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Varados en Río: sinuosa saudade.

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En general, me fío poco de los críticos literarios. De todo crítico, en realidad. Poder juzgar cualquier ejercicio, una obra de arte incluso, debe ser dificilísimo, casi imposible de alcanzar con justa equidad: bien nos pueden gustos, bien querencias o enemistades, cuando no errores de apreciación o deslices de orgullo. En general, suelo tener opiniones contrarias al crítico: tiende a agradarme lo que esta figura ignora; me aburre hasta el sopor lo que (sobre)valora.

Hace una semana, releyendo un semanario cultural  (dícese de un facsímil donde se recogen opiniones eruditas sobre temas muy ligados a lo que llamamos Cultura, escrito por y para entendidos, según creencia popular), caí en el nombre de un escritor, y su obra recién publicada, de los que no tenía noticia. No es nueva en este blog la afirmación (por lo demás verídica) de mi completa ignorancia por las novedades. El contacto que tengo con la producción literaria actual es tangencial, llevado por el impulso y también por la curiosidad. La literatura contemporánea (llamémosla así) está anémica, carece de cuerpo, fluidez, profundidad y riesgo. Parte de ello se debe sin duda a la falta de compromiso de las editoras, y parte a que el gusto popular, habituado a lo visual y de digestión rápida, no sabe o no quiere enfrentarse a letras que requieran una atención más aguzada, una compenetración más íntima entre el relato y el sí mismo que lee, y teme adentrarse en aguas cuyas mareas profundas puedan turbar la aparente calma de la que gozamos como sociedad moderna. Quién sabe.

Hace una semana, pues, tropecé con este nombre: Javier Montes, y con su nueva obra: Varados en Río. Y me llamó la atención lo que de él describía la crítica, esa consistencia que sonaba extemporánea y que anunciaba como nueva forma de escribir literatura. Y me pudo la curiosidad. Tanto, que me lancé a buscar este ensayo y el resto de sus obras sin haber leído ni una línea, sin averiguar en Google nada sobre él, sin buscar textos sueltos, críticas varias, reportajes en los distintos medios con los que habitualmente colabora. Digamos que casi fue un auto de fe. Y me alegra haber seguido esta corazonada.

Varados en Río es un ensayo novelado sobre el exilio, impuesto o no; sobre el extrañamiento, la diferencia, las coincidencias, las casualidades, los sentidos y sentimientos de la vida vivida; la realidad comparada con lo anhelado o soñado o rememorado (que viene a ser lo mismo); la Literatura con mayúsculas, la vida en minúsculas, y ese hechizo embriagador que lleva a una persona a dedicarse a la escritura, a sacrificarse a sí misma y a los demás, y el alto precio que pagamos siempre, siempre, por el amor (a los otros tanto como a nosotros mismos), por el deseo y los sueños que, revelados, se hunden con él.

Javier Montes es un hombre teñido de Literatura. Iba a escribir: demasiado teñido, pero a saber quién es capaz de graduar las consecuencias que el arte escrito puede sembrar en el espíritu de un hombre. Y qué gusto que así sea. Es una especie en extinción, una clase de gente que ya no se deja ver, o no tan a cara descubierta, y que extrañaba mucho más de lo que yo mismo pensaba. Qué gusto leer cada oración, cada párrafo; entrar en la magia de una intención escondida, en el entramado de una pluma atractiva. Varados en Río es un libro de un gran conocimiento biográfico, amén basado en una investigación que ha debido ser exhaustiva pero llevada con un agrado apasionado, escrito con una maravillosa visión de conjunto y enlazado con una cualidad que creía casi perdida: con alma.

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Cuatro vidas, cinco con la del autor, cuyo eje central es la Literatura, el Exilio y Río de Janeiro; el baile de máscaras entre lo anhelado y lo poseído, lo recordado y lo vivido en realidad; lo inventado también y lo callado; las alegrías, el extrañamiento, la tristeza y el viaje de ida y vuelta, real e imaginado, que condiciona vidas y destinos: las de Stefan Zweig, Elizabeth Bishop, Manuel Puig y Rosa Chacel navegan entre las aguas nunca quietas de este ensayo-novela, mezcla de investigación extensa y confesión profunda que imbrica sus destinos con los del autor; sus sentimientos también y sus frustraciones. Río de Janeiro es aquí la América-continente, el Shangri-La, la Tierra Prometida, pero sobre todo el Edén, al que se ha sido invitado pero del que se termina siendo expulsado simplemente por seguir con vida, y muchas veces a costa de la vida de los demás.

Todo es hermoso en este ensayo-relato: su erudición, su plasticidad, su casi dulzura al derramar confesiones hechas para ser bisbiseadas y su completa valentía a la hora de enfrentar esos momentos oscuros, esos instantes de error o de caída que todos tenemos y deseamos (oh, claro que sí) evitar. Para todos estos escritores (para el autor mismo), Río de Janeiro es ese anhelo, esa tierra llena de expectativas y de contrastes donde todo es posible: la miseria y la riqueza más absolutas, la negligencia y la entrega, la fe y la apostasía, el orden natural y el desorden humano, la belleza y la fealdad, la generosidad y el error. Pero Javier Montes quizá desconoce que eso ha sido siempre América: en las décadas que van desde 1940 a 1980 toda Latinoamérica (o quizá, mejor dicho, la América petrolera: México, Brasil sin duda, y Venezuela) era así, tal cual él describe a Río de Janeiro: exuberante, llena de contrastes, extraña y cercana, hermosa, egoísta, a la vez cruel y dulce, y por sobre todo distinta, única e irrepetible… Hasta que cansa. Porque todo cansa: la exaltación, la pena, la tristeza y el dolor. Y la propia existencia.

Todo exuda una melancolía  sinuosa como esas aceras de mosaicos blancos y negros; cada línea es un ejercicio de búsqueda y de saudade, que en el fondo es lo mismo: hasta lo que nos desagrada de una metrópoli como cualquier otra y que la rebaja a mera ciudad, sueños incluidos; hasta lo que creímos tener una vez y perdemos al día siguiente, al mes siguiente o al año siguiente, o quince años después. Varados en Río es un retrato de la vida que fue, la que quiso ser también y la que se extraña, porque hasta lo dulce y lo tierno y lo duro y lo difícil también se añora; y el retrato de cuatro grandes escritores que a la postre no fueron más que personas sencillas, atadas a su destino cruel de seres humanos en evolución, y asimismo, en extinción.

Pero Javier Montes juega con trampa. Nos enseña su corazón, pero no lo revela. A través de ese retrato a cuatro se refleja a sí mismo, pero no se desnuda; o, mejor dicho, se desnuda sin abandonar jamás sus adornos. Él mismo es un extrañado en tierra extraña; un exiliado del corazón; un extranjero, un alguien más, un moderno emigrado, un hombre al que también le llega esa sinuosa saudade que afecta a todo el que ha visto otro mundo, ha vivido otra realidad, y se ha entregado a ella hasta su final… Varados en Río es un viaje en el que se desgrana la brillantez de la Musa, la imaginería de lo cotidiano, el reflejo interior de los cambios telúricos de cada día, pero también es el disfraz de una sombra con la que el autor se cubre, al final púdico, en esa búsqueda del sentido que es todo relato contado en alta voz.

Sigamos con él esa saudade sinuosa encerrada entre puntos suspensivos…

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El libro de los Baltimore: Joël Dicker juega otra vez.

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Joël Dicker es el fenómeno literario de ventas (tras J.K. Rowling) y de crítica  de estos últimos años (en esto se distancia de la autora maravillosa de Harry Potter.) Joven, guapo, con un talento particular para enhebrar enrevesadas tramas a las que, en general, le sobran muchas páginas, pero que son atractivas y, también en general, muy bien escritas en ese lenguaje directo, sencillo (que no simple) y de lectura fácil, vibrante, que me recuerda  a los best-sellers que leía de chaval  en la década de los 80 (entre los doce y los dieciocho años) de Jeffrey Archer o Sidney Sheldon, para mencionar dos autores con los que le encuentro muchas referencias aunque con ciertas excepciones brillantes a favor del escritor suizo.

   El libro de los Baltimore no es la segunda parte del (para mí) sobrestimado La verdad sobre el caso Harry Quebert. No es necesario leerse este último para disfrutar el relato de los Baltimore ni de lejos, cosa que se agradece. Aunque tienen un nexo común: su protagonista. Marcus Goldman, quizá el mejor personaje protagónico escrito en mucho tiempo, lleno de matices de una gran simplicidad, carismático, metomentodo, más sincero o, mejor, más honrado que la mayoría de los personajes que pueblan sus dos novelas, dueño de esa sabiduría mediúmnica que poseen los escritores (y por extensión, que también posee Joël Dicker), capaz de aprehender realidades escondidas al ojo más avizor, sentimientos ocultos, pulsiones reprimidas y verdades escondidas sin siquiera saberlo y, aún más importante que todo, sin un ápice de prejuicio sobre las tramas de las vidas retratadas en ese océano de tinta y papel que es cada novela.

Dicho esto, El libro de los Baltimore es la historia familiar de Marcus Goldman, rescatando a ese torpe pero encantador escritor de éxito que se mete en líos casi sin querer, atraído por las circunstancias, por las historias que escribe en su mente antes que en el ordenador, y que terminan por transformarlo profundamente.

En La verdad sobre el caso Harry Quebert, demasiado largo, con demasiados giros argumentales innecesarios (hemos resuelto el misterio a mitad de lectura y los constantes vaivenes de la historia, magníficamente trazados eso sí, sólo alimentan la impaciencia y la irritación de un lector más avezado de lo normal), Marcus sufría una transmutación moral que lo convirtieron de seguro en mejor persona, más honda y profunda dentro de su aparente superficialidad. El libro de los Baltimore arranca precisamente en las etapas finales de ese cambio, esa necesidad de buscar las raíces de nosotros mismos, de intentar despejar las nubes con que la memoria nubla los recuerdos, y como todo proceso interior, la imagen del viaje físico, de Nueva York a Miami, se impone como metáfora vital de gran importancia.

 El libro de los Baltimore es una exploración (y, por ende, una exposición) de los secretos más escondidos de su familia y de sí mismo, un buceo profundo sin oxígeno entre los meandros de un pasado casi perfecto, casi feliz; un despojo de cada una de sus capas vitales, un viaje hacia el centro de sí mismo y de aquellos que le rodean. Es aquí donde veo el destello de Joël Dicker como escritor en mayúsculas, no sólo de libros que se vendan como rosquillas escritos sólo para entretener. Hay muchas reflexiones profundas, muchas denuncias sociales, una labor de búsqueda interior que esconde tras un lenguaje sencillo; tramas quizá manidas, algún tratamiento un tanto simple de las relaciones humanas (mejor que simple, demasiado típico) quizá necesario para que el libro no pese, no sea demasiado europeo (signifique esto lo que signifique), y que se venda. Ya no hay lectores que deseen introducirse en la psique humana, en la filosofía inherente a cada acción y a la reacción desencadenada; esas preguntas eternas para las que el hombre no tiene respuestas; ese nihilismo a veces, y esa necesidad por creer otras, que caracterizan a la literatura que más me atrae; que investiga en el interior de los sentimientos humanos y explica sin juzgar los comportamientos más variados, las situaciones más abstrusas y también la sencillez vital que se desliza casi sin darse cuenta entre el nacimiento y la muerte.,DanaInfo=editores.divinity.tele5.net,SSL+Joel-Dicker_MDSIMA20130704_0265_9

No me gustó La verdad sobre el caso Harry Quebert, lo reconozco: le sobran quinientas páginas y la falta profundidad, pero tiene ese brillo, ese don, esa posibilidad magnifica en la que veo, si se lanza, al escritor profundo que es Joël Dicker; con sus influencias norteamericanas, su referencia nada velada a Steinbeck (cuyo ambiente, cuyas relaciones familiares casi patológicas homenajea) y a otros grandes de la literatura norteamericana; que yo prefiera a Scott Fitzgerald no le quita mérito alguno al autor, faltaría más. Pero algo me dice que, en secreto, es uno de los espejos en los que le gusta mirarse.Y espero que algún día nos sorprenda con obras de verdadero calado literario, de esas que ya no están de moda, pero que dejan huella y que son, a la postre, el mejor logro que un escritor puede hacer por conseguir la inmortalidad.

Como a Henry James, a Joël Dicker se le ven los mimbres. A lo Henry James, lleva sus tramas con mano firme y no parece permitirse, en los innumerables giros de la historia, perder ni una palabra, ni una coma o un punto y aparte. Su tendencia a viajar entre le pasado y el presente (que yo también empleo) me fascina; prefiere avisar al lector antes que sorprenderlo, algo que le debemos a la literatura simple que está en boga en estos momentos, pero no le resta méritos a esa habilidad casi prusiana que caracteriza su escritura. Pero como se le ven los mimbres, su habilidad para enganchar al lector está en crear personajes atractivos, atrayentes, simpáticos, torpes y encantadores. Marcus Goldman es un trozo de oro. Y en mantener el interés con suspenses llenos de trampas, como muñecas rusas que parecen no tener fin.

El relato está escrito en primera persona, así que debería tratarse del retrato de una voz. Pero Joël Dicker juega una partida más enrevesada. Consigue que Marcus Goldman describa lo que ocurre, juzgue a lo que le rodea desde su propio punto de vista, meta la pata, purgue sus culpas y emerja al final del relato libre de heridas, lleno de experiencias y en proceso de curación moral. Pero el escritor nos hace trampa: una historia tan extensa necesita a la fuerza de un narrador omnisciente, que sepa lo que ocurre y lo muestre de forma casi aséptica. En la literatura profunda, un relato en primera persona jamás puede salirse de la experiencia del narrador: es imposible que consiga despegarse de sus pensamientos, sus juicios y su conocimiento limitado de lo que le rodea; como nos pasa a todos, nuestra experiencia vital es fruto de lo que vemos, lo que oímos y lo que creemos entender. En El libro de los Baltimore se toma la libertad, como ya hiciera en Quebert, de saltarse esa regla de oro en aras de la evolución de un relato que se transforma así en una novela ágil en la que los lectores conocemos el juego de todos los personajes mejor que el propio protagonista, en vez de lo que sería un largo soliloquio que Marcus Goldman debería enhebrar al escribir un libro de memorias en las que él participa como autor y como testigo principal.

Hay escenas demasiado comunes, pero maravillosamente descritas; Marcus es el personaje al que seguimos, su evolución completa, el reconocimiento de su verdadera valía en medio de las cenizas de un drama que le persigue como una obsesión, y su lucha por alcanzar la calma y quizá el amor en los brazos de una Alexandra delicada, herida, pero firme y única. Hay un mar de personajes con sus entramados profundos y trillados en El libro de los Baltimore; todos imperfectos, alcanzan su redención a medida que renuncian a ser ellos mismos (hay tantos puntos en común, en su redacción, con Quebert…), pero, como en toda historia de amor, lo que al final importa es que hay un chico, una chica y un perro. Y errores que enmendar y preguntas a las que hallar respuesta.

 

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Ante todo no hagas daño: de Medicina, Neurocirugía y otras cosas.

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Ante todo no hagas daño es el relato de memorias médicas del dr. Henry Marsh, médico británico especialista en Neurocirugía, ya cercano a jubilarse, en la que nos expresa sus experiencias y sus impresiones (que no siempre es lo mismo aunque vayan muy unidas) sobre la Medicina, la Neurocirugía en particular, sobre le Servicio Nacional de Salud británico (NHS) y lo que afecta su propia percepción de las cosas y a su vida el hecho de ser todo eso, y además un ser humano, paciente y hombre que piensa, sufre y se desarrolla en el ambiente hospitalario y todo lo que eso conlleva.

Escrito con una desarmante sinceridad, cualidad que siempre lo habrá caracterizado pero que con la edad aflora en todo su esplendor (cosa de agradecer), el dr. Marsh nos va explicando, a través de casos, la huella que su práctica médica, sus ideas, sus sensaciones, su ego, sus miedos y fracasos han dejado en él como hombre y como profesional.

Aparte de que considera a la Neurocirugía como el súmmum de la práctica médica (todos los cirujanos, todos los grandes especialistas piensan lo mismo de su especialidad. ¿Alguien ha oído a un cirujano cardíaco o a un cardiólogo, por ejemplo? Pues sabrá a lo que me refiero), sus sentimientos encontrados, el retrato de la práctica médica diaria, las contradicciones a las que nos vemos enfrentados, las decisiones a veces equivocadas, la rapidez de acción, la lentitud en la formación, la asociación de ideas y conocimientos que nos llevan del orgullo malsano más absoluto a la más humana sencillez de pensamiento y sensaciones, todo ese maremoto personal y pasional que significa ser médico en activo fluyen con una ligereza y una profundidad maravillosas a través de unas páginas que se leen con deleite y, siendo como soy médico y de una especialidad que se complementa a la suya y que claramente no conoce, con una identificación y una critica únicas.

Está escrito para ser leído por legos, pero está escrito en realidad para sí mismo. Es una larga reflexión, un reflejo que le devuelve más de treinta años de experiencia y la cercana jubilación. Está escrito desde el punto de vista de un médico que ha sido estudiante, residente, adjunto joven y finalmente jefe de servicio; está escrito como un hombre que ha sido paciente pero no deja de ser médico, y está escrito con una mezcla de tristeza y humildad que llegan al corazón, lo abren y lo cierran con delicadeza y humanidad.

Quizá sea porque esos casos a los que se expone, esas decisiones, y quizá sobre todo las consecuencias de sus acciones, me son muy cercanas (nuestro equipo trabaja codo con codo con el servicio de Neurocirugía de nuestro centro, y tenemos muchos casos en común) su lectura se me hizo sencilla; su búsqueda, sus sensaciones y finalmente sus sentimientos y forma de pensar se hermanaron con los míos y encontré en sus páginas más puntos en común que diferencias, por los que devoré el libro en un día. Le aseguraría quizá que todas las especialidades (desde el médico de familia hasta el intensivista, pináculo de la pirámide de la Medicina) se necesitan entre sí, que todos dependemos de todos, y aún más de la base: Enfermería, Auxiliería y Celaduría. Le recordaría que la Medicina no es tan estanca, aunque necesite serlo para la demanda actual de servicio y excelencia (por decir algo), pues los seres humanos no lo son; y que esa sensación de poder, valentía y punto kamikaze existe en casi todas las especialidades, y que ese vértigo, por lo demás breve, nos embriaga a todos y nos deja tan vacíos después, como el mejor de los orgasmos posibles.

Ante todo no hagas daño es un libro brillante porque es el retrato de un corazón abierto; está lleno de sinceridad, y qué necesaria es en el mundo. Y enseña, sobre todo a nosotros los españoles que siempre pensamos lo peor de nosotros mismos porque no vemos alrededor lo que ocurre en otras latitudes (¿para qué?), que los Sistemas Nacionales de Salud tienen problemas similares, directores obtusos, decisiones burocráticas ridículas, falta de camas y de recursos y personal inepto o descorazonado o simplemente cansado de luchar contra los elementos. Exactamente lo que nos pasa con estos 17 reinos de taifas que llamamos España, con una Seguridad Social dividida que es incapaz de comunicarse entre sí, que impide que un ciudadano de Albacete sea tratado en Huelva si está de visita porque carece de tarjeta sanitaria activa o porque no se puede acceder a su historia clínica, por ejemplo; repleto de gestores ignorantes de la realidad más allá de sus números, y de trabajadores, la mayoría, entregados a su labor y que sólo desean Servir, a pesar de los inconvenientes.

Ante todo no hagas daño es un libro que todo médico debería leer (como los libros del dr. Oliver Sacks o de la dra. Elisabeth Klübler Ross); nos acercan la experiencia del cuidado de los vivos, del cuidado de los desahuciados; nos acerca a nuestros miedos como profesionales pero también a nuestras alegrías, y nos hace preguntarnos a nosotros mismos, si somos lo bastante sensibles para eso, qué debemos modificar y qué debemos ahondar en nuestra práctica médica. Y para los legos en Medicina, para que aprendan a ver a los médicos y al personal sanitario como seres humanos, capaces de lo más brillante y de lo más bajo, y que necesitan un tiempo, como todo hombre, para aprender a servir de la mejor forma posible y también quizá de la más altruista.

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Serendipia o un grato hallazgo.

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 Serendipia es en primer poemario-álbum fotográfico de David Sadness, creador polifacético, primero y antes que nada retratador de la vida y después directr de vídeo-clips, soñador de películas por venir, y escritor.

 Serendipia mezcla sus poemas escritos con sus poemas visuales, unos inspirados por otros, cargados de una belleza directa, propia de una generación hecha a base de mensajes y mails. Las imágenes de un poderío y una delicadeza maravillosas, maridan el ritmo de versos cortos, carentes casi de puntuación (única cosa que echo bien de menos), pero tan profundos y sensuales, sensibles y directos que llegan al corazón cargados con la munición de la emoción pura, de esa belleza casi impoluta de la juventud.

Amor, desamor, encuentros, desencuentros, noche, luna, estrellas, amaneceres y ocasos sirven de metáforas a sentidos que se desvelan eternos y largos, enormes en las fotografías que reproducen el texto y finalmente se hacen uno con él.

Habiendo tenido esa idea hace años, cuando empecé este blog, me parece maravilloso que haya editores con la confianza suficiente y el coraje adecuado para llevar esta idea a cabo; bien es cierto que David Sadness es poseedor de ese coraje y de esa sensibilidad tan inmediata, tan directa y tan dulce, necesarias para llevar a buen puerto un poemario como Serendipia.david-sadness1

No importa que esté lleno de tópicos: la vida es un tópico que se repite de continuo. El prólogo es una introducción a ese mundo joven que se cree por siempre único, bellamente escrito, con ese código oculto de amistades que se conocen mucho, no importa el tiempo que haya pasado o que nunca se hayan visto en persona. Ls páginas de Serendipia se llenan de luz con esas imágenes arrancadas del día a día y esas letras llenas de sentimiento y sencillas a la vez, etéreas, que intentan en su desnudez alcanzar la altura de las imágenes de las cuales proceden y a las cuales le aportan sin embargo cierto sentido y gravedad.

Hay mucho en David Sadness por descubrir; la madurez traerá consigo un mirar profundo, un pensar universal. El epílogo de Serendipia es un puente a ese futuro donde habita el sentimiento, cerrando un poemario que recorre las emociones humanas y sus miedos y sus alegrías en ese hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta y tropezamos con alguien como David Sadness.

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Los personajes secundarios (en la obra de Màxim Huerta).

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Partiendo de la idea que no creo que haya personajes secundarios en ninguna buena historia, los personajes que soportan la historia central de un relato son la base e incluso pueden llevar a robar protagonismo al personaje principal al que deberían servir.

Un buen actor dirá que no hay personaje pequeño. Parte de esa habilidad está escrita de antemano en el papel, y parte (mucha) procede de su propia sensibilidad para explotar la veta de oro que encuentra al leerlo. Un buen actor secundario siempre (siempre) roba la escena al actor principal cuando sabe que trabaja sobre la ganga de un personaje bombón. Él se da cuenta, y nosotros como espectadores, disfrutamos de esos momentos que son únicos. Michael Caine es uno de esos grandes maestros, y Chus Lampreave, también.

En la obra de Màxim Huerta abundan estos personajes que, como cometas, atraviesan las historias que hilvana, dejando un brillo intenso, y en muchos casos, llevando realmente sobre sus hombros el verdadero peso del relato. No creo que haya intención alguna en el escritor (¿quién puede decirlo realmente?); al contrario, pienso que en todo proceso creativo, cuando es real, el escritor no es más que un canal por donde la historia fluye como desea ser expresada; cuando nos bloqueamos, es sólo un fallo en la red de comunicación, que si forzamos, nos frustra, llegando incluso a abandonarlo por un tiempo. Cuando la relación se restablece, cuando dejamos que la historia vuelva a fluir, por más que deseamos, quedará escrita como desea, no como la hemos pensado.

Cuando se posee ya un cierto volumen de trabajo como le ocurre ahora a Màxim Huerta, no sólo se analizan los estilos o las intenciones como creador; esa calidad nos permite asimismo investigar un poco en los entresijos de esas historias en aspecto livianas (esconden verdaderas oscuridades humanas iluminadas, eso sí, de la forma más tierna y, verbigracia, humana posible) que salen de una pluma enérgica, vibrante, casi incansable. Y de ello saco yo las conclusiones de lo que más me gusta del escritor y de sus escritos, la única forma real de comunicación que podemos establecer,a  nivel creativo, con un escribidor tan prolijo e imparable como él.

No repetiré aquí lo que opino de sus obras, pues hay otras entradas de este blog donde ya se ha expuesto, al contrario: sólo quiero anotar, a vuela pluma seguramente, lo que más me ha atraído de esas historias donde el corazón rebosa y los personajes consiguen descifrar el intrincado acertijo de su destino entregándose ciegamente a él. De todas las novelas de Màxim Huerta lo que más me ha llamado la atención ha sido la construcción de sólidos personajes secundarios en los cuales los protagonistas se reflejan y viven sus desventuras con una entrega fiel y constante. De hecho, he llegado a querer más a esos personajes, trazados con amor y habilidad, y con una cierta sabiduría que siempre me deja asombrado.

En Que sea la última vez… Margarita Gayo es un ciclón, pero quien inicia, quien enciende, quien le da vida a esa aventura es Willy. Esa solidez de cuerpo y alma, esa entrega para nada ciega, esa absoluta presencia llena de presente, hace que la entendamos, que la sigamos y que valoremos su evolución posterior.

En el Susurro de la caracola, siendo como es el primer sonido que escuchamos el eco de una celda al cerrarse, toda locura, todo mimo, todo cuidado, toda justificación en las acciones de Ángeles gira en torno de Marcos, el joven actor que vive, quizá por ser joven y bello y casi perfecto, un presente perpetuo, en el que se confunde el tacto de la ropa recién planchada y el olor embriagador de los dulces y el amor que se desprende de esos pequeños detalles que se desvelan en la comodidad de un hogar que ya no parece vacío, en el silencio que arrulla un sueño deseado, y una sonrisa que es la mejor recompensa, tanta, que vale la cárcel y la cadena perpetua.

Y llegamos a Una tienda en París, para mí la (mejor) novela más Màxim Huerta, en donde su estilo florece y evoluciona, en la que vi por primera vez ese escritor que deja de ser promesa y construye en una historia  cuya complejidad está escondida, precisamente, en los personajes secundarios. Pues Alice es Una tienda en París. Su aparición llena de viento fresco al relato; su delicadeza que, a pesar de la brutalidad del mundo, nada empaña; sus conflictos internos, el amor que brota de los mimos, el lujo y la belleza, y sobre todo o por encima de todo, ese ser fiel a sí misma la convierten en el corazón de la novela, quizá en el motivo último de haberla concebido y escrito.

   La noche soñada es Màxim Huerta en estado de maduración. Una historia más polifónica, mediterránea pero preñada de un realismo mágico tan latinoamericano (que le aporta consistencia y belleza y que se conjunta tan bien, que debería ahondarse más en esta mezcla de la que saldrían sin duda relatos maravillosos) en la que se juega a tres niveles, pero cuyo centro, su corazón, está encerrado en tres hermanas, comandadas por la tía Visitación, envuelta en boleros de Olga Guillot, en azúcar glaseado y harina y besos intangibles dejados sin querer a la sombra de los cristales empañados.

En No me dejes no es la ruptura de la pared entre el lector y el escritor lo que me atrapa (antes bien, quizá me estorbe, por inesperada sobre todo); no es Violeta ni el delicado Dominique, ni siquiera Paulina o Mercedes, que entretejen el entramado parisino de una historia llena de silencios y de malentendidos; es Étienne el personaje que me atrae, que me impulsa, que es distinto, que eleva la trama, la transparenta y la lleva, sí, hacia la cristalización que merece un relato tan complejo.

Y en El escritor, el eje no es Teresa, como creemos, con sus paseos llenos de silencios, la hermosa puerta verde de su hogar, las persianas bajadas, su pelo eterno, su mirada líquida. Es el Escribidor quien nos llama la atención, aquel que, aún callado o hablando por los codos, no dice nada de sí mismo y sin embargo lo dice todo.

El secreto de un personaje secundario está en la simbiosis única entre una personalidad arrolladora, el peso de su presencia en la historia y en lo que nadie nos cuenta de ellos. Un relato en primera persona, como el de Justo Brightman, es el retrato de una voz: no podemos esperar más que sesgos de aquellos que conviven con él, reflejos de los sentimientos que evocan en él; la magia está en retratar con pocos trazos, pero firmes, personalidades que valen un universo y que dejan huella. Cuando el relato es en tercera persona, el riesgo está en dar más importancia a los detalles que a la historia a la que sirven. El mérito de Màxim Huerta es haber encontrado ese equilibrio, poco frecuente en la literatura actual, que hace que un lector ávido y nada obtuso encuentre verdadera belleza en el paisaje que se retrata más que en el retrato, en la habilidad oculta más que en el resultado final; en el eco de las teclas al ser presionadas y las palabras que aparecen en el papel, hilvanando historias llenas de magia y contención. Y en donde todo es importante. Desde el principio al final.

 

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La escalera oscura (de Alejandro Melero).

la_escalera_oscura La escalera oscura es el libro de relatos cortos, algunos premiados y otros publicados previamente, del periodista y dramaturgo Alejandro Melero.

La dramaturgia es importante en el estilo de Alejandro Melero. Hay en todas sus historias un tempo suspendido que envuelve al lector: la creación de ambientes, la descripción casi corporal de los personajes y los sentimientos siempre crispados y a flor de piel llegan del mundo del teatro y se instauran en la prosa (breve) con una intensidad inusitada y estimulante.

Hay en La escalera oscura un hilo conductor muy llamativo: todos los personajes parecen cansados de huir hacia adelante, buscan esa rara compasión que nos negamos a nosotros mismos, necesitan reconciliarse con la vida, pasada o presente, e intentan justificarse, con una entrega que es casi un calvario, a las necesidades del cuerpo, a las debilidades del alma. Los personajes de Alejandro Melero luchan siempre, incluso en el abandono; la entrega a lo que sienten o de lo que huyen o de lo que desean es siempre activa, buscan sus destinos, sus decisiones, casi siempre sufriendo por ello, casi siempre siendo aplastados por las circunstancias y apenas liberados por los puntos suspensivos del silencio o los puntos y final de cada página que queda a medio escribir.

Las lagunas de cada relato se llenan con pequeños detalles cuyo trazo dibuja con mano firme; la voluntad de cada decisión, los giros de cada intención son muy pensados y sin embargo escritos con una sutileza atractiva, envolvente. No son relatos fáciles, las luchas y los desdenes, incluso los escasos instantes de vana felicidad parecen arrancados de la dura realidad a golpes de cincel; la amabilidad de la vida, fijada como un tatuaje, no deja resquicio a la fantasía y quizá por eso es hermosa, y esos momentos de respiro refulgen como regalos únicos y raros. Las historias de La escalera oscura están inmersas en la realidad humana, escritas con sangre, moldeadas con piel y huesos, achispadas por resquicios de una sensualidad fluida, libre, que ata y desata destinos, condenando o liberando a cada personaje, identificándonos con ellos, con sus miserias más que con sus alegrías, huyendo de juicios, llenándonos de comprensión y, también, de melancólica tristeza.YBb0OdSx

Melancolía, deseo por lo perdido, búsqueda desesperada de una paz que sólo encontramos en nuestros corazones cuando somos capaces de perdonar nuestra pequeñez, nuestra absoluta falta de brillantez. O nuestra absurda normalidad. Y sin embargo todos los protagonistas de estas historias son seres especiales, únicos, atractivos en su belleza herida, brillantes en su aparente sencillez, navegando entre la sordidez hasta la más pura irrealidad… Lo que hay en La escalera oscura pertenece a los estratos más profundos de los seres humanos, y Alejandro Melero no teme llenarlos de luz y traerlos a la superficie y mostrarlos desnudos y salvajes, dañados e imperfectos, melancólicos y apasionados y por encima de todo, o a pesar de todo, bellos y libres.

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