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Violetas de España: uranistas en tiempos oscuros.

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Violetas de España: Gays y Lesbianas en el cine de Franco es el nuevo ensayo de Alejandro Melero, autor teatral, periodista, profesor universitario y escritor en sus (muy pocos) ratos libres. Autor del conjunto de relatos La escalera oscura, aquí nos ilumina con su faceta ensayística con una claridad y espontaneidad desbordante, una prosa fluida y erudita (fruto sin duda de un un extenso trabajo de campo) y un acercamiento entre minucioso, lleno de admiración, a la historia gay del cine español, en esos momentos de pensar oscuro que sin embargo enfilan la imaginación y dan a luz verdaderas obras (maestras) de ingenio.

Violetas de España es un relato minucioso sobre los entresijos creativos del cine: sus dificultades, los subterfugios, los miedos y las soluciones, no siempre perfectas, que todos aquellos creadores, en su afán de retratar la vida tal cual es (herederos de los insignes retratistas del Siglo de oro, empeñados en enseñarnos que un enano es un enano, pero no sin personalidad y sin alma su mirar. Así es Violetas de España, un buceo, un retrato al fresco y un análisis de lo que la aventura del celuloide tuvo que enfrentar para librar los cercos de la censura (las múltiples trabas de la manipulación) y expresarse de la forma más pura posible, que no siempre es el hecho desnudo.

No hay palo que el autor no toque. Su conocimiento extenso jamás se impone; antes bien, fluye con suavidad, como un poema, sobre cada uno de los tópicos que conforman el libro: pasa del cotilleo más banal al más profundo análisis, de la simple exposición de hechos a disecciones precisas de tiempo, lugar, deseo y acción que llevaron a los cineastas de esos años a erigir obras metafóricas y cifradas, con mensajes repleto de esas sutilezas de género que sólo el iniciado puede llegar a captar y, dado el caso, a comprender.

Alejandro Melero posee una prosa elegante, graciosa, dispuesta a ir al centro mismo del tópico sin llegar a ser jamás pesada; su entusiasmo, su conocimiento y el arte de saber contar historias como las que conforman La escalera oscura, brindan un dinamismo grácil, una mirada menos caduca y una falta de exaltación (sin olvidar una defensa abierta) que congracia el tiempo ido con el actual, los borbotones de creatividad que la censura provocaba, fuerzas telúricas que al chocar, de tan diferentes, daban a luz una montañas inmensas.

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Mucho se aprende de la visibilidad de lo diferente (de lo que la norma dicta como tal) en una industria abiertamente uranista y sin embargo internamente dividida y cruel; las vidas truncadas, los miedos pasados de los guionistas, los actores, los directores, hacían que se tensaran los arcos de la creatividad a cotas muy elevadas, y aunque tal tensión agota el brazo que lo contiene, ha sido capaz de crear obras memorables, irrepetibles y únicas que a día de hoy, en plena libertad, seríamos casi incapaces de producir.

Porque la creatividad no conoce de cárceles, de presiones, de manipulaciones. Consigue siempre ser superior a los hombres que la canalizan, y llegar al corazón de quien las sabe apreciar, aún sin entenderlas completamente, sobreviviendo al vaivén del tiempo, para que investigadores de la talla de Alejandro Melero nos muestren la piezas engarzadas de una historia oculta que siempre, siempre, como su raíz, ha estado allí, para que abramos los ojos y veamos lo que es un grito de eternidad: ser gay, ser lesbiana, ser uranista en realidad, forja valentías, alimenta miedos, pero nos hace grandes y únicos y verdaderos. Porque somos reales.

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Lo conozco bien

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Lo espero. Llega un poquito tarde. No lo tiene por costumbre. Antes avisaba; un guiño por el teléfono, una palabra bonita; no necesita más. Ni él ni yo.

Me hizo fácil el amor. O eso pensaba. No sabía lo que era, ni siquiera qué debía hacer para amarlo. Durante un tiempo iba a tientas, como evitando sobresaltarlo mucho, que lo hacía: al mínimo contacto apartaba la piel y fruncía los labios cerrándolos contra los míos.

Aprendemos pronto que nadie nos apoya siempre, que todos tenemos un muñeco roto dentro del corazón. Supe muy pronto que esa espina clavada en el mío era él.

¿No sería estupendo llegar a comprender por completo a otro ser? Que la pasión no nos ciegue hasta el punto de disfrazarlo con sensibilidades que no tiene, con argumentos que nadie desea. ¿No sería más fácil entrar con los ojos abiertos en el amor?

Yo quería que me mimase, que se ocupase de mí, que me preguntarse al llegar el día qué tal estaba, que dejase flores en la mesa, que apagara la lamparilla de noche una vez hubiésemos acabado nuestro ritual de huida. Yo quería que fuese lo que había soñado. Pero no fue así. Necesité tiempo para conocerlo, para no esperar de él aquello que no estaba dispuesto a dar. Y era tan poco…

Lo conozco bien. Ahora. Cuando creo que se ha cansado de mí, cuando me veo y no le veo, cuando supongo que me apoya pero no lo demuestra.

No sé. Quizá pude haber hecho las cosas de otra manera, evitar forjarlo con una imagen idealizada que no era; forzarlo a una intimidad que lo intimidaba, hacerlo quererme cuando sólo deseaba admirarme; hacerlo amante cuando sólo deseaba ser amigo.

Y sin embargo… Fuimos felices juntos. Pudimos haber sido de ambos, pero él nunca quiso ser de mi propiedad. Y me acostaba con una frustración encerrada en el pecho mientras él dormía, y me despertaba con una esperanza vana que se deshacía de inmediato.

Quizá pude ser más el amigo que el amante; ese que poco importa, al que se olvida y se llama sólo cuando se lo necesita…

Estaría bien, me digo. Porque así puedo gravitar más a su lado. Pero él posee sus propias fantasías, sus verdaderos sueños, y yo nunca he formado parte de ellos.

Y debo darme cuenta que nadie se entrega en totalidad al amor; que todos tenemos leyes no escritas que afectan las fronteras de una relación de dos, y que todo amor no es más que una batalla llena de egoísmos.

Lo espero. No puedo hacer nada más. Quizá si hubiese sabido desde el principio cómo era realmente no me sentiría así, destrozado, mientras espero por él. Tal vez si le hubiese prestado más atención y mucha más a mí mismo, no estaría pendiente de su llegada…

El amor jamás es perfecto. Se desborda y mancha, y embota los sentidos y nos hiere… Y nos creemos generosos cuando en realidad nos quemamos en las llamas de un puro egoísmo…

¿Quién lo sabe? No importa que haya cambiado mi mundo patas arriba; que haya dejado un trabajo brillante por otro más mediocre; no importa que de la caricia matutina no reciba más que migas y que en la noche no tenga más energías que la de quedarse dormido. No importa que nunca me llame o me mande un mensaje cariñoso, que no me avise dónde se encuentra ni con quién está… He llegado a la conclusión más dolorosa: nunca le importó ser mío y nunca lo será.

Me ha llevado tiempo darme cuenta; me costó llegar a entenderlo. No lo justifico: me ha hecho daño. Supongo que es el destino de las personas no amadas. Ahora lo puedo decir: no me ha amado nunca, o lo ha hecho de una manera que me ha dejado frígido, inapetente.

Ahora que lo conozco bien, no era a mí a quién quería. O no como yo quería en verdad. ¿Es una locura saber sin saberlo, engañarse a sí mismo, obviar las señales más evidentes, cerrar los ojos a la realidad? Yo lo he hecho… Así que puede ser.

Llega un poquito tarde, como queriendo alargar una sentencia de muerte sobre algo que yace inerte a mis pies. Lo espero, aunque sé que no vendrá. Es demasiado valiente para conquistar y demasiado cobarde para despedirse. Así es él… Y así quise quererlo. Lo sé: lo conozco muy bien.

Miro el reloj. Me levanto lentamente. Pago, de más. Ya no me importa. La última vez, la primera… El amor no es esto… Quizá el desamor lo sea. Lo conozco muy bien.

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Imre: una memoria íntima

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El relato corto (novela corta) de Edward Prime-Stevenson, un norteamericano exiliado en Europa nacido a finales del S. XIX ha sido editada por DosBigotes en otra obra artesana hecha con delicadeza y de una belleza incandescente.

Puede que el autor de Imre: una memoria íntima sea uno de los primeros uranistas en intentar despejar las brumas que la ciencia mal manejada en una época de expansión mecánica había generado: con su propias dudas, su propio sufrimiento, supo salir adelante y generar una personalidad proactiva (vamos a usar cuantos menos adjetivos y sustantivos posmodernos mejor) sobre su condición de vida.

Prime-Stevenson pertenece a la primera generación abiertamente sufridora de sus gustos sensuales. Entre la sabia libertad de Whitman y la liberación total de Yourcenar, toda una generación de uranistas se vieron afectados por la condición homosexual puesta en el tapete como desviación médica, como error antinatural potencialmente corregible (riesgos de que el último gran imperio de la historia fuese anglosajón, supongo, con sus cosas buenas también, por su puesto): Gide, Proust, Wilde, Byron, Forster, Vaughn, batallaron en sus carnes ese inútil combate entre impulso y freno, entre deseo y corazón, entre alma y piel que forjó destinos no siempre agradables y más de una desdicha inclasificable.

El amor escondido, el jardín secreto, confidencias dichas en voz baja, un ademán imperceptible, cierta caída de ojos y un ambiente silencioso en el que el movimiento más ínfimo podía llevar al placer o al dolor (o a ambos a la vez) configuraron desde entonces el vals del acercamiento y el roce, el agotador baile del alejamiento y la distancia. Esta urgencia por vivir en un tiempo de sofocos, que se ha extendido casi hasta nuestros días, ha hecho que surjan mil hipótesis, mil justificaciones innecesarias, pues nacen de un concepto erróneo: la idea de que no somos iguales, de que un gusto sensual se aprende y no se aprehende, que un estilo de vida determina una conducta y no al contrario, y esa obsesión en toda la historia humana de hallar diferencias y supremacías donde no las hay.

Los uranistas, llamados así antes de que el acuñamiento erróneo de homosexual saliese a la luz, viven, per se, una transformación personal sin igual que no debería existir pues es social más que real, o mejor, es real porque socialmente es una imposición cuyo arraigo se pierde en la zona del miedo al diferente, en el ansia de posesión de la verdad (¿Qué es la Verdad? se pregunta el que más sabe de ella en la historia occidental, y vamos nosotros a ser más listos que el Maestro), y por tanto, de la manipulación extrema. Esas fuerzas telúricas no siempre moldean personalidades sólidas, antes bien todo lo contrario; no siempre llevan a buen puerto la aleación necesaria para forjar verdaderos hombres, capaces de enfrentar las visicitudes de la vida con entereza o con resignación.

Imre: una memoria íntima es un gran resumen de esta realidad que aún vivimos hoy. Expresada en ese lenguaje delicado, purista, lleno de la musicalidad de una erudición cercana (no en nuestro siglo) y de ademanes corteses, la historia del encuentro de Oswald e Imre en la Budapest de comienzos del S. XX sirve de pretexto, o mejor, sirve de muestra de lo que los uranistas de la época debían hacer para sobrevivir, para encontrar ese ideal (porque había ideales más allá de lo externo, donde todo se mezclaba), esa vida perfecta en la que le jardín secreto se abría de par en par y se transformaba en un Edén. La diferencia entre esta obrita (por extensión, no por profundidad) y la de otras igual de maravillosas como Maurice de E.M. Forster, por ejemplo, está en su feroz activismo, en su inexcusable desenmascaramiento, en su total valentía en llamar por su nombre real un amor único, en comentar en alta voz no sólo los deseos, si no los problemas a los que una raza de hombres problemáticos se enfrentaban sin hallar sosiego, sin encontrar un remanso de paz, a no ser la fortuita liberación en un cuerpo similar, en un ansia dibujada con los mismos trazos, las mismas líneas humanas.

Escrito con una prosa maravillosa, a la que siempre he estado acostumbrado y que hemos perdido quién sabe dónde en aras de una escritura más fugaz (que no breve), Imre: una memoria íntima es una delicia de concisión y de profundidad, de poesía y de revelaciones, con un punto apasionado (que tal vez resienta al relato, pero que es su razón de ser), en el que quizá por primera vez el amor entre iguales se alza vencedor en un mundo que los odia. Antecesor a Maurice nos sólo en fecha de creación si no (más importante en una semana llena de símbolos como ésta) en publicación, precursor de un activismo que explota en Stonewall, un bar de Nueva York en 1969 (aproximadamente sesenta años después de su publicación), Imre: una memoria íntima sirvió de ejemplo a Forster, y tal vez también a Yourcenar (muy francesa pero mucho más cosmopolita e inteligente que la mayoría de los escritores de su tiempo, y de los que la precedieron), cuyo Alexis es, por sobre todas las cosas, una joya del género íntimo (y brevísimo y bravísimo) para labrar, poco a poco, el camino que enseñaba a todos aquellos malditos bastardos la senda del goce a cielo abierto y la vida en plena libertad.

En una semana que celebra el Orgullo de lo diferente, Imre: una memoria íntima, es, si no la primera piedra, sí el primer tramo del camino que nos ha llevado a nuestro mundo de hoy. Y merece ser reconocido como tal y apreciado en toda su valía artística.

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Tiempo de curar

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Estos días tuve la suerte de reencontrarme con un amigo de la infancia y adolescencia, compañero de clase desde principios de la formación hasta terminar, graduándonos juntos tras aprobar las pruebas de acceso a la universidad, cada uno a una carrera, él, todo lógica y análisis, con esa visión fascinante de hombre renacentista, se inclinaba por la ya naciente Ingeniería de Sistemas (llamada posteriormente aquí en España: Informática) y yo, todo lo clásico que se puede ser a los quince años, Medicina.

Todo me gustaba de él: su voz, su análisis de las cosas casi nunca errado, su constancia, esa muestra disciplinar de un talento que parecía brillarle en los ojos, el inmenso atractivo en el que se aúna cierta dosis de humildad, un punto de orgullo y un corazón generoso.

Treinta años después de nuestro último encuentro, el destino puso nuestros pasos comunes estos días en Madrid. ¿Mentiría si dijese que estaba ansioso por el reencuentro? No. Lo curioso es que no estaba nada nervioso, y aunque había visto ya fotos suyas en el mundo virtual y había leído, primero su blog y posteriormente sus libros, tampoco me preocupaba cómo lo encontraría. Quizá era un exceso de entusiasmo o, más certeramente, una carencia total de preocupación por los detalles. A veces soy así de despistado o de pasota, según se mire.

Con una puntualidad exquisita nos encontramos en Gran Vía. El mejor lugar para no hallar a nadie, entre la marabunta de gentes que allí cruzan día y noche, pero lo reconocí en seguida: alto, con su pelo oscuro con algunas hebras de plata en las sienes, sus lentes mostrando esos ojos hambrientos de información como siempre habían sido, los mismos ademanes y en el rostro, ni un rastro de esos treinta años que se han ido entre nosotros.

Nos abrazamos y empezamos a hablar desde el primer instante, como si nuestra conversación sólo llevase el paréntesis de unas horas y no de tres décadas.

Entre lo mucho que charlamos y el tiempo que fluía con una velocidad suspendida, entre lo mucho que nos preguntamos y que escuchábamos, me hizo una acotación que me dejó un tanto descolocado y que respondí saliendo del paso, por inesperada sin duda, pero sobre todo porque jamás me había parado a pensar en ello: ¿Por qué Tiempo de curar?, me dijo. Y no supe responder bien.

Desde entonces he pensado en la razón de que haya empezado un blog en los años en los que una bitácora estaba de moda, y llamarlo precisamente Tiempo de curar. Como le dije, resultó casi de improviso, dada mi poca imaginación para titular cualquier cosa. Y siendo cierto, no es totalmente verdad.

Tiempo de curar nació de una necesidad por mostrar un lado más amable, que no almibarado, de la realidad; un espacio donde desplegar belleza y delicadeza (al menos lo que el autor considera cosa tal), y donde exorcizar ciertos demonios que sirvieron para curar mi propio corazón y, posteriormente, un instrumento para afilar mis embotadas capacidades para escribir sobre cualquier impulso, pensamiento o acción.

Este blog nació con la intención de crear un paréntesis de belleza, pero también una vía de expresión de una persona que había perdido la voz y que la fue hallando, paulatinamente, entrada tras entrada, primero titubeante y después desbordada de imaginación y de palabras y palabras, que nacían de forma descontrolada y que han quedado aquí grabadas tal cual salían, sin ningún tipo de edición ni de freno.

Esa es la razón de este blog, que se ha expandido y se ha retraído, con esos movimientos respiratorios tan típicos de la vida, a lo largo de todos estos años, pero la motivación primaria sigue estando viva: Tiempo de curar es una isla de tranquilidad, un paréntesis donde la belleza ocupe un lugar, pero también la armonía, los problemas y las soluciones de la vida, su peso y su levedad, y sobre todo, o quizá debido a todo, un retrato de mí mismo, quizá el más elocuente y callado que jamás podré realizar. Si alguna vez intento semejante despropósito.

Tiempo de curar es yo, y todos los lectores que alguna vez han tenido la gracia de quedarse y leer estas líneas, de ver sus ilustraciones, de disfrutar con su música y de compartir, a veces, un trocito de esta vida única y regalada.

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¿Qué es la UCI? ¿Por qué humanizarla?

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Gabi Heras ha liderado un movimiento que busca reestructurar el paradigma de la Medicina Intensiva, la UCI, para saber ser más humanos, mejor profesionales cada día. Una necesidad que venimos sintiendo muchos profesionales integrados en el sistema que permite dar vida, o mejor, ganar tiempo para que el cuerpo sane con nuestra ayuda.

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Gloria, poeta

Gloria-Fuertes

Poema de amor que libera

Ya no soy la niña amarga

que tenía un mar de llanto

y alta ortiga por el alma.

Ya no soy la niña enferma

que al oír risas lloraba;

ya salí del solitario

bosque que me acorralaba.

Ahora soy la niña verde,

porque floreció mi calma.

Ya no soy la loca triste,

ya no soy la niña blanca,

nuevo amor ha traspasado

con el nardo de su lanza

mi corazón, que ahora tiene

un nombre de menta y ámbar.

¡Ay cuánta sonrisa noto

que trepa por mis espaldas!

¡Qué brillo tienen mis ojos

-viudos de siete mil lágrimas-!

La vida me sabe a verso

y los besos a manzana.

-El monte arregla sus pinos,

por las rocas el mar baila-.

El amor danza en mi pecho.

¡Ya me quiere! ¡Ya me aguarda!

Ya no soy la loca triste,

que al oír risas gritaba;

ahora soy la niña dulce,

ya no soy mujer amarga.

***

Es una mierda

Es una mierda

haberme vuelto cuerda

y no insistir en la misma dirección.

Es una mierda

volver a tener luz y ver tan claro

que soy un nombre más,

en el amado.

Ya como antes no grito,

y sollozo bajito

que ya no soy amada.

Es una mierda,

haberme vuelto cuerda

para nada.

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Enfermería y Servicio

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Damos por sentado muchas cosas. En materia de derechos ciudadanos, de seguridad, de educación. Si bien todos están interrelacionados, dependiendo unos de los otros, hay un derecho, una necesidad, y es la de ser Cuidado, Servido, en la Salud. Nosotros los médicos somos sólo el rostro más famoso del Servicio Sanitario, pero no el principal. La cara amable, la del trabajo duro, la que en realidad establece la relación cercana de cuidado, de servicio integral, se debe a la Enfermería, y por extensión a la Auxiliería y la Celaduría.

Los más olvidados. Todos nos quedamos con el rostro de un médico, con las manos que aportan el momento exacto de inicio y fin de un proceso terapéutico. Pero las manos que trabajan día a día, que logran ese milagro cuyos mecanismos intrínsecos hacen del médico un taumaturgo, y por tanto, alguien lejano, son las de la Enfermería. Ellos velan por nuestra salud, por nuestra comodidad, conocen nuestras vidas, dicen las palabras correctas, adivinan nuestras necesidades, porque nos conocen, sus manos con las nuestras, sus tactos con los nuestros. No hay nada más íntimo ni más natural que el roce de la piel, el brillo de una mirada, un comentario adecuado y la sonrisa en los labios.

Hay de todo, como en cualquier estamento humano. Pero la mayoría vive para servir, para curar, para regalar comodidad. Y muchas veces para brindar apoyo al médico, que desde su atalaya se siente perdido, pues son muy observadoras, muy estrictas y muy pacientes. Innumerables veces me han salvado de cometer errores, me han alertado a tiempo, han sabido guiar mis intuiciones. Sin ellos yo no sería lo que soy ni podría garantizar los cuidados que sé que debo administrar. Ellos son mis ojos, mis manos, mi sonrisa. Ellos, la Enfermería, que convive día a día con el paciente, son los obreros del milagro, los guardianes, los mensajeros. Y debemos darles, siempre y cada día, el lugar que merecen. Sabiendo sus nombres, conociendo sus historias, usando la misma paciencia, el mismo valor y la mismo amor que ellos dan en su trato con los pacientes.

En esta charla TEDx, Carolyn Jones les brinda un homenaje. Y nos recuerda porqué son importantes, porqué son los cimientos de la salud y, además, nos recuerda que somos unos privilegiados, en Europa, por mantener a duras penas un servicio sanitario (casi) universal, pues ellos en los EEUU no lo tienen, y el valor de la Enfermería se engrandece hasta alcanzar su verdadero valor: pilar fundamental de la asistencia sanitaria.

Ojalá algún día honremos a nuestro personal de Enfermería y asistentes: Auxiliares y Celadores, poniéndolos en el lugar que merecen.

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