Fracasología: como la vida misma.

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Que la Historia me interesa está más que justificado en este blog. Que leo sobre Historia, también. Que soy crítico con lo que leo, sin duda. Siendo un español foráneo, hijo de la Emigración, se me ha permitido ver “desde fuera” la actitud española atávica y depresiva que tiene sobre sí misma. Y me ha llamado la atención siempre (en este blog hay unas cuantas entradas que lo muestran), porque no lo entendía. Gracias a María Elvira Roca Barea, todo está más claro.

Que Imperiofobia es un libro magnífico cae por su propio peso. Es necesaria su lectura. Se dirá a la urbe culta, sí, SOBRE TODO al estrato llamado intelectual, opinador, dirigente. Pero también es necesario que el pueblo de a pie, que lleva la verdadera historia de España en sus venas (gracias a ellos y no a sus dirigentes, el país está vivo y en las mejores condiciones que nadie hubiese soñado), para que sea consciente del milagro que lleva a cabo día a día pese al yugo abrasador de sus políticos, pensadores y sus intelectuales contrahechos que abundan como setas y se reproducen como ratas.

Como lector aficionado me acerqué a la Historia viniendo de América. Que es otra historia. Pero al ir adentrándome en esa aventura de saber, de comprender (he ahí el motivo por el que todos deberíamos leer Historia), me encontraba que estaba contada de forma fragmentada. Se narraba un episodio aquí, otro allá, hechos desligados que parecían no tener coincidencia en el devenir del tiempo. Algo contra natura con lo humano. Todo hecho tiene un motivo y toda acción tiene su reacción, generalmente contraria y con igual intensidad. No voy ahora a hablar de la física básica newtoniana (que, si embargo, es el reflejo más sintético de lo que es la vida) y esa Ley se perdía en la explicación histórica que se nos ha servido desde hace ya un par de siglos. Se mentan guerras que simulan carentes de sentido, luchas por el poder despiadadas y crueles, elevaciones y derrocamientos de gobiernos, de reinos hechos al tuntún, como si fueran caprichos de mentes obsesionadas, fruto de pasiones desatadas sin base lógica alguna. Qué falso todo.

María Elvira Roca Barea seguro que comete errores, los detalles de su semántica histórica como lego, se me escapan. Pero habla con base, opina con documentos, expone sus hipótesis bien referenciada. Y sobre todo con una sabiduría plena de lo que maneja, un conocimiento profundo que no se pierde gracias a un luminoso sentido común, a una modestia irredente y a un sentido del humor magnífico. No hay nada en Fracasología dejado al azar; más bien son migas que hay que seguir para encontrar el fenómeno que ha esclavizado a los españoles desde el siglo XVIII: su libertad de pensamiento, ser dueños de su propia Historia, su redención. Es que la historia de este magnífico (sí) país da para todo, hasta para un auto de fe que hoy llamaríamos sesión psiquiátrica. María Elvira Roca Barea es ese psiquiatra apasionado, esa profesora que busca la luz de las mentes sin imponer ideas, sólo evidencias; ese diván donde la idea de España como país, como Imperio pasado y como ente moderno actual (somos más modernos que nadie, y con un vistazo rápido a la Historia nos deberíamos dar cuenta que aquí ocurre todo antes que en ningún sitio) se desviste de sus harapos impuestos y brilla desnuda, sin complejos, y libre. Como la vida misma.

En una época en la que está de moda brillar por ser minoría, la búsqueda autoconclusiva y desesperada por ser aceptado tal cual se es (algo que obsesiona a los estadounidenses, y por lo mismo, al resto del globo), Fracasología es necesario. Un libro que nos recuerda las maquinarias que nos hicieron olvidar la grandeza de un pueblo cuyos logros son enormes: la Historia Humana depende de la nuestra, porque fue nuestra durante siglos: avances científicos (el estudio de la flora y fauna americana, así como de la propia península hispánica, como pequeño ejemplo; el descubrimiento de las corrientes oceánicas, la idea de una Tierra Orbe, unida por sus océanos y mares; el Calendario Gregoriano que rige aún hoy nuestras vidas y que es salmantino); económicos y sociales (las bases de la economía actual, la idea de la Hacienda, de la cobertura social a los marginados con hospitales y escuelas; la siembra de universidades; la construcción de inmensas urbes de una belleza sin parangón que hoy reciben turistas y distinciones de la UNESCO; los Caminos reales y el Correo, que unía Tierra de Fuego a California sin interrupción ; el Real de a 8, que pesaba tanto que hasta en la China fue usado) cosmológicos, filosóficos (la preocupación por los llamados indígenas, la protección de sus formas de vida, las ayudas económicas, las exenciones fiscales que tenían, la inmensa productividad de sus actividades; la Fe, errada o no), la excelencia del Arte, por nadie superado salvo por la península itálica, que vivió el Cuattrocento gracias al paraguas protector de su dependencia hispánica (mal que les pese admitirlo)… Lean Imperiofobia y pásmense ante la grandeza del último gran Imperio europeo y el último sureño (y por el que pivota el peso del mundo del Oriente al Occidente, del Mediterráneo a la Mar Océana) y lean Fracasología y asómbrense de las miserias humanas y, aún peor, de su poder de convicción y la nula capacidad de unas élites cojas desde hace cuatro siglos (porque menuda panda de inútiles tenemos actualmente) en manejar tamaña herencia y semejante propaganda de xenofobia, envidia y terror.

Pero no hay que llamarse a engaño, en el trabajo de María Elvira Roca Barea no hay una pizca de revanchismo; antes bien de enojo ante la incapacidad hispánica por sacudirse esos harapos de encima. Y me gusta por esa ausencia total de juicio frente a los hechos ajenos que han manipulado la Historia, partiéndola en cachitos inconexos dignos de los más altos fabuladores de tiempos de Ciro el Grande, o de Scherezade. Sólo señala a la imagen que ve en el espejo. Pero no acusa. Al contrario, como buena profesora que es, expone el caso y da armas para defendernos. Cuánto vale un mundo de enseñanza lleno de maestros y profesores como ella.

La Historia está fragmentada porque conviene que así sea. Nadie quiere saber que los ingleses puritanos mataron más población que toda la famosísima Inquisición española junta para justificar en el trono a la virginal Isabel Regina, pérfida dónde las haya. Nadie quiere saber que la Reforma nació porque los príncipes desperdigados del Sacro Imperio querían dinero y había que sacárselo a la Iglesia, demasiado abusadora como para agradecerle nada de nada en la Historia; nadie quiere saber que en Francia ha habido más masacres que casi en ningún territorio del continente, que la Revolución tan cacareada fue una escabechina de terror y que los supuestos Derechos Humanos fueron en verdad plagiados del Grupo de Salamanca de los tiempos del Imperio Español. Nadie quiere saber que el Rey Sol era tal sol que estaba arruinado y que apropiarse de España (a través de su nieto) le convenía más que a nadie, y que su cultura de oropel y despilfarro no era más que una fachada de maquillaje y cocaína (entre pelucas y rosas de oro bordado). Nadie quiere saber que Holanda se escinde de España porque un principe quería tener un terruño propio. Y que los intentos de Imperio a la manera colonial (España nunca vivió en sentido colonialista) fracasaron todos, por más que adornen en la cabeza de ciertos reyes, magníficos diamantes y perlas que a la postre no merecen.

Todo eso es Fracasología. Un despertar. Un darse cuenta. Un abrir los ojos. Un repaso fino y necesario a la España que fue y que es la de hoy, con pensadores de verbo fácil y miopía aún más admirable. Un intento de sacudirse los complejos de un alma adolescente y dar un paso firme hacia la edad adulta. Como la vida misma.

Es un movimiento del que María Elvira Roca Barea es un eslabón más. Y qué bien que así sea. Y a por más.

André Aciman: emociones a flor de piel

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La prosa de André Aciman es pura emoción. Cada palabra empleada, cada verbo, cada intención lleva anudada un estrato intenso que tira del relato en forma de emociones. No hay párrafo o página que no sirva de trampolín al personaje para desarrollar frente a nosotros, con una inocencia enorme, toda su cartografía sentimental, la acción y la contradicción a la que lo llevan sus emociones, sus deseos y sus frustraciones.

Pero que esto no nos lleve a error: André Aciman lleva a sus personajes de la misma manera telúrica a todas las situaciones posibles donde el despliegue de sus sentimientos, atiborrados sus sentidos, nos muestra el relato como un fino bordado a contraluz. Su narración nos atrapa desde la primera línea haciéndonos uno con su personaje, enmarañándonos en su red sensorial e impidiéndonos ver el tono de relato, y aún más, la dirección del mismo, llenándonos de sorpresas como ocurre con la propia vida.

Llámame por tu nombre es el inicio y el pináculo de esta forma de hacer literatura. Nos agarra del cuello y del corazón y nos golpea, siguiendo el corazón adolescente que piensa sobre sí mismo y lo que le ocurre, en ese mapa de sentimientos encontrados, de miedos, iras y malentendidos, hasta alcanzar la felicidad máxima, la entrega única, la pérdida más universal. Todo en Llámame por tu nombre es una odisea del deseo, pero también una reflexión muy profunda sobre el amor amado y añorado y sobre los meandros de lo que pudo haber sido y no fue. Llámame por mi nombre es la historia de Elio y sus reflejos, empezando por Oliver y terminando por Vimini; historia de las emociones del amor pero también de la renuncia y del tiempo ido, y de la posibilidad que siempre late agazapada. Pura piel, puro corazón. En Llámame por tu nombre el relato es el retrato y el retrato, la plataforma en la que este escritor, empeñado en dibujar el alma humana con la tinta de sus emociones más profundas, alcanza un punto insospechado de comunión con el lector y sus personajes, con las decisiones y sus consecuencias, casi milagrosa. Es imposible abandonar su lectura sin querer saber más y más sobre Elio y Oliver, planeando durante semanas esa sensación en la boca y en el corazón.

En Variaciones Enigma el autor juega con las mismas cartas y consigue, con su mismo juego, envolvernos en una historia que se va desplegando lineal, como las cuentas de un rosario. Siempre es un personaje que sirve de relator y espejo; creemos saber todo de él, pero en realidad sólo lo que él mismo va descubriendo, y nos sentimos tan cerca suyo que llegamos a olvidar que el escritor es un cuco y que la historia nos reserva sorpresas y giros enigmáticos tal cual como ocurre con la propia vida. Y quizá como en Llámame por tu nombre, la primera parte es la que cuenta con más fuerza, pues es el descubrimiento del amor, del deseo (que vienen a ser casi lo mismo a fuerza de su pervivencia en la vida del personaje) marca las situaciones vitales que llevan a un hombre tan fluido entre los brazos de hombres y mujeres con los que pretende no ya sólo conocerse mejor, si no trascenderse. Nadie ha narrado quizá esa locura, esa pérdida de equilibrio, ese nublado de la razón que es el deseo despierto, el ansia hambrienta, finalmente el amor correspondido, aunque sea a medias, como André Aciman.

En André Aciman hay un océano de sensaciones que de tan profundas y magistralmente expuestas, consigue ocultarnos los derroteros de sus personajes, y como el Destino, lanzarnos a la cara la realidad con la que se tropiezan, yerran, se levantan y siguen adelante con sus emociones a flor de piel como mejor vestimenta y protección.

Nueva York de un plumazo: Mateo Sancho y Norteamérica

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Nueva York de un plumazo, novela de Mateo Sancho publicada por Roca Editorial, es la radiografía novelada de un emigrante. Es un relato divertido, engañosamente ligero, sobre el choque de culturas, el aislamiento, la asimilación y finalmente la desidentificación que todo el que se va experimenta con su lugar natal y con aquel en el que finalmente ha decidido vivir.

Todo está ahí: las razones para la marcha, que son excusas y son verdades; el impacto de la llegada a un continente donde todo es fácil pero no lo es; el choque vivencial (que no cultural) que experimenta por equidistancia más que parecidos; y eso más pequeño, que se descubre infinito, que es la libertad de empezar de nuevo.

Todo viaje es un comienzo. De cada lugar al que vamos nos llevamos un recuerdo y dejamos anclado en una esquina un trocito de nosotros mismos. Nueva York es la promesa, el summun del eslogan más manido y falsamente atribuido a los anglosajones (pues desde que el mundo es orbe quienes vienen haciendo las Américas son los europeos del sur): el sueño americano. Mateo Sancho nos cuenta, con prosa hilarante pero profunda, que aunque tenga color de rosa, la realidad lima los bordes con bisturís muy afilados. Nueva York de un plumazo se convierte así, por encima de todo, en la experiencia de la Emigración tal como la hemos conocido desde que tropezamos con América, con su cara amable y su cara de perro, con sus oportunidades y su alto precio, y todo aquel que lo haya sido encontrará, por más diferencias que tenga con Simón y su mundo (¿no es el Nuevo Mundo?), un punto de encuentro.

Además es un retrato lleno de pluma, el anverso rosa de Sexo en Nueva York, la acerada visión de los personajes y el constante choque de la ficción con la realidad, poblada de metáforas directísimas e hilarantes a veces, emocionales y complejas dentro de una prosa sencilla, fácil de asimilar y de leer (lo que le da ritmo al relato; lo que permite que se lea de un plumazo), muy propia del lenguaje periodístico que puebla hoy las publicaciones españolas. Los milenials leen poco y encima tienen escasa paciencia, al parecer. Dejemos que no se aburran con circunquiloquios o con sesudas reflexiones que aburrirían a las ovejas; el poder de las imágenes de Mateo Sancho solventa estas modernas dificultades (¿realmente leen poco, realmente son menos sesudos de lo que fuimos nosotros?) con brío y excelencia. No hay nada más divertido en todo el relato que ese paralelismo entre experiencias eróticas y el descubrimiento de la ciudad hasta que alcanzamos ese punto común del hartazgo, la serenidad de un amor que puede ser y ese salto al vacío que es cada compromiso.

Nueva York de un plumazo está llena de plumas, y cada una es una experiencia vivida y vívida, llena de lecciones aprendidas… ¡Y todas divertidas!

1816, El año que no hubo verano: Jordi Tello sigue adelante.

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Hay en la prosa poética algo magnético. Quizá sea su sonoridad, que hace que las frases fluyan sin encallar y su magnetismo, que hace que el lector fije en la lectura los cinco sentidos, cargados de sensaciones escondidas en esos relatos breves como las noches de verano.

Jordi Tello sigue adelante. Pues la fórmula es la misma, pero no las intenciones. Con su prosa rimada, y sus versos únicos, su habla de poeta adquiere una estructura narrativa más firme, una intencionalidad más evidente. Está dispuesto a hablar de desamor, de aventura, de crítica a nuestro día a día y a sus medios de comunicación, del desamparo de la paternidad o el arrebato del amor y la hiel de la soledad encontrada. Pero además quiere que pensemos en ello, quiere que llevemos las sensaciones pintadas en letras hasta el corazón y permanecer en él como notas reverberantes.

En 1816, El año que no hubo verano, habla el poeta pero también el hombre detrás del verso.

Con el mismo estilo afilado no hay nada sobre los sentimientos que escape a su mirada; sus palabras pintan momentos cotidianos cargados de lecciones y les añade sentido; la sensibilidad de un hombre que es al mismo tiempo arte y parte de lo que relata. Pues todos hemos sido monstruos y víctimas en todas las facetas del amor; todos anhelamos una piel, un abrazo, una caricia; todos huimos hacia adelante de lo que nos rodea, menos de nosotros mismos.

Cada relato breve es una posta de un camino trazado que va desde el inicio de un verano hasta el comienzo de un otoño. Jordi Tello borda versos (¡qué sonetos magníficos!) como dibuja pieles descubriendo sentido al ocaso del amor, esperanza en la resignación y en la despedida.

Hay más en la tinta de Jordi Tello. Y allí estaremos.

La golondrina: el vuelo cálido de Guillem Clua

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La golondrina es una obra de teatro escrita por el dramaturgo Guillem Clua. Hay algo mágico en el arte: la aparente rigidez de una estatua nos transmite la sensación de un movimiento eterno; la luz de un cuadro nos hace apreciar la perspectiva de lo que nos rodea; un arpegio musical, la energía que nos impele a danzar. En cuanto a los diálogos leídos de una pieza teatral, el aprecio por la profundidad de la voz humana.

La golondrina es eso y más. Leer esta obra, que se sucede rápidamente removiendo los limos de vidas que se muestran con secretos y se acercan entre sí con artimañas hasta desnudarse de artificios, nos transporta a todos los estados de ánimo, de la tristeza a la rabia, de la impotencia a la liberación, y sobre todo y quizá por encima de todo, a la redención. Dentro de la sencillez de su lenguaje explora profundas heridas, reinvindicaciones quizá no tan necesarias (cuando dejan de serlo: en el momento en que las explicaciones cesan y llegan la comprensión y la aceptación mutua), deseos, sueños y frustraciones. He ahí la magia real de La golondrina: explora el mar de los sentimientos humanos sin juzgar, sin señalar, estableciendo una comunicación con el espectador/lector y con los dos personajes de la obra desde el desencuentro inicial hasta la redención final fluida, intensa sin ser excesiva y siempre emotiva, única.

La golondrina es la historia de un viaje. El de la señora Amelia hacia atrás y el de Ramón, hacia adelante. Uno se revela tierno y agradecido, la otra frágil y necesitada de comprensión. Cada personaje cree buscar algo y encuentra más de lo que imaginaba, que en modo alguno correspondía a sus necesidades iniciales, a su plan de vida.

He dicho que las reinvindicaciones no son tan necesarias. No lo son para Ramón, que lo descubre al final (su felicidad perdida es un peldaño más en al construcción de un magnífico ser humano). Y tampoco para Amelia, cuya liberación es como el vuelo cálido de una golondrina en verano. Ambos protagonistas tienen heridas que cerrar consigo mismos. Tienen que perdonarse y aceptarse. Y lo consiguen apoyándose mutuamente, identificándose y dejando detrás un dolor que ya no les es necesario, transfigurando un amor que nunca es equivocado y aceptando que del dolor a la paz hay quizá sólo un paso.

Todo en La golondrina habla de amor. Y de deseo de ser aceptado. Y de remordimientos que anemizan y de sueños rotos. Pero todo en La golondrina es esperanza, es luz, es libertad. Amelia y Ramón se encuentran, se reconocen, se aceptan y finalmente se funden en un mismo amor que no entiende de aristas ni de caras ni de reflejos, sólo de corazón.

La voz del Guillem Clua dramaturgo nos enseña que con muy pocos hilos se tejen filigranas. Que del dolor y la frustración nacen obras liberadoras, y que la magia de las palabras, que tanto nos divide y afea, es tan poderosa que consigue realmente acercamiento y comprensión, pura libertad.

La palabra escrita nos enseña a oír la voz hablada. Guillem Clua nos muestra que la voz escrita llega al corazón y lo tranquiliza al ritmo de una nana. Nada hay más fascinante que esa magia, que ese don. Pura tau(dra)maturgia.

La gimnasia que no se ve. Magnesia para la vida: el deporte de élite como metáfora.

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La gimnasia que no se ve: magnesia para la vida es un libro de reflexiones sobre el deporte de alta competición escrito en paralelo, a cuatro manos, por el entrenador Óskar Escalante Antón y el gimnasta olímpico Javier Gómez-Fuertes.

En él encontramos los mimbres necesarios para construir esa aventura apasionante que es una vida deportiva demandante y absorbente;las alegrías, las frustraciones, la disciplina marcial, los sueños y las técnicas humanas que se requieren para elevar la vida de un niño con aspiraciones en un atleta con posibilidades de cumplir su mejor sueño: ser gimnasta olímpico.

No es un libro técnico. Es un libro lleno de reflexiones sobre el deporte, sus necesidades, sus demandas. Hay hondas verdades vertidas de forma sencilla y amena; tan profundas y sinceras que consiguen identificarse con el lector pese a estar a años luz de una experiencia semejante.

La visión del entrenador y del atleta, sus anhelos y sus frustraciones; las técnicas de abordaje de los problemas, los miedos y las inseguridades: la gimnasia deportiva se ve como una metáfora de la vida. Los autores, enfrascados en desgranar las lecciones que una vida tan entregada les han deparado, quizá olvidan que sus experiencias son superponibles a toda vida humana: la entrega de las artes no es inferior a la deportiva, la intelectual o la manual. Por eso es tan fascinante su lectura: podemos identificarnos con ellos, traer a nuestro terreno personal la aventura fascinante de sus vidas privadas, entenderlas y admirarlas bajo el peso de una luz integradora que amplía nuestra visión del mundo, pues añade compresión real y real peso a un mundo que nos es ajeno sólo en apariencia, tan lleno de matices y de riquezas y de lecciones profundas y de armas para afrontar el día a día y el futuro prometedor.

La gimnasia que no se ve está llena de magnesia que nos ayuda a aferrarnos a la barra de la vida, que nos enseña a sobrellevar los golpes de efecto, los cayos del roce diario, las lesiones de una vida que nunca se tiñe de fracaso, si no, como bien dicen, de éxito y enseñanzas. Y eso es contagioso. Y digno de agradecer.

Imperiofobia y Leyenda Negra: María Elvira Roca Barea nos abre los ojos.

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Ésta es la primera entrada dedicada al magnífico estudio llevado a cabo por María Elvira Roca Barea: Imperiofobia y Leyenda Negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio Español.

Un estudio lúcido, un ensayo apasionante y científico (documentado bibliográficamente), el mejor hasta la fecha publicado y por primera vez por un español, algo que venía echando de menos en otras entradas dedicadas al estudio de la Historia de España en este blog. María Elvira Roca Barea ha cubierto esa laguna que separaba los estudios de los extranjeros que, una vez demonizado el país español, intentan rescatarlo y colocarlo en su lugar, y la propia postura española ante el fenómeno más lastimoso (porque dura en nuestros días) de propaganda y manipulación cultural que haya vivido el mundo occidental.

Es tan brillante, que le dedicaré varias entradas. Mi intención no es llegar a profundizar en ellas los cientos de razonamientos y la sencilla obviedad de sus veracidades, si no poner por encima de todo el mensaje que desprende y que siempre he entendido como necesario: un planteamiento científico de la Historia, un análisis de las situaciones que se repiten una y otra vez por su desconocimiento, y la angustiosa necesidad de observar nuestro pasado y nuestro presente con absoluta libertad de pensamiento, sucio de ideologías y justificaciones pensadas por Otros, con los ojos abiertos.

Aquí emplazo a observar y asimilar el poderío libertario de su mensaje, la asertividad de sus afirmaciones (con datos) y el reflejo de nuestro hoy en la manipulación enorme y brutal de nuestro ayer.

Este es el comienzo de la libertad: abrir los ojos, ver, analizar y comprender. Hace más de dos mil años se dijo que la Verdad nos hará libres. Aún más, su búsqueda, su constante remodelación, ese milagro del agua pura que se bebe en las fuentes y que nos regala el mayor bien de todos: la independencia intelectual y moral.