Imperiofobia y Leyenda Negra: María Elvira Roca Barea nos abre los ojos.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

Ésta es la primera entrada dedicada al magnífico estudio llevado a cabo por María Elvira Roca Barea: Imperiofobia y Leyenda Negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio Español.

Un estudio lúcido, un ensayo apasionante y científico (documentado bibliográficamente), el mejor hasta la fecha publicado y por primera vez por un español, algo que venía echando de menos en otras entradas dedicadas al estudio de la Historia de España en este blog. María Elvira Roca Barea ha cubierto esa laguna que separaba los estudios de los extranjeros que, una vez demonizado el país español, intentan rescatarlo y colocarlo en su lugar, y la propia postura española ante el fenómeno más lastimoso (porque dura en nuestros días) de propaganda y manipulación cultural que haya vivido el mundo occidental.

Es tan brillante, que le dedicaré varias entradas. Mi intención no es llegar a profundizar en ellas los cientos de razonamientos y la sencilla obviedad de sus veracidades, si no poner por encima de todo el mensaje que desprende y que siempre he entendido como necesario: un planteamiento científico de la Historia, un análisis de las situaciones que se repiten una y otra vez por su desconocimiento, y la angustiosa necesidad de observar nuestro pasado y nuestro presente con absoluta libertad de pensamiento, sucio de ideologías y justificaciones pensadas por Otros, con los ojos abiertos.

Aquí emplazo a observar y asimilar el poderío libertario de su mensaje, la asertividad de sus afirmaciones (con datos) y el reflejo de nuestro hoy en la manipulación enorme y brutal de nuestro ayer.

Este es el comienzo de la libertad: abrir los ojos, ver, analizar y comprender. Hace más de dos mil años se dijo que la Verdad nos hará libres. Aún más, su búsqueda, su constante remodelación, ese milagro del agua pura que se bebe en las fuentes y que nos regala el mayor bien de todos: la independencia intelectual y moral.

Fiesta de cumpleaños

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been

Hace unas semanas me invitaron a una fiesta de cumpleaños. Una niña ejemplar, divertida y mona llegaba a la mayoría de edad y sus padres planeaban hacer una fiesta sorpresa para celebrarlo. Me invitaron sus padres, claro. Porque yo podrías ser perfectamente el padre de esa milenial educada y esplendorosa, de melena rizada y mohines de colegiala.

La casa estaba a rebosar. Un photocall donde recibir a los invitados, un buffet variado donde se encontraban las culturas del mundo: desde tortilla de patatas hasta sushi, tarta hecha con brownies individuales y cañitas de crema pastelera. Delicia del gusto. Viandas y bebidas dispuestas en puro carácter familiar.

Llegaban los invitados: amigas de la homenajeada, los hermanos pequeños, donde resaltaba un chiquilín rubio y encantador y una niña toda fuerza y diversión, y los amigos de los anfitriones: parejas, o parejas deshechas ya, padres de otros tantos adolescentes, vidas cruzadas y tejidas en un grupo único cuyo nexo común eran los padres de la cumpleañera, a la sazón amigos y compañeros míos del hospital.

Para amenizar la fiesta, contrataron los servicios de un conjunto local estupendo, un dueto formado por dos chicos de carácter risueño, irónico y con talento, que ponían al día los éxitos de la música de cuatro décadas atrás. De hecho, resulta llamativo que la pandilla de mileniales, que sólo atesoran reguetón, se pirraran por las canciones de Hombres G, por ejemplo. Nadie les hubiera augurado, treinta años antes, semejante honor. Que Raphales y Rocíos sólo hay unos pocos. Pero ahí están.

Golpe de melena, mensaje de móvil, selfie aquí, selfie allá, risitas tontas, retoque de pestaña y de rizo y de labial, la fiesta fue tomando forma. El ambiente, en una noche literalmente gélida, era caldeado en aquella casa que parecía un ensueño, y la sorpresa enorme todo un éxito.

Y yo estaba allí.

Aparte de la cumpleañera, sus hermanos y, obviamente, sus padres, yo no conocía a nadie. Literalmente. Cosa que tiene su chiste. Porque bien podría tener algún conocido de refilón o de referencia. Pero nada. Por no conocer, ni sabía de la existencia del grupo de música, que según me dijeron los anfitriones, les oyeron tocar en un garito de Santiago y les había encantado. Eso me alarmó: ya no frecuento garitos, y mis pasos de baile están algo oxidados. Aún así la música de Carta de Ajuste (el nombre del dúo) más pensada para saltar en conciertos y apenas invitadora al baile per se, era una gozada para revivir momentos y música que ya no se compone, pero que sobrevive intacta al paso de las décadas. Eso sí que es un milagro.

De naturaleza cortada y tímida, no podría estar en peor situación. Al menos sabía dónde estaba la cocina, para buscar bebida, y el baño de invitados, para eliminarla. Durante unos buenos segundos casi pongo pies en polvorosa. Pero la música sonaba genial, hacía años que no bailaba, y estaba parapeteado en la mesa del buffet cerca de las viandas, así que al menos bien comido estaría.

El grupo de adultos era más o menos de mi quinta, o al menos cercana, habiendo pasado por algunas experiencias vitales como el desempleo, jefes gilipollas, trabajos inestables, enamoramientos varios, matrimonios, divorcios algunos y paternidades (todos menos yo). Muchos de sus hijos, amigos entre sí, formaban parte de la caterva milenial de la fiesta.

Mi amiga me iba dando algunas señas: ésta trabajó durante años como gerente económico hospitalario, aquélla es la que se divorció del Hare Krishna y su hijo es ése; el de allá, cerca del grupo, acaba de dejar a su mujer porque se enamoró de otra mujer (ella) y no se lo creíamos; otros tenían, así como mis amigos uno de sus hijos, un niño con Síndrome de Down (vivaz, el alma de la fiesta) y otros hijos con parálisis cerebral o bien enfermedades degenerativas.

Todas aquellas personas estaban allí reunidas, riendo, disfrutando de la música, las viandas y las copas, bailando sin parar, cantando desafinados, tocando la guitarra y hablando de su vida y de sus experiencias. Fue un descubrimiento y una maravilla para mí.

La juventud es como la champaña: rubia, fresca, burbujeante, explosiva. Nada de eso ha cambiado. De hecho, las preocupaciones del mundo siguen siendo las mismas. Recuerdo que a mi generación un anuncio de coches nos tildó de JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados, hace casi ya treinta años de esto) en medio de un 25% de paro juvenil; se discutía el futuro de las pensiones, la precariedad del empleo, el hambre en el África (remito a los lectores de Mafalda, circa 1960), las enfermedades endémicas en el tercer mundo, la plaga de la droga dura (nada de bebidas o fumadas, aquí hablamos de vía endovenosa), el machismo, el papel de la mujer en el mundo laboral, el agujero de ozono que relacionábamos con los litros de laca que requerían los tupés salidos (recuperados más bien) de Sensación de vivir o Dirty Dancing, el elevado precio del petróleo, los nacionalismos teñidos de izquierda con la efigie del Ché y la estrella comunista (que poco habría de durar con la caída del muro de Berlín en los inicios del movimiento Grunge), los vaqueros rotos, las gargantillas de clavos, los ojos pintados de alheña, y el tabaco de liar que era más barato que el rubio contrabandeado de las costas galaicas… Nada de eso ha cambiado. La juventud es y será por siempre joven, despreocupada, comprometida con el mundo que descubre (y que lleva años sin cambiar pero que para ellos es novedoso) y con ella misma. Es un estado de la piel, tersa y rosada, y un estado mental. Aquellos padres y yo lo experimentamos esa noche y cada día de nuestra vida.

Mágico. A pesar de los problemas, de las relaciones más o menos maltrechas y del evidente desgaste del tiempo imperdonable, ese sentimiento, ese estado mental de ser por siempre joven pero experimentado, flotaba en el ambiente. Decir que los padres disfrutaron más que sus hijos es señalar una obviedad, salvo por algo distintivo: los mileniales se divierten a su manera pseudo virtual y nosotros, atados al cable del teléfono y al ritmo de una música que nos pareció única en su día y que ahora, vaya paradoja, es eterna.

¿Qué nos diferencia de la imagen icónica del salto generacional de nuestros padres y de nuestros abuelos? La conciencia de que la vida es siempre la misma, ese darnos cuenta que los conflictos humanos son siempre los mismos y lo que nos diferencia de esta nueva generación es que ahora afrontamos esas decepciones, esas ventajas y esas desesperanzas con el bagaje de la experiencia, con el conocimiento de que todo, pero todo sea lo que sea, siempre pasará. Y quedamos nosotros, saltando con el corazón desnudo, gritando a pleno pulmón, las canciones que un día nos prometían un futuro que ya es un eterno presente de pura realidad.

La historia de mi vida

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been, Música/ Music

Silencio. No encontraba de qué escribir. Hay períodos que pasan así entre paréntesis; cuando somos incapaces de ver más allá, se nos puede escapar lo más importante.

Y te vi.

La historia de mi vida comenzó contigo. Y sé que terminará cuando te vayas (si decides irte).

Y te vi. Y una sonrisa me llenó la cara y el corazón se me puso ancho y grande como sabana libre.

Eres el verso que me rima, la prosa que acaba mi pensamiento y se adelanta a mis sueños. Eres el prefacio y el epílogo, el resumen y la estructura, la música de mis vocales, el alma que me llena los labios y el sonido de la voz repleta de tu nombre.

Me encontraste perdido, sumido en un silencio parecido a unos puntos suspensivos. E hiciste un punto y aparte.

Cada capítulo empieza con tu nombre; cada página tiene dibujado tu corazón.

Decir que lo eres todo es quedarse corto, pues nada más te pertenece que todo mi ser. Te pediría que te quedaras junto a mí por siempre; que me mimaras y lucharas a mi lado contra mis debilidades. Te diría que gobernases mi vida e hicieras un revolución. Pero te dejo libre, pues eres ave de paso que se pasa por mi isla y la toma por entero. Morirías si te atase, perderías el brillo y la alegría y la frescura si te encadenase con favores a mi vida.

Eres libre de amarme. Y de dejarme.

Así la historia de mi vida comienza y termina contigo. Pues hay libros, hay artículos, hay premios y reconocimientos. Pero nada de eso supera el calor de tu abrazo, la sonrisa escondida en un mohín avergonzado, esa caricia tranquila que baja por la espalda y acaba en un beso. Así mi historia se entrelaza con la tuya, le da su esqueleto, le regala su verso. Y quería decírtelo incluso en esos momentos en los que parece que no tengo nada que decir.

Soy un libro fácil de leer pues sólo hay un verbo que conjuga tu nombre. En todos los tiempos, en todas las inflexiones.

La historia de mi vida es sencilla: empieza el día que me encontraste y terminará, si así lo deseas, el día que decidas irte. Sin dejar(me). Amando(me).

Todo empieza contigo; todo finaliza en ti. Cada palabra y cada acto, cada intención y cada emoción. Cada sentimiento, cada hora de cada día. Todo termina cuando cierras los ojos y duermes soñando(me), amando(me).

Así es la historia de mi vida. Que escribimos juntos y que vivimos juntos. Tú y yo. Llena de verdad, para siempre.

Luces en la noche

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

Me gusta trabajar en penumbra. Que la luz caiga caída sobre mí. Me molesta la iluminación cenital; me aturde y no me deja penar. En ese espacio semi iluminado, crecen las ideas, fluyen sin fronteras mi imaginación y parte de mi genio y me permite un instante de entera libertad conmigo mismo y con lo que me rodea. Desde el foco que entra por la ventana sin cortinas hasta la luz mortecina de la pantalla del ordenador, ese estado de leve concentración me lleva a ordenar ideas que hasta momentos antes navegaban inconexas en mi mente; me permite ver lo que antes era densa bruma y ahora un camino más o menos correcto por el que transita mi intuición, lo único valorable quizá de mí mismo en una profesión que profesa (nunca mejor dicho) un culto a lo automático, a lo congelado, suerte de religión con la que los científicos hemos trastocado nuestras esperanzas y deseos.

En este momento en que la negrura de la noche es tan precoz, en el que vemos cómo la luz del día merma hasta su ocaso más oscuro, vivir en un ambiente de penumbras apenas iluminado por pequeñas lucernas que nos guían sin hacer herida en nuestra mirada, es la esperanza suprema. No hay nada más hermoso que ver las luces que titilan en un Nacimiento o en un árbol de Navidad; en las calles adornadas, llenas de esa luz artificial llena de magia, de suerte que atrapan en su pequeñez toda la energía del universo, regalándonos esperanza en su chorrito de belleza, en su ligero espacio solar.

Las luces en la noche titilan para nosotros. Iluminan nuestro camino sin cegarnos; abrigan nuestras esperanzas y nos animan a seguir, confiando en el instinto y el conocimiento, para seguir cada paso más allá. Las luces de Navidad en la noche además elevan el espíritu con sus colores brillantes. Tiñen de alegría las tardes oscuras, la noche del invierno que llega; y esconden, en ese trampantojo tan suyo, el nacimiento lento de la luz del día, que empieza a propagarse como una buena noticia sobre cada rincón del orbe.

No en vano las religiones han señalado esta fecha como la apropiada para que el Hijo, la Esperanza, el Regenerador llegue al mundo en su misión de revolución pacífica, de la que seguimos tan alejados como de los límites de cada religión formal y esclavizante.

Las luces en la noche nos despejan las ideas. Nos permiten acercarnos al secreto eterno; nos señalan la vía más rápida para maridar instinto y pensamiento en un solo creativo; nos regalan la esperanza y la vigilancia justa sin cegarnos con la llaneza del pleno día, cuya brillantez nos abruma, ocultando lo que está desnudo y que perdemos. Las luces en la noche nos animan a vivir hacia adentro, practicando la labor de arado y siembra interna, de pastoreo humano. Nada hay más hermoso que la sombra sin sombra de las luces en la noche, que dibujan mohínes, que disfrazan sonrisas, que nos llevan, sin levitando, al centro de nuestro corazón.

Que la luz de la Navidad llegue certera al corazón y a la cabeza, uniendo en esa refracción las partículas y las ondas que nos conforman, sin perder jamás el rumbo de nuestro destino como mundo, razas e individuos.

Feliz Nochebuena.

Cuando no estás cerca

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

Camino a la vera del río. El viento de otoño atrae el frío temprano. Solo, rodeado de gente, me fijo en aquellos que van de la mano dando tumbos, reflejados en el agua, brillando sonrisas al abrigo de la noche. Y también en esos tres que ríen las risas de lo divertido, tan libres y banales como la mayor de las tonterías, y a la vez tan hermosos. Y aquella pareja ya mayor, uno con bastón y el otro apoyándose en el mundo que se va apagando, con una ternura que es necesidad y vida vivida a la vez.

   Y me pregunto qué hago aquí sin ti. Cuando no estás cerca todo parece más oscuro; las flores pierden su color y los árboles se pelan y caen las hojas sin gracia sobre la acera húmeda. El río lame sus orillas con desgana y se torna marrón y ácido, en vez de verde y vivaz cuando celebra nuestro amor, y el paseo reventado de gente a esta hora entre la oscuridad y el día se hace pesado, casi hiriente, callado como un secreto, huidizo como la verdad cruda.

   Y me pregunto porqué, cuando te echo de menos, vengo a vadear el río. Me recuerda a mi corazón cuando estás cerca, salvaje y henchido de vida, como el aliento que emerge de tu boca y la caricia graciosa que corre por la espalda. Sonrío con el recuerdo y también lo hace el río, que salpica simpático en su corto recorrido hacia el mar. Y sé la razón de este desvelo de tu ausencia, azul y frío, como el otoño que muere, como el invierno que llega. Me faltas y la vida se torna gris escondiéndose detrás del sol, y las risas nacen huecas y las intenciones se desvanecen antes de hacer un gesto. Y el río me recuerda que tu corazón y el mío están unidos, de alguna manera extraña, entre la masa de agua y de fuerza en movimiento, atrayéndose y alejándose como el oleaje, como la secreta marea que lo impulsa a llegar a la boca del delta.

   Cuando no estás cerca todo parece detenerse. El niño del vecino no crece, con su boca eternamente desdentada. Y el gato maúlla, y eso que es mudo como una estatua. Sus ojos amarillos me miran con interrogado detenimiento. Y no sé qué responderle. Porque cuando no estás cerca todo es un silencio concreto, masa granítica e imperfecta, llena de aristas que me arañan el corazón. Hasta siento que me hace sangre, oscura y sosa porque faltas tú.

   Y es algo a lo que ya no me acostumbro. Pues me he hecho a ti, a sentirte cerca, a saberte conmigo. Porque parece tu sonrisa una primavera fantástica, con todo de rebajas y nuevo, siempre perfecto. Cuando estás cerca toda esperanza es válida, todo juego, todo secreto. La boca abierta, el aliento de menta, el aroma del café recién colado, el rumor de la lavadora que tanto me gusta y el arrullo lejano del río que vive.

   El paseo nocturno está lleno de luces. Titilan por ti, en pleno homenaje; las hojas llegan a tus pies teñidas de rosa y de ocre y su mosaico alfombra tus pasos, enmudeciendo el eco de las suelas en las piedras, acechando el beso tranquilo, la caricia que aparta el pelo de tu rostro y acerca la boca y la nariz y los ojos al paraíso de un beso. Y no hay nadie, porque nos dejan solos, y el viento levanta nuestros abrigos haciéndonos reír y seguimos el camino del agua hasta el mar sereno, que recibe nuestro amor como un regalo único. Y vemos los candados atados al puente, como si al amor se le pudiera condenar a una prisión, y nos decimos qué suerte la nuestra, ser libres de amar.

   Pero cuando no estás cerca me gustaría atarte a ese puente, unirte a mi vida, para que no te alejaras jamás de mí. No soy el que soy si tú no estás cerca, perdido en la inmensidad sin salida, atrapado en un mundo que no comprendo, que pierde su brillo e incluso su alegría. Desesperanzado mientras espero a que vuelvas, me lanzo al paseo del río para recordar al menos esa palabra que nos dijimos, ese detalle escondido detrás de una solapa, las manos entrelazadas y algo más. Y a veces creo que lo consigo, pero en realidad me engaño a mí mismo.

   Y aunque llegara la primavera, sin ti cerca sería un otoño incompleto, esperando por ti mientras mi corazón se rompe poco a poco en pequeños pedazos, esperando la llegada de tu mano para unir las piezas dentro de tu abrazo acorazado.

   Pero sé que tienes que irte; sé que tu vida es tanto mía aquí como tuya allá. Y aunque sé que no soy toda tu vida, cuando estás cerca me lo creo, y hasta consigo soñar con la vida perfecta, el piso perfecto, el mundo perfecto, el amor perfecto que nos tenemos. Y es que me das toda esperanza, me regalas toda alegría, me enseñas que yo puedo ser un futuro imperfecto a tu lado, como siempre he soñado.

   Así que espero a que llegues, aquí, vadeando nuestro río, viendo a la gente pasar y sintiendo sus temores y sus alegrías y sus sueños y su frustraciones, tan parecidos a los míos… Y busco las estrellas que brillan bajo los focos, y el aliento del mar que llega escondido en las olas de viento, y siento que mi corazón se cura sólo un poco cuando pienso en ti, cuando sé que volverás a hacer de nuestra vida lo que merece ser.