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Metáforas (o cuando un médico intenta explicar lo inexplicable).

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Esta mañana, mientras realizábamos la ronda de visita a los enfermos, dos compañeros y yo charlábamos sobre las imágenes o metáforas que empleábamos para hacernos entender (es un decir) a los familiares y a veces a los propios enfermos. En contra de lo que pueda parecer, no es fácil, ya que la propedéutica y la semiología han creado alrededor del saber médico una barrera harto difícil de superar para el lego en la materia. Lo curioso es que ocurre con todas las profesiones: desde el carnicero al abogado (este último es cuando menos lo más enrevesado posible), desde el electricista al piloto de aviación, ese lenguaje críptico, edificado para facilitar la comunicación interprofesional, se vuelve una verdadera frontera fuera de los acotados límites de una profesión, y nada mejor para crear confusión y división que la incapacidad de comunicación entre seres humanos.

Dicho esto que no es fácil, en general procuramos disminuir el grado de tecnicismo a la hora de comunicarnos con los pacientes y sus familiares…Con resultados de lo más diverso. Hay excepciones, cierto es: trabajé con un colega que no se bajaba del tecnicismo ni que le cocieran vivo, no sé si por temor a perder su poder simbólico o porque realmente carecía del mínimo rapport a la hora de comunicarse con los demás del equipo no-médico que le rodeaba. A saber.

Una vez, siendo residente y rotando en el Servicio de Cardiología, iba a explicar a un familiar que su hermano había sufrido un infarto (del corazón, se entiende). La primera metáfora que me viene a la mente cuando hablo de las arterias, sean del corazón o del dedo del pie, es la de una red de tuberías (porque son tuberías, especializadas y maravillosas; pero llevan un líquido en su interior del punto A al punto B, vamos, mera plomería de toda la vida). Pues bien, tanteando el grado de formación intelectual de mi interlocutor puedo ir desde la semiología más purista hasta la imagen más sencilla que se me ocurra en ese momento (que puede pillarme con la imaginación despierta, por ejemplo a las cinco de la tarde; o aniquilada, como puede estarlo a las cuatro de la mañana). En este caso opté por la metáfora de las tuberías, ya que me parecía la más gráfica y sencilla de aprehender. Bueno, llevaba ya unos diez minutos de animado monólogo explicando cómo una cañería que lleva sangre al corazón se había tapado y de allí el infarto y que íbamos a hacer una prueba que intentaba sacar literalmente ese estorbo de la tubería, como si usásemos un desatascador de cañerías, para restablecer el paso de la sangre e intentar así que la zona de infarto fuese la más pequeña posible… Hasta que el familiar en cuestión me miró extrañado. Yo callé de inmediato esperando su reacción.

– ¿Es usted de verdad el médico?

Consideré durante tres milisegundos mi respuesta. Eran las seis de la mañana y llevaba unos diez minutos de explicación pormenorizada y muy sencilla sobre lo que le pasaba a un enfermo grave… ¿Y me preguntaba si yo era el médico de guardia?

– Es que no le entiendo bien, ¿no habrá alguien que sepa más de lo que le pasa a mi hermano?

El caballero en cuestión tendría unos sesenta y tantos años, claramente del ámbito rural, y meridianamente no nos estábamos entendiendo. O al menos yo no supe explicarme mejor, cosa que me parecía imposible porque consideraba que mi imagen de las cañerías era casi imbatible.

– Lleva aquí un rato hablándome de tuberías y obstrucciones y desatascadores y, perdóneme la imprudencia, pero no me parece muy profesional.

Menudo chasco a horas tan tardías. Suspiré buscando inspiración a la vez que intentaba no enojarme mucho con la situación. Si esto hubiese pasado a las tres de la tarde pues me hubiera reído, pero muerto como estaba a esa hora menuda la gracia que me hizo, yo allí dispuesto a desplegar mis armas dialécticas, y siendo despreciadas y aún puesto en solfa mi conocimiento sobre la materia en cuestión (aquí admito puntos de discusión, sin duda)… Vamos, menudo cuadro.

Resoplé de nuevo encontrando lo que consideré que era el punto justo de dignidad perdida: le comenté el caso como si fuese un profesional de la materia… Y se quedó muy satisfecho. Se hizo la prueba, se ingresó en la Unidad de Cuidados Coronarios con el infarto bien arreglado y todos contentos. Eso sí, no me entendió ni pío, pero pude ganarme su confianza en la incomunicación médico-paciente. Cosas de la vida.

Otra vez me pasó lo contrario. Habiendo ingresado a su padre en la UCI, una compañera médico de familia, que todavía no se había identificado como tal, detuvo mi perorata metafórica con un escueto:

– Soy una colega. Entiendo perfectamente.

Yo vi el cielo abierto. Le solté con sobria franqueza todo el discurso con pelos y señales sobre lo que le pasaba a su padre, los parámetros de función respiratoria y hemodinámica, el grado de Glasgow Coma Score, el resultado del TAC, etc. Cuando terminé, me quedé esperando alguna pregunta. No tenía ninguna. Me di cuenta que se había perdido a mitad del discurso. A veces no sabemos cuándo usar nuestras trilladas metáforas y cuándo es mejor tener la boca cerrada.

Con los cuadros que afectan al cerebro la cosa se complica un poco. Porque es un campo todavía medianamente explorado y muchas veces nos sorprende con sus respuestas. Las hemorragias intracraneales, los traumatismos, y sobre todo los cuadros secundarios a esas causas (que son muchos) son quizá de los más difíciles de transmitir y de entender: un paciente puede estar hablando perfectamente y al segundo siguiente entrar en coma, por ejemplo, o tiene un infarto cerebral por un trombo que obstruye las arterias del cerebro y al día siguiente lo que nos encontramos es una hemorragia gigantesca que lo lleva a las puertas de la muerte… El cerebro funciona con electricidad (no es el único órgano que se activa con esa energía maravillosa, pero es el que la emplea casi al 100%), cuando hay algo que altera la delicada estructura de las neuronas (las células cerebrales) éstas responden con chasquidos eléctricos, y a veces verdaderas tormentas eléctricas que se reflejan en convulsiones epilépticas o bien en estados de coma sin respuesta activa con el medio ambiente. La conversación que teníamos hoy durante el pase de visita trataba precisamente de la mejor metáfora para poder explicar a los familiares esa situación extraña de estar en coma porque la actividad eléctrica del cerebro era muy desordenada llegando incluso a sedar al paciente, intubarlo y conectarlo la respirador para ganar tiempo a que el cerebro se restituyese y calmase esas descargas erróneas. Yo alegué que usaba la metáfora de un cable enchufado al que se le da un tajo: hay chispas por todas partes y el flujo eléctrico de la habitación (o de la casa) se detiene, por lo que es necesario con la mediación detener ese desorden a la espera que todo volviese a la normalidad (no siempre vuelve a la normalidad, vaya por delante esta aclaratoria). Mi metáfora es simple, muy gráfica, pero yo mismo sentía que cojeaba. Uno de mis compañeros dijo:

– Yo uso la metáfora del ordenador.

Nos quedamos callados esperando su explicación, simple y perfecta:

– Todos tienen un ordenador en casa. Y todos sabemos que se cuelgan de vez en cuando. Pues les digo que el cerebro es como el ordenador, que a veces nos irrita colgándose y no hace nada. ¿Qué hace usted cuando el ordenador se le cuelga? Les pregunto. Todos contestan siempre: lo reseteo.

Sonreímos captando el mensaje.

– Pues al cerebro le pasa lo mismo. Cuando se cuelga, lo apagamos con medicaciones y esperamos un tiempo hasta encenderlo de nuevo… Y voilà!

Eso es una buena metáfora, porque todos la entienden. Y me la he guardado en el arsenal de recursos para la próxima vez que me encuentre en un aprieto.

La comunicación es vital. Evita malentendidos, resuelve entuertos, diluye al orgullo, tranquiliza a los corazones agitados. Quizá el empleo de un lenguaje técnico, tan propio de cada profesión en todas nuestras relaciones vitales, merme nuestra capacidad de entendimiento, y sin duda disminuye todas las posibilidades de identificación con nuestro interlocutor. Es nuestro deber como individuos minimizar esas barreras, disminuir esas limitaciones y encontrar un campo común de entendimiento y de comunicación, donde las emociones fluyan y también la comprensión y el respeto. En todos los ámbitos de la vida. Y eso incluye a los médicos que intentan explicar lo inexplicable a una madre, o una esposa, a un hijo, a un amigo que siente el temor de la pérdida a flor de piel en un maremoto que cambia vidas, que deshace mundos en apenas minutos, en unas horas, para siempre. La pérdida de la Salud, el túnel de la Enfermedad, la delicada frontera entre la Muerte y la Vida.

Y mientras tanto, lleno mi alforja de metáforas para poder comunicarme mejor con mis semejantes y para no sentir tan profundamente esa responsabilidad mayúscula de hacer lo mejor posible, con el menor daño posible, mi labor diaria.

 

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Sonríe.

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Hace un tiempo recibí un whastapp de un amigo de la distancia que quería hablar conmigo. No era particularmente tarde, pero ya era de noche. Los días de otoño con ese secreto escondido. Quería saber si podía charlar un rato. Faltaría más.

Noté en su tono de voz que algo no iba bien. Siendo como es una fuente de vitalidad y de sonrisas, esa voz aterciopelada acostumbrada a acariciar y engatusar con palabras y tonos sonaba a tristeza y a algo más, todavía encubierto. Pero era fácil adivinar que le preocupaba algo.

Tengo una cierta tendencia a vivir la medicina desde un punto de vista visceral: el conocimiento está allí, pero hecho un amasijo, un magma del que parten, aquí y allá, ráfagas de intuición que llegan a mi mente con una imagen muy clara en mi días buenos, y en aquellos malos, cuando no me fío de mis instintos, la situación me viene a poner en el lugar correcto una vez las consecuencias se desvelan ante mis ojos. Con él pasó algo similar.

Al hablar me comentó que llevaba días con malestar de estómago, que no le mejoraban pese al tratamiento con los inhibidores de bomba de protones (IBPs o, para legos y que nos entendamos todos, el omeprazol y toda la familia que se ha desarrollado a partir de él) y había ido al médico. Le había hecho una gastroscopia (endoscopia digestiva alta) e inmediatamente después lo llevaron a hacer un TAC; tomaron biopsias y le dijeron que en unos días le darían el resultado.

Él buscaba alivio a sus nervios, un canal en el que expresar sus pesares y encontrar cierta comprensión y calma. Lo que no sabía mi amigo es que me había metido en un aprieto. El instinto llegó a mí con la fuerza de un rayo láser. Sabía, sabía, que no era nada bueno. ¿Debía decírselo? ¿Cómo hacerlo a kilómetros de distancia y sin estar completamente seguro de todas las pruebas que le habían realizado? Pasaron sólo unas milésimas de segundo. Estaba ansioso pero entero, una especie de mezcla que seguro siente cada vez que sale al escenario a ejercer su profesión: es actor.

¿Cómo decirle a un amigo al que se aprecia que seguramente, seguramente, tendría algo no muy bueno en su estómago? ¿A un hombre guapo, con todo por delante, bien visto en su profesión, adorable, encantador, picaflor y con la sonrisa más bella posible, que en su cuerpo se estaba obrando algo que no parecía nada bueno?

Resoplé. Eso a mí se me da bien (resoplar). Y opté por lo que me pareció la opción más sensata: de menos a más.

Le dije que había tres opciones. La primera, una úlcera de estómago (vamos a obviar aquí las diferencias entre una úlcera gástrica y una dudodenal); en todo caso estaría con el omeprazol a dosis dobles durante unas cuatro a ocho semanas y un tratamiento antibiótico que no siempre era fácil de tolerar pero que tenía varias opciones para cambiar por si había efectos secundarios. No le dije en ese momento que estaba casi al 100% seguro que no tenía una úlcera de estómago, porque eso de salir corriendo a hacer un TAC va a ser que no es la respuesta inmediata ante una lesión que simula una simple úlcera péptica.

Notó mi silencio posterior y armándose de valor me preguntó por las opciones que quedaban. De las dos, que no eran buenas, una era menos mala que la otra. No pude andarme con tonterías en este punto. No le dije que sabía que tendría una de esas dos de seguro, pero le expliqué someramente que podía ser o bien un Linfoma gástrico, generalmente de estirpe No Hodking, generalmente bien diferenciado y generalmente de células B y generalmente de buena respuesta a la quimioterapia. La otra opción era quizá más sombría: Adenocarcinoma de estómago…

Me preguntó qué tratamiento tenía. Resoplé de nuevo. Sólo experimentales a los que yo, si fuera yo (era la segunda vez que me enfrentaba a un consejo para un amigo como deseara que me trataran a mí), no me sometería.

Le tocó el turno de callar. Le oía respirar. Esa sonrisa que era tan suya, esa voz de terciopelo no estuvo allí por unos segundos. Pero volvió pronto.

– En unos días lo sabremos.

Y lo supimos. Si quieren saber cuándo me gusta que me digan que me he equivocado, es en situaciones así. A los pocos días mi amigo me llamó intentando conservar la entereza como todo un caballero. Era un linfoma con todos esos nombres raros que le había comentado. Que tenían que darle quimioterapia y puede que radioterapia. Y que le iban a poner una cosa que se llamaba reservorio… Lo dejé liberarse de la tensión unos minutos. Lloraba con esa tranquilidad de quien se sabe escuchado, y se llenaba a la vez de esa serenidad que nos da saber no ya sólo que nos escuchan, si no que nos comprenden. Claro que lo comprendía. Mucho más de lo que se pueden imaginar.

Como no hay mejor distracción que afrontar de frente un problema que sabemos que existe, le di todos los ánimos correctos: saldría bien ya que es de buen pronóstico; eso así, le dejé bien claro que su espléndida cabellera (preciosa) y esos ojazos perderían todo atisbo de pelo; no tendría barba ni ningún rastro de vello en el cuerpo; que la expresión cambiaría, ya de por sí brutal por la pérdida de las cejas, así como su estructura, el color de la piel y la sonrisa. Tendría días grises pero otros estupendos: los dos primeros días pos-quimio sentiría el cansancio del planeta, pero después recuperaría.Que debería tener cuidado con las infecciones, tomar los antibióticos que le darían, ondansetrón si tenía náuseas y que el reservorio era una vía que se colocaba en una de las venas grandes del cuerpo y debajo de la piel para evitar que los venenos de la quimioterapia dañaran sus venas periféricas… ¿Me entendió? Lo dudo. Pero había algo en esa perorata que le transmitió un punto de paz: se dio cuenta, como yo también en mi momento, que aquello también pasaría.

Y tanto.

Jorge Lucas jamás ocultó su enfermedad. Antes bien, a través de InstagramFacebook publicaba sus pasos, la evolución de su proceso.Era maravilloso verle reír (esa sonrisa tan divina y tan suya) cada vez que comentaba alguna novedad de su enfermedad. Sus amigos lo visitaban, y hasta le cantaban saetas en la habitación, y se iban de palmas y alegría. Esta gente artista… Y apareció en varios medios de comunicación con su aspecto de enfermo de cáncer sin tapujos, con normalidad, con alegría. Su proceso fue un ejemplo para todos, pero sobre todo para él.

Que tuvo días malos no lo dudo, pero supo sobreponerse a todos ellos, a las molestias de la quimioterapia en los dedos, en los tactos; el riesgo de coger una infección o que la medicación dañase la producción de la médula ósea. Todo eso y más lo vivió con delicadeza, con asombro y, sobre todo, con una sonrisa.

Nunca se olvidó de sonreír. Y una vez me escribió un mensaje: Sonríe.

El tratamiento terminó y no quedó restos de linfoma en su cuerpo. Nadie está libre de enfermedad (al menos médicamente) hasta pasados 10 años sin que se registre ningún resto de la misma en el cuerpo. Esas expresiones banales: He vencido al cáncer, por ejemplo, son falsas. Hay que estar vigilantes y sonreír, como Jorge Lucas ha hecho, y seguir adelante. Ahora le quedan cientos de exámenes periódicos que, si saca buena nota (como lleva haciendo) se irán alargando en el tiempo, disminuyendo en número, hasta que la frase mágica: Libre de enfermedad cancerosa le cuelgue en el pecho como una medalla. Pero está en el buen camino y sé que con esa alegría, esa disposición, ese vencer sobre los miedos y los rencores, lo conseguirá.

Jorge Lucas ha aprendido. Un alma noble se eleva más allá del resentimiento y de la inicial autocompasión y los trasciende, haciéndose más grande, más hermoso, más puro. No niega en decir que la Enfermedad es lo mejor que le ha pasado nunca. Y es cierto, para aquellas almas grandes que consiguen la ganga de oro en un destino atroz. Por eso, agradecido del amor y de la oportunidad vivida, ha creado una fundación: Besos en el alma, para apoyar con lo mejor que tenemos los hombres: nuestro corazón, a personas que pasan por trances semejantes.

Mucho lamenté no haber estado en la fiesta de su presentación. Quiero darle un abrazo azul y guapo como es él, viniendo yo también de un viaje parecido que terminó sin querer hermanándonos en cierta manera, pero pronto podré hacerlo. Mientras tanto y el mundo se ordena en su belleza, para hacer de él un lugar mejor, repartamos besos en el alma y hagamos nuestra esa receta que Jorge Lucas ha conseguido extraer de su Enfermedad: Sonríe, y hazlo siempre. Y así todo, todo, irá mejor.

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El viaje.

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Un amigo en la distancia de las redes sociales ha querido a través de este blog transmitir su vivencia como paciente ingresado en una UCI. Lo ha titulado El viaje y así es como lo presento. Una forma más, de las mejores quizá, de intentar humanizar un trabajo como el nuestro, que apenas se conoce, pero que, muchas veces, deja el mejor sabor de boca cuando se logra alcanzar ese tiempo de curar.

  • Todos hemos viajado alguna vez a algún lugar con la familia, amigos o
    pareja, incluso a veces solos. Un viaje a un lugar soñado, a visitar a alguien,
    o simplemente hemos viajado mientras dormimos, a través del
    subconsciente.
    Este viaje es un viaje diferente, un viaje que no sabes cómo empieza ,ni
    cómo acabará.
    Recientemente me comunicaban que soy enfermo de Crohn, lo que es la
    enfermedad, y las pruebas y tratamiento que tendría que seguir. Tras una
    primera introspección y varias pruebas médicas, además de mucha
    información, me costó un poco digerir que mis dolores intestinales y viajes
    continuos al baño, estaban anunciando eso. El mensaje que tuve durante
    los días que me costó asimilar todo, sería: Acepta y entiende que siempre
    te acompañará a lo largo de tu vida. Lo mejor es aceptar las cosas lo antes
    posible, ser positivo, y seguir, en el fondo seguir el viaje. Tras muchos
    meses para llegar a ese diagnóstico, y mil pruebas y noches de urgencias,
    descubres lo fuerte que eres, y como actuamos, o como nuestra mente
    tiene mecanismos ante la adversidad.
    En pleno tratamiento, ya llevo dos meses con cortisona, empezamos a
    bajarla, y a ir incluyendo un inmunosupresor, que sería el tratamiento de
    largo recorrido. Todo iría bien, hasta que viajando por donde mi digestivo
    me iba llevando, se cruzó en mi camino una Gastroenteritis Aguda, que
    desembocó en una sepsis que me tuvo 8 días en UCI, y 7 en planta.
    Esta es realmente la parte más importante del viaje, mi viaje. En ese
    contexto no eres consciente de tu gravedad, del fallo renal, de las 48
    primeras horas, en las que mi viaje podría haber acabado. Vas superando
    obstáculos. Se hace duro si no fuese por el equipo médico, que además de
    su trabajo intenta hacerte sentir lo mejor posible, incluso te hacen reír si
    te ven decaído. Muchas horas de soledad sin tu familia, tan solo con la
    opción de una hora total al día para visitarte. Es el segundo día y me hacen
    un cateterismo en la cadera para iniciar mi diálisis, 4 sesiones, ya que mis
    riñones no pueden con tanta infección. Tranquilo, todo saldrá bien, me
    dijo Andrea, una de mis compañeras de viaje. Y salió.
  • Al día siguiente empezaron a mejorar las analíticas, según la doctora, y
    ellas se iban alegrando, porque estaban consiguiendo sacarme de toda esa
    gravedad. Fue de lo poco que supe. Vas mejor. Es viernes por la mañana y
    me llevan al hospital Provincial (Universitario de Alicante) para ser más
    exactos, porque tuve una pequeña molestia, y querían descartar algún
    posible fallo cardíaco. Ahí me empecé a preocupar, y me prometí a mí
    mismo que dejaría de fumar si todo estaba bien, y lo estaba. Corazón
    perfecto, y viaje de vuelta en S.A.M.U. con dos grandes profesionales que
    hacían mi viaje más divertido. El martes siguiente me despedía de mi
    estancia en la UCI para cambiar de habitación. Esta vez en planta. Estaría
    unos días más, pero ahora sería un viaje más relajado y sin tantas prisas ni
    sobresaltos. Estaba a punto de llegar al destino, un destino feliz.
    A pesar de todo ello, de la dureza del diagnóstico al ingresar, lo más difícil
    fue asimilar lo que mis padres habían sufrido. Mi madre estuvo días sin
    dormir llorando, mis amigos no podían verme, y a pesar de estar
    informados, no podían visitarme. Viajé con una mochila vacía,que sin
    saber se fue llenando, y que a los días de mi salida del hospital, me hizo
    sopesar de golpe la carga sin compasión, haciéndome entender mi
    gravedad, todo el sufrimiento de los míos, entender que todo pudo acabar
    sin haber dicho muchos te quiero y haber sentido a mucha gente que
    quiero.
    Lo que me ha llevado a escribir estas palabras, es vaciar esa mochila, e
    incluso que pueda servir mi experiencia en alguno de vuestros “viajes”.
    Sed felices y disfrutad cada momento. Yo lo hacía, ahora más si cabe.
    Gracias Juan Ramón por cederme tu espacio. Además de que sabrás de
    que hablo medicamente, tu eres una de esas personas que seguro
    colaboran en hacer estos viajes más livianos.
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La vida no avisa.

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a M.

   Hace un par de años, por estas fechas, recibí una llamada de un amigo de lejanía, de los que la red ha hecho realidad de un imposible acercando distancias infinitas (y no sólo físicas) y tocando a veces corazones y querencias.

Mi padre estaba ingresado en UCI por aquel entonces (le quedaría un mes para fallecer), así que me pasaba todo el tiempo que podía en aquel universo encerrado, cuyo tiempo fluye a una velocidad imperceptible y cuyo destino sólo avisa a aquellos capaces de leer las señales sutiles que regala. Y me llamó por teléfono. No suele hacerlo nunca, antes bien envía algún mensaje por Whatsapp, por lo que generalmente empleamos esta aplicación para hacer muchas veces comentarios banales y alguna que otra vez pequeñas confidencias de importancia variable. Estaba preocupado y quería hacerme una pregunta.

La vida no avisa, me dijo cuando descolgué el teléfono. Yo asentí, viendo todo lo que tenía a mi alrededor. Pero en mi caso había obviado las señales, estaba seguro, pero no quería agobiarle a él con mis propios demonios interiores. Así que inmediatamente me contó lo que le preocupaba.

Su padre tenía dos hematomas dentro del cerebro. Estaba entrando en fase de coma profundo y no estaba seguro de qué decisión tomar. Los neurocirujanos le habían explicado a él y al resto de su familia las consecuencias de no hacer nada o bien operarlo. Él no estaba siquiera seguro de haber entendido bien toda aquella perorata. Y me pedía el favor de intentar aclarárselo.

Resoplé. No sólo porque la distancia hace más difícil decir un buen consejo, si no que los consejos médicos están tan llenos de ambigüedades (intentamos abarcar tantas posibilidades…) que no estaba muy seguro de poder hacerlo de forma satisfactoria. Pero me reconocí en su angustia de hijo, en su casi desespero por la carga de responsabilidad que de repente se posaba sobre sus hombros.

La intervención es relativamente sencilla: se vacían los hematomas a través de pequeños agujeros hechos en el cráneo llamados trépanos, y se aspira la sangre que está comprimiendo el cerebro, causa fundamental del coma del padre de mi amigo. Pero toda cirugía tiene sus riesgos, sus posibilidades de salir bien, de salir regularmente bien o de salir mal. Eso lo agobiaba. Se enfrentaba a la posibilidad de que fuera todo bien y su padre quedase con pocas secuelas, que saliese moderadamente bien y esas secuelas fuesen más o menos notorias o, en el peor de los casos, que muriese por ellas.

¿Cómo animar a alguien a tomar una decisión semejante? En nuestro equipo intentamos que el neurocirujano esté presente para que explique la intervención y refrende las posibilidades de error que puede haber en el transcurso del ingreso del paciente. Dan su opinión como nosotros damos la nuestra; pero el familiar es el último en responder, es decir, el que tiene la máxima responsabilidad, y puede que allí esté el error, y sin duda ése era el origen del malestar de mi amigo. Siendo lo que soy y habiendo experimentado lo que he vivido, entiendo punto por punto tamaña desazón que nace de la ignorancia por un lado, de la fe en la habilidad del médico por otra, y del miedo al futuro.

Le dije mi opinión. Con un coma tan profundo lo más probable es que, de hacerlo, quedaran secuelas importantes: podría morir ahora o más adelante; podría resangrar, podría tener ataques epilépticos que dañasen su estado de consciencia; podría quedar con secuelas realmente incapacitantes… O podría vivir. Pero que mi opción, la mía, sería dejarlo sin operar y que se fuese plácido sin luchar… Le di mi opinión de hombre que ha bregado mucho con estos pacientes, no de familiar directo de uno; le di la opinión que quisiera tomara alguien para mí si, llegado el caso, yaciese inconsciente en una cama. Puede que le sonase insensible y hasta algo frío, con un toque más profesional que cercano. Pero creo que es el tono adecuado: primero, no estaba presente junto a él; segundo, quería que, de corazón, supiese las consecuencias que todas las decisiones pudiesen tener; no aniquilaba su esperanza, pero tampoco la inflamaba con ideales vacíos.

Intenté que tuviese la cabeza clara, despejada. Y me pareció que la tenía. Al final de la conversación me dijo que iba a seguir la recomendación del neurocirujano y que daría permiso para que se operase… Me pareció acertada su opinión y más que eso, cuando a los pocos días me comunicó que todo parecía haber ido bien, hasta lamenté haber sido tan cenizo con él sobre las posibilidades de supervivencia de su padre, siendo así que el mío fallecía lentamente en la UCI.

Poco después, mi padre, como había previsto no con esfuerzo, se fue y recibí de nuevo una llamada suya, esta vez para darme sus más sentidas condolencias. Se lo agradecí. Y le pregunté por su padre: tenía secuelas profundas tras la cirugía y ya no sería el mismo. La vida que no avisa, y estaban afrontándolo lo mejor que podían. Recordé, durante los primeros dos meses de ingreso de mi padre en UCI, que hice mucho por preparar el hogar ante un futura posibilidad de darle de alta: busqué grúas para movilizarlo, cama articulada, pañales, escudillas y esponjas, jabones y ropa adecuada; hasta ideamos la posibilidad de transformar la planta baja de la casa pues tardaría siglos en volver a caminar con algo de fuerza y no creíamos que subiría jamás esas escaleras de madera… Al final, mi padre sólo recibió de mí los purpúreos ramos fúnebres mientras que mi amigo se enfrentaba, sin haberlo pensado, a la cruel realidad de un enfermo crónico, por siempre mal, cuyo avance neurológico era errático, y que nunca volvería a ser lo que era.

La vida no avisa cuándo los papeles se intercambian, cuándo la responsabilidad llega, el ocaso de una vida y también sus despojos y sus miserias. Las luchas mantenidas pierden sentido; las razones, de tenerlas, pesan ya poco; el mundo, patas para arriba, jamás será el que una vez fue, y se nos revela la existencia como algo infinitesimal en el mundo, pero que tiene un profundo valor para nosotros.

Mi amigo en la distancia ahora se fija en su padre, que ya no es su padre; los despojos de aquel que fue apenas si le susurran algo más que triste compasión y cariño, que no algo de comprensión: hay caminos tan antagonistas que ni siquiera en el final de la jornada pueden encontrar puntos en común, aunque siempre los haya: un rasgo físico o de carácter, un gusto similar, un mohín y, muchas veces, un recuerdo. Se me parte el corazón por él: yo contemplaba día a día al mío apagarse y una mezcla semejante me llenaba el alma. Hoy sólo contemplo su tumba de mármol blanco brillar al sol de las seis de la tarde.

La vida no avisa. Tampoco la tristeza. Y mucho menos el amor. Sólo nos queda aceptarlo, llenarnos de una sutil melancolía que aprieta al corazón, y seguir con vida. La nuestra, que es la de ellos, la de todos; una gota más en el inmenso mar del universo. Y aún así, con todo, tan valiosa como un mundo, tan única como una estrella, tan cercana como una caricia y tan efímera como el sabor de un beso…

Ay, la vida…

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Antinatural

Gay or LGBT flag made of colorful splashes

Gay or LGBT flag made of colorful splashes

   Este reportaje de Françesc Gascó arroja luz científica sobre la tan cacareada antinaturalidad del amor homosexual, del sexo homosexual, del ser homosexual (palabra inventada en el siglo en el que se le empezó a considerar una desviación, una enfermedad psiquiátrica).

La Naturaleza es tan variada, tan sabia, tan eterna, que pasa por encima de las opiniones de los hombres, a quienes mira como lo que son: seres infinitesimales en la miríada creativa del universo.

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Ante todo no hagas daño: de Medicina, Neurocirugía y otras cosas.

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Ante todo no hagas daño es el relato de memorias médicas del dr. Henry Marsh, médico británico especialista en Neurocirugía, ya cercano a jubilarse, en la que nos expresa sus experiencias y sus impresiones (que no siempre es lo mismo aunque vayan muy unidas) sobre la Medicina, la Neurocirugía en particular, sobre le Servicio Nacional de Salud británico (NHS) y lo que afecta su propia percepción de las cosas y a su vida el hecho de ser todo eso, y además un ser humano, paciente y hombre que piensa, sufre y se desarrolla en el ambiente hospitalario y todo lo que eso conlleva.

Escrito con una desarmante sinceridad, cualidad que siempre lo habrá caracterizado pero que con la edad aflora en todo su esplendor (cosa de agradecer), el dr. Marsh nos va explicando, a través de casos, la huella que su práctica médica, sus ideas, sus sensaciones, su ego, sus miedos y fracasos han dejado en él como hombre y como profesional.

Aparte de que considera a la Neurocirugía como el súmmum de la práctica médica (todos los cirujanos, todos los grandes especialistas piensan lo mismo de su especialidad. ¿Alguien ha oído a un cirujano cardíaco o a un cardiólogo, por ejemplo? Pues sabrá a lo que me refiero), sus sentimientos encontrados, el retrato de la práctica médica diaria, las contradicciones a las que nos vemos enfrentados, las decisiones a veces equivocadas, la rapidez de acción, la lentitud en la formación, la asociación de ideas y conocimientos que nos llevan del orgullo malsano más absoluto a la más humana sencillez de pensamiento y sensaciones, todo ese maremoto personal y pasional que significa ser médico en activo fluyen con una ligereza y una profundidad maravillosas a través de unas páginas que se leen con deleite y, siendo como soy médico y de una especialidad que se complementa a la suya y que claramente no conoce, con una identificación y una critica únicas.

Está escrito para ser leído por legos, pero está escrito en realidad para sí mismo. Es una larga reflexión, un reflejo que le devuelve más de treinta años de experiencia y la cercana jubilación. Está escrito desde el punto de vista de un médico que ha sido estudiante, residente, adjunto joven y finalmente jefe de servicio; está escrito como un hombre que ha sido paciente pero no deja de ser médico, y está escrito con una mezcla de tristeza y humildad que llegan al corazón, lo abren y lo cierran con delicadeza y humanidad.

Quizá sea porque esos casos a los que se expone, esas decisiones, y quizá sobre todo las consecuencias de sus acciones, me son muy cercanas (nuestro equipo trabaja codo con codo con el servicio de Neurocirugía de nuestro centro, y tenemos muchos casos en común) su lectura se me hizo sencilla; su búsqueda, sus sensaciones y finalmente sus sentimientos y forma de pensar se hermanaron con los míos y encontré en sus páginas más puntos en común que diferencias, por los que devoré el libro en un día. Le aseguraría quizá que todas las especialidades (desde el médico de familia hasta el intensivista, pináculo de la pirámide de la Medicina) se necesitan entre sí, que todos dependemos de todos, y aún más de la base: Enfermería, Auxiliería y Celaduría. Le recordaría que la Medicina no es tan estanca, aunque necesite serlo para la demanda actual de servicio y excelencia (por decir algo), pues los seres humanos no lo son; y que esa sensación de poder, valentía y punto kamikaze existe en casi todas las especialidades, y que ese vértigo, por lo demás breve, nos embriaga a todos y nos deja tan vacíos después, como el mejor de los orgasmos posibles.

Ante todo no hagas daño es un libro brillante porque es el retrato de un corazón abierto; está lleno de sinceridad, y qué necesaria es en el mundo. Y enseña, sobre todo a nosotros los españoles que siempre pensamos lo peor de nosotros mismos porque no vemos alrededor lo que ocurre en otras latitudes (¿para qué?), que los Sistemas Nacionales de Salud tienen problemas similares, directores obtusos, decisiones burocráticas ridículas, falta de camas y de recursos y personal inepto o descorazonado o simplemente cansado de luchar contra los elementos. Exactamente lo que nos pasa con estos 17 reinos de taifas que llamamos España, con una Seguridad Social dividida que es incapaz de comunicarse entre sí, que impide que un ciudadano de Albacete sea tratado en Huelva si está de visita porque carece de tarjeta sanitaria activa o porque no se puede acceder a su historia clínica, por ejemplo; repleto de gestores ignorantes de la realidad más allá de sus números, y de trabajadores, la mayoría, entregados a su labor y que sólo desean Servir, a pesar de los inconvenientes.

Ante todo no hagas daño es un libro que todo médico debería leer (como los libros del dr. Oliver Sacks o de la dra. Elisabeth Klübler Ross); nos acercan la experiencia del cuidado de los vivos, del cuidado de los desahuciados; nos acerca a nuestros miedos como profesionales pero también a nuestras alegrías, y nos hace preguntarnos a nosotros mismos, si somos lo bastante sensibles para eso, qué debemos modificar y qué debemos ahondar en nuestra práctica médica. Y para los legos en Medicina, para que aprendan a ver a los médicos y al personal sanitario como seres humanos, capaces de lo más brillante y de lo más bajo, y que necesitan un tiempo, como todo hombre, para aprender a servir de la mejor forma posible y también quizá de la más altruista.

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