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Varados en Río: sinuosa saudade.

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En general, me fío poco de los críticos literarios. De todo crítico, en realidad. Poder juzgar cualquier ejercicio, una obra de arte incluso, debe ser dificilísimo, casi imposible de alcanzar con justa equidad: bien nos pueden gustos, bien querencias o enemistades, cuando no errores de apreciación o deslices de orgullo. En general, suelo tener opiniones contrarias al crítico: tiende a agradarme lo que esta figura ignora; me aburre hasta el sopor lo que (sobre)valora.

Hace una semana, releyendo un semanario cultural  (dícese de un facsímil donde se recogen opiniones eruditas sobre temas muy ligados a lo que llamamos Cultura, escrito por y para entendidos, según creencia popular), caí en el nombre de un escritor, y su obra recién publicada, de los que no tenía noticia. No es nueva en este blog la afirmación (por lo demás verídica) de mi completa ignorancia por las novedades. El contacto que tengo con la producción literaria actual es tangencial, llevado por el impulso y también por la curiosidad. La literatura contemporánea (llamémosla así) está anémica, carece de cuerpo, fluidez, profundidad y riesgo. Parte de ello se debe sin duda a la falta de compromiso de las editoras, y parte a que el gusto popular, habituado a lo visual y de digestión rápida, no sabe o no quiere enfrentarse a letras que requieran una atención más aguzada, una compenetración más íntima entre el relato y el sí mismo que lee, y teme adentrarse en aguas cuyas mareas profundas puedan turbar la aparente calma de la que gozamos como sociedad moderna. Quién sabe.

Hace una semana, pues, tropecé con este nombre: Javier Montes, y con su nueva obra: Varados en Río. Y me llamó la atención lo que de él describía la crítica, esa consistencia que sonaba extemporánea y que anunciaba como nueva forma de escribir literatura. Y me pudo la curiosidad. Tanto, que me lancé a buscar este ensayo y el resto de sus obras sin haber leído ni una línea, sin averiguar en Google nada sobre él, sin buscar textos sueltos, críticas varias, reportajes en los distintos medios con los que habitualmente colabora. Digamos que casi fue un auto de fe. Y me alegra haber seguido esta corazonada.

Varados en Río es un ensayo novelado sobre el exilio, impuesto o no; sobre el extrañamiento, la diferencia, las coincidencias, las casualidades, los sentidos y sentimientos de la vida vivida; la realidad comparada con lo anhelado o soñado o rememorado (que viene a ser lo mismo); la Literatura con mayúsculas, la vida en minúsculas, y ese hechizo embriagador que lleva a una persona a dedicarse a la escritura, a sacrificarse a sí misma y a los demás, y el alto precio que pagamos siempre, siempre, por el amor (a los otros tanto como a nosotros mismos), por el deseo y los sueños que, revelados, se hunden con él.

Javier Montes es un hombre teñido de Literatura. Iba a escribir: demasiado teñido, pero a saber quién es capaz de graduar las consecuencias que el arte escrito puede sembrar en el espíritu de un hombre. Y qué gusto que así sea. Es una especie en extinción, una clase de gente que ya no se deja ver, o no tan a cara descubierta, y que extrañaba mucho más de lo que yo mismo pensaba. Qué gusto leer cada oración, cada párrafo; entrar en la magia de una intención escondida, en el entramado de una pluma atractiva. Varados en Río es un libro de un gran conocimiento biográfico, amén basado en una investigación que ha debido ser exhaustiva pero llevada con un agrado apasionado, escrito con una maravillosa visión de conjunto y enlazado con una cualidad que creía casi perdida: con alma.

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Cuatro vidas, cinco con la del autor, cuyo eje central es la Literatura, el Exilio y Río de Janeiro; el baile de máscaras entre lo anhelado y lo poseído, lo recordado y lo vivido en realidad; lo inventado también y lo callado; las alegrías, el extrañamiento, la tristeza y el viaje de ida y vuelta, real e imaginado, que condiciona vidas y destinos: las de Stefan Zweig, Elizabeth Bishop, Manuel Puig y Rosa Chacel navegan entre las aguas nunca quietas de este ensayo-novela, mezcla de investigación extensa y confesión profunda que imbrica sus destinos con los del autor; sus sentimientos también y sus frustraciones. Río de Janeiro es aquí la América-continente, el Shangri-La, la Tierra Prometida, pero sobre todo el Edén, al que se ha sido invitado pero del que se termina siendo expulsado simplemente por seguir con vida, y muchas veces a costa de la vida de los demás.

Todo es hermoso en este ensayo-relato: su erudición, su plasticidad, su casi dulzura al derramar confesiones hechas para ser bisbiseadas y su completa valentía a la hora de enfrentar esos momentos oscuros, esos instantes de error o de caída que todos tenemos y deseamos (oh, claro que sí) evitar. Para todos estos escritores (para el autor mismo), Río de Janeiro es ese anhelo, esa tierra llena de expectativas y de contrastes donde todo es posible: la miseria y la riqueza más absolutas, la negligencia y la entrega, la fe y la apostasía, el orden natural y el desorden humano, la belleza y la fealdad, la generosidad y el error. Pero Javier Montes quizá desconoce que eso ha sido siempre América: en las décadas que van desde 1940 a 1980 toda Latinoamérica (o quizá, mejor dicho, la América petrolera: México, Brasil sin duda, y Venezuela) era así, tal cual él describe a Río de Janeiro: exuberante, llena de contrastes, extraña y cercana, hermosa, egoísta, a la vez cruel y dulce, y por sobre todo distinta, única e irrepetible… Hasta que cansa. Porque todo cansa: la exaltación, la pena, la tristeza y el dolor. Y la propia existencia.

Todo exuda una melancolía  sinuosa como esas aceras de mosaicos blancos y negros; cada línea es un ejercicio de búsqueda y de saudade, que en el fondo es lo mismo: hasta lo que nos desagrada de una metrópoli como cualquier otra y que la rebaja a mera ciudad, sueños incluidos; hasta lo que creímos tener una vez y perdemos al día siguiente, al mes siguiente o al año siguiente, o quince años después. Varados en Río es un retrato de la vida que fue, la que quiso ser también y la que se extraña, porque hasta lo dulce y lo tierno y lo duro y lo difícil también se añora; y el retrato de cuatro grandes escritores que a la postre no fueron más que personas sencillas, atadas a su destino cruel de seres humanos en evolución, y asimismo, en extinción.

Pero Javier Montes juega con trampa. Nos enseña su corazón, pero no lo revela. A través de ese retrato a cuatro se refleja a sí mismo, pero no se desnuda; o, mejor dicho, se desnuda sin abandonar jamás sus adornos. Él mismo es un extrañado en tierra extraña; un exiliado del corazón; un extranjero, un alguien más, un moderno emigrado, un hombre al que también le llega esa sinuosa saudade que afecta a todo el que ha visto otro mundo, ha vivido otra realidad, y se ha entregado a ella hasta su final… Varados en Río es un viaje en el que se desgrana la brillantez de la Musa, la imaginería de lo cotidiano, el reflejo interior de los cambios telúricos de cada día, pero también es el disfraz de una sombra con la que el autor se cubre, al final púdico, en esa búsqueda del sentido que es todo relato contado en alta voz.

Sigamos con él esa saudade sinuosa encerrada entre puntos suspensivos…

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El viaje.

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Un amigo en la distancia de las redes sociales ha querido a través de este blog transmitir su vivencia como paciente ingresado en una UCI. Lo ha titulado El viaje y así es como lo presento. Una forma más, de las mejores quizá, de intentar humanizar un trabajo como el nuestro, que apenas se conoce, pero que, muchas veces, deja el mejor sabor de boca cuando se logra alcanzar ese tiempo de curar.

  • Todos hemos viajado alguna vez a algún lugar con la familia, amigos o
    pareja, incluso a veces solos. Un viaje a un lugar soñado, a visitar a alguien,
    o simplemente hemos viajado mientras dormimos, a través del
    subconsciente.
    Este viaje es un viaje diferente, un viaje que no sabes cómo empieza ,ni
    cómo acabará.
    Recientemente me comunicaban que soy enfermo de Crohn, lo que es la
    enfermedad, y las pruebas y tratamiento que tendría que seguir. Tras una
    primera introspección y varias pruebas médicas, además de mucha
    información, me costó un poco digerir que mis dolores intestinales y viajes
    continuos al baño, estaban anunciando eso. El mensaje que tuve durante
    los días que me costó asimilar todo, sería: Acepta y entiende que siempre
    te acompañará a lo largo de tu vida. Lo mejor es aceptar las cosas lo antes
    posible, ser positivo, y seguir, en el fondo seguir el viaje. Tras muchos
    meses para llegar a ese diagnóstico, y mil pruebas y noches de urgencias,
    descubres lo fuerte que eres, y como actuamos, o como nuestra mente
    tiene mecanismos ante la adversidad.
    En pleno tratamiento, ya llevo dos meses con cortisona, empezamos a
    bajarla, y a ir incluyendo un inmunosupresor, que sería el tratamiento de
    largo recorrido. Todo iría bien, hasta que viajando por donde mi digestivo
    me iba llevando, se cruzó en mi camino una Gastroenteritis Aguda, que
    desembocó en una sepsis que me tuvo 8 días en UCI, y 7 en planta.
    Esta es realmente la parte más importante del viaje, mi viaje. En ese
    contexto no eres consciente de tu gravedad, del fallo renal, de las 48
    primeras horas, en las que mi viaje podría haber acabado. Vas superando
    obstáculos. Se hace duro si no fuese por el equipo médico, que además de
    su trabajo intenta hacerte sentir lo mejor posible, incluso te hacen reír si
    te ven decaído. Muchas horas de soledad sin tu familia, tan solo con la
    opción de una hora total al día para visitarte. Es el segundo día y me hacen
    un cateterismo en la cadera para iniciar mi diálisis, 4 sesiones, ya que mis
    riñones no pueden con tanta infección. Tranquilo, todo saldrá bien, me
    dijo Andrea, una de mis compañeras de viaje. Y salió.
  • Al día siguiente empezaron a mejorar las analíticas, según la doctora, y
    ellas se iban alegrando, porque estaban consiguiendo sacarme de toda esa
    gravedad. Fue de lo poco que supe. Vas mejor. Es viernes por la mañana y
    me llevan al hospital Provincial (Universitario de Alicante) para ser más
    exactos, porque tuve una pequeña molestia, y querían descartar algún
    posible fallo cardíaco. Ahí me empecé a preocupar, y me prometí a mí
    mismo que dejaría de fumar si todo estaba bien, y lo estaba. Corazón
    perfecto, y viaje de vuelta en S.A.M.U. con dos grandes profesionales que
    hacían mi viaje más divertido. El martes siguiente me despedía de mi
    estancia en la UCI para cambiar de habitación. Esta vez en planta. Estaría
    unos días más, pero ahora sería un viaje más relajado y sin tantas prisas ni
    sobresaltos. Estaba a punto de llegar al destino, un destino feliz.
    A pesar de todo ello, de la dureza del diagnóstico al ingresar, lo más difícil
    fue asimilar lo que mis padres habían sufrido. Mi madre estuvo días sin
    dormir llorando, mis amigos no podían verme, y a pesar de estar
    informados, no podían visitarme. Viajé con una mochila vacía,que sin
    saber se fue llenando, y que a los días de mi salida del hospital, me hizo
    sopesar de golpe la carga sin compasión, haciéndome entender mi
    gravedad, todo el sufrimiento de los míos, entender que todo pudo acabar
    sin haber dicho muchos te quiero y haber sentido a mucha gente que
    quiero.
    Lo que me ha llevado a escribir estas palabras, es vaciar esa mochila, e
    incluso que pueda servir mi experiencia en alguno de vuestros “viajes”.
    Sed felices y disfrutad cada momento. Yo lo hacía, ahora más si cabe.
    Gracias Juan Ramón por cederme tu espacio. Además de que sabrás de
    que hablo medicamente, tu eres una de esas personas que seguro
    colaboran en hacer estos viajes más livianos.
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Escrito en las estrellas.

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Se vieron. El tren traqueteaba suave, esos modernos de alta velocidad. Acababan de salir de la estación. Y ya se habían dado cuenta el uno del otro. Primero por casualidad, una caída de ojos. Después una sonrisa velada, como vergonzosa. El pelo largo, el pelo corto; los ojos tras el cristal de unas gafas, los ojos claros que se entrecerraban por la claridad del encuentro; los labios algo resecos, los labios rojos entreabiertos. Y un poquito de vergüenza cambiando el rumbo de la mirada y una risa entrecortada.

Se sentaron uno frente al otro. Por casualidad tal vez. Había algunos asientos libres pero ellos se encontraron así, de repente, rostro con rostro y rodillas con rodillas. Volvieron a sonreír.

Y el tren con su traqueteo veloz.

El sol de la tarde doraba los minutos que pasaron en silencio. Bajaron los ojos, volvieron a verse; se sonrieron de nuevo y no sabían qué decirse. Alguien oyó un Hola; alguien respondió un Qué tal, y las reservas de la educación fueron cayendo una a una.

Se rozaron las rodillas, que rieron con las cosquillas. Y los labios se movieron con ritmo, el de una conversación que fluía con facilidad.

El inicio de una intimidad.

Cada uno iba al encuentro de su vida, pero descubrieron que la vida estaba allí, encerrada en aquel vagón veloz.

Se dieron la mano, se acariciaron las muñecas. Y la risa de nuevo. Y de nuevo la vergüenza. Y de los nombres pasaron a los recuerdos y de los recuerdos pasaron a las caricias pequeñas que fueron escalando peldaños hasta encontrarse en los cuellos, en el sabor rápido de besos pequeñitos.

Ya no hubo más sorpresas. El sol se hundió dando a luz a la noche, prendiéndose poco a poco de estrellas. Y ellos no sabían qué hacer. Se levantaron y se abrazaron, y cayeron en los asientos y se tocaron enteros haciendo de la casualidad un puro gozo. Las manos buscaron las espaldas, y los tactos, el río eterno de las espaldas, el arrullo sin medida de las caricias. Rieron y se hablaron, diciéndose muchas cosas, desnudándose de alma como de cuerpos en una intimidad que no era de este mundo.

Estaba escrito en las estrellas. Que se encontraran así, de casualidad; que se descubrieran tras siglos sin verse; que se amasen sólo por un instante lleno de eternidad. Estaba escrito que sus rodillas se reconocieran y que sus labios encajasen como la llave en una cerradura. Que las pupilas azules navegasen en el mar oscuro de unos ojos miopes. Que se rieran por cualquier cosa y que el placer naciese de una simple caricia, de un encuentro fortuito.

El tren viajó veloz y sus abrazos trenzaron unos deseos despiertos y hambrientos que iban de la sed de compañía hasta el sosiego de los sentidos; aquellos ojos se entendieron, aquellas manos se conocieron; aquellas rodillas que rieron, sabían de sobra que estaban hechos el uno para el otro.

Pero también que todo acaba. Después del viaje fugaz, después de la pasión y la intimidad, todo se hace calma, todo vuelve a ser lo que era. Juntos esperaron la salida de las estrellas y su viaje a través del amplio ventanal que se abría a la noche pero también al destino. Estaba escrito en las estrellas que aquel encuentro de sus vidas, en las que sus vidas quedarían entrelazadas por siempre, tendría un final. Y no pensaron en ello hasta que llegó.

Ambos se levantaron. Se alisaron el pelo, se abotonaron los pantalones y las camisas sin dejar de mirarse. Y se emborracharon de cada uno; se tatuaron el olor y las formas y la voz del otro en la memoria sin vacío del corazón, y justo antes de bajar, los dedos jugaron a tocarse una vez más, escondidos entre las mangas y las bufandas y los bolsos.

Abajo les esperaban. Uno recibió un abrazo en el andén; otro una nota con la nueva dirección de su vida. Pero se negaron a irse. El tren resopló y el abrazo pareció no tener fin, y las estrellas se escondieron encima del techo del andén. Y sintieron la opresión de la cárcel, y la vacuidad de la vida, y  el sonido hueco de lo cotidiano. Uno leía el papel una y otra vez sin entender las letras escritas; el otro, por encima del hombro, abrazaba con la mirada la distancia que los separaba negándose a decir adiós…

Sólo por un día conocieron el amor enorme, dadivoso, amplio e inocente, que no pide nada, que goza y que regala, que abraza y que se funde, que llega al tuétano de los huesos y queda grabado en el alma. Estaba escrito en las estrellas, esas que ahora se ocultaban, que la vida iba a seguir impasible a los sueños, impermeable a lágrimas y deseos, y que ellos no eran más que una mota de polvo en el entramado enorme del universo.

Poco a poco se fueron alejando. Uno fundido en un abrazo incómodo; otro de pie, sin saber qué hacer, con un papel ajado entre los dedos. Cosas del destino, supongo, que se halla escrito en las estrellas.

Y la vida que se apaga. Y el recuerdo que permanece.

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Soy transexual.

12677448_1284687141548497_700946373_nSábado a media tarde, mala hora para mí pues me parte el eje de mi labor de guardia, entre hacer tratamientos, revisar el estado de los ingresados y ponerme al día, tener un ingreso es desestabilizador.

Cincuenta y tantos años, varón, obesidad mórbida, enfermedad respiratoria y renal y todas las aquejadas por su obesidad. Un cuadro. Mala higiene, boca séptica (sucia y cariada) aspecto de poco cuidado, úlceras trombóticas en piernas elefantiásicas. Un cuadro.

Llevaba con fiebre más o menos tres días y sin orinar, dos. Se notaba más cansado y torpe últimamente; el médico de cabecera le había recetado más diuréticos porque no toleraba dormir recostado y él notaba que iba hinchando poco a poco. Ahora estaba adormilado, a esfuerzos de consciencia, y respiraba muy rápida y levemente, apurado, como si le faltase el aire o necesitase limpiar su sangre con cada inhalación por más breve que fuese.

Tensión baja. Taquicardia. El oxígeno a todo lo que da la pared. Un cuadro. Un cuadro.

Pensando en lo mal que lo íbamos a pasar todos, acepté el ingreso en UCI. Y resoplé. Eso se me da bien. Resoplar cuando no puedo salir corriendo. Eso, o salir corriendo, pero en mitad de una guardia de sábado no quedaba bien así que había que apechugar con ello.

Para hacer corto el relato, aquel paciente que se comportó con una entereza y un dejarse hacer dignos de elogio, ocupó unas tres horas de mi tiempo exclusivamente (eso significa que el resto del trabajo que podía esperar se acumuló hasta rebosar). Ajustamos sueros, albúminas, noradrenalina, oxígeno, BiPAP (una máquina que intenta suplir la necesidad de intubar y sedar a los enfermos con insuficiencia respiratoria) y antibióticos; el color pareció volver a aquellas mejillas sucias e incluso a ese cuepro abandonado por la falta de higiene una vez que las auxiliares, con diligencia, pudieron asearlo un poco. Resoplé. Y aún me quedaba hablar con la familia. Un cuadro.

Ya cansado (y eso que íbamos por la mitad de la guardia) me acerqué a hablar con los familiares. Los llamé por el nombre del enfermo, como es habitual, y respondieron dos personas. Una más alta que la otra: un hombre y una mujer; él mucho más joven que ella, con esa piel lustrosa de la juventud recién nacida; ella con aspecto desvencijado de puerta venida a menos, con el pelo en melena amarillenta de mal tinte y cierto aspecto de abandono, caminaba apoyada en un bastón. También tenía cierto sobrepeso.

– Hola. Buenas tardes.

Les dije al presentarme. Hice sentar a la señora, que se veía esforzada a todas luces. El chico también lo hizo a su lado. Como siempre, les expliqué los motivos del ingreso, oí la historia clínica del enfermo, y les expliqué las características y las posibilidades de salida del caso. Me entendieron con cierta tristeza. No eran una familia con recursos, eso estaba claro. Esa dejadez, esa falta de higiene que sólo a veces vemos pero que es una realidad en todos los países (no hace falta irse a la India para ver verdadera pobreza, sólo con salir unos kilómetros de nuestras ciudades, y a veces ni eso, la tenemos en nuestras narices), ese discreto abandono a las consecuencias de la vida, a la realidad de los sueños rotos y también, a la soledad. Se le notaban las raíces canas entre el ensortijado amarillo limón de su pelo, los surcos de una piel algo gruesa de expuesta mucho tiempo al sol, y el uso un tanto torpe de una sonrisa forzada.

Así era ella.

El chico joven no abría mucho la boca. Asentía ante el relato de la mujer y apenas añadía nada a lo que me decía. Ella era la hermana del paciente. Él, su pareja. Así que sabía del paciente a través de lo que ella le contaba, por lo que no podía añadir nada al relato de lo que ocurría.

Al saberlo, volqué por completo mi atención hacia ella pues era la conviviente del enfermo, su familiar más próximo y a quien iba dirigido mi discurso y mis explicaciones. Ella no pareció percatarse, ni él tampoco. Así que seguimos.

Cuando llegó el momento de la firma del permiso y el consentimiento informado, le pedí que por favor lo hiciese donde le indicaba y que me diera su nombre y su DNI. En ese momento pareció dudar. Agitó imperceptible su pelo y frunció los labios. Pero su mirada sin embargo adquirió un brillo particular.

– Soy transexual.

Me dijo. Con mucha seguridad pero a la vez como esperando una reacción que, a todas luces, no obtuvo. Al contrario, yo seguí con el mismo tono, como si hubiese oído llover o algo así.

– Si se ha cambiado oficialmente el nombre o si no, por favor, debe ponerme el que aparece en su DNI ya que es algo oficial. No se preocupe por nada.

Y se me quedó mirando, como si se hubiese topado con un extraterrestre o algo. Y firmó con su nombre de nacimiento: Marco Antonio. Y puso el número de su DNI. Y el pelo cayéndole mal pintado sobre los ojos cansados y faltos de aseo.

En esta profesión vemos muchas cosas. Atendemos muchos casos extremos. Y aprendemos a superar los límites estrechos de un pensar pequeño. El mundo no es perfecto, y nosotros menos, pero para eso estamos aquí, para elevar el nivel del pensar humano, del sentir humano; para hacer de nuestros pasos, llagados por lo errores, un caminar perfecto, en el que todo quepa: las diferencias y las afinidades; los gustos y disgustos, las alegrías y las decepciones. A mí me llamó más la atención su pobreza y abandono, que hubiese querido mitigar, que su género, que no me importaba en lo más mínimo. Y sin embargo sobre todo eso, sobrevoló el orgullo y la entereza con que me dijo, quizá previendo una reacción alarmada ante su historia (ante ese pedacito de su historia como persona): Soy transexual. Pues era transexual. Y bien que lo sea. Y que lo consiga. Y que sea ella misma y nadie más.

La situación socio-económica de esa familia de hermanos era un cuadro; él y ella eran un cuadro. Pero no su corazón, no su verdadero ser como personas, como seres humanos. Ella, Marco Antonio en el DNI, era más que una melena rubia mal teñida y un caminar penoso. Ella era Transexual. Más de lo que nadie hubiese podido ser. Más de lo que ella misma pensó desde que era niña. Y así me lo hizo ver y yo le aplaudí por eso, y porque para mí, que he visto mucho y he atendido mucho y que no puedo juzgar ninguna actitud, ninguna perversión, ningún abuso corporal porque no soy juez sino médico, ella ni siquiera era Transexual, era la hermana de un paciente, su única familiar, que necesitaba de un ingreso en UCI. Nada más. Y quizá así debiera ser en un mundo real.

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Humanizando la UCI: mimando lo invisible/ Humanizing the ICU: taking care of the Invisible.

huci CAEBECERA peque

Hace un año y algo recibí por Twiter un mensaje de Gabi Heras. Me invitaba a participar en el Proyecto HU-CI: Humanizando los Cuidados Intensivos. El Dr. Gabriel Heras es especialista en Cuidados Intensivos (UCI) desde al año 2007. Con una vida llena de contrastes y preocupado por la Salud, su objetivo en el campo de la Sanidad ha evolucionado hasta crear e impulsar un proyecto maravilloso que pretende llenar de humanidad el máximo exponente de campo de batalla contra la Enfermedad como es la Unidad de Cuidados Intensivos. Una especialidad, como tal, que en España está sufriendo, tanto por responsabilidad nuestra como la avaricia de otras especialidades, ataques continuos, accesos de debilidad y falta de apoyo de las administraciones regionales y nacionales, y que sin embargo es la punta de lanza, el último recurso y la máxima responsabilidad de la atención hospitalaria.

Como tal, Medicina Intensiva es una especialidad dura que requiere de profesionales bregados, con ganas de luchar y trabajar de forma multidisciplinar con otras especialidades y con todos los estamentos: Enfermería, Auxiliería y Celaduría al unísono, un solo equipo con un fin común: restablecer, vigilando y reparando con ayuda del tiempo y de las fuerzas de cada paciente, la Salud perdida. La Medicina Intensiva cobra un alto peaje a todos los que nos vemos involucrados en ella: profesionales de la Salud, familias y pacientes, algo que se ignora hasta que nos hayamos inmersos en sus necesidades y en sus exigencias.

Gabi Heras ha sabido, con una intuición y un sentido común muy agudos, conglomerar las necesidades secretas (y no tan calladas) que nuestra especialidad solicita, y con una energía y valor únicos, ha emprendido una labor de conocimiento, de reconocimiento y de reparación, es decir, una revolución de la Medicina Intensiva en la que yo me hallaba ya involucrado desde el primer minuto de mi experiencia médica, ya más de quince años atrás, pero que no sabía cómo encauzar hasta su llegada. A lo largo de este blog, no titulado en vano Tiempo de Curar, he intentado mostrar mi mundo, la forma en la que lo veo y comprendo, las situaciones que me han movido a reflexionar más allá de la mera técnica médica, sobre los pacientes, la Enfermedad, los familiares y todos los componentes laborales de la Salud, no sólo como médico, si no como familiar de enfermo y como amigo de enfermos y como hijo de enfermos. Mi forma de pensar encaja en la forma de pensar, en la revolución que Gabi Heras ha llevado a cabo desde el año 2014, y sólo era cuestión de tiempo que alineara mi forma de ver la Medicina Intensiva y sus múltiples relaciones, con la suya y la de una amplia red que, gracias a él, se ha formado y está en contacto y crecimiento constante.

La Humanización de los Cuidados Intensivos es un movimiento necesario, que lleva años gestándose en enfermeros, auxiliares y celadores y en algunos pocos médicos, que poco a poco estamos abriendo los ojos y prestando más atención a ese llamado que más que un susurro se ha convertido, gracias a Gabi Heras, en casi un grito. El Proyecto HU-CI nos obliga  a ponernos en contacto con lo más íntimo de nuestro ser como trabajadores de la Medicina Intensiva, encarar las necesidades como individuos y como estamento y como equipo, y aprehender, en ese ciclo eterno entre enfermos, familiares y profesionales, la mayor empatía y la mayor calidad que repercutirá en nuestro día a día de la forma más positiva y libre posible.

En este último año he estado lidiando, más aún si cabe, en lo personal y en lo profesional con mi papel como médico intensivista; ocho meses de estancia de mi padre en UCI me convirtió en hijo y hermano de paciente; he obligado, queriéndolo o no, a mis compañeros, desde celadores a médicos, a trabajar codo con codo con mi padre y conmigo a la vez; he estado en una vorágine de sentidos y sensaciones que ha requerido el paso del tiempo para aquietarse y, también, para ser aprehendida más que aprendida de forma consciente por mí mismo. La invitación de Gabi Heras a participar, con mis pensamientos y mis experiencias, en un proyecto en el que creo (en el que siempre he pensado llevar a cabo cada vez que atiendo a un enfermo)  la retomo ahora, espero que no tardíamente, con el mayor interés y el más enérgico de los apoyos.

En un mundo en constante cambio, en un momento crucial para la Medicina Intensiva, en la que está a punto de ser destruida como tal (con nuestra carga de responsabilidad) es necesario que todos sepan de su existencia, de su necesidad, de su aporte a la Salud de la sociedad; es necesario que evolucione hacia un estado de mayor complejidad y conexión con la Vida, con ese entramado de sentimientos y sensaciones que nos embargan, como personas, al bailar ese vals de vivir en el Pasillo de la Salud Perdida,  que nos arroja a estados inexplorados de existencia que merecen ser respetados, amparados y superados una vez llegado a su fin.

Por eso me uno ahora al Proyecto HU-CI, intercambiando mis sentimientos, mis búsquedas, mis hallazgos y mi visión más holística de un trabajo apasionante y cansado, lleno de sombras y de luz, al que Gabi Heras ha regalado un canal de encuentro y entendimiento y de unión, y en el que me voy a zambullir con gusto y compromiso, buscando la excelencia por un lado, pero sobre todo la veta de Humanidad y de Belleza que se halla encerrada dentro de la Medicina Intensiva, y que merece ser compartida y conocida por toda la sociedad.

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