1816, El año que no hubo verano: Jordi Tello sigue adelante.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Hay en la prosa poética algo magnético. Quizá sea su sonoridad, que hace que las frases fluyan sin encallar y su magnetismo, que hace que el lector fije en la lectura los cinco sentidos, cargados de sensaciones escondidas en esos relatos breves como las noches de verano.

Jordi Tello sigue adelante. Pues la fórmula es la misma, pero no las intenciones. Con su prosa rimada, y sus versos únicos, su habla de poeta adquiere una estructura narrativa más firme, una intencionalidad más evidente. Está dispuesto a hablar de desamor, de aventura, de crítica a nuestro día a día y a sus medios de comunicación, del desamparo de la paternidad o el arrebato del amor y la hiel de la soledad encontrada. Pero además quiere que pensemos en ello, quiere que llevemos las sensaciones pintadas en letras hasta el corazón y permanecer en él como notas reverberantes.

En 1816, El año que no hubo verano, habla el poeta pero también el hombre detrás del verso.

Con el mismo estilo afilado no hay nada sobre los sentimientos que escape a su mirada; sus palabras pintan momentos cotidianos cargados de lecciones y les añade sentido; la sensibilidad de un hombre que es al mismo tiempo arte y parte de lo que relata. Pues todos hemos sido monstruos y víctimas en todas las facetas del amor; todos anhelamos una piel, un abrazo, una caricia; todos huimos hacia adelante de lo que nos rodea, menos de nosotros mismos.

Cada relato breve es una posta de un camino trazado que va desde el inicio de un verano hasta el comienzo de un otoño. Jordi Tello borda versos (¡qué sonetos magníficos!) como dibuja pieles descubriendo sentido al ocaso del amor, esperanza en la resignación y en la despedida.

Hay más en la tinta de Jordi Tello. Y allí estaremos.

Por siempre Stonewall.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

Cincuenta años de una protesta, llena de rabia. Estampida producida por el hartazgo de la persecución y la segregación. Fantasmas que hoy están vigentes dentro del mismo colectivo que hizo posible ese paso de gigante. El primero. El PASO.

Gracias a lo distinto, a lo TRANS: transformaron un sentimiento en una idea, una protesta rabiosa en un orgullo emancipado. Gracias a ellas todo hoy es distinto.

Hay que mantenerse vigilantes. Hasta que se diluyan las fronteras con los Otros. Pero sobre todo, para evitar que las fronteras minen la raíz que produjo una unión y la explosión de un orgullo que es más que orgullo, que es voz, canción y grito.

Por siempre, Stonewall.

La golondrina: el vuelo cálido de Guillem Clua

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La golondrina es una obra de teatro escrita por el dramaturgo Guillem Clua. Hay algo mágico en el arte: la aparente rigidez de una estatua nos transmite la sensación de un movimiento eterno; la luz de un cuadro nos hace apreciar la perspectiva de lo que nos rodea; un arpegio musical, la energía que nos impele a danzar. En cuanto a los diálogos leídos de una pieza teatral, el aprecio por la profundidad de la voz humana.

La golondrina es eso y más. Leer esta obra, que se sucede rápidamente removiendo los limos de vidas que se muestran con secretos y se acercan entre sí con artimañas hasta desnudarse de artificios, nos transporta a todos los estados de ánimo, de la tristeza a la rabia, de la impotencia a la liberación, y sobre todo y quizá por encima de todo, a la redención. Dentro de la sencillez de su lenguaje explora profundas heridas, reinvindicaciones quizá no tan necesarias (cuando dejan de serlo: en el momento en que las explicaciones cesan y llegan la comprensión y la aceptación mutua), deseos, sueños y frustraciones. He ahí la magia real de La golondrina: explora el mar de los sentimientos humanos sin juzgar, sin señalar, estableciendo una comunicación con el espectador/lector y con los dos personajes de la obra desde el desencuentro inicial hasta la redención final fluida, intensa sin ser excesiva y siempre emotiva, única.

La golondrina es la historia de un viaje. El de la señora Amelia hacia atrás y el de Ramón, hacia adelante. Uno se revela tierno y agradecido, la otra frágil y necesitada de comprensión. Cada personaje cree buscar algo y encuentra más de lo que imaginaba, que en modo alguno correspondía a sus necesidades iniciales, a su plan de vida.

He dicho que las reinvindicaciones no son tan necesarias. No lo son para Ramón, que lo descubre al final (su felicidad perdida es un peldaño más en al construcción de un magnífico ser humano). Y tampoco para Amelia, cuya liberación es como el vuelo cálido de una golondrina en verano. Ambos protagonistas tienen heridas que cerrar consigo mismos. Tienen que perdonarse y aceptarse. Y lo consiguen apoyándose mutuamente, identificándose y dejando detrás un dolor que ya no les es necesario, transfigurando un amor que nunca es equivocado y aceptando que del dolor a la paz hay quizá sólo un paso.

Todo en La golondrina habla de amor. Y de deseo de ser aceptado. Y de remordimientos que anemizan y de sueños rotos. Pero todo en La golondrina es esperanza, es luz, es libertad. Amelia y Ramón se encuentran, se reconocen, se aceptan y finalmente se funden en un mismo amor que no entiende de aristas ni de caras ni de reflejos, sólo de corazón.

La voz del Guillem Clua dramaturgo nos enseña que con muy pocos hilos se tejen filigranas. Que del dolor y la frustración nacen obras liberadoras, y que la magia de las palabras, que tanto nos divide y afea, es tan poderosa que consigue realmente acercamiento y comprensión, pura libertad.

La palabra escrita nos enseña a oír la voz hablada. Guillem Clua nos muestra que la voz escrita llega al corazón y lo tranquiliza al ritmo de una nana. Nada hay más fascinante que esa magia, que ese don. Pura tau(dra)maturgia.

La gimnasia que no se ve. Magnesia para la vida: el deporte de élite como metáfora.

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La gimnasia que no se ve: magnesia para la vida es un libro de reflexiones sobre el deporte de alta competición escrito en paralelo, a cuatro manos, por el entrenador Óskar Escalante Antón y el gimnasta olímpico Javier Gómez-Fuertes.

En él encontramos los mimbres necesarios para construir esa aventura apasionante que es una vida deportiva demandante y absorbente;las alegrías, las frustraciones, la disciplina marcial, los sueños y las técnicas humanas que se requieren para elevar la vida de un niño con aspiraciones en un atleta con posibilidades de cumplir su mejor sueño: ser gimnasta olímpico.

No es un libro técnico. Es un libro lleno de reflexiones sobre el deporte, sus necesidades, sus demandas. Hay hondas verdades vertidas de forma sencilla y amena; tan profundas y sinceras que consiguen identificarse con el lector pese a estar a años luz de una experiencia semejante.

La visión del entrenador y del atleta, sus anhelos y sus frustraciones; las técnicas de abordaje de los problemas, los miedos y las inseguridades: la gimnasia deportiva se ve como una metáfora de la vida. Los autores, enfrascados en desgranar las lecciones que una vida tan entregada les han deparado, quizá olvidan que sus experiencias son superponibles a toda vida humana: la entrega de las artes no es inferior a la deportiva, la intelectual o la manual. Por eso es tan fascinante su lectura: podemos identificarnos con ellos, traer a nuestro terreno personal la aventura fascinante de sus vidas privadas, entenderlas y admirarlas bajo el peso de una luz integradora que amplía nuestra visión del mundo, pues añade compresión real y real peso a un mundo que nos es ajeno sólo en apariencia, tan lleno de matices y de riquezas y de lecciones profundas y de armas para afrontar el día a día y el futuro prometedor.

La gimnasia que no se ve está llena de magnesia que nos ayuda a aferrarnos a la barra de la vida, que nos enseña a sobrellevar los golpes de efecto, los cayos del roce diario, las lesiones de una vida que nunca se tiñe de fracaso, si no, como bien dicen, de éxito y enseñanzas. Y eso es contagioso. Y digno de agradecer.