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Gloria, poeta

Gloria-Fuertes

Poema de amor que libera

Ya no soy la niña amarga

que tenía un mar de llanto

y alta ortiga por el alma.

Ya no soy la niña enferma

que al oír risas lloraba;

ya salí del solitario

bosque que me acorralaba.

Ahora soy la niña verde,

porque floreció mi calma.

Ya no soy la loca triste,

ya no soy la niña blanca,

nuevo amor ha traspasado

con el nardo de su lanza

mi corazón, que ahora tiene

un nombre de menta y ámbar.

¡Ay cuánta sonrisa noto

que trepa por mis espaldas!

¡Qué brillo tienen mis ojos

-viudos de siete mil lágrimas-!

La vida me sabe a verso

y los besos a manzana.

-El monte arregla sus pinos,

por las rocas el mar baila-.

El amor danza en mi pecho.

¡Ya me quiere! ¡Ya me aguarda!

Ya no soy la loca triste,

que al oír risas gritaba;

ahora soy la niña dulce,

ya no soy mujer amarga.

***

Es una mierda

Es una mierda

haberme vuelto cuerda

y no insistir en la misma dirección.

Es una mierda

volver a tener luz y ver tan claro

que soy un nombre más,

en el amado.

Ya como antes no grito,

y sollozo bajito

que ya no soy amada.

Es una mierda,

haberme vuelto cuerda

para nada.

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Llamadme Alejandra: una vida velada.

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   Llamadme Alejandra es la nueva novela de Espido Freire (premio Azorín, 2017). Una autora conmovedora en el relato corto, llega a velar en la novela: atrapa, concentra y observa atentamente el objeto de su relato, para dejarlo libre, ingrávido y penetrante.

Melocotones helados es un buen ejemplo de esto. Y Llamadme Alejandra, no se queda atrás.

La vida de la última zarina de Rusia no llamaría tanto las puertas de la imaginación si no fuese por su triste fin. A partir de esa complicidad, Espido Freire construye una historia íntima más que un relato histórico; retrata una voz con los colores que sabe usar de su paleta: la palabra justa, el conjunto antes que el detalle, y esa delicadeza certera con que su mirada se deposita en cada pliegue de una personalidad difusa, buscando los secretos que hacen, de una vida velada, una vida única.

No hay fuegos de artificio. En general, a Espido Freire no le hacen falta. No busca el impacto, antes bien, intenta desde lo aparentemente sencillo atrapar a un lector que se deja sorprender por las pequeñas cosas, esos grandes momentos que tejen una vida, y que no siempre son el oropel de una corte, el relumbrón de un estatus, un vestido o una joya. Alejandra se dibuja desvaída, a color pastel, acuarela en un lienzo cuya profundidad la define el agua: una vida mecida por las circunstancias, un dejarse hacer y abrazar un destino.

Espido Freire no juzga, sólo conmueve. Y es mucho. Todo de esta mujer nos sería vano si no fuera porque ha vivido; el secreto de Llamadme Alejandra está en dibujar una vida narrada sin estridencias, sin falta de gusto: una mujer jamás sería indiscreta sin ser tachada de vulgar; la vida femenina es más interior, más callada; Espido Freire desvela cada pliegue de esa personalidad con suma delicadeza, con el mayor de los tactos; algo que, por lo demás, siempre la ha caracterizado.

 Llamadme Alejandra vive en un tiempo convulso, de profundos cambios: la herida que se abre, la brecha que dividirá mundos, pensares. Y sin embargo es actual, nos habla con un lenguaje sencillo, de una manera directa. La autora sabe que sabemos, y sabe que jamás aprendemos de nuestros errores.

La levedad de Espido Freire es divina. Porque consigue desarmarnos con sutileza, porque consigue hablar del error, del horror, del ardor y de la vida sin grandes alegorías, sin estruendos, llegando al corazón del lector con su escalpelo de plata, afilado, inequívoco, e indoloro. Perfecto.

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El amante alemán: la vida en círculos

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Julián Martínez Gómez ha escrito su primera novela: El amante alemán, de la mano de Editorial Dos Bigotes, un nuevo ejemplo de edición cuidada, novedosa y con espíritu de perpetuidad.

Como la edición, El amante alemán, tiene algo de novedoso. Una historia confluente, ondulante, que nos lleva de La Habana a Berlín, de Madrid a Berlín, de un corazón (com)partido en los años ochenta del siglo pasado, por ideologías y costumbres, y un corazón compartido en nuestros días.

Mucho ha cambiado el mundo, y la ideología humana, en ese período de tiempo. Una historia paralela, en dos generaciones distintas, que lo viven de forma diametralmente opuesta, que se sufre y se redime, a través de una felicidad ficticia, la unión de una historia que un desastre aeronáutico impide, y la historia de un encuentro fortuito que cierra el círculo en el punto del encuentro y la felicidad.

El amante alemán es un relato de redención, de padres a hijos, de hijos a padres; de secretos ocultos por presiones externas (amores ocultos por el qué dirán y la represión social y la incompetencia social) y pura libertad una vez deshechas las cadenas que los atan. Hay amores que culminan con la muerte, y hay amores que brillan reforzados por la vida: el de Julio y Sebastian mantiene su magia intacta una vez el relato termina.

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Sin lograrlo del todo (es muy difícil, a mi parecer, conseguirlo; pero muy valiente el intento), El amante alemán es el retrato de cuatro voces. El narrador omnisciente parte con ventaja: todo lo sabe, y puede inferir y retratar los personajes llevando un mismo estilo narrativo en todo el relato. Escribir en primera persona nos obliga a desarrollar la voz  de un personaje hasta límites insospechados; hacerlo en cuatro no siempre se consigue, porque el estilo de escritura se cuela por las rendijas de lo evidente. Y, sin embargo, Julián Martínez Gómez consigue un relato coherente, lleno de una poesía inusitada en su sencillez, y de una musicalidad maravillosa: el lenguaje de Julio es embriagador, su voz es una delicia del Caribe: en su relato podemos oír en ecos ese maravilloso lenguaje que nació en Latinoamérica y que le ha reportado fama mundial: nada más bello que esas referencias constantes, que esas metáforas imposibles. En Sebastian, al contrario, con una forma de ser teutona, se adivina delicado, cauto, lleno de una fragilidad hermosa que despierta, como una flor en un ambiente cálido, hasta resplandecer. El amante alemán guarda dentro de sí la capacidad poética de su autor, quizá porque en el fondo habla, y y lo hace en cada línea, de amor. Y eso es, es, una delicia.

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Iván Baeza: decir Te quiero en prosa, decirlo en verso.

Hay muchas formas de decir: Te quiero. Pero ninguna tan profunda y suave, tan cargada de levedad y de belleza como las de un poeta.

Iván Baeza es poeta y narrador. Por ese orden. Porque la poesía guía su obra creativa, la extiende por doquier llegando a impregnar su obra narrativa con ese efecto leudante y efervescente que le caracteriza.

Decir-un-te-quiero-CubiertaDecir un Te quiero es un poemario a dos manos con Noemí Trujillo. Y es a la vez un enfrentamiento de dos formas distintas de acercarse al amor, es decir, de expresarlo. Noemí Trujillo de una manera gráfica, sin intermediarios salvo el peso exacto de cada palabra; Iván Baeza lo hace de forma sutil, reveladora, desnudándose paso a paso hasta llegar al corazón liberado y rebosado. El tú y el yo en este poemario es un hechizo; de él manan, como planetas, como estrellas, mareas vivas de sentimiento que jamás nublan el sentido, antes bien, se entregan a él y le prestan sus alas, y brillan juntos en cada verso. La poesía de Iván Baeza es luminosa y fresca, feliz hasta en el reproche; está llena de una sonrisa satisfecha de amante rebosado y cumplido, y cada palabra que hilvana es un regalo, un conjuro, una cerca donde guardar el corazón que palpita y mimarlo.

 AAFF_cubierta_PREMIO AKABA_OK_1Y la tierra se movió bajo ellos, III Premio Playa de Ákaba, es una extensión en prosa de su corazón poético. No en vano hay poemas en cada capítulo, resumen a la vez que entrada a la acción; hechizo a la vez que mapa, donde la historia de Andrés y de Alejandro, de Alma y Alberto y de Amparo se lía y deslía siempre con una ligera música de fondo y con esa esperanza que caracteriza su obra creativa y en la que Iván Baeza habla de la muerte, la herencia y la vida con esa suavidad profunda como habla de amor amante en versos sueltos de poeta eterno.

Ambas obras, de Editorial Playa de Ákaba, son dos momentos distintos de un mismo proceso creativo; ambos son un regalo, en el que el verso vuela más alto, por ser más ligero, y llega más adentro, por ser más certero. Porque, aunque haya muchas formas de decir Te quiero, ninguna tan profunda y suave, tan cargada de levedad y de belleza como las de un poeta. E Iván Baeza tiene mucho de poeta en cada línea que escribe.

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La parte escondida del iceberg: tan corto el amor, tan largo el olvido.

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La vida no es un río, la vida es un largo estuario que se abre inmenso entre la brevedad de ese torrente que lleva nuestro nombre y el incontenible mar de la existencia. La parte escondida del iceberg, el nuevo libro de Màxim Huerta, es un viaje intenso a las profundidades de esos limos que lo fundamentan como hombre y que justifican cada una de sus obsesiones, sus miedos, sus aciertos y fracasos, retratados con falsa sencillez en cada uno de sus relatos anteriores.

La vida es un tatuaje: cada sentimiento, cada sensación quedan grabados en la piel dejando esa huella indeleble que produce primero dolor e inflamación, que requieren cientos de cuidados inmediatos, y posteriormente olvido. Cada amor es una cicatriz, cada vivencia una herida que, más que inflamar la (vana) ilusión de vivir, mengua las fuerzas y las justificaciones que nos hacen seguir adelante.

La vida es amar en períodos cortos, siempre con buen tiempo; la vida es olvidar lento, estirado y pegajoso, casi siempre lleno de lluvia (lágrimas) que se congela en ese camino sin fin que va desde nuestros ojos al corazón, invierno de una existencia que es infierno helado, recuerdos escarchados que pugnan, a poco de amontonarse, con salir a flote y ahogar todo esfuerzo por desterrarlos.

La parte escondida del iceberg es la orografía sensitiva, sensorial, gustativa e íntima de Màxim Huerta. Un amor inolvidable pende de la cima de esta historia, que sin embargo viaja rápida e inexorable hasta el fondo de esa nada sin forma que es la vida recordada y recobrada, para encontrar justificaciones y sentido, y emerger arrebolada, débil, titubeante y frágil, henchida de melancolía, de reproches y de amargo resentimiento. Contra el amor: de niño, de hijo, de hombre, de amigo, de amante.

Es un mapa sin rutas, porque el dolor traza sus propios senderos, y el miedo le da alas. Y sin embargo es la cartografía de un ser que se ha hecho a sí mismo, grande, tenaz, inmenso, inconmensurable, a pesar de que se reprocha una y otra vez como torpe, miope, orgulloso y miedoso. Nadie puede escribir con el corazón siendo pequeño; nadie consigue, a pesar de los innumerables baches del relato (de la vida), una libertad tan prístina si no lucha sin denuedo contra todos sus demonios interiores, sus supuestos defectos y su tristeza.

Nadie muere ya de amor. Pero muchos andan con la vida atemperada por su pérdida. En La parte escondida del iceberg, a pesar del eterno frío de esas llamas congeladas, el corazón de Max late lento, desordenado, constante. Màxim Huerta titubea, porque la vida embarazosa es así, hasta que el relato consigue la esencia de una confesión y la vergüenza se deja de lado: los disfraces de cada uno de sus libros, desde Que sea la última vez… hasta El Susurro de la caracola, donde sabemos la procedencia del miedo y cuál es el ogro de la niñez; desde Una tienda en París, donde notamos esa mezcla de alegría desenfrenada y sensualidad a flor de piel y el miedo a tomar la decisión correcta que nos dé la Libertad; desde La noche soñada hasta No me dejes, donde todos los fantasmas de un niño que ya no lo es se sacrifican a un presente imperfecto, profundo y único en donde habitan mil errores y pocos olvidos; desde El lector hasta cada uno de sus artículos; desde Mi lugar en el mundo eres tú hasta su propia frontera, la que separa el cristal de las gafas de su mirada, la barba de la boca, los labios de la voz que habla, las manos de las palabras que escribe; el sacrifico de una niñez que sin embargo late muy vívida en su recuerdo; la embriaguez de la juventud y el triunfo, lleno de ese lustro que sólo una sociedad agotada en sí misma permite su pertenencia y su goce; el placer de la conquista y los amores fugaces, quizá equívocos, tal vez inútiles, hasta ese momento, variable para cada uno, en que el amor hacia Otro hace tanta mella que destruye la geografía de una vida y la cambia para siempre. Nadie muere ya de amor, pero ese sufrimiento mina e inestabiliza y a veces nos impulsa, a través del arte, a transmutarlo, a transmitirlo y finalmente a dejarlo de lado, lastimados y agradecidos de semejante experiencia y de tamaño regalo.

La parte escondida del iceberg no es una novela: es un relato a borbotones de la angustia vital de un hombre que no puede más; un poeta cuyas válvulas de escape ya son incapaces de soportar la presión de una vida burbujeante y vacía, que le impide ver la belleza que le rodea y, aún peor, la propia belleza que posee. Es un relato angustioso, desesperado, lleno de referencias innecesarias, porque nada justifica más ese estado de fosilización y de movimiento, de arcadas y vómitos, de medias sonrisas y de obstinación; Màxim Huerta, el escritor, consigue transmutar al Max de la intimidad al comprenderlo, y aún más, al aceptarlo. Máxim Huerta, el escritor, consigue finalmente aceptar al Max herido y solitario, por torpeza o por propia elección o por obstinación o por comodidad, a través de un parto eterno que ha necesitado cinco relatos, un rosario de resacas, miles de kilómetros recorridos y el intenso frío de un invierno casi irreal de París.

En La parte escondida del iceberg pueden sobrar muchas cosas que distraen del relato, porque la vida está llena de esas jugadas estrafalarias que consiguen que perdamos el agudo sentido de orientación de nuestro corazón, pero no le sobra ni un latido, ni una lágrima, ni un aliento de hielo: podemos amar hasta cansarnos y siempre nos sabrá a poco; podremos desearlo con todas las fuerzas del cuerpo, pero siempre será largo el olvido, porque hay cicatrices, hay aromas, hay tactos y una rendición inexorable a la belleza de lo perdido, a la recreación de lo pasado, que nos atan a él.

Todo fin es un nuevo comienzo. En La parte escondida del iceberg ha penetrado la luz, y su calidez, aunque tímida, ha dado paso al deshielo de la primavera. Por eso se ha escrito en enero, por eso se publica en abril. Por eso Màxim Huerta es uno de los escritores más valientes que conozco, y Max, uno de los hombres más admirables que existen. Hay secretos, medias palabras, nombres no dichos, causas inexplicadas, vida escrita aún con caracteres ilegibles. Pero el corazón late y de su centro mana sangre a borbotones, cálida, lenta, pero constante, y ese latido lo hará elevarse hasta la altura que merece, hasta la comprensión real y última, que revela siempre, siempre, la vida que se vive.

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Jane Austen: Orgullo y Prejuicio con Sentido y Sensibilidad

Si no fuera por la insistencia calurosa de Mikel Fernández Bilbao, hubiera seguido dejando de lado, o mejor para más tarde, leer a Jane Austen. Ni mi orgullo ni algún prejuicio escondido me mantenían alejado de su literatura, salvo quizá el empacho de cultura anglosajona de la que gozamos desde mediados del siglo XX hasta ahora. Lo curioso es que en estos momentos, con datos alarmantes de agotamiento, encuentro más adecuado acercarme a una literatura centrífuga, casi rayana en la obsesión de observarse a sí misma y que sin embargo nos regala bellos retratos de personajes tan pegados a la tierra, tan complejos y simples a la vez, con los que nos resulta fácil identificarnos y que nos permite, en esa aparente sencillez, adentrarnos en mundos llenos de poética narrativa, cuajados de espacios abiertos, verdes y melancólicos, y en esos sentimientos más íntimos, por fuerza vergonzantes por ser mantenidos ocultos, que mueven nuestras reacciones, que a veces nos justifican y por siempre definen nuestros sentidos.

De Jane Austen se dice que inaugura de algún modo la literatura anglosajona moderna. Desde luego le da una sacudida tal, que desde finales del S XVIII nos llega a hoy con la misma frescura y hondo conocimiento de la naturaleza humana que cuando la ideó su autora. Dejando atrás su repetitivo sentido de la estructura narrativa, por lo demás imitada posteriormente por excelsos escritores paisanos y extranjeros; la capacidad de esta mujer para diseccionar la sociedad inglesa (o al menos la porción de la sociedad que conocía), siendo mujer (¡estamos hablando de las postrimerías del S. XVIII e inicio del S. XIX!, cuando aún coleteó hasta nuestro propio siglo la indecencia, o mejor, la inconveniencia de que una mujer escribiese, y aún más, bien), es tan precisa, tan calculada, tan exenta de vergüenza, que fascina y divierte, y encima de todo, enseña de una forma constante y única, consiguiendo de lo cotidiano algo universal.

Nada es pequeño en el corazón de alguien que puede escribir dejando semejantes ecos en la eternidad.

Sus personajes son mujeres, lo que ya es una novedad que se mantiene hasta nuestro tiempo, prácticas, de posición social inestable pero siempre respetables, apasionadas, reflexivas, espontáneas y muy observadoras. Diseca sentidos y sensibilidades, el ansia de estabilidad (que se repite en cualquier vida), ese sentido agudo que toda mujer tiene de supervivencia y aún de renuncia y de adhesión a un destino tan estático como frustrante; manipuladoras, talentosas y muy, muy inteligentes. No hay nada en Jane Austen que esconda su agudeza, su conocimiento ni sus habilidades. No hay nada en la autora de Orgullo y prejuicio que disfrace esa aguda franqueza (inusual en cualquier escritor y sobre todo en una mujer, en la época en la que se consideraba que toda opinión vertida por una era más que un desacierto, un escándalo cuando era sencillamente una verdad) con la que nos describe la sociedad que le ha tocado vivir ni que denuncia, de esa forma sibilina que sólo una mujer puede llegar a vertebrar, el estado femenino, las carencias de su género, ni sus armas para poder sobrevivir.

Y si a esto añadimos una visión muy certera de la naturaleza humana y el acierto psicológico de elevar las taras humanas a relatos brillantes y minuciosos, llegamos a entender que Orgullo y prejuicio siga siendo una de las novelas más leídas, agradecidas y brillantes de la literatura anglosajona.

Precursora de Tólstoi, de Proust, de Gide, que llevan más allá ese sentido de lo femenino, masculinizándolo (¿o quizá feminizando las ansias masculinas de estos autores?) quizá, inyectando un preciosismo en sus descripciones y una precisión de escalpelo de las que Jane Austen (gracias a Dios) carece, mostró a los escritores del naciente S. XIX que la vida de una mujer, que sus deberes mundanos y su día a día eran oro puro en manos sabias; Jane Austen, que une sus manos a George Sand y a Marguerite Yourcenar sin duda, y a Marguerite Duras también, nos enseña que ninguna historia es pequeña, que una observación minuciosa de la naturaleza humana da pie a mil enredos que no requieren profundas retóricas, si no un sentido profundo de lo verdadero, y una sensibilidad extática para ser escritos. Jane Austen es el puente que une la literatura de la mujer como escritora (que no femenina) del S. XVIII al S. XXI y no cabe duda que perdurará en al retina y en las letras de todas aquellas que quieran retratar su día a día, sus miserias y sus virtudes, con la mayor libertad, el mínimo embarazo y la mayor exquisitez posibles.

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Elsa y el mar: juego de niños.

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¿Realmente un cuento de niños es para niños? Siempre me lo he preguntado. Desde luego, remontándonos a los ascendentes más famosos: los hermanos Grimm por un lado, Hans Christian Andersen por otro (sin olvidarnos de Charles Perrault, por supuesto, y de la tradición tan vieja como el hombre de contar historias y legarlas a las generaciones por venir), los llamados cuentos infantiles no son para niños, son mensajes cifrados que esconden verdades como puños, morales y físicas, sobre lo que hay de escondido en el ser humano, de débil y de valor; parábolas creadas para legar enseñanzas profundas, conocimiento propio y profano, único e insondable.

Yo me acerco a los niños sin hacerlos sentir tontos. Lejos de emplear con ellos la memez a la que los tienen sometidos en la actualidad, pero tampoco sin imponer una estructura de actuación de un adulto (cuya promesa despunta), establezco con ellos un lazo de paridad. No es que yo me haga un niño cediéndoles a ellos poderes pluripotenciales (es decir, como está estructurado actualmente el núcleo familiar moderno); encontrando un terreno común en el que nos entendamos como personas que somos, con nuestras diferencias (por lo pronto y meramente físicas, de más de 190 centímetros de diferencia) y nuestros puntos de encuentro, donde la realidad la explico y me la explican con toda singularidad y toda riqueza. Por eso me llevo bien con ellos: me gustan cómo piensan, cuando no son poseídos por arrebatos egoístas (incluyéndome yo en la ecuación); no los deifico, algo que me causa terror (y a ellos seguro que también); sólo nos sentamos en ese terreno común con sus reglas establecidas por la fluidez del contacto, y nos disponemos a jugar ese juego de niños que es la relación interpersonal entre seres humanos.

Transmitir eso a un cuento infantil no debe ser nada fácil.

Màxim Huerta ha publicado, en conjunto con María Cabañas en las ilustraciones y gracias a Frida Ediciones, una pequeña historia dedicada (supuestamente) al público infantil. Lo es en su núcleo de promesa, en esa perpetua senda de esconder en pocas páginas la belleza y la aridez del mundo, el presente continuo (un niño no tiene pasado ni futuro; lo desea, no lo intuye; lo sabemos, no lo deseamos), esas alegrías enormes y esas decepciones brutales y pasajeras que pintan la niñez y aun la definen, la eternizan. Elsa y el mar es un pequeño poema a esa esperanza, a esa constante lección de la vida; es un querer plasmar, dentro de la eternidad de las cosas que fluyen, ese instante en el que nos damos cuenta (nos damos cuenta) que la vida es un perpetuo recorrer, un juego de permanencias inconstantes, una revelación inacabable. Y es a la vez un regalo y una pequeña promesa, una pequeña joya de sencillez, de sensación y de festejo.

Ignoro si es más fácil escribir ficción para adultos, o si todo lo que creamos es, en el fondo, un sempiterno canto para nosotros mismos. Pero lo que sí sé es que no es sencillo abocarnos al campo infantil sin entrar en campos trillados, sin caer en errores mundanos. Màxim Huerta lo logra con creces y deja para la posteridad de su propia vida, y de quienes la integran, la eternidad encerrada en un pequeño relato que exuda frescor y alegría, pero también (como todo en su línea creativa) cierta melancólica certeza, el reflejo de que siempre hay algo más de inasible, de insondable y secreto que jamás podremos conocer por completo y que puede llegar a herirnos, aunque sea de forma somera, quizá para siempre.

Una advertencia, un descubrimiento, un fluir constante. Elsa y el mar es un juego de niños lleno de vida, es decir, de lecciones por aprender.

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