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La historia de los Otros

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Esta noche ingresé un paciente con un ictus isquémico grave. En coma. Las posibilidades de que mejore son remotas, pero siempre cabe la posibilidad. Lo más probable es que evolucione a lo que llamamos sufrimiento cerebral por edema y finalmente el cerebro sufra tanto que alcance el estado clínico de muerte cerebral, con lo que estaría oficialmente muerto aunque el resto de sus órganos sigan cumpliendo su función durante un período de tiempo corto (ésa es la ventana que empleamos para solicitar la donación de órganos) . Pero también cabe la posibilidad que la enfermedad se estanque y permanezca en coma durante un período de tiempo variable.

Intenté explicárselo a la familia. A la esposa del enfermo y a sus dos hijos. No estaba yo en mi mejor momento y sentí que no establecía una relación fluida con esa familia. Reculé en mi explicación varias veces: era demasiada información nueva en una situación crítica para ellos; pero tengo el convencimiento que deben saberlo todo, y refrescárselo diariamente conforme la evolución del enfermo, para que no haya sorpresas ante informaciones que parecen salidas de ninguna parte. En general, les digo que no se abrumen ante tal cantidad de datos, pues todos los días ajustamos la información conforme veamos la respuesta del paciente.

Con ésas, estuve más tiempo del habitual con la familia.

Y mientras tanto, tuve la oportunidad de observarlos en la distancia. La vida de los Otros esconde historias que desconocemos y con las cuales no conectamos, pues no nos importan en exceso. No es mala esa postura vital: no podríamos estar languideciendo diariamente con el peso de los problemas del mundo y los nuestros propios. Sin embargo un ejercicio así, observar e intentar identificar puntos claves en la vida de quienes nos hablan para poder entenderlos y amoldarnos a las necesidades del presente, debería ser una función obligada para los profesionales de la salud, y en todo caso también para todos aquellos que trabajan de cara al público (en la vida personal, las cosas se encuentran demasiado imbricadas para poder alcanzar el grado de racionalidad necesaria para desligarse de lo observado y poder juzgarlo de la manera más justa). Y no me refiero aquí a técnicas de coaching (tan en boga actualmente), si no a algo más sencillo, y por lo tanto abandonado, como es oír a los demás, escuchar lo que quieren decirnos, para así llegar a entenderlos, no a identificarnos, si no a comprenderlos.

La mujer del enfermo, abrumada, intentaba absorber una información que se le escapaba: llegó a decirme que no estaba lo bastante formada intelectualmente para entenderlo. Una de sus hijas, incapaz de soportar la probable muerte de su padre, o cuanto menos un grado de minusvalía muy profundo, resoplaba incrédula: su mente, bloqueada, se negaba una y otra vez a entender la evidencia. Eñ hijo, quizá algo abrumado pero con cierto resquicio de sentido común, asentía alerta: puede que no comprendiese todo el proceso que le estaba explicando, pero había conseguido aprehender el mensaje: que estaba tan grave que quizá no sobreviviese al episodio.

En medio de mi perorata inútil, adquirí esas sensaciones e intenté incorporarlas a mi discurso. Me dirigí primero a la mujer del enfermo: con palabras sencillas comprendió que podía llegar a morir en las siguientes horas, o, si sobreviviese, el grado de daño cerebral sería muy grave. Los adultos están mucho mejor preparados para la muerte de alguien querido de lo que creemos. Pero mucho más. Asintió, tranquilizándose: esa poca información le era comprensible y encajaba en su forma de pensar. Ahora podía esperar lo peor o lo mejor con más tranquilidad.

La hija, cuyo miedo a enfrentar la muerte era quizá superior a cualquier explicación racional en alguien que se veía intelectualmente educado para ello, carecía de la madurez emocional de su madre: la información le fue administrada con cuentagotas, asegurándole que cada día recibiría un refuerzo de la lección dada y un gramo más de profundidad necesaria. El hermano, cuya comprensión o al menos aceptación facilitaba las cosas, sólo necesitó un resumen muy abreviado de lo que podría pasar: esto, eso o aquello. Asintió y se levantaron.

Los acompañé a la puerta como siempre hago (también al comienzo les saludo y les deseo buenos días, tardes o noches, aunque muchas veces se me olvida decir mi propio nombre) y les despido a cada uno con una palmada en la espalda: hay algo en el contacto físico que regenera energía, que da confianza; la barrera del rol que jugamos desaparece por un momento, estableciendo una corriente de simpatía empática, de humanidad dosificada, que quiero que ellos sientan y que yo no pierda.

Cada paciente que se sienta ante un médico desea ser oído. Necesita ser escuchado. Para poder saber qué le aqueja, sin duda, pero sobre todo para poder desplazar sus angustias, retratar sus miedos, y afrontarlos. Cada narración lleva emparejada no sólo el nivel educacional de la persona, si no su historia personal, social, íntima. Los hábitos diarios, los miedos irracionales, la depresión profunda o el exceso de optimismo, el ambiente de trabajo, los problemas familiares, toda esa maraña que conforma una vida humana cargándola con los hábitos que llamamos vida que se vive.

Cada persona es una experiencia, un mundo; cada paciente, y cada familiar de paciente, traen consigo el intrincado tejido de sus historias personales, experiencias que llegan hasta nosotros, sentados en una cierta posición de poder, para que las valoremos en su justa medida. Y no es algo fácil.

¿Qué esconde las relaciones humanas? Algo muy sencillo: queremos ser oídos, queremos ser entendidos, queremos ser aceptados. Y no es empatía de lo que hablo (o no más que la de darnos cuenta que nosotros también llevamos a nuestras espaldas la narración inacabada de nuestra propia vida): es sencilla interacción con el Otro que no somos nosotros; es darle importancia capital a una vida que de otra forma no nos interesaría en lo más mínimo, pero cuya comprensión nos permitirá no sólo ayudarla en el plano sanitario, si no en uno más holístico, más completo, más metafísico quizá: en su estructura como ser humano.

En una sociedad que tiende cada vez  más a la individualidad (nunca ha dejado de estar abocada al individuo en solitario), saber que los demás con los que interaccionamos a diario poseen miedos, frustraciones, expectativas y desconfianzas tan parecidos a los nuestros propios, hace que seamos más sensibles a escucharlos y a aceptarlos.

La historia de los Otros no es una noticia en el telediario, ni el rápido intercambio de un buenos días, ni la compra o la venta de un artículo (incluso la propia carne humana); es algo más. Es aquello que nos permite afrontar cada una de las oleadas de la existencia, que nos impide evolucionar o nos protege o nos impele a cambiar. Estar dispuesto a escuchar y a aceptar la historia de los Otros puede que no nos haga mejores personas, pero desde luego nos hace ser seres humanos más comprensivos y abiertos a la verdadera Vida: multifacética, vibrante, herida, curada, melancólica o alegre, y quizá nos acerque a la aceptación de lo distinto al vernos reflejados nosotros mismos en ella.

La historia de los Otros, a la postre, no nos es ajena: es la nuestra propia. Con otra voz, con otros matices, con otros disfraces. Pero sus ecos resuenan en el universo y en nuestro propio corazón, y hace que se satisfaga el único deseo verdaderamente humano que encierra una relación personal: ser oído, ser atendido, ser escuchado, ser comprendido, ser aceptado. Y seguir adelante.

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Tan cerca, tan lejos

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Suena la música. Lo ha estado viendo toda la noche. Se conocen. Por internet, ese mundo virtual donde todo es posible, hasta el roce si la imaginación se acerca lo bastante, y hasta el enamoramiento, que no es más que una ensoñación más consistente.

Quedaron una vez para un café que se prolongó una hora más de lo debido y que dejaron a medias porque había un compromiso que cumplir. Uno se dijo que la próxima vez sería mejor, el otro creemos que ni pensó que la hubiese.

Pero la hubo. Uno llegó tarde mientras el otro deshilachaba el cojín roído de un café venido a menos; ya no había la clientela que le daba modernidad. Por eso le gustaba: un local curtido sin estar derruido, con ese encanto decadente de lo hermoso que es olvidado.

Llegó tarde sin prestarle atención, un lío quizá o un embrollo o una mentirijilla. Ambos lo saben: no le dan importancia pues a uno sólo le importa verlo a su lado y al otro le trae sin cuidado. Pero sonríe, porque quien le espera le trata bien sin motivo, sin esperanza alguna. Hay personas inalcanzables por muchas razones, físicas la mayoría de las veces; a veces hay otras parejas, pero la fluidez de los tiempos modernos hace olas de esos escollos que ya no importan mucho; en general son prejuicios incómodos, vanas leyes con las que nos gobernamos a nosotros mismos. A pesar de todo le gusta su cercanía, que mantiene a buena distancia, y la compañía eterna de su móvil le ayuda a pasar el rato.

Piden un café. Perdón, unas tostadas de pan integral y tomate natural. Y stevia. Uno no ha podido merendar; el otro sólo come con los ojos de lo a gusto que se encuentra, viéndolo tan cerca, aunque tan lejos de tanto que se abstrae con el móvil. Y, aunque atontado, no es lo bastante tonto como para no ver que se distrae demasiado tecleando y no respondiendo a una conversación que se va pareciendo más a un monólogo.

Y mientras come las tostadas y el café con edulcorante, absorto en el hambre que se sacia, habla de naderías, como con un desconocido con el que comparte ciertas aventuras a distancia, a veces con material gráfico, la mayoría en realidad con frases que pueden sonar tópicas y manidas, pero que en ciertos corazones dejan un huella imborrable.

Uno es el mar que todo lo arrastra y el otro la arena que todo lo absorbe. En un momento se sonríen, cuando las dos manos se encuentran buscando aceite y azúcar blanquilla. Y esos ojos brillantes y esa nariz perfecta, y esos labios abiertos le dan vueltas a un corazón al borde del enamoramiento. Uno de los dos se da cuenta y recula. El otro capta la maniobra de repliegue y cambia su expresión, tornándola anodina. Tan cerca, tan lejos.

Y esa noche vuelven a encontrarse. Uno acude a la cita porque cumple con un compromiso de patrocinador de carrera incipiente; el otro, porque ha sido invitado paralelamente, tras correr la invitación por seis pares de manos antes que en las suyas, y sólo aceptó ser el tercer plato porque el nombre de aquél estaba grabado.

Se abrazaron como si no acabase el mundo, y sin que nadie les viera, se acariciaron la oreja con una complicidad ínfima. Unas palmadas en la espalda, una sonrisa a medio hacer, un autorretrato con signo de victoria muda, y se despiden porque llega el siguiente invitado. Tan cerca, tan lejos.

Y las miradas se encuentran de vez en cuando, entre la marea de gente que va y viene. La música comienza a sonar y los pies se animan y el corazón se inflama de esperanzas vanas. Se convence a sí mismo que es lo mejor, y aprovechando un raro momento de soledad, se acerca al otro para invitarlo a bailar. Alarga la mano, y al llegar a su altura se quedan mirando cómplices. Todo parece cambiar, alarga su brazo y lo lleva a la palma de la invitación… Y lo transforma en un apretón de manos. Unas palabras vacías, pero muy educadas, salen de esa boca que besó sólo una vez en un encuentro fugaz que tuvieron, donde las esperanzas se encendieron de nuevo, tan cerca estuvieron, y tan lejos…

Suena la música. Está a unos diez pasos de él. Se lo sabe de memoria. Cierra los ojos y dibuja cada poro de su piel, cada tatuaje escondido y cada átomo de su aroma, que se ha grabado en la memoria. Y su sonrisa, que ya no encuentra… Tan cerca están uno de lo otro, y sin embargo tan lejos de lo que pudieron haber tenido…

Suena la música. Se conocen. Se han estado viendo toda la noche. Uno para acercarse, el otro para alejarse. Quizá fue un error por su parte; quizá el pobrecillo no puede entender que alguien así se fije en él sólo por agradecimiento, o lo que es peor, por condescendencia… Se siente generoso por haber regalado su compañía a un admirador tan caluroso, y con eso, tiene bastante…

Y como se conocen, uno teme que haya sido sólo eso; el otro está convencido que así es suficiente… Quizá pudiera haber sido de otra manera si… ¿Para qué perder el tiempo que es oro?… ¿Quién sabe? Sólo sabemos que uno y otro es tan tan cerca que casi pueden olerse, besarse, acariciarse y ser uno solo, pero están tan lejos que nunca podrán saber lo muy felices que ambos serían jamás, si se dejaran la oportunidad de conocerse mejor y de seguir juntos un tiempo más.

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Lo conozco bien

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Lo espero. Llega un poquito tarde. No lo tiene por costumbre. Antes avisaba; un guiño por el teléfono, una palabra bonita; no necesita más. Ni él ni yo.

Me hizo fácil el amor. O eso pensaba. No sabía lo que era, ni siquiera qué debía hacer para amarlo. Durante un tiempo iba a tientas, como evitando sobresaltarlo mucho, que lo hacía: al mínimo contacto apartaba la piel y fruncía los labios cerrándolos contra los míos.

Aprendemos pronto que nadie nos apoya siempre, que todos tenemos un muñeco roto dentro del corazón. Supe muy pronto que esa espina clavada en el mío era él.

¿No sería estupendo llegar a comprender por completo a otro ser? Que la pasión no nos ciegue hasta el punto de disfrazarlo con sensibilidades que no tiene, con argumentos que nadie desea. ¿No sería más fácil entrar con los ojos abiertos en el amor?

Yo quería que me mimase, que se ocupase de mí, que me preguntarse al llegar el día qué tal estaba, que dejase flores en la mesa, que apagara la lamparilla de noche una vez hubiésemos acabado nuestro ritual de huida. Yo quería que fuese lo que había soñado. Pero no fue así. Necesité tiempo para conocerlo, para no esperar de él aquello que no estaba dispuesto a dar. Y era tan poco…

Lo conozco bien. Ahora. Cuando creo que se ha cansado de mí, cuando me veo y no le veo, cuando supongo que me apoya pero no lo demuestra.

No sé. Quizá pude haber hecho las cosas de otra manera, evitar forjarlo con una imagen idealizada que no era; forzarlo a una intimidad que lo intimidaba, hacerlo quererme cuando sólo deseaba admirarme; hacerlo amante cuando sólo deseaba ser amigo.

Y sin embargo… Fuimos felices juntos. Pudimos haber sido de ambos, pero él nunca quiso ser de mi propiedad. Y me acostaba con una frustración encerrada en el pecho mientras él dormía, y me despertaba con una esperanza vana que se deshacía de inmediato.

Quizá pude ser más el amigo que el amante; ese que poco importa, al que se olvida y se llama sólo cuando se lo necesita…

Estaría bien, me digo. Porque así puedo gravitar más a su lado. Pero él posee sus propias fantasías, sus verdaderos sueños, y yo nunca he formado parte de ellos.

Y debo darme cuenta que nadie se entrega en totalidad al amor; que todos tenemos leyes no escritas que afectan las fronteras de una relación de dos, y que todo amor no es más que una batalla llena de egoísmos.

Lo espero. No puedo hacer nada más. Quizá si hubiese sabido desde el principio cómo era realmente no me sentiría así, destrozado, mientras espero por él. Tal vez si le hubiese prestado más atención y mucha más a mí mismo, no estaría pendiente de su llegada…

El amor jamás es perfecto. Se desborda y mancha, y embota los sentidos y nos hiere… Y nos creemos generosos cuando en realidad nos quemamos en las llamas de un puro egoísmo…

¿Quién lo sabe? No importa que haya cambiado mi mundo patas arriba; que haya dejado un trabajo brillante por otro más mediocre; no importa que de la caricia matutina no reciba más que migas y que en la noche no tenga más energías que la de quedarse dormido. No importa que nunca me llame o me mande un mensaje cariñoso, que no me avise dónde se encuentra ni con quién está… He llegado a la conclusión más dolorosa: nunca le importó ser mío y nunca lo será.

Me ha llevado tiempo darme cuenta; me costó llegar a entenderlo. No lo justifico: me ha hecho daño. Supongo que es el destino de las personas no amadas. Ahora lo puedo decir: no me ha amado nunca, o lo ha hecho de una manera que me ha dejado frígido, inapetente.

Ahora que lo conozco bien, no era a mí a quién quería. O no como yo quería en verdad. ¿Es una locura saber sin saberlo, engañarse a sí mismo, obviar las señales más evidentes, cerrar los ojos a la realidad? Yo lo he hecho… Así que puede ser.

Llega un poquito tarde, como queriendo alargar una sentencia de muerte sobre algo que yace inerte a mis pies. Lo espero, aunque sé que no vendrá. Es demasiado valiente para conquistar y demasiado cobarde para despedirse. Así es él… Y así quise quererlo. Lo sé: lo conozco muy bien.

Miro el reloj. Me levanto lentamente. Pago, de más. Ya no me importa. La última vez, la primera… El amor no es esto… Quizá el desamor lo sea. Lo conozco muy bien.

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Tiempo de curar

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Estos días tuve la suerte de reencontrarme con un amigo de la infancia y adolescencia, compañero de clase desde principios de la formación hasta terminar, graduándonos juntos tras aprobar las pruebas de acceso a la universidad, cada uno a una carrera, él, todo lógica y análisis, con esa visión fascinante de hombre renacentista, se inclinaba por la ya naciente Ingeniería de Sistemas (llamada posteriormente aquí en España: Informática) y yo, todo lo clásico que se puede ser a los quince años, Medicina.

Todo me gustaba de él: su voz, su análisis de las cosas casi nunca errado, su constancia, esa muestra disciplinar de un talento que parecía brillarle en los ojos, el inmenso atractivo en el que se aúna cierta dosis de humildad, un punto de orgullo y un corazón generoso.

Treinta años después de nuestro último encuentro, el destino puso nuestros pasos comunes estos días en Madrid. ¿Mentiría si dijese que estaba ansioso por el reencuentro? No. Lo curioso es que no estaba nada nervioso, y aunque había visto ya fotos suyas en el mundo virtual y había leído, primero su blog y posteriormente sus libros, tampoco me preocupaba cómo lo encontraría. Quizá era un exceso de entusiasmo o, más certeramente, una carencia total de preocupación por los detalles. A veces soy así de despistado o de pasota, según se mire.

Con una puntualidad exquisita nos encontramos en Gran Vía. El mejor lugar para no hallar a nadie, entre la marabunta de gentes que allí cruzan día y noche, pero lo reconocí en seguida: alto, con su pelo oscuro con algunas hebras de plata en las sienes, sus lentes mostrando esos ojos hambrientos de información como siempre habían sido, los mismos ademanes y en el rostro, ni un rastro de esos treinta años que se han ido entre nosotros.

Nos abrazamos y empezamos a hablar desde el primer instante, como si nuestra conversación sólo llevase el paréntesis de unas horas y no de tres décadas.

Entre lo mucho que charlamos y el tiempo que fluía con una velocidad suspendida, entre lo mucho que nos preguntamos y que escuchábamos, me hizo una acotación que me dejó un tanto descolocado y que respondí saliendo del paso, por inesperada sin duda, pero sobre todo porque jamás me había parado a pensar en ello: ¿Por qué Tiempo de curar?, me dijo. Y no supe responder bien.

Desde entonces he pensado en la razón de que haya empezado un blog en los años en los que una bitácora estaba de moda, y llamarlo precisamente Tiempo de curar. Como le dije, resultó casi de improviso, dada mi poca imaginación para titular cualquier cosa. Y siendo cierto, no es totalmente verdad.

Tiempo de curar nació de una necesidad por mostrar un lado más amable, que no almibarado, de la realidad; un espacio donde desplegar belleza y delicadeza (al menos lo que el autor considera cosa tal), y donde exorcizar ciertos demonios que sirvieron para curar mi propio corazón y, posteriormente, un instrumento para afilar mis embotadas capacidades para escribir sobre cualquier impulso, pensamiento o acción.

Este blog nació con la intención de crear un paréntesis de belleza, pero también una vía de expresión de una persona que había perdido la voz y que la fue hallando, paulatinamente, entrada tras entrada, primero titubeante y después desbordada de imaginación y de palabras y palabras, que nacían de forma descontrolada y que han quedado aquí grabadas tal cual salían, sin ningún tipo de edición ni de freno.

Esa es la razón de este blog, que se ha expandido y se ha retraído, con esos movimientos respiratorios tan típicos de la vida, a lo largo de todos estos años, pero la motivación primaria sigue estando viva: Tiempo de curar es una isla de tranquilidad, un paréntesis donde la belleza ocupe un lugar, pero también la armonía, los problemas y las soluciones de la vida, su peso y su levedad, y sobre todo, o quizá debido a todo, un retrato de mí mismo, quizá el más elocuente y callado que jamás podré realizar. Si alguna vez intento semejante despropósito.

Tiempo de curar es yo, y todos los lectores que alguna vez han tenido la gracia de quedarse y leer estas líneas, de ver sus ilustraciones, de disfrutar con su música y de compartir, a veces, un trocito de esta vida única y regalada.

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Amarte (así)

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Me lo has dicho de muchas maneras. Créeme que lo intento. Quiero entenderte. No: no lo deseo. Sé que debo hacerlo, pero me puede la pasión y el vértigo de estar solo.

Sé que está todo terminado. O así me dices. Y yo confío en ti. Pero también creo en mí. Y no, nada parece haber muerto, quizá un poco gastado por el tiempo, el roce del que nace el cariño y el tedio, lo sé. Pero sé que amarte así en mí no está agotado, porque sigo sintiéndome único y especial, como flotando en medio de la tierra, el roce bárbaro en los pies descalzos, y esa sensación ambigua, llena de invenciones pequeñas que nos hacen ver que las flores se abren a nuestro paso, que todo se alegra de vernos juntos.

Sé que me amas, a tu modo. Que a veces me desconcierta. Me pides libertad cuando deseo atarte; me solicitas espacio cuando me ahogo sin tu presencia. Amarte así no es algo que haya escogido: soy yo mismo. Amarte así me hace sentir único, necesitado; me da una razón para vivir y justifica todos los pasos de mi día a día.

Me lo has dicho de muchas maneras: que te sientes agotado, que a veces te agobias, que no eres capaz de respirar. Sé que este nuestro amor es un destino, no una posibilidad. Desde que nos conocimos sabía que estaba destinado a ti. Tus cartas, llenas de intenciones que sé que no tenían; cada uno de tus regalitos, que mimaban a mi corazón más que a mi ausencia de belleza; tu corazón, que latía por alguien más y que no pudo dejar de besar el mío. Amarme así es destino, lo sé, y sé que el destino a veces cambia de rumbo. No tengo control sobre él, como tampoco lo tengo de ti… Y sin embargo, amarte así hace que viva y muera mil veces sólo por ti…

Amarte así no es sano: no causa alegría, sólo necesidad. Y obsesión. El límite se me borra aunque no quiera perder sus directrices. Pero el amor se me desborda y te mancha, te empapa y te agota. Lo sé, lo sé, lo sé… ¿Y qué puedo hacer si no amarte así, de esta forma racionalmente equivocada, que llega a atosigarte, a herirte, a enfermarte…?

Y temo que te vayas. Porque he olvidado que amar es libertad y amarte así es esclavitud. Y necesitas alejarte de mí para poder crecer; he olvidado que amar es generosidad. Pero amarte así es una obsesión, un propósito, es mi voz, mis ganas de vivir, mi futuro, mi herencia…

Y me lo has dicho de muchas maneras, y todas son la misma: me amas, me amas mucho, pero no así. Me amas con el alma, con el corazón encogido, casi sin remedio pero con serenidad… Y no puedo mantener por más tiempo sujetas las riendas de tu alma…

Sé que moriré, sé que me apagaré como una llama lenta al acabarse la cera. Poco a poco por ti, por amarte así, por ser locura, prisión y mi exceso y mi nadir.

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Los días al sol (que ya se han ido)

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Los días al sol, cuando todo parecía fácil, ya se han ido. Esos días del pasado, tan perfectos que la paz parecía irreal, libres de deseos porque todos estaban en ti, se han perdido cuando te fuiste. Nada ha cambiado desde entonces, como si el tiempo se hubiese congelado en mi dolor, y sin embargo la vida ha fluido tranquila entre mis manos, escapándoseme, cambiando y dejando atrás mi presente convertido en un pasado que ya no existe.

Ahora me doy cuenta que esos días al sol eran felicidad. Nada podía ser más perfecto que el sol en tu pelo, que el brillo de tu sonrisa y esa voz de terciopelo oscuro, acariciante y seductora… Ahora sé que esos días de sol el mundo conspiraba con nosotros en la risa, en el abrazo, en la sensualidad: todo fluía, todo era de una sencillez desarmante… Y todo era quebradizo, frágil: esa risa, el eco de un recuerdo, el roce de nuestra piel y esos momentos tranquilos, cuando todo pasaba, en los que la respiración agitada daba paso al susurro y finalmente al sueño.

¡Oh, los días al sol, que ya se han ido! Días egoístas llenos de diversión, pintados de un atardecer que semejaba eternidad; cuando tus ojos eran bellos, del color de la miel y las abejas, y tu abrazo una comodidad que invitaba a dormir una siesta eterna. Ahora lo sé… Los días al sol en un arrullo, sintiendo el agua helada de un riachuelo y el frotar cristalino de los grillos en primavera.

Nada parece más perfecto que las primeras edades del amor: todo es pasión y paz y descubrimiento y brillo… Después, bueno, después viene aburrirse, callarse, dejar que las diferencias dividan más que aglutinen, y que la vida separe lo que los corazones se empeñan en mantener unido…

¡Oh, cuánta cuenta me doy ahora! ¡Y cuánto daría por revivir si quiera un día de sol a tu lado, para cambiar los muchos errores que cometí, las injusticias de las que te acusé, la obsesiva afinidad por el control que tanto daño nos ha hecho!… ¡Cuánta cuenta me doy ahora! Cuando nada puede ser cambiado y el dolor de lo perdido, la melancolía de lo que pudo haber sido y no fue, me atrapa y me consume…

Los días al sol, que ya se han ido, mitigan mi dolor, me recuerdan que, a pesar del tiempo, aún permanecen en mi memoria, y aunque no pueda dar marcha atrás para revivir ese momento de excelsa belleza y amor puro, puedo cerrar los ojos y evocar una tarde tibia, con un rayo fosforescente de sol moribundo, en el que cerramos los ojos por la oscuridad, y fuimos acercando nuestras bocas poco a poco hasta que nuestros labios se encontraron y, temblorosos, se dieron ese primer beso que refulge en mi memoria…

Aquellos días del pasado, demasiado perfectos para descubrirles hoy algún fallo, tan distantes de mi realidad, tan ajenos a mi hoy… A veces me pregunto qué habrá sido de ti, cuando ese dolor sordo me llega a la garganta y anula todo intento de relación mundana; a veces, cuando tropiezo con un rayo de sol a las seis de la tarde, con un ocaso perezoso y mágico, recuerdo el color de tus ojos de miel y la suavidad de un pelo oscuro como un secreto, e intento revivir cada una de las sensaciones que tenía, cómo mis dedos desaparecían en el pelo abundante que te llenaba la cara, y la sonrisa tranquila, un tanto confiada y tan seductora que era tuya, sólo tuya, y mía…

Ya nada es como antes, pues nada me atrae. Sólo los recuerdos cuando me asaltan por sorpresa, sólo los días de sol que ya se han ido y, por lo mismo, me empeño en recuperarlos, para no olvidar nunca que una vez fui feliz, sencillamente feliz, plenamente feliz, con muy poco, con mucho en realidad: la libertad de una juventud inconsciente y un amor a borbotones que, de tanta fuerza, llega a mí veinte años después.

¡Oh, los días al sol! Recordando el aroma, el sentido, la sensación y el peso de aquel que una vez se fue y no ha regresado jamás…

Days in the sun
When a life has barely begun
When no love, no prize can’t be won
I remember warmly…
Those days in the past
Far too perfect and peaceful to last
And the skies were soon overcast
And the days grew cold
Oh those days in the sun
What I’d give to relive just one!
Change what I’ve done
Turn my life around.
But that isn’t real,
And the empty pain I feel
Goes on and on
And days in the sun
Are a long time gone
Days in the sun,
Selfish days I used to call fun,
Fool myself stealing love on the run
While the light was fading.
That far distant time
When I saw no reason or rhyme
To be changing my ways
But I’m not so certain now.
And those days in the sun,
What I’d give to relive just one!
Change what I’ve done
Find some room for love.
But I know the deal,
And the empty pain I feel
Goes on and on
And days in the sun
Are a long time gone
I know the deal,
And a love I must reveal.
What I must do
For days in the sun
To come shining through

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