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El viaje.

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Un amigo en la distancia de las redes sociales ha querido a través de este blog transmitir su vivencia como paciente ingresado en una UCI. Lo ha titulado El viaje y así es como lo presento. Una forma más, de las mejores quizá, de intentar humanizar un trabajo como el nuestro, que apenas se conoce, pero que, muchas veces, deja el mejor sabor de boca cuando se logra alcanzar ese tiempo de curar.

  • Todos hemos viajado alguna vez a algún lugar con la familia, amigos o
    pareja, incluso a veces solos. Un viaje a un lugar soñado, a visitar a alguien,
    o simplemente hemos viajado mientras dormimos, a través del
    subconsciente.
    Este viaje es un viaje diferente, un viaje que no sabes cómo empieza ,ni
    cómo acabará.
    Recientemente me comunicaban que soy enfermo de Crohn, lo que es la
    enfermedad, y las pruebas y tratamiento que tendría que seguir. Tras una
    primera introspección y varias pruebas médicas, además de mucha
    información, me costó un poco digerir que mis dolores intestinales y viajes
    continuos al baño, estaban anunciando eso. El mensaje que tuve durante
    los días que me costó asimilar todo, sería: Acepta y entiende que siempre
    te acompañará a lo largo de tu vida. Lo mejor es aceptar las cosas lo antes
    posible, ser positivo, y seguir, en el fondo seguir el viaje. Tras muchos
    meses para llegar a ese diagnóstico, y mil pruebas y noches de urgencias,
    descubres lo fuerte que eres, y como actuamos, o como nuestra mente
    tiene mecanismos ante la adversidad.
    En pleno tratamiento, ya llevo dos meses con cortisona, empezamos a
    bajarla, y a ir incluyendo un inmunosupresor, que sería el tratamiento de
    largo recorrido. Todo iría bien, hasta que viajando por donde mi digestivo
    me iba llevando, se cruzó en mi camino una Gastroenteritis Aguda, que
    desembocó en una sepsis que me tuvo 8 días en UCI, y 7 en planta.
    Esta es realmente la parte más importante del viaje, mi viaje. En ese
    contexto no eres consciente de tu gravedad, del fallo renal, de las 48
    primeras horas, en las que mi viaje podría haber acabado. Vas superando
    obstáculos. Se hace duro si no fuese por el equipo médico, que además de
    su trabajo intenta hacerte sentir lo mejor posible, incluso te hacen reír si
    te ven decaído. Muchas horas de soledad sin tu familia, tan solo con la
    opción de una hora total al día para visitarte. Es el segundo día y me hacen
    un cateterismo en la cadera para iniciar mi diálisis, 4 sesiones, ya que mis
    riñones no pueden con tanta infección. Tranquilo, todo saldrá bien, me
    dijo Andrea, una de mis compañeras de viaje. Y salió.
  • Al día siguiente empezaron a mejorar las analíticas, según la doctora, y
    ellas se iban alegrando, porque estaban consiguiendo sacarme de toda esa
    gravedad. Fue de lo poco que supe. Vas mejor. Es viernes por la mañana y
    me llevan al hospital Provincial (Universitario de Alicante) para ser más
    exactos, porque tuve una pequeña molestia, y querían descartar algún
    posible fallo cardíaco. Ahí me empecé a preocupar, y me prometí a mí
    mismo que dejaría de fumar si todo estaba bien, y lo estaba. Corazón
    perfecto, y viaje de vuelta en S.A.M.U. con dos grandes profesionales que
    hacían mi viaje más divertido. El martes siguiente me despedía de mi
    estancia en la UCI para cambiar de habitación. Esta vez en planta. Estaría
    unos días más, pero ahora sería un viaje más relajado y sin tantas prisas ni
    sobresaltos. Estaba a punto de llegar al destino, un destino feliz.
    A pesar de todo ello, de la dureza del diagnóstico al ingresar, lo más difícil
    fue asimilar lo que mis padres habían sufrido. Mi madre estuvo días sin
    dormir llorando, mis amigos no podían verme, y a pesar de estar
    informados, no podían visitarme. Viajé con una mochila vacía,que sin
    saber se fue llenando, y que a los días de mi salida del hospital, me hizo
    sopesar de golpe la carga sin compasión, haciéndome entender mi
    gravedad, todo el sufrimiento de los míos, entender que todo pudo acabar
    sin haber dicho muchos te quiero y haber sentido a mucha gente que
    quiero.
    Lo que me ha llevado a escribir estas palabras, es vaciar esa mochila, e
    incluso que pueda servir mi experiencia en alguno de vuestros “viajes”.
    Sed felices y disfrutad cada momento. Yo lo hacía, ahora más si cabe.
    Gracias Juan Ramón por cederme tu espacio. Además de que sabrás de
    que hablo medicamente, tu eres una de esas personas que seguro
    colaboran en hacer estos viajes más livianos.
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La vida no avisa.

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a M.

   Hace un par de años, por estas fechas, recibí una llamada de un amigo de lejanía, de los que la red ha hecho realidad de un imposible acercando distancias infinitas (y no sólo físicas) y tocando a veces corazones y querencias.

Mi padre estaba ingresado en UCI por aquel entonces (le quedaría un mes para fallecer), así que me pasaba todo el tiempo que podía en aquel universo encerrado, cuyo tiempo fluye a una velocidad imperceptible y cuyo destino sólo avisa a aquellos capaces de leer las señales sutiles que regala. Y me llamó por teléfono. No suele hacerlo nunca, antes bien envía algún mensaje por Whatsapp, por lo que generalmente empleamos esta aplicación para hacer muchas veces comentarios banales y alguna que otra vez pequeñas confidencias de importancia variable. Estaba preocupado y quería hacerme una pregunta.

La vida no avisa, me dijo cuando descolgué el teléfono. Yo asentí, viendo todo lo que tenía a mi alrededor. Pero en mi caso había obviado las señales, estaba seguro, pero no quería agobiarle a él con mis propios demonios interiores. Así que inmediatamente me contó lo que le preocupaba.

Su padre tenía dos hematomas dentro del cerebro. Estaba entrando en fase de coma profundo y no estaba seguro de qué decisión tomar. Los neurocirujanos le habían explicado a él y al resto de su familia las consecuencias de no hacer nada o bien operarlo. Él no estaba siquiera seguro de haber entendido bien toda aquella perorata. Y me pedía el favor de intentar aclarárselo.

Resoplé. No sólo porque la distancia hace más difícil decir un buen consejo, si no que los consejos médicos están tan llenos de ambigüedades (intentamos abarcar tantas posibilidades…) que no estaba muy seguro de poder hacerlo de forma satisfactoria. Pero me reconocí en su angustia de hijo, en su casi desespero por la carga de responsabilidad que de repente se posaba sobre sus hombros.

La intervención es relativamente sencilla: se vacían los hematomas a través de pequeños agujeros hechos en el cráneo llamados trépanos, y se aspira la sangre que está comprimiendo el cerebro, causa fundamental del coma del padre de mi amigo. Pero toda cirugía tiene sus riesgos, sus posibilidades de salir bien, de salir regularmente bien o de salir mal. Eso lo agobiaba. Se enfrentaba a la posibilidad de que fuera todo bien y su padre quedase con pocas secuelas, que saliese moderadamente bien y esas secuelas fuesen más o menos notorias o, en el peor de los casos, que muriese por ellas.

¿Cómo animar a alguien a tomar una decisión semejante? En nuestro equipo intentamos que el neurocirujano esté presente para que explique la intervención y refrende las posibilidades de error que puede haber en el transcurso del ingreso del paciente. Dan su opinión como nosotros damos la nuestra; pero el familiar es el último en responder, es decir, el que tiene la máxima responsabilidad, y puede que allí esté el error, y sin duda ése era el origen del malestar de mi amigo. Siendo lo que soy y habiendo experimentado lo que he vivido, entiendo punto por punto tamaña desazón que nace de la ignorancia por un lado, de la fe en la habilidad del médico por otra, y del miedo al futuro.

Le dije mi opinión. Con un coma tan profundo lo más probable es que, de hacerlo, quedaran secuelas importantes: podría morir ahora o más adelante; podría resangrar, podría tener ataques epilépticos que dañasen su estado de consciencia; podría quedar con secuelas realmente incapacitantes… O podría vivir. Pero que mi opción, la mía, sería dejarlo sin operar y que se fuese plácido sin luchar… Le di mi opinión de hombre que ha bregado mucho con estos pacientes, no de familiar directo de uno; le di la opinión que quisiera tomara alguien para mí si, llegado el caso, yaciese inconsciente en una cama. Puede que le sonase insensible y hasta algo frío, con un toque más profesional que cercano. Pero creo que es el tono adecuado: primero, no estaba presente junto a él; segundo, quería que, de corazón, supiese las consecuencias que todas las decisiones pudiesen tener; no aniquilaba su esperanza, pero tampoco la inflamaba con ideales vacíos.

Intenté que tuviese la cabeza clara, despejada. Y me pareció que la tenía. Al final de la conversación me dijo que iba a seguir la recomendación del neurocirujano y que daría permiso para que se operase… Me pareció acertada su opinión y más que eso, cuando a los pocos días me comunicó que todo parecía haber ido bien, hasta lamenté haber sido tan cenizo con él sobre las posibilidades de supervivencia de su padre, siendo así que el mío fallecía lentamente en la UCI.

Poco después, mi padre, como había previsto no con esfuerzo, se fue y recibí de nuevo una llamada suya, esta vez para darme sus más sentidas condolencias. Se lo agradecí. Y le pregunté por su padre: tenía secuelas profundas tras la cirugía y ya no sería el mismo. La vida que no avisa, y estaban afrontándolo lo mejor que podían. Recordé, durante los primeros dos meses de ingreso de mi padre en UCI, que hice mucho por preparar el hogar ante un futura posibilidad de darle de alta: busqué grúas para movilizarlo, cama articulada, pañales, escudillas y esponjas, jabones y ropa adecuada; hasta ideamos la posibilidad de transformar la planta baja de la casa pues tardaría siglos en volver a caminar con algo de fuerza y no creíamos que subiría jamás esas escaleras de madera… Al final, mi padre sólo recibió de mí los purpúreos ramos fúnebres mientras que mi amigo se enfrentaba, sin haberlo pensado, a la cruel realidad de un enfermo crónico, por siempre mal, cuyo avance neurológico era errático, y que nunca volvería a ser lo que era.

La vida no avisa cuándo los papeles se intercambian, cuándo la responsabilidad llega, el ocaso de una vida y también sus despojos y sus miserias. Las luchas mantenidas pierden sentido; las razones, de tenerlas, pesan ya poco; el mundo, patas para arriba, jamás será el que una vez fue, y se nos revela la existencia como algo infinitesimal en el mundo, pero que tiene un profundo valor para nosotros.

Mi amigo en la distancia ahora se fija en su padre, que ya no es su padre; los despojos de aquel que fue apenas si le susurran algo más que triste compasión y cariño, que no algo de comprensión: hay caminos tan antagonistas que ni siquiera en el final de la jornada pueden encontrar puntos en común, aunque siempre los haya: un rasgo físico o de carácter, un gusto similar, un mohín y, muchas veces, un recuerdo. Se me parte el corazón por él: yo contemplaba día a día al mío apagarse y una mezcla semejante me llenaba el alma. Hoy sólo contemplo su tumba de mármol blanco brillar al sol de las seis de la tarde.

La vida no avisa. Tampoco la tristeza. Y mucho menos el amor. Sólo nos queda aceptarlo, llenarnos de una sutil melancolía que aprieta al corazón, y seguir con vida. La nuestra, que es la de ellos, la de todos; una gota más en el inmenso mar del universo. Y aún así, con todo, tan valiosa como un mundo, tan única como una estrella, tan cercana como una caricia y tan efímera como el sabor de un beso…

Ay, la vida…

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Antinatural

Gay or LGBT flag made of colorful splashes

Gay or LGBT flag made of colorful splashes

   Este reportaje de Françesc Gascó arroja luz científica sobre la tan cacareada antinaturalidad del amor homosexual, del sexo homosexual, del ser homosexual (palabra inventada en el siglo en el que se le empezó a considerar una desviación, una enfermedad psiquiátrica).

La Naturaleza es tan variada, tan sabia, tan eterna, que pasa por encima de las opiniones de los hombres, a quienes mira como lo que son: seres infinitesimales en la miríada creativa del universo.

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Ante todo no hagas daño: de Medicina, Neurocirugía y otras cosas.

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Ante todo no hagas daño es el relato de memorias médicas del dr. Henry Marsh, médico británico especialista en Neurocirugía, ya cercano a jubilarse, en la que nos expresa sus experiencias y sus impresiones (que no siempre es lo mismo aunque vayan muy unidas) sobre la Medicina, la Neurocirugía en particular, sobre le Servicio Nacional de Salud británico (NHS) y lo que afecta su propia percepción de las cosas y a su vida el hecho de ser todo eso, y además un ser humano, paciente y hombre que piensa, sufre y se desarrolla en el ambiente hospitalario y todo lo que eso conlleva.

Escrito con una desarmante sinceridad, cualidad que siempre lo habrá caracterizado pero que con la edad aflora en todo su esplendor (cosa de agradecer), el dr. Marsh nos va explicando, a través de casos, la huella que su práctica médica, sus ideas, sus sensaciones, su ego, sus miedos y fracasos han dejado en él como hombre y como profesional.

Aparte de que considera a la Neurocirugía como el súmmum de la práctica médica (todos los cirujanos, todos los grandes especialistas piensan lo mismo de su especialidad. ¿Alguien ha oído a un cirujano cardíaco o a un cardiólogo, por ejemplo? Pues sabrá a lo que me refiero), sus sentimientos encontrados, el retrato de la práctica médica diaria, las contradicciones a las que nos vemos enfrentados, las decisiones a veces equivocadas, la rapidez de acción, la lentitud en la formación, la asociación de ideas y conocimientos que nos llevan del orgullo malsano más absoluto a la más humana sencillez de pensamiento y sensaciones, todo ese maremoto personal y pasional que significa ser médico en activo fluyen con una ligereza y una profundidad maravillosas a través de unas páginas que se leen con deleite y, siendo como soy médico y de una especialidad que se complementa a la suya y que claramente no conoce, con una identificación y una critica únicas.

Está escrito para ser leído por legos, pero está escrito en realidad para sí mismo. Es una larga reflexión, un reflejo que le devuelve más de treinta años de experiencia y la cercana jubilación. Está escrito desde el punto de vista de un médico que ha sido estudiante, residente, adjunto joven y finalmente jefe de servicio; está escrito como un hombre que ha sido paciente pero no deja de ser médico, y está escrito con una mezcla de tristeza y humildad que llegan al corazón, lo abren y lo cierran con delicadeza y humanidad.

Quizá sea porque esos casos a los que se expone, esas decisiones, y quizá sobre todo las consecuencias de sus acciones, me son muy cercanas (nuestro equipo trabaja codo con codo con el servicio de Neurocirugía de nuestro centro, y tenemos muchos casos en común) su lectura se me hizo sencilla; su búsqueda, sus sensaciones y finalmente sus sentimientos y forma de pensar se hermanaron con los míos y encontré en sus páginas más puntos en común que diferencias, por los que devoré el libro en un día. Le aseguraría quizá que todas las especialidades (desde el médico de familia hasta el intensivista, pináculo de la pirámide de la Medicina) se necesitan entre sí, que todos dependemos de todos, y aún más de la base: Enfermería, Auxiliería y Celaduría. Le recordaría que la Medicina no es tan estanca, aunque necesite serlo para la demanda actual de servicio y excelencia (por decir algo), pues los seres humanos no lo son; y que esa sensación de poder, valentía y punto kamikaze existe en casi todas las especialidades, y que ese vértigo, por lo demás breve, nos embriaga a todos y nos deja tan vacíos después, como el mejor de los orgasmos posibles.

Ante todo no hagas daño es un libro brillante porque es el retrato de un corazón abierto; está lleno de sinceridad, y qué necesaria es en el mundo. Y enseña, sobre todo a nosotros los españoles que siempre pensamos lo peor de nosotros mismos porque no vemos alrededor lo que ocurre en otras latitudes (¿para qué?), que los Sistemas Nacionales de Salud tienen problemas similares, directores obtusos, decisiones burocráticas ridículas, falta de camas y de recursos y personal inepto o descorazonado o simplemente cansado de luchar contra los elementos. Exactamente lo que nos pasa con estos 17 reinos de taifas que llamamos España, con una Seguridad Social dividida que es incapaz de comunicarse entre sí, que impide que un ciudadano de Albacete sea tratado en Huelva si está de visita porque carece de tarjeta sanitaria activa o porque no se puede acceder a su historia clínica, por ejemplo; repleto de gestores ignorantes de la realidad más allá de sus números, y de trabajadores, la mayoría, entregados a su labor y que sólo desean Servir, a pesar de los inconvenientes.

Ante todo no hagas daño es un libro que todo médico debería leer (como los libros del dr. Oliver Sacks o de la dra. Elisabeth Klübler Ross); nos acercan la experiencia del cuidado de los vivos, del cuidado de los desahuciados; nos acerca a nuestros miedos como profesionales pero también a nuestras alegrías, y nos hace preguntarnos a nosotros mismos, si somos lo bastante sensibles para eso, qué debemos modificar y qué debemos ahondar en nuestra práctica médica. Y para los legos en Medicina, para que aprendan a ver a los médicos y al personal sanitario como seres humanos, capaces de lo más brillante y de lo más bajo, y que necesitan un tiempo, como todo hombre, para aprender a servir de la mejor forma posible y también quizá de la más altruista.

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Fluir.

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En el Pasillo de la Salud Perdida las emociones se encuentran en estado puro; es un risco, un malecón, donde la fuerza de los vientos se encuentran, donde la masa embravecida de las aguas choca una contra otra, haciendo temblar los cimientos de nuestro mundo, destrozando nuestra estabilidad, aniquilando nuestras esperanzas.

Pero la vida es así. Una vez agotadas todas las luchas internas, una vez perdidas todas las batallas contra la Enfermedad, es decir contra el Presente, sólo nos queda abandonarnos a ese vaivén, a ese fluir sin más órdenes que las recibidas, sin más sueños que nuestras esperanzas en minúsculas, sin bordes ni mapas que aseguren una travesía sin riesgos.

La Enfermedad, como la vida, es un mar embravecido, un precipicio, una quemadura indeleble y quizá la mayor prueba de confianza a la que nos enfrentaremos nunca. No siempre para bien. O, ¿quién nos dice que no lo sea? Si quisiéramos, entraríamos aquí en meditaciones abstrusas que o interesarían a nadie más que al Enfermo, que pivota entre sus deseos y los de sus familiares, entre los remedios que le recetan y las pruebas a las que le someten.

Una vez agotadas todas las luchas interiores, una vez que dejamos atrás preguntas que nos afectan directamente, que son ecos de nuestro ego herido, la clave para seguir adelante está en dejarse ir, en fluir. No es depositar una confianza vana en una fe prestada; ni siquiera en las configuraciones taumatúrgicas de los profesionales de la salud: fluir en el cuidado de Enfermería y Auxiliería, confianza en las decisiones tomadas, abandono al Destino pues no hay mayor lucha estéril que aquella en la que luchamos contra una Realidad que no cambiará aunque lo deseemos con fuerza (o fe) sobrehumana. En el punto en el que estoy, lo más sensato, lo que menos me hace sufrir (ya se encarga la Enfermedad de eso) es negarme a mí mismo al menos la paz de abandonarme a los acontecimientos, de Aceptar lo que ya es  y dejarme ir con el río de la vida hasta el meandro de mi destino, que será sin duda el mejor al que la Enfermedad me ha arrojado.

Es una decisión plenamente consciente, y el baño de libertad es igual de poderoso. Hay baches en el camino, pozas donde reculo a veces, como en el río de un desamor por el que vamos navegando y que sólo al distancia atemperará. La Enfermedad, o el viaje por el Pasillo de la Salud Perdida es igual de tortuoso, igual de doloroso a veces y, por encima de todo, tan liberador o más, tan refrescante y eterno.

Y poco a poco, aunque la piel arda incesante, en la pira de mi vida el incienso se alza al cielo en busca de Serenidad y de Fuerza, que me permita seguir fluyendo por él hasta el final.

 

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La piel en llamas.

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Tomo prestado el título de de una obra de teatro del dramaturgo Guillem Cluá que describe perfectamente el estado de la piel durante la Hepatitis colestásica. Antes si quiera de saber que la tenía, en la explosión inicial en la que mi piel estaba teñida de una coloración rojigualda y me picaba horrores, un fuego me recorría el cuerpo, desde el centro del corazón hacia las extremidades; a veces (la mayoría y siempre por la noche) emergía de los pies y de las manos y subía en rémora inalcanzable hasta mi cerebro, haciendo del picor un espectáculo sádico de dolor y masoquista de rascado. Esos ataques de picor (llamado prurito) son tan violentos como accesos, agotan nuestras energías, y una vez conseguido que  nuestra piel quede rota y lacerada por las heridas que sangran, ese ataque disminuye hasta transformarse en un ronroneo constante que jamás nos abandona, alerta, debajo de la piel, como miles de agujas que se clavan continuamente, esperando un nuevo ataque suicida, con mayor violencia si cabe que el anterior y quizá con mayor canibalismo.

La Hepatitis colestásica es una enfermedad que odia las caricias, los abrazos. Ni siquiera tolera el mínimo roce de nuestra propia piel, una rodilla contra un muslo, el tobillo en la planta del pie, el roce de un dedo contra otro. No nos permite permanecer sentados durante mucho tiempo, y acostarse se convierte en un ejercicio de estrategia militar en el que se pierde siempre. Siempre.

El prurito está presente de continuo, no cesa, no ceja, no brinda descanso; pero a medida que el sol se oculta emerge como un vampiro con una sed endemoniada. De modo que aprendemos a odiar el paso del tiempo. Y las largas horas de la noche, en la que intentamos encontrar posturas en las que el yo que sufre el picor y las heridas y se rasca en los escasos minutos de sueño y liberación, se divide en dos dibujando un juego psicótico en el que se observa a sí mismo rascarse indiscriminadamente mientras imagina una postura que le ayude a atenuar ese necesidad suicida o que aplaque por unos instintos las ganas locas de tirarse por una ventura para dar por finalizada semejante tortura.

La piel es pura lija, sentimos el tremor de los cristales de bilirrubina depositados justo debajo de la epidermis y descubrimos con horror que no hay crema hidratante que nos ayude a calmar la angustia de la piel que se cae a tiras y observamos impávidos como la piel en llamas se destruye entre arañazo y sangre desperdigada por las sábanas como signos de violencia autoimpuesta, especie de sacrificio máximo que nunca consigue su objetivo final.

Y la piel cambia de color, se vuelve amarilla verdosa; las ojeras, pues nadie puede descansar cinco minutos si quiera, dibuja círculos morados sobre un hueso que es piel pegada a la cara; casa acceso de prurito desgasta las energías del cuerpo, y perdemos peso de forma tan rápida que padece anemia, que bajan los niveles de proteínas del cuerpo, y aquella piel que era antes vitalidad ahora es malicienta, como encerrada en una cárcel de cera áspera, que revela el esqueleto que sostiene un físico inerme con las fuerzas mermadas y las ganas diluidas en el Pasillo de la Salud Perdida cuyo final está lleno de las zarzas del picor y de las heridas sangrantes que manan por doquier de todos los lugares adonde los brazos, las manos, las habilidosas uñas pueden llegar a alcanzar, incluso durante el sueño.

Así, sin casi masa corporal, con la piel áspera y amarilla, los ojos de gato perdido, ojeras moradas y profundas, una piel candente que no tolera el mínimo roce, sólo alguna película del algodón más puro; un dolor lacerante que templa los nervios y que puede atraparlo en un arrebato psicótico en cualquier instante y el descubrimiento frustrante que, a pesar de múltiples ofertas, no hay tratamiento adecuado para detenerlo. A algunos les va bien esto, a otros aquello, a los demás eso, como última oportunidad esto de aquí y quizá, por probar algo de lo de allá… En mi caso, nada tuvo el efecto deseado, antes bien, comencé con un rosario de efectos secundarios que me hicieron renunciar a la farmacopea conocida y a pasar este calvario sólo con cremas hidratantes, mucha paciencia, mucho dolor, heridas sobre heridas y antihistamínicos, los únicos que parecían bajar un poco el nivel de fiebre que las crisis de rascado me producían. Bien es verdad que, como me dijeron mis colegas de Digestivo, niveles tan altos de bilirrubina no se alcanzan tan fácilmente: siempre me ha gustado ponerme las cosas difíciles.

No importa. Han tolerado mi mal humor durante esos arrebatos en los que nos transformamos en lo peor de nosotros mismos, han estado apoyándome en cada una de las estaciones de la enfermedad que podía agravarse en cualquier momento; me permitieron estar en casa, donde pese a las desgracias, la comodidad no la supera ninguna cama de hospital que no, no está preparada para estos enfermos: ropa de cama de poliéster, mantas de tejidos sintéticos, almohadas rígidas, y ambiente caldeado cuando descubrimos que nuestro único aliado, so expensas de tiritar constantemente, es el frío.

Debemos aprender que estos enfermos necesitan de circunstancias especiales que mitiguen un poco el extremo sufrimiento que tienen y que se expresa con una fiereza inusual en el seno de la piel. El estado de excitación nerviosa es máximo, y el miedo a un nuevo acceso de picor, paralizante. Por no hablar de la falta de descanso, la pérdida de toda masa muscular, la incomodidad de estar acostados todo el tiempo o sentados toda la tarde en posturas que revientan la piel de los glúteos y de la espalda, de suerte que a las llagas de las extremidades se unen las torturas de las heridas de presión del cuerpo… Muchas cosas deben ser revisadas para dar el confort mínimo que estos enfermos necesitan y que no consiguen la mayoría de las veces por la sordera de las plantas dirigentes hospitalarias, cuya incapacidad para ver el sufrimiento humano más allá de los números sólo se disipa cuando lo padecen  en sus propias carnes. En el proceso de Humanizar los cuidados sanitarios, la UCI como eje pero también como radio de una rueda multicolor, esto debe ser una piedra angular, el comienzo de un edificio plástico y cuyo servicio se adapte a las necesidades del paciente más que a las del personal sanitario, o todavía peor, a fines políticos ajenos a la naturaleza humana.

Habiendo pasado, estando pasando algo parecido, me ayudará a intentar conseguir, aunque representen pequeños pasos, una cadena de mejora integral de los cuidados de los enfermos, pues nosotros, los verdaderos funcionarios de la Salud, lo deseamos de corazón. Y no es fácil, pero sé que en medio de este desorden de vida en el que me hallo, sé que puedo volar, y eso es lo que me mantiene, en la vorágine del miedo y del amparo, a seguir adelante.

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