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Todo esto te daré: vidas sinuosas

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Todo esto te daré es la novela de Dolores Redondo, ganadora del Premio Planeta 2016. No había leído nada de su autora, sobre todo por mi total desinterés por la serie negra, de la que sin embargo he llegado a disfrutar, aquí y allá, de ejemplos excelsos destacados en el mercado anglosajón, que han trasplantado ese gusto, esa estructura y ese género en nuestras fronteras.

No me gusta que un libro venga clasificado con un género: le resta mérito al autor y a su historia, que en general siempre es más y mayor de lo que la etiqueta encierra. La producción en masa de una novela así genera ventas y ha hecho, a no pocos autores, conocidos y líderes de ventas. Que esto también es un negocio, no debemos olvidarlo. Ese rechazo tácito quizá ha hecho que no me acerque mucho a la labor previa de Dolores Redondo, como me mantiene alejado de la producción literaria actual, con contadas excepciones (Joël Dicker, al que me referiré más adelante o, en alguna ocasión con mucho agrado, Matilde Asensi), así que mi acercamiento al nuevo Premio Planeta se ha debido a la confirmación de parte de mi entorno de que la historia valía la pena.

Todo esto te daré posee una gran cualidad: es un océano de sentimientos. No hay momento anímico que la autora no explore, no ahonde con una delicadeza magistral, y no arrastre al lector al mundo que crea, ayudada por la mágica localización del relato y por los encuentros y desencuentros de almas dañadas que se reconocen, se rechazan y finalmente se aceptan en esa cura común que significa para todos la aceptación de los hechos como verdades, y como verdades, la libertad que estas conllevan.

Dolores Redondo es quizá, junto con Joël Dicker, quien mejor maneje los mimbres (fuera del mundo anglosajón, se entiende) de una trama de género negrísimo en el que caben todas las taras humanas; tantas, que por momentos puede llegar a abrumar. Su querencia por los giros inesperados, mejor llevados que el suizo, intenta mantener la atención del lector, y en contraposición con el autor de La verdad sobre el caso Harry Quebert o El libro de los Baltimore, lo consigue porque su interés son los personajes que viven la historia, y no el que la trama supedite a los personajes, los lleve, los defina. Eso le aporta a la narración de Todo esto te daré mayor calado, hace que dé un paso más en las fronteras de la etiqueta, y que progrese en un camino rompedor de moldes, liberador en fin, de ese gran talento que se adivina en su autora.

¿Por qué comparo dos estilos tan distintos de abordar el mismo género (pero construyendo las tramas con la misma estructura férrea y ya manida)? Porque en ambos casos veo a excelentes escritores; hay muestras de gran talento, hay brillos profundos de almas que quieren en realidad salir del corsé en el que se hallan para horadar caminos nuevos ya sin miedo.

El olor, el tacto de las gardenias, el aroma de la lluvia fina y la humedad, el reflejo del sol en el río, la tarde sobre los viñedos, la interacción íntima entre seres humanos que encuentran puntos en común en las supuestas divergencias, son lo que me ha atraído de su lectura. No la trama, sobre la que perdí interés a medida que avanzaban personajes arquetípicos que anuncian con grandes carteles sus intenciones. No los constantes giros, que me cansan; sigo sin entender cómo es posible que una historia poderosa como ésta requiera más de trescientas páginas para desarrollarse: debe ser el mercado, o el género en el que se enmarca. Murakami también escribe historias interminables siguiendo siempre el mismo planteamiento cíclico y sus lectores parecen hipnotizados… Pero eso es otra historia.

Todo esto te daré es una historia de amor, o mejor dicho, una historia negra sobre una historia de despedida. Es el maravilloso relato de un lamento, de una pérdida, de una desdicha y de una curación atrapado por una historia paralela que termina ahogándolo. Pero sobre todo es un descubrimiento de una pluma que debería deshacerse de etiquetas para profundizar en lo que verdaderamente hace un escritor de raza: hablar sobre las verdades humanas con una mirada acerada y, a la vez, misericordiosa, sin miedo pero con respeto, en relatos cuyo equilibrio lo dicte el corazón de quien escribe. Espido Freire es una artista en este sentido, lenguaje de escalpelo en boca de seda, elegancia fría de acero sobre un gran respeto por la historia que narra, con un equilibrio entre instintivo y meditado: Melocotones helados sigue siendo un relato potente escrito con prosa brillante sobre un fondo, como el de Todo esto te daré, muy negro.

Dolores Redondo tiene la pluma ágil, y sobre todo, el sentimiento profundo a flor de piel. Eso la hace única. Y qué bien que surjan voces como la suya en el panorama absurdamente monocorde de la literatura contemporánea. Ojalá podamos evolucionar gracias a ella y a todos aquellos que desean romper moldes, diversificar estilos, siempre preocupados por la calidad del sentimiento y la belleza de la prosa.

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España: Centro del Mundo 1519-1682

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Hay algo subversivo en el alma española. No conoce su Historia. Esa ignorancia le da vergüenza y le condena, como por lo demás todos los países, a caer una y otra vez en los mismos errores. Robert Goodwin, británico (para variar) lo describe maravillosamente bien en su libro España: Centro del Mundo 1519-1682, de la editorial La Esfera de los Libros.

España no se ha recobrado de ese espíritu barroco del Desengaño: ningún pueblo ha retratado jamás en sí mismo la pasión hacia la grandeza y la eternidad, y al mismo tiempo su extrañeza y su penar al descubrir que nada de eso es posible, salvo la destrucción absoluta y la carnaza de unos valores que por firmes, no dejan de ser del todo imperfectos y perecederos.

España ignora su importancia, porque los siglos que sucedieron a esa explosión planetaria (incluso cósmica) que la catapultó a los más alto del Renacimiento como potencia motora, y al Barroco como potencia artística, de desestabilización, de desencuentro consigo misma y de desencanto, han perdurado más que los brillos ya algo mohosos de una grandeza que prometía durar una eternidad.

España ignora que nada es para siempre. Y se niega a seguir viendo que todos los grandes imperios en realidad duraron lo mismo que el suyo: un siglo, con resonancias más o menos lejanas en los tiempos venideros. Por ser el primero, por ser en realidad el más poderoso, el más unificador dentro de una diversidad demasiado intensa; por eclosionar en el encuentro de mundos desconocidos; la conquista, la mezcla (¿qué otro imperio del mundo ha llevado su sangre, su fe, sus costumbres, al grado de mestizaje del español?) y el resquemor, el Imperio español, el verdaderamente planetario, ha sido denostado, vilipendiado y engañado a lo largo de los siglos por conveniencia ajena y por connivencia propia con graves consecuencias para un país que lo tiene todo: lo bueno y lo malo a flor de piel, y que sabe interpretar a través de la cultura, la belleza y la religiosidad (tenga el sesgo que tenga) esa grandeza, ese mestizaje, ese saber ocupar un lugar en el mundo y esa riqueza que representa una tierra fértil, un sol secular, un mar bendecido por la Naturaleza y un clima recio, con cielos hermosos, llenos de contrastes, y un corazón que late, a sangre y fuego, por encontrar ese pedacito de paz que le ha sido negado siempre.

Robert Goodwin ha escrito el libro que España necesitaba. En sus hojas jamás hay una excusa, jamás un juicio. A mi parecer es el primer historiador que no juzga con los ojos del Siglo XXI lo que era el mundo que va de finales del S. XV al S. XVII. No hay en toda esa erudición presentada como una novela agradable y llena de giros, con una estructura en círculos concéntricos maravillosa, una línea disonante, un dato que no encaje, la mera insinuación de un error; jamás una comparación odiosa, jamás un comentario hiriente; y siempre una admiración profunda y verdadera sobre la grandeza de un pueblo que creyó con pasión en un sueño de riquezas y poder (y que lo obtuvo) pero que ignoraba, hasta que se dio cuenta dando lugar a ese esplendor único llamado Barroco, que nada en la vida es para siempre y que todo tiene un precio: querer vivir en la ignorancia apartando la vista hacia otro lado, y reconocer en lo más profundo esos errores y juzgarse duramente por ello y enmendarse, rodeándose de pobreza y minimizándose hasta el extremo de querer desaparecer de la esfera mundial, al no considerarse digno de haber alcanzado tamaña empresa y, todavía más, de permanecer en ella hasta que se apagase el sol.

Todo en el libro de Robert Goodwin es maravilloso. Todo. La estructura con que está escrito, el lenguaje ameno, vibrante, incisivo, lleno de una profundidad intelectual que desarma, que no juzga, que saca a la luz las tripas de una forma de ser, el alma de un sueño de vida y su reflejo en las labores humanas; de un pueblo que se volvió grande de repente, que supo serlo y que cayó, pensándose pronto, víctima de errores que ha considerado siempre como propios pero que son connaturales con la naturaleza humana: Robert Goodwin nos demuestra que el Imperio español fue el centro del mundo, pero que sus errores fueron y han sido, en realidad, casi universales.

Antes del Imperio Español fue el Imperio Azteca, el Imperio Inca y Roma, y antes de Roma, Macedonia, y antes de Macedonia, Persia, y antes de Persia, Egipto y Babilonia, hasta pensar en Dalamacia y la oscura Atlántida, por resumir en unos trazos docenas de miles de años de historia humana. Todos ellos han perdurado en la memoria histórica; cómo no iba a hacerlo el primer Imperio verdaderamente mundial, cuyo orbe manejaba dos manos pálidas como si fuese una pelota de hojalata. Pero, como ocurre con las obras de Arte que el tiempo cubre de impurezas y de sombras impuestas, la historia de ese momento único en el mundo, porque fue único (jamás volvió a ver algo igual, todos los que le sucedieron no fueron más que copias basadas en su ejemplo), se vio modificada por intereses contrapuestos, por exposiciones cegadoras, por oportunos ocultamientos, es decir, por conveniencias banales, que sólo ahora, después de esta experiencia cargada de muertes y de cambio inmediato y constante, consiguen desvelarse y mostrar su esplendor, porque son hermosas en su conjunto de brillantez y oscuridad, libres por fin de intereses creados o de falsas creencias que a nada llevan.

He leído unos cuantos ensayos sesudos sobre este inmenso período hispano. Eran demasiado densos, demasiado concentrados en el detalle, pero por encima de todo, juzgaban una y otra vez cada uno de los recovecos de la historia que contaban. Si de Alejandro Magno se dice que no hay que juzgarlo sino con los ojos de su tiempo, ese principio de imparcialidad debería imperar (y de hecho, ocurre en todos los países menos en la todavía pía -por irracionalmente adherida a una culpa externa- España) en la historia hispana, pero no lo había encontrado hasta hoy. España, Centro del Mundo 1519-1682 es la joya que tanto anhelaba leer, la descripción magistral de política, cultura, costumbres y enfoque que debería tener todo historiador. Es, quizá, la primera obra moderna de historia, escrita para ser leída con facilidad sin legajos abstrusos, y llena de amor por lo que quiere mostrar, desplegando la historia de los Austrias hispánicos como un hermoso bordado en el que se plasma, a modo de Tiziano, de El Bosco, a modo de El Greco, a modo de Zurbarán y de Velázquez y de Murillo, los verdaderos colores de un imperio donde no se ponía el sol, en donde nació la Banca moderna, las costumbres que pasarían a imperar en el mundo desde entonces (apenas modificadas por el paso del tiempo), donde el estudio sobre el hombre, los derechos de los demás, la preocupación por reglar un mundo informe, el ansia, el lucro, la avidez y la piedad jugaron un papel único y dieron vida a un momento singular de la historia humana. Ese momento mágico en el que el mundo se hizo planeta ha llegado hasta nosotros a través de las costumbres, de internet, del cine, del teatro, de la literatura, de la tecnología y de los viajes eternos por mar, tierra y cielo. Robert Goodwin nos demuestra, en este fresco maravilloso, que no somos más diferentes de lo que eran esos españoles imperiales y que apenas hemos cambiado en las formas pero no en el fondo: la codicia, la imparcialidad, el ansia de posesión, pero también la piedad, el sueño de igualdad y de concordia y la preocupación por los que sufren, los desheredados y al ampulosidad de un capitalismo que nunca nos ha abandonado desde entonces… No hay mal en ningún país del mundo que España no mostrase en ese siglo único, ni ningún imperio que haya durado más que el inmenso plantea hispano; eso sí, nadie ha vivido ese surgimiento y esa pérdida con más pasión y más desconcierto que España, a la que aún hacen temblar los ecos que sobreviven en su inseguridad (en su falta de conocimiento sobre su Historia).

Francia siguió a España; Inglaterra, una vez lavada su cara de ínsula pirata, alumbró el albor del S. XX… La pérdida del rango de imperio fue distinta en cada país: en Francia, a grito de Igualdad, Libertad y Fraternidad (conceptos que ya manejaban los eruditos de Salamanca, como bien deja claro Goodwin en este volumen, así que ni siquiera los Derechos Humanos nacieron en el suelo francés -Estados Unidos se había adelantado en cuanto a libertad y soberanía popular, pues cabe recordar aquí que el sanguinario paso de una Monarquía a una escueta dictadura y posteriormente al imperio de las armas napoleónicas, dejó tras de sí un reguero de sangre propia de un pueblo corto de luces y ansioso de venganzas que no se vio en el nacimiento de la nación norteamericana, al menos en sus comienzos, claro-) con la efímera y sangrienta Revolución Francesa; en Inglaterra, gracias al ruido irreverente de las guerras del S. XX, apenas si pasó desapercibido, maquillado por la máquina de propaganda y cultura que aún imperan (nunca mejor dicho) en nuestros días: ese espíritu insular, y ese asco por lo distinto, siguen tan vivos hoy como en el S. XVI: el Brexit es el mejor ejemplo de las raíces reales de un pueblo que ha cambiado apenas nada y que sobrevive con la añoranza de un imperio que apenas duró un siglo y que se desvaneció en la nada, salvo quizá en la enjoyada cabeza coronada de una Reina-símbolo-objeto, que todavía perdura gracias a una longevidad oculta en sus genes regios… En fin, como dice el dicho: en todas partes cuecen habas.

Ojalá España deje por fin ese sentimiento de inferioridad nacido de su desconocimiento, de su falta de discernimiento, de ese marcha por el desierto del desconcierto y la pequeñez. Su grandeza, que todos los demás captamos y admiramos, y que late en su Arte, en las líneas de sus novelas y poemas, en el pensamiento de sus filósofos, en las pinceladas de sus pintores, en el arrebato de sus paisajes y su gastronomía, en la belleza de sus ciudades, en el saber vivir de una raza antigua que merece disfrutar de su lugar magnífico en la Historia,  y en el día a día.

Robert Goodwin muestra ese fresco, retrata esa belleza y esa podredumbre, ese saber estar y esa inestabilidad tejiendo la vida de sus principales actores, mezclando temperamentos y biografías, y mostrando, con una acerada visión del arte escrito y pictórico y escultórico y arquitectónico, los ecos del corazón de un pueblo y de un tiempo único en el mundo sin prejuicios, sin ahorrase sombras y sobre todo, por encima de todo, y en eso reside la grandeza de este ensayo, repleto de libertad y respeto y amor por España y su lugar mundial, su verdadero legado planetario, y su peso específico de olores, sabores y tactos, convirtiendo un libro sobre historia en un tratado sobre filosofía de vida y sobre arte y humanidad.

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