Seré feliz mañana: Xacobe Pato, de vez en cuando la vida.

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Quizá parezca que no, pero Seré feliz mañana (Editorial Espasa) defiende férreamente ser feliz Hoy.

Xacobe Pato, manejando el género diarista como pocos, lo pone al día, lo llena de energía, de mucho sentido común y, como la vida, de ironía, demostrando que una prosa actual puede ser profunda sin ser maniquea, y sensible sin ser cursi.

Seré feliz mañana está llena de detalles. Regalados como perlas en la arena, se van acumulando conforme pasan las hojas, bailando el baile de las horas y los días idos, con una chispa de melancolía (la justa) y grandes cargas de humor. Es un diario de alguien que se viste con sus palabras, y que se esconde en sus reflexiones. Podríamos creer que Xacobe Pato se retrata, cuando en realidad nos pinta a todos con trazo justo; podríamos pensar que el autor, como la felicidad, espera a mañana para ser él mismo; incluso creer que, de tanta intimidad regalada, deberíamos tomarnos un café con él en La Flor o dar buena cuenta de un queso con anchoas en La Maceta. Pero juega al escondite. El autor de Seré feliz mañana es todo eso y es más: lo que no cuenta es lo que lo define; lo que cuenta lo hace único, universal. Y entre ellos hay un precipicio de fútbol, playas, abuelas, colegios, estudios, colegas, familia, amigos y amor. Xacobe Pato nos regala a nosotros mismos a través de su mirada. Y por eso sonreímos y lloramos un poquito y ponemos su banda sonora y hasta buscamos en TripAdvisor sus recomendaciones culinarias.

La vida es un juego de reflejos. Cada parcela de este diario anual es un pedacito del rompecabezas que somos nosotros mismos. Sólo que Xacobe Pato tiene el hálito vital de transformarlo en palabras, en lecciones aprendidas, en reflexiones aparentemente ligeras, pero con profunda carga de verdad. La hipérbole de sus historias no sólo esconde la intimidad de quienes habla (de A., de su familia, de sus amigos y sí, incluso de él mismo): revela la vida misma en cada palabra, en cada página. Y eso, es magia.

Y he ahí lo que nos gusta de Seré feliz mañana. Xacobe Pato escribe con prosa mágica, con melancolía alegre, con excelente sentido musical y gastronómico y, sobre todo, con tanta humanidad, que la sonrisa aparece desde la primera página, y la lágrima y la risa, haciendo que ralenticemos su disfrute, que paladeemos cada párrafo, cada coma, cada punto y aparte. Como ocurre, de vez en cuando, con la vida: un viaje de ida y vuelta a las estrellas.

La calma luchada de Sergio Bero.

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¿Amar es difícil? Debo suponer que sí, pues a todos nos cuesta la vida. Pues tardamos años en descubrir, si alguna vez lo hacemos, la realidad de vivir, de amar, de comprender y sobre todo, de aceptar.

El amor tiene muchas etapas. Mil hojas acompañan el desarrollo de su relato. Pero cada línea, cada amor que llega a nuestras costas, trae a Lete consigo, y con su amnesia, nuestro continuo tropezar lleno de errores. El proceso de darse cuenta, de saberlo, es lo que relata Sergio Bero en La calma luchada, otra preciosa obra publicada por Editorial DosBigotes.

El amor, sus fintas, sus estrategias más o menos convincentes, sus guiones a veces enrevesados, sus sentimientos a flor de piel, sus dependencias y miedos se hallan reflejados en este conjunto de relatos breves donde es imposible no hallarse retratado. Sergio Bero consigue, en pocas líneas, momentos de lucidez magistral y cierto desorden libre de prejuicios (antes bien, lleno de admiración por el hombre que se atreve a saltar a la arena del Amor a dejarse la piel en esa empresa) y captar ese instante pendulante que lleva a un hombre a enamorarse (o a desear o a buscar o a necesitar al Otro) y encontrarse, sin pensar, consigo mismo frente a frente, desnudo y sin justificaciones, enfrentado al misterio de ser él mismo y, sobre todo, reconciliarse con su historia vital.

Ese es el secreto de La calma luchada: perdonar nuestros supuestos errores, reparar las heridas infligidas y sufridas y aceptar que todo está bien como está, aceptar nuestro lugar en el mundo y por sobre todo, ese lugar oscuro que ocupamos en nuestro propio corazón.

La prosa melódica de Sergio Bero es como una canción más que como un poema; su musicalidad tiene eco pop, purpurina y maquillaje. Pero es en el proceso de retirada de esa máscara donde su escritura se hace profunda, nunca hiriente, y hurga en los secretos más oscuros del corazón humano. Siempre desde el respeto, la educación y una sana admiración por el hombre solo que somos cada uno de nosotros.

La calma luchada es el premio que obtenemos cuando dejamos de herirnos a nosotros mismos por el pasado que se ha ido; cuando vivimos el hoy a pleno pulmón y evocamos, agradecidos, cada capa de esa vida múltiple y diversa que el Amor nos regala a cada paso que damos.

Ninguna ciudad es eterna: puro Iñaki Echarte Vidarte en Venecia

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Venecia. Un viajero enamorado. Un turista íntimo, que recorre cada esquina, que se fija en el detalle más ínfimo de una sombra, de un claroscuro. Y en las figuras de los gondoleros, en esos ojos y en esos brazos; la mirada ausente de los turistas del montón y de la imagen fugaz. Y en el atardecer de oro y los reflejos argentinos de la luna en los mármoles desnudos. Y el rumor del agua que llega y se frota una y otra vez, insomnes, sobre esas calles imposibles de Venecia.

Iñaki Echarte Vidarte recorre la ciudad acuática con paso de plomo. Su mirada es como su lenguaje, llena de poesía. Y retrata cada espacio de esa ciudad imposible revelando un nuevo secreto, trayendo a la luz un significado perdido y encontrado. Iñaki Echarte Vidarte, como poeta, escarba en lo más profundo de una ciudad de maravillas para pescar las perlas más hermosas, las más raras y por tanto, las que pasan más desapercibidas. Y las muestra en un conjunto de relatos cortos y de fotografías maravillosas con el pudor justo, con la desnudez adecuada, sin faltar una coma, sin desperdiciar nada de una ciudad que late viva en sus arterias.

Nada como un poeta para nadar en esos canales, para extraer secretos olvidados, historias que se han perdido, susurros que cada esquina sugieren, relatos imposibles que sólo cobran sentido en esta ciudad soñada y sin embargo tan escondida. Nada como un poeta para sacar lo oscuro de los hombres y su misma belleza salvaje y compartirla en cada página, con cada imagen de esa ciudad única, bella y sórdida a la vez. Y por tanto, fascinante.

La prosa de Iñaki Echarte Vidarte bebe de su lírica. Pero el ritmo de estos pequeños relatos es el del mar, el vaivén y el golpeteo del agua en las paredes rugosas de unos canales que nunca descansan: de los turistas durante el día, del influjo de la luna de noche. Y en cada relato nos regala un aspecto del alma humana, un boceto de su cuerpo, una imagen poderosa que a veces pesa más que las palabras que la acompañan.

Ninguna ciudad es eterna es el primer guiño de Iñaki Echarte Vidarte para compartir con sus lectores esa cualidad que le caracteriza de ser turista sin serlo, o como eran aquellos personajes literarios, que vivían y sufrían y gozaban de las ciudades que les embrujaban. Nadie como él para enseñarnos Venecia, porque Venecia en sus palabras, y en sus fotografías, es el corazón de una ostra que esconde en su seno, el tesoro más buscado: la perla de la levedad, el sueño de lo pasajero, la certeza (a veces inútil) de saber que nada, ni Venecia, es para siempre.

Con el amor bastaba: el eco de un hombre solo.

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Con el amor bastaba es la nueva novela de Máximo Huerta. Y como siempre, es una aventura hacia adentro, donde la metáfora de volar y refrenarse tiñe cada una de las páginas con un aroma melancólico y, sobre todo, solitario.

Máximo Huerta vuelve, de nuevo, a la familia. De ella brota esta historia de un niño que crece atado a la tierra por no ser diferente, en perenne lucha con su propia identidad, que lo impele (así es la vida) a convertirse en aquello que está destinado a ser. Como nos ocurre a todos.

Con el amor bastaba es una historia de secretos. Y de descubrimientos, y de pérdidas. Elio iridiscente puede volar, no en vano Ícaro es su apellido, y Dédalo, el nombre del absurdo padre que siembra en el niño la duda sobre esa cualidad que lo hace tan diferente y blanco de cualquier ataque social. Como nos ocurre a todos.

Máximo Huerta vuelve a la familia. Como centro, como anclaje y como pérdida. En ella, microcosmos, ocurre el mundo. El de Elio Ícaro, el de su hermano con olor a lavanda; el de un padre que se ausenta y construye (fabrica siempre Dédalo) una nueva vida; y el de una madre que siempre azuza, que anima siempre, que no tiene miedo jamás a ser diferente.

Pero lo que esconde este nuevo relato es que es la historia de un hombre solo. Áureo Elio, Ícaro volador, renuncia por sí mismo, y por las circunstancias, al don, a la maravilla de su identidad para intentar ser un hombre más. Pero el don de volar es precioso y reclama su presencia; el precio es alto y Elio lo paga: su mundo desparece y queda sólo el hombre solo, que no solitario.

Con el amor bastaba es el último lamento de un hombre que mira a su destino cara a cara y comprende que nada más en la vida vale la pena. El amor lleva implícito todo: la libertad, la ausencia de juicios (es decir, la aceptación plena), y la alegría. Y, como nos ocurre a todos, Elio lo descubre una vez la madurez toca la puerta.

Una prosa rítmica, con intenso olor a lavanda; un rito de pasaje y un profundo retrato de un hombre solo, Con el amor bastaba nos trae los ecos de Una noche soñada, de El susurro de la caracola, pero además, como la semilla en el corazón del fruto, nos recuerda también a La parte escondida del iceberg. Todo es bello en una prosa que fluye, pero los pasos sonoros de un hombre solo son los que terminan cerrando las páginas del libro, son los que recuerdan que la vida lo es todo, pero sobre todo, una constante lucha con nosotros mismos, y sus consecuencias.

Rojo, blanco y sangre azul: una historia deliciosa

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En estos tiempos de agitación mundial leer una novela vibrante, leve, ambientada en un presente que pudo haber sido posible (¿quién sabe si no lo será alguna vez?), Rojo, blanco y sangre azul nos lleva a la historia de Álex y su mundo, donde gravitan su hermana y su mejor amiga, y una serie de personajes cada cual mejor dibujado, envuelto en una aventura de alta política y, a la vez, de amor.

Es una puesta al día de Jane Austen, autora que admira el otro protagonista de esta leve historia, Henry, a quien debemos la parte de sangre azul del título. Objeto de antipatía, después de simpatía y finalmente de amor, Henry es el causante de todos los cambios que sufre Álex, de arriba a abajo; bajo su influjo se pregunta a sí mismo de dónde viene y porqué, sus valores, y su plan de vida. Porque hay algo que caracteriza a un personaje americano: con veinte años ya tiene la vida trazada, imaginada y parcialmente vivida en su cabeza.

Hasta que tropieza con la revolucionaria Europa.

Decir que es un relato ambientado en la Casa Blanca, que Álex es uno de los dos hijos de la primera presidenta de los Estados Unidos, que procede de una familia mitad latina, mitad norteamericana, con los sabores de México y Texas (la misma cosa desde el Descubrimiento) sólo le aporta estructura. Le aporta cuerpo. Pues Rojo, blanco y sangre azul habla de política, de racismo, de fluidez sexual, de esperanzas, y de la confrontación entre la percepción establecida y la nueva mirada, más amplia pero a la vez carente todavía de libertad añorada. Es todo eso, sin duda, pero sobre todo, es una historia de amor contada con tanta belleza y delicadeza por Casey McQuiston, que nos atrapa en un hechizo divino, no queriendo abandonar ese mundo perfecto que dos seres hermosos crean, con su encuentro, apenas sin darse cuenta.

No es un relato que escape de los clichés actuales: todo está bien aderezado en esta ensalada juvenil. Pero está tan bien escrita, y todos sus personajes son tan maravillosos, que atrapa y nos transporta a un mundo que es por fuerza único, pero sobre todo bello y casi perfecto. Álex y Henry, ese personaje tan maravilloso que se hace necesario, June y Nora, Pez y toda la pandilla, rodeados de descripciones envolventes, transmiten tanta juventud, tanta jovialidad y tanta cabezonería que nos descubrimos riendo casi siempre y viviendo, casi siempre, ese universo fantástico e irreal que es la primera juventud.

Rojo, blanco y sangre azul es una novela alegre, vital, divertida, leve pero con poso, que nos revela una autora con futuro una vez se aleje de los clichés más actuales, que vuela alto sin perder de vista ningún hilo y, mucho menos, la siempre agradecida intención de cambiar el mundo y mantenernos soñando cada vez que leemos una de sus páginas.

El infinito en un junco: en principio era el verbo

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El infinito en un junco, el ensayo de Irene Vallejo publicado por Editorial Siruela, se despliega en un viaje íntimo y común mientras retrata la historia del Libro. Objeto arcano, prestidigitador, hacedor de Pensamiento y de Historia, Irene Vallejo nos cuenta con trazo grácil y encantado, el nacimiento del Lenguaje y su evolución imparable de Verbo hablado a Palabra escrita, y los cambios que genera en la fisiología y en la psique humana tamaña proeza.

Y lo hace así, casi sin hacerse notar, llegando muy hondo, muy dentro. Es un ensayo que fluye como las notas de una melodía; navega entre los entresijos de la Historia en mayúsculas usando el retrato en minúsculas de cada escritor, de cada persona que se ha esforzado, en su día, por dejar plasmadas su experiencia y su saber entre las páginas de un libro. De las tablillas de arcilla a las de cera, del papiro al pergamino, del códice al libro impreso y a la pantalla digital, cada cambio tecnológico no ha hecho más que ratificar la innegable importancia del Libro en la vida humana, a la que se encuentra atado por el cordón umbilical de lo Insondable, de lo Auténtico.

Y quien dice Libro dice Oratoria, dice Filosofía, Ciencia y Metafísica. Dice Lírica, dice Narrativa, dice Teatro y dice Ensayo. El infinito en un junco se abre como un rollo de papiro mientras despliega los puntos conexos de nuestra Historia Común y termina revelándonos que la vida se repite, una y otra vez, pues los seres humanos aprendemos sólo por nosotros y para nosotros mismos en el espasmo de tiempo que aglutina nuestra única existencia.

No aprendemos de los errores, pero hallamos nuestro reflejo en los libros, en sus historias y experiencias, y nos enseñan a ser más indulgentes y más conscientes de lo vasto de la vida y de lo inabarcable del Conocimiento y la Experiencia humana, que se transforma en divina en cuanto a su continuidad, a su inalterable repetición, tan perfecta como una fórmula matemática, tan impasible como una ley física.

Irene Vallejo teje un ensayo maravilloso usando los hilos de la Historia para dar vida a un tapiz inigualable, donde el Creciente fértil (qué imagen más poderosa), fuente de la Civilización, se expande con la fuerza telúrica de lo inevitable hasta el Occidente proteínico, en ese eterno desencuentro que, sin embargo, tiene tantos puntos ignorados en común. Irene Vallejo enhebra instantes, pensamientos y acciones, costumbres y desafueros con delicada sutileza, no sin faltar los puntos de absoluta actualidad que delatan la corriente de buenrollismo de los tiempos que vivimos; sabe ajustar cuentas con lo que de injusto la historia del Libro tiene ante lo Femenino, pese a que todo acto de crear lo es en esencia; arranca del Silencio la voz de la Mujer y su mundo, perdido sólo a medias de tan elevado su timbre, y nos lo regala a manos llenas.

Todo en El infinito en un junco es poesía, pues es Belleza en cada página, cotilleo a la vez que información veraz; cierto aroma a revancha y a crítica y mucho de amor por esas patrias donde nos vemos por primera vez como seres pensantes y eternos.

Nada mejor para celebrar el Día del Libro que un libro que habla de la Historia del Libro, que es nuestra propia vida, nuestra ilusión, nuestro afán y nuestro descanso, nuestra loa y nuestro epitafio.

Gracias a Irene Vallejo el mundo es más mundo por descubrir y el Libro es quizá más eterno si cabe, por abarcable, por cercano y por único. Y por inmortal.