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La historia de los Otros

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Esta noche ingresé un paciente con un ictus isquémico grave. En coma. Las posibilidades de que mejore son remotas, pero siempre cabe la posibilidad. Lo más probable es que evolucione a lo que llamamos sufrimiento cerebral por edema y finalmente el cerebro sufra tanto que alcance el estado clínico de muerte cerebral, con lo que estaría oficialmente muerto aunque el resto de sus órganos sigan cumpliendo su función durante un período de tiempo corto (ésa es la ventana que empleamos para solicitar la donación de órganos) . Pero también cabe la posibilidad que la enfermedad se estanque y permanezca en coma durante un período de tiempo variable.

Intenté explicárselo a la familia. A la esposa del enfermo y a sus dos hijos. No estaba yo en mi mejor momento y sentí que no establecía una relación fluida con esa familia. Reculé en mi explicación varias veces: era demasiada información nueva en una situación crítica para ellos; pero tengo el convencimiento que deben saberlo todo, y refrescárselo diariamente conforme la evolución del enfermo, para que no haya sorpresas ante informaciones que parecen salidas de ninguna parte. En general, les digo que no se abrumen ante tal cantidad de datos, pues todos los días ajustamos la información conforme veamos la respuesta del paciente.

Con ésas, estuve más tiempo del habitual con la familia.

Y mientras tanto, tuve la oportunidad de observarlos en la distancia. La vida de los Otros esconde historias que desconocemos y con las cuales no conectamos, pues no nos importan en exceso. No es mala esa postura vital: no podríamos estar languideciendo diariamente con el peso de los problemas del mundo y los nuestros propios. Sin embargo un ejercicio así, observar e intentar identificar puntos claves en la vida de quienes nos hablan para poder entenderlos y amoldarnos a las necesidades del presente, debería ser una función obligada para los profesionales de la salud, y en todo caso también para todos aquellos que trabajan de cara al público (en la vida personal, las cosas se encuentran demasiado imbricadas para poder alcanzar el grado de racionalidad necesaria para desligarse de lo observado y poder juzgarlo de la manera más justa). Y no me refiero aquí a técnicas de coaching (tan en boga actualmente), si no a algo más sencillo, y por lo tanto abandonado, como es oír a los demás, escuchar lo que quieren decirnos, para así llegar a entenderlos, no a identificarnos, si no a comprenderlos.

La mujer del enfermo, abrumada, intentaba absorber una información que se le escapaba: llegó a decirme que no estaba lo bastante formada intelectualmente para entenderlo. Una de sus hijas, incapaz de soportar la probable muerte de su padre, o cuanto menos un grado de minusvalía muy profundo, resoplaba incrédula: su mente, bloqueada, se negaba una y otra vez a entender la evidencia. Eñ hijo, quizá algo abrumado pero con cierto resquicio de sentido común, asentía alerta: puede que no comprendiese todo el proceso que le estaba explicando, pero había conseguido aprehender el mensaje: que estaba tan grave que quizá no sobreviviese al episodio.

En medio de mi perorata inútil, adquirí esas sensaciones e intenté incorporarlas a mi discurso. Me dirigí primero a la mujer del enfermo: con palabras sencillas comprendió que podía llegar a morir en las siguientes horas, o, si sobreviviese, el grado de daño cerebral sería muy grave. Los adultos están mucho mejor preparados para la muerte de alguien querido de lo que creemos. Pero mucho más. Asintió, tranquilizándose: esa poca información le era comprensible y encajaba en su forma de pensar. Ahora podía esperar lo peor o lo mejor con más tranquilidad.

La hija, cuyo miedo a enfrentar la muerte era quizá superior a cualquier explicación racional en alguien que se veía intelectualmente educado para ello, carecía de la madurez emocional de su madre: la información le fue administrada con cuentagotas, asegurándole que cada día recibiría un refuerzo de la lección dada y un gramo más de profundidad necesaria. El hermano, cuya comprensión o al menos aceptación facilitaba las cosas, sólo necesitó un resumen muy abreviado de lo que podría pasar: esto, eso o aquello. Asintió y se levantaron.

Los acompañé a la puerta como siempre hago (también al comienzo les saludo y les deseo buenos días, tardes o noches, aunque muchas veces se me olvida decir mi propio nombre) y les despido a cada uno con una palmada en la espalda: hay algo en el contacto físico que regenera energía, que da confianza; la barrera del rol que jugamos desaparece por un momento, estableciendo una corriente de simpatía empática, de humanidad dosificada, que quiero que ellos sientan y que yo no pierda.

Cada paciente que se sienta ante un médico desea ser oído. Necesita ser escuchado. Para poder saber qué le aqueja, sin duda, pero sobre todo para poder desplazar sus angustias, retratar sus miedos, y afrontarlos. Cada narración lleva emparejada no sólo el nivel educacional de la persona, si no su historia personal, social, íntima. Los hábitos diarios, los miedos irracionales, la depresión profunda o el exceso de optimismo, el ambiente de trabajo, los problemas familiares, toda esa maraña que conforma una vida humana cargándola con los hábitos que llamamos vida que se vive.

Cada persona es una experiencia, un mundo; cada paciente, y cada familiar de paciente, traen consigo el intrincado tejido de sus historias personales, experiencias que llegan hasta nosotros, sentados en una cierta posición de poder, para que las valoremos en su justa medida. Y no es algo fácil.

¿Qué esconde las relaciones humanas? Algo muy sencillo: queremos ser oídos, queremos ser entendidos, queremos ser aceptados. Y no es empatía de lo que hablo (o no más que la de darnos cuenta que nosotros también llevamos a nuestras espaldas la narración inacabada de nuestra propia vida): es sencilla interacción con el Otro que no somos nosotros; es darle importancia capital a una vida que de otra forma no nos interesaría en lo más mínimo, pero cuya comprensión nos permitirá no sólo ayudarla en el plano sanitario, si no en uno más holístico, más completo, más metafísico quizá: en su estructura como ser humano.

En una sociedad que tiende cada vez  más a la individualidad (nunca ha dejado de estar abocada al individuo en solitario), saber que los demás con los que interaccionamos a diario poseen miedos, frustraciones, expectativas y desconfianzas tan parecidos a los nuestros propios, hace que seamos más sensibles a escucharlos y a aceptarlos.

La historia de los Otros no es una noticia en el telediario, ni el rápido intercambio de un buenos días, ni la compra o la venta de un artículo (incluso la propia carne humana); es algo más. Es aquello que nos permite afrontar cada una de las oleadas de la existencia, que nos impide evolucionar o nos protege o nos impele a cambiar. Estar dispuesto a escuchar y a aceptar la historia de los Otros puede que no nos haga mejores personas, pero desde luego nos hace ser seres humanos más comprensivos y abiertos a la verdadera Vida: multifacética, vibrante, herida, curada, melancólica o alegre, y quizá nos acerque a la aceptación de lo distinto al vernos reflejados nosotros mismos en ella.

La historia de los Otros, a la postre, no nos es ajena: es la nuestra propia. Con otra voz, con otros matices, con otros disfraces. Pero sus ecos resuenan en el universo y en nuestro propio corazón, y hace que se satisfaga el único deseo verdaderamente humano que encierra una relación personal: ser oído, ser atendido, ser escuchado, ser comprendido, ser aceptado. Y seguir adelante.

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¿Qué es la UCI? ¿Por qué humanizarla?

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Gabi Heras ha liderado un movimiento que busca reestructurar el paradigma de la Medicina Intensiva, la UCI, para saber ser más humanos, mejor profesionales cada día. Una necesidad que venimos sintiendo muchos profesionales integrados en el sistema que permite dar vida, o mejor, ganar tiempo para que el cuerpo sane con nuestra ayuda.

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Enfermería y Servicio

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Damos por sentado muchas cosas. En materia de derechos ciudadanos, de seguridad, de educación. Si bien todos están interrelacionados, dependiendo unos de los otros, hay un derecho, una necesidad, y es la de ser Cuidado, Servido, en la Salud. Nosotros los médicos somos sólo el rostro más famoso del Servicio Sanitario, pero no el principal. La cara amable, la del trabajo duro, la que en realidad establece la relación cercana de cuidado, de servicio integral, se debe a la Enfermería, y por extensión a la Auxiliería y la Celaduría.

Los más olvidados. Todos nos quedamos con el rostro de un médico, con las manos que aportan el momento exacto de inicio y fin de un proceso terapéutico. Pero las manos que trabajan día a día, que logran ese milagro cuyos mecanismos intrínsecos hacen del médico un taumaturgo, y por tanto, alguien lejano, son las de la Enfermería. Ellos velan por nuestra salud, por nuestra comodidad, conocen nuestras vidas, dicen las palabras correctas, adivinan nuestras necesidades, porque nos conocen, sus manos con las nuestras, sus tactos con los nuestros. No hay nada más íntimo ni más natural que el roce de la piel, el brillo de una mirada, un comentario adecuado y la sonrisa en los labios.

Hay de todo, como en cualquier estamento humano. Pero la mayoría vive para servir, para curar, para regalar comodidad. Y muchas veces para brindar apoyo al médico, que desde su atalaya se siente perdido, pues son muy observadoras, muy estrictas y muy pacientes. Innumerables veces me han salvado de cometer errores, me han alertado a tiempo, han sabido guiar mis intuiciones. Sin ellos yo no sería lo que soy ni podría garantizar los cuidados que sé que debo administrar. Ellos son mis ojos, mis manos, mi sonrisa. Ellos, la Enfermería, que convive día a día con el paciente, son los obreros del milagro, los guardianes, los mensajeros. Y debemos darles, siempre y cada día, el lugar que merecen. Sabiendo sus nombres, conociendo sus historias, usando la misma paciencia, el mismo valor y la mismo amor que ellos dan en su trato con los pacientes.

En esta charla TEDx, Carolyn Jones les brinda un homenaje. Y nos recuerda porqué son importantes, porqué son los cimientos de la salud y, además, nos recuerda que somos unos privilegiados, en Europa, por mantener a duras penas un servicio sanitario (casi) universal, pues ellos en los EEUU no lo tienen, y el valor de la Enfermería se engrandece hasta alcanzar su verdadero valor: pilar fundamental de la asistencia sanitaria.

Ojalá algún día honremos a nuestro personal de Enfermería y asistentes: Auxiliares y Celadores, poniéndolos en el lugar que merecen.

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Oír, escuchar, comprender

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Fui a buscar al oncólogo para que me explicara el cambio en la propuesta terapéutica de mi madre. Se había establecido un cronograma con el que habíamos quedado conformes: cirugía, radioterapia posterior, hormonoterapia. No quimio. Pero ahora se había producido un giro en el plan con el que no contábamos mi madre y yo. Al parecer el oncólogo tenía dudas.

Dicho cambio se le había comunicado a mi madre sin prepararla para ello. Yo no estaba presente. Y aunque lo hubiese estado. No debería haber cambio entre la comunicación médico-paciente fuese la madre de un colega o no. Aunque sé que si hubiese estado junto a ella, la notica hubiese sido dicha, y quizá asimilada, de otra forma. Ella salió entera pero my preocupada por ese cambio inesperado, y posteriormente me lo diría por teléfono casi al borde del llanto. Ella tenía cáncer, yo no. Y por supuesto, tampoco lo tenía ni la cirujana ni el oncólogo.

Dejando detalles técnicos aparte que llevaron a esas dudas en el plan de terapia del cáncer de mama que padece mi madre, el problema real que yo veía era ese hiato insuperable entre la intención del médico, sus propia visión profesional, sus ansias (y nada dispara más las alarmas que tratar a familiares de colegas) y las del paciente que está tratando. Es casi imposible evitar mezclar nuestras expectativas sobre nosotros mismos y las del paciente, nuestra intención de hacer lo mejor que sabemos hacer (y ser) y las del paciente, que desea ser curado por un lado con el menor dolor, y por otro, ser oído, y comprendido, en su dolencia.

Oír, escuchar, comprender. Tres verbos que deberían estar grabados en nuestro corazón. En Medicina. Pero también en la Vida así en mayúsculas, y en la vida pequeña, del día a día.

Fui a buscar a mi colega y le pedí que me aclarase el cambio. Me explicó sus dudas, su deseo de aportar el máximo de posibilidades en vistas a una “curación” (y no, amigos, no hay curación con el cáncer, ni es una batalla que se gane, ni es una lucha diaria: es vivir en constante riesgo, es enfrentarse a la debilidad, al miedo a nosotros mismos, a sufrir; es aprender a vivir al completo cada segundo, y eso es una lección durísima y difícil de aceptar) o, como me aclaró al recordar que estaba hablando conmigo, una alta posibilidad de estar libre de tumor en los plazos de cinco y diez años (así medimos realmente el éxito de cualquier terapia, en términos de supervivencia). Así, su tipo de tumor, ya per se con alta supervivencia ajustándose al plan inicial, podía beneficiarse de un 5% más de posibilidades si se le sumaba la quimioterapia. Asentí. Pero no.

Mi madre es una mujer sana, dentro de su edad, con una vida rica, que le permite hacer lo que desea; le gusta estar guapa, arreglada; le gusta pintar, bordar, salir a dar una vuelta, estar en su hogar. Tiene una buena calidad de vida. Y se nos olvida que la vida, la Vida, es calidad; de nada nos sirve estar vivos si no podemos disfrutar ni un segundo de ese regalo, de ese placer. Ella lo sabe. Lo ha tenido siempre muy claro. No le importa vivir diez años más, si ello supone mermar sus gustos, su independencia, su disfrute pequeño de los días que pasan. Sabe que tiene cáncer y lo ha asumido con entereza; se ha sometido a cirugía y ahora a radioterapia; sabe que tiene que tomar una pastilla todos los días durante cinco años, pero no quería oír hablar de quimioterapia ni antes de saber qué tenía, ni ahora. Es su voluntad. Su voluntad como persona y como paciente. Y se había sentido engañada como paciente y como persona al saber que deseaban cambiar un plan terapéutico sin comentarle nada, sin tener en cuenta precisamente eso: su vida. Y eso, no.

Le dije directamente a mi colega que siendo yo el que lo tuviera, por un 5% más de probabilidades no me sometería a la larga tortura de una quimioterapia: proceso eterno, indolente, que requiere una capacidad vital para la recuperación enorme (y no hablemos aquí de los problemas durante la terapia, que dan para mucho), que yo, sano, no estoy seguro de tener y mucho menos mi madre, dueña de una edad madura maravillosa, pero madura.

Lo miraba mientras se lo comentaba. Como hago siempre. Y me daba cuenta que no me entendía. No cabía en su esquema mental que me negase a esa posibilidad. Y yo mismo me preguntaba cómo era posible que no me entendiese. Empleábamos los mismos términos, pero desde primas diferentes.

Respiré hondo y detuve mi perorata, comprendiendo de súbito que no íbamos a llegar a ningún lado. Y supe en ese instante qué le aquejaba. Su necesidad de ofrecer lo mejor a sus pacientes, su deseo de que se libraran de una enfermedad laboriosa, era mayor que su sentido común; no entendía, no entendía, que alguien escogiese vivir con una enfermedad, pero vivir bien, con ese riesgo aceptado en vez de entregado a un tratamiento brutal que lo ataría a un lecho sin garantías, o con apenas más garantías que las que ya contaba por la propia naturaleza del tumor. Supe que no íbamos llegar a un acuerdo satisfactorio para él. Hasta que me dijo:

– Quien decide es la enferma.

Faltaría más. Sonreí.

– Obviamente. Ni tú como su médico ni yo como su hijo. Es algo que todos tenemos claro, ¿no?

Sonrió un tanto benevolente. Pensaba que al final se saldría con la suya. Como si eso fuese lo importante.

– Vamos a hacer un nuevo test sobre el tumor, es lo más preciso que tenemos en materia de probabilidad de recurrencia [reaparición] del tumor. Y según nos diga podemos decidir con más seguridad. ¿Te parece?

– Perfecto.

Sonrió más relajado. Y yo. Él tenía un arma con la que argüir sus bien intencionadas medidas terapéuticas, y mi madre ganaba una semana para pensarlo mejor.

Salí de su consulta sabiendo que se le ofrecía esa oportunidad de meditar porque era mi madre. Su caso es lo que llamamos frontera: ni bueno ni malo, de esos difíciles de decidir: todo lo que se haga es bueno sin llegar a ser magnífico; todo lo que se le añada como tratamiento sólo busca asentar las buenas posibilidades que ya tiene de por sí el caso, como asegurar con un dique nuevo la contención inicial de la primera estructura construida.

Me pregunté a cuántas mujeres, a cuántos pacientes, se les daba también esa oportunidad.

Cuando fuimos a la consulta, al día siguiente, observé desde fuera la relación médico-paciente, ese juego imperceptible en el que sin embargo las decisiones adoptadas transforman vidas, trazan destinos.

El oncólogo con su postura férrea, mi madre con la suya. Ambos con las mejores intenciones. Pero había algo que faltaba en ese diálogo: él oía, pero no escuchaba, y no comprendía la postura de la paciente. Mi madre, al contrario, lo entendía, pero argüía, con ese enorme sentido común que la caracteriza, sus razones. Diez minutos después, él le comunicó la prueba a la que iban a someter a su tumor y ella aceptó.

– Todo sea para que tengamos sobradas razones para tomar una buena decisión.

Le dijo el oncólogo. Ella asintió. Se dieron la mano y salimos de allí.

– Un buen hombre -me dijo mi madre ya en el pasillo-. Pero no me gusta.

La miré asombrado. No porque ella no acostumbrase ser directa, si no porque él había sido correctísimo, algo rígido, pero muy amable.

– ¿Y eso? No te dijo lo que querías oír.

Ella siguió con su tono calmado:

– No. Hace su trabajo. Pero mal.

– ¿Mal?

– Sí. Porque no me ha escuchado. Yo entiendo su postura. Es su labor darme todas las armas posibles para curarme. Pero es su deber entender mi decisión, porque es mi vida y mi salud, no la suya. Y si no me quiero someter a un tratamiento y le explico el motivo, su deber es entenderme, no ser condescendiente. Hay una gran diferencia. Y no tengo que explicártela ahora. Estás muy mayor para eso.

Le sonreí, sin decirle que sabía perfectamente a lo que se refería. Puede que ella no supiera la angustia que, como profesionales, nos atenaza muchas veces, la cruel necesidad que nos obliga a dar todo lo que podemos para alcanzar la restauración de la salud de nuestros enfermos. Una obsesión que puede nublar nuestro sentido común. Eso es una debilidad que debemos detectar y minimizar, pues no podemos eliminarla de un plumazo,  y que pocos, en realidad, somos conscientes de su existencia. Y sin embargo yo era uno de ellos, y también fui un enfermo, y un familiar de un enfermo, y muchas cosas más. Qué complicados somos a veces los seres humanos.

Mi madre iba a negarse a la quimioterapia sí o sí.

– ¿Cuánto me queda por vivir? ¿Cinco años? ¿Tres? Lo que sea, estoy de prestado. Vivámoslo entonces como debe ser, quiero salir y estar al sol, encender la chimenea y sentarme a su lado pintando, quiero bordar y seguir saliendo con tu tía si me apetece a dar una vuelta, viajar si puedo permitírmelo, teñirme el pelo y llevar la coleta que he llevado media vida. El precio por unos años más de vida es muy alto con la quimioterapia para la sencillez con la que vivo; hay que pensar en vivir al máximo, no en arrastrase y dar trabajo gratis. A mi edad, la vida es para sentirla, no para dejarla ir en medio de tonterías.

Era su vida. Y tenía razón. Había que oírla, escucharla y comprenderla.

Hace unos días, en una guardia, me llamaron para valorar un enfermo de Parkinson ya mayor, encamado desde hacía tres años; sus familiares querían que se le diese la mejor atención y eso incluía la posibilidad de ingreso en UCI.

A la colega que me había comentado el caso le di una negativa cortante. De todas maneras, subí a valorarlo, como hacemos siempre. Por el camino (ahorro aquí la explicación de subir a pie seis pisos porque el ascensor no daba llegado), me arrepentí de mi brusquedad. Es que ya debería salir de nosotros mismos estas decisiones. En fin. Diciéndome a mí mismo de todo, llegué a la planta. Y fui directo a ver al enfermo y después hablé con su familia. Tres personas, pendientes de una hija del paciente que estaba de camino.

Les informé de sus posibilidades, de lo que le haríamos si lo ingresaba. De lo que significa prolongar una situación que no tiene salida. Creo que me entendieron y aún así temiendo lo peor, me dirigí a hablar con mi colega con la firme intención de ingresarlo, para ahorrarme (lo reconozco) tener que hacerlo a horas más indecentes ante la supuesta terquedad de su médico.

Me llevé una sorpresa. Mi colega no deseaba ingresarlo. En el fondo, lo que quería era mi ayuda para hacer entender a la familia que las posibilidades del enfermo eran nulas y que lo mejor era aportarle los cuidados paliativos que necesitase para que no hubiese sufrimiento por ambas partes. Suspiré, aliviado.

Me había equivocado. Y qué dichoso estuve de haberlo hecho.

Con energía renovada volví a reunirme con la familia. Ya había llegado la hija que faltaba. Sus caras de angustia me afectaron un poco. Y por un momento, detuve el fluir de mis pensamientos y abrí los ojos y los oídos: les dejé hablar, los oí, los escuché y los comprendí.

La hija tenía miedo, primero, que lo que tuviera pudiese ser tratado y salvado; segundo, que lo veía sufrir y la angustiaba todo. Debí haberlos llevado a un lugar donde sentarnos, pero no lo hice. En vez de eso, cambié el tono de mi mirada y acerqué mi postura a ellos. Supe el camino por el que tenía que transitar y les tomé de la mano para que viajaran conmigo.

Les expliqué la evolución del Parkinson y las causas habituales de muerte cuando la enfermedad evoluciona, como era el caso. Les expuse e intenté garantizarles que mis colegas y yo vigilaríamos por la integridad del paciente y por la de la familia, y que veía un error ingresarlo en una unidad que sólo le ofrecería prolongar una situación que no tenía futuro.

Suspiraron aliviados. Entendieron. Me entendieron. Y por encima de todo, yo les comprendí. A ellos. Y a mi colega, desbordada por la falta de conexión con la familia.

Resolvimos la situación como deseábamos, y todo volvió a la normalidad.

Era lo mismo que el caso de mi madre con su oncólogo. Lo mismo que nos pasa en el día a día a todos en todos los niveles.

El resultado de la prueba del tumor de mi madre llegó. Fue mejor de lo que esperábamos. El oncólogo me llamó todo ilusionado para darme el resultado.

– Tenía razón tu madre -me dijo-. Una mujer muy perspicaz. Toda una dama.

Sonreí para mis adentros. No necesitaba quimioterapia. Ahora había más certeza. La angustia de su médico disminuyó y mi madre suspiró tranquila. No quería mandarlo a hacer gárgaras y ya no tendría motivos para eso, pues, aún su incapacidad para escucharla y entenderla, ella era consciente que la había oído y con eso le bastaba.

Y porque sí, además de guapa y elegante y ser todo corazón, mi madre es una dama.

Ahora toca enfrentarse a otros problemas, los que vayan llegando, con ánimo renovado.

Oír, escuchar, comprender… Cuánto tenemos que aprender.

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Las horas del silencio.

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Hospital. Mediodía. Mujer de mediana edad. Sala de espera. Nervios, intranquilidad.

Sospechas. Pruebas. Inquietud.

Un nombre. Ruido. Incertidumbre. Abandonar todo lo que lleva encima. Desnudarse.

Ecografía mamaria. El gel frío sobre la piel aún tersa. Una y otra vez el transductor, como una varita mágica, se mueve arriba y abajo, de izquierda a derecha. Una mama. La otra. Arriba y abajo, derecha a izquierda. El gel es como el amnios viscoso del nacimiento. Espera. Y da a luz.

Un tumor. Pequeño. Cierra los ojos. Un tumor.

Un tumor.

Un tumor.

Biopsia. Ruido de paquetes al abrirse. Agujas, un sonido como de pistola al descargarse. Guantes estériles, anestesia. Un rumor. Otro más. Y en su interior crece la certidumbre. Se pregunta: ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿por qué?

Aguja. Dentro. Escozor. Molestia leve. Tres descargas de pistola. Apenas siente cómo se mueve su carne. En al pantalla del ecógrafo ve algo informe que parece un tumor. Un tumor. De mama.

Ya ha pasado. Sin problemas. Y miradas de pena, porque a nadie le gusta diagnosticar algo así. La palabra Cáncer flota en el aire. En las palabras no dichas, en cada acto que de repente parecen hechos en cámara lenta.

Vestirse. Mamas que ya no serán lo que fueron. E incertidumbre. Miedo a lo desconocido. A sufrir. A perder el pelo. A dejar de estar sano. A no ser más persona del montón.

Sale por la puerta con volantes rellenos y mil instrucciones. Aquí y luego allá. En este piso no, en el de arriba, en el edificio de Consultas externas. Ya la llamarán.

Y silencio. No hay palabras, no todavía. Se acumulan todas juntas en la boca. Se frenan en la lengua.

Cáncer de mama es lo único a cuyo eco responde.

Y llora en silencio. Poco a poco. En silencio. Y soledad.

Ya vendrá(n) lo(s) demás.

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Fragilidad

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Eran las cuatro de la mañana de la guardia de Nochebuena. Había sido una guardia larga, aunque pudimos hacer el paréntesis para celebrar, con viandas que todos habíamos traído, la festividad entre las prisas habituales de una noche de UCI.

El sonido del teléfono interrumpió la conversación. Avisaban que en Urgencias había ingresado un intento de suicido (nosotros lo llamamos: Intento autolítco); alguien había ingerido no se sabía cuánta cantidad de anticongelante para coches, un veneno mortal si no se atiende a tiempo.

Siendo casi la guinda del pastel de una guardia mala como pocas y como generalmente son en estas fechas señaladas, murmuré en voz alta, muy enojado, quién era capaz de intentar matarse en una noche como esa. En fin.

Mientras subía la paciente que ya había valorado el residente que estaba conmigo de guardia, fuimos sabiendo algo más de ella: mujer, joven, su nombre, sus apellidos… Algo de ella me llamó la atención, pero la gravedad de lo que había ingerido pronto hizo que pusiera mis sentidos en lo que había que hacer de inmediato pues, aunque sabía qué antídoto emplear, debía investigar las dosis necesarias y tenía que repasar en el libro de intoxicaciones qué otros tratamientos de soporte deberían aplicarse. Para el momento en que la paciente entró por la puerta de la UCI, la máquina de hemodiafiltración continua (una máquina que actúa como la diálisis sólo que está activa las 24 horas del día) ya estaba lista para conectarse, y el antídoto ya cargándose en las dosis adecuadas por el S. de Farmacia Hospitalaria.

Al ver a la paciente, la primera impresión que tuve volvió a presentarse. Una melena suave, canosa prematura, de un tono dorado mate, ese color de beso de sol a media tarde; la piel muy blanca,  y unos ojos azules mortecinos, surcados por docenas de arrugas precoces, me impresionó. Aquel rostro había sido bello una vez, aunque ahora se presentaba ajado, sin vida; palidez marcada, ojeras oscuras que hendían el azul de aquella mirada sin sentido.

Le pregunté su nombre. Lento, me supo responder: A-na… La sensación que había tenido hacía un rato y que se había desvanecido al leer su nombre y apellidos me golpeó como un rayo. No era la misma mujer elegante, de melena larga y rubia, de caderas poderosas, de carne prieta y sabrosa que mi mente trajo de los recuerdos de una vida pasada. Pero tenía que ser ella… Al acercarme para explorarla mejor, pude identificar los oyuelos de las mejillas, los lunares discretos y mórbidos sobre el hombro izquierdo, la longitud de unos dedos hechos para tocar el piano como una vez hizo, la sonrisa oscura que usaba para seducir y ser querida. Era Ana, en un tiempo novia de uno de mis mejores amigos. Ana, que nos encontró una noche de farra, tocándome el culo con una avidez que denotaba su achispamiento etílico. Mi buen amigo, un hombre tan atractivo que las chicas que le gustaban caían rendidas a su encanto apenas sin inmutarse, estaba a mi lado cuando yo sentí una mano afanosa mezclarse con mi pantalón. Asombrado y azorado me giré, y aquel mujerón rubio, bella a esa hora y a pesar del toque de alcohol, miraba ansiosa a mi amigo pero acariciaba mi trasero.

– Cariño – le dije- creo que estás tocando el culo equivocado.

Con esa terquedad de las personas achispadas que niegan que están etílicamente alteradas, me sonrió como haciéndome un favor y negó con la cabeza. Comprendiendo, acerqué mi boca a la oreja de mi amigo y le susurré mis sospechas. Él también llevaba mirándola un buen rato.

– Déjame tu sitio, anda -me dijo-. Y que pruebe el culo que quiere tocar.

Serían sobre las cuatro de la mañana de una noche de otoño, siete años atrás. Yo me aparté solícito e hice por ir al servicio. Cuando regresé a nuestro sitio, ninguno de los dos estaba ya. Y no los volvería a ver hasta varios meses después, cuando se fueron a vivir juntos en una arranque de vitalidad que sólo se tiene a los treinta años.

Ana era una mujer encantadora, de sonrisa coqueta, de pelo como mar al atardecer. Se cuidaba con mimo; hacía resaltar su atractivo con las armas justas, la sonrisa de sirena, y un meneo al caminar que llamaba la atención. Juntos, debía admitirlo, hacían una pareja maravillosa.

Como suele ser habitual, su relación absorbió parte de la vida de mi amigo, por lo que dejamos de vernos de forma asidua, aunque seguíamos en contacto por teléfono y en el hospital, donde también trabajaba.

No recuerdo cuánto duró aquella relación, sólo sé que no terminó del todo bien: él pidió traslado por motivo familiar a otra ciudad y ella se quedó aquí, estudiando la carrera que él le había animado a retomar y graduándose poco después. Mi amigo volvió a estar libre para comunicarse conmigo de forma asidua, o lo que de asiduo hace la distancia, y Ana se perdió en las brumas de los recuerdos que se olvidan. Hasta esa noche.

Qué cambiada estaba. Había perdido mucho peso; su piel no tenía ese brillo nacarado y su mirada, desafiante, estaba perdida y desenfocada por el tóxico que rondaba por su sangre.

Una vez recuperado de la primera impresión: reconocerla, valorar su estado actual y el motivo de su ingreso, que movieron mis cimientos durante unos minutos, procedimos a tratarla. Cuando conseguimos una estabilidad relativa, dejé a Enfermería a su cuidado y fui a hablar con sus familiares. Su hermano esperaba ansioso saber sobre ella.

Un dios alto, rubio y muy guapo (la belleza corría por esa familia como por un descampado genético) me recibió nervioso y al borde de las lágrimas. Me relató todo lo que había pasado esa noche, con la sorpresa todavía en el cuerpo. Estaba mal, eso lo había visto ya hacía varios meses, pero ella no le prestaba atención; no eran de confidencias, pero él estaba seguro que algo malo pasaba. Llevaba sin trabajo unos meses y se sentía como una carga para él y su familia; no atendía a razones; sólo quería que la dejaran en paz y dormía gracias a la medicación pautada por el médico de cabecera. El chico se culpaba: de haber sido indulgente, de haberla dejado ajarse, de no prestarle más atención. Debía haberse dado cuenta de esa depresión, de algún dato de inestabilidad mental, de fragilidad.

No se daba cuenta, pero hablaba con un aluvión de sentimientos que parecía un río a punto de desbordarse. Yo le dejé hacer… Pasados unos veinte minutos o así, pensé que sería bien intervenir.

Le hablé de los riesgos de ese tóxico si no habíamos llegado a tiempo: podía quedar ciega, podía quedar sin riñones, por ejemplo; pero también podía salir sin daño alguno; dependía del tiempo entre la ingesta y la llegada al hospital. No pudo precisarme cuánto. No importaba. Me habló de lo bella que era, si la hubiese conocido, sabría que Ana podía haberlo tenido todo; eso le decía un novio que tuvo haría siete años, que la apoyó para que volviera a los estudios, y fue feliz con él, eso lo sabía, y le apenaba haber perdido a un posible cuñado que le parecía tan de fiar.

No tuve valor para decirle que sabía su historia. Que Ana y yo nos conocíamos de antes; que aquel novio tan válido era amigo mío, y que nunca supe qué había motivado aquella ruptura más allá de lo que siempre pensamos de ser muy absorbente y algo inestable, todo aquello con que acusamos al Otro cuando nos decepciona demasiado o terminamos de amarlo como pareja.

Me sentía extraño mientras me contaba la historia de su hermana; sus tres intentos previos cuando era una adolescente; el agujero en el que se había transformado su vida. Siempre había sido una chica frágil, aunque lo disfrazase muy bien hasta ahora…

Dejé que se desahogara otro rato más; era tan tarde y estaba yo tan cansado que no me importó el tiempo que pasé a su lado: un hombre que necesitaba un apoyo que quizá yo pudiera darle, aunque me estuviese muriendo de sueño y cansancio. Era mi deber y allí estuve, hasta que pude calmarlo un poco.

– Vamos a ver cómo responde al tratamiento, cuánto de rápido hemos sido. Ahora podrá pasar a verla y puede quedarse el tiempo que haga falta…

Me agradeció efusivamente los ánimos y esperó a que llegase su madre. Cuando ambos pasaron a ver a Ana, ésta estaba algo mejor; la cabeza más despejada; el color había vuelto a sus mejillas. Parecía otra en aquella hora que llevaba ingresada. Eso era buena señal.

Les saludé desde lejos, pues temía que Ana tuviese buena memoria y me reconociese como el chico del culo equivocado en una noche mágica, tan distinta a ésta que ambos compartimos.

Su fragilidad me conmovió mucho, porque no era una paciente con un número de identificación más; si no una mujer que yo conocía plenamente y ahora se entregaba a nuestro cuidado en el punto de mayor debilidad posible. Sentí pudor por ella, y por mí: seguro que tampoco yo era el mismo de siete años atrás.

Tres días después se había recuperado del todo, y sin secuelas importantes, pudo ser trasladada a seguir tratamiento en la planta de Psiquiatría.

Ayer, una prima mía joven, aquejada de un cáncer de pulmón galopante, me pidió que le ayudase: pese a las quimioterapias y a sus ganas de luchar, se sentía débil, enferma, incapaz, y llevaba cuatro días con un dolor insoportable. Cien millones de improperios después por haberse dejado llevar hasta ese estado, le pedí que acudiese al hospital donde hablaría con los colegas de Oncología a ver qué se pudiera hacer por ella.

Al llegar la vi empequeñecida, hecha un ovillo, pálida, débil. Frágil. Una mujer que había sido siempre una chispa de vitalidad y que llevaba su casa, motor y guía, con la mejor de las manos. Pequeña cosa, acostada en una cama, llevaba días sin comer y sin beber, aquejada de un dolor lacerante que le impedía hasta hablar.

Los médicos la valoraron, le pusieron tratamiento; las enfermeras la trataron con mimo, le hicieron sentir cuidada, liberada del dolor que le impedía hasta pensar. Dos horas después, ya en el Hospital Onco-Hematológico de Día, estaba más serena, hidratada por los sueros y descansada por los analgésicos: la morfina es el mejor aliado del hombre, pocas cosas (la aspirina, los antibióticos quizá) la igualan, y pocas cosas hay más baratas y que cuesten más indicar, tristemente.

Cuando la fui a ver estaba dormida. La dejé descansar una hora más o menos. Estaba con los ojos cerrados, la expresión del rostro era plácida, se sentía cómoda, cuidada, mimada. La fragilidad de un cuerpo que se prepara a morir brillaba con la serenidad de los cuidados bien hechos, con la certeza de lo que no tiene cura llevado de la mejor manera posible.

Cuando pude volver a verla, ya despierta, me sonrió con una sombra de lo que aquella risa había sido, y me tomó suave de las manos. Lloró un poquito, como cuando no queremos ser vistos, añadiendo unas gotas de pudor a ese estado de débil fragilidad.

– Gracias…

Pero no había nada que agradecer. Mis compañeros estaban haciendo lo que deben hacer; llega un momento en la vida en que la lucha sólo se reduce (y nunca es fácil alcanzarlo) al confort, a la serenidad, a dejar que el pasaje más triste de todos se haga de la forma más digna posible, más fácil y certera. Yo sólo había pedido ayuda…

Ayuda, fragilidad, alivio. Para eso estamos aquí, en todos los estamentos de la Medicina. Pero también en los de la Vida.

Mi prima volvió a sonreír poquito, sabedora, porque todos los pacientes lo saben, que ya no hay mucho qué hacer, salvo recoger los restos de dignidad que nos quedan y que se resumen en la fragilidad de pedir ayuda, y que ésta nos hace en realidad más fuertes que nadie, más sabios y más generosos, y repartirla, liberarse de cualquier carga que ya las manos han dejado caer en parte, y prepararse para ese largo viaje sin retorno que en nada ata y que deja todo atrás.

En un mundo que nos hace creer en falsas imágenes, en fantasías banales, en sueños que no son nuestros deseos, la fragilidad del cuerpo y de la psique siempre están ahí para recordarnos de qué estamos hechos y hacia dónde vamos. Que todo lo demás: las mil preocupaciones, los anhelos, la posesión, los sueños, las relaciones, no son más que objetos sinuosos, sombras informes, niebla que se diluye con la llegada de la luz… La luz de la comprensión, la luz que sólo ilumina a aquel que ha dejado de luchar y que reconoce, que sabe, que la mayor fortaleza está en la entrega, encerrada en el momento más íntimo de fragilidad, ese instante en que dejamos de ser lo que creemos ser para llegar a convertirnos en nuestra esencia, en lo mejor que hemos sido jamás.

Y le doy las gracias a estas dos grandes maestras que me han recordado, en estos días de miserias personales, que nada hay más fuerte que la fragilidad, y nada más valiente que pedir ayuda. Y nada más generoso que darla sin medida.

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El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

Metáforas (o cuando un médico intenta explicar lo inexplicable).

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Esta mañana, mientras realizábamos la ronda de visita a los enfermos, dos compañeros y yo charlábamos sobre las imágenes o metáforas que empleábamos para hacernos entender (es un decir) a los familiares y a veces a los propios enfermos. En contra de lo que pueda parecer, no es fácil, ya que la propedéutica y la semiología han creado alrededor del saber médico una barrera harto difícil de superar para el lego en la materia. Lo curioso es que ocurre con todas las profesiones: desde el carnicero al abogado (este último es cuando menos lo más enrevesado posible), desde el electricista al piloto de aviación, ese lenguaje críptico, edificado para facilitar la comunicación interprofesional, se vuelve una verdadera frontera fuera de los acotados límites de una profesión, y nada mejor para crear confusión y división que la incapacidad de comunicación entre seres humanos.

Dicho esto que no es fácil, en general procuramos disminuir el grado de tecnicismo a la hora de comunicarnos con los pacientes y sus familiares…Con resultados de lo más diverso. Hay excepciones, cierto es: trabajé con un colega que no se bajaba del tecnicismo ni que le cocieran vivo, no sé si por temor a perder su poder simbólico o porque realmente carecía del mínimo rapport a la hora de comunicarse con los demás del equipo no-médico que le rodeaba. A saber.

Una vez, siendo residente y rotando en el Servicio de Cardiología, iba a explicar a un familiar que su hermano había sufrido un infarto (del corazón, se entiende). La primera metáfora que me viene a la mente cuando hablo de las arterias, sean del corazón o del dedo del pie, es la de una red de tuberías (porque son tuberías, especializadas y maravillosas; pero llevan un líquido en su interior del punto A al punto B, vamos, mera plomería de toda la vida). Pues bien, tanteando el grado de formación intelectual de mi interlocutor puedo ir desde la semiología más purista hasta la imagen más sencilla que se me ocurra en ese momento (que puede pillarme con la imaginación despierta, por ejemplo a las cinco de la tarde; o aniquilada, como puede estarlo a las cuatro de la mañana). En este caso opté por la metáfora de las tuberías, ya que me parecía la más gráfica y sencilla de aprehender. Bueno, llevaba ya unos diez minutos de animado monólogo explicando cómo una cañería que lleva sangre al corazón se había tapado y de allí el infarto y que íbamos a hacer una prueba que intentaba sacar literalmente ese estorbo de la tubería, como si usásemos un desatascador de cañerías, para restablecer el paso de la sangre e intentar así que la zona de infarto fuese la más pequeña posible… Hasta que el familiar en cuestión me miró extrañado. Yo callé de inmediato esperando su reacción.

– ¿Es usted de verdad el médico?

Consideré durante tres milisegundos mi respuesta. Eran las seis de la mañana y llevaba unos diez minutos de explicación pormenorizada y muy sencilla sobre lo que le pasaba a un enfermo grave… ¿Y me preguntaba si yo era el médico de guardia?

– Es que no le entiendo bien, ¿no habrá alguien que sepa más de lo que le pasa a mi hermano?

El caballero en cuestión tendría unos sesenta y tantos años, claramente del ámbito rural, y meridianamente no nos estábamos entendiendo. O al menos yo no supe explicarme mejor, cosa que me parecía imposible porque consideraba que mi imagen de las cañerías era casi imbatible.

– Lleva aquí un rato hablándome de tuberías y obstrucciones y desatascadores y, perdóneme la imprudencia, pero no me parece muy profesional.

Menudo chasco a horas tan tardías. Suspiré buscando inspiración a la vez que intentaba no enojarme mucho con la situación. Si esto hubiese pasado a las tres de la tarde pues me hubiera reído, pero muerto como estaba a esa hora menuda la gracia que me hizo, yo allí dispuesto a desplegar mis armas dialécticas, y siendo despreciadas y aún puesto en solfa mi conocimiento sobre la materia en cuestión (aquí admito puntos de discusión, sin duda)… Vamos, menudo cuadro.

Resoplé de nuevo encontrando lo que consideré que era el punto justo de dignidad perdida: le comenté el caso como si fuese un profesional de la materia… Y se quedó muy satisfecho. Se hizo la prueba, se ingresó en la Unidad de Cuidados Coronarios con el infarto bien arreglado y todos contentos. Eso sí, no me entendió ni pío, pero pude ganarme su confianza en la incomunicación médico-paciente. Cosas de la vida.

Otra vez me pasó lo contrario. Habiendo ingresado a su padre en la UCI, una compañera médico de familia, que todavía no se había identificado como tal, detuvo mi perorata metafórica con un escueto:

– Soy una colega. Entiendo perfectamente.

Yo vi el cielo abierto. Le solté con sobria franqueza todo el discurso con pelos y señales sobre lo que le pasaba a su padre, los parámetros de función respiratoria y hemodinámica, el grado de Glasgow Coma Score, el resultado del TAC, etc. Cuando terminé, me quedé esperando alguna pregunta. No tenía ninguna. Me di cuenta que se había perdido a mitad del discurso. A veces no sabemos cuándo usar nuestras trilladas metáforas y cuándo es mejor tener la boca cerrada.

Con los cuadros que afectan al cerebro la cosa se complica un poco. Porque es un campo todavía medianamente explorado y muchas veces nos sorprende con sus respuestas. Las hemorragias intracraneales, los traumatismos, y sobre todo los cuadros secundarios a esas causas (que son muchos) son quizá de los más difíciles de transmitir y de entender: un paciente puede estar hablando perfectamente y al segundo siguiente entrar en coma, por ejemplo, o tiene un infarto cerebral por un trombo que obstruye las arterias del cerebro y al día siguiente lo que nos encontramos es una hemorragia gigantesca que lo lleva a las puertas de la muerte… El cerebro funciona con electricidad (no es el único órgano que se activa con esa energía maravillosa, pero es el que la emplea casi al 100%), cuando hay algo que altera la delicada estructura de las neuronas (las células cerebrales) éstas responden con chasquidos eléctricos, y a veces verdaderas tormentas eléctricas que se reflejan en convulsiones epilépticas o bien en estados de coma sin respuesta activa con el medio ambiente. La conversación que teníamos hoy durante el pase de visita trataba precisamente de la mejor metáfora para poder explicar a los familiares esa situación extraña de estar en coma porque la actividad eléctrica del cerebro era muy desordenada llegando incluso a sedar al paciente, intubarlo y conectarlo la respirador para ganar tiempo a que el cerebro se restituyese y calmase esas descargas erróneas. Yo alegué que usaba la metáfora de un cable enchufado al que se le da un tajo: hay chispas por todas partes y el flujo eléctrico de la habitación (o de la casa) se detiene, por lo que es necesario con la mediación detener ese desorden a la espera que todo volviese a la normalidad (no siempre vuelve a la normalidad, vaya por delante esta aclaratoria). Mi metáfora es simple, muy gráfica, pero yo mismo sentía que cojeaba. Uno de mis compañeros dijo:

– Yo uso la metáfora del ordenador.

Nos quedamos callados esperando su explicación, simple y perfecta:

– Todos tienen un ordenador en casa. Y todos sabemos que se cuelgan de vez en cuando. Pues les digo que el cerebro es como el ordenador, que a veces nos irrita colgándose y no hace nada. ¿Qué hace usted cuando el ordenador se le cuelga? Les pregunto. Todos contestan siempre: lo reseteo.

Sonreímos captando el mensaje.

– Pues al cerebro le pasa lo mismo. Cuando se cuelga, lo apagamos con medicaciones y esperamos un tiempo hasta encenderlo de nuevo… Y voilà!

Eso es una buena metáfora, porque todos la entienden. Y me la he guardado en el arsenal de recursos para la próxima vez que me encuentre en un aprieto.

La comunicación es vital. Evita malentendidos, resuelve entuertos, diluye al orgullo, tranquiliza a los corazones agitados. Quizá el empleo de un lenguaje técnico, tan propio de cada profesión en todas nuestras relaciones vitales, merme nuestra capacidad de entendimiento, y sin duda disminuye todas las posibilidades de identificación con nuestro interlocutor. Es nuestro deber como individuos minimizar esas barreras, disminuir esas limitaciones y encontrar un campo común de entendimiento y de comunicación, donde las emociones fluyan y también la comprensión y el respeto. En todos los ámbitos de la vida. Y eso incluye a los médicos que intentan explicar lo inexplicable a una madre, o una esposa, a un hijo, a un amigo que siente el temor de la pérdida a flor de piel en un maremoto que cambia vidas, que deshace mundos en apenas minutos, en unas horas, para siempre. La pérdida de la Salud, el túnel de la Enfermedad, la delicada frontera entre la Muerte y la Vida.

Y mientras tanto, lleno mi alforja de metáforas para poder comunicarme mejor con mis semejantes y para no sentir tan profundamente esa responsabilidad mayúscula de hacer lo mejor posible, con el menor daño posible, mi labor diaria.

 

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