El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Amarte (así)

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Me lo has dicho de muchas maneras. Créeme que lo intento. Quiero entenderte. No: no lo deseo. Sé que debo hacerlo, pero me puede la pasión y el vértigo de estar solo.

Sé que está todo terminado. O así me dices. Y yo confío en ti. Pero también creo en mí. Y no, nada parece haber muerto, quizá un poco gastado por el tiempo, el roce del que nace el cariño y el tedio, lo sé. Pero sé que amarte así en mí no está agotado, porque sigo sintiéndome único y especial, como flotando en medio de la tierra, el roce bárbaro en los pies descalzos, y esa sensación ambigua, llena de invenciones pequeñas que nos hacen ver que las flores se abren a nuestro paso, que todo se alegra de vernos juntos.

Sé que me amas, a tu modo. Que a veces me desconcierta. Me pides libertad cuando deseo atarte; me solicitas espacio cuando me ahogo sin tu presencia. Amarte así no es algo que haya escogido: soy yo mismo. Amarte así me hace sentir único, necesitado; me da una razón para vivir y justifica todos los pasos de mi día a día.

Me lo has dicho de muchas maneras: que te sientes agotado, que a veces te agobias, que no eres capaz de respirar. Sé que este nuestro amor es un destino, no una posibilidad. Desde que nos conocimos sabía que estaba destinado a ti. Tus cartas, llenas de intenciones que sé que no tenían; cada uno de tus regalitos, que mimaban a mi corazón más que a mi ausencia de belleza; tu corazón, que latía por alguien más y que no pudo dejar de besar el mío. Amarme así es destino, lo sé, y sé que el destino a veces cambia de rumbo. No tengo control sobre él, como tampoco lo tengo de ti… Y sin embargo, amarte así hace que viva y muera mil veces sólo por ti…

Amarte así no es sano: no causa alegría, sólo necesidad. Y obsesión. El límite se me borra aunque no quiera perder sus directrices. Pero el amor se me desborda y te mancha, te empapa y te agota. Lo sé, lo sé, lo sé… ¿Y qué puedo hacer si no amarte así, de esta forma racionalmente equivocada, que llega a atosigarte, a herirte, a enfermarte…?

Y temo que te vayas. Porque he olvidado que amar es libertad y amarte así es esclavitud. Y necesitas alejarte de mí para poder crecer; he olvidado que amar es generosidad. Pero amarte así es una obsesión, un propósito, es mi voz, mis ganas de vivir, mi futuro, mi herencia…

Y me lo has dicho de muchas maneras, y todas son la misma: me amas, me amas mucho, pero no así. Me amas con el alma, con el corazón encogido, casi sin remedio pero con serenidad… Y no puedo mantener por más tiempo sujetas las riendas de tu alma…

Sé que moriré, sé que me apagaré como una llama lenta al acabarse la cera. Poco a poco por ti, por amarte así, por ser locura, prisión y mi exceso y mi nadir.

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Los días al sol (que ya se han ido)

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Los días al sol, cuando todo parecía fácil, ya se han ido. Esos días del pasado, tan perfectos que la paz parecía irreal, libres de deseos porque todos estaban en ti, se han perdido cuando te fuiste. Nada ha cambiado desde entonces, como si el tiempo se hubiese congelado en mi dolor, y sin embargo la vida ha fluido tranquila entre mis manos, escapándoseme, cambiando y dejando atrás mi presente convertido en un pasado que ya no existe.

Ahora me doy cuenta que esos días al sol eran felicidad. Nada podía ser más perfecto que el sol en tu pelo, que el brillo de tu sonrisa y esa voz de terciopelo oscuro, acariciante y seductora… Ahora sé que esos días de sol el mundo conspiraba con nosotros en la risa, en el abrazo, en la sensualidad: todo fluía, todo era de una sencillez desarmante… Y todo era quebradizo, frágil: esa risa, el eco de un recuerdo, el roce de nuestra piel y esos momentos tranquilos, cuando todo pasaba, en los que la respiración agitada daba paso al susurro y finalmente al sueño.

¡Oh, los días al sol, que ya se han ido! Días egoístas llenos de diversión, pintados de un atardecer que semejaba eternidad; cuando tus ojos eran bellos, del color de la miel y las abejas, y tu abrazo una comodidad que invitaba a dormir una siesta eterna. Ahora lo sé… Los días al sol en un arrullo, sintiendo el agua helada de un riachuelo y el frotar cristalino de los grillos en primavera.

Nada parece más perfecto que las primeras edades del amor: todo es pasión y paz y descubrimiento y brillo… Después, bueno, después viene aburrirse, callarse, dejar que las diferencias dividan más que aglutinen, y que la vida separe lo que los corazones se empeñan en mantener unido…

¡Oh, cuánta cuenta me doy ahora! ¡Y cuánto daría por revivir si quiera un día de sol a tu lado, para cambiar los muchos errores que cometí, las injusticias de las que te acusé, la obsesiva afinidad por el control que tanto daño nos ha hecho!… ¡Cuánta cuenta me doy ahora! Cuando nada puede ser cambiado y el dolor de lo perdido, la melancolía de lo que pudo haber sido y no fue, me atrapa y me consume…

Los días al sol, que ya se han ido, mitigan mi dolor, me recuerdan que, a pesar del tiempo, aún permanecen en mi memoria, y aunque no pueda dar marcha atrás para revivir ese momento de excelsa belleza y amor puro, puedo cerrar los ojos y evocar una tarde tibia, con un rayo fosforescente de sol moribundo, en el que cerramos los ojos por la oscuridad, y fuimos acercando nuestras bocas poco a poco hasta que nuestros labios se encontraron y, temblorosos, se dieron ese primer beso que refulge en mi memoria…

Aquellos días del pasado, demasiado perfectos para descubrirles hoy algún fallo, tan distantes de mi realidad, tan ajenos a mi hoy… A veces me pregunto qué habrá sido de ti, cuando ese dolor sordo me llega a la garganta y anula todo intento de relación mundana; a veces, cuando tropiezo con un rayo de sol a las seis de la tarde, con un ocaso perezoso y mágico, recuerdo el color de tus ojos de miel y la suavidad de un pelo oscuro como un secreto, e intento revivir cada una de las sensaciones que tenía, cómo mis dedos desaparecían en el pelo abundante que te llenaba la cara, y la sonrisa tranquila, un tanto confiada y tan seductora que era tuya, sólo tuya, y mía…

Ya nada es como antes, pues nada me atrae. Sólo los recuerdos cuando me asaltan por sorpresa, sólo los días de sol que ya se han ido y, por lo mismo, me empeño en recuperarlos, para no olvidar nunca que una vez fui feliz, sencillamente feliz, plenamente feliz, con muy poco, con mucho en realidad: la libertad de una juventud inconsciente y un amor a borbotones que, de tanta fuerza, llega a mí veinte años después.

¡Oh, los días al sol! Recordando el aroma, el sentido, la sensación y el peso de aquel que una vez se fue y no ha regresado jamás…

Days in the sun
When a life has barely begun
When no love, no prize can’t be won
I remember warmly…
Those days in the past
Far too perfect and peaceful to last
And the skies were soon overcast
And the days grew cold
Oh those days in the sun
What I’d give to relive just one!
Change what I’ve done
Turn my life around.
But that isn’t real,
And the empty pain I feel
Goes on and on
And days in the sun
Are a long time gone
Days in the sun,
Selfish days I used to call fun,
Fool myself stealing love on the run
While the light was fading.
That far distant time
When I saw no reason or rhyme
To be changing my ways
But I’m not so certain now.
And those days in the sun,
What I’d give to relive just one!
Change what I’ve done
Find some room for love.
But I know the deal,
And the empty pain I feel
Goes on and on
And days in the sun
Are a long time gone
I know the deal,
And a love I must reveal.
What I must do
For days in the sun
To come shining through

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El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

El mundo real

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Ojalá pudiéramos vivir sólo en nuestras ilusiones, que ese mundo cambiante, elástico, se hiciese real, firme, fijo. Ojalá pudiéramos sentir sin límites y  sin miedos, liberándonos de toda inhibición y llenarnos de la energía sin fin de lo posible. Esa esperanza que late a la espera de hacerse hecho, verdad.

Ojalá pudiéramos soñar a la vez. Porque los soñadores se encuentran en algún punto común, donde las sonrisas y los corazones parecen fundirse y no hay malentendidos, donde todo fluye con la facilidad de lo divino y vivir es realmente un regalo mágico.

Pero debemos dejarlo ir… En el mundo real tú no me amas y yo suspiro por ti. En el mundo real me abrazas como a un oso de peluche y me aprietas los carrillos ya un tanto fláccidos y me miras con ojos que no me ven, no como yo te veo a ti.

En sueños, tú y yo vamos de la mano. Y hay silencio. Porque nuestras intenciones hablan por los codos y no necesitamos palabras, el roce de un dedo, el reflejo del viento en el vello de nuestros brazos y una sonrisa que es como un sello de intenciones. Pero en el mundo real vamos separados, dos metros uno del otro, hablando de todo un poco y de nada en concreto, lamentando un hecho, suspirando por algo que quedó atrás, por el cierre de un local, por las ganas de tomar un café. En sueños nos miraríamos a los ojos y sonreiríamos. Y nos besaríamos. Pero en el mundo real nos vemos y no hay ninguna caricia, la mía se queda a medio camino, demasiado tímida; la tuya, es pura inadvertencia. Y sonreímos. Yo porque estoy a tu lado, tú porque te hago gracia y te sientes mejor cerca de mí.

En el mundo real debemos separarnos cuando nos vemos. Y nos vemos alguna vez, o dos, al año. En sueños iríamos abrazados hasta nuestro hogar blanco, y en nuestro sofá blando nos hundiríamos con el peso enorme de tu cuerpo, y el lenguaje de las caricias y de los besos lo llenaría todo, incluso los gemidos, y después te levantarías a buscar algo para comer y yo abriría las cortinas para que la noche celosa jugase con nosotros a hacer magia con el amor. Pero en el mundo real, cuando llegamos a tu casa, me abrazas como a un peluche, y me tiras de las orejas gracioso y hasta jugueteas con el pelo de mi pecho, sonríes como si tal cosa y me dices adiós. Y suspiras. Porque te vas con él. Y yo me quedo allí, de pie, con el dedo en el telefonillo, intentando buscar restos del calor de una mano que ya no está.

Ojalá pudiéramos vivir en nuestros sueños, donde todo es fácil, donde todo es realidad: el mar insomne, el océano de estrellas, el aroma de tu piel en mi piel, y la sonrisa de tu mirada en mi rostro. Ojalá pudieras darte cuenta, aunque fuera sólo un poco, de lo ancho de mi amor, de la profunda espera, de la pasión que refreno y de mis inmensas ganas de besarte, de beberte y de abrazarte en la singladura nocturna hasta atracar en el amanecer de tu vida. De tu vida real. En el mundo real. Allí, donde nada es posible, ni tú ni yo.

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Solo otra vez (naturalmente)

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al dr.H.

A veces las ilusiones, porque necesitamos ilusiones, son el lago donde se ahogan nuestra frescura y ganas de vivir.

***

   A veces, sólo a veces, la magia se da, el regalo se recibe a manos llenas, y llega una chispa pequeña a iluminar por un instante una vida oscura. Y ya está. Todo parece girar de nuevo y hasta la sonrisa de fruta se abre como una flor y permanece eterna, alelada en ese vapor cálido de un sueño, una quimera. Y sabemos que todo es posible.

***

   La soledad, una especie de mala consejera con un sueldo altísimo, parece que esconde sus cartas. Pero en realidad nos deja ciegos, y el encanto nos envuelve con una red débil. E imaginamos el día, la hora, la mirada cómplice, el ligero cabeceo, un ademán, y la voz suave, las manos firmes, el pecho abierto a un millón de besos, la espalda llena de caricias y un nombre, y un momento, en ese encuentro anhelado, en el que el atardecer, el viento, las hojas de los árboles y hasta los semáforos se detienen llenos de expectativas por lo que va a suceder… Y después todo pasa.

***

   Las manos entrelazadas, la sonrisa cómplice, un abrazo y quizá un beso. Y la noche que sigue, las nuevas confidencias, una intimidad callada que no precisa de mucho más (todavía), si no de tiempo, tiempo que se extiende y se hace ingrávido, inerte, eterno.

***

   Pero esas esperanzas, que se tejen débilmente en la distancia y se endurecen a medida que se acerca ese instante soñado, provienen de la soledad y a ella vuelven, dejando un corazón de nuevo herido, un mar de anhelos rotos, y una realidad grave.

***

   No lo había imaginado así. No debía ser así. No otra vez. Pero sí.

***

   Cuando nos abonamos al ensueño después de tanto tiempo mojados de realismo, cuando el corazón apagado renace otra vez lleno de brío, cuando nada importa: la distancia que no es nada, la virtualidad, a veces el silencio impenetrable y a veces una verborrea sorprendente, y nos enganchamos en un viaje ilusionado, carísimo, pero prometedor… La verdad siempre está ahí para llevarnos a tierra, para aclararnos que los sueños sólo se regalan a los afortunados; que los perdedores lo desean todo y son dueños de nada, excepto de una soledad sonora que de tan pesada se hace compañera, enemiga y verdugo.

***

   No importa que la ciudad sea hermosa, que el día de primavera se cuele por entre las flores de los árboles aún desnudos de hojas; no importa que sea bello y encantador y tenga una voz grave y suave; ni que sus ademanes, vibrantes, enérgicos, simulen una conversación que es más bien un soliloquio; no importa que el local sea perfecto, la luz tamizada de las seis de la tarde, los asientos cómodos, de un terciopelo moderno y mullido, que la sombra de un edificio dibuje pequeños arcoiris en esos ojos preciosos, ni que la fuerza de una juventud divina parezca embriagar todo a nuestro alrededor… Siempre hay un móvil, un nuevo compromiso que surge, un vaya-lo-siento-me-quedaría-pero… Y nada más.

***

   Porque en realidad NUNCA hubo nada más.

***

   A veces las ilusiones, porque necesitamos ilusiones, son el lago donde se ahogan nuestra frescura y ganas de vivir. Y así seguimos, un día y otro también; solos otra vez, naturalmente.

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Oír, escuchar, comprender

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Fui a buscar al oncólogo para que me explicara el cambio en la propuesta terapéutica de mi madre. Se había establecido un cronograma con el que habíamos quedado conformes: cirugía, radioterapia posterior, hormonoterapia. No quimio. Pero ahora se había producido un giro en el plan con el que no contábamos mi madre y yo. Al parecer el oncólogo tenía dudas.

Dicho cambio se le había comunicado a mi madre sin prepararla para ello. Yo no estaba presente. Y aunque lo hubiese estado. No debería haber cambio entre la comunicación médico-paciente fuese la madre de un colega o no. Aunque sé que si hubiese estado junto a ella, la notica hubiese sido dicha, y quizá asimilada, de otra forma. Ella salió entera pero my preocupada por ese cambio inesperado, y posteriormente me lo diría por teléfono casi al borde del llanto. Ella tenía cáncer, yo no. Y por supuesto, tampoco lo tenía ni la cirujana ni el oncólogo.

Dejando detalles técnicos aparte que llevaron a esas dudas en el plan de terapia del cáncer de mama que padece mi madre, el problema real que yo veía era ese hiato insuperable entre la intención del médico, sus propia visión profesional, sus ansias (y nada dispara más las alarmas que tratar a familiares de colegas) y las del paciente que está tratando. Es casi imposible evitar mezclar nuestras expectativas sobre nosotros mismos y las del paciente, nuestra intención de hacer lo mejor que sabemos hacer (y ser) y las del paciente, que desea ser curado por un lado con el menor dolor, y por otro, ser oído, y comprendido, en su dolencia.

Oír, escuchar, comprender. Tres verbos que deberían estar grabados en nuestro corazón. En Medicina. Pero también en la Vida así en mayúsculas, y en la vida pequeña, del día a día.

Fui a buscar a mi colega y le pedí que me aclarase el cambio. Me explicó sus dudas, su deseo de aportar el máximo de posibilidades en vistas a una “curación” (y no, amigos, no hay curación con el cáncer, ni es una batalla que se gane, ni es una lucha diaria: es vivir en constante riesgo, es enfrentarse a la debilidad, al miedo a nosotros mismos, a sufrir; es aprender a vivir al completo cada segundo, y eso es una lección durísima y difícil de aceptar) o, como me aclaró al recordar que estaba hablando conmigo, una alta posibilidad de estar libre de tumor en los plazos de cinco y diez años (así medimos realmente el éxito de cualquier terapia, en términos de supervivencia). Así, su tipo de tumor, ya per se con alta supervivencia ajustándose al plan inicial, podía beneficiarse de un 5% más de posibilidades si se le sumaba la quimioterapia. Asentí. Pero no.

Mi madre es una mujer sana, dentro de su edad, con una vida rica, que le permite hacer lo que desea; le gusta estar guapa, arreglada; le gusta pintar, bordar, salir a dar una vuelta, estar en su hogar. Tiene una buena calidad de vida. Y se nos olvida que la vida, la Vida, es calidad; de nada nos sirve estar vivos si no podemos disfrutar ni un segundo de ese regalo, de ese placer. Ella lo sabe. Lo ha tenido siempre muy claro. No le importa vivir diez años más, si ello supone mermar sus gustos, su independencia, su disfrute pequeño de los días que pasan. Sabe que tiene cáncer y lo ha asumido con entereza; se ha sometido a cirugía y ahora a radioterapia; sabe que tiene que tomar una pastilla todos los días durante cinco años, pero no quería oír hablar de quimioterapia ni antes de saber qué tenía, ni ahora. Es su voluntad. Su voluntad como persona y como paciente. Y se había sentido engañada como paciente y como persona al saber que deseaban cambiar un plan terapéutico sin comentarle nada, sin tener en cuenta precisamente eso: su vida. Y eso, no.

Le dije directamente a mi colega que siendo yo el que lo tuviera, por un 5% más de probabilidades no me sometería a la larga tortura de una quimioterapia: proceso eterno, indolente, que requiere una capacidad vital para la recuperación enorme (y no hablemos aquí de los problemas durante la terapia, que dan para mucho), que yo, sano, no estoy seguro de tener y mucho menos mi madre, dueña de una edad madura maravillosa, pero madura.

Lo miraba mientras se lo comentaba. Como hago siempre. Y me daba cuenta que no me entendía. No cabía en su esquema mental que me negase a esa posibilidad. Y yo mismo me preguntaba cómo era posible que no me entendiese. Empleábamos los mismos términos, pero desde primas diferentes.

Respiré hondo y detuve mi perorata, comprendiendo de súbito que no íbamos a llegar a ningún lado. Y supe en ese instante qué le aquejaba. Su necesidad de ofrecer lo mejor a sus pacientes, su deseo de que se libraran de una enfermedad laboriosa, era mayor que su sentido común; no entendía, no entendía, que alguien escogiese vivir con una enfermedad, pero vivir bien, con ese riesgo aceptado en vez de entregado a un tratamiento brutal que lo ataría a un lecho sin garantías, o con apenas más garantías que las que ya contaba por la propia naturaleza del tumor. Supe que no íbamos llegar a un acuerdo satisfactorio para él. Hasta que me dijo:

– Quien decide es la enferma.

Faltaría más. Sonreí.

– Obviamente. Ni tú como su médico ni yo como su hijo. Es algo que todos tenemos claro, ¿no?

Sonrió un tanto benevolente. Pensaba que al final se saldría con la suya. Como si eso fuese lo importante.

– Vamos a hacer un nuevo test sobre el tumor, es lo más preciso que tenemos en materia de probabilidad de recurrencia [reaparición] del tumor. Y según nos diga podemos decidir con más seguridad. ¿Te parece?

– Perfecto.

Sonrió más relajado. Y yo. Él tenía un arma con la que argüir sus bien intencionadas medidas terapéuticas, y mi madre ganaba una semana para pensarlo mejor.

Salí de su consulta sabiendo que se le ofrecía esa oportunidad de meditar porque era mi madre. Su caso es lo que llamamos frontera: ni bueno ni malo, de esos difíciles de decidir: todo lo que se haga es bueno sin llegar a ser magnífico; todo lo que se le añada como tratamiento sólo busca asentar las buenas posibilidades que ya tiene de por sí el caso, como asegurar con un dique nuevo la contención inicial de la primera estructura construida.

Me pregunté a cuántas mujeres, a cuántos pacientes, se les daba también esa oportunidad.

Cuando fuimos a la consulta, al día siguiente, observé desde fuera la relación médico-paciente, ese juego imperceptible en el que sin embargo las decisiones adoptadas transforman vidas, trazan destinos.

El oncólogo con su postura férrea, mi madre con la suya. Ambos con las mejores intenciones. Pero había algo que faltaba en ese diálogo: él oía, pero no escuchaba, y no comprendía la postura de la paciente. Mi madre, al contrario, lo entendía, pero argüía, con ese enorme sentido común que la caracteriza, sus razones. Diez minutos después, él le comunicó la prueba a la que iban a someter a su tumor y ella aceptó.

– Todo sea para que tengamos sobradas razones para tomar una buena decisión.

Le dijo el oncólogo. Ella asintió. Se dieron la mano y salimos de allí.

– Un buen hombre -me dijo mi madre ya en el pasillo-. Pero no me gusta.

La miré asombrado. No porque ella no acostumbrase ser directa, si no porque él había sido correctísimo, algo rígido, pero muy amable.

– ¿Y eso? No te dijo lo que querías oír.

Ella siguió con su tono calmado:

– No. Hace su trabajo. Pero mal.

– ¿Mal?

– Sí. Porque no me ha escuchado. Yo entiendo su postura. Es su labor darme todas las armas posibles para curarme. Pero es su deber entender mi decisión, porque es mi vida y mi salud, no la suya. Y si no me quiero someter a un tratamiento y le explico el motivo, su deber es entenderme, no ser condescendiente. Hay una gran diferencia. Y no tengo que explicártela ahora. Estás muy mayor para eso.

Le sonreí, sin decirle que sabía perfectamente a lo que se refería. Puede que ella no supiera la angustia que, como profesionales, nos atenaza muchas veces, la cruel necesidad que nos obliga a dar todo lo que podemos para alcanzar la restauración de la salud de nuestros enfermos. Una obsesión que puede nublar nuestro sentido común. Eso es una debilidad que debemos detectar y minimizar, pues no podemos eliminarla de un plumazo,  y que pocos, en realidad, somos conscientes de su existencia. Y sin embargo yo era uno de ellos, y también fui un enfermo, y un familiar de un enfermo, y muchas cosas más. Qué complicados somos a veces los seres humanos.

Mi madre iba a negarse a la quimioterapia sí o sí.

– ¿Cuánto me queda por vivir? ¿Cinco años? ¿Tres? Lo que sea, estoy de prestado. Vivámoslo entonces como debe ser, quiero salir y estar al sol, encender la chimenea y sentarme a su lado pintando, quiero bordar y seguir saliendo con tu tía si me apetece a dar una vuelta, viajar si puedo permitírmelo, teñirme el pelo y llevar la coleta que he llevado media vida. El precio por unos años más de vida es muy alto con la quimioterapia para la sencillez con la que vivo; hay que pensar en vivir al máximo, no en arrastrase y dar trabajo gratis. A mi edad, la vida es para sentirla, no para dejarla ir en medio de tonterías.

Era su vida. Y tenía razón. Había que oírla, escucharla y comprenderla.

Hace unos días, en una guardia, me llamaron para valorar un enfermo de Parkinson ya mayor, encamado desde hacía tres años; sus familiares querían que se le diese la mejor atención y eso incluía la posibilidad de ingreso en UCI.

A la colega que me había comentado el caso le di una negativa cortante. De todas maneras, subí a valorarlo, como hacemos siempre. Por el camino (ahorro aquí la explicación de subir a pie seis pisos porque el ascensor no daba llegado), me arrepentí de mi brusquedad. Es que ya debería salir de nosotros mismos estas decisiones. En fin. Diciéndome a mí mismo de todo, llegué a la planta. Y fui directo a ver al enfermo y después hablé con su familia. Tres personas, pendientes de una hija del paciente que estaba de camino.

Les informé de sus posibilidades, de lo que le haríamos si lo ingresaba. De lo que significa prolongar una situación que no tiene salida. Creo que me entendieron y aún así temiendo lo peor, me dirigí a hablar con mi colega con la firme intención de ingresarlo, para ahorrarme (lo reconozco) tener que hacerlo a horas más indecentes ante la supuesta terquedad de su médico.

Me llevé una sorpresa. Mi colega no deseaba ingresarlo. En el fondo, lo que quería era mi ayuda para hacer entender a la familia que las posibilidades del enfermo eran nulas y que lo mejor era aportarle los cuidados paliativos que necesitase para que no hubiese sufrimiento por ambas partes. Suspiré, aliviado.

Me había equivocado. Y qué dichoso estuve de haberlo hecho.

Con energía renovada volví a reunirme con la familia. Ya había llegado la hija que faltaba. Sus caras de angustia me afectaron un poco. Y por un momento, detuve el fluir de mis pensamientos y abrí los ojos y los oídos: les dejé hablar, los oí, los escuché y los comprendí.

La hija tenía miedo, primero, que lo que tuviera pudiese ser tratado y salvado; segundo, que lo veía sufrir y la angustiaba todo. Debí haberlos llevado a un lugar donde sentarnos, pero no lo hice. En vez de eso, cambié el tono de mi mirada y acerqué mi postura a ellos. Supe el camino por el que tenía que transitar y les tomé de la mano para que viajaran conmigo.

Les expliqué la evolución del Parkinson y las causas habituales de muerte cuando la enfermedad evoluciona, como era el caso. Les expuse e intenté garantizarles que mis colegas y yo vigilaríamos por la integridad del paciente y por la de la familia, y que veía un error ingresarlo en una unidad que sólo le ofrecería prolongar una situación que no tenía futuro.

Suspiraron aliviados. Entendieron. Me entendieron. Y por encima de todo, yo les comprendí. A ellos. Y a mi colega, desbordada por la falta de conexión con la familia.

Resolvimos la situación como deseábamos, y todo volvió a la normalidad.

Era lo mismo que el caso de mi madre con su oncólogo. Lo mismo que nos pasa en el día a día a todos en todos los niveles.

El resultado de la prueba del tumor de mi madre llegó. Fue mejor de lo que esperábamos. El oncólogo me llamó todo ilusionado para darme el resultado.

– Tenía razón tu madre -me dijo-. Una mujer muy perspicaz. Toda una dama.

Sonreí para mis adentros. No necesitaba quimioterapia. Ahora había más certeza. La angustia de su médico disminuyó y mi madre suspiró tranquila. No quería mandarlo a hacer gárgaras y ya no tendría motivos para eso, pues, aún su incapacidad para escucharla y entenderla, ella era consciente que la había oído y con eso le bastaba.

Y porque sí, además de guapa y elegante y ser todo corazón, mi madre es una dama.

Ahora toca enfrentarse a otros problemas, los que vayan llegando, con ánimo renovado.

Oír, escuchar, comprender… Cuánto tenemos que aprender.

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El amor después del amor

BOMBILLAS

El amor después del amor, de Derek Walcott
(extraído de la página de LUIS CREMADES·VIERNES, 17 DE MARZO DE 2017)
El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
tú saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón,
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.
—Derek Walcott—
(Versión de Vicente Araguas en Huerga y Fierro Editores)
LOVE AFTER LOVE
The time will come
when, with elation
you will greet yourself arriving
at your own door, in your own mirror
and each will smile at the other’s welcome,and say, sit here. Eat.
You will love again the stranger who was your self.
Give wine. Give bread. Give back your heart
to itself, to the stranger who has loved youall your life, whom you ignored
for another, who knows you by heart.
Take down the love letters from the bookshelf,

the photographs, the desperate notes,
peel your own image from the mirror.
Sit. Feast on your life.

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