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Elsa y el mar: juego de niños.

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¿Realmente un cuento de niños es para niños? Siempre me lo he preguntado. Desde luego, remontándonos a los ascendentes más famosos: los hermanos Grimm por un lado, Hans Christian Andersen por otro (sin olvidarnos de Charles Perrault, por supuesto, y de la tradición tan vieja como el hombre de contar historias y legarlas a las generaciones por venir), los llamados cuentos infantiles no son para niños, son mensajes cifrados que esconden verdades como puños, morales y físicas, sobre lo que hay de escondido en el ser humano, de débil y de valor; parábolas creadas para legar enseñanzas profundas, conocimiento propio y profano, único e insondable.

Yo me acerco a los niños sin hacerlos sentir tontos. Lejos de emplear con ellos la memez a la que los tienen sometidos en la actualidad, pero tampoco sin imponer una estructura de actuación de un adulto (cuya promesa despunta), establezco con ellos un lazo de paridad. No es que yo me haga un niño cediéndoles a ellos poderes pluripotenciales (es decir, como está estructurado actualmente el núcleo familiar moderno); encontrando un terreno común en el que nos entendamos como personas que somos, con nuestras diferencias (por lo pronto y meramente físicas, de más de 190 centímetros de diferencia) y nuestros puntos de encuentro, donde la realidad la explico y me la explican con toda singularidad y toda riqueza. Por eso me llevo bien con ellos: me gustan cómo piensan, cuando no son poseídos por arrebatos egoístas (incluyéndome yo en la ecuación); no los deifico, algo que me causa terror (y a ellos seguro que también); sólo nos sentamos en ese terreno común con sus reglas establecidas por la fluidez del contacto, y nos disponemos a jugar ese juego de niños que es la relación interpersonal entre seres humanos.

Transmitir eso a un cuento infantil no debe ser nada fácil.

Màxim Huerta ha publicado, en conjunto con María Cabañas en las ilustraciones y gracias a Frida Ediciones, una pequeña historia dedicada (supuestamente) al público infantil. Lo es en su núcleo de promesa, en esa perpetua senda de esconder en pocas páginas la belleza y la aridez del mundo, el presente continuo (un niño no tiene pasado ni futuro; lo desea, no lo intuye; lo sabemos, no lo deseamos), esas alegrías enormes y esas decepciones brutales y pasajeras que pintan la niñez y aun la definen, la eternizan. Elsa y el mar es un pequeño poema a esa esperanza, a esa constante lección de la vida; es un querer plasmar, dentro de la eternidad de las cosas que fluyen, ese instante en el que nos damos cuenta (nos damos cuenta) que la vida es un perpetuo recorrer, un juego de permanencias inconstantes, una revelación inacabable. Y es a la vez un regalo y una pequeña promesa, una pequeña joya de sencillez, de sensación y de festejo.

Ignoro si es más fácil escribir ficción para adultos, o si todo lo que creamos es, en el fondo, un sempiterno canto para nosotros mismos. Pero lo que sí sé es que no es sencillo abocarnos al campo infantil sin entrar en campos trillados, sin caer en errores mundanos. Màxim Huerta lo logra con creces y deja para la posteridad de su propia vida, y de quienes la integran, la eternidad encerrada en un pequeño relato que exuda frescor y alegría, pero también (como todo en su línea creativa) cierta melancólica certeza, el reflejo de que siempre hay algo más de inasible, de insondable y secreto que jamás podremos conocer por completo y que puede llegar a herirnos, aunque sea de forma somera, quizá para siempre.

Una advertencia, un descubrimiento, un fluir constante. Elsa y el mar es un juego de niños lleno de vida, es decir, de lecciones por aprender.

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Todo esto te daré: vidas sinuosas

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Todo esto te daré es la novela de Dolores Redondo, ganadora del Premio Planeta 2016. No había leído nada de su autora, sobre todo por mi total desinterés por la serie negra, de la que sin embargo he llegado a disfrutar, aquí y allá, de ejemplos excelsos destacados en el mercado anglosajón, que han trasplantado ese gusto, esa estructura y ese género en nuestras fronteras.

No me gusta que un libro venga clasificado con un género: le resta mérito al autor y a su historia, que en general siempre es más y mayor de lo que la etiqueta encierra. La producción en masa de una novela así genera ventas y ha hecho, a no pocos autores, conocidos y líderes de ventas. Que esto también es un negocio, no debemos olvidarlo. Ese rechazo tácito quizá ha hecho que no me acerque mucho a la labor previa de Dolores Redondo, como me mantiene alejado de la producción literaria actual, con contadas excepciones (Joël Dicker, al que me referiré más adelante o, en alguna ocasión con mucho agrado, Matilde Asensi), así que mi acercamiento al nuevo Premio Planeta se ha debido a la confirmación de parte de mi entorno de que la historia valía la pena.

Todo esto te daré posee una gran cualidad: es un océano de sentimientos. No hay momento anímico que la autora no explore, no ahonde con una delicadeza magistral, y no arrastre al lector al mundo que crea, ayudada por la mágica localización del relato y por los encuentros y desencuentros de almas dañadas que se reconocen, se rechazan y finalmente se aceptan en esa cura común que significa para todos la aceptación de los hechos como verdades, y como verdades, la libertad que estas conllevan.

Dolores Redondo es quizá, junto con Joël Dicker, quien mejor maneje los mimbres (fuera del mundo anglosajón, se entiende) de una trama de género negrísimo en el que caben todas las taras humanas; tantas, que por momentos puede llegar a abrumar. Su querencia por los giros inesperados, mejor llevados que el suizo, intenta mantener la atención del lector, y en contraposición con el autor de La verdad sobre el caso Harry Quebert o El libro de los Baltimore, lo consigue porque su interés son los personajes que viven la historia, y no el que la trama supedite a los personajes, los lleve, los defina. Eso le aporta a la narración de Todo esto te daré mayor calado, hace que dé un paso más en las fronteras de la etiqueta, y que progrese en un camino rompedor de moldes, liberador en fin, de ese gran talento que se adivina en su autora.

¿Por qué comparo dos estilos tan distintos de abordar el mismo género (pero construyendo las tramas con la misma estructura férrea y ya manida)? Porque en ambos casos veo a excelentes escritores; hay muestras de gran talento, hay brillos profundos de almas que quieren en realidad salir del corsé en el que se hallan para horadar caminos nuevos ya sin miedo.

El olor, el tacto de las gardenias, el aroma de la lluvia fina y la humedad, el reflejo del sol en el río, la tarde sobre los viñedos, la interacción íntima entre seres humanos que encuentran puntos en común en las supuestas divergencias, son lo que me ha atraído de su lectura. No la trama, sobre la que perdí interés a medida que avanzaban personajes arquetípicos que anuncian con grandes carteles sus intenciones. No los constantes giros, que me cansan; sigo sin entender cómo es posible que una historia poderosa como ésta requiera más de trescientas páginas para desarrollarse: debe ser el mercado, o el género en el que se enmarca. Murakami también escribe historias interminables siguiendo siempre el mismo planteamiento cíclico y sus lectores parecen hipnotizados… Pero eso es otra historia.

Todo esto te daré es una historia de amor, o mejor dicho, una historia negra sobre una historia de despedida. Es el maravilloso relato de un lamento, de una pérdida, de una desdicha y de una curación atrapado por una historia paralela que termina ahogándolo. Pero sobre todo es un descubrimiento de una pluma que debería deshacerse de etiquetas para profundizar en lo que verdaderamente hace un escritor de raza: hablar sobre las verdades humanas con una mirada acerada y, a la vez, misericordiosa, sin miedo pero con respeto, en relatos cuyo equilibrio lo dicte el corazón de quien escribe. Espido Freire es una artista en este sentido, lenguaje de escalpelo en boca de seda, elegancia fría de acero sobre un gran respeto por la historia que narra, con un equilibrio entre instintivo y meditado: Melocotones helados sigue siendo un relato potente escrito con prosa brillante sobre un fondo, como el de Todo esto te daré, muy negro.

Dolores Redondo tiene la pluma ágil, y sobre todo, el sentimiento profundo a flor de piel. Eso la hace única. Y qué bien que surjan voces como la suya en el panorama absurdamente monocorde de la literatura contemporánea. Ojalá podamos evolucionar gracias a ella y a todos aquellos que desean romper moldes, diversificar estilos, siempre preocupados por la calidad del sentimiento y la belleza de la prosa.

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España: Centro del Mundo 1519-1682

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Hay algo subversivo en el alma española. No conoce su Historia. Esa ignorancia le da vergüenza y le condena, como por lo demás todos los países, a caer una y otra vez en los mismos errores. Robert Goodwin, británico (para variar) lo describe maravillosamente bien en su libro España: Centro del Mundo 1519-1682, de la editorial La Esfera de los Libros.

España no se ha recobrado de ese espíritu barroco del Desengaño: ningún pueblo ha retratado jamás en sí mismo la pasión hacia la grandeza y la eternidad, y al mismo tiempo su extrañeza y su penar al descubrir que nada de eso es posible, salvo la destrucción absoluta y la carnaza de unos valores que por firmes, no dejan de ser del todo imperfectos y perecederos.

España ignora su importancia, porque los siglos que sucedieron a esa explosión planetaria (incluso cósmica) que la catapultó a los más alto del Renacimiento como potencia motora, y al Barroco como potencia artística, de desestabilización, de desencuentro consigo misma y de desencanto, han perdurado más que los brillos ya algo mohosos de una grandeza que prometía durar una eternidad.

España ignora que nada es para siempre. Y se niega a seguir viendo que todos los grandes imperios en realidad duraron lo mismo que el suyo: un siglo, con resonancias más o menos lejanas en los tiempos venideros. Por ser el primero, por ser en realidad el más poderoso, el más unificador dentro de una diversidad demasiado intensa; por eclosionar en el encuentro de mundos desconocidos; la conquista, la mezcla (¿qué otro imperio del mundo ha llevado su sangre, su fe, sus costumbres, al grado de mestizaje del español?) y el resquemor, el Imperio español, el verdaderamente planetario, ha sido denostado, vilipendiado y engañado a lo largo de los siglos por conveniencia ajena y por connivencia propia con graves consecuencias para un país que lo tiene todo: lo bueno y lo malo a flor de piel, y que sabe interpretar a través de la cultura, la belleza y la religiosidad (tenga el sesgo que tenga) esa grandeza, ese mestizaje, ese saber ocupar un lugar en el mundo y esa riqueza que representa una tierra fértil, un sol secular, un mar bendecido por la Naturaleza y un clima recio, con cielos hermosos, llenos de contrastes, y un corazón que late, a sangre y fuego, por encontrar ese pedacito de paz que le ha sido negado siempre.

Robert Goodwin ha escrito el libro que España necesitaba. En sus hojas jamás hay una excusa, jamás un juicio. A mi parecer es el primer historiador que no juzga con los ojos del Siglo XXI lo que era el mundo que va de finales del S. XV al S. XVII. No hay en toda esa erudición presentada como una novela agradable y llena de giros, con una estructura en círculos concéntricos maravillosa, una línea disonante, un dato que no encaje, la mera insinuación de un error; jamás una comparación odiosa, jamás un comentario hiriente; y siempre una admiración profunda y verdadera sobre la grandeza de un pueblo que creyó con pasión en un sueño de riquezas y poder (y que lo obtuvo) pero que ignoraba, hasta que se dio cuenta dando lugar a ese esplendor único llamado Barroco, que nada en la vida es para siempre y que todo tiene un precio: querer vivir en la ignorancia apartando la vista hacia otro lado, y reconocer en lo más profundo esos errores y juzgarse duramente por ello y enmendarse, rodeándose de pobreza y minimizándose hasta el extremo de querer desaparecer de la esfera mundial, al no considerarse digno de haber alcanzado tamaña empresa y, todavía más, de permanecer en ella hasta que se apagase el sol.

Todo en el libro de Robert Goodwin es maravilloso. Todo. La estructura con que está escrito, el lenguaje ameno, vibrante, incisivo, lleno de una profundidad intelectual que desarma, que no juzga, que saca a la luz las tripas de una forma de ser, el alma de un sueño de vida y su reflejo en las labores humanas; de un pueblo que se volvió grande de repente, que supo serlo y que cayó, pensándose pronto, víctima de errores que ha considerado siempre como propios pero que son connaturales con la naturaleza humana: Robert Goodwin nos demuestra que el Imperio español fue el centro del mundo, pero que sus errores fueron y han sido, en realidad, casi universales.

Antes del Imperio Español fue el Imperio Azteca, el Imperio Inca y Roma, y antes de Roma, Macedonia, y antes de Macedonia, Persia, y antes de Persia, Egipto y Babilonia, hasta pensar en Dalamacia y la oscura Atlántida, por resumir en unos trazos docenas de miles de años de historia humana. Todos ellos han perdurado en la memoria histórica; cómo no iba a hacerlo el primer Imperio verdaderamente mundial, cuyo orbe manejaba dos manos pálidas como si fuese una pelota de hojalata. Pero, como ocurre con las obras de Arte que el tiempo cubre de impurezas y de sombras impuestas, la historia de ese momento único en el mundo, porque fue único (jamás volvió a ver algo igual, todos los que le sucedieron no fueron más que copias basadas en su ejemplo), se vio modificada por intereses contrapuestos, por exposiciones cegadoras, por oportunos ocultamientos, es decir, por conveniencias banales, que sólo ahora, después de esta experiencia cargada de muertes y de cambio inmediato y constante, consiguen desvelarse y mostrar su esplendor, porque son hermosas en su conjunto de brillantez y oscuridad, libres por fin de intereses creados o de falsas creencias que a nada llevan.

He leído unos cuantos ensayos sesudos sobre este inmenso período hispano. Eran demasiado densos, demasiado concentrados en el detalle, pero por encima de todo, juzgaban una y otra vez cada uno de los recovecos de la historia que contaban. Si de Alejandro Magno se dice que no hay que juzgarlo sino con los ojos de su tiempo, ese principio de imparcialidad debería imperar (y de hecho, ocurre en todos los países menos en la todavía pía -por irracionalmente adherida a una culpa externa- España) en la historia hispana, pero no lo había encontrado hasta hoy. España, Centro del Mundo 1519-1682 es la joya que tanto anhelaba leer, la descripción magistral de política, cultura, costumbres y enfoque que debería tener todo historiador. Es, quizá, la primera obra moderna de historia, escrita para ser leída con facilidad sin legajos abstrusos, y llena de amor por lo que quiere mostrar, desplegando la historia de los Austrias hispánicos como un hermoso bordado en el que se plasma, a modo de Tiziano, de El Bosco, a modo de El Greco, a modo de Zurbarán y de Velázquez y de Murillo, los verdaderos colores de un imperio donde no se ponía el sol, en donde nació la Banca moderna, las costumbres que pasarían a imperar en el mundo desde entonces (apenas modificadas por el paso del tiempo), donde el estudio sobre el hombre, los derechos de los demás, la preocupación por reglar un mundo informe, el ansia, el lucro, la avidez y la piedad jugaron un papel único y dieron vida a un momento singular de la historia humana. Ese momento mágico en el que el mundo se hizo planeta ha llegado hasta nosotros a través de las costumbres, de internet, del cine, del teatro, de la literatura, de la tecnología y de los viajes eternos por mar, tierra y cielo. Robert Goodwin nos demuestra, en este fresco maravilloso, que no somos más diferentes de lo que eran esos españoles imperiales y que apenas hemos cambiado en las formas pero no en el fondo: la codicia, la imparcialidad, el ansia de posesión, pero también la piedad, el sueño de igualdad y de concordia y la preocupación por los que sufren, los desheredados y al ampulosidad de un capitalismo que nunca nos ha abandonado desde entonces… No hay mal en ningún país del mundo que España no mostrase en ese siglo único, ni ningún imperio que haya durado más que el inmenso plantea hispano; eso sí, nadie ha vivido ese surgimiento y esa pérdida con más pasión y más desconcierto que España, a la que aún hacen temblar los ecos que sobreviven en su inseguridad (en su falta de conocimiento sobre su Historia).

Francia siguió a España; Inglaterra, una vez lavada su cara de ínsula pirata, alumbró el albor del S. XX… La pérdida del rango de imperio fue distinta en cada país: en Francia, a grito de Igualdad, Libertad y Fraternidad (conceptos que ya manejaban los eruditos de Salamanca, como bien deja claro Goodwin en este volumen, así que ni siquiera los Derechos Humanos nacieron en el suelo francés -Estados Unidos se había adelantado en cuanto a libertad y soberanía popular, pues cabe recordar aquí que el sanguinario paso de una Monarquía a una escueta dictadura y posteriormente al imperio de las armas napoleónicas, dejó tras de sí un reguero de sangre propia de un pueblo corto de luces y ansioso de venganzas que no se vio en el nacimiento de la nación norteamericana, al menos en sus comienzos, claro-) con la efímera y sangrienta Revolución Francesa; en Inglaterra, gracias al ruido irreverente de las guerras del S. XX, apenas si pasó desapercibido, maquillado por la máquina de propaganda y cultura que aún imperan (nunca mejor dicho) en nuestros días: ese espíritu insular, y ese asco por lo distinto, siguen tan vivos hoy como en el S. XVI: el Brexit es el mejor ejemplo de las raíces reales de un pueblo que ha cambiado apenas nada y que sobrevive con la añoranza de un imperio que apenas duró un siglo y que se desvaneció en la nada, salvo quizá en la enjoyada cabeza coronada de una Reina-símbolo-objeto, que todavía perdura gracias a una longevidad oculta en sus genes regios… En fin, como dice el dicho: en todas partes cuecen habas.

Ojalá España deje por fin ese sentimiento de inferioridad nacido de su desconocimiento, de su falta de discernimiento, de ese marcha por el desierto del desconcierto y la pequeñez. Su grandeza, que todos los demás captamos y admiramos, y que late en su Arte, en las líneas de sus novelas y poemas, en el pensamiento de sus filósofos, en las pinceladas de sus pintores, en el arrebato de sus paisajes y su gastronomía, en la belleza de sus ciudades, en el saber vivir de una raza antigua que merece disfrutar de su lugar magnífico en la Historia,  y en el día a día.

Robert Goodwin muestra ese fresco, retrata esa belleza y esa podredumbre, ese saber estar y esa inestabilidad tejiendo la vida de sus principales actores, mezclando temperamentos y biografías, y mostrando, con una acerada visión del arte escrito y pictórico y escultórico y arquitectónico, los ecos del corazón de un pueblo y de un tiempo único en el mundo sin prejuicios, sin ahorrase sombras y sobre todo, por encima de todo, y en eso reside la grandeza de este ensayo, repleto de libertad y respeto y amor por España y su lugar mundial, su verdadero legado planetario, y su peso específico de olores, sabores y tactos, convirtiendo un libro sobre historia en un tratado sobre filosofía de vida y sobre arte y humanidad.

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Mi lugar en el mundo eres tú: íntimo corazón viajero.

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Mi lugar en el mundo eres tú es la nueva travesía de Màxim Huerta. A mitad de camino entre un carnet de viajes, una guía turística, un nuevo trabajo a cuatro manos con el ilustrador Javier Jubera, y un catálogo de gustos y querencias, Mi lugar en el mundo eres tú nos regala al más íntimo y desnudo Màxim Huerta.

Tendemos a buscar en las historias escritas mucho de un autor; fantaseamos que ésta o aquella escena o un personaje determinado, sean un reflejo de la realidad del escritor. Esperanzas vanas: todo personaje, toda situación descrita son una amalgama de vivencias propias y ajenas, a veces fruto de la observación y otras de la investigación más pormenorizada; la escritura es un acto de reflexión, de refracción y de escucha donde todo cabe y se funde, como la cera en el bronce de una estatua dentro de la fragua de la creación. Eso no ocurre con Mi lugar en el mundo eres tú, antes bien: estamos ante el retrato, a manos llenas, de un corazón. Màxim Huerta coge todos los colores de su alma y pinta con trazos perfectos las carreteras de sus sueños, los miedos de sus sentidos, los disfrutes de sus sentimientos y sus gustos, sus pensamientos y sus verdades veladas para regalarnos un relato lleno de pespuntes, de hermosas imágenes fotografiadas por él mismo; de sus filias y sus dolores y de esos errores que se confiesan sólo en el ambiente tierno de la buena compañía. Màxim Huerta establece con el lector una intimidad cómoda, en la que se muestra y se desvela tal cual es, con una valentía inusual en cualquier escritor, y por lo mismo perfecta, poderosa: nada hay en el libro que sobre; nada falta, dejándonos con ganas de más: un romanticismo que evita la ñoñez; referencias literarias y cinematográficas que se alejan del chovinismo cultural; un equilibrio perfecto entre cercanía y ligereza, entre hedonismo maravilloso y asepsia intelectual; cuaderno de recuerdos y versos y un corolario de reflexiones que son lecciones aprendidas y vida vivida y bien aprovechada.

Como ya ocurrió con El lector, las imágenes de Javier Jubera aportan cohesión a lo contado, que a veces se desperdiga para amalgamarse más adelante, y un toque mediúmnico y casi irreal, acercando al lego las referencias literarias que pueblan las páginas de este inusual libro de viajes, donde se retrata un gusto, una sorpresa y una vida llena de corazón. Da la impresión que Màxim Huerta paulatinamente se deshace del lastre de la vida para volar ligero, como ha aprendido a viajar sin exceso de equipaje: sus columnas semanales en periódicos como El Español, por ejemplo, y ahora este texto, nos lo dicen en susurros confesados cada vez con voz más clara.

Hay que ser my valiente para escribir una joya como Mi lugar en el mundo eres tú. Cada línea rezuma sangre tibia, cada hoja evoca el latido de un corazón; cada imagen, cada recuerdo, el retrato de un alma que se desnuda… Y tras esa desnudez está una vida. La suya. Y la nuestra, que viaja junto a la suya, cada vez que publica una nueva aventura.

cxpn-qgxgaar_mf©David Sadness

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De La Lata de garbanzos: Casa de Extranjeros, un diccionario de maravillas (de Venancio Pereira).

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Del magnífico blog de Fernando Venancio Pereira: La lata de garbanzos se puede decir muchas cosas, pero lo mejor de todo, es que ha dado pie para la publicación de dos libros estupendos, no sólo que merecen ser leídos, si no todavía más, pensados y admirados, saboreados en su belleza del lenguaje culto (pero no cultureta) y sencillo (que no simple), lleno de emociones y de sabias reflexiones tamizadas por una mente analítica que ha sido siempre brillante (conozco al autor desde tiempos inmemoriales, aunque hace más de media vida que no tengo el placer de su compañía) y sobre todo, o más que todo (y he aquí el mérito de una vida vivida), compasiva y única.

Venancio Pereira (como firma sus libros, aunque él prefiera, y yo le conozca desde siempre, como Fernando) procede de una familia portuguesa emigrada a Venezuela  en los tiempos en los que salir de Europa era la mejor industria de muchos países (Irlanda, Italia, España y Portugal son buena prueba de ello), y el sueño de América (en contraposición a los americanos, que sueñan con Europa, estableciéndose una balanza muy curiosa que sólo los que somos producto de esta mezcolanza de viajes atlánticos podemos entender), era lo único que podía sustentar una vida más gris y oscura de lo que nadie pudiera desear. Debido a eso su cultura es híbrida: de la vida en la calle traía las costumbres, los usos y modismos de un país, y de su casa, los usos, las costumbres y el lenguaje de una cultura distinta, que no diferente, abierta sin embargo al mestizaje, orgullosa de sí misma, segura y por lo mismo generosa, dispuesta a captar lo mejor, filtrarlo y transformarlo en algo nuevo: Venancio Pereira es uno de esos frutos de un árbol único, muy raro, y que debería conocerse y cuidarse con esmero.

La lata de garbanzos es un blog. Un blog sobre las experiencias, las vivencias, la exposición de un lenguaje único trasladado al español, la transposición de experiencia, o e vertido de la vida, sobre los caracteres de un lenguaje que deja de ser meras teorías y reglas para transformarse en significados reales, en vida vivida, empática, compasiva, tanto con los demás como con él mismo.

Cada uno de los relatos que conforman Casa de extranjeros está basado en el embrujo de una palabra, a la que Venancio Pereira carga de motivos, de sentimientos y de un nuevo significado sin romper las reglas del idioma, antes bien buscándole más peso, regalándonos el fruto de un pensar profundo transcrito con una prosa honda y sencilla, directa y llena de corazón. Porque si hay algo bello en todos los relatos de Casa de extranjeros es que están cargados de corazón.

Amor. Amor por los abuelos, por los padres; extrañeza por el descubrimiento de un mundo; a veces tristeza y mucho sentido común: la evocación del pasado, dibujada con esa saudade tan propia del occidente atlántico (y que compartimos en herencia geográfica y cultural), es decir con una melancolía serena; la reflexión, libre de excitación, del presente de un país (Venezuela) que se cae a pedazos (grandes); y las lecciones que el autor ha sabido extraer de cada una de sus vivencias, hace de Casa de extranjeros una joya rara, única, que merece ser leída, publicada y disfruta por el gran lector, aficionado a las historias libres de artificios, que hablan con realidad directa sobre las verdades de ser hijo de emigrantes, de ser mestizo de culturas, de ser extranjero en todas partes, de ser persona que piensa, que siente y que se admira y se compadece de todo lo que ocurre a su alrededor y desea compartirlo con eso más secreto y más oscuro y que se desvela en cada una de las líneas que escribe: con su corazón.

El porqué de que editoriales dejen pasar oportunidades semejantes, se me escapa. Pero si siguieran el instinto de verdaderos lectores, conseguirían sin duda muchas ventas, un escritor del calado de Venancio Pereira un reconocimiento merecido, y sobre todo, cambiar pensares y construir realmente un mundo mejor.

 

   Casa de extranjeros se encuentra en versión electrónica, junto a otros libros del autor, en www.amazon.es

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La nueva felicidad (de Curro Cañete).

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Hay historias que se escriben, y hay quien escribe historias, y hay historias que se van escribiendo día a día, hasta que un día emergen a la luz y nos parecen sencillas, inequívocas, casi perfectas.

Lo que cuenta Curro Cañete Leyva en su primera novela publicada por Editorial Destino, Una nueva felicidad, nos parece así: sencillo, fácil, perfecto. Nada más equivocado y nada más parecido a la verdad.

Con una prosa suave como una caricia, Una nueva felicidad es un relato periodístico, unas memorias razonadas y un reflejo del día a día de muchos de nosotros, cargados de problemas la mayoría autoimpuestos, callejones sin salida y  un arrullo de libertad. Porque Una nueva felicidad no es llegar al final de esa meta que somos todos, si no el comienzo de una aventura fantástica que se inicia una vez abrimos los ojos a la vida.

Curro Cañete Leyva escribe con el corazón en las teclas. Su estilo es recurrente, suave, y refleja nuestro yo más neurótico y pavoroso. La búsqueda de una salida (no: de un nuevo comienzo) lleva a Curro por los caminos hacendosos y llenos de riscos de sus temores, de sus sueños rotos, de sus ansias y sus éxitos, de sus amigos y sus errores, de una vida que parece perfecta, aunque sólo en la superficie. Curro es un chico que desea adentrarse en los porqués de la vida, primero sin ser consciente de ello y después a pleno sol; quiere ser libre, quiere amar y ser amado y sobre todo, o por encima de todo, quiere aprehender el secreto último de ese escurridizo estado que es la felicidad. Y se da cuenta, gracias a los avatares del destino, a la influencia de sus lecturas, a la fidelidad de sus amigos, al resumen de su más que trabajada y merecida vida, que la felicidad está escondida en cada una de las líneas que escribe, en cada desencuentro, en el enamoramiento y en la pérdida.

Del amor hacia un hermano perdido hasta el amor por sí mismo, Curro Cañete viaja hacia una nueva felicidad lentamente, casi sin pausa pese a lo dificultoso de su viaje, más allá de los límites impuestos, en esa búsqueda constante de algo mejor: la mejor versión de sí mismo y, por ende, del mundo que lo rodea.

Un catálogo de manuales de Nueva Era: lecturas, procesos mentales y físicos, yoga, meditación, flores de Bach, mantras, inciensos, feng shui, coaching, runnigUna nueva felicidad va más allá de todo eso, porque está después de todo eso: justo, justo, donde comienza el corazón. Vemos divagar a Curro por su mente, por sus labios, por la piel del Otro, por los senderos del Parque del Retiro; caer rendido ante los hechos; hechizado ante las personas que abren ante él nuevas oportunidades y nuevos mundos, y finalmente encontrase, perdonarse y seguir con vida: la felicidad es el camino, no las herramientas; un ciclo sin final que se inicia y finaliza en la rueda eterna del corazón, un Samsara personal y único, y por eso mismo hermoso, dadivoso y frecuente. Porque nada se regala más que la belleza, que la bondad, que la comprensión.

Curro en Una nueva felicidad paga todos los impuestos de la esclavitud, de la ignorancia; admiramos su valentía, nos enoja su ceguera, nos identificamos con su dolor, con sus miedos y sus fracasos, y terminamos amando su desnudez, su total fragilidad, esa valentía que lo hace único, libre.

Una nueva felicidad es el camino, no la meta; es el continuo fluir, la deferencia, la (buena) educación, la generosidad, el ardor, los errores también, y más allá, siempre más allá, la única libertad. No hay dos caminos iguales; no hay dos felicidades iguales. Pero todas las sumas se adicionan y se hacen una, como cada corazón que late y cada palabra que se dice, en alta o en baja voz, en busca de la perfección absoluta de cada vida y de cada ser humano.

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