El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Me tenías.

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Me tenías. Todo. Entregado. Embriagado. Y, ahora lo sé, aburrido.

Me tenías. Porque te quería. Te quería con un amor inmenso, de tan vasto que el mar se quedaba pequeño encerrado en mi pecho. Me tenías. De día y de noche, en cada pensamiento, en sueños y en anhelos. Te quería con un amor que hablaba por los codos y regalaba todos los días con libertad. Me tenías. Pero no fue suficiente.

¿El día a día aburre? ¿La misma sonrisa, el mismo abrazo, la caricia que termina en el misma piel? ¿La novedad se diluye en el amor y se transforma en cariño sencillo, en simple quizás?

Si me tenías, ¿por qué te lanzaste a buscar otro puerto? Si me querías, ¿por qué me engañabas una y otra vez? Si te amaba hasta la ceguera, ¿por qué cruzaste la frontera de otro cuerpo, llegando a los límites de otros besos, escondiéndote en otro pecho que no era el mío?

Si me querías, ¿por qué te desnudaste con otro, por qué fundiste tus labios, que eran míos, con los de otro?

No pensante en el daño que me hacías, en la herida que te hacías a ti mismo, queriéndome de mentiras, deseándome con sensualidad dormida, destruyendo poco a poco la mitad de mi alegría.

Me tenías y no pareció importarte; si me tenías, no pensaste que podías perderme tan fácilmente. Si me tenías, si me querías, ¿por qué cambiar esta realidad por una fantasía?

No lo sé…

A veces quisiera volver a verte. Saber qué es de ti. Me dicen, me comentan, con tono condescendiente, con susurro de chisme. Pero no me importa. Yo sé que era tuyo; yo sé que me había entregado a tu destino, a tus sueños, a tu inspiración. Y me dejaste.

A veces me descubro pensando en ti. Y te imagino desnudándote lentamente, perdiendo el pudor entre risillas tontas y caricias torpes. Como hicimos una vez. Y hallo en esos recuerdos la exaltación de una sensación, la sorpresa de un sentimiento que apenas hace cosquillas en mi corazón. Ya no.

Me tenías. Todo. Y me perdiste por jugar, por forzar la realidad. Todo. Y yo perdí la mitad de mi alegría, la mitad de mis sueños, la mitad de mi vida. Ese cosquilleo maravilloso en los dedos, el encuentro frugal de los labios y el abrazo interminable de la costumbre.

Sé que algún día verás que me has perdido. Te darás cuenta que la idea fugaz de la pasión no casa con la idea de un hogar, de una casa con las puertas abiertas y la cama recién hecha. Sé que sabrás que todo eso lo tenías conmigo cuando me querías, cuando me tenías.

Pero preferiste saltar al abismo de otros cuerpos, nadar en las aguas bravas de la incertidumbre… Y me dejaste queriéndote, todo tuyo, lejos de mí mismo y quizá hasta de ti.

Ya no te extraño. Cuando te evoco lo hago con una cierta sonrisa, y una melancolía leve, que me araña el alma, que tiñe a veces de tristeza la mirada que se posa en el balcón a las seis de la tarde. Y ya no te deseo mal, ya no quiero que tu cielo no se encienda con estrellas ni que la luna no tatúe el viaje de otros labios sobre tu espalda. Ya no espero verte regresar con la moral por los suelos y los ojos hinchados por la realidad. Ni siquiera suspiro por ti cuando pienso en ti, ni cuando la canción que era nuestra salta desprevenida en la radio, ni cuando tropiezo sin querer con algo que te pertenecía: una camisa olvidada, la entrada del último concierto al que fuimos juntos y la última foto que te saqué, mientras salías por esa puerta para nunca más volver.

Me tenías. Y era maravilloso. Y me tenías y era mi mundo ese amor. Y mi pudor era tuyo, y mi cuerpo era tuyo, y mi corazón, que te comiste a bocados tan grandes como esa boca ansiosa. Y me tenías, y era maravilloso…

Y te diría… O me callaría… Cuando me tenías no había secretos, no había límites. Ahora, qué más da…

Tú me tenías… Y ahora, ya no.

 

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El viaje.

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Un amigo en la distancia de las redes sociales ha querido a través de este blog transmitir su vivencia como paciente ingresado en una UCI. Lo ha titulado El viaje y así es como lo presento. Una forma más, de las mejores quizá, de intentar humanizar un trabajo como el nuestro, que apenas se conoce, pero que, muchas veces, deja el mejor sabor de boca cuando se logra alcanzar ese tiempo de curar.

  • Todos hemos viajado alguna vez a algún lugar con la familia, amigos o
    pareja, incluso a veces solos. Un viaje a un lugar soñado, a visitar a alguien,
    o simplemente hemos viajado mientras dormimos, a través del
    subconsciente.
    Este viaje es un viaje diferente, un viaje que no sabes cómo empieza ,ni
    cómo acabará.
    Recientemente me comunicaban que soy enfermo de Crohn, lo que es la
    enfermedad, y las pruebas y tratamiento que tendría que seguir. Tras una
    primera introspección y varias pruebas médicas, además de mucha
    información, me costó un poco digerir que mis dolores intestinales y viajes
    continuos al baño, estaban anunciando eso. El mensaje que tuve durante
    los días que me costó asimilar todo, sería: Acepta y entiende que siempre
    te acompañará a lo largo de tu vida. Lo mejor es aceptar las cosas lo antes
    posible, ser positivo, y seguir, en el fondo seguir el viaje. Tras muchos
    meses para llegar a ese diagnóstico, y mil pruebas y noches de urgencias,
    descubres lo fuerte que eres, y como actuamos, o como nuestra mente
    tiene mecanismos ante la adversidad.
    En pleno tratamiento, ya llevo dos meses con cortisona, empezamos a
    bajarla, y a ir incluyendo un inmunosupresor, que sería el tratamiento de
    largo recorrido. Todo iría bien, hasta que viajando por donde mi digestivo
    me iba llevando, se cruzó en mi camino una Gastroenteritis Aguda, que
    desembocó en una sepsis que me tuvo 8 días en UCI, y 7 en planta.
    Esta es realmente la parte más importante del viaje, mi viaje. En ese
    contexto no eres consciente de tu gravedad, del fallo renal, de las 48
    primeras horas, en las que mi viaje podría haber acabado. Vas superando
    obstáculos. Se hace duro si no fuese por el equipo médico, que además de
    su trabajo intenta hacerte sentir lo mejor posible, incluso te hacen reír si
    te ven decaído. Muchas horas de soledad sin tu familia, tan solo con la
    opción de una hora total al día para visitarte. Es el segundo día y me hacen
    un cateterismo en la cadera para iniciar mi diálisis, 4 sesiones, ya que mis
    riñones no pueden con tanta infección. Tranquilo, todo saldrá bien, me
    dijo Andrea, una de mis compañeras de viaje. Y salió.
  • Al día siguiente empezaron a mejorar las analíticas, según la doctora, y
    ellas se iban alegrando, porque estaban consiguiendo sacarme de toda esa
    gravedad. Fue de lo poco que supe. Vas mejor. Es viernes por la mañana y
    me llevan al hospital Provincial (Universitario de Alicante) para ser más
    exactos, porque tuve una pequeña molestia, y querían descartar algún
    posible fallo cardíaco. Ahí me empecé a preocupar, y me prometí a mí
    mismo que dejaría de fumar si todo estaba bien, y lo estaba. Corazón
    perfecto, y viaje de vuelta en S.A.M.U. con dos grandes profesionales que
    hacían mi viaje más divertido. El martes siguiente me despedía de mi
    estancia en la UCI para cambiar de habitación. Esta vez en planta. Estaría
    unos días más, pero ahora sería un viaje más relajado y sin tantas prisas ni
    sobresaltos. Estaba a punto de llegar al destino, un destino feliz.
    A pesar de todo ello, de la dureza del diagnóstico al ingresar, lo más difícil
    fue asimilar lo que mis padres habían sufrido. Mi madre estuvo días sin
    dormir llorando, mis amigos no podían verme, y a pesar de estar
    informados, no podían visitarme. Viajé con una mochila vacía,que sin
    saber se fue llenando, y que a los días de mi salida del hospital, me hizo
    sopesar de golpe la carga sin compasión, haciéndome entender mi
    gravedad, todo el sufrimiento de los míos, entender que todo pudo acabar
    sin haber dicho muchos te quiero y haber sentido a mucha gente que
    quiero.
    Lo que me ha llevado a escribir estas palabras, es vaciar esa mochila, e
    incluso que pueda servir mi experiencia en alguno de vuestros “viajes”.
    Sed felices y disfrutad cada momento. Yo lo hacía, ahora más si cabe.
    Gracias Juan Ramón por cederme tu espacio. Además de que sabrás de
    que hablo medicamente, tu eres una de esas personas que seguro
    colaboran en hacer estos viajes más livianos.
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Un día más/ One day more.

   bbbEn el Pasillo de la Salud Perdida los días se miden uno a uno. Hora a hora. Y las pérdidas, damnificadas en años sin restauración.

   Cada paso adelante es una esperanza; cada cambio una ilusión; cada día una misión. La de ponerse bueno, la de restablecer la Salud.

   Pero no es así.

   En el Pasillo de la Salud Perdida cada día es una guerra; cada hora, una lucha que parece perderse continuamente; el tesón del corazón, el acero de la esperanza, se estrellan con noticias que son acero puro, con el afilado borde de la realidad.

   Cada día parece una batalla acabada, contada en pérdidas, en sangre derramada, en dinero desechado, en ilusiones rotas.

   Pero el corazón es un tirano y la mente una creadora de sueños. Un día más, decimos con un eco entre las paredes de ese pasillo de larga eternidad. E intentamos sonreír en nuestra ignorancia, e intentamos buscar razones a lo inexplicable, y a veces buscamos a Dios entre la bruma de las dudas y hasta a veces lo encontramos.

   El aliento se pierde, la esperanza se fractura, la sonrisa se congela, la angustia prevalece, el miedo agarrota, la duda crece, la confianza flaquea. Y nos llenamos de preguntas que no tienen respuesta, de pensamientos que parecen inmundos y de un cansancio de mundo.

   El enfermo que sufre; la familia que espera. El enfermo que espera a sanar; la familia que sufre sin límite de tiempo, sin frontera visible. Salvo un día más.

   Un día más para soñar que todo puede ser posible; un día más para esperar que la Salud llegue; un día más para poder continuar adelante con las fuerzas mermadas y el alma agotada.

   Un día más para seguir en el mismo punto muerto y en el largo pasillo que dibuja las sombras oscuras del corazón.

   Un día más. Y todos los días lo mismo.

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Podría ser… Pero yo no/ (He) Could be… But I am not.

   _DSC2778fgCallado. Los ojos risueños. Pupilas verdes.

   Labios plegados. Aliento suave. Ademanes discretos.

   Él es uno más. Pero es alguien más.

   No es una vida cualquiera. Es él.

   De repente una sonrisa. Y el cuello que nace en el pecho al descubierto.

   Y mi mirada se turba.

  Podría ser él. Podría ser un sueño de piel y sentidos. Podría ser todo lo que yo hube esperado.

   Pero yo no.

   Soy invisible. Soy imposible. Balbuceo y callo. Y se me caen las cosas de la mano. Y un manojo de nervios en el estómago. Y sonrisa tonta cuando me llama.

   Yo soy una cara más en su mundo singular. Un momento pasajero en su tiempo sin igual.

   De repente se acerca. Y hasta me sonríe. Y extiende su brazo fuerte y, en ademán, aprieta mi mano.

  Siento que me deshago con su contacto cálido, con su firmeza de madera y y rosas.

   Él huele a rosas. Y mi corazón late desbocado sin que nadie lo detenga. Ni siquiera yo.

   No me importa soñar mientras esté así de cerca. E imaginarlo a pocos centímetros de mí, con el calor de los cuerpos que se encuentran y el rumor de unos labios en la piel y el baile de los dedos por la espalda.

   Y cierro los ojos…

   Me habla. O no. O lo imagino. O me deja a un lado.

   Y abro los ojos.

   Y allí está él, con una sonrisa única en su rostro perfecto. La camisa entreabierta, y el cuello partiendo de la nívea clavícula, y el brazo alado que nace del cuerpo de paloma…

   Y se va. A saludar a alguien más. A esa persona que sí le ama, o que él cree que ama.

   Que no soy yo.

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Esta tarde/ Today.

   Botellas bajasHay ruido. Platos que van y vienen, conversaciones innecesarias, silencios enormes como agujeros negros. Y el piano.

   La gente gesticula a veces con pasión. Y en la terraza con calefacción, alguien se lleva a la boca un cigarrillo casi terminado. Como si fuese una noche de amor.

   El tintineo del cristal al ser llevado a la boca; los que sorben el café caliente; aquellos que, delicadamente, posan la cucharita sobre la taza, como si ésta fuera a romperse.

   Un té, por favor.

   Un menta-poleo.

   Un roibós con caña de azúcar, cola de caballo y anís estrellado.

   (Siempre hay un excéntrico en el local.)

   Y el piano desgranando canciones de amor que nadie escucha.

   O quizá no.

   Él se ríe. Y de sus ojos se desprende escarcha. Hace frío y coge las manos de su amante, que parece algo distraído ante el brillo de esa mirada.

   ¡Qué ilusión de amor!

   Un camarero espera algo impaciente, como que tiene más que hacer. Pero los amantes pasan de él y de todos en realidad, salvo del piano, que parece mecer con sus notas el inicio de su relación.

   ¡Oh! Los descubrimientos magníficos, los primeros roces que se resuelven entre sonrisas; los remordimientos que se diluyen en un beso y se almacenan luego, cuando la magia termina.

   Y también los recuerdos que comienzan a acumularse al enamorarse y olisquearse y saborearse y mecerse entre arrullos. Como el suave arpegio del piano, que simula un corazón al galope.

   Cómo se sonríen esa tarde mientras afuera parece que quiere llover. Los amantes no se dan cuenta, ni pretenden hacerlo, que el camarero se ha ido con aire de desespero: en la felicidad no entran problemas ajenos, ni los propios, que se diluyen en esas miradas calladas, en esos labios que se mueven sin decirse nada y se pliegan para darse un beso.

   Que hay gente, parece decirse uno, algo azorado. Pero a su amante poco le preocupa el ruido de fondo, el crepitar de la chimenea, el lento planeo de esa tarde. Porque está enamorado. Y eso es lo único que le interesa.

   Esta tarde es lo único que importa.

   Y el local atestado, como ruido de fondo que nadie escucha. Y las gotas de lluvia que comienzan a caer. Y el piano que sigue, con sus notas pegajosas, envolviendo una historia que comenzó una noche atrás y que continuará, quién sabe, quizá por siempre.

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La piel de otro/ Other One’ Skin.

   ArkansasTiene fama de raro. Incluso de pervertido.

   En el fondo es hasta gracioso que piensen eso de él allí. En aquel lupanar, el placer se paga como a veces pagamos el día a día; en él todos buscan descargar las tensiones, un instante de placer; el placer de ser observados y hasta gozados, y el más sordo del dejarse llevar. Menos él.

   Por eso era raro.

   Ya no era un chaval; ya no era más que un anciano en realidad. Ninguna de las maravillas de la ciencia hacían más efecto en él: ni cosméticas ni plásticas. Parecía que ya no había palmo de piel que tensar ni centímetro de arrugas que planchar. No había química que consiguiese mantener el tesón de su ajada musculatura, ni siquiera llenar de sangre aquellos secretos que lo habían hecho sentirse único, deseado y especial.

   Lo aceptaba: así era la vida. La vida que le ha tocado vivir. Ha aprendido que llega un momento en que la existencia deja de producir ruido y se conforma con un murmullo de fondo que apenas estorba. Él ya era así: un fondo oscuro que apenas molesta. Por eso seguía acudiendo a aquel lugar en el que una vez se hizo célebre y ahora no era más que la sombra de un recuerdo que ya nadie recordaba.

   Llega un momento en la vida en que sabemos que hay que parar. Y lo hacemos, más por obligación que por ganas. Y él lo sabe. Le ha ocurrido, aunque ya no repara cuándo y ni le importa.La sociedad nos relega, la biología nos aliena.

   Así es la vida, se dice, mientras evita verse en el espejo con los ojos de hoy y sale a la calle más para distraerse con la vida ajena que por necesidad u otra cosa.

   Cada mañana se acicala siguiendo el ritual de años sin memoria; antes le llenaba de satisfacción la atracción que provocaba, como el revuelo de las hojas caídas al contacto con el viento. Se levanta, se da una larga ducha, se perfuma, se peina, se viste con su mejor ropa interior, casi siempre nueva, y con la ropa más ajustada que encuentra. Se siente guapo cada mañana al salir de la habitación donde duerme a solas; cada mañana, al salir a la calle, despierta de su sueño y se da cuenta que el tiempo ido no se detiene ni en la retina de la memoria.

   Así es la vida.

   Ya no recuerda, quizá no quiera hacerlo por lo demás, cuándo perdió el último de sus amigos, cuándo el mundo del que era centro y parte dejó de existir como lo hacía. La mutación del tiempo a veces es tan cruel, que deja a la mente muy por detrás: creemos que somos aún latido cuando en realidad nos hemos quedado ya sin pilas. Eso es un golpe bajo. Porque es duro asumirlo; pueden pasar años (y de hecho pasan) antes de que la certeza nos venza y caigamos de bruces sobre la evidencia, sin poder responder a la llamada del placer que antes nos era tan delicioso y tan fácil y tan caro. La decadencia, se dice, se mide así, por la ausencia de placer activo, por la continua reducción del mundo que nos rodea. Y su mundo no era más que una habitación, por lo demás no muy grande, y por la casa de baños a la que acudía diariamente para rescatar algo de lo que una vez fue y que ya acepta (sí, lo acepta, no le queda otro remedio), no será jamás.

   Por eso tiene fama de raro en la sauna a la que acude puntualmente a la una de la tarde. Porque no hace nada, porque paga por un placer tan exquisito que no exige el mínimo esfuerzo de su acompañante, salvo el silencio.

   Alguno de los fijos del local se lo rifan: contadas veces con tan poco fingimiento consiguen lo que se proponen: unos euros para seguir alimentando un ego furibundo que terminará reduciéndolos a cenizas. De hecho, son incapaces de verse en su espejo. Él lo sabe, pero calla. No le escucharán, no le creerán. Él tampoco lo hizo. El mundo a una edad sin medida es una tabla rasa que se mide por placer buscado y consumido: una mirada entornada, una sonrisa, una caricia más profunda y un roce brutal: así es la vida. Hasta que deja de hacer ruido y de encenderse y de frotarse y se llena de silencio y soledad.

   No busca gran cosa con la compañía de esos hombres alquilados. Salvo conseguir esa pequeña parcela de placer que aún le resta de la vida. Cuando se pierde lo que nunca pensamos que se disolverá en el tiempo, sólo nos quedan los sentidos primarios: la oleada del olfato, el dulce latido del tacto. Y es lo que él usa, lo que le colma. Antes no había suficiente tiempo para saciar el placer; ahora, sólo con el roce de la piel de otro, sólo con el aroma cercano y esa tibieza tersa y todavía hermosa, alcanza un goce único, tan excelso en su silencio, que le hace olvidar las miserias de su presente, cada hora de un día a día que ya no reconoce.

   La piel de otro, con su tierna calidez, su dulce aroma a veces pegajoso y otras veces ácido y  chispeante; recorrer con la yema de sus dedos cada valle, cada altiplanicie de esos hombres que se abandonan inconscientes del gran placer que le regalan; sentir el ritmo de una respiración que se aquieta hasta casi quedarse dormida; liberar la sed de besos, el fuego de la posesión y el abandono, por ese supremo viaje hacia el pasado y el olvido, es lo que lo mantiene con vida. Con algo más de vida.

   Y quiere silencio, porque eso es de lo que está hecha su existencia. Y paga por sentir el roce de una piel que ya no es suya; y paga por el tacto que ya nadie busca en él; y le llaman raro y pervertido por saciar con la vista de sus dedos una belleza comprada, y por admirar con su olfato cada uno de los poros de la piel de otro, que le es ajena y que nunca gozará como una vez hizo.

   Cada mañana, a la una de la tarde, llega el raro, el pervertido, a buscar parte de su vida ida y recobrarla. Sin decir una palabra, sin buscar mayor solaz que la quietud del silencio tranquilo de un corazón que late a su demanda, hasta que se acaba el tiempo que el dinero aún puede comprar.

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