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Fragilidad

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Eran las cuatro de la mañana de la guardia de Nochebuena. Había sido una guardia larga, aunque pudimos hacer el paréntesis para celebrar, con viandas que todos habíamos traído, la festividad entre las prisas habituales de una noche de UCI.

El sonido del teléfono interrumpió la conversación. Avisaban que en Urgencias había ingresado un intento de suicido (nosotros lo llamamos: Intento autolítco); alguien había ingerido no se sabía cuánta cantidad de anticongelante para coches, un veneno mortal si no se atiende a tiempo.

Siendo casi la guinda del pastel de una guardia mala como pocas y como generalmente son en estas fechas señaladas, murmuré en voz alta, muy enojado, quién era capaz de intentar matarse en una noche como esa. En fin.

Mientras subía la paciente que ya había valorado el residente que estaba conmigo de guardia, fuimos sabiendo algo más de ella: mujer, joven, su nombre, sus apellidos… Algo de ella me llamó la atención, pero la gravedad de lo que había ingerido pronto hizo que pusiera mis sentidos en lo que había que hacer de inmediato pues, aunque sabía qué antídoto emplear, debía investigar las dosis necesarias y tenía que repasar en el libro de intoxicaciones qué otros tratamientos de soporte deberían aplicarse. Para el momento en que la paciente entró por la puerta de la UCI, la máquina de hemodiafiltración continua (una máquina que actúa como la diálisis sólo que está activa las 24 horas del día) ya estaba lista para conectarse, y el antídoto ya cargándose en las dosis adecuadas por el S. de Farmacia Hospitalaria.

Al ver a la paciente, la primera impresión que tuve volvió a presentarse. Una melena suave, canosa prematura, de un tono dorado mate, ese color de beso de sol a media tarde; la piel muy blanca,  y unos ojos azules mortecinos, surcados por docenas de arrugas precoces, me impresionó. Aquel rostro había sido bello una vez, aunque ahora se presentaba ajado, sin vida; palidez marcada, ojeras oscuras que hendían el azul de aquella mirada sin sentido.

Le pregunté su nombre. Lento, me supo responder: A-na… La sensación que había tenido hacía un rato y que se había desvanecido al leer su nombre y apellidos me golpeó como un rayo. No era la misma mujer elegante, de melena larga y rubia, de caderas poderosas, de carne prieta y sabrosa que mi mente trajo de los recuerdos de una vida pasada. Pero tenía que ser ella… Al acercarme para explorarla mejor, pude identificar los oyuelos de las mejillas, los lunares discretos y mórbidos sobre el hombro izquierdo, la longitud de unos dedos hechos para tocar el piano como una vez hizo, la sonrisa oscura que usaba para seducir y ser querida. Era Ana, en un tiempo novia de uno de mis mejores amigos. Ana, que nos encontró una noche de farra, tocándome el culo con una avidez que denotaba su achispamiento etílico. Mi buen amigo, un hombre tan atractivo que las chicas que le gustaban caían rendidas a su encanto apenas sin inmutarse, estaba a mi lado cuando yo sentí una mano afanosa mezclarse con mi pantalón. Asombrado y azorado me giré, y aquel mujerón rubio, bella a esa hora y a pesar del toque de alcohol, miraba ansiosa a mi amigo pero acariciaba mi trasero.

– Cariño – le dije- creo que estás tocando el culo equivocado.

Con esa terquedad de las personas achispadas que niegan que están etílicamente alteradas, me sonrió como haciéndome un favor y negó con la cabeza. Comprendiendo, acerqué mi boca a la oreja de mi amigo y le susurré mis sospechas. Él también llevaba mirándola un buen rato.

– Déjame tu sitio, anda -me dijo-. Y que pruebe el culo que quiere tocar.

Serían sobre las cuatro de la mañana de una noche de otoño, siete años atrás. Yo me aparté solícito e hice por ir al servicio. Cuando regresé a nuestro sitio, ninguno de los dos estaba ya. Y no los volvería a ver hasta varios meses después, cuando se fueron a vivir juntos en una arranque de vitalidad que sólo se tiene a los treinta años.

Ana era una mujer encantadora, de sonrisa coqueta, de pelo como mar al atardecer. Se cuidaba con mimo; hacía resaltar su atractivo con las armas justas, la sonrisa de sirena, y un meneo al caminar que llamaba la atención. Juntos, debía admitirlo, hacían una pareja maravillosa.

Como suele ser habitual, su relación absorbió parte de la vida de mi amigo, por lo que dejamos de vernos de forma asidua, aunque seguíamos en contacto por teléfono y en el hospital, donde también trabajaba.

No recuerdo cuánto duró aquella relación, sólo sé que no terminó del todo bien: él pidió traslado por motivo familiar a otra ciudad y ella se quedó aquí, estudiando la carrera que él le había animado a retomar y graduándose poco después. Mi amigo volvió a estar libre para comunicarse conmigo de forma asidua, o lo que de asiduo hace la distancia, y Ana se perdió en las brumas de los recuerdos que se olvidan. Hasta esa noche.

Qué cambiada estaba. Había perdido mucho peso; su piel no tenía ese brillo nacarado y su mirada, desafiante, estaba perdida y desenfocada por el tóxico que rondaba por su sangre.

Una vez recuperado de la primera impresión: reconocerla, valorar su estado actual y el motivo de su ingreso, que movieron mis cimientos durante unos minutos, procedimos a tratarla. Cuando conseguimos una estabilidad relativa, dejé a Enfermería a su cuidado y fui a hablar con sus familiares. Su hermano esperaba ansioso saber sobre ella.

Un dios alto, rubio y muy guapo (la belleza corría por esa familia como por un descampado genético) me recibió nervioso y al borde de las lágrimas. Me relató todo lo que había pasado esa noche, con la sorpresa todavía en el cuerpo. Estaba mal, eso lo había visto ya hacía varios meses, pero ella no le prestaba atención; no eran de confidencias, pero él estaba seguro que algo malo pasaba. Llevaba sin trabajo unos meses y se sentía como una carga para él y su familia; no atendía a razones; sólo quería que la dejaran en paz y dormía gracias a la medicación pautada por el médico de cabecera. El chico se culpaba: de haber sido indulgente, de haberla dejado ajarse, de no prestarle más atención. Debía haberse dado cuenta de esa depresión, de algún dato de inestabilidad mental, de fragilidad.

No se daba cuenta, pero hablaba con un aluvión de sentimientos que parecía un río a punto de desbordarse. Yo le dejé hacer… Pasados unos veinte minutos o así, pensé que sería bien intervenir.

Le hablé de los riesgos de ese tóxico si no habíamos llegado a tiempo: podía quedar ciega, podía quedar sin riñones, por ejemplo; pero también podía salir sin daño alguno; dependía del tiempo entre la ingesta y la llegada al hospital. No pudo precisarme cuánto. No importaba. Me habló de lo bella que era, si la hubiese conocido, sabría que Ana podía haberlo tenido todo; eso le decía un novio que tuvo haría siete años, que la apoyó para que volviera a los estudios, y fue feliz con él, eso lo sabía, y le apenaba haber perdido a un posible cuñado que le parecía tan de fiar.

No tuve valor para decirle que sabía su historia. Que Ana y yo nos conocíamos de antes; que aquel novio tan válido era amigo mío, y que nunca supe qué había motivado aquella ruptura más allá de lo que siempre pensamos de ser muy absorbente y algo inestable, todo aquello con que acusamos al Otro cuando nos decepciona demasiado o terminamos de amarlo como pareja.

Me sentía extraño mientras me contaba la historia de su hermana; sus tres intentos previos cuando era una adolescente; el agujero en el que se había transformado su vida. Siempre había sido una chica frágil, aunque lo disfrazase muy bien hasta ahora…

Dejé que se desahogara otro rato más; era tan tarde y estaba yo tan cansado que no me importó el tiempo que pasé a su lado: un hombre que necesitaba un apoyo que quizá yo pudiera darle, aunque me estuviese muriendo de sueño y cansancio. Era mi deber y allí estuve, hasta que pude calmarlo un poco.

– Vamos a ver cómo responde al tratamiento, cuánto de rápido hemos sido. Ahora podrá pasar a verla y puede quedarse el tiempo que haga falta…

Me agradeció efusivamente los ánimos y esperó a que llegase su madre. Cuando ambos pasaron a ver a Ana, ésta estaba algo mejor; la cabeza más despejada; el color había vuelto a sus mejillas. Parecía otra en aquella hora que llevaba ingresada. Eso era buena señal.

Les saludé desde lejos, pues temía que Ana tuviese buena memoria y me reconociese como el chico del culo equivocado en una noche mágica, tan distinta a ésta que ambos compartimos.

Su fragilidad me conmovió mucho, porque no era una paciente con un número de identificación más; si no una mujer que yo conocía plenamente y ahora se entregaba a nuestro cuidado en el punto de mayor debilidad posible. Sentí pudor por ella, y por mí: seguro que tampoco yo era el mismo de siete años atrás.

Tres días después se había recuperado del todo, y sin secuelas importantes, pudo ser trasladada a seguir tratamiento en la planta de Psiquiatría.

Ayer, una prima mía joven, aquejada de un cáncer de pulmón galopante, me pidió que le ayudase: pese a las quimioterapias y a sus ganas de luchar, se sentía débil, enferma, incapaz, y llevaba cuatro días con un dolor insoportable. Cien millones de improperios después por haberse dejado llevar hasta ese estado, le pedí que acudiese al hospital donde hablaría con los colegas de Oncología a ver qué se pudiera hacer por ella.

Al llegar la vi empequeñecida, hecha un ovillo, pálida, débil. Frágil. Una mujer que había sido siempre una chispa de vitalidad y que llevaba su casa, motor y guía, con la mejor de las manos. Pequeña cosa, acostada en una cama, llevaba días sin comer y sin beber, aquejada de un dolor lacerante que le impedía hasta hablar.

Los médicos la valoraron, le pusieron tratamiento; las enfermeras la trataron con mimo, le hicieron sentir cuidada, liberada del dolor que le impedía hasta pensar. Dos horas después, ya en el Hospital Onco-Hematológico de Día, estaba más serena, hidratada por los sueros y descansada por los analgésicos: la morfina es el mejor aliado del hombre, pocas cosas (la aspirina, los antibióticos quizá) la igualan, y pocas cosas hay más baratas y que cuesten más indicar, tristemente.

Cuando la fui a ver estaba dormida. La dejé descansar una hora más o menos. Estaba con los ojos cerrados, la expresión del rostro era plácida, se sentía cómoda, cuidada, mimada. La fragilidad de un cuerpo que se prepara a morir brillaba con la serenidad de los cuidados bien hechos, con la certeza de lo que no tiene cura llevado de la mejor manera posible.

Cuando pude volver a verla, ya despierta, me sonrió con una sombra de lo que aquella risa había sido, y me tomó suave de las manos. Lloró un poquito, como cuando no queremos ser vistos, añadiendo unas gotas de pudor a ese estado de débil fragilidad.

– Gracias…

Pero no había nada que agradecer. Mis compañeros estaban haciendo lo que deben hacer; llega un momento en la vida en que la lucha sólo se reduce (y nunca es fácil alcanzarlo) al confort, a la serenidad, a dejar que el pasaje más triste de todos se haga de la forma más digna posible, más fácil y certera. Yo sólo había pedido ayuda…

Ayuda, fragilidad, alivio. Para eso estamos aquí, en todos los estamentos de la Medicina. Pero también en los de la Vida.

Mi prima volvió a sonreír poquito, sabedora, porque todos los pacientes lo saben, que ya no hay mucho qué hacer, salvo recoger los restos de dignidad que nos quedan y que se resumen en la fragilidad de pedir ayuda, y que ésta nos hace en realidad más fuertes que nadie, más sabios y más generosos, y repartirla, liberarse de cualquier carga que ya las manos han dejado caer en parte, y prepararse para ese largo viaje sin retorno que en nada ata y que deja todo atrás.

En un mundo que nos hace creer en falsas imágenes, en fantasías banales, en sueños que no son nuestros deseos, la fragilidad del cuerpo y de la psique siempre están ahí para recordarnos de qué estamos hechos y hacia dónde vamos. Que todo lo demás: las mil preocupaciones, los anhelos, la posesión, los sueños, las relaciones, no son más que objetos sinuosos, sombras informes, niebla que se diluye con la llegada de la luz… La luz de la comprensión, la luz que sólo ilumina a aquel que ha dejado de luchar y que reconoce, que sabe, que la mayor fortaleza está en la entrega, encerrada en el momento más íntimo de fragilidad, ese instante en que dejamos de ser lo que creemos ser para llegar a convertirnos en nuestra esencia, en lo mejor que hemos sido jamás.

Y le doy las gracias a estas dos grandes maestras que me han recordado, en estos días de miserias personales, que nada hay más fuerte que la fragilidad, y nada más valiente que pedir ayuda. Y nada más generoso que darla sin medida.

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Otro yo.

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He tenido días mejores. He tenido mejores épocas. Fui joven, piel lozana que brillaba al sol y que ignoraba que lo era; semanas que pasaban una tras otra sin discontinuidad donde el corazón latía sin saber que vivía y soñando sin pensar que jamás se realizaría el material con que tejía esos sueños.

A veces me miro en el espejo y no me reconozco. No soy yo. Yo no soy yo. Porque yo era guay, era genial, reía espontáneamente, apenas dormía pero no tenía cansada la mirada y trabajaba sin descanso, sin ser consciente de que lo hacía, porque era feliz.

Todo me llevaba a ese estado de embriaguez: la inconsciencia de lo que está pasando, la excesiva confianza en el porvenir, esa rara facilidad de que todo ocurre porque debe ser así.

Pero ese yo, si fui yo, ya no existe. Ese yo que era todo posibilidad ha muerto en este otro que se ve en el espejo sin reconocerse, ya mayor, con canas en las sienes y ojeras perpetuas; cuyo cuerpo reclama un dolor, una digestión pesada y un rencor más grande que el corazón.

Ese reflejo no soy yo, no el que una vez soñé que sería. Y en este punto de la vida, en el que no puedo revivir hacia atrás salvo por tristeza, el desengaño de mi propia existencia me apuñala el alma y me vacía lentamente, desangrando mis ilusiones, perdiendo cada una de las esperanzas (¿las tuve alguna vez?), deshilachando el mundo de lo que puede ser y revelando el mundo de lo que ha sido, demasiado oscuro y gris e inútil que estalla hoy a mis pies.

He tenido temporadas mejores. Al menos momentos en los que este peso del mundo llevo mejor. Hoy ya no puedo con él. Hoy mi mente se acompasa con el corazón cansado y se imagina otros yo que pudieron ser mejores versiones de mí mismo, que supieron amar, que latieron aventureros, que vivieron una verdad que sigue quemándome los labios; me detengo en dibujar otros yo que amaron a pleno sol, que dejaron atrás ideas impuestas por otros, que hallaron un camino propio y cuyos errores asumieron como parte de la vida, esa vida que se regalaba feliz de tenerlos cerca. Cada recodo del camino, cada error, cada acierto, los han llevado a la meta de la felicidad: es instante alciónico en el que todo converge y que dura la eternidad de un recuerdo retenido, de una memoria evocada.

No lo sé. Pude tener tres hijos, o ninguno. Pude amarle a él de verdad, sin agobiarle con mi actitud pasivo-agresiva; pude desembarazarme de responsabilidades que no eran mías, pude mudarme y empezar de cero una vida que deseaba fuera mías: mi propio piso, mi trabajo, mi tiempo para mí mismo, sin justificaciones y, sobre todo, sin mentiras; creerme enamorado y sufrir por desamor, viajar sin preocupaciones y tener todavía algo de dinero para un capricho, o dos, o ninguno. Otro yo que no temiese abrazar a su amante a la luz de la luna, ni besarlo en una esquina recóndita, que lleva de la mano un pequeño, coleccionar amantes como se coleccionan cromos; olvidar el sufrimiento del mundo una vez se cerrase la puerta del hogar y vivir rodeado de belleza humana y natural, plantas y animales, ladridos de perros, trinos de pájaros y chirriantes gemidos de alarmas ajenas, música desafinada y, también, un toque desenfadado y hasta de mal gusto.

Otro yo que no se preocupase en exceso de la opinión ajena; que cuidase no hacer daño gratuito a los demás; que deseara su trabajo, que lo admirase y quisiese; que fuera impasible y dulce, imposible y cariñoso, callado y hablador por los codos, que fuera querido y admirado, un punto envidiado también, y difícil de olvidar… Alguien que no soy yo.

Pero ya nada es posible. El destino no gira de vuelta y no hay finales felices, no hay ni siquiera un final, si no un continuo de pobreza, aburrimiento, una vida gris dependiente de los demás, asqueado de lo que le rodea y con quienes trabaja, a veces lleno de miedo y otras tantas, presa de un arrebato de valentía que es un mal remedo de lo que una vez pudo haber sido. Y consciente de que, si pudiese hablar de nuevo con aquel chaval de veinte años que se creía capaz de todo, le diría que despreciase la admiración ajena, que jamás vendiera sus ilusiones por la vida de otros, que nunca aceptara llevar responsabilidades que no le correspondieran y que era libre de ser quién es, de vivir quién es y que jamás, jamás estaría en deuda con nadie aceptándolo. Que se mudara a Madrid, que se escapara a Menorca, que estar gordito es una opción tan válida como estar en forma, y que quererse a sí mismo es el mejor regalo y la única vía de vivir una vida plena.

En fin…

Otro yo no sería este yo. Sería una versión mejorada de mí mismo. Con su problemas, con sus defectos, pero sería pleno, contundente, pesado, hecho a sí mismo, único y feliz, por sobre todo feliz.

No como soy hoy.

He tenido días mejores…

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Metáforas (o cuando un médico intenta explicar lo inexplicable).

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Esta mañana, mientras realizábamos la ronda de visita a los enfermos, dos compañeros y yo charlábamos sobre las imágenes o metáforas que empleábamos para hacernos entender (es un decir) a los familiares y a veces a los propios enfermos. En contra de lo que pueda parecer, no es fácil, ya que la propedéutica y la semiología han creado alrededor del saber médico una barrera harto difícil de superar para el lego en la materia. Lo curioso es que ocurre con todas las profesiones: desde el carnicero al abogado (este último es cuando menos lo más enrevesado posible), desde el electricista al piloto de aviación, ese lenguaje críptico, edificado para facilitar la comunicación interprofesional, se vuelve una verdadera frontera fuera de los acotados límites de una profesión, y nada mejor para crear confusión y división que la incapacidad de comunicación entre seres humanos.

Dicho esto que no es fácil, en general procuramos disminuir el grado de tecnicismo a la hora de comunicarnos con los pacientes y sus familiares…Con resultados de lo más diverso. Hay excepciones, cierto es: trabajé con un colega que no se bajaba del tecnicismo ni que le cocieran vivo, no sé si por temor a perder su poder simbólico o porque realmente carecía del mínimo rapport a la hora de comunicarse con los demás del equipo no-médico que le rodeaba. A saber.

Una vez, siendo residente y rotando en el Servicio de Cardiología, iba a explicar a un familiar que su hermano había sufrido un infarto (del corazón, se entiende). La primera metáfora que me viene a la mente cuando hablo de las arterias, sean del corazón o del dedo del pie, es la de una red de tuberías (porque son tuberías, especializadas y maravillosas; pero llevan un líquido en su interior del punto A al punto B, vamos, mera plomería de toda la vida). Pues bien, tanteando el grado de formación intelectual de mi interlocutor puedo ir desde la semiología más purista hasta la imagen más sencilla que se me ocurra en ese momento (que puede pillarme con la imaginación despierta, por ejemplo a las cinco de la tarde; o aniquilada, como puede estarlo a las cuatro de la mañana). En este caso opté por la metáfora de las tuberías, ya que me parecía la más gráfica y sencilla de aprehender. Bueno, llevaba ya unos diez minutos de animado monólogo explicando cómo una cañería que lleva sangre al corazón se había tapado y de allí el infarto y que íbamos a hacer una prueba que intentaba sacar literalmente ese estorbo de la tubería, como si usásemos un desatascador de cañerías, para restablecer el paso de la sangre e intentar así que la zona de infarto fuese la más pequeña posible… Hasta que el familiar en cuestión me miró extrañado. Yo callé de inmediato esperando su reacción.

– ¿Es usted de verdad el médico?

Consideré durante tres milisegundos mi respuesta. Eran las seis de la mañana y llevaba unos diez minutos de explicación pormenorizada y muy sencilla sobre lo que le pasaba a un enfermo grave… ¿Y me preguntaba si yo era el médico de guardia?

– Es que no le entiendo bien, ¿no habrá alguien que sepa más de lo que le pasa a mi hermano?

El caballero en cuestión tendría unos sesenta y tantos años, claramente del ámbito rural, y meridianamente no nos estábamos entendiendo. O al menos yo no supe explicarme mejor, cosa que me parecía imposible porque consideraba que mi imagen de las cañerías era casi imbatible.

– Lleva aquí un rato hablándome de tuberías y obstrucciones y desatascadores y, perdóneme la imprudencia, pero no me parece muy profesional.

Menudo chasco a horas tan tardías. Suspiré buscando inspiración a la vez que intentaba no enojarme mucho con la situación. Si esto hubiese pasado a las tres de la tarde pues me hubiera reído, pero muerto como estaba a esa hora menuda la gracia que me hizo, yo allí dispuesto a desplegar mis armas dialécticas, y siendo despreciadas y aún puesto en solfa mi conocimiento sobre la materia en cuestión (aquí admito puntos de discusión, sin duda)… Vamos, menudo cuadro.

Resoplé de nuevo encontrando lo que consideré que era el punto justo de dignidad perdida: le comenté el caso como si fuese un profesional de la materia… Y se quedó muy satisfecho. Se hizo la prueba, se ingresó en la Unidad de Cuidados Coronarios con el infarto bien arreglado y todos contentos. Eso sí, no me entendió ni pío, pero pude ganarme su confianza en la incomunicación médico-paciente. Cosas de la vida.

Otra vez me pasó lo contrario. Habiendo ingresado a su padre en la UCI, una compañera médico de familia, que todavía no se había identificado como tal, detuvo mi perorata metafórica con un escueto:

– Soy una colega. Entiendo perfectamente.

Yo vi el cielo abierto. Le solté con sobria franqueza todo el discurso con pelos y señales sobre lo que le pasaba a su padre, los parámetros de función respiratoria y hemodinámica, el grado de Glasgow Coma Score, el resultado del TAC, etc. Cuando terminé, me quedé esperando alguna pregunta. No tenía ninguna. Me di cuenta que se había perdido a mitad del discurso. A veces no sabemos cuándo usar nuestras trilladas metáforas y cuándo es mejor tener la boca cerrada.

Con los cuadros que afectan al cerebro la cosa se complica un poco. Porque es un campo todavía medianamente explorado y muchas veces nos sorprende con sus respuestas. Las hemorragias intracraneales, los traumatismos, y sobre todo los cuadros secundarios a esas causas (que son muchos) son quizá de los más difíciles de transmitir y de entender: un paciente puede estar hablando perfectamente y al segundo siguiente entrar en coma, por ejemplo, o tiene un infarto cerebral por un trombo que obstruye las arterias del cerebro y al día siguiente lo que nos encontramos es una hemorragia gigantesca que lo lleva a las puertas de la muerte… El cerebro funciona con electricidad (no es el único órgano que se activa con esa energía maravillosa, pero es el que la emplea casi al 100%), cuando hay algo que altera la delicada estructura de las neuronas (las células cerebrales) éstas responden con chasquidos eléctricos, y a veces verdaderas tormentas eléctricas que se reflejan en convulsiones epilépticas o bien en estados de coma sin respuesta activa con el medio ambiente. La conversación que teníamos hoy durante el pase de visita trataba precisamente de la mejor metáfora para poder explicar a los familiares esa situación extraña de estar en coma porque la actividad eléctrica del cerebro era muy desordenada llegando incluso a sedar al paciente, intubarlo y conectarlo la respirador para ganar tiempo a que el cerebro se restituyese y calmase esas descargas erróneas. Yo alegué que usaba la metáfora de un cable enchufado al que se le da un tajo: hay chispas por todas partes y el flujo eléctrico de la habitación (o de la casa) se detiene, por lo que es necesario con la mediación detener ese desorden a la espera que todo volviese a la normalidad (no siempre vuelve a la normalidad, vaya por delante esta aclaratoria). Mi metáfora es simple, muy gráfica, pero yo mismo sentía que cojeaba. Uno de mis compañeros dijo:

– Yo uso la metáfora del ordenador.

Nos quedamos callados esperando su explicación, simple y perfecta:

– Todos tienen un ordenador en casa. Y todos sabemos que se cuelgan de vez en cuando. Pues les digo que el cerebro es como el ordenador, que a veces nos irrita colgándose y no hace nada. ¿Qué hace usted cuando el ordenador se le cuelga? Les pregunto. Todos contestan siempre: lo reseteo.

Sonreímos captando el mensaje.

– Pues al cerebro le pasa lo mismo. Cuando se cuelga, lo apagamos con medicaciones y esperamos un tiempo hasta encenderlo de nuevo… Y voilà!

Eso es una buena metáfora, porque todos la entienden. Y me la he guardado en el arsenal de recursos para la próxima vez que me encuentre en un aprieto.

La comunicación es vital. Evita malentendidos, resuelve entuertos, diluye al orgullo, tranquiliza a los corazones agitados. Quizá el empleo de un lenguaje técnico, tan propio de cada profesión en todas nuestras relaciones vitales, merme nuestra capacidad de entendimiento, y sin duda disminuye todas las posibilidades de identificación con nuestro interlocutor. Es nuestro deber como individuos minimizar esas barreras, disminuir esas limitaciones y encontrar un campo común de entendimiento y de comunicación, donde las emociones fluyan y también la comprensión y el respeto. En todos los ámbitos de la vida. Y eso incluye a los médicos que intentan explicar lo inexplicable a una madre, o una esposa, a un hijo, a un amigo que siente el temor de la pérdida a flor de piel en un maremoto que cambia vidas, que deshace mundos en apenas minutos, en unas horas, para siempre. La pérdida de la Salud, el túnel de la Enfermedad, la delicada frontera entre la Muerte y la Vida.

Y mientras tanto, lleno mi alforja de metáforas para poder comunicarme mejor con mis semejantes y para no sentir tan profundamente esa responsabilidad mayúscula de hacer lo mejor posible, con el menor daño posible, mi labor diaria.

 

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Entre la lluvia y el mar.

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a Cris Montes, que quería una historia sobre la vejez y el mar.

   Soy sorda desde los veinte años. Porque quise serlo. Y de a poco las palabras fueron muriendo en mis labios; a los treinta no tenía nada más que decir, y se apagó mi voz como la llama de una vela: sin estruendo y sin consecuencias.

Nos vamos quedando solos. Perdemos amistades como un árbol las hojas; solemos darle demasiada importancia al principio, como si la soledad fuese un enfermedad mortal, pero a todo nos acostumbramos; yo no tenía nada que decir ni que oír, así que todas las personas de mi vida se fueron yendo una a una dejando tras de sí un charquito de olvido. La muerte entra a visitarnos y se lo va llevando todo con una impudicia que deja de asombrarnos cuando nos hacemos viejos, cuando pasa el tiempo sobre los hechos y los recuerdos, borrándolos y extraviándonos, retratando lo que somos: un océano de olvidos. Un día descubrimos que no hay nadie que nos responda ni que nos acaricie, ni que nos haga la guerra ni que nos desespere en el amor. Y los sentidos se van apagando dejando tras de sí piel marchita y silencio. Así, opté por callarme pues ya casi no oía, e intenté ganarle una jugada a esa partida insaciable que es vivir. Pobre de mí.

Mis padres decían de mí muchas cosas. Esperaban maravillas, como si la vida fuese un desfile de vanidades. Nada hay más uniforme y gris que nuestra existencia, hasta la vida de otros, que de repente nos resulta más atractiva que la nuestra propia. Es un error, como tantos otros. Buscamos desesperadamente dejar una impronta en el universo; el universo que no deja jamás de cambiar, y se nos olvida -la vida es un océano de olvidos- que somos polvo y agua de mar y apenas un chispazo de inteligencia -a veces ni eso- que se apaga rapidito y rápido se disuelve en el espacio sin forma que nos rodea. He olvidado a mis padres como ellos seguro lo hicieron conmigo; apenas si recuerdo a algún amigo que intimó conmigo dos centímetros más de piel de lo permitido, y casi ni la recuerdo a ella, entre el claroscuro de pieles que se rozan a escondidas, el aire de su sonrisa, el trastorno de su piel bendecida sobre la mía, esos dedos, esa boca, ese mirar profundo.

Dicen que antes de que yo naciera no había llovido nunca. Al parecer la noche de mi alumbramiento el cielo se abrió en pedazos y cayeron rocas de cristal en vez de gotas de lluvia, se rompieron las piedras de los molinos y las fuentes se desbarataron ahogadas con tanto líquido. De los campos yermos brotaron hierba y flores, creció el trigo y se abrieron amapolas, y la playa seca se llenó de olas saladas de mar. Sé que después de que yo muera no lloverá jamás, pues de mis ojos salen las gotas de mar abierto y de mi boca sin voz, el aliento que sopla en la orilla de la playa. Una sibila lo pronosticó al pie de la cuna una vez comprobó que mi nacimiento cuadraba con sus anotaciones de maga, y el olor a incienso que salía de mi madre por ese umbral ya casi cerrado llenaba la habitación impregnándola de hechizo. La maga apenas me miró, una cosita forme y afónica, pues el designio estaba comprobado: el azul de mis ojos, ahora casi apagados, y el color de sal de mi piel le eran suficiente. Marchó de esa habitación con la satisfacción del deber cumplido y ese sereno orgullo que puede convertirse en suficiencia en las almas menos dispuestas. Mis padres vivieron un milagro y esperaron lo indecible. Pero nada llegó después de una lluvia interminable, ni siquiera el sol que seca la tierra y tuesta las pieles expuestas; y los triunfos bisbiseados por la bruja no fueron más que soflamas engendradas por un arrebato místico.

Crecí sin hablar mucho; no tenía gran cosa que decir. En mi casa las palabras se pronunciaban en susurros, casi no se oían, y se confundían con el lamento insomne del mar en la orilla. Me creí sirena, tritón, delfín y ballena, arenque y pescadilla, con cola de plata y escamas de estrellas, pero sólo era una niña sin nombre, un espíritu sin voz.

Durante un tiempo quise ser monja. La repetición constante de una labor silenciosa llenaba mi espíritu errante. Todas las tardes me acercaba a las hermanas, que rezaban sus letanías como en otras partes se repiten mantras, y me agachaba a fregar el suelo de rodillas con un cepillo hasta dejar la piedra blanca como un rayo de sol; desaguaba las letrinas, intentaba desviar el torrente de lluvia para repartir mejor el agua que regaba los huertos, y metía mi nariz en el horno con olor a harina, a azúcar y a almendras. Sus dulces cantos llegaban hasta mi pecho y lo hacían reposar, y sus dulces recién horneados premiaban mi labor, que sin embargo era tan desinteresada como placentera.

Pero no soy de acatar normas. Eso lo supe después, cuando el corazón desbocado prendió en las faldas de una novicia, cuya belleza hacía palidecer la luna menguante, el mar de estrellas titilantes. Quizá el sol de otoño se le pareciera, tal era su dulzura y su desazón. Nos encontramos una tarde solas, con la vida suspendida y arremangada entre las faldas, y nos besamos suave; un encuentro casual, una explosión de verdad y de sentimiento que nunca antes había conocido. Y se me revolvió el pecho con ideas inverosímiles, y conté uno a uno los pasos que me separaban de ella. Y recuerdo que sus ojos brillaban y que su cuerpo temblaba como el mío encendida de puro gozo, pero me equivocaba. Una tarde pregunté por ella, una tarde me dijeron que se había ido más allá del mar. En realidad se había quitado la vida, o eso me llegaron a decir las murmuraciones del pueblo vacío, ignorantes del puente que se había tendido entre una voluntad desflorada y una intención de acero. Tenía veinte años y me negué a oír más mentiras, más reproches. Nadie me entendió y yo me hice la loca; siguió lloviendo y el mundo tras la lluvia perdiendo días como los árboles pierden hojas, y de tanto silencio oído la voz se me pudrió y terminé olvidándola, como hacemos con los malos sueños.

La vida es atroz. A veces. La vida es un pestañeo, un presente continuo. Porque quiero echar la vista atrás y sólo me veo a mí misma ensimismada, a veces preocupada y muchas más triste; sin nada qué hacer y pendiente de todo, afrontando el sin fin de problemas de estar vivo sin más intenciones que deshacerme de ellos, como perdí la voz, como cerré mis oídos al ruido exterior. Me hice marinero, me hice costurera, me hice secretaria y alfarera: no entendía los dictados, como mecanógrafa daba dolor; el barro se escapaba de mis manos y sólo daba vida a informes masas de barro cocido que intentaban parecerse a ella; de ese amasijo rojizo sacaba yo la semejanza de un gesto, el eterno huir de un mohín, de una mirada, de una sílaba. Pero me engañaba.

Quisieron casarme con el poderoso del pueblo. Feo como una mentira, rico como un sueño. Ni asentí ni me negué, e intentó navegar, en una noche de bodas, sobre mi cuerpo callado; me arrancó un gemido, me cosió a besos. Yo me dejé hacer porque el olor de su piel era muy parecido al de ella; dejaba siempre la ventana abierta para que la resaca marina se mezclara con mis recuerdos. Él creyó poseerme, creyó hacerme feliz. Cada quien llega a pensar lo que más desea sobre el otro. Yo le dejé hacer. Me estorbaba a veces; a veces me decía que le cansaba mi silencio. Yo le miraba como quien ve más allá, y de hecho veía más allá arropada por el olor de esa piel que era como la de ella, y quizá el brillo de sus pupilas y esa oración extraña que salía de su boca cada vez que se adentraba en mí buscando sosiego.

Aquel hombre quería tener hijos, como si eso garantizase un rasgo de inmortalidad. Yo estaba seca desde aquel día, o eso creía. Me miraron mil galenos como si fuese un meteorito, como un fósil de otra era. Podía oír y no escuchaba, podía hablar y no emitía ni una queja; tenía lo suficiente -lo suficiente- para preñar y nada ocurría. Quizá el mal -de serlo- no estaba en mí, pero a nadie le importaba. Así transcurrió un tiempo eterno hasta que me abandonaron como un caso perdido -un caso perdido- en una cabaña que, oyendo mis deseos, estaba a diez metros del mar. Y allí me he quedado hasta hoy.

Dicen que antes de que yo naciera no había llovido nunca. De mis ojos brotan todas las lágrimas que hacen eterna la lluvia. Mi voz es oscura como una caverna, los truenos que rompen las fuentes son un pálido eco de mi continuo gemir. Dicen que cuando muera no lloverá más. En mi memoria la sibila dejó grabados muchos designios sin forma que parecen haberse cristalizado en ese tiempo eterno que es nuestro interior. Puede ser. Ya nada me ata a esta tierra tan huidiza, tan cobarde. Hubo un tiempo en el que me dedicaba a pescar sueños como otros banalidades; no tuve mucha fortuna, pues no seguí ninguno; hubo un tiempo que perdí pensando en ella, sintiendo en ella, intentando entenderla, y volví a perderla, esta vez en los recovecos de mi memoria. Y me dejé llevar…

Ya estoy vieja. Lo he estado -¿cuándo he dejado de estarlo?- desde que ella huyó de la vida -de esta vida bendita- de nosotras dos. Pudo haber habido alegrías y algún rencor; pudo haber habido una casa blanca cerca del mar, con las paredes encaladas y los puntales de granito al aire resacoso. Pudo haber habido noches de calor, mañanas de sosiego, caricias y risas y desvaríos; algún regalo, algún susto, una enfermedad callada y finalmente una tumba, la separación y el recuerdo. Pero la vida está hecha de huecos vacíos donde campa el olvido como otros tantos recuerdos: los rasgos de mis padres se han perdido en los vericuetos de la memoria floja; su propio rostro, sus rasgos, esa sonrisa, su voz. Nada merecía ser oído una vez se hubo ido. Nada merecía ser dicho, una vez las palabras destinadas a ella no llegaran a su corazón. Por eso ensordecí, por eso callé hasta olvidar cómo hablar, hasta perder toda habilidad de emitir algún sonido, salvo su nombre: Amor… Siento que mi vida es una bendición truncada y mi longevidad una broma de mal gusto -toda vejez lo es. Haya paz…

En el pueblo me creen loca; los chiquillos se alejan de mí, poseedora de poderes más allá de la razón. No tienen razón, pues nada sé -quizá sólo la receta para estar en paz. Pero es tan fácil…

Entre la lluvia y el mar mi vida se va apagando. No me inquieta: lo estoy esperando. La resaca de la orilla me acerca a mi vida: es informe pero densa, puede ser explicada pero a nadie le importa, y todo pensamiento es un lastre que me impide un viaje que deseo emprender cuanto antes. Me apresto pues…

Allá voy…

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Me tenías.

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Me tenías. Todo. Entregado. Embriagado. Y, ahora lo sé, aburrido.

Me tenías. Porque te quería. Te quería con un amor inmenso, de tan vasto que el mar se quedaba pequeño encerrado en mi pecho. Me tenías. De día y de noche, en cada pensamiento, en sueños y en anhelos. Te quería con un amor que hablaba por los codos y regalaba todos los días con libertad. Me tenías. Pero no fue suficiente.

¿El día a día aburre? ¿La misma sonrisa, el mismo abrazo, la caricia que termina en el misma piel? ¿La novedad se diluye en el amor y se transforma en cariño sencillo, en simple quizás?

Si me tenías, ¿por qué te lanzaste a buscar otro puerto? Si me querías, ¿por qué me engañabas una y otra vez? Si te amaba hasta la ceguera, ¿por qué cruzaste la frontera de otro cuerpo, llegando a los límites de otros besos, escondiéndote en otro pecho que no era el mío?

Si me querías, ¿por qué te desnudaste con otro, por qué fundiste tus labios, que eran míos, con los de otro?

No pensante en el daño que me hacías, en la herida que te hacías a ti mismo, queriéndome de mentiras, deseándome con sensualidad dormida, destruyendo poco a poco la mitad de mi alegría.

Me tenías y no pareció importarte; si me tenías, no pensaste que podías perderme tan fácilmente. Si me tenías, si me querías, ¿por qué cambiar esta realidad por una fantasía?

No lo sé…

A veces quisiera volver a verte. Saber qué es de ti. Me dicen, me comentan, con tono condescendiente, con susurro de chisme. Pero no me importa. Yo sé que era tuyo; yo sé que me había entregado a tu destino, a tus sueños, a tu inspiración. Y me dejaste.

A veces me descubro pensando en ti. Y te imagino desnudándote lentamente, perdiendo el pudor entre risillas tontas y caricias torpes. Como hicimos una vez. Y hallo en esos recuerdos la exaltación de una sensación, la sorpresa de un sentimiento que apenas hace cosquillas en mi corazón. Ya no.

Me tenías. Todo. Y me perdiste por jugar, por forzar la realidad. Todo. Y yo perdí la mitad de mi alegría, la mitad de mis sueños, la mitad de mi vida. Ese cosquilleo maravilloso en los dedos, el encuentro frugal de los labios y el abrazo interminable de la costumbre.

Sé que algún día verás que me has perdido. Te darás cuenta que la idea fugaz de la pasión no casa con la idea de un hogar, de una casa con las puertas abiertas y la cama recién hecha. Sé que sabrás que todo eso lo tenías conmigo cuando me querías, cuando me tenías.

Pero preferiste saltar al abismo de otros cuerpos, nadar en las aguas bravas de la incertidumbre… Y me dejaste queriéndote, todo tuyo, lejos de mí mismo y quizá hasta de ti.

Ya no te extraño. Cuando te evoco lo hago con una cierta sonrisa, y una melancolía leve, que me araña el alma, que tiñe a veces de tristeza la mirada que se posa en el balcón a las seis de la tarde. Y ya no te deseo mal, ya no quiero que tu cielo no se encienda con estrellas ni que la luna no tatúe el viaje de otros labios sobre tu espalda. Ya no espero verte regresar con la moral por los suelos y los ojos hinchados por la realidad. Ni siquiera suspiro por ti cuando pienso en ti, ni cuando la canción que era nuestra salta desprevenida en la radio, ni cuando tropiezo sin querer con algo que te pertenecía: una camisa olvidada, la entrada del último concierto al que fuimos juntos y la última foto que te saqué, mientras salías por esa puerta para nunca más volver.

Me tenías. Y era maravilloso. Y me tenías y era mi mundo ese amor. Y mi pudor era tuyo, y mi cuerpo era tuyo, y mi corazón, que te comiste a bocados tan grandes como esa boca ansiosa. Y me tenías, y era maravilloso…

Y te diría… O me callaría… Cuando me tenías no había secretos, no había límites. Ahora, qué más da…

Tú me tenías… Y ahora, ya no.

 

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El viaje.

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Un amigo en la distancia de las redes sociales ha querido a través de este blog transmitir su vivencia como paciente ingresado en una UCI. Lo ha titulado El viaje y así es como lo presento. Una forma más, de las mejores quizá, de intentar humanizar un trabajo como el nuestro, que apenas se conoce, pero que, muchas veces, deja el mejor sabor de boca cuando se logra alcanzar ese tiempo de curar.

  • Todos hemos viajado alguna vez a algún lugar con la familia, amigos o
    pareja, incluso a veces solos. Un viaje a un lugar soñado, a visitar a alguien,
    o simplemente hemos viajado mientras dormimos, a través del
    subconsciente.
    Este viaje es un viaje diferente, un viaje que no sabes cómo empieza ,ni
    cómo acabará.
    Recientemente me comunicaban que soy enfermo de Crohn, lo que es la
    enfermedad, y las pruebas y tratamiento que tendría que seguir. Tras una
    primera introspección y varias pruebas médicas, además de mucha
    información, me costó un poco digerir que mis dolores intestinales y viajes
    continuos al baño, estaban anunciando eso. El mensaje que tuve durante
    los días que me costó asimilar todo, sería: Acepta y entiende que siempre
    te acompañará a lo largo de tu vida. Lo mejor es aceptar las cosas lo antes
    posible, ser positivo, y seguir, en el fondo seguir el viaje. Tras muchos
    meses para llegar a ese diagnóstico, y mil pruebas y noches de urgencias,
    descubres lo fuerte que eres, y como actuamos, o como nuestra mente
    tiene mecanismos ante la adversidad.
    En pleno tratamiento, ya llevo dos meses con cortisona, empezamos a
    bajarla, y a ir incluyendo un inmunosupresor, que sería el tratamiento de
    largo recorrido. Todo iría bien, hasta que viajando por donde mi digestivo
    me iba llevando, se cruzó en mi camino una Gastroenteritis Aguda, que
    desembocó en una sepsis que me tuvo 8 días en UCI, y 7 en planta.
    Esta es realmente la parte más importante del viaje, mi viaje. En ese
    contexto no eres consciente de tu gravedad, del fallo renal, de las 48
    primeras horas, en las que mi viaje podría haber acabado. Vas superando
    obstáculos. Se hace duro si no fuese por el equipo médico, que además de
    su trabajo intenta hacerte sentir lo mejor posible, incluso te hacen reír si
    te ven decaído. Muchas horas de soledad sin tu familia, tan solo con la
    opción de una hora total al día para visitarte. Es el segundo día y me hacen
    un cateterismo en la cadera para iniciar mi diálisis, 4 sesiones, ya que mis
    riñones no pueden con tanta infección. Tranquilo, todo saldrá bien, me
    dijo Andrea, una de mis compañeras de viaje. Y salió.
  • Al día siguiente empezaron a mejorar las analíticas, según la doctora, y
    ellas se iban alegrando, porque estaban consiguiendo sacarme de toda esa
    gravedad. Fue de lo poco que supe. Vas mejor. Es viernes por la mañana y
    me llevan al hospital Provincial (Universitario de Alicante) para ser más
    exactos, porque tuve una pequeña molestia, y querían descartar algún
    posible fallo cardíaco. Ahí me empecé a preocupar, y me prometí a mí
    mismo que dejaría de fumar si todo estaba bien, y lo estaba. Corazón
    perfecto, y viaje de vuelta en S.A.M.U. con dos grandes profesionales que
    hacían mi viaje más divertido. El martes siguiente me despedía de mi
    estancia en la UCI para cambiar de habitación. Esta vez en planta. Estaría
    unos días más, pero ahora sería un viaje más relajado y sin tantas prisas ni
    sobresaltos. Estaba a punto de llegar al destino, un destino feliz.
    A pesar de todo ello, de la dureza del diagnóstico al ingresar, lo más difícil
    fue asimilar lo que mis padres habían sufrido. Mi madre estuvo días sin
    dormir llorando, mis amigos no podían verme, y a pesar de estar
    informados, no podían visitarme. Viajé con una mochila vacía,que sin
    saber se fue llenando, y que a los días de mi salida del hospital, me hizo
    sopesar de golpe la carga sin compasión, haciéndome entender mi
    gravedad, todo el sufrimiento de los míos, entender que todo pudo acabar
    sin haber dicho muchos te quiero y haber sentido a mucha gente que
    quiero.
    Lo que me ha llevado a escribir estas palabras, es vaciar esa mochila, e
    incluso que pueda servir mi experiencia en alguno de vuestros “viajes”.
    Sed felices y disfrutad cada momento. Yo lo hacía, ahora más si cabe.
    Gracias Juan Ramón por cederme tu espacio. Además de que sabrás de
    que hablo medicamente, tu eres una de esas personas que seguro
    colaboran en hacer estos viajes más livianos.
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Un día más/ One day more.

   bbbEn el Pasillo de la Salud Perdida los días se miden uno a uno. Hora a hora. Y las pérdidas, damnificadas en años sin restauración.

   Cada paso adelante es una esperanza; cada cambio una ilusión; cada día una misión. La de ponerse bueno, la de restablecer la Salud.

   Pero no es así.

   En el Pasillo de la Salud Perdida cada día es una guerra; cada hora, una lucha que parece perderse continuamente; el tesón del corazón, el acero de la esperanza, se estrellan con noticias que son acero puro, con el afilado borde de la realidad.

   Cada día parece una batalla acabada, contada en pérdidas, en sangre derramada, en dinero desechado, en ilusiones rotas.

   Pero el corazón es un tirano y la mente una creadora de sueños. Un día más, decimos con un eco entre las paredes de ese pasillo de larga eternidad. E intentamos sonreír en nuestra ignorancia, e intentamos buscar razones a lo inexplicable, y a veces buscamos a Dios entre la bruma de las dudas y hasta a veces lo encontramos.

   El aliento se pierde, la esperanza se fractura, la sonrisa se congela, la angustia prevalece, el miedo agarrota, la duda crece, la confianza flaquea. Y nos llenamos de preguntas que no tienen respuesta, de pensamientos que parecen inmundos y de un cansancio de mundo.

   El enfermo que sufre; la familia que espera. El enfermo que espera a sanar; la familia que sufre sin límite de tiempo, sin frontera visible. Salvo un día más.

   Un día más para soñar que todo puede ser posible; un día más para esperar que la Salud llegue; un día más para poder continuar adelante con las fuerzas mermadas y el alma agotada.

   Un día más para seguir en el mismo punto muerto y en el largo pasillo que dibuja las sombras oscuras del corazón.

   Un día más. Y todos los días lo mismo.

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