El príncipe y la modista

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Hay algo en la literatura actual que me intriga. En aras de la integración, del buenrollismo, estamos perdiendo profundidad. El huracán puritano que nos envuelve, trufado por erróneas percepciones de individualismo e igualitarismo desmedido, está haciendo florecer en la sociedad un movimiento que me aterroriza porque atenta directamente sobre el bien más preciado del hombre: su libertad intelectual. Ya todas las justificaciones que se arguyen para explicar esas necesidades inactivan per se la necesidad de este movimiento, que como todo lo humano, tiene su lado oscuro y su lado resplandeciente.

El príncipe y la modista es un cuento gráfico creado por Jen Wang y editado por Sapristi. De preciosa factura y de una sencillez que desarma, sólo su fin simplista no termina de ser convincente. Desde una perspectiva adulta. Y aunque no creo que sea ése su público, su lectura, su disfrute (porque es una historia tierna y maravillosa, improbable y carente de temporalidad, cierto, pero tan encantadora que podemos pasarlo por alto) es sano. Me aventuro más: estaría bien que los niños pudieran acceder a este cuento de hadas como una forma de entender lo maravillosa y diversa que puede ser la psique humana.

Porque Jen Wang ha dibujado y escrito un cuento de hadas. No hablamos aquí de la profundidad onírica y poética de Hans Christian Andersen, cuyo calado literario es tan profundo y tan simbólico que seríamos incapaces de crearlo en este tiempo nuestro de alarmante sequía artística; El príncipe y la modista no posee ninguna de las cualidades que la llenarían de cualidad literaria porque es simple, quizá en exceso, y sobre todo porque carece de una línea temporal que le ofrezca verosimilitud como obra creativa. Pero de lo que no carece, al contrario le sobra, es de energía, valentía, belleza y libertad. Y eso es maravilloso.

La creación de Jen Wang está acorde con los tiempos que vivimos: tramas simples, sin poso, con escasa complejidad psicológica (perdón, apenas bucea en la superficie de unos personajes que valen su peso en oro); inverosímiles al no poseer un marco de referencia temporal, pero valientes, contradictorios y sensibles. La historia de El príncipe y la modista imbrica temas tan diversos como la pansexualidad (¿sensualidad más bien?, pues aunque la identificación sexual está desde la página uno, no hay ni un atisbo de sexualidad explícita en todo el relato), el miedo a ser diferente, a crear y a ser aceptado; la lucha entre la tradición y la modernidad, la aventura transformadora que nos depara aceptar nuestras diferencias una vez superados los límites que nos confinan y finalmente el amor: filial y de pareja. Una historia que podía llegar profundo pero que sin embargo se queda en la superficie, porque así son los tiempos en los que vivimos, pero con tanta fuerza, que su mensaje trasciende las páginas del libro y se instala con un positivismo muy actual, muy de hoy.

 El príncipe y la modista es un libro precioso, que bebe sin duda de clásicos más valientes (escritos en otras épocas más difíciles y encorsetadas que la nuestra, en cambio) y Jen Wang además nos regala pequeños atisbos de lo que conlleva la creación de una obra gráfica, especie de enseñanza para quien desee aventurarse en un mundo tan complicado como es el de idear una historia y hacerla viva a través de la tinta y el pincel. Eso también es un punto a su favor.

Una pena que estos tiempos nos impidan adentrarnos en profundidad en las complejidades de la individualidad humana; que prevalezca lo fácil a lo adecuado; el miedo a no vender sobre la obra maestra que creadores tan estupendos podrían hacer. Pero eso no quita la belleza de lo publicado, ni la intención de lo narrado, ni el retrato actual de la sociedad que nos lee. Creo que Jen Wang nos sorprenderá con obras más maduras sobre la psique humana, porque El príncipe y la modista promete mucho, da mucho, pese a su aparente sencillez y su hueca simplicidad.

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Paris sera Toujours Paris: la vida es ensueño

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Nada como adentrarse en la prosa de Màxim Huerta para navegar por París. Si la ciudad ha sido para muchos un sueño, vivirla a través de sus ojos en un ensueño azul y gris y rojo, lleno de fluidez acuática y de carnosidad, olores y sabores. El París de Màxim Huerta es ruidoso, preciso, lleno de detalles que explican la vida actual, vívido y palpable (de suerte que sentimos los pasos sobre adoquines mojados  y oímos el entrechocar de copas Pompidou llenas de champán entre risas y desvíos), evocador y único, porque fue única París en un tiempo ya ido y lo es, todavía, en el recuerdo del escritor.

 Paris sera Toujours Paris, en una bellísima edición a cargo de Editorial Planeta, en donde se aúnan la prosa muy Màxim Huerta (enamorada, canalla y discretamente irónica) con las ilustraciones maravillosas de María Herreros, es una obra hecha con cariño. Nada más bello que el olor de esas páginas con peso, donde los colores nos hablan de París con la misma fuerza que las palabras escritas o las imágenes dibujadas; nada más concreto que el sueño de un escritor que ha vivido una ciudad y la evoca en la distancia, y el sello de un periodista que, suerte de guía turística, nos descubre las entrañas de una ciudad sin desnudarla por completo, a modo de esas amantes superfluas ya perdidas en el tiempo: pieles salvajes que no carecen por completo de adornos. Todo en Paris sera Toujours Paris se vive como un ensueño; cada detalle, cada curiosidad; cada capítulo es un latido, cuya sístole insufla de aliento una vida que fue y cuya diástole nos lleva al remanso del día a día, en un ejercicio melancólico, pero todavía hermoso, de una ciudad que ha querido ser centro del mundo y que ya no lo es.

París no es ya esa París: es una dama arreglada que soporta las embestidas de tiempo, pero con evidentes signos de desgaste. Ni su belleza permanece ajena a la mediocridad de la actualidad. Siendo rabiosamente moderna hace un siglo, en nuestros días se muestra orgullosa pero algo abatida, cansada de turistas, pero siempre atractiva. El que tuvo retuvo, suelen decir. A París ya no la cantan ni la retratan ni la justifican ni la veneran esos talentos inmortales de la cultura y del buen vivir, pero todavía perduran aquí y allá espíritus salvajes que recuperan ese hálito travieso, que aprecian las vibraciones mágicas de lo que fue una ciudad única y que apenas sobrevive en las riberas de una postal. Màxim Huerta adora una París que es más ensueño que realidad; que ha sido y ya no es, pero que fue: gracias a él cada adoquín habla, cada farola tararea una melodía, cada paseo tiene una explicación y cada joya producida por la cultura efervescente de un momento único nos recuerda que somos capaces de todo lo alto y lo bajo como raza y como ideal. Paris sera Toujours Paris mientras autores como María Herreros y Màxim Huerta se afanen por recobrar y recordarnos con publicaciones llenas de belleza, que la grandeza va de la mano de la diversión, que la fiesta tiene un precio y el arte otro, y que de lo informe nace lo excelso, y que lo imperecedero sufre los vaivenes de la vida con espíritu de lucha y cuerpo de metal.

Ojalá algún día Madrid merezca un homenaje semejante, por bella, misteriosa, dura, canalla, divertida e irreal. Pero, mientras tanto, disfrutemos (sin dejar de mirar de soslayo la gran pobreza y podredumbre de toda gran ciudad) de Paris sera Toujours Paris, por siempre.

El poemario de Lluis Mosquera

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Mi poemario debería estar en  todas las casas de Lluis Mosquera es una delicia editada por Ediciones Hidroavión, que tiende a publicar pequeñas maravillas.

Joven y profundo y ligero (ahora lo llaman intenso, que viene a ser lo mismo: joven y profundo y ligero son sinónimos), en las páginas escritas por Lluis Mosquera de verso real, ironía impúdica y prosodia veterana (escondido en la aparente superficialidad, nos damos cuenta que el autor es un poeta verdadero) hay mucho de sí mismo, y no hay nada, pero nada que atrape más que ese desnudo integral de un alma que sólo quiere crear para ser ella misma.

Hay versos juveniles, llenos de gracia; hay un esfuerzo verídico por acercar el acto poético al lector no habituado a la poesía, que quizá lea el poemario por afinidad hacia el autor, por simpatía o por curiosidad. Para mí, esto le añade levedad a lo escrito y mordacidad al estilo, que el autor no necesita pero quizá los tiempos actuales de alejamiento de la lectura e imposición de lo visual, sí.

Hay versos de una profundidad desarmante, lejos de prosopopeya y afectación,  que llegan directos al corazón. Lluis Mosquera no se esconde; es abierto, franco, se ofrece literalmente desnudo entre unas páginas que son su corazón y su sueño y su día a día. Magnético, sensual y áspero, los poemas de Lluis Mosquera atrapan por su ritmo (tiene verso en las venas este joven poeta) tanto por su claridad, no le hace daño ser mordiente ni le afecta ser locuaz. No busca metáforas (o no como las buscaría yo); le son innecesarias: nos narra un día a día duro y hermoso, pero sobre todo libre. Quizá el concepto del primer poemario de Lluis Mosquera sea ese: soy yo, soy así, soy libre y así escribo y aquí estoy.

Poesía del siglo XXI cimentada (como la de Jordi Tello, por ejemplo) por la gran tradición literaria española. Cuando Lluis Mosquera pierde el miedo de sí mismo y da rienda suelta a su verdadero espíritu, su poesía deja de ser urbana y se acerca a lo divino, a lo íntimo, a todo aquello que late en nuestro interior y nos hace reír, llorar, abrazar y desear que nunca nada de lo bueno se acabe.

Su poemario debería estar en todas las casas, sin duda. Y más los que, de seguro, estarán por venir.

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©Ricky Merino

Jordi Tello: Todos los días de aquel verano (y alguno más)

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Porque el verano es eterno, sobre todo en nuestro corazón, Jordi Tello reúne un buen puñado de relatos poéticos (me encanta esta definición pues, estando este blog inundado de ellos, no se me hubiera ocurrido jamás) llenos de calor, sudor, sol, sombras, siestas y sensualidad.

La voz del poeta aborda el lenguaje moderno con tristeza a veces, con cinismo y con ternura y muchas veces melancolía del deseo, y nos transporta a todas y cada una de las situaciones a las que nos lleva el amor, la sensualidad, la amistad, la familia, los sueños y las pesadillas y que conforman ese arte que a veces damos en llamar vida que se vive.

Hay vida en las páginas de Todos los días de aquel verano (y alguno más), en edición muy cuidada de Ediciones Urano. Jordi Tello se distingue de otros poetas que acarician la prosa como Chris Pueyo, por ejemplo, en su visión de la vida poetizada, o de la poesía vivida más bien. En todos los relatos que leemos encontramos un poso de nostalgia por el tiempo ido, a veces desperdiciado, siempre rememorado, al ser conscientes de su fugacidad, de su fragilidad y de su eterno vaivén. Jordi Tello sabe que el amor, cualquier clase de amor, es líquido, informe, incapaz de ser almacenado ni de moldearse. Sabe, además, que la vida es un carrusel de sorpresas y decepciones, de hallazgos deslumbrantes y agudas heridas que nos deja ciegos y doloridos por mucho tiempo.

El verano es el epítome de lo fugaz, de lo bello, de la juventud, de lo fácil. Todos los días de aquel verano nos evoca ese período largo, lleno de promesas, que jamás volveremos a vivir con el mismo desparpajo, la misma inconsciencia, la misma piel sin cicatrices. Jordi Tello habla de cada una de las cicatrices de la vida, doradas por la canícula, con voz directa, intensa, incandescente, llena de una sensualidad excitante y libre, y las acepta, retratándolas, a pleno sol.

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Jurásico Total: Dinos contra Robots.

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La segunda entrega de las aventuras de nuestros cinco valientes dino-aventureros. Escrita a cuatro manos por Sara Cano y Francesc Gascó con las estupendas ilustraciones de Nacho Subirats, editada por Alfaguara, perteneciente al grupo Editorial Penguin Random House, ya está con nosotros. Una apuesta por la literatura juvenil que aúna aventura sin respiro y Ciencia, y cómo la Ciencia puede llegar a ser divertida una vez se junta con el Arte.

Siguiendo la estela de la primera entrega, y liberado el relato ya de las presentaciones de unos personajes arquetípicos y simpáticos que nos roban el corazón, Jurásico Total: Dinos contra Robots nos adentra más en la misteriosa historia de Pangea, sus intrincadas relaciones, ese mundo paralelo en el que conviven dinosaurios de épocas distintas influenciados por inteligencias desarrolladas que intentan manipular lo que les rodea, en un choque frontal entre el Mal y el Bien, entre lo correcto y lo inadecuado, que vale de reflejo de nuestro propio mundo.

Dinos contra Robots es un relato de aventuras trepidante, donde no dejan de ocurrir cosas: nuevos personajes poliédricos y misteriosos que aportan profundidad y chispa a la historia; el desarrollo personal de cada uno de sus protagonistas; el deseo de poseer, la adicción que puede provocar y la responsabilidad que conlleva ejercerlo; la fuerza de la amistad, de la que aflora la más pura de las lealtades, y esa historia oculta de la que nuestros cinco héroes, con sus poderes asignados, van descubriendo página a página.

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El paralelismo con nuestra cultura sigue estando entre sus líneas; la necesidad de ser mejores; el deseo de conectar y ser aceptado; esa línea delgada que separa el miedo al error de la algarabía del éxito, y el conocimiento hecho sencillez sobre un mundo fascinante que la Humanidad, conforme a la Ciencia, ha ido reconstruyendo a base de fósiles, estudios microscópicos e imaginación.

La prosa de Sara Cano y Francesc Gascó está llena de velocidad, pero también de una cadencia maravillosa; no hay baches en sus búsqueda de la aventura; las ilustraciones de Nacho Subirats aportan gran parte de fantasía, y también de realismo, a la historia contada y nuestros cinco héroes continúan creciendo conforme pasan sus páginas y se enfrentan a sus decisiones, a sus acciones y a sus consecuencias.

Todo en Jurásico Total es un gusto. Todo se disfruta y se aprende. Y todo basado en información científica de alto nivel y muy actualizada. Y sigue demostrando que Literatura, Dibujo y Ciencia pueden ir de la mano construyendo historias llenas de pasión, de información veraz y de entretenimiento. De pura vida.

Un segundo libro excelente. Ojalá la editorial se anime a dar paso al resto, para así poder añadir una colección nueva, y única, de aventuras extraordinarias que les ocurren sin querer a cinco chicos en su camino (accidentado, como no podría ser de otro modo) por ser verdaderos héroes. De sí mismos.

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La luz de mis días: la vida, una telenovela

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La luz de mis días es el relato, editado por Penguin Random House Grupo Editorial, con el que su autor, Alejandro Melero, entra de lleno en el género de la novela.

Ya en el compendio de cuentos cortos: La escalera oscura, o en algunos de sus ensayos, como Violetas de España, el estilo único de Alejandro Melero se deja ver, se palpa. En La luz de mis días se disfruta en alto grado, pues juega con todas sus armas para elaborar una historia en espejo, un retrato de la sociedad en pequeño, allí donde más duele (o más se siente): la familia. Y, más que en la familia, retrata ese compromiso especial (a veces tan laxo, a veces incomprensiblemente rígido) que todos tenemos con nosotros mismos.

 La luz de mis días es la historia de dos mujeres ya entrada en años: Marifé y Luisa, cuyas diferencias las acercan más de lo que jamás pudieran imaginar; es el relato de una amistad que nace y crece hasta expandirse por el universo femenino de las cosas menudas: el orden, la limpieza, el alimento, los nacimientos y las muertes. Es decir, las cosas que importan.

Es un viaje a la libertad. Ambas viven en un mundo particular que se revuelve nada más tocarse: una le aporta a la otra el elemento que le hace falta para madurar, aventurarse y disfrutar. Desde detrás de las cortinas, los largos pasillos, la economía particular que imposibilita los grandes dispendios, la entrega a los Otros, el descuido de sí mismo, ambas mujeres se van reconociendo, se van gustando, se van entendiendo mientras tejen una amistad profunda y verdadera nacida en ellas gracias a la magia que produce en ambas una telenovela.

El genio de Alejandro Melero destaca por encima de todo en esa capacidad para amalgamar la atracción que la ficción tiene sobre nosotros hasta hacernos olvidar que la vida existe, o existe de esa manera que no nos gusta, y la influencia que indudablemente tiene sobre las almas más sensibles. Marifé y Luisa, entre susurros y corrillos, consiguen una fuerza que desconocían, o vuelven a encontrarse a sí mismas, a través de las vivencias inverosímiles (¡pero tan reales!) de los personajes de ficción de una telenovela.

En La luz de mis días encontramos la magia del relato hablado, pues una no puede ver la teleserie y se apoya y se enamora de la misma gracias a la descripción detallada que la otra le transmite; hallamos el hechizo que la ficción tiene sobre los sentimientos y las acciones de la vida, esa oscuridad de las existencias aparentemente sencillas, donde los recuerdos se evitan tras las puertas cerradas, y donde se pretende no-vivir cerrando los postigos, las cortinas y los párpados. Leyendo cada párrafo llegan los ecos de La escalera oscura, en donde lo más profundo de la psique está retratado con una sencillez alarmante y, por lo mismo, escalofriante; pero, donde todo quedaba allí en puntos suspensivos, en La luz de mis días se despliega, se desenvuelve, se vivencia y finalmente se redime en ese viaje aparentemente anodino de dos mujeres que vuelan de la esclavitud a la libertad, de la soledad impuesta a la amistad escogida, de la oscuridad de la nada a la luz de los días que se viven en total plenitud.

La vida de la telenovela y la vida de la novela se imbrican hasta hacerse una. Ese es el secreto de Alejandro Melero, profesor, dramaturgo, ensayista y cuentista. La telenovela que nos cuenta es un cúmulo de secretos, pasiones calladas, inhibiciones, soledades y engaños: la salsa con la que se aderezan las mejores fábulas televisivas. Nadie mejor que él (con su bagaje ensayista sobre la ficción audiovisual) conoce los entresijos de esos bosquejos de la existencia. Y nadie mejor que él para insuflar vida y contenido y razón a unos personajes con los que conseguimos empatar, llegar a apreciar y a conocer. Alejandro Melero logra, como un Hamelin del siglo XXI, que sigamos el destino de Luisa y Marifé página a página, como ellas mismas con el sino de sus personajes de telenovela episodio a episodio, en su lucha por vencer la oscuridad que les rodea y alcanzar la luz de los mejores días de sus vidas.

Y qué gusto da hacerlo.

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Las ocho montañas: masculino, plural.

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 Las ocho montañas es la nueva novela de Paolo Cognetti, escritor italiano que es traducido y publicado por el Grupo editorial Random House.

Siempre he puesto en duda la existencia de etiquetas en el arte. La exploración interna, el viaje a las profundidades humanas que el artista realiza durante la aventura de creación de una obra de arte es similar en todos: la expresión hace única esa búsqueda, pero la revelación de un viaje semejante se me antoja universal.

Sin embargo, asistimos cada vez más a la clasificación en compartimentos estancos de las actividades creativas. No es algo novedoso: como todo en la historia social humana, se viene gestando paulatinamente desde la llegada de la era industrial, cuando pasamos de seres a objetos a estudio y el planeta de habitable a fábrica de provecho. La imposición de un sistema científico tan rígido como el religioso que le precede, no hace más que dividir y subdividir el conocimiento, y por tanto sus frutos, en múltiples estanterías donde se almacena etiquetado, clasificado y, a la postre, olvidado. Marguerite Yourcenar padecía de algo así: se le señalaba, como mujer, una literatura masculina. Marguerite Duras escapó algo más, como Simone de Beauvoir, a esa etiqueta, cayendo sin embargo en el limbo en el que Teresa de Ávila o Emilia Pardo Bazán se hallaban olvidadas; ni siquiera los poetas escaparon de ese sistema cartesiano de disección y análisis (Rosalía de Castro, por ejemplo, o Sor Juana Inés de la Cruz). De suerte que, actualmente, no sólo triunfa una economía de lenguaje aprendida del Periodismo (casi todos los escritores de nuestro tiempo son periodistas, no escritores que fungieron de periodistas, como hubo sido durante el pasado siglo) si no que se potencia la innecesaria clasificación de género que me ofende como lector, pero que quizá como autor me sonrojaría de ira.

Con estos mimbres leí Las ocho montañas. Un relato sobre la amistad entre dos hombres y su relación con la familia. Aquí cabría preguntarse, ya que el mismo autor refiere su paralelismo con Annie Proulx, si su libro cabría en el cajón un tanto estrecho de literatura queer (siendo como es el relato de una amistad profunda entre dos hombres heterosexuales en la Italia a caballo entre los siglos XX y XXI) o simplemente, a falta de otra gaveta en la que guardarlo, le vendría mejor esa etiqueta para hacer entender que entre dos hombres puede nacer una amistad, florecer cariño, verdadero afecto, sin que medien deseos físicos que levanten sospechas en una sociedad todavía reacia a aceptar la igualdad no ya como un derecho (que, obviamente, es) si no como una realidad.

Pero Las ocho montañas es mucho más que todo eso. Paolo Cognetti, desde su fascinación por las montañas, el alpinismo y la vida en las cumbres, logra tejer un relato realista, es decir meramente observador, sobre los secretos, los meandros y las características más íntimas que la amistad encarna en el mundo masculino. Aparte de tópicos paterno-filiales e incluso de frustraciones matrimoniales, construye un relato cuyo eje central, lleno de desencuentros y de encuentros en lo que todo ocurre como si nada (así es la amistad entre los hombres) Pietro (Berio) y Bruno tejen una amistad sincera, un cariño único, que sobrevive al roce del tiempo y a las necedades humanas.

Las montañas y la filosofía budista, marcan la diferencia entre los mundos alpinos y nepalíes. Y sin embargo, los hermanan. Berio es el que viaja,el que se desplaza, el que se busca en el exterior; Bruno es el inmóvil, el que se encuentra en en su propio medio, el que lucha por ser diferente sin conseguirlo del todo. Ambos fracasan en ser lo que no pueden ser, porque sólo somos quienes debemos ser; Berio lo piensa y lo cuenta en este relato que es un eterno retorno, y Bruno, que siente tan profundamente esa realidad, termina yéndose para no volver jamás.

Toda vida mediocre es triste. Ambos hombres se piensan así. Ignoran que así es para todos, pues oropeles y fama sólo esconden el latido de un corazón asustado. Pero para aquellos que luchan, ya sea ascendiendo las ocho montañas o bien llegando sin circunvoluciones al centro de uno mismo, lo importante es el viaje y quienes encontramos en él. Que hay muchas clases de amor, todas válidas, y que un apretón de manos, una palabra dicha con una cadencia particular o un gesto de cabeza sirven para unir por siempre vidas y corazones y llenar de fugaz felicidad la vida más pequeña posible. Y que eso puede que resuma la esencia de la amistad masculina y, en el fondo, la amistad sin etiquetas ni riesgos ni interpretaciones inútiles de todos los seres humanos.

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