Pequeñas historias de amor

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

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@RalfPascual

Nos miramos. Así. Sin más.

Nos sonreímos. Hoyuelos que enmarcaban unos labios finos. Ojos azules, pequeños, brillantes.

Me llegaba a la cintura. Sentado. De pie, a los hombros.

Pelo castaño, alborotado, fresco de gimnasio. Incluso ese suave olor a cloro, jabón sin aroma y el cuello libre en la camisa impoluta.

Hola, nos dijimos al unísono. Y los hoyuelos siguieron seduciéndome. Y esos ojos que desparecían entre la sonrisa.

Guapo. Al menos parecía el más guapo del mundo.

Me dio la mano. Se la así. Un apretón amable, contundente en su fuerza, pero tampoco tanto para destrozarme la muñeca. Esos brazos podrían hacer de un abrazo una experiencia única.

Sonrió. Yo le imité.

Ven, dijo. Y me señaló un taburete. Allí, sentado, estábamos casi a la par. Sus labios cerca de los míos, su barba jugueteando con mi boca. Cosquillas y sonrojos.

Nombres, sólo nombres, por favor. Yo podría haberme inventado uno, pero no mentí. Puede que el suyo no fuera real, pero a mí me pareció perfecto para él: le iba.

Una copa. Bueno, dos. Picamos algo. Tenía hambre canina. De mí.

Y nos fuimos cogidos de la mano como si nos conociéramos de siempre. Y puede que así fuera.

En su cuerpo todo era una aventura. Me sentía cómodo. Su blancura tostada, sus lunares en la espalda y uno más claro cerca del corazón. Y sus manos gráciles y unas piernas como un universo. Por la ventana entraba una brisa ligera, llena de estrellas, y la algarabía de los borrachos en fiesta.

Nos miramos desnudos. Así. Sin más.

Nos sonreímos. Pelo revuelto, olor a deseo calmado y algo pegajoso.

Se levantó. Le acerqué una toalla. Se miró en el espejo, se atusó el pelo hecho un lío y se encogió de hombros.

Desde el baño oía sus abluciones. Yo me acerqué a la ventana abierta. El reflejo de las luces de la ciudad recortaba la sombra de mi cuerpo. Suspiré. A pleno pulmón.

Lleno. Vacío. Pero pleno.

Me abrazó por la espalda, asomando su cabeza por entre mis brazos.

Sonrisa y hoyuelos y ojillos azules brillantes.

Nos quedamos dormidos abrazados. Y nos despertamos horas después. Él antes que yo.

Cuando abrí los ojos ya no estaba.

Una notita, con pésima caligrafía, me daba las gracias por un rato de amor.

Ni una seña, ni un número.

Tiré el papelito a la basura. La ciudad despertaba alborotada a través de la ventana abierta.

Suspiré. Me rasqué la espalda. Sin más, me encaminé a la cocina e hice un desayuno para dos.

El suyo quedó frío. Y mi cama, cálida. Sin él.

Cosas ordinarias

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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 ©Ralf Pascual

Domingo. Temprano. Salimos a jugar un poco al baloncesto. Te burlas de mi torpeza, que también te irrita. Pero sonríes con cada enceste y me miras divertido cada vez que intento un mate.

La luz suave de octubre, cuando no hace frío ni calor, perfecta para vivir confidencias. Dos amigos en un fin de semana que hacen cosas ordinarias como si fuesen excepcionales: la compra para el desayuno, caminar por el paseo del río inmenso, divertirse en las termas y en la noche loca de pubs y entresijos apasionados. Cenar a la luz de las velas, en un local pequeño y encantador; entrar del brazo por un pasillo estrecho; cocer un par de huevos, echarles sal; verter leche en chocolate instantáneo, guardar esas imágenes increíbles en la memoria a falta de cámara de fotos.

El aire suave entra por una ventana entreabierta. Y mi cabeza se posa sobre tu regazo. No hablamos. El silencio se rompe con el sonido del periódico y el roce de tus dedos en mi pelo suelto. No hablamos y esa comodidad infinita nos envuelve. No hay nada que no podamos hacer ni que se nos prohiba; dos seres que no tienen nada que perder entre esas paredes protectoras. Y ese silencio que es un bautismo, un lazo irrompible.

Tus labios se mueven con la lectura imperceptible. Yo cierro los ojos, incapaz de hacer nada más que esas pequeñas cosas ordinarias que definen a la vida: un desayuno abundante, acomodarte el cuello del jersey, amoldar mi cabeza a la suavidad de tu regazo. El olor del café y las tostadas, el roce de las hojas al ser leídas y olvidadas, las arrugas de unas sábanas estiradas hacía nada, y el rumor de tu pecho sobre mí. Esas cosas ordinarias que definen la vida y que nos pertenecen y garantizan que formamos parte del mundo.

Nada hay que nos distinga de cualquier otra pareja de amigos que se quieren. Y se desean. Y están juntos. Ese momento que nada define pero en el que todo coincide: amor, silencio, caricias, bromas, pura consciencia y ser. Esas cosas que nos hacen humanos que se aman y que desean construir un universo único en un mundo cambiante. Esas cosas ordinarias que quizá nunca se nos hubiesen permitido por ser lo que somos, por querer lo querernos como hombres, por vivir como hombres.

Y te escribo esto después de habernos despedido. Después del tiempo que ha pasado. Después de no saber nada más de ti. Sólo para que sepas que el amor que te tengo sigue brotando en mí como la savia en un árbol; que mis sueños de ser una pareja normal, que sale de noche a tomar algo, que juega una partida de cartas y va al gimnasio y que hace chocolate instantáneo con leche entera siguen intactos. Sólo para que te des cuenta que esos instantes de silencio, en el que todo coincidía, eran la Felicidad; ese momento suspendido donde todo es Perfecto: esas cosas ordinarias que tejen una vida y que gritan, sí, que gritan, que es posible vivir feliz y despreocupado al saberse querido, deseado y aceptado.

Y te escribo esto con la esperanza, aunque sea pequeña, de que me recuerdes, que revivas esos instantes nimios que nos hicieron sentir inmensos, y que aún perduran en mi corazón con el ritmo de tus caricias y el rumor constante de nuestros silencios.

Y con al esperanza de que, pese a todo, aún no sea demasiado tarde. Para ti. Para mí. Para ambos.

La espera

El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature

Entradabaja

 

a Cris Montes.

El mundo ya no existe. Sólo la inmensidad del mar le recuerda que una vez vivió. O que sigue viva.

En La Playa de la Espera su paso es lento. Hunde los pies descalzos sintiendo la leve humedad retenida. Le alegra poder sentir todavía algo, sutil y hasta evanescente, que le recuerda un tiempo que ha quedado atrás.

Lo sabe. Amigos muertos, hojas secas, árboles caídos, piedras desgastadas, reúma y dolor. Así es la vida. La suya. La de los demás. Aunque ya no queden de más.

Hubo un tiempo que pensó que era eterna. El sol inundaba cada uno de sus días, la brisa del mar endulzaba la certeza de un amor inmenso como un planeta, del que ella era causa y portadora. Ese tiempo único, flotante, en el que nada cambia, o cambia para mejor. Una sonrisa, una mirada, el suave roce de los dedos. Y la explosión de la pasión por siempre breve, y esa sed de amor que nos vuelve mendigos y avaros.

Ella fue una más. Sólo se distinguía en amar y en ser amada. En ser recipiente y contenido, recibidora y dadora de esperanza.

Ella fue una más. Sólo se distinguía en la clarividencia de lo amado, en su entera dejadez al amado, en una fidelidad que movía montañas, que araba el tiempo. Ella fue una mujer enamorada.

No había tiempo: el presente lo ocupaba todo. Cuando salía a caminar por la orilla de la playa, los ecos de la marea no le decían nada; ese ulular constante del viento y el agua no le sugerían si no ecos de su corazón que latía y una absurda confianza en lo que vendría. La ceguera del amor, la sordera del amor, que sólo se llena de tacto y de olor, la tenían embriagada, llevada a  un primitivismo de los sentidos que la embotaba, que la emborrachaba.

Bebía de esa piel de oro; el cáliz de aquellos labios con sabor a fruta calmaba su sed, aminoraba su ansia. El espacio de esos brazos que la rodeaban y el calor de las piernas que se fundían entre sus piernas eran su energía; la edad en que el amor y la sensualidad y el futuro van de la mano la tenía hechizada, muerta y entregada a una orgía de sensaciones que la justificaban, que la hacían saberse viva.

En La Playa de la Espera su paso es lento. Ya no es la que fue. Todo ha cambiado. El mundo que conocía ya no existe. O quizá el mundo no la recuerda ya. A veces piensa que la vida es eso: una sucesión de existencias únicas pero similares, que destacan brevemente en la línea de la costa, para luego flotar inanes hasta la orilla y quedar varadas entre los granos de arena.

Ella no es la misma. Ella es la que se fue con él cuando todo se detuvo: el reloj de la sala, el pulso de su corazón. Cuando él le pidió un tiempo para la aventura, un regreso pronto, una promesa de felicidad aplazada, un anhelo que cumplir. A veces el amor nos hace avaros, pero también generosos. Y ella cedió a la petición de su amor como siguiendo los ritos de una religión carnívora, despidiéndole esperanzada de un pronto regreso.

El que se fue escribió a veces. Primero eran líneas abundantes, cargadas de amor, atiborradas en las hojas, ansiosas, perentorias, febriles y cercanas. El que se fue encontró mil dificultades, cientos de problemas: las cartas se hicieron de rogar y ahorraban espacio: el amor se hacía chiquito en ellas, la esperanza viva pero tenue. Hasta que ya no hubo más, salvo una, que le escupió el mar una tarde, sobre las cinco, cuando el sol del otoño llamea entre los labios líquidos. Una línea, un amor resumido en un verbo, en un tiempo suspendido.

Espérame.

Y lo hizo.

Cada tarde, La Playa de la Espera la arrullaba, la protegía, la dejaba pensar. Su poesía de agua inmensa llena de sal, espuma e insomnio la retrataba; su constancia en llegar a la orilla era la música de su corazón, que se asemejaba cada vez más a ese gigantesco mundo líquido que moría mil veces a sus pies.

La espera es un arrullo de mar, un hiato insalvable, un secreto insondable, una prueba constante para la paciencia, para el amor. Ella era fuerte. Ese amor la hacía fuerte. Y lo sabía. Él lo sabía, por eso se lo había pedido. La fidelidad tiene algo de cabezonería y, ahora lo sabía, también de inocencia. A ella eso le sobraba. Y no dejó ni un día de demostrarlo.

La vida, contamos, nos aleja de los amigos que quisimos, de los seres que amamos. Y nos va encerrando en un silencio oval al que nos acostumbramos. Nos vuelve mudos, pues las largas conversaciones que no se han dicho, las caricias que no se han dado, las enfermedades que no se han sufrido y los besos congelados anidan en ese mundo sin sonido, en donde sólo habitan las sombras y los sueños que una vez tuvimos. La vida, sabemos, nos va dejando solos, a la espera de la muerte.

Ella lo sabe ya. Cuarenta años de espera le han enseñado a observar esos detalles, a valorar cada uno de los cambios insensibles de las cosas. El mar sigue llegando a sus pies con un beso pequeño, y las rocas inamovibles son, sin embargo, un poco más pequeñas. Las piedras enormes de su hogar se notan desgastadas, y el ritmo de su corazón, ya casi sin energía, a veces se detiene y a veces sigue a trompicones, algo cansado quizá, lleno todavía de la espera inmisericorde del abandono.

Espérame, Penélope.

Y ella lo hizo.

Ya no hay marcha atrás. Su pelo gris, sus manos destrozadas por el reúma, los huesos doloridos, los pies llenos de callos, la piel de pergamino, los senos caídos, las caderas flojas y la mirada cansada pero todavía anhelante, todavía expectante, todavía enamorada.

La fidelidad tiene algo de esclavitud y también de virtud inútil. O no.

Y ella es así: segura, eterna, inamovible, irreductible al desaliento, incapaz de amar más, pues lo ha dado todo; concreta, amable, crédula y fiel.

Fiel.

La Playa de la Espera la arropa cada tarde. Le recuerda cada tarde que el estío se ha ido y con él su belleza, sus fuerzas quizás, y el olvido. El de sí misma, el de todos aquellos que alguna vez había querido: ese mundo que ya no existe, salvo en la espera serena que la posee todavía, que la desarma.

Espérame, Penélope.

Y ella lo hizo.

Sólo se escucha el arrullo sin fin del mar en la orilla….

Equilibrio. Resiliencia. Reflejos

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No es fácil vivir en un mundo que se tambalea continuamente. A veces miramos a los demás y nos da la impresión de que tienen una vida estable, que se repite día a día sin cambios telúricos, donde los hábitos, la salud, la fortuna y el quehacer se desdoblan sin problema alguno; pasan los días como pasa la vida.

Pero la vida no es eso. Es un constante cambio, un combate a veces y a veces una renuncia, una claudicación. A veces se vuelve un pequeño infierno: el trabajo puede ser una fuente de frustración, por compañeros que minan la moral del grupo con su comportamiento; por parcos resultados o falta de evolución. La vida personal siempre es más pequeña de lo que alguna vez hemos soñado: nada refleja lo que una vez nos ilusionó y nada es lo que esperábamos.

En medio de un océano semejante, es difícil encontrar el equilibrio para seguir adelante. Un parado de largo tiempo siente que la sociedad se burla de sus habilidades, amargándose por dentro: todo lo que intenta opaca ese reflejo de sí mismo que desea conseguir con cada intento. Un trabajador que sufre acoso laboral siente en su piel las miles de dudas que, soterrado, esos terroristas del ego excavan sin sosiego, consiguiendo en el acosado el reflejo mediocre de lo que son; un quinceañero inadaptado intenta hallar un equilibrio espúreo en su imitación de lo que le rodea, aunque sienta en su interior que no hace lo correcto, en ese intento desesperado por encajar en un mundo que lo rechaza pese a todo.

Una persona adicta a sustancias, legales o no, al juego, a las compras, a la carne, procura encontrar en ese reflejo irreal el equilibrio de un mundo que dejó de entender. Aquél que abandona sus propios sueños por cumplir los de otro que no ha pedido; las cargas familiares a veces, a veces las nuestras propias: parece que la vida es un constante cambio de máscaras en el que sólo unos pocos parecen tener la llave que detiene ese flujo de desgracias.

Así me he sentido yo muchos años. Buscando fines altruistas, pero no propios. Viviendo un día a día irreal, luchando contra la opinión de otros y con las mías propias; dejando de lado unas necesidades que emergían en forma de hábitos tóxicos, de anhelos vacuos. Nada de lo que he hecho hasta ahora refleja de verdad quien soy, apenas una pequeña parte de la inmensidad que me define, de la hondura que me honra. No hay suficiente brillo en la mirada ni ilusión en las palabras, no sé dónde está la persona que se mira al espejo diariamente y que ni siquiera sale en fotos por no reconocerse.

Hace un par de meses decidí, por probar, adentrarme por primera vez en una actividad física reglada: Crossfit. Por muchos motivos, todos propios. Como no puede ser de otra forma, a todas las clases preparatorias no puede ir, y a las que fui, saliente de guardia, pensé que me reventaba cada articulación, que me dolía cada paso. Y literalmente así era. Aún sin saber mucho de esa modalidad de entreno, decidí proseguir con las clases. Ahora lo miro como una gran locura: sin conocimiento alguno, sin preparación física mínima, empecé a acudir a las sesiones semanales (sólo puedo hacer por ahora tres sesiones por semana). Llegar al recinto, repleto de personas adictas al deporte y muy evolucionado en él, me hizo sentir mal. Yo era un aprendiz, quería ser un aprendiz, pero mi conocida torpeza, mi lenta curva de aprendizaje, me inhibían mucho. Me recibieron entre murmullos y sonrisas: tres se presentaron rompiendo el hielo y se mostraron afables y dispuestos a echarme una mano, interrumpiendo sus ejercicios para iluminar los míos, para indicarme éste o aquél error, para intentar que lo hiciera bien. En los días posteriores otros se sumarían a la tarea de que pareciera menos pato mareado de lo que soy. Manu, el entrenador, siempre afable y muy comprensivo, al que se le unió posteriormente Roi, con esos ojos azules mirándome alucinado y machacando sobre su teoría de estilo más que peso, han condicionado mis tardes, inculcándome cierta disciplina, haciéndome descubrir posibilidades siempre vetadas para un cuerpo camino del medio siglo. Sito, Teté, Gonza, Carlos, Aitor, Luz, Kris, por nombrar sólo unos pocos, me enseñan cada semana, con su trabajo y su dedicación a ese deporte, la alegría escondida en cada movimiento del cuerpo, las eternas posibilidades que la salud y la vida pueden sembrar en un espíritu presto. Hacía muchos años que no entraba en una clase a aprender desde cero; cada vez que voy, a pesar de mi torpeza y frustración, esa hora de individualismo y compañerismo ilumina el sendero gris que es la búsqueda del equilibrio perdido en los años pasados.

Esa iluminación física me ayudó, en medio de un examen al que casi no me presento, a redescubrir un tesoro que había perdido: mi potencial intelectual, esa inmensa capacidad de concentración y entendimiento que creía perdida, embotada por años de pereza y por el constante roce de la opinión ajena, envidiosa e hiriente, siempre presta a desgastar aquello que sabe diferente y único.

La tortura mental a la que me sometí no la había sentido nunca: tenía miedo al ridículo, a lo que opinasen colegas cuyo interés en mí es mínimo, o cuanto menos poco edificante. Así, en un tira y afloja abrumador, perdí una semana de estudio. Finalmente, oyendo consejos dichos con sabiduría y equidistancia, decidí hacerle caso a esa llamita que había comenzado a latir en mí desde que empecé a practicar Crossfit: esa parte de mí que había vuelto a reencontrar y que creía perdida, ese ansia por encontrar mi verdadero reflejo en el equilibrio de mis deseos, en la depuración paulatina de mis vicios y mis costumbres.

Me presenté al examen. El resultado es lo de menos (no hay milagros) pero lo que sentí haciéndolo fue revelador. Igual que atacar un power-snacht o un peso-muerto. Sabía que si ponía de mi parte lo conseguiría. Supe que, con el tiempo adecuado, aquello para mí sería posible. Y sólo por eso valió la pena haber llegado hasta allí, respondiendo preguntas que me referían ecos, que hablaban directamente a mi inconsciente, que es el corazón desde donde trabajo.

Mi capacidad de resistencia, de adaptación, había sido vulnerada. Mi resiliencia, tan alabada por muchos, mostraba ya fisuras, pequeños desgastes secundarios a la intemperie. Mi reflejo no era el mío. No lo ha sido desde hace mucho tiempo. Y sin embargo, no puedo esconder lo que soy: no paso desapercibido, para bien o para mal; trabajo desde una perspectiva, no desde otras; soy yo mismo, perdido, pero lo soy: no soy igual a nadie y hasta tengo derecho a albergar sueños y esperanzas que, a pesar de medio siglo, pueden llegar a vertebrarse con la actitud adecuada, con el sabio tamiz del tiempo que ha pasado.

No sé cuándo mi reflejo dejará de ser el de otro que no soy del todo yo. Sólo sé, ahora , que busco conscientemente el equilibrio a pesar de las adversidades cotidianas, a pesar de mí mismo, y los chicos (porque muchos son chicos jóvenes) del Brick Crossfit Santiago me ayudan sin saberlo, y esos compañeros y familiares que ven en mí más de lo que yo soy capaz de ver, y no se entrometen más de lo necesario, y esa mala hierba que, aunque agradecido, hay ya que arrancar.

Poco a poco… No tengo prisa. ¿Para ir adónde? Puede que jamás pueda colgarme de unas anillas sin desplomar mi pesado cuerpo contra el suelo, y que el desastre de mi vida personal no se reponga jamás. Pero el viaje hacia el equilibrio ha comenzado… Y no hay marcha atrás. El junco siempre será un junco. Pero fuerte, y sobre todo, siempre él mismo, reflejando su verdadero interior, guste a quien le guste, por el bien de todos, pero más por suyo propio, que es el mío.

La historia de los Otros

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Esta noche ingresé un paciente con un ictus isquémico grave. En coma. Las posibilidades de que mejore son remotas, pero siempre cabe la posibilidad. Lo más probable es que evolucione a lo que llamamos sufrimiento cerebral por edema y finalmente el cerebro sufra tanto que alcance el estado clínico de muerte cerebral, con lo que estaría oficialmente muerto aunque el resto de sus órganos sigan cumpliendo su función durante un período de tiempo corto (ésa es la ventana que empleamos para solicitar la donación de órganos) . Pero también cabe la posibilidad que la enfermedad se estanque y permanezca en coma durante un período de tiempo variable.

Intenté explicárselo a la familia. A la esposa del enfermo y a sus dos hijos. No estaba yo en mi mejor momento y sentí que no establecía una relación fluida con esa familia. Reculé en mi explicación varias veces: era demasiada información nueva en una situación crítica para ellos; pero tengo el convencimiento que deben saberlo todo, y refrescárselo diariamente conforme la evolución del enfermo, para que no haya sorpresas ante informaciones que parecen salidas de ninguna parte. En general, les digo que no se abrumen ante tal cantidad de datos, pues todos los días ajustamos la información conforme veamos la respuesta del paciente.

Con ésas, estuve más tiempo del habitual con la familia.

Y mientras tanto, tuve la oportunidad de observarlos en la distancia. La vida de los Otros esconde historias que desconocemos y con las cuales no conectamos, pues no nos importan en exceso. No es mala esa postura vital: no podríamos estar languideciendo diariamente con el peso de los problemas del mundo y los nuestros propios. Sin embargo un ejercicio así, observar e intentar identificar puntos claves en la vida de quienes nos hablan para poder entenderlos y amoldarnos a las necesidades del presente, debería ser una función obligada para los profesionales de la salud, y en todo caso también para todos aquellos que trabajan de cara al público (en la vida personal, las cosas se encuentran demasiado imbricadas para poder alcanzar el grado de racionalidad necesaria para desligarse de lo observado y poder juzgarlo de la manera más justa). Y no me refiero aquí a técnicas de coaching (tan en boga actualmente), si no a algo más sencillo, y por lo tanto abandonado, como es oír a los demás, escuchar lo que quieren decirnos, para así llegar a entenderlos, no a identificarnos, si no a comprenderlos.

La mujer del enfermo, abrumada, intentaba absorber una información que se le escapaba: llegó a decirme que no estaba lo bastante formada intelectualmente para entenderlo. Una de sus hijas, incapaz de soportar la probable muerte de su padre, o cuanto menos un grado de minusvalía muy profundo, resoplaba incrédula: su mente, bloqueada, se negaba una y otra vez a entender la evidencia. Eñ hijo, quizá algo abrumado pero con cierto resquicio de sentido común, asentía alerta: puede que no comprendiese todo el proceso que le estaba explicando, pero había conseguido aprehender el mensaje: que estaba tan grave que quizá no sobreviviese al episodio.

En medio de mi perorata inútil, adquirí esas sensaciones e intenté incorporarlas a mi discurso. Me dirigí primero a la mujer del enfermo: con palabras sencillas comprendió que podía llegar a morir en las siguientes horas, o, si sobreviviese, el grado de daño cerebral sería muy grave. Los adultos están mucho mejor preparados para la muerte de alguien querido de lo que creemos. Pero mucho más. Asintió, tranquilizándose: esa poca información le era comprensible y encajaba en su forma de pensar. Ahora podía esperar lo peor o lo mejor con más tranquilidad.

La hija, cuyo miedo a enfrentar la muerte era quizá superior a cualquier explicación racional en alguien que se veía intelectualmente educado para ello, carecía de la madurez emocional de su madre: la información le fue administrada con cuentagotas, asegurándole que cada día recibiría un refuerzo de la lección dada y un gramo más de profundidad necesaria. El hermano, cuya comprensión o al menos aceptación facilitaba las cosas, sólo necesitó un resumen muy abreviado de lo que podría pasar: esto, eso o aquello. Asintió y se levantaron.

Los acompañé a la puerta como siempre hago (también al comienzo les saludo y les deseo buenos días, tardes o noches, aunque muchas veces se me olvida decir mi propio nombre) y les despido a cada uno con una palmada en la espalda: hay algo en el contacto físico que regenera energía, que da confianza; la barrera del rol que jugamos desaparece por un momento, estableciendo una corriente de simpatía empática, de humanidad dosificada, que quiero que ellos sientan y que yo no pierda.

Cada paciente que se sienta ante un médico desea ser oído. Necesita ser escuchado. Para poder saber qué le aqueja, sin duda, pero sobre todo para poder desplazar sus angustias, retratar sus miedos, y afrontarlos. Cada narración lleva emparejada no sólo el nivel educacional de la persona, si no su historia personal, social, íntima. Los hábitos diarios, los miedos irracionales, la depresión profunda o el exceso de optimismo, el ambiente de trabajo, los problemas familiares, toda esa maraña que conforma una vida humana cargándola con los hábitos que llamamos vida que se vive.

Cada persona es una experiencia, un mundo; cada paciente, y cada familiar de paciente, traen consigo el intrincado tejido de sus historias personales, experiencias que llegan hasta nosotros, sentados en una cierta posición de poder, para que las valoremos en su justa medida. Y no es algo fácil.

¿Qué esconde las relaciones humanas? Algo muy sencillo: queremos ser oídos, queremos ser entendidos, queremos ser aceptados. Y no es empatía de lo que hablo (o no más que la de darnos cuenta que nosotros también llevamos a nuestras espaldas la narración inacabada de nuestra propia vida): es sencilla interacción con el Otro que no somos nosotros; es darle importancia capital a una vida que de otra forma no nos interesaría en lo más mínimo, pero cuya comprensión nos permitirá no sólo ayudarla en el plano sanitario, si no en uno más holístico, más completo, más metafísico quizá: en su estructura como ser humano.

En una sociedad que tiende cada vez  más a la individualidad (nunca ha dejado de estar abocada al individuo en solitario), saber que los demás con los que interaccionamos a diario poseen miedos, frustraciones, expectativas y desconfianzas tan parecidos a los nuestros propios, hace que seamos más sensibles a escucharlos y a aceptarlos.

La historia de los Otros no es una noticia en el telediario, ni el rápido intercambio de un buenos días, ni la compra o la venta de un artículo (incluso la propia carne humana); es algo más. Es aquello que nos permite afrontar cada una de las oleadas de la existencia, que nos impide evolucionar o nos protege o nos impele a cambiar. Estar dispuesto a escuchar y a aceptar la historia de los Otros puede que no nos haga mejores personas, pero desde luego nos hace ser seres humanos más comprensivos y abiertos a la verdadera Vida: multifacética, vibrante, herida, curada, melancólica o alegre, y quizá nos acerque a la aceptación de lo distinto al vernos reflejados nosotros mismos en ella.

La historia de los Otros, a la postre, no nos es ajena: es la nuestra propia. Con otra voz, con otros matices, con otros disfraces. Pero sus ecos resuenan en el universo y en nuestro propio corazón, y hace que se satisfaga el único deseo verdaderamente humano que encierra una relación personal: ser oído, ser atendido, ser escuchado, ser comprendido, ser aceptado. Y seguir adelante.

Tan cerca, tan lejos

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Suena la música. Lo ha estado viendo toda la noche. Se conocen. Por internet, ese mundo virtual donde todo es posible, hasta el roce si la imaginación se acerca lo bastante, y hasta el enamoramiento, que no es más que una ensoñación más consistente.

Quedaron una vez para un café que se prolongó una hora más de lo debido y que dejaron a medias porque había un compromiso que cumplir. Uno se dijo que la próxima vez sería mejor, el otro creemos que ni pensó que la hubiese.

Pero la hubo. Uno llegó tarde mientras el otro deshilachaba el cojín roído de un café venido a menos; ya no había la clientela que le daba modernidad. Por eso le gustaba: un local curtido sin estar derruido, con ese encanto decadente de lo hermoso que es olvidado.

Llegó tarde sin prestarle atención, un lío quizá o un embrollo o una mentirijilla. Ambos lo saben: no le dan importancia pues a uno sólo le importa verlo a su lado y al otro le trae sin cuidado. Pero sonríe, porque quien le espera le trata bien sin motivo, sin esperanza alguna. Hay personas inalcanzables por muchas razones, físicas la mayoría de las veces; a veces hay otras parejas, pero la fluidez de los tiempos modernos hace olas de esos escollos que ya no importan mucho; en general son prejuicios incómodos, vanas leyes con las que nos gobernamos a nosotros mismos. A pesar de todo le gusta su cercanía, que mantiene a buena distancia, y la compañía eterna de su móvil le ayuda a pasar el rato.

Piden un café. Perdón, unas tostadas de pan integral y tomate natural. Y stevia. Uno no ha podido merendar; el otro sólo come con los ojos de lo a gusto que se encuentra, viéndolo tan cerca, aunque tan lejos de tanto que se abstrae con el móvil. Y, aunque atontado, no es lo bastante tonto como para no ver que se distrae demasiado tecleando y no respondiendo a una conversación que se va pareciendo más a un monólogo.

Y mientras come las tostadas y el café con edulcorante, absorto en el hambre que se sacia, habla de naderías, como con un desconocido con el que comparte ciertas aventuras a distancia, a veces con material gráfico, la mayoría en realidad con frases que pueden sonar tópicas y manidas, pero que en ciertos corazones dejan un huella imborrable.

Uno es el mar que todo lo arrastra y el otro la arena que todo lo absorbe. En un momento se sonríen, cuando las dos manos se encuentran buscando aceite y azúcar blanquilla. Y esos ojos brillantes y esa nariz perfecta, y esos labios abiertos le dan vueltas a un corazón al borde del enamoramiento. Uno de los dos se da cuenta y recula. El otro capta la maniobra de repliegue y cambia su expresión, tornándola anodina. Tan cerca, tan lejos.

Y esa noche vuelven a encontrarse. Uno acude a la cita porque cumple con un compromiso de patrocinador de carrera incipiente; el otro, porque ha sido invitado paralelamente, tras correr la invitación por seis pares de manos antes que en las suyas, y sólo aceptó ser el tercer plato porque el nombre de aquél estaba grabado.

Se abrazaron como si no acabase el mundo, y sin que nadie les viera, se acariciaron la oreja con una complicidad ínfima. Unas palmadas en la espalda, una sonrisa a medio hacer, un autorretrato con signo de victoria muda, y se despiden porque llega el siguiente invitado. Tan cerca, tan lejos.

Y las miradas se encuentran de vez en cuando, entre la marea de gente que va y viene. La música comienza a sonar y los pies se animan y el corazón se inflama de esperanzas vanas. Se convence a sí mismo que es lo mejor, y aprovechando un raro momento de soledad, se acerca al otro para invitarlo a bailar. Alarga la mano, y al llegar a su altura se quedan mirando cómplices. Todo parece cambiar, alarga su brazo y lo lleva a la palma de la invitación… Y lo transforma en un apretón de manos. Unas palabras vacías, pero muy educadas, salen de esa boca que besó sólo una vez en un encuentro fugaz que tuvieron, donde las esperanzas se encendieron de nuevo, tan cerca estuvieron, y tan lejos…

Suena la música. Está a unos diez pasos de él. Se lo sabe de memoria. Cierra los ojos y dibuja cada poro de su piel, cada tatuaje escondido y cada átomo de su aroma, que se ha grabado en la memoria. Y su sonrisa, que ya no encuentra… Tan cerca están uno de lo otro, y sin embargo tan lejos de lo que pudieron haber tenido…

Suena la música. Se conocen. Se han estado viendo toda la noche. Uno para acercarse, el otro para alejarse. Quizá fue un error por su parte; quizá el pobrecillo no puede entender que alguien así se fije en él sólo por agradecimiento, o lo que es peor, por condescendencia… Se siente generoso por haber regalado su compañía a un admirador tan caluroso, y con eso, tiene bastante…

Y como se conocen, uno teme que haya sido sólo eso; el otro está convencido que así es suficiente… Quizá pudiera haber sido de otra manera si… ¿Para qué perder el tiempo que es oro?… ¿Quién sabe? Sólo sabemos que uno y otro es tan tan cerca que casi pueden olerse, besarse, acariciarse y ser uno solo, pero están tan lejos que nunca podrán saber lo muy felices que ambos serían jamás, si se dejaran la oportunidad de conocerse mejor y de seguir juntos un tiempo más.

Lo conozco bien

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Lo espero. Llega un poquito tarde. No lo tiene por costumbre. Antes avisaba; un guiño por el teléfono, una palabra bonita; no necesita más. Ni él ni yo.

Me hizo fácil el amor. O eso pensaba. No sabía lo que era, ni siquiera qué debía hacer para amarlo. Durante un tiempo iba a tientas, como evitando sobresaltarlo mucho, que lo hacía: al mínimo contacto apartaba la piel y fruncía los labios cerrándolos contra los míos.

Aprendemos pronto que nadie nos apoya siempre, que todos tenemos un muñeco roto dentro del corazón. Supe muy pronto que esa espina clavada en el mío era él.

¿No sería estupendo llegar a comprender por completo a otro ser? Que la pasión no nos ciegue hasta el punto de disfrazarlo con sensibilidades que no tiene, con argumentos que nadie desea. ¿No sería más fácil entrar con los ojos abiertos en el amor?

Yo quería que me mimase, que se ocupase de mí, que me preguntarse al llegar el día qué tal estaba, que dejase flores en la mesa, que apagara la lamparilla de noche una vez hubiésemos acabado nuestro ritual de huida. Yo quería que fuese lo que había soñado. Pero no fue así. Necesité tiempo para conocerlo, para no esperar de él aquello que no estaba dispuesto a dar. Y era tan poco…

Lo conozco bien. Ahora. Cuando creo que se ha cansado de mí, cuando me veo y no le veo, cuando supongo que me apoya pero no lo demuestra.

No sé. Quizá pude haber hecho las cosas de otra manera, evitar forjarlo con una imagen idealizada que no era; forzarlo a una intimidad que lo intimidaba, hacerlo quererme cuando sólo deseaba admirarme; hacerlo amante cuando sólo deseaba ser amigo.

Y sin embargo… Fuimos felices juntos. Pudimos haber sido de ambos, pero él nunca quiso ser de mi propiedad. Y me acostaba con una frustración encerrada en el pecho mientras él dormía, y me despertaba con una esperanza vana que se deshacía de inmediato.

Quizá pude ser más el amigo que el amante; ese que poco importa, al que se olvida y se llama sólo cuando se lo necesita…

Estaría bien, me digo. Porque así puedo gravitar más a su lado. Pero él posee sus propias fantasías, sus verdaderos sueños, y yo nunca he formado parte de ellos.

Y debo darme cuenta que nadie se entrega en totalidad al amor; que todos tenemos leyes no escritas que afectan las fronteras de una relación de dos, y que todo amor no es más que una batalla llena de egoísmos.

Lo espero. No puedo hacer nada más. Quizá si hubiese sabido desde el principio cómo era realmente no me sentiría así, destrozado, mientras espero por él. Tal vez si le hubiese prestado más atención y mucha más a mí mismo, no estaría pendiente de su llegada…

El amor jamás es perfecto. Se desborda y mancha, y embota los sentidos y nos hiere… Y nos creemos generosos cuando en realidad nos quemamos en las llamas de un puro egoísmo…

¿Quién lo sabe? No importa que haya cambiado mi mundo patas arriba; que haya dejado un trabajo brillante por otro más mediocre; no importa que de la caricia matutina no reciba más que migas y que en la noche no tenga más energías que la de quedarse dormido. No importa que nunca me llame o me mande un mensaje cariñoso, que no me avise dónde se encuentra ni con quién está… He llegado a la conclusión más dolorosa: nunca le importó ser mío y nunca lo será.

Me ha llevado tiempo darme cuenta; me costó llegar a entenderlo. No lo justifico: me ha hecho daño. Supongo que es el destino de las personas no amadas. Ahora lo puedo decir: no me ha amado nunca, o lo ha hecho de una manera que me ha dejado frígido, inapetente.

Ahora que lo conozco bien, no era a mí a quién quería. O no como yo quería en verdad. ¿Es una locura saber sin saberlo, engañarse a sí mismo, obviar las señales más evidentes, cerrar los ojos a la realidad? Yo lo he hecho… Así que puede ser.

Llega un poquito tarde, como queriendo alargar una sentencia de muerte sobre algo que yace inerte a mis pies. Lo espero, aunque sé que no vendrá. Es demasiado valiente para conquistar y demasiado cobarde para despedirse. Así es él… Y así quise quererlo. Lo sé: lo conozco muy bien.

Miro el reloj. Me levanto lentamente. Pago, de más. Ya no me importa. La última vez, la primera… El amor no es esto… Quizá el desamor lo sea. Lo conozco muy bien.

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