Nunca más

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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©EnriqueToribio

Podría haber sido algo extraordinario. Luces de colores, oscuridad que precede al alba, leña que crepita en un fuego potente. Así es lo que siento por ti. Como una atracción entre dos extraños, que al tocarse sienten el flujo del universo y el comienzo de una experiencia única, así es lo que siento por ti. La suavidad de lo deseado, el reposo de la confianza y la tranquilidad; la pasión desbocada que eleva astros, que estrella planetas al suelo de la piel y deja aromas a tiempo ido: así es lo que siento por ti.

Pero nunca más. Ni una palabra oirás, ni una mirada o una caricia. Nunca más.

Podría haberte entregado la vida entera a trocitos pequeños, para no indigestarnos ni cansarnos pronto; podría haber besado cada yema de tus dedos hasta contar los años que íbamos a estar juntos. Campos estrechos y eternos que mueren en el horizonte, llenos de lavanda y trigo y esperanzas: así es lo que siento por ti. Te esperaría para cenar, y tendría listo el baño y la cama y las caricias que agotan después. Podría organizar mi vida con la tuya: cambiar malos hábitos, sembrar nuevos sueños, luchar incansables por alcanzar esos objetivos que llamaríamos comunes. Así es lo que siento por ti: una pasión desbocada grávida de gracias y de dádivas, todas para ti.

Pero nunca más. Ni una caricia tendrás, ni una mirada, ni una palabra de sobra. Nunca más.

Mis labios serían tuyos: cada grieta, cada espacio entre ellos llenándose del hálito de tu nombre. Te hubiera dejado tu libertad viviendo la mía, dos manos que se unen entrelazando los dedos desnudos, juntando el pecho ansioso y las caderas abiertas. Así es lo que siento por ti. Hubiera descubierto mi fuerza para ti; te la hubiera entregado como un regalo común; sentiría la presión de tu cuerpo junto al mío aún a océanos de distancia, y no habría día sediento que mis besos no curasen. Así es lo que siento por ti.

Pero nunca más. No quiero conocer a nadie más. No deseo empezar de cero una vez y otra y otra hasta encontrar a quien se parezca a ti. Tú eres tú y no me deseas. Me has usado, me has seducido, me has engañado. Engarzaste mi debilidad con la tuya y dañaste mi confianza, mi esperanza, mi ilusión. Soy una pompa de jabón que se olvida en tu camino cierto, iridiscente en su ascenso hasta que rompe detrás de ti. Pero nunca más habrá detrás de ti, ni migración buscando tus labios, ni ideas vacías implorando ser oídas ni besos deseando ser devueltos. Nunca más.

Ni una palabra oirás, ni una mirada o una caricia. Quedan congeladas a medio camino entre mi corazón y tu pecho. Quedan olvidadas en tu pasado. Que es lo que soy para ti. En la nada de una noche pasajera, en el recuerdo de un día de juego que nunca significó nada.

Y nunca más oirás que te amo. Nunca sabrás lo que te hube deseado, las ideas, los destinos, la valentía que nace en mi cuerpo ni la fuerza ni sus sueños. Aunque nunca te hubiese interesado, algún día caerás en la cuenta (porque todos lo hacemos, querido mío), que yo era lo que te hacía falta, que nadie podría haberte dado todo lo que has despreciado en mí.

Podría haber sido; podría haber sentido; podría haber llenado el mar de palabras flotantes, de caricias suaves y perfectas que encienden pasiones y apagan rescoldos agotados; podría haber visto cómo floreces y cómo envejeces con los mismos ojos del amor temprano, clavado en la memoria de los treinta años. Podría haber sido todo, pero no es nada.

A ti, nunca más.

Tú y Yo/ You and I.

El día a día/ The days we're living

Tiempo de Curar/ Healing Time

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Tú y yo.

Juntos. Separados.

Tú y yo.

Solución indisoluble. Almas inseparables.

Unión de intenciones, de cuerpos, de inseguridades.

Tú y yo.

Lo mejor de este mundo. Lo mejor que ha pasado nunca.

Para mí, tú y yo somos una sorpresa, un día de fiesta, una excepción.

Ni siquiera algún desliz, ni siquiera algún engaño.

Nada que no pueda superar un corazón enamorado.

Como el tuyo. Y el mío.

Tú y yo. A pesar de los años. Gracias a los años, yo y tú siempre juntos, nunca separados. Ni la distancia, ni la cercanía. Ni los gritos, ni los susurros. En el silencio, en la algarabía. Yo y tú, siempre juntos.

La luna se esconde y aparece el sol. Cuando me miras, cuando te toco, cuando ambos respiramos buscando más.

Tú y yo. Un regalo de la vida. La vida que sonríe en tus ojos y se extiende por tu…

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Quilombo

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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Me encanta esta palabra tan sonora, llena de ecos directos, rotundos, que no reverberan, instalándose en la mente casi de forma definitiva. De origen africano, la he oído sobre todo con acento argentino.

Quilombo es un desastre sin igual. Una situación que se desmadra por incapacidad, falta de sentido común o mera incompetencia… Nuestra realidad es así: gracias a los incompetentes que pretenden gobernarnos con su inexistente sentido común, nuestro presente se haya desmadrado, con pocos visos de arreglarse de inmediato.

¿Por qué? Porque hay que ser muy valientes para dejar prebendas, títulos, honores (esos más superfluos como es la pelotudez ajena) y dirigir con sensatez y verdad un gobierno (y tenemos 18 en España, más o menos), un país. Hay que ser muy sensato y muy valiente para confesar errores y mucho más para asumirlos, para cortar las riendas de un sentimiento nacionalista falso (por favor, esa pobre gente engañada hasta el tuétano después de años de lavado cerebral), de ideologías vacías (ya no hay izquierdas y derechas en la vida, la actividad humana es una sola, y va dirigida hacia la vigilancia, el cuidado y la libertad colectiva e individual, lejos de la esclavitud en la que vivimos hoy) y, sobre todo, de personajes de cartón piedra que se pirran por honores falsos, helicópteros, teatros, cámaras de televisión y sí, títulos universitarios.

Un quilombo nos ayuda a distraer a la turba (un mecanismo tan antiguo que sigue asombrando lo bien que continúa funcionando): pantallas de humo que pretenden esconder una realidad como Ícaro pretendía llegar al sol con alas de cera. Sombras chinescas que intentan desviar la atención de lo urgente a lo banal, considerando la afición de la masa humana por preocuparse más en naderías ajenas que en sus propios líos. La esclavitud del siglo XXI es ésta: seguir encadenados a ideas ajenas, a actos ajenos, a deseos ajenos, mientras somos esquilmados, ofendidos y, sobre todo, sobornados por los políticos de turno.

La vida se repite hasta la saciedad, y también hasta la náusea. Nuestro quilombo actual merece ser detenido de inmediato, pero no hay personas sensatas (hay demasiado artista del trampantojo en la política y demasiado palmero en el periodismo, que se presupone el látigo de los políticos) que parezcan ser capaces de frenarlo a tiempo. La masa humana se mide en votos, tendencias, encuestas, margen de poder, porcentaje de éxito, manipulación y caos. Sigamos la estela de nuestros políticos de pacotilla y la merienda de negros continuará.

El quilombo no es eterno. Pero viviremos con sus consecuencias por siempre. Y no habrá educación manipulada (como lleva medio siglo habiéndola) ni sentido de lo distinto que lo soporte.

Escribo palabras de amor

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen

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©Enrique Toribio

 

Escribo palabras de amor. Pero ya no están de moda. Me siento y escribo como ensalmado. Me arrebata la poesía del sentimiento y escribo en requiebros sobre quebrantos del corazón.

Pero ya nadie lee palabras de amor. Se resume en figuritas, se pierde en abreviaturas. Porque vivimos en un mundo separado que rellena los espacios con imaginación desbordada. Y con angustia imaginada. Un silencio, una tardanza (todo es tan rápido en el amor ahora) nos angustia, nos hace sufrir. Y el amor no sufre, sólo espera, persevera y alcanza. Ya no tenemos paciencia para hablar de amor.

Pero yo escribo palabras de amor. Largos folios donde descubro el corazón henchido, donde desnudo una a una todas sus capas: la duda del comienzo, la alegría de la esperanza, la pasión de la certeza, la paz de la conquista, la serenidad de la espera agradecida, cuando una mano se posa en la otra y se acarician y se buscan y se besan. Así escribo sobre el amor, como un descubrimiento que revoluciona la vida y la hace distinta, que engaña y confiesa y nos lleva y nos trae, nos pone patas arriba y nos llena de intemperie y alegría. Nunca somos más vulnerables ni más poderosos como cuando estamos enamorados. Y eso merece líneas de recuerdo, palabras de evocación. Pero ya nadie lee palabras de amor.

Y paso hambre. Porque me alimento de los sentimientos que nacen en el corazón y nadie se acerca para regalarme ese pan de maravillas. Ya nadie quiere que su sentimiento quede escrito por siempre, desvaído por el paso del tiempo, anclado en la tinta violeta de la sangre enamorada. Y me voy apagando poco a poco, porque hay muy pocos que sobreviven a la modernidad de lo breve, a lo barato de nuestro día sin poesía, sin paciencia para leer, sin ánimos de seducir con las palabras escritas, con el sonido del amor rubricado en un página.

Y me da lástima. Y me da tristeza. Monto mi chiringuito a las seis de la tarde en las sombras de la Alameda, con el mejor papel, la caligrafía más fina, la tinta violeta para el corazón, la verde para la esperanza, la azul para la certeza, la dorada para la culminación y la entrega. Pero hay pocos clientes que quieran trasladar esa fantasía a su día a día; ya no quieren enamorar con palabras y hechos, si no con imágenes lejanas y falsa pasión.

Los días pasan. Y puede que algún día el requiebro de los poemas de amor vuelva a estar de moda; los folios perfumados, los paquetitos llenos de sorpresas aladas, y las palabras bien hilvanadas de un sentimiento que se despliega como una sorpresa delante de unos ojos ansiosos y un corazón desbordado.

Pero no es hoy, ni quizá mañana. Sólo sé que ya nadie lee palabras de amor. Y yo enmudezco día a día hasta quedar sin voz, y puede que sin esperanzas.