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Mi lugar en el mundo eres tú: íntimo corazón viajero.

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Mi lugar en el mundo eres tú es la nueva travesía de Màxim Huerta. A mitad de camino entre un carnet de viajes, una guía turística, un nuevo trabajo a cuatro manos con el ilustrador Javier Jubera, y un catálogo de gustos y querencias, Mi lugar en el mundo eres tú nos regala al más íntimo y desnudo Màxim Huerta.

Tendemos a buscar en las historias escritas mucho de un autor; fantaseamos que ésta o aquella escena o un personaje determinado, sean un reflejo de la realidad del escritor. Esperanzas vanas: todo personaje, toda situación descrita son una amalgama de vivencias propias y ajenas, a veces fruto de la observación y otras de la investigación más pormenorizada; la escritura es un acto de reflexión, de refracción y de escucha donde todo cabe y se funde, como la cera en el bronce de una estatua dentro de la fragua de la creación. Eso no ocurre con Mi lugar en el mundo eres tú, antes bien: estamos ante el retrato, a manos llenas, de un corazón. Màxim Huerta coge todos los colores de su alma y pinta con trazos perfectos las carreteras de sus sueños, los miedos de sus sentidos, los disfrutes de sus sentimientos y sus gustos, sus pensamientos y sus verdades veladas para regalarnos un relato lleno de pespuntes, de hermosas imágenes fotografiadas por él mismo; de sus filias y sus dolores y de esos errores que se confiesan sólo en el ambiente tierno de la buena compañía. Màxim Huerta establece con el lector una intimidad cómoda, en la que se muestra y se desvela tal cual es, con una valentía inusual en cualquier escritor, y por lo mismo perfecta, poderosa: nada hay en el libro que sobre; nada falta, dejándonos con ganas de más: un romanticismo que evita la ñoñez; referencias literarias y cinematográficas que se alejan del chovinismo cultural; un equilibrio perfecto entre cercanía y ligereza, entre hedonismo maravilloso y asepsia intelectual; cuaderno de recuerdos y versos y un corolario de reflexiones que son lecciones aprendidas y vida vivida y bien aprovechada.

Como ya ocurrió con El lector, las imágenes de Javier Jubera aportan cohesión a lo contado, que a veces se desperdiga para amalgamarse más adelante, y un toque mediúmnico y casi irreal, acercando al lego las referencias literarias que pueblan las páginas de este inusual libro de viajes, donde se retrata un gusto, una sorpresa y una vida llena de corazón. Da la impresión que Màxim Huerta paulatinamente se deshace del lastre de la vida para volar ligero, como ha aprendido a viajar sin exceso de equipaje: sus columnas semanales en periódicos como El Español, por ejemplo, y ahora este texto, nos lo dicen en susurros confesados cada vez con voz más clara.

Hay que ser my valiente para escribir una joya como Mi lugar en el mundo eres tú. Cada línea rezuma sangre tibia, cada hoja evoca el latido de un corazón; cada imagen, cada recuerdo, el retrato de un alma que se desnuda… Y tras esa desnudez está una vida. La suya. Y la nuestra, que viaja junto a la suya, cada vez que publica una nueva aventura.

cxpn-qgxgaar_mf©David Sadness

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De La Lata de garbanzos: Casa de Extranjeros, un diccionario de maravillas (de Venancio Pereira).

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Del magnífico blog de Fernando Venancio Pereira: La lata de garbanzos se puede decir muchas cosas, pero lo mejor de todo, es que ha dado pie para la publicación de dos libros estupendos, no sólo que merecen ser leídos, si no todavía más, pensados y admirados, saboreados en su belleza del lenguaje culto (pero no cultureta) y sencillo (que no simple), lleno de emociones y de sabias reflexiones tamizadas por una mente analítica que ha sido siempre brillante (conozco al autor desde tiempos inmemoriales, aunque hace más de media vida que no tengo el placer de su compañía) y sobre todo, o más que todo (y he aquí el mérito de una vida vivida), compasiva y única.

Venancio Pereira (como firma sus libros, aunque él prefiera, y yo le conozca desde siempre, como Fernando) procede de una familia portuguesa emigrada a Venezuela  en los tiempos en los que salir de Europa era la mejor industria de muchos países (Irlanda, Italia, España y Portugal son buena prueba de ello), y el sueño de América (en contraposición a los americanos, que sueñan con Europa, estableciéndose una balanza muy curiosa que sólo los que somos producto de esta mezcolanza de viajes atlánticos podemos entender), era lo único que podía sustentar una vida más gris y oscura de lo que nadie pudiera desear. Debido a eso su cultura es híbrida: de la vida en la calle traía las costumbres, los usos y modismos de un país, y de su casa, los usos, las costumbres y el lenguaje de una cultura distinta, que no diferente, abierta sin embargo al mestizaje, orgullosa de sí misma, segura y por lo mismo generosa, dispuesta a captar lo mejor, filtrarlo y transformarlo en algo nuevo: Venancio Pereira es uno de esos frutos de un árbol único, muy raro, y que debería conocerse y cuidarse con esmero.

La lata de garbanzos es un blog. Un blog sobre las experiencias, las vivencias, la exposición de un lenguaje único trasladado al español, la transposición de experiencia, o e vertido de la vida, sobre los caracteres de un lenguaje que deja de ser meras teorías y reglas para transformarse en significados reales, en vida vivida, empática, compasiva, tanto con los demás como con él mismo.

Cada uno de los relatos que conforman Casa de extranjeros está basado en el embrujo de una palabra, a la que Venancio Pereira carga de motivos, de sentimientos y de un nuevo significado sin romper las reglas del idioma, antes bien buscándole más peso, regalándonos el fruto de un pensar profundo transcrito con una prosa honda y sencilla, directa y llena de corazón. Porque si hay algo bello en todos los relatos de Casa de extranjeros es que están cargados de corazón.

Amor. Amor por los abuelos, por los padres; extrañeza por el descubrimiento de un mundo; a veces tristeza y mucho sentido común: la evocación del pasado, dibujada con esa saudade tan propia del occidente atlántico (y que compartimos en herencia geográfica y cultural), es decir con una melancolía serena; la reflexión, libre de excitación, del presente de un país (Venezuela) que se cae a pedazos (grandes); y las lecciones que el autor ha sabido extraer de cada una de sus vivencias, hace de Casa de extranjeros una joya rara, única, que merece ser leída, publicada y disfruta por el gran lector, aficionado a las historias libres de artificios, que hablan con realidad directa sobre las verdades de ser hijo de emigrantes, de ser mestizo de culturas, de ser extranjero en todas partes, de ser persona que piensa, que siente y que se admira y se compadece de todo lo que ocurre a su alrededor y desea compartirlo con eso más secreto y más oscuro y que se desvela en cada una de las líneas que escribe: con su corazón.

El porqué de que editoriales dejen pasar oportunidades semejantes, se me escapa. Pero si siguieran el instinto de verdaderos lectores, conseguirían sin duda muchas ventas, un escritor del calado de Venancio Pereira un reconocimiento merecido, y sobre todo, cambiar pensares y construir realmente un mundo mejor.

 

   Casa de extranjeros se encuentra en versión electrónica, junto a otros libros del autor, en www.amazon.es

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La nueva felicidad (de Curro Cañete).

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Hay historias que se escriben, y hay quien escribe historias, y hay historias que se van escribiendo día a día, hasta que un día emergen a la luz y nos parecen sencillas, inequívocas, casi perfectas.

Lo que cuenta Curro Cañete Leyva en su primera novela publicada por Editorial Destino, Una nueva felicidad, nos parece así: sencillo, fácil, perfecto. Nada más equivocado y nada más parecido a la verdad.

Con una prosa suave como una caricia, Una nueva felicidad es un relato periodístico, unas memorias razonadas y un reflejo del día a día de muchos de nosotros, cargados de problemas la mayoría autoimpuestos, callejones sin salida y  un arrullo de libertad. Porque Una nueva felicidad no es llegar al final de esa meta que somos todos, si no el comienzo de una aventura fantástica que se inicia una vez abrimos los ojos a la vida.

Curro Cañete Leyva escribe con el corazón en las teclas. Su estilo es recurrente, suave, y refleja nuestro yo más neurótico y pavoroso. La búsqueda de una salida (no: de un nuevo comienzo) lleva a Curro por los caminos hacendosos y llenos de riscos de sus temores, de sus sueños rotos, de sus ansias y sus éxitos, de sus amigos y sus errores, de una vida que parece perfecta, aunque sólo en la superficie. Curro es un chico que desea adentrarse en los porqués de la vida, primero sin ser consciente de ello y después a pleno sol; quiere ser libre, quiere amar y ser amado y sobre todo, o por encima de todo, quiere aprehender el secreto último de ese escurridizo estado que es la felicidad. Y se da cuenta, gracias a los avatares del destino, a la influencia de sus lecturas, a la fidelidad de sus amigos, al resumen de su más que trabajada y merecida vida, que la felicidad está escondida en cada una de las líneas que escribe, en cada desencuentro, en el enamoramiento y en la pérdida.

Del amor hacia un hermano perdido hasta el amor por sí mismo, Curro Cañete viaja hacia una nueva felicidad lentamente, casi sin pausa pese a lo dificultoso de su viaje, más allá de los límites impuestos, en esa búsqueda constante de algo mejor: la mejor versión de sí mismo y, por ende, del mundo que lo rodea.

Un catálogo de manuales de Nueva Era: lecturas, procesos mentales y físicos, yoga, meditación, flores de Bach, mantras, inciensos, feng shui, coaching, runnigUna nueva felicidad va más allá de todo eso, porque está después de todo eso: justo, justo, donde comienza el corazón. Vemos divagar a Curro por su mente, por sus labios, por la piel del Otro, por los senderos del Parque del Retiro; caer rendido ante los hechos; hechizado ante las personas que abren ante él nuevas oportunidades y nuevos mundos, y finalmente encontrase, perdonarse y seguir con vida: la felicidad es el camino, no las herramientas; un ciclo sin final que se inicia y finaliza en la rueda eterna del corazón, un Samsara personal y único, y por eso mismo hermoso, dadivoso y frecuente. Porque nada se regala más que la belleza, que la bondad, que la comprensión.

Curro en Una nueva felicidad paga todos los impuestos de la esclavitud, de la ignorancia; admiramos su valentía, nos enoja su ceguera, nos identificamos con su dolor, con sus miedos y sus fracasos, y terminamos amando su desnudez, su total fragilidad, esa valentía que lo hace único, libre.

Una nueva felicidad es el camino, no la meta; es el continuo fluir, la deferencia, la (buena) educación, la generosidad, el ardor, los errores también, y más allá, siempre más allá, la única libertad. No hay dos caminos iguales; no hay dos felicidades iguales. Pero todas las sumas se adicionan y se hacen una, como cada corazón que late y cada palabra que se dice, en alta o en baja voz, en busca de la perfección absoluta de cada vida y de cada ser humano.

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Un libro largo de cuentos cortos (de la mano) de Etgar Keret.

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Un libro largo de cuentos cortos es el omnibus (definición del propio autor) en el que empaqueta toda su obra de género corto y que le ha dado fama mundial, más allá de su Israel natal, traída a nosotros en una magnífica aunque muy pesada edición de Editorial Siruela, en su sección Nuevos Tiempos.

Descubrimos un hombre divertido, crítico, que dibuja y disecciona las emociones humanas desde perspectivas aparentemente sencillas en ambientes normales, llenos de actualidad, pegada a ella en realidad, donde todo lo que caracteriza a nuestro siglo XXI se encuentra reflejado.

Nada hay que escape a esa mirada microscópica, sin miedo y sin concesiones de Etgar Keret. El lado más gracioso de la vida, el más peligroso, el más absurdo pero también el más negro, el más salvaje y, también y sobre todo, el más íntimo, el más pegado a la piel  y al corazón.

Nada es gratuito en sus cuentos. Y la maestría de enseñar (muestra,  retrata, dibuja, ofrece) los más íntimos sentimientos humanos se cristaliza y se llena de esa personalidad objetiva, detallista hasta el extremo, demoledora y por siempre despierta.

Lejos de la estética y delicadeza (pero igual crudeza) de los cuentos de Espido Freire -con quien me identifico más en esa búsqueda de belleza y no tanto de inmediatez; en ese ánimo de relatar esteta y estoicamente las profundidades humanas en trazos delicados pero firmes-, los cuentos de Etgar Keret nos llegan al alma por su profundidad, su carencia de trascendencia, y sin embargo su escondido eco eterno, su completa identificación con los sentimientos a flor de piel del habitante de un siglo desalmado como el que vivimos.

Y no es carencia de espíritu, a la prosa de Keret le sobra alma, pues está llena de una observación profunda como un océano, pero se escribe con trazo ligero, casi levitado; García Márquez conseguía poesía con sus relatos -aquella huella de sangre en la nieve blanca, causada por el simple pinchazo de un dedo con la espina de una rosa- sin ahorrarnos detalles pero sin sobrecargarnos con ellos; Etgar Keret nos transmite, con cierta sequedad, la desdicha de una mujer que descubre el fin de una relación a distancia en la que confía con una hipérbole abrumadora pero sencilla como una ventana con vistas, o la tragedia de la infancia que despierta al mundo de imperfección paterna por proteger una hucha en forma de cerdito que tiene un nombre impronunciable.

Keret tiene prosa de periodista; sus cuentos, incisivos, destilan aquí y allá, siempre, esa cualidad que tan cara se ha hecho a los editores actuales y tan fácil se hace leer por los lectores ávidos de historias y ahítos de pensar por sí mismos sobre una libertad que les desborda. La grandeza de los relatos de Etgar Keret es que consigue, con esa prosa desnuda, carente de poesía, directa como un escalpelo, que la semilla de la conciencia germine en la mente que lo lee con la esperanza de que llegue a ser, como él y muchos escritores ya idos, un solaz para el alma, un remanso de paz y de reflexión profunda al mismo tiempo, un caramelo que esconde un regusto amargo en el dulzor de su aparente brevedad, de su absoluta identificación con lo cotidiano.

 

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Varados en Río: sinuosa saudade.

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En general, me fío poco de los críticos literarios. De todo crítico, en realidad. Poder juzgar cualquier ejercicio, una obra de arte incluso, debe ser dificilísimo, casi imposible de alcanzar con justa equidad: bien nos pueden gustos, bien querencias o enemistades, cuando no errores de apreciación o deslices de orgullo. En general, suelo tener opiniones contrarias al crítico: tiende a agradarme lo que esta figura ignora; me aburre hasta el sopor lo que (sobre)valora.

Hace una semana, releyendo un semanario cultural  (dícese de un facsímil donde se recogen opiniones eruditas sobre temas muy ligados a lo que llamamos Cultura, escrito por y para entendidos, según creencia popular), caí en el nombre de un escritor, y su obra recién publicada, de los que no tenía noticia. No es nueva en este blog la afirmación (por lo demás verídica) de mi completa ignorancia por las novedades. El contacto que tengo con la producción literaria actual es tangencial, llevado por el impulso y también por la curiosidad. La literatura contemporánea (llamémosla así) está anémica, carece de cuerpo, fluidez, profundidad y riesgo. Parte de ello se debe sin duda a la falta de compromiso de las editoras, y parte a que el gusto popular, habituado a lo visual y de digestión rápida, no sabe o no quiere enfrentarse a letras que requieran una atención más aguzada, una compenetración más íntima entre el relato y el sí mismo que lee, y teme adentrarse en aguas cuyas mareas profundas puedan turbar la aparente calma de la que gozamos como sociedad moderna. Quién sabe.

Hace una semana, pues, tropecé con este nombre: Javier Montes, y con su nueva obra: Varados en Río. Y me llamó la atención lo que de él describía la crítica, esa consistencia que sonaba extemporánea y que anunciaba como nueva forma de escribir literatura. Y me pudo la curiosidad. Tanto, que me lancé a buscar este ensayo y el resto de sus obras sin haber leído ni una línea, sin averiguar en Google nada sobre él, sin buscar textos sueltos, críticas varias, reportajes en los distintos medios con los que habitualmente colabora. Digamos que casi fue un auto de fe. Y me alegra haber seguido esta corazonada.

Varados en Río es un ensayo novelado sobre el exilio, impuesto o no; sobre el extrañamiento, la diferencia, las coincidencias, las casualidades, los sentidos y sentimientos de la vida vivida; la realidad comparada con lo anhelado o soñado o rememorado (que viene a ser lo mismo); la Literatura con mayúsculas, la vida en minúsculas, y ese hechizo embriagador que lleva a una persona a dedicarse a la escritura, a sacrificarse a sí misma y a los demás, y el alto precio que pagamos siempre, siempre, por el amor (a los otros tanto como a nosotros mismos), por el deseo y los sueños que, revelados, se hunden con él.

Javier Montes es un hombre teñido de Literatura. Iba a escribir: demasiado teñido, pero a saber quién es capaz de graduar las consecuencias que el arte escrito puede sembrar en el espíritu de un hombre. Y qué gusto que así sea. Es una especie en extinción, una clase de gente que ya no se deja ver, o no tan a cara descubierta, y que extrañaba mucho más de lo que yo mismo pensaba. Qué gusto leer cada oración, cada párrafo; entrar en la magia de una intención escondida, en el entramado de una pluma atractiva. Varados en Río es un libro de un gran conocimiento biográfico, amén basado en una investigación que ha debido ser exhaustiva pero llevada con un agrado apasionado, escrito con una maravillosa visión de conjunto y enlazado con una cualidad que creía casi perdida: con alma.

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Cuatro vidas, cinco con la del autor, cuyo eje central es la Literatura, el Exilio y Río de Janeiro; el baile de máscaras entre lo anhelado y lo poseído, lo recordado y lo vivido en realidad; lo inventado también y lo callado; las alegrías, el extrañamiento, la tristeza y el viaje de ida y vuelta, real e imaginado, que condiciona vidas y destinos: las de Stefan Zweig, Elizabeth Bishop, Manuel Puig y Rosa Chacel navegan entre las aguas nunca quietas de este ensayo-novela, mezcla de investigación extensa y confesión profunda que imbrica sus destinos con los del autor; sus sentimientos también y sus frustraciones. Río de Janeiro es aquí la América-continente, el Shangri-La, la Tierra Prometida, pero sobre todo el Edén, al que se ha sido invitado pero del que se termina siendo expulsado simplemente por seguir con vida, y muchas veces a costa de la vida de los demás.

Todo es hermoso en este ensayo-relato: su erudición, su plasticidad, su casi dulzura al derramar confesiones hechas para ser bisbiseadas y su completa valentía a la hora de enfrentar esos momentos oscuros, esos instantes de error o de caída que todos tenemos y deseamos (oh, claro que sí) evitar. Para todos estos escritores (para el autor mismo), Río de Janeiro es ese anhelo, esa tierra llena de expectativas y de contrastes donde todo es posible: la miseria y la riqueza más absolutas, la negligencia y la entrega, la fe y la apostasía, el orden natural y el desorden humano, la belleza y la fealdad, la generosidad y el error. Pero Javier Montes quizá desconoce que eso ha sido siempre América: en las décadas que van desde 1940 a 1980 toda Latinoamérica (o quizá, mejor dicho, la América petrolera: México, Brasil sin duda, y Venezuela) era así, tal cual él describe a Río de Janeiro: exuberante, llena de contrastes, extraña y cercana, hermosa, egoísta, a la vez cruel y dulce, y por sobre todo distinta, única e irrepetible… Hasta que cansa. Porque todo cansa: la exaltación, la pena, la tristeza y el dolor. Y la propia existencia.

Todo exuda una melancolía  sinuosa como esas aceras de mosaicos blancos y negros; cada línea es un ejercicio de búsqueda y de saudade, que en el fondo es lo mismo: hasta lo que nos desagrada de una metrópoli como cualquier otra y que la rebaja a mera ciudad, sueños incluidos; hasta lo que creímos tener una vez y perdemos al día siguiente, al mes siguiente o al año siguiente, o quince años después. Varados en Río es un retrato de la vida que fue, la que quiso ser también y la que se extraña, porque hasta lo dulce y lo tierno y lo duro y lo difícil también se añora; y el retrato de cuatro grandes escritores que a la postre no fueron más que personas sencillas, atadas a su destino cruel de seres humanos en evolución, y asimismo, en extinción.

Pero Javier Montes juega con trampa. Nos enseña su corazón, pero no lo revela. A través de ese retrato a cuatro se refleja a sí mismo, pero no se desnuda; o, mejor dicho, se desnuda sin abandonar jamás sus adornos. Él mismo es un extrañado en tierra extraña; un exiliado del corazón; un extranjero, un alguien más, un moderno emigrado, un hombre al que también le llega esa sinuosa saudade que afecta a todo el que ha visto otro mundo, ha vivido otra realidad, y se ha entregado a ella hasta su final… Varados en Río es un viaje en el que se desgrana la brillantez de la Musa, la imaginería de lo cotidiano, el reflejo interior de los cambios telúricos de cada día, pero también es el disfraz de una sombra con la que el autor se cubre, al final púdico, en esa búsqueda del sentido que es todo relato contado en alta voz.

Sigamos con él esa saudade sinuosa encerrada entre puntos suspensivos…

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El libro de los Baltimore: Joël Dicker juega otra vez.

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Joël Dicker es el fenómeno literario de ventas (tras J.K. Rowling) y de crítica  de estos últimos años (en esto se distancia de la autora maravillosa de Harry Potter.) Joven, guapo, con un talento particular para enhebrar enrevesadas tramas a las que, en general, le sobran muchas páginas, pero que son atractivas y, también en general, muy bien escritas en ese lenguaje directo, sencillo (que no simple) y de lectura fácil, vibrante, que me recuerda  a los best-sellers que leía de chaval  en la década de los 80 (entre los doce y los dieciocho años) de Jeffrey Archer o Sidney Sheldon, para mencionar dos autores con los que le encuentro muchas referencias aunque con ciertas excepciones brillantes a favor del escritor suizo.

   El libro de los Baltimore no es la segunda parte del (para mí) sobrestimado La verdad sobre el caso Harry Quebert. No es necesario leerse este último para disfrutar el relato de los Baltimore ni de lejos, cosa que se agradece. Aunque tienen un nexo común: su protagonista. Marcus Goldman, quizá el mejor personaje protagónico escrito en mucho tiempo, lleno de matices de una gran simplicidad, carismático, metomentodo, más sincero o, mejor, más honrado que la mayoría de los personajes que pueblan sus dos novelas, dueño de esa sabiduría mediúmnica que poseen los escritores (y por extensión, que también posee Joël Dicker), capaz de aprehender realidades escondidas al ojo más avizor, sentimientos ocultos, pulsiones reprimidas y verdades escondidas sin siquiera saberlo y, aún más importante que todo, sin un ápice de prejuicio sobre las tramas de las vidas retratadas en ese océano de tinta y papel que es cada novela.

Dicho esto, El libro de los Baltimore es la historia familiar de Marcus Goldman, rescatando a ese torpe pero encantador escritor de éxito que se mete en líos casi sin querer, atraído por las circunstancias, por las historias que escribe en su mente antes que en el ordenador, y que terminan por transformarlo profundamente.

En La verdad sobre el caso Harry Quebert, demasiado largo, con demasiados giros argumentales innecesarios (hemos resuelto el misterio a mitad de lectura y los constantes vaivenes de la historia, magníficamente trazados eso sí, sólo alimentan la impaciencia y la irritación de un lector más avezado de lo normal), Marcus sufría una transmutación moral que lo convirtieron de seguro en mejor persona, más honda y profunda dentro de su aparente superficialidad. El libro de los Baltimore arranca precisamente en las etapas finales de ese cambio, esa necesidad de buscar las raíces de nosotros mismos, de intentar despejar las nubes con que la memoria nubla los recuerdos, y como todo proceso interior, la imagen del viaje físico, de Nueva York a Miami, se impone como metáfora vital de gran importancia.

 El libro de los Baltimore es una exploración (y, por ende, una exposición) de los secretos más escondidos de su familia y de sí mismo, un buceo profundo sin oxígeno entre los meandros de un pasado casi perfecto, casi feliz; un despojo de cada una de sus capas vitales, un viaje hacia el centro de sí mismo y de aquellos que le rodean. Es aquí donde veo el destello de Joël Dicker como escritor en mayúsculas, no sólo de libros que se vendan como rosquillas escritos sólo para entretener. Hay muchas reflexiones profundas, muchas denuncias sociales, una labor de búsqueda interior que esconde tras un lenguaje sencillo; tramas quizá manidas, algún tratamiento un tanto simple de las relaciones humanas (mejor que simple, demasiado típico) quizá necesario para que el libro no pese, no sea demasiado europeo (signifique esto lo que signifique), y que se venda. Ya no hay lectores que deseen introducirse en la psique humana, en la filosofía inherente a cada acción y a la reacción desencadenada; esas preguntas eternas para las que el hombre no tiene respuestas; ese nihilismo a veces, y esa necesidad por creer otras, que caracterizan a la literatura que más me atrae; que investiga en el interior de los sentimientos humanos y explica sin juzgar los comportamientos más variados, las situaciones más abstrusas y también la sencillez vital que se desliza casi sin darse cuenta entre el nacimiento y la muerte.,DanaInfo=editores.divinity.tele5.net,SSL+Joel-Dicker_MDSIMA20130704_0265_9

No me gustó La verdad sobre el caso Harry Quebert, lo reconozco: le sobran quinientas páginas y la falta profundidad, pero tiene ese brillo, ese don, esa posibilidad magnifica en la que veo, si se lanza, al escritor profundo que es Joël Dicker; con sus influencias norteamericanas, su referencia nada velada a Steinbeck (cuyo ambiente, cuyas relaciones familiares casi patológicas homenajea) y a otros grandes de la literatura norteamericana; que yo prefiera a Scott Fitzgerald no le quita mérito alguno al autor, faltaría más. Pero algo me dice que, en secreto, es uno de los espejos en los que le gusta mirarse.Y espero que algún día nos sorprenda con obras de verdadero calado literario, de esas que ya no están de moda, pero que dejan huella y que son, a la postre, el mejor logro que un escritor puede hacer por conseguir la inmortalidad.

Como a Henry James, a Joël Dicker se le ven los mimbres. A lo Henry James, lleva sus tramas con mano firme y no parece permitirse, en los innumerables giros de la historia, perder ni una palabra, ni una coma o un punto y aparte. Su tendencia a viajar entre le pasado y el presente (que yo también empleo) me fascina; prefiere avisar al lector antes que sorprenderlo, algo que le debemos a la literatura simple que está en boga en estos momentos, pero no le resta méritos a esa habilidad casi prusiana que caracteriza su escritura. Pero como se le ven los mimbres, su habilidad para enganchar al lector está en crear personajes atractivos, atrayentes, simpáticos, torpes y encantadores. Marcus Goldman es un trozo de oro. Y en mantener el interés con suspenses llenos de trampas, como muñecas rusas que parecen no tener fin.

El relato está escrito en primera persona, así que debería tratarse del retrato de una voz. Pero Joël Dicker juega una partida más enrevesada. Consigue que Marcus Goldman describa lo que ocurre, juzgue a lo que le rodea desde su propio punto de vista, meta la pata, purgue sus culpas y emerja al final del relato libre de heridas, lleno de experiencias y en proceso de curación moral. Pero el escritor nos hace trampa: una historia tan extensa necesita a la fuerza de un narrador omnisciente, que sepa lo que ocurre y lo muestre de forma casi aséptica. En la literatura profunda, un relato en primera persona jamás puede salirse de la experiencia del narrador: es imposible que consiga despegarse de sus pensamientos, sus juicios y su conocimiento limitado de lo que le rodea; como nos pasa a todos, nuestra experiencia vital es fruto de lo que vemos, lo que oímos y lo que creemos entender. En El libro de los Baltimore se toma la libertad, como ya hiciera en Quebert, de saltarse esa regla de oro en aras de la evolución de un relato que se transforma así en una novela ágil en la que los lectores conocemos el juego de todos los personajes mejor que el propio protagonista, en vez de lo que sería un largo soliloquio que Marcus Goldman debería enhebrar al escribir un libro de memorias en las que él participa como autor y como testigo principal.

Hay escenas demasiado comunes, pero maravillosamente descritas; Marcus es el personaje al que seguimos, su evolución completa, el reconocimiento de su verdadera valía en medio de las cenizas de un drama que le persigue como una obsesión, y su lucha por alcanzar la calma y quizá el amor en los brazos de una Alexandra delicada, herida, pero firme y única. Hay un mar de personajes con sus entramados profundos y trillados en El libro de los Baltimore; todos imperfectos, alcanzan su redención a medida que renuncian a ser ellos mismos (hay tantos puntos en común, en su redacción, con Quebert…), pero, como en toda historia de amor, lo que al final importa es que hay un chico, una chica y un perro. Y errores que enmendar y preguntas a las que hallar respuesta.

 

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