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Enfermería y Servicio

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Damos por sentado muchas cosas. En materia de derechos ciudadanos, de seguridad, de educación. Si bien todos están interrelacionados, dependiendo unos de los otros, hay un derecho, una necesidad, y es la de ser Cuidado, Servido, en la Salud. Nosotros los médicos somos sólo el rostro más famoso del Servicio Sanitario, pero no el principal. La cara amable, la del trabajo duro, la que en realidad establece la relación cercana de cuidado, de servicio integral, se debe a la Enfermería, y por extensión a la Auxiliería y la Celaduría.

Los más olvidados. Todos nos quedamos con el rostro de un médico, con las manos que aportan el momento exacto de inicio y fin de un proceso terapéutico. Pero las manos que trabajan día a día, que logran ese milagro cuyos mecanismos intrínsecos hacen del médico un taumaturgo, y por tanto, alguien lejano, son las de la Enfermería. Ellos velan por nuestra salud, por nuestra comodidad, conocen nuestras vidas, dicen las palabras correctas, adivinan nuestras necesidades, porque nos conocen, sus manos con las nuestras, sus tactos con los nuestros. No hay nada más íntimo ni más natural que el roce de la piel, el brillo de una mirada, un comentario adecuado y la sonrisa en los labios.

Hay de todo, como en cualquier estamento humano. Pero la mayoría vive para servir, para curar, para regalar comodidad. Y muchas veces para brindar apoyo al médico, que desde su atalaya se siente perdido, pues son muy observadoras, muy estrictas y muy pacientes. Innumerables veces me han salvado de cometer errores, me han alertado a tiempo, han sabido guiar mis intuiciones. Sin ellos yo no sería lo que soy ni podría garantizar los cuidados que sé que debo administrar. Ellos son mis ojos, mis manos, mi sonrisa. Ellos, la Enfermería, que convive día a día con el paciente, son los obreros del milagro, los guardianes, los mensajeros. Y debemos darles, siempre y cada día, el lugar que merecen. Sabiendo sus nombres, conociendo sus historias, usando la misma paciencia, el mismo valor y la mismo amor que ellos dan en su trato con los pacientes.

En esta charla TEDx, Carolyn Jones les brinda un homenaje. Y nos recuerda porqué son importantes, porqué son los cimientos de la salud y, además, nos recuerda que somos unos privilegiados, en Europa, por mantener a duras penas un servicio sanitario (casi) universal, pues ellos en los EEUU no lo tienen, y el valor de la Enfermería se engrandece hasta alcanzar su verdadero valor: pilar fundamental de la asistencia sanitaria.

Ojalá algún día honremos a nuestro personal de Enfermería y asistentes: Auxiliares y Celadores, poniéndolos en el lugar que merecen.

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La nueva (in)comunicación

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   Ya no es un fenómeno nuevo. Podemos transmitir y recibir información en el tiempo que tarde la línea de internet en activarse. Pueden ser unos milisegundos o unos minutos. Podemos estar uno en Tombuctú y otro en Alaska y la señal, el rasgo, al palabra, incluso la intención llega, que no la piel, el tacto, la persona. Pero si de algo se caracteriza la raza humana es de un exceso de imaginación, y ese toque, esa palabra, esa intención puede dibujar una caricia, un abrazo o una reprimenda. Y hasta a veces la carnalidad virtual del que está lejos.

   Ya nadie escribe cartas manuscritas (yo ya no sé escribir de forma manuscrita, con decencia, se entiende) que tardan en llegar por correo un tiempo eterno. Sin embargo cuando aquél que nos quita el sueño no responde a una llamada, a un mensaje, ese tiempo se hace chicle y se estira y se estira con sabor a qué le pasará, estará malo, no querrá saber más de mí. Antes de la nueva comunicación el silencio era atribuido a la lentitud de los medios, la lejanía de las zonas geográficas, incluso percances más inverosímiles: cabría esperar que, al que iban dirigida las letras, tardase en sentarse a escribir esa respuesta ansiada.

   Como la inmediatez hace de la urgencia una necesidad, hemos perdido la paciencia que antes teníamos para conocer la réplica a nuestro requerimiento. Quizá porque sabemos que esa pregunta, o esa muestra de interés ha sido recibida de inmediato y muchas veces sabemos que ha sido hasta leída y dejada de lado durante un tiempo. Y es aquí donde entra la nueva incomunicación: ¿hasta dónde llega la dejadez sin que sea falta de educación; el descuido sin que sea verdadero desinterés; cuándo sabemos si esa persona que está detrás del teléfono inteligente (menudo nombre) muestra verdadera apatía por nuestra presencia virtual o, sencillamente, está ocupada y no puede atender inmediatamente nuestra demanda de atención?

   En un momento de la historia humana en el que tenemos todos los apoyos necesarios para conectarnos, entendernos y apoyarnos, estamos cada vez más alejados del contacto, de la mirada directa, incluso de la diplomacia que declina una invitación fuera de lugar o una frase inapropiada. Hemos llegado a imaginarnos tanto a la persona virtual con la que nos comunicamos que hemos olvidado la persona real que está detrás de esa pantalla y que en un momento determinado querrá saber, necesitará una respuesta, deseará cristalizar una ilusión o conocer el resultado de una prueba médica. No hay mesa en un cafetería en la que al menos una de las personas no esté mirando la pantalla iluminada, o incluso todas. Las conversaciones se interrumpen, dejan de ser fluidas; se establecen paréntesis que rompen la belleza del momento, la magia de un encuentro real; uno mira hacia el infinito mientras el otro bucea en la pantalla colorida aquello que le reclama tanta atención y que lo absuelve totalmente del mundo real que le rodea.

   En general, muchos mensajes se dejan sin responder, probablemente por conveniencia; si ocurre por olvido o distracción, una disculpa encabeza el enunciado; no he recibido, al menos yo, ni una sola vez petición semejante ante una tardanza injustificada de una respuesta que, sin tener que ser inmediata, quizá sí requiera cierta premura: esa cualidad que certifica la importancia de la relación que se establece, que la hace única en su uniformidad, verdadera, real.

   Ya no sabemos hablar por teléfono; casi un siglo después, preferimos mandar mensajes de texto mal escritos por las prisas, porque los signos de puntuación son un incordio a la hora de apurar la respuesta; hemos sustituido incluso palabras por signos animados, que si bien son muy expresivos, no dejan de ser metáforas en la imaginación de quien los usa y de quien los lee, con lo que se puede tergiversar una intención o todo un mensaje. Queremos mensajes cortos, llenando de bocados de conversación una pantalla o dos del teléfono; algo que nos llevaría, al hablar, cinco minutos, al escribir torpe e inconcluso, nos alcanza media hora, y la claridad del lenguaje hablado se pierde en las marañas (en más marañas) ante ese lenguaje cifrado de caracteres y palabras mal escritas que quieren decir muchas veces todo y, otras muchas, nada.

   Si hay diez personas en una sala, siete están con el móvil; dos puede que estén comentando la jugada, y el que queda, mirando a Babia porque no se entera de nada. Los negocios, la amistad, el amor, nada se salva ante este continuo bombardeo de comunicaciones, intento de conexiones y de selectivos silencios. Pues si hay algo que caracteriza al ser humano es que aquello que le interesa le llena de intención y de acción por más personalidad indolente que posea.

   Así, en la nueva incomunicación ya sabemos que si no hay respuesta inmediata es que no interesamos lo bastante; el silencio ha pasado a formar parte de las peores muestras de mala educación, pues habitando en un mundo de ecos, el hueco del silencio llega a ser atronador. Si hay lectura inmediata y no hay respuesta secundaria hasta pasados uno o dos días, el grado de importancia para el receptor es más bien escaso: la prima pesada, el pretendiente plasta, el admirador de Instagram que no nos deja en paz. Y si simplemente hay ignorancia o, lo peor de lo peor, que nos deje de seguir por una red social (o por todas las quinientas que hay) sin avisar, eso equivale a la apatía máxima, al abandono sin retorno.

   El campo de juego de las relaciones humanas está en tensión, al estrenarse un campo de juego que lleva las emociones conscientes y las inconscientes a un grado tal de ebullición nunca antes visto y cuyas consecuencias son fácilmente previsibles… Con lo sencillo que es llamar por teléfono, o escribir una buena nota aclaratoria si no nos atrevemos a hacerlo de viva voz, sobre lo que nos interesa o no de esa relación virtual, sobre sus límites o sus ventajas; con lo fácil que es mirar al interlocutor a los ojos y descubrir en ese rostro una sonrisa, o unas lágrimas o una mirada apreciativa… Pero en el reino de la mala educación, la nueva incomunicación campa libre y sin freno, pues estamos demasiado enfrascados en la esencia de nosotros mismos para poder, no ya sólo darnos cuenta del probable daño que podemos infligirle a otro, si no del que nos estamos haciendo a nosotros mismos y a nuestro día a día.

   Yo tengo un ligero punto TOC en cuanto recibo un mensaje o una llamada telefónica. Viene emparentado por mi desagrado a hacer esperar a alguien o no atender un requerimiento cuando me lo solicitan. No soy el único superviviente, espero, de esa raza de personas que responden lo más rápido que pueden, que no dejan a nadie sin una señal de haber sido leídos, sin evitar enviar una palabra forzosa o un mundo de corazones agradecidos. Y, desde luego, esa raza que aún mira a sus congéneres a los ojos, les presta la mayor atención del mundo y hasta aprecia la necesidad de un apoyo, de un abrazo o de un beso si se tercia.

   Pero me temo que cada vez seamos menos y que acabemos sepultados por ese muro de desidia, de ignorancia y de silencio: esos códigos que parecen liderar, en nuestros días, la nueva incomunicación.

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Por esas calles

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Camino. Las aceras cubiertas de hojas amarillas y rosadas. El sol de otoño cayendo suave por entre las ramas todavía vestidas. El rumor de una brisa suave y discretamente fría, procedente del río, adorna el paseo lento. Un pie tras de otro. La mirada asombrada por un paisaje que es nuevo todavía, que se extiende abierto y generoso a la tarde que corre. Pequeños jardincillos rodeados de puertas de hierro forjado, franqueado por jardineras repletas de flores y de calabazas, con ese tono naranja apagado, como el sol de las cuatro de la tarde, que da pie a la llegada de la noche.

Por la Calle Charles camino. Algunas tiendas abiertas, la lavandería donde dos orientales saludan con reverencias a los clientes y en donde por un dólar se lava la ropa, con otro dólar se seca y por cinco se plancha. Del local sale un hombre con camisa ajustada y cara de prisa y un paquete de camisas recién almidonadas, arrejuntadas en una bolsa transparente, un mar blanco que recorta el cielo de su pantalón gris. En al esquina con la Calle Beacon, el ultramarinos De Lucca abre sus puertas y sus manjares a la vista y al paladar. Me siento más europeo cuando deambulo por sus pasillos repletos de productos españoles e italianos, franceses y alemanes; el aroma mezclado del jamón y del queso, de las grosellas y las manzanas de Pennsylvania.

Estoy en otro mundo. El río Charles remonta a mi lado surcado por catamaranes y piraguas. Al otro lado del río se vislumbra Cambridge; a mi vera, cientos de personas saltan corriendo los obstáculos de las aceras llenos de la obsesión y de las endorfinas del deporte. Aspiro el aroma del río, de las hojas a medio caer, de las flores que todavía persisten al frescor de la noche. Y llego a Boston Common, ese inmenso parque que parece latir efervescente y único. Sin embargo cruzo hacia la otra acera de la Calle Charles, llena de anticuarios e historia de Nueva Inglaterra, y entro en el enrejado Public Garden, su aire decimonónico, su estanque surcado por barcas con forma de cisne, sus sauces y pinos con ramas colgantes y melancólicas me recuerdan sin querer a mi hogar. Me gusta la ausencia de corredores sudorosos y la presencia de artistas tranquilos, que intentan captar con reto moderno ese espíritu que se ha escapado del tiempo y permanece congelado, eterno y verde.

Salgo de sus límites enrejados y, tras atravesar la Calle Arlington, con sus hoteles de lujo que parecen llegar hasta la Calle Washington, me adentro con gusto en el universo de casonas elegantes, neogóticas en su mayoría (es decir, con poca historia) de la Calle Newbury, y me detengo en la esquina con la Calle Berkely, donde un ruiseñor a veces canta sobre el ruido de una ciudad que es, sin embargo, muy tranquila. Lejos de sentir atracción por las tiendas de alta moda y de juguetes electrónicos que pueblan los bajos de las viviendas, mi espíritu se detiene en una iglesia metodista de donde escapan cantos suaves. Entro en ella y la arquitectura repetitiva, la ausencia de adornos salvo vitrales de colores, envuelven con el canto una atmósfera de paz y de ausencias. Dejándolo atrás, el sol todavía brilla con esa suavidad dorada de las cinco de la tarde. Enfilo por la Calle Boylston hasta Colpley Place, amplio y despoblado, un cuadrilátero en donde se aposenta un mercado itinerante, la hermosa Biblioteca Pública y un grupo de centros comerciales diseñado con arterias que atraviesan rascacielos, llenos de lo mejor y lo más nimio, donde dejar frustraciones, dólares y recuerdos.

Por esas calles paseo solo. Recorro diariamente unos cuantos kilómetros. Si es de mañana, enfilo hacia el mar, atravesando la ciudad vieja, el ayuntamiento más feo que se pudiera imaginar en forma de pirámide truncada al revés, para llegar, bajando una interminable serie de escaleras (que después tocará subir) a los mercados que se abocan al puerto: Faneuil Hall se abre en con esa mezcla de espacios amplios y cerrados del Quincy Market, donde encontrar desde árboles de navidad a langostas de Maine; más allá, caminando hacia el mar, el puerto se extiende con su inmensidad azul y gris, y el Acuario, con su escalera de caracol y un tanque gigante en donde moran desde tiburones hasta peces de colores y enigmáticas medusas con sus colores nocturnos y fosforescentes, hablando al alma con ese movimiento gelatinoso y constante como el latido de un corazón. Ya fuera, la posibilidad de avistar ballenas está a unos dólares de distancia, pero no hay quien me distraiga de lo que piensa mi corazón. Intento distraerme por esas calles, y asciendo sin problema por el Distrito Financiero, encontrando una pequeña torre en medio de rascacielos indecentes, el primer banco de Norteamérica, el primer cementerio ilustre, el primer grito de independencia. Y el espíritu de una ciudad viva parece que aligera la carga de melancolía y regala sonido a un mar de silencio que me envuelve.

Nadie me conoce. Camino por las calles de una ciudad que me ignora. O, mejor, cuyos habitantes desconocen mi presencia. Yo los veo, con sus cafés en vaso de polietileno, sus prisas para ir no sé adónde; y a veces con una sonrisa amable, yendo y viniendo por las calles sonoras. No me animo a comprar un token y montarme en el T; creo que hay mucha belleza que ver todavía en el exterior para adentrarme en las inmundicias de un mundo donde no se ve el sol.

Dicen que en Boston llueve, mas el otoño es generoso en colores rosados y castaños y en un viento suave; además, la humedad sólo me recuerda a casa, lo que podría aumentar más mi melancolía. No emito ni una palabra. Si no fuera por mi pensamiento constante, creo que olvidaría pronunciar mi idioma. Giro entonces hacia Borders y entro en su amplio hall. En él, un mostrador cobra las revistas, otro los cafés, una escalera mecánica lleva al primer piso donde, perfectamente ubicados por géneros, la literatura actual se mezcla con la clásica en un batiburrillo de ediciones de bolsillos, tapa dura y cuentos infantiles. Me gusta su aire tranquilo, lleno del susurro de los lectores acomodados en sillones enormes, sorbiendo café o una infusión humeante, o simplemente viendo la vida pasar. Entre sus paredes, como ocurre en cualquier librería, me distraigo hasta olvidar mis penas, pues mis desaires siempre me parecen menores que los descritos por García Márquez, Byron o Tolstoi. En un arrebato, escojo un par de libros en edición rústica de un moderno autor local, loco y chillón y de género minoritario, que descubriré más tarde que me gusta mucho, y releo entre los estantes pasajes de Yourcenar y de Allende, cuyas reflexiones alocadas parecen atemperar la mezcla de sensaciones que me asaltan al caminar por esas calles que me desconocen.

La Calle Washington me lleva a Macy’s, y recuerdo que una vez había allí una tienda por departamentos que se llamaba Jordan Marsh. En una de sus entradas hay una placa que lo recuerda, y en esa entrada tropecé un día con Bon Jovi y otro con David Bowie e Imán, rubio y extraño, bella y enigmática, y con la palidez exquisita de una Nicole Kidman que olía a Chanel Número 5. No era Nueva York, pero parecía la meca de las celebridades. Ralph Lauren con su pelo de plata, y un incipiente Michael Kors cuyos diseños comenzaban a ganar adeptos. Aún Marc Jacobs no se había puesto guapo y en las calles todavía vendían grandes joyas a precio de saldo, europeo, vamos.

Por esas calles no hablaba. No hablaba en mi lengua. Y me sentía aislado y muy solo. Una promesa hecha por el dueño de mi corazón no llegaba nunca, ni llegaría, y los días dorados se transformaban en noches oscuras, con estrellas enormes como ciruelas pendientes de las ramas de La Esplanada, donde también iba a rumiar mis sentimientos mientras tocaba con los dedos el agua dulce del río Charles, que pronto sería una plataforma de hielo.

Lo extrañaba porque lo amaba. Y por esas calles recuerdo cada conversación tranquila, cada caricia que no le di, cada suspiro que arrancaba de mi corazón. Podía gritar su nombre, podría distraerme cada día en el cine Lowes de la Calle Tremont, con ese aspecto acristalado, brillante y falsamente lujoso, de casi mal gusto, donde el aroma de salchichas a la plancha y mostaza se mezclaba con el de palomitas de caramelo, parejas cogidas de la mano y niños correteando sin sentido. Podía soñar con él e incluso olvidarlo, mientras veía una y otra vez a Johnny Deep con su acento escocés o a los bellos Céline y Jessy buscar el pasado de aquel que una vez se fue.

Eso es lo que hago yo por esas calles con él.

Pero todo pasa. La melancolía y la tristeza; también la alegría y el hechizo de la novedad. Y la ridícula soledad silenciosa. Por esas calles de Boston fui feliz a mi manera, pero también muy desgraciado. Adelgacé, me puse hasta guapo, morado a tortitas de los Diners cercanos a mi casa y bebiendo galones leche entera, la mejor del mundo, y bizcochos de mantequilla a siete dólares la libra; cenando bocadillos de jamón precortado y pan de molde con sabor a semillas de olvido; una manzana roja y brillante, como la de Blancanieves, cuyo hechizo sólo me devolvía a soñar con un amor imposible, y cereales crujientes con uvas pasas cada mañana puntual, a las cinco, en el que me arrojaba a esas calles que fueron un hogar atípico, pero del que ya ven que recuerdo con gran detalle, cuando el amor me dejó y comencé a ser infeliz.

Todo vuelve. Hasta el amor que creemos olvidar. Dos meses después toqué el timbre de su piso y una voz me habló: no era la suya. Me disculpé, número equivocado. Llamé de nuevo y la misma voz, que no era la suya, volvió a hablarme. Ya acostumbrado a un lenguaje extranjero, me salieron las palabras con un acento de Nueva Inglaterra. Rectificando, le dije que si él vivía todavía allí, traía un paquete a su nombre. En realidad en mis manos llevaba dos bolsas enormes con regalos de mi corazón. La voz, sonriente, me abrió para que pasara. No me dejó que subiera. Tampoco lo hubiese soportado. Salió a mi encuentro con una melena morena recién lavada, y el contoneo divino de una cadera de ensueño. Y lo comprendí todo. Me sentí pequeño, enjuto, arrugado como la hoja más pobre de un otoño húmedo. Y hasta tonto por parecer una especie de muñeco de navidad cargado con presentes equivocados. La chica vio el tamaño de las bolsas y a punto estuvo de pedirme que la ayudara a subirlas. Pero lo pensó mejor y decidió llamarlo a él para que se encargase de ellas. Palidecí o enmudecí; ella mi miró raro. Le dije en un perfecto inglés que debía irme y ella fingió entenderme. Estaba tan desencajado que olvidé mi propio idioma. Mejor dicho: recordé el idioma de mi vida, miserable y solo. Me despedí con cara de imbécil haciéndole creer que apenas la entendía. Ella me creyó o hizo como si creyese. Me sonrió y me enseñó la puerta, harto evidente al estar yo apoyado en ella. Y huí de allí, con las prisas de unos pies alados y un corazón roto.

Y vago por esas calles de una ciudad que me conoce muy bien pero que se hace la ciega. Y divago con el corazón en añicos sin poder emitir ni una palabra. Boston está ya lejos; donde me sentía miserable y solo. Hube abrigado una vana esperanza. Las calles de mi ciudad ahora mismo parecen más hostiles, más mudas, más llenas de esa extraña melancolía que nos deja en el alma el recuerdo de aquel que se fue.

Y él se ha ido sin decirme nada.

Por esas calles la vida sigue como si nada. Y deseo volver a Boston otra vez, donde el anonimato era duro pero preferible, y donde no podré encontrarme con él y mi corazón roto nunca más.

Jamás estamos conformes con nada cuando no tenemos felicidad.

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Manchester en el mar: oda al silencio.

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   Nada más maravilloso que el retrato contenido del dolor, esbozar el siempre difícil dibujo del silencio. Brokeback Mountain tiene en sus venas esa misma mezcla, ese poder hipnótico de lo que no se dice, no se cuenta, pero se siente. Manchester en el mar lleva, en su oleaje, la vida que desea olvidar, que se mantiene en suspenso, que no sabe adónde ir. Dura, mágica, azul y blanca. Hipnótica. Llena de silencio. Y corazón.

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