La luz de mis días: la vida, una telenovela

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La luz de mis días es el relato, editado por Penguin Random House Grupo Editorial, con el que su autor, Alejandro Melero, entra de lleno en el género de la novela.

Ya en el compendio de cuentos cortos: La escalera oscura, o en algunos de sus ensayos, como Violetas de España, el estilo único de Alejandro Melero se deja ver, se palpa. En La luz de mis días se disfruta en alto grado, pues juega con todas sus armas para elaborar una historia en espejo, un retrato de la sociedad en pequeño, allí donde más duele (o más se siente): la familia. Y, más que en la familia, retrata ese compromiso especial (a veces tan laxo, a veces incomprensiblemente rígido) que todos tenemos con nosotros mismos.

 La luz de mis días es la historia de dos mujeres ya entrada en años: Marifé y Luisa, cuyas diferencias las acercan más de lo que jamás pudieran imaginar; es el relato de una amistad que nace y crece hasta expandirse por el universo femenino de las cosas menudas: el orden, la limpieza, el alimento, los nacimientos y las muertes. Es decir, las cosas que importan.

Es un viaje a la libertad. Ambas viven en un mundo particular que se revuelve nada más tocarse: una le aporta a la otra el elemento que le hace falta para madurar, aventurarse y disfrutar. Desde detrás de las cortinas, los largos pasillos, la economía particular que imposibilita los grandes dispendios, la entrega a los Otros, el descuido de sí mismo, ambas mujeres se van reconociendo, se van gustando, se van entendiendo mientras tejen una amistad profunda y verdadera nacida en ellas gracias a la magia que produce en ambas una telenovela.

El genio de Alejandro Melero destaca por encima de todo en esa capacidad para amalgamar la atracción que la ficción tiene sobre nosotros hasta hacernos olvidar que la vida existe, o existe de esa manera que no nos gusta, y la influencia que indudablemente tiene sobre las almas más sensibles. Marifé y Luisa, entre susurros y corrillos, consiguen una fuerza que desconocían, o vuelven a encontrarse a sí mismas, a través de las vivencias inverosímiles (¡pero tan reales!) de los personajes de ficción de una telenovela.

En La luz de mis días encontramos la magia del relato hablado, pues una no puede ver la teleserie y se apoya y se enamora de la misma gracias a la descripción detallada que la otra le transmite; hallamos el hechizo que la ficción tiene sobre los sentimientos y las acciones de la vida, esa oscuridad de las existencias aparentemente sencillas, donde los recuerdos se evitan tras las puertas cerradas, y donde se pretende no-vivir cerrando los postigos, las cortinas y los párpados. Leyendo cada párrafo llegan los ecos de La escalera oscura, en donde lo más profundo de la psique está retratado con una sencillez alarmante y, por lo mismo, escalofriante; pero, donde todo quedaba allí en puntos suspensivos, en La luz de mis días se despliega, se desenvuelve, se vivencia y finalmente se redime en ese viaje aparentemente anodino de dos mujeres que vuelan de la esclavitud a la libertad, de la soledad impuesta a la amistad escogida, de la oscuridad de la nada a la luz de los días que se viven en total plenitud.

La vida de la telenovela y la vida de la novela se imbrican hasta hacerse una. Ese es el secreto de Alejandro Melero, profesor, dramaturgo, ensayista y cuentista. La telenovela que nos cuenta es un cúmulo de secretos, pasiones calladas, inhibiciones, soledades y engaños: la salsa con la que se aderezan las mejores fábulas televisivas. Nadie mejor que él (con su bagaje ensayista sobre la ficción audiovisual) conoce los entresijos de esos bosquejos de la existencia. Y nadie mejor que él para insuflar vida y contenido y razón a unos personajes con los que conseguimos empatar, llegar a apreciar y a conocer. Alejandro Melero logra, como un Hamelin del siglo XXI, que sigamos el destino de Luisa y Marifé página a página, como ellas mismas con el sino de sus personajes de telenovela episodio a episodio, en su lucha por vencer la oscuridad que les rodea y alcanzar la luz de los mejores días de sus vidas.

Y qué gusto da hacerlo.

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Las ocho montañas: masculino, plural.

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 Las ocho montañas es la nueva novela de Paolo Cognetti, escritor italiano que es traducido y publicado por el Grupo editorial Random House.

Siempre he puesto en duda la existencia de etiquetas en el arte. La exploración interna, el viaje a las profundidades humanas que el artista realiza durante la aventura de creación de una obra de arte es similar en todos: la expresión hace única esa búsqueda, pero la revelación de un viaje semejante se me antoja universal.

Sin embargo, asistimos cada vez más a la clasificación en compartimentos estancos de las actividades creativas. No es algo novedoso: como todo en la historia social humana, se viene gestando paulatinamente desde la llegada de la era industrial, cuando pasamos de seres a objetos a estudio y el planeta de habitable a fábrica de provecho. La imposición de un sistema científico tan rígido como el religioso que le precede, no hace más que dividir y subdividir el conocimiento, y por tanto sus frutos, en múltiples estanterías donde se almacena etiquetado, clasificado y, a la postre, olvidado. Marguerite Yourcenar padecía de algo así: se le señalaba, como mujer, una literatura masculina. Marguerite Duras escapó algo más, como Simone de Beauvoir, a esa etiqueta, cayendo sin embargo en el limbo en el que Teresa de Ávila o Emilia Pardo Bazán se hallaban olvidadas; ni siquiera los poetas escaparon de ese sistema cartesiano de disección y análisis (Rosalía de Castro, por ejemplo, o Sor Juana Inés de la Cruz). De suerte que, actualmente, no sólo triunfa una economía de lenguaje aprendida del Periodismo (casi todos los escritores de nuestro tiempo son periodistas, no escritores que fungieron de periodistas, como hubo sido durante el pasado siglo) si no que se potencia la innecesaria clasificación de género que me ofende como lector, pero que quizá como autor me sonrojaría de ira.

Con estos mimbres leí Las ocho montañas. Un relato sobre la amistad entre dos hombres y su relación con la familia. Aquí cabría preguntarse, ya que el mismo autor refiere su paralelismo con Annie Proulx, si su libro cabría en el cajón un tanto estrecho de literatura queer (siendo como es el relato de una amistad profunda entre dos hombres heterosexuales en la Italia a caballo entre los siglos XX y XXI) o simplemente, a falta de otra gaveta en la que guardarlo, le vendría mejor esa etiqueta para hacer entender que entre dos hombres puede nacer una amistad, florecer cariño, verdadero afecto, sin que medien deseos físicos que levanten sospechas en una sociedad todavía reacia a aceptar la igualdad no ya como un derecho (que, obviamente, es) si no como una realidad.

Pero Las ocho montañas es mucho más que todo eso. Paolo Cognetti, desde su fascinación por las montañas, el alpinismo y la vida en las cumbres, logra tejer un relato realista, es decir meramente observador, sobre los secretos, los meandros y las características más íntimas que la amistad encarna en el mundo masculino. Aparte de tópicos paterno-filiales e incluso de frustraciones matrimoniales, construye un relato cuyo eje central, lleno de desencuentros y de encuentros en lo que todo ocurre como si nada (así es la amistad entre los hombres) Pietro (Berio) y Bruno tejen una amistad sincera, un cariño único, que sobrevive al roce del tiempo y a las necedades humanas.

Las montañas y la filosofía budista, marcan la diferencia entre los mundos alpinos y nepalíes. Y sin embargo, los hermanan. Berio es el que viaja,el que se desplaza, el que se busca en el exterior; Bruno es el inmóvil, el que se encuentra en en su propio medio, el que lucha por ser diferente sin conseguirlo del todo. Ambos fracasan en ser lo que no pueden ser, porque sólo somos quienes debemos ser; Berio lo piensa y lo cuenta en este relato que es un eterno retorno, y Bruno, que siente tan profundamente esa realidad, termina yéndose para no volver jamás.

Toda vida mediocre es triste. Ambos hombres se piensan así. Ignoran que así es para todos, pues oropeles y fama sólo esconden el latido de un corazón asustado. Pero para aquellos que luchan, ya sea ascendiendo las ocho montañas o bien llegando sin circunvoluciones al centro de uno mismo, lo importante es el viaje y quienes encontramos en él. Que hay muchas clases de amor, todas válidas, y que un apretón de manos, una palabra dicha con una cadencia particular o un gesto de cabeza sirven para unir por siempre vidas y corazones y llenar de fugaz felicidad la vida más pequeña posible. Y que eso puede que resuma la esencia de la amistad masculina y, en el fondo, la amistad sin etiquetas ni riesgos ni interpretaciones inútiles de todos los seres humanos.

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Firmamento: vida ondulante

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La vida es un lío. La vida que se desordena sin que sepamos cómo. Y nos atonta perdiendo la guía, el rumbo.

Así empieza de verdad la nueva novela de Màxim Huerta: Firmamento, publicada por Editorial Espasa. Dos vidas en maremoto, dos puntos alejados en el universo, y un hilo invisible que dibuja una constelación que se va advirtiendo poco a poco, a medida que caen las barreras y los velos, ropas y vergüenzas, y un lenguaje cada vez más libre y más gráfico y también más abstruso (y cíclico, pues La noche soñada forma parte de ese trazo estelar que hallamos en Firmamento.)

Màxim Huerta es Mare Nostrum: no podemos entender su creatividad sin el sol, el aroma de los pinos, la libertad encerrada del Mar Mediterráneo. Y el ritmo de sus mareas. En Firmamento la prosa navega siguiendo esas fuerzas líquidas, encontrando esa concupiscencia del abrazo acuoso y del beso de sol. Mi vida es Mar Océana, un mundo atlántico, cuya extensión es profunda y oscura, remota y libre en ese aparente infinito. El Mediterráneo es refugio y complicidad, sensualidad a flor de piel; sabroso al tacto, rico al gusto, arrullo para los oídos: un festín para los sentidos. Y así se descubre Firmamento. Que comienza con un final y finaliza con un comienzo. Un hechizo de estrellas y una historia de dos.

 Firmamento parece sencilla: es una historia de dos. Un encuentro. Una combinación imposible, una unión de seres desgarrados. Pero no hay nada más complicado que una vida humana: sus baches, sus cumbres, sus sueños y sus pesadillas, sus pesares y sus alegrías. Y el inicio y la migración de la soledad no buscada a la compañía imprevista está lleno de sorpresas, de descubrimientos inesperados, de miedos, tropiezos, deseos y conquistas. Y es en esas pequeñas cosas (la vida es ese conjunto de pequeñas cosas) donde Firmamento destaca: una espalda al aire, el pie que se hunde en la arena, el reflejo del sol en el agua, el inicio de un cuello, el tacto de los dedos. Y esas reflexiones profundas, que nacen de la experiencia y de la observación minuciosa y de la compasión hacia todo lo que tiene que ver con lo humano, trazan el cielo estrellado que Ana y Mario descubren, y recuerdan, de sus vidas anteriores, de su nueva vida.

Es una novela de presente. De decisión. De vértigo. Azul y libertaria. Libertina, llena de detalles eróticos porque nada hay más sensual que la orilla de la playa, que lame y relame la arena con ese movimiento dulce y feroz de la marea. El pelo libre, las pieles tocadas por el sol, los cuerpos firmes, las intenciones huidizas. Y ese secreto escondido, muy Màxim Huerta, como el hueso oculto dentro del fruto más dulce, esa suave ironía, ese descaro tangencial, esa vivisección sutil de la naturaleza humana que tanto le inspira y que tan bien  retrata con ese lenguaje directo, y a la vez cargado de poesía, muy suyo.

Las constelaciones guían al hombre en esa singladura fugaz que es la vida. Y busca en las estrellas, además, su confort y su futuro, perdiéndose en la belleza que emana de ese océano infinito de luces titilantes. Pero el destino real está en la tierra, hecho de piel y de deseos, de intenciones y de encuentros. Y de renuncias y de valientes decisiones. El destino está escrito, realmente, en el corazón. Y Màxim Huerta usa su pluma para recordárnoslo.

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Jurásico total (perdidos sin wifi): aventuras en mundos perdidos

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La literatura juvenil está viva, late, crece, se despliega, se desarrolla, se vende. Podría esgrimir muchas razones, todas válidas. Pero la fundamental para mí estriba en que la juventud se entrega a la fantasía escrita, usa su imaginación para recrear lo que lee sin esfuerzo, penetra en los mundos de lo escrito con la confianza y el abandono que les da el corazón que crece.

No es fácil escribir libros así. Se necesita un talento especial. Porque ese público no tolera la mentira, lo hueco; se entrega a lo que siente vivo, se identifica con cada historia y personaje porque se encuentran parecidos, sí, pero sobre todo porque son reales. Cómo sea el entorno es lo de menos, la realidad de la historia es lo que importa.

   Jurásico total  (perdidos sin wifi) es la nueva saga de historias escritas a cuatro manos por Sara Cano y el paleontólogo Francesc Gascó, y frescamente ilustradas por Nacho Subirats, valientemente publicada por Alfaguara. Y aunque el perfil de venta de esta saga nos dice que está diseñado para un público de 8 a 12 años, la verdad, como los buenos libros de aventuras y de corazón vivo, su lectura es básica para cualquier edad. Está diseñado para envolver con acción trepidante, momentos delicados, pérdidas y búsquedas que tocan todos los corazones, todas las edades.

Para alguien que creció en su momento disfrutando de las entregas de Los Hollister o Los cinco, por ejemplo; que creció al amparo de Julio Verne y JRR Tolkien, Jurásico total es un hito en nuestro idioma, no porque no existan sagas juveniles españolas (el mercado, muy vivo, late con sangre fresca) si no porque, por primera vez, Ciencia real se une a imaginación y a aventura; es decir, vuelve a sus orígenes, porque la Ciencia, pese a quien le pese, es corazón, pasión, aventura y riesgo.

Hay toques mágicos en Jurásico total. Hay tecnología y semiología paleontológica. Pero, algo muy característico de Francesc Gascó como escritor (y bien acompañado por Sara Cano), consigue hacer sencillo el intrincado árbol de la ciencia paleontológica, la descripción de mundos que ya no existen, las dudas que equivalen a nuevos retos de investigación y que los cinco protagonistas aprenden a marchas forzadas debido a un destino juguetón.

La magia de Harry Potter está en sus detalles: la historia central, para nada infantil, descrita con el corazón de alguien que sabe que los niños entienden mejor que los adultos la realidad que los rodea si se toma la molestia de explicársela. Jurásico total sigue esa senda, y en medio de un mundo extraño para la mayoría, nuestros cinco héroes aprenderán a aceptarse como grupo, a aceptarse como personas, y quizá a admirarse, gracias a las peripecias que viven.

Cada personaje es un mundo a medio hacer: promesas que despuntan, cuerpos que cambian, conflictos que resolver. Desde la soledad del incomprendido hasta la sobreprotección exagerada, desde la claridad de ideas hasta la ceguera de la ira, desde el deseo de ser aceptado como un igual hasta la necesidad de saberse (y quererse) diferente. Jurásico total (perdidos sin wifi) no es sólo un libro (y una saga) de aventuras trepidantes, es el retrato de la vida humana a través de estos adolescentes que se descubren a sí mismos enfrentándose a sus miedos y desarrollando sus habilidades.

 Jurásico total (perdidos sin wifi) atrapa, informa, entretiene y, por encima de todo, nos muestra lo variada que es la vida humana, lo frágil que es, lo resistente, lo leal, lo débil, lo hermosa. Es un retrato de nuestros yoes más puros, una puerta a la seguridad de que, con sus lectores, estamos construyendo de verdad un mundo mejor.

¡Y aprendiendo Ciencia y disfrutando Ciencia y paladeando Arte!

No encuentro fórmula mejor.

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Isabel la Católica: la primera reina global

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El magnífico ensayo Isabel La Católica: La primera gran reina de Europa, de Giles Tremllet (editorial Debate) resume, en su reflexión final, la historia de España (el cúmulo de acciones desencadenadas por ese tropiezo histórico que se llamó Reyes Católicos, centrado en la reina Isabel I de Castilla) de una forma brillante, carente de emoción, sencillo, escueto, despojado de las lentes prejuiciosas que tenemos los ahora habitantes del S. XXI, llenos de ambición personal, derechos individuales e ignorancia.

Esta amplia biografía es más que un retrato personal: es el fresco del espíritu de todo un país, de un continente, de una parte de la Historia humana. No juzga. No justifica. Sólo nos muestra las cosas tal como fueron y el reflejo repleto de ecos de nuestro presente. Esto hace que un libro de historia sea a la vez un ensayo psicológico de un personaje, del tiempo en el que le tocó vivir y de sus repercusiones futuras.

Isabel de Castilla, Católica y Cruzada, Soñadora, Quijotesca antes de que se acuñara ese término, Global (antes de que supiéramos qué significaba), Árida, Dura, Inteligente. Isabel, Mujer que jamás dejó de serlo (no buscó cambiar su papel de género, si no desarrollarlo), judáica y mudéjar a la par que castellana; Inquisidora (Dictatorial diríamos hoy), Orgullosa, Pasional y Rebelde. El tratado de Giles Tremlett nos demuestra el caleidoscopio de una personalidad única que, empezando de la nada, construyó con sus talentos un mundo, y sentó las bases del mundo occidental tal como lo conocemos hoy.

Fuera los complejos. Desnudémonos. Observémonos. España lleva mucho tiempo avergonzada de sí misma (no ha ayudado la propaganda externa, pero sólo nos afecta aquello que dejamos que nos hiera). Gracias a la labor de historiadores y periodistas extranjeros (que tienen el mérito de restituir la verdad que otros contribuyeron a oscurecer) como Giles Tremlett y muchos otros, estamos descubriendo la grandeza de la historia del primer imperio global, la unión de mundos bajo un mismo nombre, los rasgos definitorios de un carácter que contribuyó al avance de la historia humana y al empuje de la hegemonía occidental frente al poder oriental que hasta entonces la Historia había llevado.

Isabel (y Fernando) fue ese golpe de timón. Sin saberlo (¿quién es capaz de prever el futuro con certeza si está embebido en desarrollar su propia vida?), ambos fundaron el Imperio Mundial, cambiaron el perfil de lo conocido hasta entonces e insuflaron de vida una forma de ser que ha llegado hasta hoy. La Historia recuerda muchos héroes, muchos aventureros, muchos dementes. Isabel de Castilla va más allá, como bien recuerda su autor: era una mujer, la más poderosa de cuantas reinas han sido (sí: nadie la ha igualado en poder y en repercusión histórica más allá de propagandas), un fiel reflejo de su época y algo más, una mujer culta que impulsó la cultura a su género; maquiavélica en el sentido más literal del término; justa y déspota según criterio, renacentista y medieval a la vez. Una adelantada a su tiempo, temida y admirada, emplazada también en un lugar único en la Europa del S. XIV: la Península ibérica, un crisol de culturas que se soportaban y se apareaban entre sí, algo impensable más allá de los Pirineos; unas leyes que permitían a una mujer heredar y gobernar  (otra cosa es que pudiera serlo con total libertad en la práctica), más culto que el resto del continente y muy limpio, lleno de refinamientos judeo-mudéjares que el resto de la más arisca y xenófoba Europa pudiera serlo (sí: más que Italia misma, donde la búsqueda constante de la Belleza no estaba reñida con la falta de escrúpulos ni de limpieza ni de consideración), Castilla-León-Galicia-Aragón-Extremadura-Andalucía, antes de llamarse España (y anexionarse Granada y Navarra en un mismo siglo) era el campo más adecuado para la eclosión de dos personalidades poderosas que se reconocieron y trabajaron juntos por un ideal común. La semilla de un país se sembró con ellos, y la herencia de un imperio también.

Gracias a Tremlett sabemos ahora que la Europa allende los Pirineos era más xenófoba, más cruel, menos refinada y amable que la áspera Península. Gracias a este magnífico ensayo sabemos que Portugal y España vertebraron el espíritu de una época y lo hicieron carne: la pulsión de las aventuras marítimas, de la conquista, del honor y la cristianización (con sus más y sus menos) han llegado a nuestros días, o mejor, nos han hecho así gracias a ellos.

No creo, como bien dice el autor, que Isabel la Católica (ni su marido, Fernando II, el Católico) pudiera vislumbrar hacia dónde se dirigía el fruto de sus afanes. Antes bien: vivía al día. Su espíritu práctico en nada se parecía al de monarcas más reflexivos nacidos en la misma península (los emperadores Adriano, por ejemplo, nacido en Itálica y Marco Aurelio, aunque nacido en Roma, provenía de familia española); por lo tanto no se preocupaba tanto del futuro a largo plazo de sus acciones; al parecer, no le interesaba: ventajas de una Fe a prueba de bombas (y me refiero a símbolo, a guía). Sin embargo se ocupó de ordenar un mundo, de aparejarlo, de embellecerlo y, sí, también sojuzgarlo. Y sentó las bases de lo que, un siglo y poco después, se dio en llamar Absolutismo; hasta en eso fue una mujer pionera.

Isabel la Católica: la primera gran reina de Europa es un libro necesario para entender la historia de España, pero también nuestra historia como Occidente; es un libro que despeja las telarañas de esa historia pequeña que se ha visto envenenada con visiones prejuiciosas;  es un ensayo sobre el poder de la voluntad, la sombra del error, la complejidad de una personalidad múltiple pero en modo alguno maleable, y sobre el eco infinito que ha tenido, y tiene, la primera gran monarca occidental: la única, en realidad, que se ha ganado la verdadera eternidad.

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El final de todos los agostos: lo que no fue

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El último relato gráfico, en una edición preciosa de Lunwerg (Editorial Planeta), de Alfonso Casas está lleno de melancolía, mucha inocencia y un regusto agridulce por las historias que casi han sido y no se van a contar jamás.

Es breve, pero lo que encierra en sus páginas late con delicadeza. No es una historia nueva (nunca lo son), pero es una historia que nos ha pasado y quizá por eso merece ser escrita y mucho más dibujada y más editada de esta manera tan hermosa, tan crepuscular.

El final de todos los agostos es el relato de un adiós. Es decir de un final. El de un relato de dos que no pudo ser: inmadurez, torpeza, abandono, resentimiento y culpa. A veces el amor tiene estos meandros por donde navega, callado, hasta que nos atrapa. Y a veces ese abrazo es un solo gozo y a veces, como en El final de todos los agostos, sigue siendo un desencuentro que parece terminar donde otra historia inicia. Quizá.

De la infancia a la adolescencia, la eterna inmadurez del hombre de nuestro tiempo, que no sabe lo que quiere pues habita en el planeta de la melancolía del deseo. Lo que tiene quizá no le llegue, hasta ese último momento en que decide, gracias al Destino, que es lo que le toca.

Hay mucho de nuestro día a día en El final de todos los agostos, un retrato muy veraz de la treintena actual, y del hombre como género y definición, con sus aciertos y sus errores.

En agosto quedó un corazón y clavado a él, un recuerdo, y esa nota disonante evoca lo que pudo haber sido y no fue en forma de olvido obligado, en forma de puntos suspensivos.

Ángel de amor

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   En vísperas de Todos los Santos, Don Juan Tenorio encuentra su redención gracias a su Ángel de amor.

   En el musical Don Juan Tenorio, basado en la obra homónima de Zorilla,  pone música a esos versos universales, quedando aquí reflejado uno de los monólogos más famosos del drama.

   Siguiendo la tradición: Don Juan Tenorio para todos.

Acto IVDon Juan consigue encontrarse con Doña Inés a pesar de la oposición del padre de ella.

DON JUAN
Que os hallabais
bajo mi amparo segura,
y el aura del campo pura
libre por fin respirabais.
¡Cálmate, pues, vida mía!
Reposa aquí, y un momento
olvida de tu convento
la triste cárcel sombría.
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Esta aura que vaga llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando al día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?
Esa armonía que el viento
recoge entre esos millares
de floridos olivares,
que agita con manso aliento;
ese dulcísimo acento
con que trina el ruiseñor
de sus copas morador
llamando al cercano día,
¿no es verdad, gacela mía,
que están respirando amor?
Y estas palabras que están
filtrando insensiblemente
tu corazón ya pendiente
de los labios de don Juan,
y cuyas ideas van
inflamando en su interior
un fuego germinador
no encendido todavía,
¿no es verdad, estrella mía,
que están respirando amor?
Y esas dos líquidas perlas
que se desprenden tranquilas
de tus radiantes pupilas
convidándome a beberlas,
evaporarse, a no verlas,
de sí mismas al calor;
y ese encendido color
que en tu semblante no había,
¿no es verdad, hermosa mía,
que están respirando amor?
¡Oh! Sí, bellísima Inés
espejo y luz de mis ojos;
escucharme sin enojos,
como lo haces, amor es:
mira aquí a tus plantas, pues,
todo el altivo rigor
de este corazón traidor
que rendirse no creía,
adorando, vida mía,
la esclavitud de tu amor.
DOÑA INÉS
Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!,
que no podré resistir
mucho tiempo sin morir
tan nunca sentido afán.
¡Ah! Callad por compasión,
que oyéndoos me parece
que mi cerebro enloquece
se arde mi corazón.
¡Ah! Me habéis dado a beber
un filtro infernal, sin duda,
que a rendiros os ayuda
la virtud de la mujer.
Tal vez poseéis, don Juan,
un misterioso amuleto
que a vos me atrae en secreto
como irresistible imán.
Tal vez Satán puso en vos:
su vista fascinadora,
su palabra seductora,
y el amor que negó a Dios.
¿Y qué he de hacer ¡ay de mí!
sino caer en vuestros brazos,
si el corazón en pedazos
me vais robando de aquí?
No, don Juan, en poder mío
resistirte no está ya:
yo voy a ti como va
sorbido al mar ese río.
Tu presencia me enajena,
tus palabras me alucinan,
y tus ojos me fascinan,
y tu aliento me envenena.
¡Don Juan! ¡Don Juan!, yo lo imploro
de tu hidalga compasión:
o arráncame el corazón,
o ámame porque te adoro.
DON JUAN
¿Alma mía! Esa palabra
cambia de modo mi ser,
que alcanzo que puede hacer
hasta que el Edén se me abra.
No es, doña Inés, Satanás
quien pone este amor en mí;
es Dios, que quiere por ti
ganarme para Él quizás.
No, el amor que hoy se atesora
en mi corazón mortal
no es un amor terrenal
como el que sentí hasta ahora;
no es esa chispa fugaz
que cualquier ráfaga apaga;
es incendio que se traga
cuanto ve, inmenso, voraz.
Desecha, pues, tu inquietud,
bellísima doña Inés,
porque me siento a tus pies
capaz aún de la virtud.
Sí, iré mi orgullo a postrar
ante el buen Comendador,
y o habrá de darme tu amor,
o me tendrá que matar.
DOÑA INÉS
¡Don Juan de mi corazón!
DON JUAN
¡Silencio! ¿Habéis escuchado…?
DOÑA INÉS
¿Qué?
DON JUAN
(Mirando por el balcón.)
Sí, una barca ha atracado debajo de ese balcón.
Un hombre embozado de ella
salta… Brígida, al momento
pasad a ese otro aposento,
perdonad, Inés bella, si solo me importa estar.
DOÑA INÉS
¿Tardarás?
DON JUAN
Poco ha de ser.
DOÑA INÉS
A mi padre hemos de ver.
DON JUAN
Sí, en cuanto empiece a clarear.
Adiós.