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Por esas calles

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Camino. Las aceras cubiertas de hojas amarillas y rosadas. El sol de otoño cayendo suave por entre las ramas todavía vestidas. El rumor de una brisa suave y discretamente fría, procedente del río, adorna el paseo lento. Un pie tras de otro. La mirada asombrada por un paisaje que es nuevo todavía, que se extiende abierto y generoso a la tarde que corre. Pequeños jardincillos rodeados de puertas de hierro forjado, franqueado por jardineras repletas de flores y de calabazas, con ese tono naranja apagado, como el sol de las cuatro de la tarde, que da pie a la llegada de la noche.

Por la Calle Charles camino. Algunas tiendas abiertas, la lavandería donde dos orientales saludan con reverencias a los clientes y en donde por un dólar se lava la ropa, con otro dólar se seca y por cinco se plancha. Del local sale un hombre con camisa ajustada y cara de prisa y un paquete de camisas recién almidonadas, arrejuntadas en una bolsa transparente, un mar blanco que recorta el cielo de su pantalón gris. En al esquina con la Calle Beacon, el ultramarinos De Lucca abre sus puertas y sus manjares a la vista y al paladar. Me siento más europeo cuando deambulo por sus pasillos repletos de productos españoles e italianos, franceses y alemanes; el aroma mezclado del jamón y del queso, de las grosellas y las manzanas de Pennsylvania.

Estoy en otro mundo. El río Charles remonta a mi lado surcado por catamaranes y piraguas. Al otro lado del río se vislumbra Cambridge; a mi vera, cientos de personas saltan corriendo los obstáculos de las aceras llenos de la obsesión y de las endorfinas del deporte. Aspiro el aroma del río, de las hojas a medio caer, de las flores que todavía persisten al frescor de la noche. Y llego a Boston Common, ese inmenso parque que parece latir efervescente y único. Sin embargo cruzo hacia la otra acera de la Calle Charles, llena de anticuarios e historia de Nueva Inglaterra, y entro en el enrejado Public Garden, su aire decimonónico, su estanque surcado por barcas con forma de cisne, sus sauces y pinos con ramas colgantes y melancólicas me recuerdan sin querer a mi hogar. Me gusta la ausencia de corredores sudorosos y la presencia de artistas tranquilos, que intentan captar con reto moderno ese espíritu que se ha escapado del tiempo y permanece congelado, eterno y verde.

Salgo de sus límites enrejados y, tras atravesar la Calle Arlington, con sus hoteles de lujo que parecen llegar hasta la Calle Washington, me adentro con gusto en el universo de casonas elegantes, neogóticas en su mayoría (es decir, con poca historia) de la Calle Newbury, y me detengo en la esquina con la Calle Berkely, donde un ruiseñor a veces canta sobre el ruido de una ciudad que es, sin embargo, muy tranquila. Lejos de sentir atracción por las tiendas de alta moda y de juguetes electrónicos que pueblan los bajos de las viviendas, mi espíritu se detiene en una iglesia metodista de donde escapan cantos suaves. Entro en ella y la arquitectura repetitiva, la ausencia de adornos salvo vitrales de colores, envuelven con el canto una atmósfera de paz y de ausencias. Dejándolo atrás, el sol todavía brilla con esa suavidad dorada de las cinco de la tarde. Enfilo por la Calle Boylston hasta Colpley Place, amplio y despoblado, un cuadrilátero en donde se aposenta un mercado itinerante, la hermosa Biblioteca Pública y un grupo de centros comerciales diseñado con arterias que atraviesan rascacielos, llenos de lo mejor y lo más nimio, donde dejar frustraciones, dólares y recuerdos.

Por esas calles paseo solo. Recorro diariamente unos cuantos kilómetros. Si es de mañana, enfilo hacia el mar, atravesando la ciudad vieja, el ayuntamiento más feo que se pudiera imaginar en forma de pirámide truncada al revés, para llegar, bajando una interminable serie de escaleras (que después tocará subir) a los mercados que se abocan al puerto: Faneuil Hall se abre en con esa mezcla de espacios amplios y cerrados del Quincy Market, donde encontrar desde árboles de navidad a langostas de Maine; más allá, caminando hacia el mar, el puerto se extiende con su inmensidad azul y gris, y el Acuario, con su escalera de caracol y un tanque gigante en donde moran desde tiburones hasta peces de colores y enigmáticas medusas con sus colores nocturnos y fosforescentes, hablando al alma con ese movimiento gelatinoso y constante como el latido de un corazón. Ya fuera, la posibilidad de avistar ballenas está a unos dólares de distancia, pero no hay quien me distraiga de lo que piensa mi corazón. Intento distraerme por esas calles, y asciendo sin problema por el Distrito Financiero, encontrando una pequeña torre en medio de rascacielos indecentes, el primer banco de Norteamérica, el primer cementerio ilustre, el primer grito de independencia. Y el espíritu de una ciudad viva parece que aligera la carga de melancolía y regala sonido a un mar de silencio que me envuelve.

Nadie me conoce. Camino por las calles de una ciudad que me ignora. O, mejor, cuyos habitantes desconocen mi presencia. Yo los veo, con sus cafés en vaso de polietileno, sus prisas para ir no sé adónde; y a veces con una sonrisa amable, yendo y viniendo por las calles sonoras. No me animo a comprar un token y montarme en el T; creo que hay mucha belleza que ver todavía en el exterior para adentrarme en las inmundicias de un mundo donde no se ve el sol.

Dicen que en Boston llueve, mas el otoño es generoso en colores rosados y castaños y en un viento suave; además, la humedad sólo me recuerda a casa, lo que podría aumentar más mi melancolía. No emito ni una palabra. Si no fuera por mi pensamiento constante, creo que olvidaría pronunciar mi idioma. Giro entonces hacia Borders y entro en su amplio hall. En él, un mostrador cobra las revistas, otro los cafés, una escalera mecánica lleva al primer piso donde, perfectamente ubicados por géneros, la literatura actual se mezcla con la clásica en un batiburrillo de ediciones de bolsillos, tapa dura y cuentos infantiles. Me gusta su aire tranquilo, lleno del susurro de los lectores acomodados en sillones enormes, sorbiendo café o una infusión humeante, o simplemente viendo la vida pasar. Entre sus paredes, como ocurre en cualquier librería, me distraigo hasta olvidar mis penas, pues mis desaires siempre me parecen menores que los descritos por García Márquez, Byron o Tolstoi. En un arrebato, escojo un par de libros en edición rústica de un moderno autor local, loco y chillón y de género minoritario, que descubriré más tarde que me gusta mucho, y releo entre los estantes pasajes de Yourcenar y de Allende, cuyas reflexiones alocadas parecen atemperar la mezcla de sensaciones que me asaltan al caminar por esas calles que me desconocen.

La Calle Washington me lleva a Macy’s, y recuerdo que una vez había allí una tienda por departamentos que se llamaba Jordan Marsh. En una de sus entradas hay una placa que lo recuerda, y en esa entrada tropecé un día con Bon Jovi y otro con David Bowie e Imán, rubio y extraño, bella y enigmática, y con la palidez exquisita de una Nicole Kidman que olía a Chanel Número 5. No era Nueva York, pero parecía la meca de las celebridades. Ralph Lauren con su pelo de plata, y un incipiente Michael Kors cuyos diseños comenzaban a ganar adeptos. Aún Marc Jacobs no se había puesto guapo y en las calles todavía vendían grandes joyas a precio de saldo, europeo, vamos.

Por esas calles no hablaba. No hablaba en mi lengua. Y me sentía aislado y muy solo. Una promesa hecha por el dueño de mi corazón no llegaba nunca, ni llegaría, y los días dorados se transformaban en noches oscuras, con estrellas enormes como ciruelas pendientes de las ramas de La Esplanada, donde también iba a rumiar mis sentimientos mientras tocaba con los dedos el agua dulce del río Charles, que pronto sería una plataforma de hielo.

Lo extrañaba porque lo amaba. Y por esas calles recuerdo cada conversación tranquila, cada caricia que no le di, cada suspiro que arrancaba de mi corazón. Podía gritar su nombre, podría distraerme cada día en el cine Lowes de la Calle Tremont, con ese aspecto acristalado, brillante y falsamente lujoso, de casi mal gusto, donde el aroma de salchichas a la plancha y mostaza se mezclaba con el de palomitas de caramelo, parejas cogidas de la mano y niños correteando sin sentido. Podía soñar con él e incluso olvidarlo, mientras veía una y otra vez a Johnny Deep con su acento escocés o a los bellos Céline y Jessy buscar el pasado de aquel que una vez se fue.

Eso es lo que hago yo por esas calles con él.

Pero todo pasa. La melancolía y la tristeza; también la alegría y el hechizo de la novedad. Y la ridícula soledad silenciosa. Por esas calles de Boston fui feliz a mi manera, pero también muy desgraciado. Adelgacé, me puse hasta guapo, morado a tortitas de los Diners cercanos a mi casa y bebiendo galones leche entera, la mejor del mundo, y bizcochos de mantequilla a siete dólares la libra; cenando bocadillos de jamón precortado y pan de molde con sabor a semillas de olvido; una manzana roja y brillante, como la de Blancanieves, cuyo hechizo sólo me devolvía a soñar con un amor imposible, y cereales crujientes con uvas pasas cada mañana puntual, a las cinco, en el que me arrojaba a esas calles que fueron un hogar atípico, pero del que ya ven que recuerdo con gran detalle, cuando el amor me dejó y comencé a ser infeliz.

Todo vuelve. Hasta el amor que creemos olvidar. Dos meses después toqué el timbre de su piso y una voz me habló: no era la suya. Me disculpé, número equivocado. Llamé de nuevo y la misma voz, que no era la suya, volvió a hablarme. Ya acostumbrado a un lenguaje extranjero, me salieron las palabras con un acento de Nueva Inglaterra. Rectificando, le dije que si él vivía todavía allí, traía un paquete a su nombre. En realidad en mis manos llevaba dos bolsas enormes con regalos de mi corazón. La voz, sonriente, me abrió para que pasara. No me dejó que subiera. Tampoco lo hubiese soportado. Salió a mi encuentro con una melena morena recién lavada, y el contoneo divino de una cadera de ensueño. Y lo comprendí todo. Me sentí pequeño, enjuto, arrugado como la hoja más pobre de un otoño húmedo. Y hasta tonto por parecer una especie de muñeco de navidad cargado con presentes equivocados. La chica vio el tamaño de las bolsas y a punto estuvo de pedirme que la ayudara a subirlas. Pero lo pensó mejor y decidió llamarlo a él para que se encargase de ellas. Palidecí o enmudecí; ella mi miró raro. Le dije en un perfecto inglés que debía irme y ella fingió entenderme. Estaba tan desencajado que olvidé mi propio idioma. Mejor dicho: recordé el idioma de mi vida, miserable y solo. Me despedí con cara de imbécil haciéndole creer que apenas la entendía. Ella me creyó o hizo como si creyese. Me sonrió y me enseñó la puerta, harto evidente al estar yo apoyado en ella. Y huí de allí, con las prisas de unos pies alados y un corazón roto.

Y vago por esas calles de una ciudad que me conoce muy bien pero que se hace la ciega. Y divago con el corazón en añicos sin poder emitir ni una palabra. Boston está ya lejos; donde me sentía miserable y solo. Hube abrigado una vana esperanza. Las calles de mi ciudad ahora mismo parecen más hostiles, más mudas, más llenas de esa extraña melancolía que nos deja en el alma el recuerdo de aquel que se fue.

Y él se ha ido sin decirme nada.

Por esas calles la vida sigue como si nada. Y deseo volver a Boston otra vez, donde el anonimato era duro pero preferible, y donde no podré encontrarme con él y mi corazón roto nunca más.

Jamás estamos conformes con nada cuando no tenemos felicidad.

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Las horas del silencio.

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Hospital. Mediodía. Mujer de mediana edad. Sala de espera. Nervios, intranquilidad.

Sospechas. Pruebas. Inquietud.

Un nombre. Ruido. Incertidumbre. Abandonar todo lo que lleva encima. Desnudarse.

Ecografía mamaria. El gel frío sobre la piel aún tersa. Una y otra vez el transductor, como una varita mágica, se mueve arriba y abajo, de izquierda a derecha. Una mama. La otra. Arriba y abajo, derecha a izquierda. El gel es como el amnios viscoso del nacimiento. Espera. Y da a luz.

Un tumor. Pequeño. Cierra los ojos. Un tumor.

Un tumor.

Un tumor.

Biopsia. Ruido de paquetes al abrirse. Agujas, un sonido como de pistola al descargarse. Guantes estériles, anestesia. Un rumor. Otro más. Y en su interior crece la certidumbre. Se pregunta: ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿por qué?

Aguja. Dentro. Escozor. Molestia leve. Tres descargas de pistola. Apenas siente cómo se mueve su carne. En al pantalla del ecógrafo ve algo informe que parece un tumor. Un tumor. De mama.

Ya ha pasado. Sin problemas. Y miradas de pena, porque a nadie le gusta diagnosticar algo así. La palabra Cáncer flota en el aire. En las palabras no dichas, en cada acto que de repente parecen hechos en cámara lenta.

Vestirse. Mamas que ya no serán lo que fueron. E incertidumbre. Miedo a lo desconocido. A sufrir. A perder el pelo. A dejar de estar sano. A no ser más persona del montón.

Sale por la puerta con volantes rellenos y mil instrucciones. Aquí y luego allá. En este piso no, en el de arriba, en el edificio de Consultas externas. Ya la llamarán.

Y silencio. No hay palabras, no todavía. Se acumulan todas juntas en la boca. Se frenan en la lengua.

Cáncer de mama es lo único a cuyo eco responde.

Y llora en silencio. Poco a poco. En silencio. Y soledad.

Ya vendrá(n) lo(s) demás.

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Manchester en el mar: oda al silencio.

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   Nada más maravilloso que el retrato contenido del dolor, esbozar el siempre difícil dibujo del silencio. Brokeback Mountain tiene en sus venas esa misma mezcla, ese poder hipnótico de lo que no se dice, no se cuenta, pero se siente. Manchester en el mar lleva, en su oleaje, la vida que desea olvidar, que se mantiene en suspenso, que no sabe adónde ir. Dura, mágica, azul y blanca. Hipnótica. Llena de silencio. Y corazón.

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Elsa y el mar: juego de niños.

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¿Realmente un cuento de niños es para niños? Siempre me lo he preguntado. Desde luego, remontándonos a los ascendentes más famosos: los hermanos Grimm por un lado, Hans Christian Andersen por otro (sin olvidarnos de Charles Perrault, por supuesto, y de la tradición tan vieja como el hombre de contar historias y legarlas a las generaciones por venir), los llamados cuentos infantiles no son para niños, son mensajes cifrados que esconden verdades como puños, morales y físicas, sobre lo que hay de escondido en el ser humano, de débil y de valor; parábolas creadas para legar enseñanzas profundas, conocimiento propio y profano, único e insondable.

Yo me acerco a los niños sin hacerlos sentir tontos. Lejos de emplear con ellos la memez a la que los tienen sometidos en la actualidad, pero tampoco sin imponer una estructura de actuación de un adulto (cuya promesa despunta), establezco con ellos un lazo de paridad. No es que yo me haga un niño cediéndoles a ellos poderes pluripotenciales (es decir, como está estructurado actualmente el núcleo familiar moderno); encontrando un terreno común en el que nos entendamos como personas que somos, con nuestras diferencias (por lo pronto y meramente físicas, de más de 190 centímetros de diferencia) y nuestros puntos de encuentro, donde la realidad la explico y me la explican con toda singularidad y toda riqueza. Por eso me llevo bien con ellos: me gustan cómo piensan, cuando no son poseídos por arrebatos egoístas (incluyéndome yo en la ecuación); no los deifico, algo que me causa terror (y a ellos seguro que también); sólo nos sentamos en ese terreno común con sus reglas establecidas por la fluidez del contacto, y nos disponemos a jugar ese juego de niños que es la relación interpersonal entre seres humanos.

Transmitir eso a un cuento infantil no debe ser nada fácil.

Màxim Huerta ha publicado, en conjunto con María Cabañas en las ilustraciones y gracias a Frida Ediciones, una pequeña historia dedicada (supuestamente) al público infantil. Lo es en su núcleo de promesa, en esa perpetua senda de esconder en pocas páginas la belleza y la aridez del mundo, el presente continuo (un niño no tiene pasado ni futuro; lo desea, no lo intuye; lo sabemos, no lo deseamos), esas alegrías enormes y esas decepciones brutales y pasajeras que pintan la niñez y aun la definen, la eternizan. Elsa y el mar es un pequeño poema a esa esperanza, a esa constante lección de la vida; es un querer plasmar, dentro de la eternidad de las cosas que fluyen, ese instante en el que nos damos cuenta (nos damos cuenta) que la vida es un perpetuo recorrer, un juego de permanencias inconstantes, una revelación inacabable. Y es a la vez un regalo y una pequeña promesa, una pequeña joya de sencillez, de sensación y de festejo.

Ignoro si es más fácil escribir ficción para adultos, o si todo lo que creamos es, en el fondo, un sempiterno canto para nosotros mismos. Pero lo que sí sé es que no es sencillo abocarnos al campo infantil sin entrar en campos trillados, sin caer en errores mundanos. Màxim Huerta lo logra con creces y deja para la posteridad de su propia vida, y de quienes la integran, la eternidad encerrada en un pequeño relato que exuda frescor y alegría, pero también (como todo en su línea creativa) cierta melancólica certeza, el reflejo de que siempre hay algo más de inasible, de insondable y secreto que jamás podremos conocer por completo y que puede llegar a herirnos, aunque sea de forma somera, quizá para siempre.

Una advertencia, un descubrimiento, un fluir constante. Elsa y el mar es un juego de niños lleno de vida, es decir, de lecciones por aprender.

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When Breath Becomes Air: intensa mortalidad.

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Paul Kalanithi siempre estuvo interesado en la Muerte. O en la Mortalidad más bien. Y por tanto en la Vida, en ese lugar indeterminado en el que el cerebro se hace mente y la mente  se une a lo que podemos llamar alma y hace emerger ese chispazo por siempre asombroso que es la Consciencia.

La consciencia, con su rango de frágil inmortalidad, necesita del lenguaje para comunicarse, para saberse viva, útil: ya sea el tacto, los signos, el sonido, las palabras. De sí misma debe llegar a otro individuo con las mismas capacidades para captar sus mensajes, aprehender sus significados y expresar sus reacciones, en ese circuito de ida y vuelta que llamamos relaciones humanas.

Paul Kalanithi sabía que el Lenguaje era la llave, pero la mente, y el cerebro como receptor y base orgánica de ese milagro diario, eran la cerradura que podría explicar, desentrañando su funcionamiento, reparando sus errores, ese misterio insondable que unía la vida y la muerte de una persona, el hecho de ser una persona, en nuestra realidad.

 When Breath Becomes Air es el relato de ese viaje personal que lo llevó, de una licenciatura en Inglés a culminar una brillante carrera formativa como neurocirujano. Es la descripción directa y profunda, tierna y única de sus dudas, sus errores, sus aciertos, su ego, su ascenso y su nadir, el arco de una vida joven que lo obtuvo casi todo con mucho esfuerzo y merecimiento, pero que casi no llegó a saborear nada: nada de lo que él creía desear, aunque realmente alcanzó el Todo: la libertad y, más incluso, la inmortalidad.

Escrito con un lenguaje casi poético, no hay nada inútil en este libro de memorias. Cada una de sus reflexiones, inspiradas por el momento de su vida, iluminan y ocultan la evolución de un ser que piensa y que siente, que se deja de lado, que se toma en serio, que ama lo que hace, que sueña en lo que hará y lo que ha dejado atrás, y encuentra un hilo común que conecta al chiquillo que una vez contempló la posibilidad de dedicarse a la religión y que finalmente alcanzó su plenitud siendo médico, una forma de servicio único, y un escritor suave, profundo, maravilloso.

No tuvo mucho tiempo para escribirlo: este viaje desde un diagnóstico fatídico (padecía cáncer de pulmón terminal a sus treinta y pocos años) a la liberación que la enfermedad le regala, quedó inconcluso. Su mujer, también médico, terminó de escribir las últimas páginas siguiendo el aliento de su respiración, regalándonos sus últimos días, sus actos, su serenidad, su entrega infinita y su generosidad únicas. Dos médicos hablando sobre la Vida y la Muerte, sobre los sufrimientos y los regalos de la Enfermedad, desde el Conocimiento, desde esa rara dualidad que realmente pocos podemos entender, pero con una facilidad de comunicación, una desnuda sinceridad, que desarma y seduce: cada página de When Breath Becomes Air es un canto a la belleza de vivir, una poesía sobre nacer y morir, sobre los sueños y las realidades, los errores, los aciertos, y las pequeñas alegrías que conforman la vida pequeña, la gran Vida que se abre en cada ser humano y que se cierra con su muerte.

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Es un neurocirujano quien escribe; digamos (y no es el primer ejemplo) que se piensa el pináculo de la Medicina. Paul Kanalithi se equivoca: todos los cirujanos piensan lo mismo. Y no pocos médicos. Nosotros, los Intensivistas, también. En contra de lo que su relato semeja, todos nos necesitamos, y todos hacemos una labor en conjunto para llevar a buen puerto ese deseo de ayudar, de cuidar, de servir de la mejor forma posible, siendo los capitanes del barco, los generales en jefe, los últimos responsables de cada uno de los actos en los que intervenimos. Y sí, cada fracaso es una herida profunda, un pequeño fin de mundo; cada éxito nos acerca, por tiempo breve, a ese éxtasis remoto que apenas gozamos con el sexo, con la belleza pasajera, con un día de sol.

Y sin embargo, es en la segunda parte del libro donde el corazón se desborda. Donde notamos el apremio por hacerse entender, donde vivimos ese viaje interminable hacia el centro de sí mismo: aceptación, desesperación, rabia, entrega, planificación, resistencia, determinación y finalmente, por encima de todo, la liberación que trae consigo el mayor ejemplo de todos, la lección única, la última posta, el destino final: la aceptación de lo que debe ser, y por tanto, la leve alegría que nos da la libertad: aceptar la muerte como un estado más de la vida, saber que las cosas, así como han sido son perfectas, porque perfecto es aquel que vive ese viaje último, ese postrer intento por ser infinito y sin tacha.

Es un libro sobre Medicina, sobre lo que significa ser médico. Pero por sobre todo es el relato de un ser humano que alcanza la perfección cuando abraza la aceptación, cuando deja de luchar y se une al flujo de la vida; que fluye por sus venas como sangre; que fluye por su mente como días de un calendario; que fluye por sus hechos descubriendo lo meta-humano, lo único, lo inalcanzable: la perfección anhelada, la desnudez del ser, la paz eterna, el descanso real.

Siendo un médico como él, teniendo intereses similares, inclinaciones parecidas, viviendo una religión propia que no es más que un reflejo de la búsqueda incesante de la percepción; habiendo estado enfermo, luchado contra esa situación, y finalmente aceptado su existencia, When Breath Becomes Air es un reflejo de mí mismo, es una trocito de mí, la refracción de una verdad que es múltiple, ella misma y mil verdades a la vez. On the Move de Oliver Sacks, cuya filosofía es similar, nos ayuda a comprender el ansia de Paul Kalanithi; y cada uno de los enfermos con una enfermedad crónica, con una enfermedad terminal, completan ese rayo de luz refractada que llamamos Vida. Todas las experiencias son válidas, todas son reales, pues todas provienen de la misma fuente (ese milagro que se da entre cerebro y mente, entre mente y espíritu) y todas desembocan en el mismo mar, haciéndonos iguales como seres humanos, y por tanto, eternos en nuestra intensa mortalidad.

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