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Por esas calles

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Camino. Las aceras cubiertas de hojas amarillas y rosadas. El sol de otoño cayendo suave por entre las ramas todavía vestidas. El rumor de una brisa suave y discretamente fría, procedente del río, adorna el paseo lento. Un pie tras de otro. La mirada asombrada por un paisaje que es nuevo todavía, que se extiende abierto y generoso a la tarde que corre. Pequeños jardincillos rodeados de puertas de hierro forjado, franqueado por jardineras repletas de flores y de calabazas, con ese tono naranja apagado, como el sol de las cuatro de la tarde, que da pie a la llegada de la noche.

Por la Calle Charles camino. Algunas tiendas abiertas, la lavandería donde dos orientales saludan con reverencias a los clientes y en donde por un dólar se lava la ropa, con otro dólar se seca y por cinco se plancha. Del local sale un hombre con camisa ajustada y cara de prisa y un paquete de camisas recién almidonadas, arrejuntadas en una bolsa transparente, un mar blanco que recorta el cielo de su pantalón gris. En al esquina con la Calle Beacon, el ultramarinos De Lucca abre sus puertas y sus manjares a la vista y al paladar. Me siento más europeo cuando deambulo por sus pasillos repletos de productos españoles e italianos, franceses y alemanes; el aroma mezclado del jamón y del queso, de las grosellas y las manzanas de Pennsylvania.

Estoy en otro mundo. El río Charles remonta a mi lado surcado por catamaranes y piraguas. Al otro lado del río se vislumbra Cambridge; a mi vera, cientos de personas saltan corriendo los obstáculos de las aceras llenos de la obsesión y de las endorfinas del deporte. Aspiro el aroma del río, de las hojas a medio caer, de las flores que todavía persisten al frescor de la noche. Y llego a Boston Common, ese inmenso parque que parece latir efervescente y único. Sin embargo cruzo hacia la otra acera de la Calle Charles, llena de anticuarios e historia de Nueva Inglaterra, y entro en el enrejado Public Garden, su aire decimonónico, su estanque surcado por barcas con forma de cisne, sus sauces y pinos con ramas colgantes y melancólicas me recuerdan sin querer a mi hogar. Me gusta la ausencia de corredores sudorosos y la presencia de artistas tranquilos, que intentan captar con reto moderno ese espíritu que se ha escapado del tiempo y permanece congelado, eterno y verde.

Salgo de sus límites enrejados y, tras atravesar la Calle Arlington, con sus hoteles de lujo que parecen llegar hasta la Calle Washington, me adentro con gusto en el universo de casonas elegantes, neogóticas en su mayoría (es decir, con poca historia) de la Calle Newbury, y me detengo en la esquina con la Calle Berkely, donde un ruiseñor a veces canta sobre el ruido de una ciudad que es, sin embargo, muy tranquila. Lejos de sentir atracción por las tiendas de alta moda y de juguetes electrónicos que pueblan los bajos de las viviendas, mi espíritu se detiene en una iglesia metodista de donde escapan cantos suaves. Entro en ella y la arquitectura repetitiva, la ausencia de adornos salvo vitrales de colores, envuelven con el canto una atmósfera de paz y de ausencias. Dejándolo atrás, el sol todavía brilla con esa suavidad dorada de las cinco de la tarde. Enfilo por la Calle Boylston hasta Colpley Place, amplio y despoblado, un cuadrilátero en donde se aposenta un mercado itinerante, la hermosa Biblioteca Pública y un grupo de centros comerciales diseñado con arterias que atraviesan rascacielos, llenos de lo mejor y lo más nimio, donde dejar frustraciones, dólares y recuerdos.

Por esas calles paseo solo. Recorro diariamente unos cuantos kilómetros. Si es de mañana, enfilo hacia el mar, atravesando la ciudad vieja, el ayuntamiento más feo que se pudiera imaginar en forma de pirámide truncada al revés, para llegar, bajando una interminable serie de escaleras (que después tocará subir) a los mercados que se abocan al puerto: Faneuil Hall se abre en con esa mezcla de espacios amplios y cerrados del Quincy Market, donde encontrar desde árboles de navidad a langostas de Maine; más allá, caminando hacia el mar, el puerto se extiende con su inmensidad azul y gris, y el Acuario, con su escalera de caracol y un tanque gigante en donde moran desde tiburones hasta peces de colores y enigmáticas medusas con sus colores nocturnos y fosforescentes, hablando al alma con ese movimiento gelatinoso y constante como el latido de un corazón. Ya fuera, la posibilidad de avistar ballenas está a unos dólares de distancia, pero no hay quien me distraiga de lo que piensa mi corazón. Intento distraerme por esas calles, y asciendo sin problema por el Distrito Financiero, encontrando una pequeña torre en medio de rascacielos indecentes, el primer banco de Norteamérica, el primer cementerio ilustre, el primer grito de independencia. Y el espíritu de una ciudad viva parece que aligera la carga de melancolía y regala sonido a un mar de silencio que me envuelve.

Nadie me conoce. Camino por las calles de una ciudad que me ignora. O, mejor, cuyos habitantes desconocen mi presencia. Yo los veo, con sus cafés en vaso de polietileno, sus prisas para ir no sé adónde; y a veces con una sonrisa amable, yendo y viniendo por las calles sonoras. No me animo a comprar un token y montarme en el T; creo que hay mucha belleza que ver todavía en el exterior para adentrarme en las inmundicias de un mundo donde no se ve el sol.

Dicen que en Boston llueve, mas el otoño es generoso en colores rosados y castaños y en un viento suave; además, la humedad sólo me recuerda a casa, lo que podría aumentar más mi melancolía. No emito ni una palabra. Si no fuera por mi pensamiento constante, creo que olvidaría pronunciar mi idioma. Giro entonces hacia Borders y entro en su amplio hall. En él, un mostrador cobra las revistas, otro los cafés, una escalera mecánica lleva al primer piso donde, perfectamente ubicados por géneros, la literatura actual se mezcla con la clásica en un batiburrillo de ediciones de bolsillos, tapa dura y cuentos infantiles. Me gusta su aire tranquilo, lleno del susurro de los lectores acomodados en sillones enormes, sorbiendo café o una infusión humeante, o simplemente viendo la vida pasar. Entre sus paredes, como ocurre en cualquier librería, me distraigo hasta olvidar mis penas, pues mis desaires siempre me parecen menores que los descritos por García Márquez, Byron o Tolstoi. En un arrebato, escojo un par de libros en edición rústica de un moderno autor local, loco y chillón y de género minoritario, que descubriré más tarde que me gusta mucho, y releo entre los estantes pasajes de Yourcenar y de Allende, cuyas reflexiones alocadas parecen atemperar la mezcla de sensaciones que me asaltan al caminar por esas calles que me desconocen.

La Calle Washington me lleva a Macy’s, y recuerdo que una vez había allí una tienda por departamentos que se llamaba Jordan Marsh. En una de sus entradas hay una placa que lo recuerda, y en esa entrada tropecé un día con Bon Jovi y otro con David Bowie e Imán, rubio y extraño, bella y enigmática, y con la palidez exquisita de una Nicole Kidman que olía a Chanel Número 5. No era Nueva York, pero parecía la meca de las celebridades. Ralph Lauren con su pelo de plata, y un incipiente Michael Kors cuyos diseños comenzaban a ganar adeptos. Aún Marc Jacobs no se había puesto guapo y en las calles todavía vendían grandes joyas a precio de saldo, europeo, vamos.

Por esas calles no hablaba. No hablaba en mi lengua. Y me sentía aislado y muy solo. Una promesa hecha por el dueño de mi corazón no llegaba nunca, ni llegaría, y los días dorados se transformaban en noches oscuras, con estrellas enormes como ciruelas pendientes de las ramas de La Esplanada, donde también iba a rumiar mis sentimientos mientras tocaba con los dedos el agua dulce del río Charles, que pronto sería una plataforma de hielo.

Lo extrañaba porque lo amaba. Y por esas calles recuerdo cada conversación tranquila, cada caricia que no le di, cada suspiro que arrancaba de mi corazón. Podía gritar su nombre, podría distraerme cada día en el cine Lowes de la Calle Tremont, con ese aspecto acristalado, brillante y falsamente lujoso, de casi mal gusto, donde el aroma de salchichas a la plancha y mostaza se mezclaba con el de palomitas de caramelo, parejas cogidas de la mano y niños correteando sin sentido. Podía soñar con él e incluso olvidarlo, mientras veía una y otra vez a Johnny Deep con su acento escocés o a los bellos Céline y Jessy buscar el pasado de aquel que una vez se fue.

Eso es lo que hago yo por esas calles con él.

Pero todo pasa. La melancolía y la tristeza; también la alegría y el hechizo de la novedad. Y la ridícula soledad silenciosa. Por esas calles de Boston fui feliz a mi manera, pero también muy desgraciado. Adelgacé, me puse hasta guapo, morado a tortitas de los Diners cercanos a mi casa y bebiendo galones leche entera, la mejor del mundo, y bizcochos de mantequilla a siete dólares la libra; cenando bocadillos de jamón precortado y pan de molde con sabor a semillas de olvido; una manzana roja y brillante, como la de Blancanieves, cuyo hechizo sólo me devolvía a soñar con un amor imposible, y cereales crujientes con uvas pasas cada mañana puntual, a las cinco, en el que me arrojaba a esas calles que fueron un hogar atípico, pero del que ya ven que recuerdo con gran detalle, cuando el amor me dejó y comencé a ser infeliz.

Todo vuelve. Hasta el amor que creemos olvidar. Dos meses después toqué el timbre de su piso y una voz me habló: no era la suya. Me disculpé, número equivocado. Llamé de nuevo y la misma voz, que no era la suya, volvió a hablarme. Ya acostumbrado a un lenguaje extranjero, me salieron las palabras con un acento de Nueva Inglaterra. Rectificando, le dije que si él vivía todavía allí, traía un paquete a su nombre. En realidad en mis manos llevaba dos bolsas enormes con regalos de mi corazón. La voz, sonriente, me abrió para que pasara. No me dejó que subiera. Tampoco lo hubiese soportado. Salió a mi encuentro con una melena morena recién lavada, y el contoneo divino de una cadera de ensueño. Y lo comprendí todo. Me sentí pequeño, enjuto, arrugado como la hoja más pobre de un otoño húmedo. Y hasta tonto por parecer una especie de muñeco de navidad cargado con presentes equivocados. La chica vio el tamaño de las bolsas y a punto estuvo de pedirme que la ayudara a subirlas. Pero lo pensó mejor y decidió llamarlo a él para que se encargase de ellas. Palidecí o enmudecí; ella mi miró raro. Le dije en un perfecto inglés que debía irme y ella fingió entenderme. Estaba tan desencajado que olvidé mi propio idioma. Mejor dicho: recordé el idioma de mi vida, miserable y solo. Me despedí con cara de imbécil haciéndole creer que apenas la entendía. Ella me creyó o hizo como si creyese. Me sonrió y me enseñó la puerta, harto evidente al estar yo apoyado en ella. Y huí de allí, con las prisas de unos pies alados y un corazón roto.

Y vago por esas calles de una ciudad que me conoce muy bien pero que se hace la ciega. Y divago con el corazón en añicos sin poder emitir ni una palabra. Boston está ya lejos; donde me sentía miserable y solo. Hube abrigado una vana esperanza. Las calles de mi ciudad ahora mismo parecen más hostiles, más mudas, más llenas de esa extraña melancolía que nos deja en el alma el recuerdo de aquel que se fue.

Y él se ha ido sin decirme nada.

Por esas calles la vida sigue como si nada. Y deseo volver a Boston otra vez, donde el anonimato era duro pero preferible, y donde no podré encontrarme con él y mi corazón roto nunca más.

Jamás estamos conformes con nada cuando no tenemos felicidad.

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Manchester en el mar: oda al silencio.

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   Nada más maravilloso que el retrato contenido del dolor, esbozar el siempre difícil dibujo del silencio. Brokeback Mountain tiene en sus venas esa misma mezcla, ese poder hipnótico de lo que no se dice, no se cuenta, pero se siente. Manchester en el mar lleva, en su oleaje, la vida que desea olvidar, que se mantiene en suspenso, que no sabe adónde ir. Dura, mágica, azul y blanca. Hipnótica. Llena de silencio. Y corazón.

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Sonríe.

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Hace un tiempo recibí un whastapp de un amigo de la distancia que quería hablar conmigo. No era particularmente tarde, pero ya era de noche. Los días de otoño con ese secreto escondido. Quería saber si podía charlar un rato. Faltaría más.

Noté en su tono de voz que algo no iba bien. Siendo como es una fuente de vitalidad y de sonrisas, esa voz aterciopelada acostumbrada a acariciar y engatusar con palabras y tonos sonaba a tristeza y a algo más, todavía encubierto. Pero era fácil adivinar que le preocupaba algo.

Tengo una cierta tendencia a vivir la medicina desde un punto de vista visceral: el conocimiento está allí, pero hecho un amasijo, un magma del que parten, aquí y allá, ráfagas de intuición que llegan a mi mente con una imagen muy clara en mi días buenos, y en aquellos malos, cuando no me fío de mis instintos, la situación me viene a poner en el lugar correcto una vez las consecuencias se desvelan ante mis ojos. Con él pasó algo similar.

Al hablar me comentó que llevaba días con malestar de estómago, que no le mejoraban pese al tratamiento con los inhibidores de bomba de protones (IBPs o, para legos y que nos entendamos todos, el omeprazol y toda la familia que se ha desarrollado a partir de él) y había ido al médico. Le había hecho una gastroscopia (endoscopia digestiva alta) e inmediatamente después lo llevaron a hacer un TAC; tomaron biopsias y le dijeron que en unos días le darían el resultado.

Él buscaba alivio a sus nervios, un canal en el que expresar sus pesares y encontrar cierta comprensión y calma. Lo que no sabía mi amigo es que me había metido en un aprieto. El instinto llegó a mí con la fuerza de un rayo láser. Sabía, sabía, que no era nada bueno. ¿Debía decírselo? ¿Cómo hacerlo a kilómetros de distancia y sin estar completamente seguro de todas las pruebas que le habían realizado? Pasaron sólo unas milésimas de segundo. Estaba ansioso pero entero, una especie de mezcla que seguro siente cada vez que sale al escenario a ejercer su profesión: es actor.

¿Cómo decirle a un amigo al que se aprecia que seguramente, seguramente, tendría algo no muy bueno en su estómago? ¿A un hombre guapo, con todo por delante, bien visto en su profesión, adorable, encantador, picaflor y con la sonrisa más bella posible, que en su cuerpo se estaba obrando algo que no parecía nada bueno?

Resoplé. Eso a mí se me da bien (resoplar). Y opté por lo que me pareció la opción más sensata: de menos a más.

Le dije que había tres opciones. La primera, una úlcera de estómago (vamos a obviar aquí las diferencias entre una úlcera gástrica y una dudodenal); en todo caso estaría con el omeprazol a dosis dobles durante unas cuatro a ocho semanas y un tratamiento antibiótico que no siempre era fácil de tolerar pero que tenía varias opciones para cambiar por si había efectos secundarios. No le dije en ese momento que estaba casi al 100% seguro que no tenía una úlcera de estómago, porque eso de salir corriendo a hacer un TAC va a ser que no es la respuesta inmediata ante una lesión que simula una simple úlcera péptica.

Notó mi silencio posterior y armándose de valor me preguntó por las opciones que quedaban. De las dos, que no eran buenas, una era menos mala que la otra. No pude andarme con tonterías en este punto. No le dije que sabía que tendría una de esas dos de seguro, pero le expliqué someramente que podía ser o bien un Linfoma gástrico, generalmente de estirpe No Hodking, generalmente bien diferenciado y generalmente de células B y generalmente de buena respuesta a la quimioterapia. La otra opción era quizá más sombría: Adenocarcinoma de estómago…

Me preguntó qué tratamiento tenía. Resoplé de nuevo. Sólo experimentales a los que yo, si fuera yo (era la segunda vez que me enfrentaba a un consejo para un amigo como deseara que me trataran a mí), no me sometería.

Le tocó el turno de callar. Le oía respirar. Esa sonrisa que era tan suya, esa voz de terciopelo no estuvo allí por unos segundos. Pero volvió pronto.

– En unos días lo sabremos.

Y lo supimos. Si quieren saber cuándo me gusta que me digan que me he equivocado, es en situaciones así. A los pocos días mi amigo me llamó intentando conservar la entereza como todo un caballero. Era un linfoma con todos esos nombres raros que le había comentado. Que tenían que darle quimioterapia y puede que radioterapia. Y que le iban a poner una cosa que se llamaba reservorio… Lo dejé liberarse de la tensión unos minutos. Lloraba con esa tranquilidad de quien se sabe escuchado, y se llenaba a la vez de esa serenidad que nos da saber no ya sólo que nos escuchan, si no que nos comprenden. Claro que lo comprendía. Mucho más de lo que se pueden imaginar.

Como no hay mejor distracción que afrontar de frente un problema que sabemos que existe, le di todos los ánimos correctos: saldría bien ya que es de buen pronóstico; eso así, le dejé bien claro que su espléndida cabellera (preciosa) y esos ojazos perderían todo atisbo de pelo; no tendría barba ni ningún rastro de vello en el cuerpo; que la expresión cambiaría, ya de por sí brutal por la pérdida de las cejas, así como su estructura, el color de la piel y la sonrisa. Tendría días grises pero otros estupendos: los dos primeros días pos-quimio sentiría el cansancio del planeta, pero después recuperaría.Que debería tener cuidado con las infecciones, tomar los antibióticos que le darían, ondansetrón si tenía náuseas y que el reservorio era una vía que se colocaba en una de las venas grandes del cuerpo y debajo de la piel para evitar que los venenos de la quimioterapia dañaran sus venas periféricas… ¿Me entendió? Lo dudo. Pero había algo en esa perorata que le transmitió un punto de paz: se dio cuenta, como yo también en mi momento, que aquello también pasaría.

Y tanto.

Jorge Lucas jamás ocultó su enfermedad. Antes bien, a través de InstagramFacebook publicaba sus pasos, la evolución de su proceso.Era maravilloso verle reír (esa sonrisa tan divina y tan suya) cada vez que comentaba alguna novedad de su enfermedad. Sus amigos lo visitaban, y hasta le cantaban saetas en la habitación, y se iban de palmas y alegría. Esta gente artista… Y apareció en varios medios de comunicación con su aspecto de enfermo de cáncer sin tapujos, con normalidad, con alegría. Su proceso fue un ejemplo para todos, pero sobre todo para él.

Que tuvo días malos no lo dudo, pero supo sobreponerse a todos ellos, a las molestias de la quimioterapia en los dedos, en los tactos; el riesgo de coger una infección o que la medicación dañase la producción de la médula ósea. Todo eso y más lo vivió con delicadeza, con asombro y, sobre todo, con una sonrisa.

Nunca se olvidó de sonreír. Y una vez me escribió un mensaje: Sonríe.

El tratamiento terminó y no quedó restos de linfoma en su cuerpo. Nadie está libre de enfermedad (al menos médicamente) hasta pasados 10 años sin que se registre ningún resto de la misma en el cuerpo. Esas expresiones banales: He vencido al cáncer, por ejemplo, son falsas. Hay que estar vigilantes y sonreír, como Jorge Lucas ha hecho, y seguir adelante. Ahora le quedan cientos de exámenes periódicos que, si saca buena nota (como lleva haciendo) se irán alargando en el tiempo, disminuyendo en número, hasta que la frase mágica: Libre de enfermedad cancerosa le cuelgue en el pecho como una medalla. Pero está en el buen camino y sé que con esa alegría, esa disposición, ese vencer sobre los miedos y los rencores, lo conseguirá.

Jorge Lucas ha aprendido. Un alma noble se eleva más allá del resentimiento y de la inicial autocompasión y los trasciende, haciéndose más grande, más hermoso, más puro. No niega en decir que la Enfermedad es lo mejor que le ha pasado nunca. Y es cierto, para aquellas almas grandes que consiguen la ganga de oro en un destino atroz. Por eso, agradecido del amor y de la oportunidad vivida, ha creado una fundación: Besos en el alma, para apoyar con lo mejor que tenemos los hombres: nuestro corazón, a personas que pasan por trances semejantes.

Mucho lamenté no haber estado en la fiesta de su presentación. Quiero darle un abrazo azul y guapo como es él, viniendo yo también de un viaje parecido que terminó sin querer hermanándonos en cierta manera, pero pronto podré hacerlo. Mientras tanto y el mundo se ordena en su belleza, para hacer de él un lugar mejor, repartamos besos en el alma y hagamos nuestra esa receta que Jorge Lucas ha conseguido extraer de su Enfermedad: Sonríe, y hazlo siempre. Y así todo, todo, irá mejor.

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Entre la lluvia y el mar.

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a Cris Montes, que quería una historia sobre la vejez y el mar.

   Soy sorda desde los veinte años. Porque quise serlo. Y de a poco las palabras fueron muriendo en mis labios; a los treinta no tenía nada más que decir, y se apagó mi voz como la llama de una vela: sin estruendo y sin consecuencias.

Nos vamos quedando solos. Perdemos amistades como un árbol las hojas; solemos darle demasiada importancia al principio, como si la soledad fuese un enfermedad mortal, pero a todo nos acostumbramos; yo no tenía nada que decir ni que oír, así que todas las personas de mi vida se fueron yendo una a una dejando tras de sí un charquito de olvido. La muerte entra a visitarnos y se lo va llevando todo con una impudicia que deja de asombrarnos cuando nos hacemos viejos, cuando pasa el tiempo sobre los hechos y los recuerdos, borrándolos y extraviándonos, retratando lo que somos: un océano de olvidos. Un día descubrimos que no hay nadie que nos responda ni que nos acaricie, ni que nos haga la guerra ni que nos desespere en el amor. Y los sentidos se van apagando dejando tras de sí piel marchita y silencio. Así, opté por callarme pues ya casi no oía, e intenté ganarle una jugada a esa partida insaciable que es vivir. Pobre de mí.

Mis padres decían de mí muchas cosas. Esperaban maravillas, como si la vida fuese un desfile de vanidades. Nada hay más uniforme y gris que nuestra existencia, hasta la vida de otros, que de repente nos resulta más atractiva que la nuestra propia. Es un error, como tantos otros. Buscamos desesperadamente dejar una impronta en el universo; el universo que no deja jamás de cambiar, y se nos olvida -la vida es un océano de olvidos- que somos polvo y agua de mar y apenas un chispazo de inteligencia -a veces ni eso- que se apaga rapidito y rápido se disuelve en el espacio sin forma que nos rodea. He olvidado a mis padres como ellos seguro lo hicieron conmigo; apenas si recuerdo a algún amigo que intimó conmigo dos centímetros más de piel de lo permitido, y casi ni la recuerdo a ella, entre el claroscuro de pieles que se rozan a escondidas, el aire de su sonrisa, el trastorno de su piel bendecida sobre la mía, esos dedos, esa boca, ese mirar profundo.

Dicen que antes de que yo naciera no había llovido nunca. Al parecer la noche de mi alumbramiento el cielo se abrió en pedazos y cayeron rocas de cristal en vez de gotas de lluvia, se rompieron las piedras de los molinos y las fuentes se desbarataron ahogadas con tanto líquido. De los campos yermos brotaron hierba y flores, creció el trigo y se abrieron amapolas, y la playa seca se llenó de olas saladas de mar. Sé que después de que yo muera no lloverá jamás, pues de mis ojos salen las gotas de mar abierto y de mi boca sin voz, el aliento que sopla en la orilla de la playa. Una sibila lo pronosticó al pie de la cuna una vez comprobó que mi nacimiento cuadraba con sus anotaciones de maga, y el olor a incienso que salía de mi madre por ese umbral ya casi cerrado llenaba la habitación impregnándola de hechizo. La maga apenas me miró, una cosita forme y afónica, pues el designio estaba comprobado: el azul de mis ojos, ahora casi apagados, y el color de sal de mi piel le eran suficiente. Marchó de esa habitación con la satisfacción del deber cumplido y ese sereno orgullo que puede convertirse en suficiencia en las almas menos dispuestas. Mis padres vivieron un milagro y esperaron lo indecible. Pero nada llegó después de una lluvia interminable, ni siquiera el sol que seca la tierra y tuesta las pieles expuestas; y los triunfos bisbiseados por la bruja no fueron más que soflamas engendradas por un arrebato místico.

Crecí sin hablar mucho; no tenía gran cosa que decir. En mi casa las palabras se pronunciaban en susurros, casi no se oían, y se confundían con el lamento insomne del mar en la orilla. Me creí sirena, tritón, delfín y ballena, arenque y pescadilla, con cola de plata y escamas de estrellas, pero sólo era una niña sin nombre, un espíritu sin voz.

Durante un tiempo quise ser monja. La repetición constante de una labor silenciosa llenaba mi espíritu errante. Todas las tardes me acercaba a las hermanas, que rezaban sus letanías como en otras partes se repiten mantras, y me agachaba a fregar el suelo de rodillas con un cepillo hasta dejar la piedra blanca como un rayo de sol; desaguaba las letrinas, intentaba desviar el torrente de lluvia para repartir mejor el agua que regaba los huertos, y metía mi nariz en el horno con olor a harina, a azúcar y a almendras. Sus dulces cantos llegaban hasta mi pecho y lo hacían reposar, y sus dulces recién horneados premiaban mi labor, que sin embargo era tan desinteresada como placentera.

Pero no soy de acatar normas. Eso lo supe después, cuando el corazón desbocado prendió en las faldas de una novicia, cuya belleza hacía palidecer la luna menguante, el mar de estrellas titilantes. Quizá el sol de otoño se le pareciera, tal era su dulzura y su desazón. Nos encontramos una tarde solas, con la vida suspendida y arremangada entre las faldas, y nos besamos suave; un encuentro casual, una explosión de verdad y de sentimiento que nunca antes había conocido. Y se me revolvió el pecho con ideas inverosímiles, y conté uno a uno los pasos que me separaban de ella. Y recuerdo que sus ojos brillaban y que su cuerpo temblaba como el mío encendida de puro gozo, pero me equivocaba. Una tarde pregunté por ella, una tarde me dijeron que se había ido más allá del mar. En realidad se había quitado la vida, o eso me llegaron a decir las murmuraciones del pueblo vacío, ignorantes del puente que se había tendido entre una voluntad desflorada y una intención de acero. Tenía veinte años y me negué a oír más mentiras, más reproches. Nadie me entendió y yo me hice la loca; siguió lloviendo y el mundo tras la lluvia perdiendo días como los árboles pierden hojas, y de tanto silencio oído la voz se me pudrió y terminé olvidándola, como hacemos con los malos sueños.

La vida es atroz. A veces. La vida es un pestañeo, un presente continuo. Porque quiero echar la vista atrás y sólo me veo a mí misma ensimismada, a veces preocupada y muchas más triste; sin nada qué hacer y pendiente de todo, afrontando el sin fin de problemas de estar vivo sin más intenciones que deshacerme de ellos, como perdí la voz, como cerré mis oídos al ruido exterior. Me hice marinero, me hice costurera, me hice secretaria y alfarera: no entendía los dictados, como mecanógrafa daba dolor; el barro se escapaba de mis manos y sólo daba vida a informes masas de barro cocido que intentaban parecerse a ella; de ese amasijo rojizo sacaba yo la semejanza de un gesto, el eterno huir de un mohín, de una mirada, de una sílaba. Pero me engañaba.

Quisieron casarme con el poderoso del pueblo. Feo como una mentira, rico como un sueño. Ni asentí ni me negué, e intentó navegar, en una noche de bodas, sobre mi cuerpo callado; me arrancó un gemido, me cosió a besos. Yo me dejé hacer porque el olor de su piel era muy parecido al de ella; dejaba siempre la ventana abierta para que la resaca marina se mezclara con mis recuerdos. Él creyó poseerme, creyó hacerme feliz. Cada quien llega a pensar lo que más desea sobre el otro. Yo le dejé hacer. Me estorbaba a veces; a veces me decía que le cansaba mi silencio. Yo le miraba como quien ve más allá, y de hecho veía más allá arropada por el olor de esa piel que era como la de ella, y quizá el brillo de sus pupilas y esa oración extraña que salía de su boca cada vez que se adentraba en mí buscando sosiego.

Aquel hombre quería tener hijos, como si eso garantizase un rasgo de inmortalidad. Yo estaba seca desde aquel día, o eso creía. Me miraron mil galenos como si fuese un meteorito, como un fósil de otra era. Podía oír y no escuchaba, podía hablar y no emitía ni una queja; tenía lo suficiente -lo suficiente- para preñar y nada ocurría. Quizá el mal -de serlo- no estaba en mí, pero a nadie le importaba. Así transcurrió un tiempo eterno hasta que me abandonaron como un caso perdido -un caso perdido- en una cabaña que, oyendo mis deseos, estaba a diez metros del mar. Y allí me he quedado hasta hoy.

Dicen que antes de que yo naciera no había llovido nunca. De mis ojos brotan todas las lágrimas que hacen eterna la lluvia. Mi voz es oscura como una caverna, los truenos que rompen las fuentes son un pálido eco de mi continuo gemir. Dicen que cuando muera no lloverá más. En mi memoria la sibila dejó grabados muchos designios sin forma que parecen haberse cristalizado en ese tiempo eterno que es nuestro interior. Puede ser. Ya nada me ata a esta tierra tan huidiza, tan cobarde. Hubo un tiempo en el que me dedicaba a pescar sueños como otros banalidades; no tuve mucha fortuna, pues no seguí ninguno; hubo un tiempo que perdí pensando en ella, sintiendo en ella, intentando entenderla, y volví a perderla, esta vez en los recovecos de mi memoria. Y me dejé llevar…

Ya estoy vieja. Lo he estado -¿cuándo he dejado de estarlo?- desde que ella huyó de la vida -de esta vida bendita- de nosotras dos. Pudo haber habido alegrías y algún rencor; pudo haber habido una casa blanca cerca del mar, con las paredes encaladas y los puntales de granito al aire resacoso. Pudo haber habido noches de calor, mañanas de sosiego, caricias y risas y desvaríos; algún regalo, algún susto, una enfermedad callada y finalmente una tumba, la separación y el recuerdo. Pero la vida está hecha de huecos vacíos donde campa el olvido como otros tantos recuerdos: los rasgos de mis padres se han perdido en los vericuetos de la memoria floja; su propio rostro, sus rasgos, esa sonrisa, su voz. Nada merecía ser oído una vez se hubo ido. Nada merecía ser dicho, una vez las palabras destinadas a ella no llegaran a su corazón. Por eso ensordecí, por eso callé hasta olvidar cómo hablar, hasta perder toda habilidad de emitir algún sonido, salvo su nombre: Amor… Siento que mi vida es una bendición truncada y mi longevidad una broma de mal gusto -toda vejez lo es. Haya paz…

En el pueblo me creen loca; los chiquillos se alejan de mí, poseedora de poderes más allá de la razón. No tienen razón, pues nada sé -quizá sólo la receta para estar en paz. Pero es tan fácil…

Entre la lluvia y el mar mi vida se va apagando. No me inquieta: lo estoy esperando. La resaca de la orilla me acerca a mi vida: es informe pero densa, puede ser explicada pero a nadie le importa, y todo pensamiento es un lastre que me impide un viaje que deseo emprender cuanto antes. Me apresto pues…

Allá voy…

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