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Mar de estrellas

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Me gustaría saber cómo ha ocurrido. Pero sólo sé que me ha pasado.

Estaba solo, mantenía un monólogo constante con mi interior, sin salir hacia afuera, sin dejar que el aire fresco corriera por mi sangre y la noche estrellada entrase en mi mente. No quería ver, o no me sentía capaz de ver, la belleza que habita en mi vida: mis ojos que todo lo perciben, mi piel que siente el más leve tacto, los labios que saborean el líquido más fresco.

No me consideraba digno de querer y mucho menos de ser amado. Hasta que llegó. Lo vi y era oscuro, las estrellas en la noche despejada lo bañaban con un brillo de aparición. No me dijo nada. Sólo sonreía, y era Orión con su cinturón presto, y era Venus ascendiendo en el atardecer, y El Cisne con sus alas desplegadas hasta tocar mi corazón. Todas las constelaciones anidaban en esa mirada serena y se desprendían del cielo a su boca y de su boca a mi pecho con una facilidad divina.

Y un vértigo me recorrió la espalda. De los pies a la cabeza y se instaló en mi boca, que sonreía enseñando todos los dientes de puro gozo. Y temblaba como un junco joven, porque joven me sentía entre esa mirada cómplice. No sabía qué sentía, pero las mareas de mi vida antigua, que me consideraban incapaz, y la ola potente de su presencia chocaban en mi interior haciéndome tambalear, pero llenándome a la vez de fuerza.

Y me abrazó.

Y como un adolescente me lancé a ese abrazo que escondió todo el mar de estrellas en ese calor suave, ese olor a madera y tabaco, en ese tacto de puro terciopelo…. Y dejé de censurar por fin a mi corazón. Habló, y lo hizo con palabras chiquitas, llenas de caricias, de desnudos sentimientos. No frené esa locura que nacía de mi corazón y me consumía. Entre su abrazo el mundo era maravilloso, en su tibieza había cariño, y en su cariño confianza, y en su confianza, un amor. Y sentí que en su abrazo mi carrera ciega se detenía, mis esfuerzos vanos, y que había llegado al hogar.

Estaba perdido hasta que el mar de estrellas iluminó mi vida, hasta que su abrazo me enseñó que no había fuerza suficiente, lucha suficiente, miedo suficiente que no pudiese diluirse en ese espacio pequeño que quedaba entre los dos.

Y me lo dije: Aquí está. Y se lo dije: Aquí estoy. Y él reía con el mar de estrellas en su mirada, con las constelaciones en las manos, con el corazón latiendo en sus labios…

Estaba perdido en una noche llena de estrellas hasta que llegó él, regalándomelas todas juntas sin pedir nada a cambio. Nada, salvo ser amado.

Me he enamorado. Y todo es nuevo y me da vértigo y no sé qué hacer. Salvo lanzarme a ese mar de estrellas y nadar entre las olas de su cuerpo y llenarme, y dejarle, y besarle y abrazarme y olvidarme y perderme y encontrarme de nuevo, entre sus brazos.

Así, lleno de felicidad.

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Por esas calles

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Camino. Las aceras cubiertas de hojas amarillas y rosadas. El sol de otoño cayendo suave por entre las ramas todavía vestidas. El rumor de una brisa suave y discretamente fría, procedente del río, adorna el paseo lento. Un pie tras de otro. La mirada asombrada por un paisaje que es nuevo todavía, que se extiende abierto y generoso a la tarde que corre. Pequeños jardincillos rodeados de puertas de hierro forjado, franqueado por jardineras repletas de flores y de calabazas, con ese tono naranja apagado, como el sol de las cuatro de la tarde, que da pie a la llegada de la noche.

Por la Calle Charles camino. Algunas tiendas abiertas, la lavandería donde dos orientales saludan con reverencias a los clientes y en donde por un dólar se lava la ropa, con otro dólar se seca y por cinco se plancha. Del local sale un hombre con camisa ajustada y cara de prisa y un paquete de camisas recién almidonadas, arrejuntadas en una bolsa transparente, un mar blanco que recorta el cielo de su pantalón gris. En al esquina con la Calle Beacon, el ultramarinos De Lucca abre sus puertas y sus manjares a la vista y al paladar. Me siento más europeo cuando deambulo por sus pasillos repletos de productos españoles e italianos, franceses y alemanes; el aroma mezclado del jamón y del queso, de las grosellas y las manzanas de Pennsylvania.

Estoy en otro mundo. El río Charles remonta a mi lado surcado por catamaranes y piraguas. Al otro lado del río se vislumbra Cambridge; a mi vera, cientos de personas saltan corriendo los obstáculos de las aceras llenos de la obsesión y de las endorfinas del deporte. Aspiro el aroma del río, de las hojas a medio caer, de las flores que todavía persisten al frescor de la noche. Y llego a Boston Common, ese inmenso parque que parece latir efervescente y único. Sin embargo cruzo hacia la otra acera de la Calle Charles, llena de anticuarios e historia de Nueva Inglaterra, y entro en el enrejado Public Garden, su aire decimonónico, su estanque surcado por barcas con forma de cisne, sus sauces y pinos con ramas colgantes y melancólicas me recuerdan sin querer a mi hogar. Me gusta la ausencia de corredores sudorosos y la presencia de artistas tranquilos, que intentan captar con reto moderno ese espíritu que se ha escapado del tiempo y permanece congelado, eterno y verde.

Salgo de sus límites enrejados y, tras atravesar la Calle Arlington, con sus hoteles de lujo que parecen llegar hasta la Calle Washington, me adentro con gusto en el universo de casonas elegantes, neogóticas en su mayoría (es decir, con poca historia) de la Calle Newbury, y me detengo en la esquina con la Calle Berkely, donde un ruiseñor a veces canta sobre el ruido de una ciudad que es, sin embargo, muy tranquila. Lejos de sentir atracción por las tiendas de alta moda y de juguetes electrónicos que pueblan los bajos de las viviendas, mi espíritu se detiene en una iglesia metodista de donde escapan cantos suaves. Entro en ella y la arquitectura repetitiva, la ausencia de adornos salvo vitrales de colores, envuelven con el canto una atmósfera de paz y de ausencias. Dejándolo atrás, el sol todavía brilla con esa suavidad dorada de las cinco de la tarde. Enfilo por la Calle Boylston hasta Colpley Place, amplio y despoblado, un cuadrilátero en donde se aposenta un mercado itinerante, la hermosa Biblioteca Pública y un grupo de centros comerciales diseñado con arterias que atraviesan rascacielos, llenos de lo mejor y lo más nimio, donde dejar frustraciones, dólares y recuerdos.

Por esas calles paseo solo. Recorro diariamente unos cuantos kilómetros. Si es de mañana, enfilo hacia el mar, atravesando la ciudad vieja, el ayuntamiento más feo que se pudiera imaginar en forma de pirámide truncada al revés, para llegar, bajando una interminable serie de escaleras (que después tocará subir) a los mercados que se abocan al puerto: Faneuil Hall se abre en con esa mezcla de espacios amplios y cerrados del Quincy Market, donde encontrar desde árboles de navidad a langostas de Maine; más allá, caminando hacia el mar, el puerto se extiende con su inmensidad azul y gris, y el Acuario, con su escalera de caracol y un tanque gigante en donde moran desde tiburones hasta peces de colores y enigmáticas medusas con sus colores nocturnos y fosforescentes, hablando al alma con ese movimiento gelatinoso y constante como el latido de un corazón. Ya fuera, la posibilidad de avistar ballenas está a unos dólares de distancia, pero no hay quien me distraiga de lo que piensa mi corazón. Intento distraerme por esas calles, y asciendo sin problema por el Distrito Financiero, encontrando una pequeña torre en medio de rascacielos indecentes, el primer banco de Norteamérica, el primer cementerio ilustre, el primer grito de independencia. Y el espíritu de una ciudad viva parece que aligera la carga de melancolía y regala sonido a un mar de silencio que me envuelve.

Nadie me conoce. Camino por las calles de una ciudad que me ignora. O, mejor, cuyos habitantes desconocen mi presencia. Yo los veo, con sus cafés en vaso de polietileno, sus prisas para ir no sé adónde; y a veces con una sonrisa amable, yendo y viniendo por las calles sonoras. No me animo a comprar un token y montarme en el T; creo que hay mucha belleza que ver todavía en el exterior para adentrarme en las inmundicias de un mundo donde no se ve el sol.

Dicen que en Boston llueve, mas el otoño es generoso en colores rosados y castaños y en un viento suave; además, la humedad sólo me recuerda a casa, lo que podría aumentar más mi melancolía. No emito ni una palabra. Si no fuera por mi pensamiento constante, creo que olvidaría pronunciar mi idioma. Giro entonces hacia Borders y entro en su amplio hall. En él, un mostrador cobra las revistas, otro los cafés, una escalera mecánica lleva al primer piso donde, perfectamente ubicados por géneros, la literatura actual se mezcla con la clásica en un batiburrillo de ediciones de bolsillos, tapa dura y cuentos infantiles. Me gusta su aire tranquilo, lleno del susurro de los lectores acomodados en sillones enormes, sorbiendo café o una infusión humeante, o simplemente viendo la vida pasar. Entre sus paredes, como ocurre en cualquier librería, me distraigo hasta olvidar mis penas, pues mis desaires siempre me parecen menores que los descritos por García Márquez, Byron o Tolstoi. En un arrebato, escojo un par de libros en edición rústica de un moderno autor local, loco y chillón y de género minoritario, que descubriré más tarde que me gusta mucho, y releo entre los estantes pasajes de Yourcenar y de Allende, cuyas reflexiones alocadas parecen atemperar la mezcla de sensaciones que me asaltan al caminar por esas calles que me desconocen.

La Calle Washington me lleva a Macy’s, y recuerdo que una vez había allí una tienda por departamentos que se llamaba Jordan Marsh. En una de sus entradas hay una placa que lo recuerda, y en esa entrada tropecé un día con Bon Jovi y otro con David Bowie e Imán, rubio y extraño, bella y enigmática, y con la palidez exquisita de una Nicole Kidman que olía a Chanel Número 5. No era Nueva York, pero parecía la meca de las celebridades. Ralph Lauren con su pelo de plata, y un incipiente Michael Kors cuyos diseños comenzaban a ganar adeptos. Aún Marc Jacobs no se había puesto guapo y en las calles todavía vendían grandes joyas a precio de saldo, europeo, vamos.

Por esas calles no hablaba. No hablaba en mi lengua. Y me sentía aislado y muy solo. Una promesa hecha por el dueño de mi corazón no llegaba nunca, ni llegaría, y los días dorados se transformaban en noches oscuras, con estrellas enormes como ciruelas pendientes de las ramas de La Esplanada, donde también iba a rumiar mis sentimientos mientras tocaba con los dedos el agua dulce del río Charles, que pronto sería una plataforma de hielo.

Lo extrañaba porque lo amaba. Y por esas calles recuerdo cada conversación tranquila, cada caricia que no le di, cada suspiro que arrancaba de mi corazón. Podía gritar su nombre, podría distraerme cada día en el cine Lowes de la Calle Tremont, con ese aspecto acristalado, brillante y falsamente lujoso, de casi mal gusto, donde el aroma de salchichas a la plancha y mostaza se mezclaba con el de palomitas de caramelo, parejas cogidas de la mano y niños correteando sin sentido. Podía soñar con él e incluso olvidarlo, mientras veía una y otra vez a Johnny Deep con su acento escocés o a los bellos Céline y Jessy buscar el pasado de aquel que una vez se fue.

Eso es lo que hago yo por esas calles con él.

Pero todo pasa. La melancolía y la tristeza; también la alegría y el hechizo de la novedad. Y la ridícula soledad silenciosa. Por esas calles de Boston fui feliz a mi manera, pero también muy desgraciado. Adelgacé, me puse hasta guapo, morado a tortitas de los Diners cercanos a mi casa y bebiendo galones leche entera, la mejor del mundo, y bizcochos de mantequilla a siete dólares la libra; cenando bocadillos de jamón precortado y pan de molde con sabor a semillas de olvido; una manzana roja y brillante, como la de Blancanieves, cuyo hechizo sólo me devolvía a soñar con un amor imposible, y cereales crujientes con uvas pasas cada mañana puntual, a las cinco, en el que me arrojaba a esas calles que fueron un hogar atípico, pero del que ya ven que recuerdo con gran detalle, cuando el amor me dejó y comencé a ser infeliz.

Todo vuelve. Hasta el amor que creemos olvidar. Dos meses después toqué el timbre de su piso y una voz me habló: no era la suya. Me disculpé, número equivocado. Llamé de nuevo y la misma voz, que no era la suya, volvió a hablarme. Ya acostumbrado a un lenguaje extranjero, me salieron las palabras con un acento de Nueva Inglaterra. Rectificando, le dije que si él vivía todavía allí, traía un paquete a su nombre. En realidad en mis manos llevaba dos bolsas enormes con regalos de mi corazón. La voz, sonriente, me abrió para que pasara. No me dejó que subiera. Tampoco lo hubiese soportado. Salió a mi encuentro con una melena morena recién lavada, y el contoneo divino de una cadera de ensueño. Y lo comprendí todo. Me sentí pequeño, enjuto, arrugado como la hoja más pobre de un otoño húmedo. Y hasta tonto por parecer una especie de muñeco de navidad cargado con presentes equivocados. La chica vio el tamaño de las bolsas y a punto estuvo de pedirme que la ayudara a subirlas. Pero lo pensó mejor y decidió llamarlo a él para que se encargase de ellas. Palidecí o enmudecí; ella mi miró raro. Le dije en un perfecto inglés que debía irme y ella fingió entenderme. Estaba tan desencajado que olvidé mi propio idioma. Mejor dicho: recordé el idioma de mi vida, miserable y solo. Me despedí con cara de imbécil haciéndole creer que apenas la entendía. Ella me creyó o hizo como si creyese. Me sonrió y me enseñó la puerta, harto evidente al estar yo apoyado en ella. Y huí de allí, con las prisas de unos pies alados y un corazón roto.

Y vago por esas calles de una ciudad que me conoce muy bien pero que se hace la ciega. Y divago con el corazón en añicos sin poder emitir ni una palabra. Boston está ya lejos; donde me sentía miserable y solo. Hube abrigado una vana esperanza. Las calles de mi ciudad ahora mismo parecen más hostiles, más mudas, más llenas de esa extraña melancolía que nos deja en el alma el recuerdo de aquel que se fue.

Y él se ha ido sin decirme nada.

Por esas calles la vida sigue como si nada. Y deseo volver a Boston otra vez, donde el anonimato era duro pero preferible, y donde no podré encontrarme con él y mi corazón roto nunca más.

Jamás estamos conformes con nada cuando no tenemos felicidad.

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Elsa y el mar: juego de niños.

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¿Realmente un cuento de niños es para niños? Siempre me lo he preguntado. Desde luego, remontándonos a los ascendentes más famosos: los hermanos Grimm por un lado, Hans Christian Andersen por otro (sin olvidarnos de Charles Perrault, por supuesto, y de la tradición tan vieja como el hombre de contar historias y legarlas a las generaciones por venir), los llamados cuentos infantiles no son para niños, son mensajes cifrados que esconden verdades como puños, morales y físicas, sobre lo que hay de escondido en el ser humano, de débil y de valor; parábolas creadas para legar enseñanzas profundas, conocimiento propio y profano, único e insondable.

Yo me acerco a los niños sin hacerlos sentir tontos. Lejos de emplear con ellos la memez a la que los tienen sometidos en la actualidad, pero tampoco sin imponer una estructura de actuación de un adulto (cuya promesa despunta), establezco con ellos un lazo de paridad. No es que yo me haga un niño cediéndoles a ellos poderes pluripotenciales (es decir, como está estructurado actualmente el núcleo familiar moderno); encontrando un terreno común en el que nos entendamos como personas que somos, con nuestras diferencias (por lo pronto y meramente físicas, de más de 190 centímetros de diferencia) y nuestros puntos de encuentro, donde la realidad la explico y me la explican con toda singularidad y toda riqueza. Por eso me llevo bien con ellos: me gustan cómo piensan, cuando no son poseídos por arrebatos egoístas (incluyéndome yo en la ecuación); no los deifico, algo que me causa terror (y a ellos seguro que también); sólo nos sentamos en ese terreno común con sus reglas establecidas por la fluidez del contacto, y nos disponemos a jugar ese juego de niños que es la relación interpersonal entre seres humanos.

Transmitir eso a un cuento infantil no debe ser nada fácil.

Màxim Huerta ha publicado, en conjunto con María Cabañas en las ilustraciones y gracias a Frida Ediciones, una pequeña historia dedicada (supuestamente) al público infantil. Lo es en su núcleo de promesa, en esa perpetua senda de esconder en pocas páginas la belleza y la aridez del mundo, el presente continuo (un niño no tiene pasado ni futuro; lo desea, no lo intuye; lo sabemos, no lo deseamos), esas alegrías enormes y esas decepciones brutales y pasajeras que pintan la niñez y aun la definen, la eternizan. Elsa y el mar es un pequeño poema a esa esperanza, a esa constante lección de la vida; es un querer plasmar, dentro de la eternidad de las cosas que fluyen, ese instante en el que nos damos cuenta (nos damos cuenta) que la vida es un perpetuo recorrer, un juego de permanencias inconstantes, una revelación inacabable. Y es a la vez un regalo y una pequeña promesa, una pequeña joya de sencillez, de sensación y de festejo.

Ignoro si es más fácil escribir ficción para adultos, o si todo lo que creamos es, en el fondo, un sempiterno canto para nosotros mismos. Pero lo que sí sé es que no es sencillo abocarnos al campo infantil sin entrar en campos trillados, sin caer en errores mundanos. Màxim Huerta lo logra con creces y deja para la posteridad de su propia vida, y de quienes la integran, la eternidad encerrada en un pequeño relato que exuda frescor y alegría, pero también (como todo en su línea creativa) cierta melancólica certeza, el reflejo de que siempre hay algo más de inasible, de insondable y secreto que jamás podremos conocer por completo y que puede llegar a herirnos, aunque sea de forma somera, quizá para siempre.

Una advertencia, un descubrimiento, un fluir constante. Elsa y el mar es un juego de niños lleno de vida, es decir, de lecciones por aprender.

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When Breath Becomes Air: intensa mortalidad.

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Paul Kalanithi siempre estuvo interesado en la Muerte. O en la Mortalidad más bien. Y por tanto en la Vida, en ese lugar indeterminado en el que el cerebro se hace mente y la mente  se une a lo que podemos llamar alma y hace emerger ese chispazo por siempre asombroso que es la Consciencia.

La consciencia, con su rango de frágil inmortalidad, necesita del lenguaje para comunicarse, para saberse viva, útil: ya sea el tacto, los signos, el sonido, las palabras. De sí misma debe llegar a otro individuo con las mismas capacidades para captar sus mensajes, aprehender sus significados y expresar sus reacciones, en ese circuito de ida y vuelta que llamamos relaciones humanas.

Paul Kalanithi sabía que el Lenguaje era la llave, pero la mente, y el cerebro como receptor y base orgánica de ese milagro diario, eran la cerradura que podría explicar, desentrañando su funcionamiento, reparando sus errores, ese misterio insondable que unía la vida y la muerte de una persona, el hecho de ser una persona, en nuestra realidad.

 When Breath Becomes Air es el relato de ese viaje personal que lo llevó, de una licenciatura en Inglés a culminar una brillante carrera formativa como neurocirujano. Es la descripción directa y profunda, tierna y única de sus dudas, sus errores, sus aciertos, su ego, su ascenso y su nadir, el arco de una vida joven que lo obtuvo casi todo con mucho esfuerzo y merecimiento, pero que casi no llegó a saborear nada: nada de lo que él creía desear, aunque realmente alcanzó el Todo: la libertad y, más incluso, la inmortalidad.

Escrito con un lenguaje casi poético, no hay nada inútil en este libro de memorias. Cada una de sus reflexiones, inspiradas por el momento de su vida, iluminan y ocultan la evolución de un ser que piensa y que siente, que se deja de lado, que se toma en serio, que ama lo que hace, que sueña en lo que hará y lo que ha dejado atrás, y encuentra un hilo común que conecta al chiquillo que una vez contempló la posibilidad de dedicarse a la religión y que finalmente alcanzó su plenitud siendo médico, una forma de servicio único, y un escritor suave, profundo, maravilloso.

No tuvo mucho tiempo para escribirlo: este viaje desde un diagnóstico fatídico (padecía cáncer de pulmón terminal a sus treinta y pocos años) a la liberación que la enfermedad le regala, quedó inconcluso. Su mujer, también médico, terminó de escribir las últimas páginas siguiendo el aliento de su respiración, regalándonos sus últimos días, sus actos, su serenidad, su entrega infinita y su generosidad únicas. Dos médicos hablando sobre la Vida y la Muerte, sobre los sufrimientos y los regalos de la Enfermedad, desde el Conocimiento, desde esa rara dualidad que realmente pocos podemos entender, pero con una facilidad de comunicación, una desnuda sinceridad, que desarma y seduce: cada página de When Breath Becomes Air es un canto a la belleza de vivir, una poesía sobre nacer y morir, sobre los sueños y las realidades, los errores, los aciertos, y las pequeñas alegrías que conforman la vida pequeña, la gran Vida que se abre en cada ser humano y que se cierra con su muerte.

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Es un neurocirujano quien escribe; digamos (y no es el primer ejemplo) que se piensa el pináculo de la Medicina. Paul Kanalithi se equivoca: todos los cirujanos piensan lo mismo. Y no pocos médicos. Nosotros, los Intensivistas, también. En contra de lo que su relato semeja, todos nos necesitamos, y todos hacemos una labor en conjunto para llevar a buen puerto ese deseo de ayudar, de cuidar, de servir de la mejor forma posible, siendo los capitanes del barco, los generales en jefe, los últimos responsables de cada uno de los actos en los que intervenimos. Y sí, cada fracaso es una herida profunda, un pequeño fin de mundo; cada éxito nos acerca, por tiempo breve, a ese éxtasis remoto que apenas gozamos con el sexo, con la belleza pasajera, con un día de sol.

Y sin embargo, es en la segunda parte del libro donde el corazón se desborda. Donde notamos el apremio por hacerse entender, donde vivimos ese viaje interminable hacia el centro de sí mismo: aceptación, desesperación, rabia, entrega, planificación, resistencia, determinación y finalmente, por encima de todo, la liberación que trae consigo el mayor ejemplo de todos, la lección única, la última posta, el destino final: la aceptación de lo que debe ser, y por tanto, la leve alegría que nos da la libertad: aceptar la muerte como un estado más de la vida, saber que las cosas, así como han sido son perfectas, porque perfecto es aquel que vive ese viaje último, ese postrer intento por ser infinito y sin tacha.

Es un libro sobre Medicina, sobre lo que significa ser médico. Pero por sobre todo es el relato de un ser humano que alcanza la perfección cuando abraza la aceptación, cuando deja de luchar y se une al flujo de la vida; que fluye por sus venas como sangre; que fluye por su mente como días de un calendario; que fluye por sus hechos descubriendo lo meta-humano, lo único, lo inalcanzable: la perfección anhelada, la desnudez del ser, la paz eterna, el descanso real.

Siendo un médico como él, teniendo intereses similares, inclinaciones parecidas, viviendo una religión propia que no es más que un reflejo de la búsqueda incesante de la percepción; habiendo estado enfermo, luchado contra esa situación, y finalmente aceptado su existencia, When Breath Becomes Air es un reflejo de mí mismo, es una trocito de mí, la refracción de una verdad que es múltiple, ella misma y mil verdades a la vez. On the Move de Oliver Sacks, cuya filosofía es similar, nos ayuda a comprender el ansia de Paul Kalanithi; y cada uno de los enfermos con una enfermedad crónica, con una enfermedad terminal, completan ese rayo de luz refractada que llamamos Vida. Todas las experiencias son válidas, todas son reales, pues todas provienen de la misma fuente (ese milagro que se da entre cerebro y mente, entre mente y espíritu) y todas desembocan en el mismo mar, haciéndonos iguales como seres humanos, y por tanto, eternos en nuestra intensa mortalidad.

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España: Centro del Mundo 1519-1682

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Hay algo subversivo en el alma española. No conoce su Historia. Esa ignorancia le da vergüenza y le condena, como por lo demás todos los países, a caer una y otra vez en los mismos errores. Robert Goodwin, británico (para variar) lo describe maravillosamente bien en su libro España: Centro del Mundo 1519-1682, de la editorial La Esfera de los Libros.

España no se ha recobrado de ese espíritu barroco del Desengaño: ningún pueblo ha retratado jamás en sí mismo la pasión hacia la grandeza y la eternidad, y al mismo tiempo su extrañeza y su penar al descubrir que nada de eso es posible, salvo la destrucción absoluta y la carnaza de unos valores que por firmes, no dejan de ser del todo imperfectos y perecederos.

España ignora su importancia, porque los siglos que sucedieron a esa explosión planetaria (incluso cósmica) que la catapultó a los más alto del Renacimiento como potencia motora, y al Barroco como potencia artística, de desestabilización, de desencuentro consigo misma y de desencanto, han perdurado más que los brillos ya algo mohosos de una grandeza que prometía durar una eternidad.

España ignora que nada es para siempre. Y se niega a seguir viendo que todos los grandes imperios en realidad duraron lo mismo que el suyo: un siglo, con resonancias más o menos lejanas en los tiempos venideros. Por ser el primero, por ser en realidad el más poderoso, el más unificador dentro de una diversidad demasiado intensa; por eclosionar en el encuentro de mundos desconocidos; la conquista, la mezcla (¿qué otro imperio del mundo ha llevado su sangre, su fe, sus costumbres, al grado de mestizaje del español?) y el resquemor, el Imperio español, el verdaderamente planetario, ha sido denostado, vilipendiado y engañado a lo largo de los siglos por conveniencia ajena y por connivencia propia con graves consecuencias para un país que lo tiene todo: lo bueno y lo malo a flor de piel, y que sabe interpretar a través de la cultura, la belleza y la religiosidad (tenga el sesgo que tenga) esa grandeza, ese mestizaje, ese saber ocupar un lugar en el mundo y esa riqueza que representa una tierra fértil, un sol secular, un mar bendecido por la Naturaleza y un clima recio, con cielos hermosos, llenos de contrastes, y un corazón que late, a sangre y fuego, por encontrar ese pedacito de paz que le ha sido negado siempre.

Robert Goodwin ha escrito el libro que España necesitaba. En sus hojas jamás hay una excusa, jamás un juicio. A mi parecer es el primer historiador que no juzga con los ojos del Siglo XXI lo que era el mundo que va de finales del S. XV al S. XVII. No hay en toda esa erudición presentada como una novela agradable y llena de giros, con una estructura en círculos concéntricos maravillosa, una línea disonante, un dato que no encaje, la mera insinuación de un error; jamás una comparación odiosa, jamás un comentario hiriente; y siempre una admiración profunda y verdadera sobre la grandeza de un pueblo que creyó con pasión en un sueño de riquezas y poder (y que lo obtuvo) pero que ignoraba, hasta que se dio cuenta dando lugar a ese esplendor único llamado Barroco, que nada en la vida es para siempre y que todo tiene un precio: querer vivir en la ignorancia apartando la vista hacia otro lado, y reconocer en lo más profundo esos errores y juzgarse duramente por ello y enmendarse, rodeándose de pobreza y minimizándose hasta el extremo de querer desaparecer de la esfera mundial, al no considerarse digno de haber alcanzado tamaña empresa y, todavía más, de permanecer en ella hasta que se apagase el sol.

Todo en el libro de Robert Goodwin es maravilloso. Todo. La estructura con que está escrito, el lenguaje ameno, vibrante, incisivo, lleno de una profundidad intelectual que desarma, que no juzga, que saca a la luz las tripas de una forma de ser, el alma de un sueño de vida y su reflejo en las labores humanas; de un pueblo que se volvió grande de repente, que supo serlo y que cayó, pensándose pronto, víctima de errores que ha considerado siempre como propios pero que son connaturales con la naturaleza humana: Robert Goodwin nos demuestra que el Imperio español fue el centro del mundo, pero que sus errores fueron y han sido, en realidad, casi universales.

Antes del Imperio Español fue el Imperio Azteca, el Imperio Inca y Roma, y antes de Roma, Macedonia, y antes de Macedonia, Persia, y antes de Persia, Egipto y Babilonia, hasta pensar en Dalamacia y la oscura Atlántida, por resumir en unos trazos docenas de miles de años de historia humana. Todos ellos han perdurado en la memoria histórica; cómo no iba a hacerlo el primer Imperio verdaderamente mundial, cuyo orbe manejaba dos manos pálidas como si fuese una pelota de hojalata. Pero, como ocurre con las obras de Arte que el tiempo cubre de impurezas y de sombras impuestas, la historia de ese momento único en el mundo, porque fue único (jamás volvió a ver algo igual, todos los que le sucedieron no fueron más que copias basadas en su ejemplo), se vio modificada por intereses contrapuestos, por exposiciones cegadoras, por oportunos ocultamientos, es decir, por conveniencias banales, que sólo ahora, después de esta experiencia cargada de muertes y de cambio inmediato y constante, consiguen desvelarse y mostrar su esplendor, porque son hermosas en su conjunto de brillantez y oscuridad, libres por fin de intereses creados o de falsas creencias que a nada llevan.

He leído unos cuantos ensayos sesudos sobre este inmenso período hispano. Eran demasiado densos, demasiado concentrados en el detalle, pero por encima de todo, juzgaban una y otra vez cada uno de los recovecos de la historia que contaban. Si de Alejandro Magno se dice que no hay que juzgarlo sino con los ojos de su tiempo, ese principio de imparcialidad debería imperar (y de hecho, ocurre en todos los países menos en la todavía pía -por irracionalmente adherida a una culpa externa- España) en la historia hispana, pero no lo había encontrado hasta hoy. España, Centro del Mundo 1519-1682 es la joya que tanto anhelaba leer, la descripción magistral de política, cultura, costumbres y enfoque que debería tener todo historiador. Es, quizá, la primera obra moderna de historia, escrita para ser leída con facilidad sin legajos abstrusos, y llena de amor por lo que quiere mostrar, desplegando la historia de los Austrias hispánicos como un hermoso bordado en el que se plasma, a modo de Tiziano, de El Bosco, a modo de El Greco, a modo de Zurbarán y de Velázquez y de Murillo, los verdaderos colores de un imperio donde no se ponía el sol, en donde nació la Banca moderna, las costumbres que pasarían a imperar en el mundo desde entonces (apenas modificadas por el paso del tiempo), donde el estudio sobre el hombre, los derechos de los demás, la preocupación por reglar un mundo informe, el ansia, el lucro, la avidez y la piedad jugaron un papel único y dieron vida a un momento singular de la historia humana. Ese momento mágico en el que el mundo se hizo planeta ha llegado hasta nosotros a través de las costumbres, de internet, del cine, del teatro, de la literatura, de la tecnología y de los viajes eternos por mar, tierra y cielo. Robert Goodwin nos demuestra, en este fresco maravilloso, que no somos más diferentes de lo que eran esos españoles imperiales y que apenas hemos cambiado en las formas pero no en el fondo: la codicia, la imparcialidad, el ansia de posesión, pero también la piedad, el sueño de igualdad y de concordia y la preocupación por los que sufren, los desheredados y al ampulosidad de un capitalismo que nunca nos ha abandonado desde entonces… No hay mal en ningún país del mundo que España no mostrase en ese siglo único, ni ningún imperio que haya durado más que el inmenso plantea hispano; eso sí, nadie ha vivido ese surgimiento y esa pérdida con más pasión y más desconcierto que España, a la que aún hacen temblar los ecos que sobreviven en su inseguridad (en su falta de conocimiento sobre su Historia).

Francia siguió a España; Inglaterra, una vez lavada su cara de ínsula pirata, alumbró el albor del S. XX… La pérdida del rango de imperio fue distinta en cada país: en Francia, a grito de Igualdad, Libertad y Fraternidad (conceptos que ya manejaban los eruditos de Salamanca, como bien deja claro Goodwin en este volumen, así que ni siquiera los Derechos Humanos nacieron en el suelo francés -Estados Unidos se había adelantado en cuanto a libertad y soberanía popular, pues cabe recordar aquí que el sanguinario paso de una Monarquía a una escueta dictadura y posteriormente al imperio de las armas napoleónicas, dejó tras de sí un reguero de sangre propia de un pueblo corto de luces y ansioso de venganzas que no se vio en el nacimiento de la nación norteamericana, al menos en sus comienzos, claro-) con la efímera y sangrienta Revolución Francesa; en Inglaterra, gracias al ruido irreverente de las guerras del S. XX, apenas si pasó desapercibido, maquillado por la máquina de propaganda y cultura que aún imperan (nunca mejor dicho) en nuestros días: ese espíritu insular, y ese asco por lo distinto, siguen tan vivos hoy como en el S. XVI: el Brexit es el mejor ejemplo de las raíces reales de un pueblo que ha cambiado apenas nada y que sobrevive con la añoranza de un imperio que apenas duró un siglo y que se desvaneció en la nada, salvo quizá en la enjoyada cabeza coronada de una Reina-símbolo-objeto, que todavía perdura gracias a una longevidad oculta en sus genes regios… En fin, como dice el dicho: en todas partes cuecen habas.

Ojalá España deje por fin ese sentimiento de inferioridad nacido de su desconocimiento, de su falta de discernimiento, de ese marcha por el desierto del desconcierto y la pequeñez. Su grandeza, que todos los demás captamos y admiramos, y que late en su Arte, en las líneas de sus novelas y poemas, en el pensamiento de sus filósofos, en las pinceladas de sus pintores, en el arrebato de sus paisajes y su gastronomía, en la belleza de sus ciudades, en el saber vivir de una raza antigua que merece disfrutar de su lugar magnífico en la Historia,  y en el día a día.

Robert Goodwin muestra ese fresco, retrata esa belleza y esa podredumbre, ese saber estar y esa inestabilidad tejiendo la vida de sus principales actores, mezclando temperamentos y biografías, y mostrando, con una acerada visión del arte escrito y pictórico y escultórico y arquitectónico, los ecos del corazón de un pueblo y de un tiempo único en el mundo sin prejuicios, sin ahorrase sombras y sobre todo, por encima de todo, y en eso reside la grandeza de este ensayo, repleto de libertad y respeto y amor por España y su lugar mundial, su verdadero legado planetario, y su peso específico de olores, sabores y tactos, convirtiendo un libro sobre historia en un tratado sobre filosofía de vida y sobre arte y humanidad.

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