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Iván Baeza: decir Te quiero en prosa, decirlo en verso.

Hay muchas formas de decir: Te quiero. Pero ninguna tan profunda y suave, tan cargada de levedad y de belleza como las de un poeta.

Iván Baeza es poeta y narrador. Por ese orden. Porque la poesía guía su obra creativa, la extiende por doquier llegando a impregnar su obra narrativa con ese efecto leudante y efervescente que le caracteriza.

Decir-un-te-quiero-CubiertaDecir un Te quiero es un poemario a dos manos con Noemí Trujillo. Y es a la vez un enfrentamiento de dos formas distintas de acercarse al amor, es decir, de expresarlo. Noemí Trujillo de una manera gráfica, sin intermediarios salvo el peso exacto de cada palabra; Iván Baeza lo hace de forma sutil, reveladora, desnudándose paso a paso hasta llegar al corazón liberado y rebosado. El tú y el yo en este poemario es un hechizo; de él manan, como planetas, como estrellas, mareas vivas de sentimiento que jamás nublan el sentido, antes bien, se entregan a él y le prestan sus alas, y brillan juntos en cada verso. La poesía de Iván Baeza es luminosa y fresca, feliz hasta en el reproche; está llena de una sonrisa satisfecha de amante rebosado y cumplido, y cada palabra que hilvana es un regalo, un conjuro, una cerca donde guardar el corazón que palpita y mimarlo.

 AAFF_cubierta_PREMIO AKABA_OK_1Y la tierra se movió bajo ellos, III Premio Playa de Ákaba, es una extensión en prosa de su corazón poético. No en vano hay poemas en cada capítulo, resumen a la vez que entrada a la acción; hechizo a la vez que mapa, donde la historia de Andrés y de Alejandro, de Alma y Alberto y de Amparo se lía y deslía siempre con una ligera música de fondo y con esa esperanza que caracteriza su obra creativa y en la que Iván Baeza habla de la muerte, la herencia y la vida con esa suavidad profunda como habla de amor amante en versos sueltos de poeta eterno.

Ambas obras, de Editorial Playa de Ákaba, son dos momentos distintos de un mismo proceso creativo; ambos son un regalo, en el que el verso vuela más alto, por ser más ligero, y llega más adentro, por ser más certero. Porque, aunque haya muchas formas de decir Te quiero, ninguna tan profunda y suave, tan cargada de levedad y de belleza como las de un poeta. E Iván Baeza tiene mucho de poeta en cada línea que escribe.

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La nueva (in)comunicación

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   Ya no es un fenómeno nuevo. Podemos transmitir y recibir información en el tiempo que tarde la línea de internet en activarse. Pueden ser unos milisegundos o unos minutos. Podemos estar uno en Tombuctú y otro en Alaska y la señal, el rasgo, al palabra, incluso la intención llega, que no la piel, el tacto, la persona. Pero si de algo se caracteriza la raza humana es de un exceso de imaginación, y ese toque, esa palabra, esa intención puede dibujar una caricia, un abrazo o una reprimenda. Y hasta a veces la carnalidad virtual del que está lejos.

   Ya nadie escribe cartas manuscritas (yo ya no sé escribir de forma manuscrita, con decencia, se entiende) que tardan en llegar por correo un tiempo eterno. Sin embargo cuando aquél que nos quita el sueño no responde a una llamada, a un mensaje, ese tiempo se hace chicle y se estira y se estira con sabor a qué le pasará, estará malo, no querrá saber más de mí. Antes de la nueva comunicación el silencio era atribuido a la lentitud de los medios, la lejanía de las zonas geográficas, incluso percances más inverosímiles: cabría esperar que, al que iban dirigida las letras, tardase en sentarse a escribir esa respuesta ansiada.

   Como la inmediatez hace de la urgencia una necesidad, hemos perdido la paciencia que antes teníamos para conocer la réplica a nuestro requerimiento. Quizá porque sabemos que esa pregunta, o esa muestra de interés ha sido recibida de inmediato y muchas veces sabemos que ha sido hasta leída y dejada de lado durante un tiempo. Y es aquí donde entra la nueva incomunicación: ¿hasta dónde llega la dejadez sin que sea falta de educación; el descuido sin que sea verdadero desinterés; cuándo sabemos si esa persona que está detrás del teléfono inteligente (menudo nombre) muestra verdadera apatía por nuestra presencia virtual o, sencillamente, está ocupada y no puede atender inmediatamente nuestra demanda de atención?

   En un momento de la historia humana en el que tenemos todos los apoyos necesarios para conectarnos, entendernos y apoyarnos, estamos cada vez más alejados del contacto, de la mirada directa, incluso de la diplomacia que declina una invitación fuera de lugar o una frase inapropiada. Hemos llegado a imaginarnos tanto a la persona virtual con la que nos comunicamos que hemos olvidado la persona real que está detrás de esa pantalla y que en un momento determinado querrá saber, necesitará una respuesta, deseará cristalizar una ilusión o conocer el resultado de una prueba médica. No hay mesa en un cafetería en la que al menos una de las personas no esté mirando la pantalla iluminada, o incluso todas. Las conversaciones se interrumpen, dejan de ser fluidas; se establecen paréntesis que rompen la belleza del momento, la magia de un encuentro real; uno mira hacia el infinito mientras el otro bucea en la pantalla colorida aquello que le reclama tanta atención y que lo absuelve totalmente del mundo real que le rodea.

   En general, muchos mensajes se dejan sin responder, probablemente por conveniencia; si ocurre por olvido o distracción, una disculpa encabeza el enunciado; no he recibido, al menos yo, ni una sola vez petición semejante ante una tardanza injustificada de una respuesta que, sin tener que ser inmediata, quizá sí requiera cierta premura: esa cualidad que certifica la importancia de la relación que se establece, que la hace única en su uniformidad, verdadera, real.

   Ya no sabemos hablar por teléfono; casi un siglo después, preferimos mandar mensajes de texto mal escritos por las prisas, porque los signos de puntuación son un incordio a la hora de apurar la respuesta; hemos sustituido incluso palabras por signos animados, que si bien son muy expresivos, no dejan de ser metáforas en la imaginación de quien los usa y de quien los lee, con lo que se puede tergiversar una intención o todo un mensaje. Queremos mensajes cortos, llenando de bocados de conversación una pantalla o dos del teléfono; algo que nos llevaría, al hablar, cinco minutos, al escribir torpe e inconcluso, nos alcanza media hora, y la claridad del lenguaje hablado se pierde en las marañas (en más marañas) ante ese lenguaje cifrado de caracteres y palabras mal escritas que quieren decir muchas veces todo y, otras muchas, nada.

   Si hay diez personas en una sala, siete están con el móvil; dos puede que estén comentando la jugada, y el que queda, mirando a Babia porque no se entera de nada. Los negocios, la amistad, el amor, nada se salva ante este continuo bombardeo de comunicaciones, intento de conexiones y de selectivos silencios. Pues si hay algo que caracteriza al ser humano es que aquello que le interesa le llena de intención y de acción por más personalidad indolente que posea.

   Así, en la nueva incomunicación ya sabemos que si no hay respuesta inmediata es que no interesamos lo bastante; el silencio ha pasado a formar parte de las peores muestras de mala educación, pues habitando en un mundo de ecos, el hueco del silencio llega a ser atronador. Si hay lectura inmediata y no hay respuesta secundaria hasta pasados uno o dos días, el grado de importancia para el receptor es más bien escaso: la prima pesada, el pretendiente plasta, el admirador de Instagram que no nos deja en paz. Y si simplemente hay ignorancia o, lo peor de lo peor, que nos deje de seguir por una red social (o por todas las quinientas que hay) sin avisar, eso equivale a la apatía máxima, al abandono sin retorno.

   El campo de juego de las relaciones humanas está en tensión, al estrenarse un campo de juego que lleva las emociones conscientes y las inconscientes a un grado tal de ebullición nunca antes visto y cuyas consecuencias son fácilmente previsibles… Con lo sencillo que es llamar por teléfono, o escribir una buena nota aclaratoria si no nos atrevemos a hacerlo de viva voz, sobre lo que nos interesa o no de esa relación virtual, sobre sus límites o sus ventajas; con lo fácil que es mirar al interlocutor a los ojos y descubrir en ese rostro una sonrisa, o unas lágrimas o una mirada apreciativa… Pero en el reino de la mala educación, la nueva incomunicación campa libre y sin freno, pues estamos demasiado enfrascados en la esencia de nosotros mismos para poder, no ya sólo darnos cuenta del probable daño que podemos infligirle a otro, si no del que nos estamos haciendo a nosotros mismos y a nuestro día a día.

   Yo tengo un ligero punto TOC en cuanto recibo un mensaje o una llamada telefónica. Viene emparentado por mi desagrado a hacer esperar a alguien o no atender un requerimiento cuando me lo solicitan. No soy el único superviviente, espero, de esa raza de personas que responden lo más rápido que pueden, que no dejan a nadie sin una señal de haber sido leídos, sin evitar enviar una palabra forzosa o un mundo de corazones agradecidos. Y, desde luego, esa raza que aún mira a sus congéneres a los ojos, les presta la mayor atención del mundo y hasta aprecia la necesidad de un apoyo, de un abrazo o de un beso si se tercia.

   Pero me temo que cada vez seamos menos y que acabemos sepultados por ese muro de desidia, de ignorancia y de silencio: esos códigos que parecen liderar, en nuestros días, la nueva incomunicación.

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La parte escondida del iceberg: tan corto el amor, tan largo el olvido.

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La vida no es un río, la vida es un largo estuario que se abre inmenso entre la brevedad de ese torrente que lleva nuestro nombre y el incontenible mar de la existencia. La parte escondida del iceberg, el nuevo libro de Màxim Huerta, es un viaje intenso a las profundidades de esos limos que lo fundamentan como hombre y que justifican cada una de sus obsesiones, sus miedos, sus aciertos y fracasos, retratados con falsa sencillez en cada uno de sus relatos anteriores.

La vida es un tatuaje: cada sentimiento, cada sensación quedan grabados en la piel dejando esa huella indeleble que produce primero dolor e inflamación, que requieren cientos de cuidados inmediatos, y posteriormente olvido. Cada amor es una cicatriz, cada vivencia una herida que, más que inflamar la (vana) ilusión de vivir, mengua las fuerzas y las justificaciones que nos hacen seguir adelante.

La vida es amar en períodos cortos, siempre con buen tiempo; la vida es olvidar lento, estirado y pegajoso, casi siempre lleno de lluvia (lágrimas) que se congela en ese camino sin fin que va desde nuestros ojos al corazón, invierno de una existencia que es infierno helado, recuerdos escarchados que pugnan, a poco de amontonarse, con salir a flote y ahogar todo esfuerzo por desterrarlos.

La parte escondida del iceberg es la orografía sensitiva, sensorial, gustativa e íntima de Màxim Huerta. Un amor inolvidable pende de la cima de esta historia, que sin embargo viaja rápida e inexorable hasta el fondo de esa nada sin forma que es la vida recordada y recobrada, para encontrar justificaciones y sentido, y emerger arrebolada, débil, titubeante y frágil, henchida de melancolía, de reproches y de amargo resentimiento. Contra el amor: de niño, de hijo, de hombre, de amigo, de amante.

Es un mapa sin rutas, porque el dolor traza sus propios senderos, y el miedo le da alas. Y sin embargo es la cartografía de un ser que se ha hecho a sí mismo, grande, tenaz, inmenso, inconmensurable, a pesar de que se reprocha una y otra vez como torpe, miope, orgulloso y miedoso. Nadie puede escribir con el corazón siendo pequeño; nadie consigue, a pesar de los innumerables baches del relato (de la vida), una libertad tan prístina si no lucha sin denuedo contra todos sus demonios interiores, sus supuestos defectos y su tristeza.

Nadie muere ya de amor. Pero muchos andan con la vida atemperada por su pérdida. En La parte escondida del iceberg, a pesar del eterno frío de esas llamas congeladas, el corazón de Max late lento, desordenado, constante. Màxim Huerta titubea, porque la vida embarazosa es así, hasta que el relato consigue la esencia de una confesión y la vergüenza se deja de lado: los disfraces de cada uno de sus libros, desde Que sea la última vez… hasta El Susurro de la caracola, donde sabemos la procedencia del miedo y cuál es el ogro de la niñez; desde Una tienda en París, donde notamos esa mezcla de alegría desenfrenada y sensualidad a flor de piel y el miedo a tomar la decisión correcta que nos dé la Libertad; desde La noche soñada hasta No me dejes, donde todos los fantasmas de un niño que ya no lo es se sacrifican a un presente imperfecto, profundo y único en donde habitan mil errores y pocos olvidos; desde El lector hasta cada uno de sus artículos; desde Mi lugar en el mundo eres tú hasta su propia frontera, la que separa el cristal de las gafas de su mirada, la barba de la boca, los labios de la voz que habla, las manos de las palabras que escribe; el sacrifico de una niñez que sin embargo late muy vívida en su recuerdo; la embriaguez de la juventud y el triunfo, lleno de ese lustro que sólo una sociedad agotada en sí misma permite su pertenencia y su goce; el placer de la conquista y los amores fugaces, quizá equívocos, tal vez inútiles, hasta ese momento, variable para cada uno, en que el amor hacia Otro hace tanta mella que destruye la geografía de una vida y la cambia para siempre. Nadie muere ya de amor, pero ese sufrimiento mina e inestabiliza y a veces nos impulsa, a través del arte, a transmutarlo, a transmitirlo y finalmente a dejarlo de lado, lastimados y agradecidos de semejante experiencia y de tamaño regalo.

La parte escondida del iceberg no es una novela: es un relato a borbotones de la angustia vital de un hombre que no puede más; un poeta cuyas válvulas de escape ya son incapaces de soportar la presión de una vida burbujeante y vacía, que le impide ver la belleza que le rodea y, aún peor, la propia belleza que posee. Es un relato angustioso, desesperado, lleno de referencias innecesarias, porque nada justifica más ese estado de fosilización y de movimiento, de arcadas y vómitos, de medias sonrisas y de obstinación; Màxim Huerta, el escritor, consigue transmutar al Max de la intimidad al comprenderlo, y aún más, al aceptarlo. Máxim Huerta, el escritor, consigue finalmente aceptar al Max herido y solitario, por torpeza o por propia elección o por obstinación o por comodidad, a través de un parto eterno que ha necesitado cinco relatos, un rosario de resacas, miles de kilómetros recorridos y el intenso frío de un invierno casi irreal de París.

En La parte escondida del iceberg pueden sobrar muchas cosas que distraen del relato, porque la vida está llena de esas jugadas estrafalarias que consiguen que perdamos el agudo sentido de orientación de nuestro corazón, pero no le sobra ni un latido, ni una lágrima, ni un aliento de hielo: podemos amar hasta cansarnos y siempre nos sabrá a poco; podremos desearlo con todas las fuerzas del cuerpo, pero siempre será largo el olvido, porque hay cicatrices, hay aromas, hay tactos y una rendición inexorable a la belleza de lo perdido, a la recreación de lo pasado, que nos atan a él.

Todo fin es un nuevo comienzo. En La parte escondida del iceberg ha penetrado la luz, y su calidez, aunque tímida, ha dado paso al deshielo de la primavera. Por eso se ha escrito en enero, por eso se publica en abril. Por eso Màxim Huerta es uno de los escritores más valientes que conozco, y Max, uno de los hombres más admirables que existen. Hay secretos, medias palabras, nombres no dichos, causas inexplicadas, vida escrita aún con caracteres ilegibles. Pero el corazón late y de su centro mana sangre a borbotones, cálida, lenta, pero constante, y ese latido lo hará elevarse hasta la altura que merece, hasta la comprensión real y última, que revela siempre, siempre, la vida que se vive.

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El mundo real

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Ojalá pudiéramos vivir sólo en nuestras ilusiones, que ese mundo cambiante, elástico, se hiciese real, firme, fijo. Ojalá pudiéramos sentir sin límites y  sin miedos, liberándonos de toda inhibición y llenarnos de la energía sin fin de lo posible. Esa esperanza que late a la espera de hacerse hecho, verdad.

Ojalá pudiéramos soñar a la vez. Porque los soñadores se encuentran en algún punto común, donde las sonrisas y los corazones parecen fundirse y no hay malentendidos, donde todo fluye con la facilidad de lo divino y vivir es realmente un regalo mágico.

Pero debemos dejarlo ir… En el mundo real tú no me amas y yo suspiro por ti. En el mundo real me abrazas como a un oso de peluche y me aprietas los carrillos ya un tanto fláccidos y me miras con ojos que no me ven, no como yo te veo a ti.

En sueños, tú y yo vamos de la mano. Y hay silencio. Porque nuestras intenciones hablan por los codos y no necesitamos palabras, el roce de un dedo, el reflejo del viento en el vello de nuestros brazos y una sonrisa que es como un sello de intenciones. Pero en el mundo real vamos separados, dos metros uno del otro, hablando de todo un poco y de nada en concreto, lamentando un hecho, suspirando por algo que quedó atrás, por el cierre de un local, por las ganas de tomar un café. En sueños nos miraríamos a los ojos y sonreiríamos. Y nos besaríamos. Pero en el mundo real nos vemos y no hay ninguna caricia, la mía se queda a medio camino, demasiado tímida; la tuya, es pura inadvertencia. Y sonreímos. Yo porque estoy a tu lado, tú porque te hago gracia y te sientes mejor cerca de mí.

En el mundo real debemos separarnos cuando nos vemos. Y nos vemos alguna vez, o dos, al año. En sueños iríamos abrazados hasta nuestro hogar blanco, y en nuestro sofá blando nos hundiríamos con el peso enorme de tu cuerpo, y el lenguaje de las caricias y de los besos lo llenaría todo, incluso los gemidos, y después te levantarías a buscar algo para comer y yo abriría las cortinas para que la noche celosa jugase con nosotros a hacer magia con el amor. Pero en el mundo real, cuando llegamos a tu casa, me abrazas como a un peluche, y me tiras de las orejas gracioso y hasta jugueteas con el pelo de mi pecho, sonríes como si tal cosa y me dices adiós. Y suspiras. Porque te vas con él. Y yo me quedo allí, de pie, con el dedo en el telefonillo, intentando buscar restos del calor de una mano que ya no está.

Ojalá pudiéramos vivir en nuestros sueños, donde todo es fácil, donde todo es realidad: el mar insomne, el océano de estrellas, el aroma de tu piel en mi piel, y la sonrisa de tu mirada en mi rostro. Ojalá pudieras darte cuenta, aunque fuera sólo un poco, de lo ancho de mi amor, de la profunda espera, de la pasión que refreno y de mis inmensas ganas de besarte, de beberte y de abrazarte en la singladura nocturna hasta atracar en el amanecer de tu vida. De tu vida real. En el mundo real. Allí, donde nada es posible, ni tú ni yo.

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Jane Austen: Orgullo y Prejuicio con Sentido y Sensibilidad

Si no fuera por la insistencia calurosa de Mikel Fernández Bilbao, hubiera seguido dejando de lado, o mejor para más tarde, leer a Jane Austen. Ni mi orgullo ni algún prejuicio escondido me mantenían alejado de su literatura, salvo quizá el empacho de cultura anglosajona de la que gozamos desde mediados del siglo XX hasta ahora. Lo curioso es que en estos momentos, con datos alarmantes de agotamiento, encuentro más adecuado acercarme a una literatura centrífuga, casi rayana en la obsesión de observarse a sí misma y que sin embargo nos regala bellos retratos de personajes tan pegados a la tierra, tan complejos y simples a la vez, con los que nos resulta fácil identificarnos y que nos permite, en esa aparente sencillez, adentrarnos en mundos llenos de poética narrativa, cuajados de espacios abiertos, verdes y melancólicos, y en esos sentimientos más íntimos, por fuerza vergonzantes por ser mantenidos ocultos, que mueven nuestras reacciones, que a veces nos justifican y por siempre definen nuestros sentidos.

De Jane Austen se dice que inaugura de algún modo la literatura anglosajona moderna. Desde luego le da una sacudida tal, que desde finales del S XVIII nos llega a hoy con la misma frescura y hondo conocimiento de la naturaleza humana que cuando la ideó su autora. Dejando atrás su repetitivo sentido de la estructura narrativa, por lo demás imitada posteriormente por excelsos escritores paisanos y extranjeros; la capacidad de esta mujer para diseccionar la sociedad inglesa (o al menos la porción de la sociedad que conocía), siendo mujer (¡estamos hablando de las postrimerías del S. XVIII e inicio del S. XIX!, cuando aún coleteó hasta nuestro propio siglo la indecencia, o mejor, la inconveniencia de que una mujer escribiese, y aún más, bien), es tan precisa, tan calculada, tan exenta de vergüenza, que fascina y divierte, y encima de todo, enseña de una forma constante y única, consiguiendo de lo cotidiano algo universal.

Nada es pequeño en el corazón de alguien que puede escribir dejando semejantes ecos en la eternidad.

Sus personajes son mujeres, lo que ya es una novedad que se mantiene hasta nuestro tiempo, prácticas, de posición social inestable pero siempre respetables, apasionadas, reflexivas, espontáneas y muy observadoras. Diseca sentidos y sensibilidades, el ansia de estabilidad (que se repite en cualquier vida), ese sentido agudo que toda mujer tiene de supervivencia y aún de renuncia y de adhesión a un destino tan estático como frustrante; manipuladoras, talentosas y muy, muy inteligentes. No hay nada en Jane Austen que esconda su agudeza, su conocimiento ni sus habilidades. No hay nada en la autora de Orgullo y prejuicio que disfrace esa aguda franqueza (inusual en cualquier escritor y sobre todo en una mujer, en la época en la que se consideraba que toda opinión vertida por una era más que un desacierto, un escándalo cuando era sencillamente una verdad) con la que nos describe la sociedad que le ha tocado vivir ni que denuncia, de esa forma sibilina que sólo una mujer puede llegar a vertebrar, el estado femenino, las carencias de su género, ni sus armas para poder sobrevivir.

Y si a esto añadimos una visión muy certera de la naturaleza humana y el acierto psicológico de elevar las taras humanas a relatos brillantes y minuciosos, llegamos a entender que Orgullo y prejuicio siga siendo una de las novelas más leídas, agradecidas y brillantes de la literatura anglosajona.

Precursora de Tólstoi, de Proust, de Gide, que llevan más allá ese sentido de lo femenino, masculinizándolo (¿o quizá feminizando las ansias masculinas de estos autores?) quizá, inyectando un preciosismo en sus descripciones y una precisión de escalpelo de las que Jane Austen (gracias a Dios) carece, mostró a los escritores del naciente S. XIX que la vida de una mujer, que sus deberes mundanos y su día a día eran oro puro en manos sabias; Jane Austen, que une sus manos a George Sand y a Marguerite Yourcenar sin duda, y a Marguerite Duras también, nos enseña que ninguna historia es pequeña, que una observación minuciosa de la naturaleza humana da pie a mil enredos que no requieren profundas retóricas, si no un sentido profundo de lo verdadero, y una sensibilidad extática para ser escritos. Jane Austen es el puente que une la literatura de la mujer como escritora (que no femenina) del S. XVIII al S. XXI y no cabe duda que perdurará en al retina y en las letras de todas aquellas que quieran retratar su día a día, sus miserias y sus virtudes, con la mayor libertad, el mínimo embarazo y la mayor exquisitez posibles.

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