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Imre: una memoria íntima

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El relato corto (novela corta) de Edward Prime-Stevenson, un norteamericano exiliado en Europa nacido a finales del S. XIX ha sido editada por DosBigotes en otra obra artesana hecha con delicadeza y de una belleza incandescente.

Puede que el autor de Imre: una memoria íntima sea uno de los primeros uranistas en intentar despejar las brumas que la ciencia mal manejada en una época de expansión mecánica había generado: con su propias dudas, su propio sufrimiento, supo salir adelante y generar una personalidad proactiva (vamos a usar cuantos menos adjetivos y sustantivos posmodernos mejor) sobre su condición de vida.

Prime-Stevenson pertenece a la primera generación abiertamente sufridora de sus gustos sensuales. Entre la sabia libertad de Whitman y la liberación total de Yourcenar, toda una generación de uranistas se vieron afectados por la condición homosexual puesta en el tapete como desviación médica, como error antinatural potencialmente corregible (riesgos de que el último gran imperio de la historia fuese anglosajón, supongo, con sus cosas buenas también, por su puesto): Gide, Proust, Wilde, Byron, Forster, Vaughn, batallaron en sus carnes ese inútil combate entre impulso y freno, entre deseo y corazón, entre alma y piel que forjó destinos no siempre agradables y más de una desdicha inclasificable.

El amor escondido, el jardín secreto, confidencias dichas en voz baja, un ademán imperceptible, cierta caída de ojos y un ambiente silencioso en el que el movimiento más ínfimo podía llevar al placer o al dolor (o a ambos a la vez) configuraron desde entonces el vals del acercamiento y el roce, el agotador baile del alejamiento y la distancia. Esta urgencia por vivir en un tiempo de sofocos, que se ha extendido casi hasta nuestros días, ha hecho que surjan mil hipótesis, mil justificaciones innecesarias, pues nacen de un concepto erróneo: la idea de que no somos iguales, de que un gusto sensual se aprende y no se aprehende, que un estilo de vida determina una conducta y no al contrario, y esa obsesión en toda la historia humana de hallar diferencias y supremacías donde no las hay.

Los uranistas, llamados así antes de que el acuñamiento erróneo de homosexual saliese a la luz, viven, per se, una transformación personal sin igual que no debería existir pues es social más que real, o mejor, es real porque socialmente es una imposición cuyo arraigo se pierde en la zona del miedo al diferente, en el ansia de posesión de la verdad (¿Qué es la Verdad? se pregunta el que más sabe de ella en la historia occidental, y vamos nosotros a ser más listos que el Maestro), y por tanto, de la manipulación extrema. Esas fuerzas telúricas no siempre moldean personalidades sólidas, antes bien todo lo contrario; no siempre llevan a buen puerto la aleación necesaria para forjar verdaderos hombres, capaces de enfrentar las visicitudes de la vida con entereza o con resignación.

Imre: una memoria íntima es un gran resumen de esta realidad que aún vivimos hoy. Expresada en ese lenguaje delicado, purista, lleno de la musicalidad de una erudición cercana (no en nuestro siglo) y de ademanes corteses, la historia del encuentro de Oswald e Imre en la Budapest de comienzos del S. XX sirve de pretexto, o mejor, sirve de muestra de lo que los uranistas de la época debían hacer para sobrevivir, para encontrar ese ideal (porque había ideales más allá de lo externo, donde todo se mezclaba), esa vida perfecta en la que le jardín secreto se abría de par en par y se transformaba en un Edén. La diferencia entre esta obrita (por extensión, no por profundidad) y la de otras igual de maravillosas como Maurice de E.M. Forster, por ejemplo, está en su feroz activismo, en su inexcusable desenmascaramiento, en su total valentía en llamar por su nombre real un amor único, en comentar en alta voz no sólo los deseos, si no los problemas a los que una raza de hombres problemáticos se enfrentaban sin hallar sosiego, sin encontrar un remanso de paz, a no ser la fortuita liberación en un cuerpo similar, en un ansia dibujada con los mismos trazos, las mismas líneas humanas.

Escrito con una prosa maravillosa, a la que siempre he estado acostumbrado y que hemos perdido quién sabe dónde en aras de una escritura más fugaz (que no breve), Imre: una memoria íntima es una delicia de concisión y de profundidad, de poesía y de revelaciones, con un punto apasionado (que tal vez resienta al relato, pero que es su razón de ser), en el que quizá por primera vez el amor entre iguales se alza vencedor en un mundo que los odia. Antecesor a Maurice nos sólo en fecha de creación si no (más importante en una semana llena de símbolos como ésta) en publicación, precursor de un activismo que explota en Stonewall, un bar de Nueva York en 1969 (aproximadamente sesenta años después de su publicación), Imre: una memoria íntima sirvió de ejemplo a Forster, y tal vez también a Yourcenar (muy francesa pero mucho más cosmopolita e inteligente que la mayoría de los escritores de su tiempo, y de los que la precedieron), cuyo Alexis es, por sobre todas las cosas, una joya del género íntimo (y brevísimo y bravísimo) para labrar, poco a poco, el camino que enseñaba a todos aquellos malditos bastardos la senda del goce a cielo abierto y la vida en plena libertad.

En una semana que celebra el Orgullo de lo diferente, Imre: una memoria íntima, es, si no la primera piedra, sí el primer tramo del camino que nos ha llevado a nuestro mundo de hoy. Y merece ser reconocido como tal y apreciado en toda su valía artística.

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Tiempo de curar

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Estos días tuve la suerte de reencontrarme con un amigo de la infancia y adolescencia, compañero de clase desde principios de la formación hasta terminar, graduándonos juntos tras aprobar las pruebas de acceso a la universidad, cada uno a una carrera, él, todo lógica y análisis, con esa visión fascinante de hombre renacentista, se inclinaba por la ya naciente Ingeniería de Sistemas (llamada posteriormente aquí en España: Informática) y yo, todo lo clásico que se puede ser a los quince años, Medicina.

Todo me gustaba de él: su voz, su análisis de las cosas casi nunca errado, su constancia, esa muestra disciplinar de un talento que parecía brillarle en los ojos, el inmenso atractivo en el que se aúna cierta dosis de humildad, un punto de orgullo y un corazón generoso.

Treinta años después de nuestro último encuentro, el destino puso nuestros pasos comunes estos días en Madrid. ¿Mentiría si dijese que estaba ansioso por el reencuentro? No. Lo curioso es que no estaba nada nervioso, y aunque había visto ya fotos suyas en el mundo virtual y había leído, primero su blog y posteriormente sus libros, tampoco me preocupaba cómo lo encontraría. Quizá era un exceso de entusiasmo o, más certeramente, una carencia total de preocupación por los detalles. A veces soy así de despistado o de pasota, según se mire.

Con una puntualidad exquisita nos encontramos en Gran Vía. El mejor lugar para no hallar a nadie, entre la marabunta de gentes que allí cruzan día y noche, pero lo reconocí en seguida: alto, con su pelo oscuro con algunas hebras de plata en las sienes, sus lentes mostrando esos ojos hambrientos de información como siempre habían sido, los mismos ademanes y en el rostro, ni un rastro de esos treinta años que se han ido entre nosotros.

Nos abrazamos y empezamos a hablar desde el primer instante, como si nuestra conversación sólo llevase el paréntesis de unas horas y no de tres décadas.

Entre lo mucho que charlamos y el tiempo que fluía con una velocidad suspendida, entre lo mucho que nos preguntamos y que escuchábamos, me hizo una acotación que me dejó un tanto descolocado y que respondí saliendo del paso, por inesperada sin duda, pero sobre todo porque jamás me había parado a pensar en ello: ¿Por qué Tiempo de curar?, me dijo. Y no supe responder bien.

Desde entonces he pensado en la razón de que haya empezado un blog en los años en los que una bitácora estaba de moda, y llamarlo precisamente Tiempo de curar. Como le dije, resultó casi de improviso, dada mi poca imaginación para titular cualquier cosa. Y siendo cierto, no es totalmente verdad.

Tiempo de curar nació de una necesidad por mostrar un lado más amable, que no almibarado, de la realidad; un espacio donde desplegar belleza y delicadeza (al menos lo que el autor considera cosa tal), y donde exorcizar ciertos demonios que sirvieron para curar mi propio corazón y, posteriormente, un instrumento para afilar mis embotadas capacidades para escribir sobre cualquier impulso, pensamiento o acción.

Este blog nació con la intención de crear un paréntesis de belleza, pero también una vía de expresión de una persona que había perdido la voz y que la fue hallando, paulatinamente, entrada tras entrada, primero titubeante y después desbordada de imaginación y de palabras y palabras, que nacían de forma descontrolada y que han quedado aquí grabadas tal cual salían, sin ningún tipo de edición ni de freno.

Esa es la razón de este blog, que se ha expandido y se ha retraído, con esos movimientos respiratorios tan típicos de la vida, a lo largo de todos estos años, pero la motivación primaria sigue estando viva: Tiempo de curar es una isla de tranquilidad, un paréntesis donde la belleza ocupe un lugar, pero también la armonía, los problemas y las soluciones de la vida, su peso y su levedad, y sobre todo, o quizá debido a todo, un retrato de mí mismo, quizá el más elocuente y callado que jamás podré realizar. Si alguna vez intento semejante despropósito.

Tiempo de curar es yo, y todos los lectores que alguna vez han tenido la gracia de quedarse y leer estas líneas, de ver sus ilustraciones, de disfrutar con su música y de compartir, a veces, un trocito de esta vida única y regalada.

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Iván Baeza: decir Te quiero en prosa, decirlo en verso.

Hay muchas formas de decir: Te quiero. Pero ninguna tan profunda y suave, tan cargada de levedad y de belleza como las de un poeta.

Iván Baeza es poeta y narrador. Por ese orden. Porque la poesía guía su obra creativa, la extiende por doquier llegando a impregnar su obra narrativa con ese efecto leudante y efervescente que le caracteriza.

Decir-un-te-quiero-CubiertaDecir un Te quiero es un poemario a dos manos con Noemí Trujillo. Y es a la vez un enfrentamiento de dos formas distintas de acercarse al amor, es decir, de expresarlo. Noemí Trujillo de una manera gráfica, sin intermediarios salvo el peso exacto de cada palabra; Iván Baeza lo hace de forma sutil, reveladora, desnudándose paso a paso hasta llegar al corazón liberado y rebosado. El tú y el yo en este poemario es un hechizo; de él manan, como planetas, como estrellas, mareas vivas de sentimiento que jamás nublan el sentido, antes bien, se entregan a él y le prestan sus alas, y brillan juntos en cada verso. La poesía de Iván Baeza es luminosa y fresca, feliz hasta en el reproche; está llena de una sonrisa satisfecha de amante rebosado y cumplido, y cada palabra que hilvana es un regalo, un conjuro, una cerca donde guardar el corazón que palpita y mimarlo.

 AAFF_cubierta_PREMIO AKABA_OK_1Y la tierra se movió bajo ellos, III Premio Playa de Ákaba, es una extensión en prosa de su corazón poético. No en vano hay poemas en cada capítulo, resumen a la vez que entrada a la acción; hechizo a la vez que mapa, donde la historia de Andrés y de Alejandro, de Alma y Alberto y de Amparo se lía y deslía siempre con una ligera música de fondo y con esa esperanza que caracteriza su obra creativa y en la que Iván Baeza habla de la muerte, la herencia y la vida con esa suavidad profunda como habla de amor amante en versos sueltos de poeta eterno.

Ambas obras, de Editorial Playa de Ákaba, son dos momentos distintos de un mismo proceso creativo; ambos son un regalo, en el que el verso vuela más alto, por ser más ligero, y llega más adentro, por ser más certero. Porque, aunque haya muchas formas de decir Te quiero, ninguna tan profunda y suave, tan cargada de levedad y de belleza como las de un poeta. E Iván Baeza tiene mucho de poeta en cada línea que escribe.

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La parte escondida del iceberg: tan corto el amor, tan largo el olvido.

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La vida no es un río, la vida es un largo estuario que se abre inmenso entre la brevedad de ese torrente que lleva nuestro nombre y el incontenible mar de la existencia. La parte escondida del iceberg, el nuevo libro de Màxim Huerta, es un viaje intenso a las profundidades de esos limos que lo fundamentan como hombre y que justifican cada una de sus obsesiones, sus miedos, sus aciertos y fracasos, retratados con falsa sencillez en cada uno de sus relatos anteriores.

La vida es un tatuaje: cada sentimiento, cada sensación quedan grabados en la piel dejando esa huella indeleble que produce primero dolor e inflamación, que requieren cientos de cuidados inmediatos, y posteriormente olvido. Cada amor es una cicatriz, cada vivencia una herida que, más que inflamar la (vana) ilusión de vivir, mengua las fuerzas y las justificaciones que nos hacen seguir adelante.

La vida es amar en períodos cortos, siempre con buen tiempo; la vida es olvidar lento, estirado y pegajoso, casi siempre lleno de lluvia (lágrimas) que se congela en ese camino sin fin que va desde nuestros ojos al corazón, invierno de una existencia que es infierno helado, recuerdos escarchados que pugnan, a poco de amontonarse, con salir a flote y ahogar todo esfuerzo por desterrarlos.

La parte escondida del iceberg es la orografía sensitiva, sensorial, gustativa e íntima de Màxim Huerta. Un amor inolvidable pende de la cima de esta historia, que sin embargo viaja rápida e inexorable hasta el fondo de esa nada sin forma que es la vida recordada y recobrada, para encontrar justificaciones y sentido, y emerger arrebolada, débil, titubeante y frágil, henchida de melancolía, de reproches y de amargo resentimiento. Contra el amor: de niño, de hijo, de hombre, de amigo, de amante.

Es un mapa sin rutas, porque el dolor traza sus propios senderos, y el miedo le da alas. Y sin embargo es la cartografía de un ser que se ha hecho a sí mismo, grande, tenaz, inmenso, inconmensurable, a pesar de que se reprocha una y otra vez como torpe, miope, orgulloso y miedoso. Nadie puede escribir con el corazón siendo pequeño; nadie consigue, a pesar de los innumerables baches del relato (de la vida), una libertad tan prístina si no lucha sin denuedo contra todos sus demonios interiores, sus supuestos defectos y su tristeza.

Nadie muere ya de amor. Pero muchos andan con la vida atemperada por su pérdida. En La parte escondida del iceberg, a pesar del eterno frío de esas llamas congeladas, el corazón de Max late lento, desordenado, constante. Màxim Huerta titubea, porque la vida embarazosa es así, hasta que el relato consigue la esencia de una confesión y la vergüenza se deja de lado: los disfraces de cada uno de sus libros, desde Que sea la última vez… hasta El Susurro de la caracola, donde sabemos la procedencia del miedo y cuál es el ogro de la niñez; desde Una tienda en París, donde notamos esa mezcla de alegría desenfrenada y sensualidad a flor de piel y el miedo a tomar la decisión correcta que nos dé la Libertad; desde La noche soñada hasta No me dejes, donde todos los fantasmas de un niño que ya no lo es se sacrifican a un presente imperfecto, profundo y único en donde habitan mil errores y pocos olvidos; desde El lector hasta cada uno de sus artículos; desde Mi lugar en el mundo eres tú hasta su propia frontera, la que separa el cristal de las gafas de su mirada, la barba de la boca, los labios de la voz que habla, las manos de las palabras que escribe; el sacrifico de una niñez que sin embargo late muy vívida en su recuerdo; la embriaguez de la juventud y el triunfo, lleno de ese lustro que sólo una sociedad agotada en sí misma permite su pertenencia y su goce; el placer de la conquista y los amores fugaces, quizá equívocos, tal vez inútiles, hasta ese momento, variable para cada uno, en que el amor hacia Otro hace tanta mella que destruye la geografía de una vida y la cambia para siempre. Nadie muere ya de amor, pero ese sufrimiento mina e inestabiliza y a veces nos impulsa, a través del arte, a transmutarlo, a transmitirlo y finalmente a dejarlo de lado, lastimados y agradecidos de semejante experiencia y de tamaño regalo.

La parte escondida del iceberg no es una novela: es un relato a borbotones de la angustia vital de un hombre que no puede más; un poeta cuyas válvulas de escape ya son incapaces de soportar la presión de una vida burbujeante y vacía, que le impide ver la belleza que le rodea y, aún peor, la propia belleza que posee. Es un relato angustioso, desesperado, lleno de referencias innecesarias, porque nada justifica más ese estado de fosilización y de movimiento, de arcadas y vómitos, de medias sonrisas y de obstinación; Màxim Huerta, el escritor, consigue transmutar al Max de la intimidad al comprenderlo, y aún más, al aceptarlo. Máxim Huerta, el escritor, consigue finalmente aceptar al Max herido y solitario, por torpeza o por propia elección o por obstinación o por comodidad, a través de un parto eterno que ha necesitado cinco relatos, un rosario de resacas, miles de kilómetros recorridos y el intenso frío de un invierno casi irreal de París.

En La parte escondida del iceberg pueden sobrar muchas cosas que distraen del relato, porque la vida está llena de esas jugadas estrafalarias que consiguen que perdamos el agudo sentido de orientación de nuestro corazón, pero no le sobra ni un latido, ni una lágrima, ni un aliento de hielo: podemos amar hasta cansarnos y siempre nos sabrá a poco; podremos desearlo con todas las fuerzas del cuerpo, pero siempre será largo el olvido, porque hay cicatrices, hay aromas, hay tactos y una rendición inexorable a la belleza de lo perdido, a la recreación de lo pasado, que nos atan a él.

Todo fin es un nuevo comienzo. En La parte escondida del iceberg ha penetrado la luz, y su calidez, aunque tímida, ha dado paso al deshielo de la primavera. Por eso se ha escrito en enero, por eso se publica en abril. Por eso Màxim Huerta es uno de los escritores más valientes que conozco, y Max, uno de los hombres más admirables que existen. Hay secretos, medias palabras, nombres no dichos, causas inexplicadas, vida escrita aún con caracteres ilegibles. Pero el corazón late y de su centro mana sangre a borbotones, cálida, lenta, pero constante, y ese latido lo hará elevarse hasta la altura que merece, hasta la comprensión real y última, que revela siempre, siempre, la vida que se vive.

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Jane Austen: Orgullo y Prejuicio con Sentido y Sensibilidad

Si no fuera por la insistencia calurosa de Mikel Fernández Bilbao, hubiera seguido dejando de lado, o mejor para más tarde, leer a Jane Austen. Ni mi orgullo ni algún prejuicio escondido me mantenían alejado de su literatura, salvo quizá el empacho de cultura anglosajona de la que gozamos desde mediados del siglo XX hasta ahora. Lo curioso es que en estos momentos, con datos alarmantes de agotamiento, encuentro más adecuado acercarme a una literatura centrífuga, casi rayana en la obsesión de observarse a sí misma y que sin embargo nos regala bellos retratos de personajes tan pegados a la tierra, tan complejos y simples a la vez, con los que nos resulta fácil identificarnos y que nos permite, en esa aparente sencillez, adentrarnos en mundos llenos de poética narrativa, cuajados de espacios abiertos, verdes y melancólicos, y en esos sentimientos más íntimos, por fuerza vergonzantes por ser mantenidos ocultos, que mueven nuestras reacciones, que a veces nos justifican y por siempre definen nuestros sentidos.

De Jane Austen se dice que inaugura de algún modo la literatura anglosajona moderna. Desde luego le da una sacudida tal, que desde finales del S XVIII nos llega a hoy con la misma frescura y hondo conocimiento de la naturaleza humana que cuando la ideó su autora. Dejando atrás su repetitivo sentido de la estructura narrativa, por lo demás imitada posteriormente por excelsos escritores paisanos y extranjeros; la capacidad de esta mujer para diseccionar la sociedad inglesa (o al menos la porción de la sociedad que conocía), siendo mujer (¡estamos hablando de las postrimerías del S. XVIII e inicio del S. XIX!, cuando aún coleteó hasta nuestro propio siglo la indecencia, o mejor, la inconveniencia de que una mujer escribiese, y aún más, bien), es tan precisa, tan calculada, tan exenta de vergüenza, que fascina y divierte, y encima de todo, enseña de una forma constante y única, consiguiendo de lo cotidiano algo universal.

Nada es pequeño en el corazón de alguien que puede escribir dejando semejantes ecos en la eternidad.

Sus personajes son mujeres, lo que ya es una novedad que se mantiene hasta nuestro tiempo, prácticas, de posición social inestable pero siempre respetables, apasionadas, reflexivas, espontáneas y muy observadoras. Diseca sentidos y sensibilidades, el ansia de estabilidad (que se repite en cualquier vida), ese sentido agudo que toda mujer tiene de supervivencia y aún de renuncia y de adhesión a un destino tan estático como frustrante; manipuladoras, talentosas y muy, muy inteligentes. No hay nada en Jane Austen que esconda su agudeza, su conocimiento ni sus habilidades. No hay nada en la autora de Orgullo y prejuicio que disfrace esa aguda franqueza (inusual en cualquier escritor y sobre todo en una mujer, en la época en la que se consideraba que toda opinión vertida por una era más que un desacierto, un escándalo cuando era sencillamente una verdad) con la que nos describe la sociedad que le ha tocado vivir ni que denuncia, de esa forma sibilina que sólo una mujer puede llegar a vertebrar, el estado femenino, las carencias de su género, ni sus armas para poder sobrevivir.

Y si a esto añadimos una visión muy certera de la naturaleza humana y el acierto psicológico de elevar las taras humanas a relatos brillantes y minuciosos, llegamos a entender que Orgullo y prejuicio siga siendo una de las novelas más leídas, agradecidas y brillantes de la literatura anglosajona.

Precursora de Tólstoi, de Proust, de Gide, que llevan más allá ese sentido de lo femenino, masculinizándolo (¿o quizá feminizando las ansias masculinas de estos autores?) quizá, inyectando un preciosismo en sus descripciones y una precisión de escalpelo de las que Jane Austen (gracias a Dios) carece, mostró a los escritores del naciente S. XIX que la vida de una mujer, que sus deberes mundanos y su día a día eran oro puro en manos sabias; Jane Austen, que une sus manos a George Sand y a Marguerite Yourcenar sin duda, y a Marguerite Duras también, nos enseña que ninguna historia es pequeña, que una observación minuciosa de la naturaleza humana da pie a mil enredos que no requieren profundas retóricas, si no un sentido profundo de lo verdadero, y una sensibilidad extática para ser escritos. Jane Austen es el puente que une la literatura de la mujer como escritora (que no femenina) del S. XVIII al S. XXI y no cabe duda que perdurará en al retina y en las letras de todas aquellas que quieran retratar su día a día, sus miserias y sus virtudes, con la mayor libertad, el mínimo embarazo y la mayor exquisitez posibles.

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