo desde entonces (apenas modificadas por el paso del tiempo), donde el estudio sobre el hombre, los derechos de los demás, la preocupación por reglar un mundo informe, el ansia, el lucro, la avidez y la piedad jugaron un papel único y dieron vida a un momento singular de la historia humana. Ese momento mágico en el que el mundo se hizo planeta ha llegado hasta nosotros a través de las costumbres, de internet, del cine, del teatro, de la literatura, de la tecnología y de los viajes eternos por mar, tierra y cielo. Robert Goodwin nos demuestra, en este fresco maravilloso, que no somos más diferentes de lo que eran esos españoles imperiales y que apenas hemos cambiado en las formas pero no en el fondo: la codicia, la imparcialidad, el ansia de posesión, pero también la piedad, el sueño de igualdad y de concordia y la preocupación por los que sufren, los desheredados y al ampulosidad de un capitalismo que nunca nos ha abandonado desde entonces… No hay mal en ningún país del mundo que España no mostrase en ese siglo único, ni ningún imperio que haya durado más que el inmenso plantea hispano; eso sí, nadie ha vivido ese surgimiento y esa pérdida con más pasión y más desconcierto que España, a la que aún hacen temblar los ecos que sobreviven en su inseguridad (en su falta de conocimiento sobre su Historia).

Francia siguió a España; Inglaterra, una vez lavada su cara de ínsula pirata, alumbró el albor del S. XX… La pérdida del rango de imperio fue distinta en cada país: en Francia, a grito de Igualdad, Libertad y Fraternidad (conceptos que ya manejaban los eruditos de Salamanca, como bien deja claro Goodwin en este volumen, así que ni siquiera los Derechos Humanos nacieron en el suelo francés -Estados Unidos se había adelantado en cuanto a libertad y soberanía popular, pues cabe recordar aquí que el sanguinario paso de una Monarquía a una escueta dictadura y posteriormente al imperio de las armas napoleónicas, dejó tras de sí un reguero de sangre propia de un pueblo corto de luces y ansioso de venganzas que no se vio en el nacimiento de la nación norteamericana, al menos en sus comienzos, claro-) con la efímera y sangrienta Revolución Francesa; en Inglaterra, gracias al ruido irreverente de las guerras del S. XX, apenas si pasó desapercibido, maquillado por la máquina de propaganda y cultura que aún imperan (nunca mejor dicho) en nuestros días: ese espíritu insular, y ese asco por lo distinto, siguen tan vivos hoy como en el S. XVI: el Brexit es el mejor ejemplo de las raíces reales de un pueblo que ha cambiado apenas nada y que sobrevive con la añoranza de un imperio que apenas duró un siglo y que se desvaneció en la nada, salvo quizá en la enjoyada cabeza coronada de una Reina-símbolo-objeto, que todavía perdura gracias a una longevidad oculta en sus genes regios… En fin, como dice el dicho: en todas partes cuecen habas.

Ojalá España deje por fin ese sentimiento de inferioridad nacido de su desconocimiento, de su falta de discernimiento, de ese marcha por el desierto del desconcierto y la pequeñez. Su grandeza, que todos los demás captamos y admiramos, y que late en su Arte, en las líneas de sus novelas y poemas, en el pensamiento de sus filósofos, en las pinceladas de sus pintores, en el arrebato de sus paisajes y su gastronomía, en la belleza de sus ciudades, en el saber vivir de una raza antigua que merece disfrutar de su lugar magnífico en la Historia,  y en el día a día.

Robert Goodwin muestra ese fresco, retrata esa belleza y esa podredumbre, ese saber estar y esa inestabilidad tejiendo la vida de sus principales actores, mezclando temperamentos y biografías, y mostrando, con una acerada visión del arte escrito y pictórico y escultórico y arquitectónico, los ecos del corazón de un pueblo y de un tiempo único en el mundo sin prejuicios, sin ahorrase sombras y sobre todo, por encima de todo, y en eso reside la grandeza de este ensayo, repleto de libertad y respeto y amor por España y su lugar mundial, su verdadero legado planetario, y su peso específico de olores, sabores y tactos, convirtiendo un libro sobre historia en un tratado sobre filosofía de vida y sobre arte y humanidad.

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