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Mi lugar en el mundo eres tú: íntimo corazón viajero.

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Mi lugar en el mundo eres tú es la nueva travesía de Màxim Huerta. A mitad de camino entre un carnet de viajes, una guía turística, un nuevo trabajo a cuatro manos con el ilustrador Javier Jubera, y un catálogo de gustos y querencias, Mi lugar en el mundo eres tú nos regala al más íntimo y desnudo Màxim Huerta.

Tendemos a buscar en las historias escritas mucho de un autor; fantaseamos que ésta o aquella escena o un personaje determinado, sean un reflejo de la realidad del escritor. Esperanzas vanas: todo personaje, toda situación descrita son una amalgama de vivencias propias y ajenas, a veces fruto de la observación y otras de la investigación más pormenorizada; la escritura es un acto de reflexión, de refracción y de escucha donde todo cabe y se funde, como la cera en el bronce de una estatua dentro de la fragua de la creación. Eso no ocurre con Mi lugar en el mundo eres tú, antes bien: estamos ante el retrato, a manos llenas, de un corazón. Màxim Huerta coge todos los colores de su alma y pinta con trazos perfectos las carreteras de sus sueños, los miedos de sus sentidos, los disfrutes de sus sentimientos y sus gustos, sus pensamientos y sus verdades veladas para regalarnos un relato lleno de pespuntes, de hermosas imágenes fotografiadas por él mismo; de sus filias y sus dolores y de esos errores que se confiesan sólo en el ambiente tierno de la buena compañía. Màxim Huerta establece con el lector una intimidad cómoda, en la que se muestra y se desvela tal cual es, con una valentía inusual en cualquier escritor, y por lo mismo perfecta, poderosa: nada hay en el libro que sobre; nada falta, dejándonos con ganas de más: un romanticismo que evita la ñoñez; referencias literarias y cinematográficas que se alejan del chovinismo cultural; un equilibrio perfecto entre cercanía y ligereza, entre hedonismo maravilloso y asepsia intelectual; cuaderno de recuerdos y versos y un corolario de reflexiones que son lecciones aprendidas y vida vivida y bien aprovechada.

Como ya ocurrió con El lector, las imágenes de Javier Jubera aportan cohesión a lo contado, que a veces se desperdiga para amalgamarse más adelante, y un toque mediúmnico y casi irreal, acercando al lego las referencias literarias que pueblan las páginas de este inusual libro de viajes, donde se retrata un gusto, una sorpresa y una vida llena de corazón. Da la impresión que Màxim Huerta paulatinamente se deshace del lastre de la vida para volar ligero, como ha aprendido a viajar sin exceso de equipaje: sus columnas semanales en periódicos como El Español, por ejemplo, y ahora este texto, nos lo dicen en susurros confesados cada vez con voz más clara.

Hay que ser my valiente para escribir una joya como Mi lugar en el mundo eres tú. Cada línea rezuma sangre tibia, cada hoja evoca el latido de un corazón; cada imagen, cada recuerdo, el retrato de un alma que se desnuda… Y tras esa desnudez está una vida. La suya. Y la nuestra, que viaja junto a la suya, cada vez que publica una nueva aventura.

cxpn-qgxgaar_mf©David Sadness

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De La Lata de garbanzos: Casa de Extranjeros, un diccionario de maravillas (de Venancio Pereira).

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Del magnífico blog de Fernando Venancio Pereira: La lata de garbanzos se puede decir muchas cosas, pero lo mejor de todo, es que ha dado pie para la publicación de dos libros estupendos, no sólo que merecen ser leídos, si no todavía más, pensados y admirados, saboreados en su belleza del lenguaje culto (pero no cultureta) y sencillo (que no simple), lleno de emociones y de sabias reflexiones tamizadas por una mente analítica que ha sido siempre brillante (conozco al autor desde tiempos inmemoriales, aunque hace más de media vida que no tengo el placer de su compañía) y sobre todo, o más que todo (y he aquí el mérito de una vida vivida), compasiva y única.

Venancio Pereira (como firma sus libros, aunque él prefiera, y yo le conozca desde siempre, como Fernando) procede de una familia portuguesa emigrada a Venezuela  en los tiempos en los que salir de Europa era la mejor industria de muchos países (Irlanda, Italia, España y Portugal son buena prueba de ello), y el sueño de América (en contraposición a los americanos, que sueñan con Europa, estableciéndose una balanza muy curiosa que sólo los que somos producto de esta mezcolanza de viajes atlánticos podemos entender), era lo único que podía sustentar una vida más gris y oscura de lo que nadie pudiera desear. Debido a eso su cultura es híbrida: de la vida en la calle traía las costumbres, los usos y modismos de un país, y de su casa, los usos, las costumbres y el lenguaje de una cultura distinta, que no diferente, abierta sin embargo al mestizaje, orgullosa de sí misma, segura y por lo mismo generosa, dispuesta a captar lo mejor, filtrarlo y transformarlo en algo nuevo: Venancio Pereira es uno de esos frutos de un árbol único, muy raro, y que debería conocerse y cuidarse con esmero.

La lata de garbanzos es un blog. Un blog sobre las experiencias, las vivencias, la exposición de un lenguaje único trasladado al español, la transposición de experiencia, o e vertido de la vida, sobre los caracteres de un lenguaje que deja de ser meras teorías y reglas para transformarse en significados reales, en vida vivida, empática, compasiva, tanto con los demás como con él mismo.

Cada uno de los relatos que conforman Casa de extranjeros está basado en el embrujo de una palabra, a la que Venancio Pereira carga de motivos, de sentimientos y de un nuevo significado sin romper las reglas del idioma, antes bien buscándole más peso, regalándonos el fruto de un pensar profundo transcrito con una prosa honda y sencilla, directa y llena de corazón. Porque si hay algo bello en todos los relatos de Casa de extranjeros es que están cargados de corazón.

Amor. Amor por los abuelos, por los padres; extrañeza por el descubrimiento de un mundo; a veces tristeza y mucho sentido común: la evocación del pasado, dibujada con esa saudade tan propia del occidente atlántico (y que compartimos en herencia geográfica y cultural), es decir con una melancolía serena; la reflexión, libre de excitación, del presente de un país (Venezuela) que se cae a pedazos (grandes); y las lecciones que el autor ha sabido extraer de cada una de sus vivencias, hace de Casa de extranjeros una joya rara, única, que merece ser leída, publicada y disfruta por el gran lector, aficionado a las historias libres de artificios, que hablan con realidad directa sobre las verdades de ser hijo de emigrantes, de ser mestizo de culturas, de ser extranjero en todas partes, de ser persona que piensa, que siente y que se admira y se compadece de todo lo que ocurre a su alrededor y desea compartirlo con eso más secreto y más oscuro y que se desvela en cada una de las líneas que escribe: con su corazón.

El porqué de que editoriales dejen pasar oportunidades semejantes, se me escapa. Pero si siguieran el instinto de verdaderos lectores, conseguirían sin duda muchas ventas, un escritor del calado de Venancio Pereira un reconocimiento merecido, y sobre todo, cambiar pensares y construir realmente un mundo mejor.

 

   Casa de extranjeros se encuentra en versión electrónica, junto a otros libros del autor, en www.amazon.es

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Sólo quiero…

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Mi bisabuelo vivió cien años. Dicen que fumaba habanos hechos por él, con esa técnica exquisita que nació en Cuba, tierra de artistas y de algún fanático que otro, que de todo hay en esta vida.

No sé. Dicen que tomaba una copita de anís al levantarse. Pero quién sabe. Podría ser de ginebra o de orujo, que quizá sea lo más probable. Y que dormía poco. Porque era melancólico y la noche le gustaba más que el día. Dicen que hablaba con los muertos como si estuviesen vivos, que se enredaban en sus cortinas raídas de terciopelo y jamás permitió que se cambiasen, apolilladas y llenas de arrugas por el paso del tiempo, porque allí anidaban sus sueños o sus fantasías o sus ganas, a saber. Y dicen que hablaba poco, con esa voz ronca que dan el tabaco y el alcohol, con los ojillos cerrados por millones de arrugas y tres dientes de oro que evocaban tiempos mejores.

Mi abuelo vivió noventa y tres. Sobrevivió a todos sus hijos, y casi medio siglo a mi abuela, que era de alma frágil según decían, y pasaba la mitad de las horas con el pensamiento nublado. No lo sé. Todas las mañanas mi abuelo se levantaba bien temprano y me despertaba con sus maneras hoscas y cariñosas al mismo tiempo, y me hacía ver nacer el día y apagarse una a una las estrellas, que él se empeñaba en llamar planetas de mamá. Recuerdo el sol suavecito, ese iris tranquilo apoderándose del lienzo del cielo, y las estrellas permaneciendo tranquilas mientras las besaban los rayos fosforescentes. Recuerdo también la gran oscuridad que precedía a la llegada del día, y el frío que sus manos callosas procuraban mitigar. Y oía su suspiro de medio mundo, ahogando pensamientos que no terminaban de llegar a su boca, y unas lágrimas como gotas de rocío en esos ojos cansados.

No sé. Dicen que jamás compartió lecho alguno con nadie, ni necesitó ayuda para educar la media docena de críos que mi abuela le dejó en encargo. Si se quejó alguna vez, nadie lo sabe. Yo sólo sé que me quería con esa mezcla de sorna y delicadeza propia de las personas mayores, que están de vuelta de todo pero que conservan en su corazón lo más puro de la vida, ese tesoro que sólo se revela cuando ya no están con nosotros. Y que dejan en herencia.

De mi padre dicen que se quedaba callado, que le daban arrebatos como olas de mar y se le pasaba la furia lo mismo que la alegría, apagándose como una vela. No sé. Sólo recuerdo que extrañaba a mi madre, que se fue según parece siguiendo un sueño o un corazón o una locura: llegado un tiempo nos damos cuenta que todo viene a ser lo mismo. Recuerdo que mi padre me llamaba con gestos y me acariciaba con la mirada; me cogía en sus brazos y después le abrazaba yo a él, y se quedaba callado pegando su corazón a mi oreja. Y después pegaba yo mi corazón a su oreja para que fuese feliz. De mi padre se dicen muchas cosas, todas inciertas. No sé ni me importa que piensen que era blando, que le faltaba raza, que le sobraba sentimiento, que tenía malhumorado el amor. Porque yo sé que mi padre se sentía incompleto sin mi madre y que le perdonó, en esos actos heroicos a los que nos lleva un amor planetario, sus liviandades, sus sueños locos, su fuga y su pérdida en pos de sus sueños. Supongo que logró lo que se proponía cuando nos dejó, desesperada, abandonados (sin ella) o sin su compañía, pues ella misma no estuvo casi nunca con nosotros, con la cabeza puesta en el corazón y el corazón lleno de sueños imposibles. No sé. Sólo sé que mi padre jamás dijo una palabra sobre ella, mudo como estaba, y jamás me levantó la voz ni me prohibió amar a quien quisiera. Y sólo sé que murió calladito, apagándose como el fuego de una hoguera, casi al rayar el alba que contemplábamos los tres: mi abuelo octogenario y mi padre cincuentón, cuando yo tenía apenas quince años.

Mi abuelo me abrió la puerta de mi vida, me alentó a volar, me enseñó a no temer a nada, salvo a amar. Mi padre era el mejor ejemplo; él mismo era un artificio mantenido sólo por la magia de la bioquímica. Somos hombres longevos hasta que nos ataca el amor; nuestra raza se enloquece, se alborota, se deja arrastrar por la ilógica, la sabiduría informe, por el constante cambio, la revolución sin fin del amor. Lo que no se acordaba mi abuelo, como mi bisabuelo, como mi padre, es que ellos amaban a raudales, se les escapaba de la piel como una fuente eterna, y que todo lo que tocaban (y tocaban tan pocas cosas…) se llenaba de vida, se hacía eterno, cristalino, único. Y yo tampoco me acordaba de todo esto, hasta hoy.

La mañana entra suave por la ventana. He puesto el edredón, porque el otoño ha llegado de improviso esta noche. Pero sólo lo noté al rayar el alba. Me desperté algo perezoso y apretujado por el frío y el suave dolor del ejercicio. Y suspiré sonriente. Y me levanté despacito con los pies descalzos (y mi bisabuelo iba descalzo por el campo a diario, viviendo cien años) y busqué entre las sombras sin formas el edredón apretujado en su bolsa, y lo desplegué enorme sobre la cama, que rápidamente se amoldó a tu cuerpo profundo y dormido y después al mío, junto a ti, cerca de ti. Y encontré ese calor suave que amodorra los sentidos y deja libre a la piel que siente y al sueño, hasta que la luz llegó tocando su melodía de nuevo día, y recordé cómo mi abuelo daba la bienvenida al alba contando estrellas, recordando vivencias, sonriendo al mundo insomne. Y me incorporé en la cama, dándome un golpecito con el cabecero, mirándote. Y me llené de tanta paz que creí reventar, y comprendí lo que mi abuelo buscaba en la llegada del alba: el amor.

Tenía miedo de amar. Mi padre vivió cincuenta años; mi abuelo noventa y tres. Y los dos añoraban amor. Y sé que el amor revuelve nuestros humores, nos inclina a hacer tonterías, nos hace olvidar nuestras propias necesidades y quizá nuestros sueños, y mucho más. No importa.Tenía miedo de morir más joven, porque la longevidad de mi herencia se ha ido apagando con cada generación de amores perdidos. Y me encerré en mí mismo, cuidándome hasta la obsesión extrema, calculando calorías, limpiando la piel de las frutas, echando gotitas de lejía al agua de las verduras, comiendo semillas, bebiendo aguas blandas de cuerpo ligero y escurridizo y miel de mil flores de campo, y usando ozono para la piel y cremas untuosas para la cara y el cuerpo, luchando contra la gravedad como contra mí mismo, corriendo cien kilómetros al día, subiendo barras, levantando pesos enormes, cortándome el pelo, dejándome barba, pensando y trabajando y quizá hasta sonriendo, con el corazón tapiado. Hasta que llegaste tú.

Esa sonrisa tranquila, ese mirar profundo. Hay veces que las palabras sobran porque los gestos hablan por los codos. Nos vimos de repente y me sonreíste. Te acercaste con esa piel que brillaba, con ese andar elástico y joven. Y los dientes desnudos y la mirada límpida. Y ese pelo largo enroscado en mil tirabuzones. Me diste la mano con un apretón que simulaba la fuerza del universo. Dijiste tu nombre: cada una de las sílabas siguen retumbando en mi mente esta mañana. Y me ofreciste una copa como si fuese de toda la vida y yo acepté sin saber si era orgánico, o qué grado de alcohol destilado tenía, o si la fruta que llevaba había sido procesada químicamente y sin siquiera preguntarme cuánta laca usarías para mantener esa cabellera salvaje dentro de la estrechez de un peinado perfecto. Y hablamos casi sin palabras, todo sonrisas, y nos contamos media vida (la otra media empieza aquí, junto a ti) y nos acercamos y nos separamos, para saludar a otros, para presentar a otros, para ir al baño, para coger otra copa, para ir a cenar. Y seguimos mirándonos como en un hechizo y hasta hablamos de los sueños cumplidos y los rotos, y los miedos y los fracasos, y sobre las heridas del alma y las del corazón. Hasta que llegó el momento de separarnos, en el portal de mi casa, y quedamos para dos días después, pero no me pude aguantar. Y te empujé dentro de mi portal como dentro de mi vida, y al besarme rompiste las celdas de mi corazón y dejaste que corriera sobre tu piel, debajo de tu piel, hasta quedarnos dormidos. Hasta la llegada del alba.

Sólo quiero amarte. Soy libre porque te amo. Lo sé. Lo siento aquí dentro. Y me duele el cuerpo por el ejercicio físico de amarte, tan desacostumbrado que lo tengo, pero mi corazón grita, mi alma se inflama de dicha. La luz entra por la ventana, que me sonríe llena de la mañana. El otoño llegó, la lluvia cándida, la tierra que se adormece y el corazón que palpita. Y ahora entiendo a mi bisabuelo y a mi abuelo y a mi padre. Y no me importa sacrificar mi longevidad heredada si cada día lo paso lejos de ti, si cada noche tengo que enfrentarme a mi cama vacía, a mi armario a medio compartir. De nada me vale luchar contra la edad si la edad llega a roerme las intenciones; de nada me sirve vivir pensando en un mañana al que le faltas tú. Y de cada hombre de mi vida tengo en mi vida un millón de recuerdos: un gesto, el color de mis ojos, el tono pálido de mi piel, la manía de ir descalzo, la costumbre de dar la bienvenida al alba, el ansia de contar estrellas y de ponerles un nombre. Un nombre cuyas sílabas retumban una a una en mi memoria y que tú posees.

No me importa el futuro, porque no habito en él. Ya no. Ahora sólo vivo en tu cuerpo, en el centro de tu compañía. Me alimento de tu aliento, bebo de tu sudor, duermo con tu sueño y me dispongo a fundar estrellas con tu compañía.

No sé si viviré hasta mañana… Y no me importa. Porque no quiero estar vivo sin ti. No quiero seguir apagado sin temor y sin riesgos. Sólo quiero tenerte cerca; sólo deseo velar tu sueño y besar tus pupilas y dormir, cerca muy cerca, de tus labios. No importa si es complicado, si todo al final se acaba. Ahora eso no importa… Porque sólo quiero amarte.

Y te vas despertando suavemente. Abres los ojos y esa sonrisa traviesa aparece como una estrella…

Qué felicidad.

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Metáforas (o cuando un médico intenta explicar lo inexplicable).

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Esta mañana, mientras realizábamos la ronda de visita a los enfermos, dos compañeros y yo charlábamos sobre las imágenes o metáforas que empleábamos para hacernos entender (es un decir) a los familiares y a veces a los propios enfermos. En contra de lo que pueda parecer, no es fácil, ya que la propedéutica y la semiología han creado alrededor del saber médico una barrera harto difícil de superar para el lego en la materia. Lo curioso es que ocurre con todas las profesiones: desde el carnicero al abogado (este último es cuando menos lo más enrevesado posible), desde el electricista al piloto de aviación, ese lenguaje críptico, edificado para facilitar la comunicación interprofesional, se vuelve una verdadera frontera fuera de los acotados límites de una profesión, y nada mejor para crear confusión y división que la incapacidad de comunicación entre seres humanos.

Dicho esto que no es fácil, en general procuramos disminuir el grado de tecnicismo a la hora de comunicarnos con los pacientes y sus familiares…Con resultados de lo más diverso. Hay excepciones, cierto es: trabajé con un colega que no se bajaba del tecnicismo ni que le cocieran vivo, no sé si por temor a perder su poder simbólico o porque realmente carecía del mínimo rapport a la hora de comunicarse con los demás del equipo no-médico que le rodeaba. A saber.

Una vez, siendo residente y rotando en el Servicio de Cardiología, iba a explicar a un familiar que su hermano había sufrido un infarto (del corazón, se entiende). La primera metáfora que me viene a la mente cuando hablo de las arterias, sean del corazón o del dedo del pie, es la de una red de tuberías (porque son tuberías, especializadas y maravillosas; pero llevan un líquido en su interior del punto A al punto B, vamos, mera plomería de toda la vida). Pues bien, tanteando el grado de formación intelectual de mi interlocutor puedo ir desde la semiología más purista hasta la imagen más sencilla que se me ocurra en ese momento (que puede pillarme con la imaginación despierta, por ejemplo a las cinco de la tarde; o aniquilada, como puede estarlo a las cuatro de la mañana). En este caso opté por la metáfora de las tuberías, ya que me parecía la más gráfica y sencilla de aprehender. Bueno, llevaba ya unos diez minutos de animado monólogo explicando cómo una cañería que lleva sangre al corazón se había tapado y de allí el infarto y que íbamos a hacer una prueba que intentaba sacar literalmente ese estorbo de la tubería, como si usásemos un desatascador de cañerías, para restablecer el paso de la sangre e intentar así que la zona de infarto fuese la más pequeña posible… Hasta que el familiar en cuestión me miró extrañado. Yo callé de inmediato esperando su reacción.

– ¿Es usted de verdad el médico?

Consideré durante tres milisegundos mi respuesta. Eran las seis de la mañana y llevaba unos diez minutos de explicación pormenorizada y muy sencilla sobre lo que le pasaba a un enfermo grave… ¿Y me preguntaba si yo era el médico de guardia?

– Es que no le entiendo bien, ¿no habrá alguien que sepa más de lo que le pasa a mi hermano?

El caballero en cuestión tendría unos sesenta y tantos años, claramente del ámbito rural, y meridianamente no nos estábamos entendiendo. O al menos yo no supe explicarme mejor, cosa que me parecía imposible porque consideraba que mi imagen de las cañerías era casi imbatible.

– Lleva aquí un rato hablándome de tuberías y obstrucciones y desatascadores y, perdóneme la imprudencia, pero no me parece muy profesional.

Menudo chasco a horas tan tardías. Suspiré buscando inspiración a la vez que intentaba no enojarme mucho con la situación. Si esto hubiese pasado a las tres de la tarde pues me hubiera reído, pero muerto como estaba a esa hora menuda la gracia que me hizo, yo allí dispuesto a desplegar mis armas dialécticas, y siendo despreciadas y aún puesto en solfa mi conocimiento sobre la materia en cuestión (aquí admito puntos de discusión, sin duda)… Vamos, menudo cuadro.

Resoplé de nuevo encontrando lo que consideré que era el punto justo de dignidad perdida: le comenté el caso como si fuese un profesional de la materia… Y se quedó muy satisfecho. Se hizo la prueba, se ingresó en la Unidad de Cuidados Coronarios con el infarto bien arreglado y todos contentos. Eso sí, no me entendió ni pío, pero pude ganarme su confianza en la incomunicación médico-paciente. Cosas de la vida.

Otra vez me pasó lo contrario. Habiendo ingresado a su padre en la UCI, una compañera médico de familia, que todavía no se había identificado como tal, detuvo mi perorata metafórica con un escueto:

– Soy una colega. Entiendo perfectamente.

Yo vi el cielo abierto. Le solté con sobria franqueza todo el discurso con pelos y señales sobre lo que le pasaba a su padre, los parámetros de función respiratoria y hemodinámica, el grado de Glasgow Coma Score, el resultado del TAC, etc. Cuando terminé, me quedé esperando alguna pregunta. No tenía ninguna. Me di cuenta que se había perdido a mitad del discurso. A veces no sabemos cuándo usar nuestras trilladas metáforas y cuándo es mejor tener la boca cerrada.

Con los cuadros que afectan al cerebro la cosa se complica un poco. Porque es un campo todavía medianamente explorado y muchas veces nos sorprende con sus respuestas. Las hemorragias intracraneales, los traumatismos, y sobre todo los cuadros secundarios a esas causas (que son muchos) son quizá de los más difíciles de transmitir y de entender: un paciente puede estar hablando perfectamente y al segundo siguiente entrar en coma, por ejemplo, o tiene un infarto cerebral por un trombo que obstruye las arterias del cerebro y al día siguiente lo que nos encontramos es una hemorragia gigantesca que lo lleva a las puertas de la muerte… El cerebro funciona con electricidad (no es el único órgano que se activa con esa energía maravillosa, pero es el que la emplea casi al 100%), cuando hay algo que altera la delicada estructura de las neuronas (las células cerebrales) éstas responden con chasquidos eléctricos, y a veces verdaderas tormentas eléctricas que se reflejan en convulsiones epilépticas o bien en estados de coma sin respuesta activa con el medio ambiente. La conversación que teníamos hoy durante el pase de visita trataba precisamente de la mejor metáfora para poder explicar a los familiares esa situación extraña de estar en coma porque la actividad eléctrica del cerebro era muy desordenada llegando incluso a sedar al paciente, intubarlo y conectarlo la respirador para ganar tiempo a que el cerebro se restituyese y calmase esas descargas erróneas. Yo alegué que usaba la metáfora de un cable enchufado al que se le da un tajo: hay chispas por todas partes y el flujo eléctrico de la habitación (o de la casa) se detiene, por lo que es necesario con la mediación detener ese desorden a la espera que todo volviese a la normalidad (no siempre vuelve a la normalidad, vaya por delante esta aclaratoria). Mi metáfora es simple, muy gráfica, pero yo mismo sentía que cojeaba. Uno de mis compañeros dijo:

– Yo uso la metáfora del ordenador.

Nos quedamos callados esperando su explicación, simple y perfecta:

– Todos tienen un ordenador en casa. Y todos sabemos que se cuelgan de vez en cuando. Pues les digo que el cerebro es como el ordenador, que a veces nos irrita colgándose y no hace nada. ¿Qué hace usted cuando el ordenador se le cuelga? Les pregunto. Todos contestan siempre: lo reseteo.

Sonreímos captando el mensaje.

– Pues al cerebro le pasa lo mismo. Cuando se cuelga, lo apagamos con medicaciones y esperamos un tiempo hasta encenderlo de nuevo… Y voilà!

Eso es una buena metáfora, porque todos la entienden. Y me la he guardado en el arsenal de recursos para la próxima vez que me encuentre en un aprieto.

La comunicación es vital. Evita malentendidos, resuelve entuertos, diluye al orgullo, tranquiliza a los corazones agitados. Quizá el empleo de un lenguaje técnico, tan propio de cada profesión en todas nuestras relaciones vitales, merme nuestra capacidad de entendimiento, y sin duda disminuye todas las posibilidades de identificación con nuestro interlocutor. Es nuestro deber como individuos minimizar esas barreras, disminuir esas limitaciones y encontrar un campo común de entendimiento y de comunicación, donde las emociones fluyan y también la comprensión y el respeto. En todos los ámbitos de la vida. Y eso incluye a los médicos que intentan explicar lo inexplicable a una madre, o una esposa, a un hijo, a un amigo que siente el temor de la pérdida a flor de piel en un maremoto que cambia vidas, que deshace mundos en apenas minutos, en unas horas, para siempre. La pérdida de la Salud, el túnel de la Enfermedad, la delicada frontera entre la Muerte y la Vida.

Y mientras tanto, lleno mi alforja de metáforas para poder comunicarme mejor con mis semejantes y para no sentir tan profundamente esa responsabilidad mayúscula de hacer lo mejor posible, con el menor daño posible, mi labor diaria.

 

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