El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Amarte (así)

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Me lo has dicho de muchas maneras. Créeme que lo intento. Quiero entenderte. No: no lo deseo. Sé que debo hacerlo, pero me puede la pasión y el vértigo de estar solo.

Sé que está todo terminado. O así me dices. Y yo confío en ti. Pero también creo en mí. Y no, nada parece haber muerto, quizá un poco gastado por el tiempo, el roce del que nace el cariño y el tedio, lo sé. Pero sé que amarte así en mí no está agotado, porque sigo sintiéndome único y especial, como flotando en medio de la tierra, el roce bárbaro en los pies descalzos, y esa sensación ambigua, llena de invenciones pequeñas que nos hacen ver que las flores se abren a nuestro paso, que todo se alegra de vernos juntos.

Sé que me amas, a tu modo. Que a veces me desconcierta. Me pides libertad cuando deseo atarte; me solicitas espacio cuando me ahogo sin tu presencia. Amarte así no es algo que haya escogido: soy yo mismo. Amarte así me hace sentir único, necesitado; me da una razón para vivir y justifica todos los pasos de mi día a día.

Me lo has dicho de muchas maneras: que te sientes agotado, que a veces te agobias, que no eres capaz de respirar. Sé que este nuestro amor es un destino, no una posibilidad. Desde que nos conocimos sabía que estaba destinado a ti. Tus cartas, llenas de intenciones que sé que no tenían; cada uno de tus regalitos, que mimaban a mi corazón más que a mi ausencia de belleza; tu corazón, que latía por alguien más y que no pudo dejar de besar el mío. Amarme así es destino, lo sé, y sé que el destino a veces cambia de rumbo. No tengo control sobre él, como tampoco lo tengo de ti… Y sin embargo, amarte así hace que viva y muera mil veces sólo por ti…

Amarte así no es sano: no causa alegría, sólo necesidad. Y obsesión. El límite se me borra aunque no quiera perder sus directrices. Pero el amor se me desborda y te mancha, te empapa y te agota. Lo sé, lo sé, lo sé… ¿Y qué puedo hacer si no amarte así, de esta forma racionalmente equivocada, que llega a atosigarte, a herirte, a enfermarte…?

Y temo que te vayas. Porque he olvidado que amar es libertad y amarte así es esclavitud. Y necesitas alejarte de mí para poder crecer; he olvidado que amar es generosidad. Pero amarte así es una obsesión, un propósito, es mi voz, mis ganas de vivir, mi futuro, mi herencia…

Y me lo has dicho de muchas maneras, y todas son la misma: me amas, me amas mucho, pero no así. Me amas con el alma, con el corazón encogido, casi sin remedio pero con serenidad… Y no puedo mantener por más tiempo sujetas las riendas de tu alma…

Sé que moriré, sé que me apagaré como una llama lenta al acabarse la cera. Poco a poco por ti, por amarte así, por ser locura, prisión y mi exceso y mi nadir.

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Los días al sol (que ya se han ido)

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Los días al sol, cuando todo parecía fácil, ya se han ido. Esos días del pasado, tan perfectos que la paz parecía irreal, libres de deseos porque todos estaban en ti, se han perdido cuando te fuiste. Nada ha cambiado desde entonces, como si el tiempo se hubiese congelado en mi dolor, y sin embargo la vida ha fluido tranquila entre mis manos, escapándoseme, cambiando y dejando atrás mi presente convertido en un pasado que ya no existe.

Ahora me doy cuenta que esos días al sol eran felicidad. Nada podía ser más perfecto que el sol en tu pelo, que el brillo de tu sonrisa y esa voz de terciopelo oscuro, acariciante y seductora… Ahora sé que esos días de sol el mundo conspiraba con nosotros en la risa, en el abrazo, en la sensualidad: todo fluía, todo era de una sencillez desarmante… Y todo era quebradizo, frágil: esa risa, el eco de un recuerdo, el roce de nuestra piel y esos momentos tranquilos, cuando todo pasaba, en los que la respiración agitada daba paso al susurro y finalmente al sueño.

¡Oh, los días al sol, que ya se han ido! Días egoístas llenos de diversión, pintados de un atardecer que semejaba eternidad; cuando tus ojos eran bellos, del color de la miel y las abejas, y tu abrazo una comodidad que invitaba a dormir una siesta eterna. Ahora lo sé… Los días al sol en un arrullo, sintiendo el agua helada de un riachuelo y el frotar cristalino de los grillos en primavera.

Nada parece más perfecto que las primeras edades del amor: todo es pasión y paz y descubrimiento y brillo… Después, bueno, después viene aburrirse, callarse, dejar que las diferencias dividan más que aglutinen, y que la vida separe lo que los corazones se empeñan en mantener unido…

¡Oh, cuánta cuenta me doy ahora! ¡Y cuánto daría por revivir si quiera un día de sol a tu lado, para cambiar los muchos errores que cometí, las injusticias de las que te acusé, la obsesiva afinidad por el control que tanto daño nos ha hecho!… ¡Cuánta cuenta me doy ahora! Cuando nada puede ser cambiado y el dolor de lo perdido, la melancolía de lo que pudo haber sido y no fue, me atrapa y me consume…

Los días al sol, que ya se han ido, mitigan mi dolor, me recuerdan que, a pesar del tiempo, aún permanecen en mi memoria, y aunque no pueda dar marcha atrás para revivir ese momento de excelsa belleza y amor puro, puedo cerrar los ojos y evocar una tarde tibia, con un rayo fosforescente de sol moribundo, en el que cerramos los ojos por la oscuridad, y fuimos acercando nuestras bocas poco a poco hasta que nuestros labios se encontraron y, temblorosos, se dieron ese primer beso que refulge en mi memoria…

Aquellos días del pasado, demasiado perfectos para descubrirles hoy algún fallo, tan distantes de mi realidad, tan ajenos a mi hoy… A veces me pregunto qué habrá sido de ti, cuando ese dolor sordo me llega a la garganta y anula todo intento de relación mundana; a veces, cuando tropiezo con un rayo de sol a las seis de la tarde, con un ocaso perezoso y mágico, recuerdo el color de tus ojos de miel y la suavidad de un pelo oscuro como un secreto, e intento revivir cada una de las sensaciones que tenía, cómo mis dedos desaparecían en el pelo abundante que te llenaba la cara, y la sonrisa tranquila, un tanto confiada y tan seductora que era tuya, sólo tuya, y mía…

Ya nada es como antes, pues nada me atrae. Sólo los recuerdos cuando me asaltan por sorpresa, sólo los días de sol que ya se han ido y, por lo mismo, me empeño en recuperarlos, para no olvidar nunca que una vez fui feliz, sencillamente feliz, plenamente feliz, con muy poco, con mucho en realidad: la libertad de una juventud inconsciente y un amor a borbotones que, de tanta fuerza, llega a mí veinte años después.

¡Oh, los días al sol! Recordando el aroma, el sentido, la sensación y el peso de aquel que una vez se fue y no ha regresado jamás…

Days in the sun
When a life has barely begun
When no love, no prize can’t be won
I remember warmly…
Those days in the past
Far too perfect and peaceful to last
And the skies were soon overcast
And the days grew cold
Oh those days in the sun
What I’d give to relive just one!
Change what I’ve done
Turn my life around.
But that isn’t real,
And the empty pain I feel
Goes on and on
And days in the sun
Are a long time gone
Days in the sun,
Selfish days I used to call fun,
Fool myself stealing love on the run
While the light was fading.
That far distant time
When I saw no reason or rhyme
To be changing my ways
But I’m not so certain now.
And those days in the sun,
What I’d give to relive just one!
Change what I’ve done
Find some room for love.
But I know the deal,
And the empty pain I feel
Goes on and on
And days in the sun
Are a long time gone
I know the deal,
And a love I must reveal.
What I must do
For days in the sun
To come shining through

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Solo otra vez (naturalmente)

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al dr.H.

A veces las ilusiones, porque necesitamos ilusiones, son el lago donde se ahogan nuestra frescura y ganas de vivir.

***

   A veces, sólo a veces, la magia se da, el regalo se recibe a manos llenas, y llega una chispa pequeña a iluminar por un instante una vida oscura. Y ya está. Todo parece girar de nuevo y hasta la sonrisa de fruta se abre como una flor y permanece eterna, alelada en ese vapor cálido de un sueño, una quimera. Y sabemos que todo es posible.

***

   La soledad, una especie de mala consejera con un sueldo altísimo, parece que esconde sus cartas. Pero en realidad nos deja ciegos, y el encanto nos envuelve con una red débil. E imaginamos el día, la hora, la mirada cómplice, el ligero cabeceo, un ademán, y la voz suave, las manos firmes, el pecho abierto a un millón de besos, la espalda llena de caricias y un nombre, y un momento, en ese encuentro anhelado, en el que el atardecer, el viento, las hojas de los árboles y hasta los semáforos se detienen llenos de expectativas por lo que va a suceder… Y después todo pasa.

***

   Las manos entrelazadas, la sonrisa cómplice, un abrazo y quizá un beso. Y la noche que sigue, las nuevas confidencias, una intimidad callada que no precisa de mucho más (todavía), si no de tiempo, tiempo que se extiende y se hace ingrávido, inerte, eterno.

***

   Pero esas esperanzas, que se tejen débilmente en la distancia y se endurecen a medida que se acerca ese instante soñado, provienen de la soledad y a ella vuelven, dejando un corazón de nuevo herido, un mar de anhelos rotos, y una realidad grave.

***

   No lo había imaginado así. No debía ser así. No otra vez. Pero sí.

***

   Cuando nos abonamos al ensueño después de tanto tiempo mojados de realismo, cuando el corazón apagado renace otra vez lleno de brío, cuando nada importa: la distancia que no es nada, la virtualidad, a veces el silencio impenetrable y a veces una verborrea sorprendente, y nos enganchamos en un viaje ilusionado, carísimo, pero prometedor… La verdad siempre está ahí para llevarnos a tierra, para aclararnos que los sueños sólo se regalan a los afortunados; que los perdedores lo desean todo y son dueños de nada, excepto de una soledad sonora que de tan pesada se hace compañera, enemiga y verdugo.

***

   No importa que la ciudad sea hermosa, que el día de primavera se cuele por entre las flores de los árboles aún desnudos de hojas; no importa que sea bello y encantador y tenga una voz grave y suave; ni que sus ademanes, vibrantes, enérgicos, simulen una conversación que es más bien un soliloquio; no importa que el local sea perfecto, la luz tamizada de las seis de la tarde, los asientos cómodos, de un terciopelo moderno y mullido, que la sombra de un edificio dibuje pequeños arcoiris en esos ojos preciosos, ni que la fuerza de una juventud divina parezca embriagar todo a nuestro alrededor… Siempre hay un móvil, un nuevo compromiso que surge, un vaya-lo-siento-me-quedaría-pero… Y nada más.

***

   Porque en realidad NUNCA hubo nada más.

***

   A veces las ilusiones, porque necesitamos ilusiones, son el lago donde se ahogan nuestra frescura y ganas de vivir. Y así seguimos, un día y otro también; solos otra vez, naturalmente.

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Las horas del silencio.

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Hospital. Mediodía. Mujer de mediana edad. Sala de espera. Nervios, intranquilidad.

Sospechas. Pruebas. Inquietud.

Un nombre. Ruido. Incertidumbre. Abandonar todo lo que lleva encima. Desnudarse.

Ecografía mamaria. El gel frío sobre la piel aún tersa. Una y otra vez el transductor, como una varita mágica, se mueve arriba y abajo, de izquierda a derecha. Una mama. La otra. Arriba y abajo, derecha a izquierda. El gel es como el amnios viscoso del nacimiento. Espera. Y da a luz.

Un tumor. Pequeño. Cierra los ojos. Un tumor.

Un tumor.

Un tumor.

Biopsia. Ruido de paquetes al abrirse. Agujas, un sonido como de pistola al descargarse. Guantes estériles, anestesia. Un rumor. Otro más. Y en su interior crece la certidumbre. Se pregunta: ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿por qué?

Aguja. Dentro. Escozor. Molestia leve. Tres descargas de pistola. Apenas siente cómo se mueve su carne. En al pantalla del ecógrafo ve algo informe que parece un tumor. Un tumor. De mama.

Ya ha pasado. Sin problemas. Y miradas de pena, porque a nadie le gusta diagnosticar algo así. La palabra Cáncer flota en el aire. En las palabras no dichas, en cada acto que de repente parecen hechos en cámara lenta.

Vestirse. Mamas que ya no serán lo que fueron. E incertidumbre. Miedo a lo desconocido. A sufrir. A perder el pelo. A dejar de estar sano. A no ser más persona del montón.

Sale por la puerta con volantes rellenos y mil instrucciones. Aquí y luego allá. En este piso no, en el de arriba, en el edificio de Consultas externas. Ya la llamarán.

Y silencio. No hay palabras, no todavía. Se acumulan todas juntas en la boca. Se frenan en la lengua.

Cáncer de mama es lo único a cuyo eco responde.

Y llora en silencio. Poco a poco. En silencio. Y soledad.

Ya vendrá(n) lo(s) demás.

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