Jurásico total (perdidos sin wifi): aventuras en mundos perdidos

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La literatura juvenil está viva, late, crece, se despliega, se desarrolla, se vende. Podría esgrimir muchas razones, todas válidas. Pero la fundamental para mí estriba en que la juventud se entrega a la fantasía escrita, usa su imaginación para recrear lo que lee sin esfuerzo, penetra en los mundos de lo escrito con la confianza y el abandono que les da el corazón que crece.

No es fácil escribir libros así. Se necesita un talento especial. Porque ese público no tolera la mentira, lo hueco; se entrega a lo que siente vivo, se identifica con cada historia y personaje porque se encuentran parecidos, sí, pero sobre todo porque son reales. Cómo sea el entorno es lo de menos, la realidad de la historia es lo que importa.

   Jurásico total  (perdidos sin wifi) es la nueva saga de historias escritas a cuatro manos por Sara Cano y el paleontólogo Francesc Gascó, y frescamente ilustradas por Nacho Subirats, valientemente publicada por Alfaguara. Y aunque el perfil de venta de esta saga nos dice que está diseñado para un público de 8 a 12 años, la verdad, como los buenos libros de aventuras y de corazón vivo, su lectura es básica para cualquier edad. Está diseñado para envolver con acción trepidante, momentos delicados, pérdidas y búsquedas que tocan todos los corazones, todas las edades.

Para alguien que creció en su momento disfrutando de las entregas de Los Hollister o Los cinco, por ejemplo; que creció al amparo de Julio Verne y JRR Tolkien, Jurásico total es un hito en nuestro idioma, no porque no existan sagas juveniles españolas (el mercado, muy vivo, late con sangre fresca) si no porque, por primera vez, Ciencia real se une a imaginación y a aventura; es decir, vuelve a sus orígenes, porque la Ciencia, pese a quien le pese, es corazón, pasión, aventura y riesgo.

Hay toques mágicos en Jurásico total. Hay tecnología y semiología paleontológica. Pero, algo muy característico de Francesc Gascó como escritor (y bien acompañado por Sara Cano), consigue hacer sencillo el intrincado árbol de la ciencia paleontológica, la descripción de mundos que ya no existen, las dudas que equivalen a nuevos retos de investigación y que los cinco protagonistas aprenden a marchas forzadas debido a un destino juguetón.

La magia de Harry Potter está en sus detalles: la historia central, para nada infantil, descrita con el corazón de alguien que sabe que los niños entienden mejor que los adultos la realidad que los rodea si se toma la molestia de explicársela. Jurásico total sigue esa senda, y en medio de un mundo extraño para la mayoría, nuestros cinco héroes aprenderán a aceptarse como grupo, a aceptarse como personas, y quizá a admirarse, gracias a las peripecias que viven.

Cada personaje es un mundo a medio hacer: promesas que despuntan, cuerpos que cambian, conflictos que resolver. Desde la soledad del incomprendido hasta la sobreprotección exagerada, desde la claridad de ideas hasta la ceguera de la ira, desde el deseo de ser aceptado como un igual hasta la necesidad de saberse (y quererse) diferente. Jurásico total (perdidos sin wifi) no es sólo un libro (y una saga) de aventuras trepidantes, es el retrato de la vida humana a través de estos adolescentes que se descubren a sí mismos enfrentándose a sus miedos y desarrollando sus habilidades.

 Jurásico total (perdidos sin wifi) atrapa, informa, entretiene y, por encima de todo, nos muestra lo variada que es la vida humana, lo frágil que es, lo resistente, lo leal, lo débil, lo hermosa. Es un retrato de nuestros yoes más puros, una puerta a la seguridad de que, con sus lectores, estamos construyendo de verdad un mundo mejor.

¡Y aprendiendo Ciencia y disfrutando Ciencia y paladeando Arte!

No encuentro fórmula mejor.

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Isabel la Católica: la primera reina global

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El magnífico ensayo Isabel La Católica: La primera gran reina de Europa, de Giles Tremllet (editorial Debate) resume, en su reflexión final, la historia de España (el cúmulo de acciones desencadenadas por ese tropiezo histórico que se llamó Reyes Católicos, centrado en la reina Isabel I de Castilla) de una forma brillante, carente de emoción, sencillo, escueto, despojado de las lentes prejuiciosas que tenemos los ahora habitantes del S. XXI, llenos de ambición personal, derechos individuales e ignorancia.

Esta amplia biografía es más que un retrato personal: es el fresco del espíritu de todo un país, de un continente, de una parte de la Historia humana. No juzga. No justifica. Sólo nos muestra las cosas tal como fueron y el reflejo repleto de ecos de nuestro presente. Esto hace que un libro de historia sea a la vez un ensayo psicológico de un personaje, del tiempo en el que le tocó vivir y de sus repercusiones futuras.

Isabel de Castilla, Católica y Cruzada, Soñadora, Quijotesca antes de que se acuñara ese término, Global (antes de que supiéramos qué significaba), Árida, Dura, Inteligente. Isabel, Mujer que jamás dejó de serlo (no buscó cambiar su papel de género, si no desarrollarlo), judáica y mudéjar a la par que castellana; Inquisidora (Dictatorial diríamos hoy), Orgullosa, Pasional y Rebelde. El tratado de Giles Tremlett nos demuestra el caleidoscopio de una personalidad única que, empezando de la nada, construyó con sus talentos un mundo, y sentó las bases del mundo occidental tal como lo conocemos hoy.

Fuera los complejos. Desnudémonos. Observémonos. España lleva mucho tiempo avergonzada de sí misma (no ha ayudado la propaganda externa, pero sólo nos afecta aquello que dejamos que nos hiera). Gracias a la labor de historiadores y periodistas extranjeros (que tienen el mérito de restituir la verdad que otros contribuyeron a oscurecer) como Giles Tremlett y muchos otros, estamos descubriendo la grandeza de la historia del primer imperio global, la unión de mundos bajo un mismo nombre, los rasgos definitorios de un carácter que contribuyó al avance de la historia humana y al empuje de la hegemonía occidental frente al poder oriental que hasta entonces la Historia había llevado.

Isabel (y Fernando) fue ese golpe de timón. Sin saberlo (¿quién es capaz de prever el futuro con certeza si está embebido en desarrollar su propia vida?), ambos fundaron el Imperio Mundial, cambiaron el perfil de lo conocido hasta entonces e insuflaron de vida una forma de ser que ha llegado hasta hoy. La Historia recuerda muchos héroes, muchos aventureros, muchos dementes. Isabel de Castilla va más allá, como bien recuerda su autor: era una mujer, la más poderosa de cuantas reinas han sido (sí: nadie la ha igualado en poder y en repercusión histórica más allá de propagandas), un fiel reflejo de su época y algo más, una mujer culta que impulsó la cultura a su género; maquiavélica en el sentido más literal del término; justa y déspota según criterio, renacentista y medieval a la vez. Una adelantada a su tiempo, temida y admirada, emplazada también en un lugar único en la Europa del S. XIV: la Península ibérica, un crisol de culturas que se soportaban y se apareaban entre sí, algo impensable más allá de los Pirineos; unas leyes que permitían a una mujer heredar y gobernar  (otra cosa es que pudiera serlo con total libertad en la práctica), más culto que el resto del continente y muy limpio, lleno de refinamientos judeo-mudéjares que el resto de la más arisca y xenófoba Europa pudiera serlo (sí: más que Italia misma, donde la búsqueda constante de la Belleza no estaba reñida con la falta de escrúpulos ni de limpieza ni de consideración), Castilla-León-Galicia-Aragón-Extremadura-Andalucía, antes de llamarse España (y anexionarse Granada y Navarra en un mismo siglo) era el campo más adecuado para la eclosión de dos personalidades poderosas que se reconocieron y trabajaron juntos por un ideal común. La semilla de un país se sembró con ellos, y la herencia de un imperio también.

Gracias a Tremlett sabemos ahora que la Europa allende los Pirineos era más xenófoba, más cruel, menos refinada y amable que la áspera Península. Gracias a este magnífico ensayo sabemos que Portugal y España vertebraron el espíritu de una época y lo hicieron carne: la pulsión de las aventuras marítimas, de la conquista, del honor y la cristianización (con sus más y sus menos) han llegado a nuestros días, o mejor, nos han hecho así gracias a ellos.

No creo, como bien dice el autor, que Isabel la Católica (ni su marido, Fernando II, el Católico) pudiera vislumbrar hacia dónde se dirigía el fruto de sus afanes. Antes bien: vivía al día. Su espíritu práctico en nada se parecía al de monarcas más reflexivos nacidos en la misma península (los emperadores Adriano, por ejemplo, nacido en Itálica y Marco Aurelio, aunque nacido en Roma, provenía de familia española); por lo tanto no se preocupaba tanto del futuro a largo plazo de sus acciones; al parecer, no le interesaba: ventajas de una Fe a prueba de bombas (y me refiero a símbolo, a guía). Sin embargo se ocupó de ordenar un mundo, de aparejarlo, de embellecerlo y, sí, también sojuzgarlo. Y sentó las bases de lo que, un siglo y poco después, se dio en llamar Absolutismo; hasta en eso fue una mujer pionera.

Isabel la Católica: la primera gran reina de Europa es un libro necesario para entender la historia de España, pero también nuestra historia como Occidente; es un libro que despeja las telarañas de esa historia pequeña que se ha visto envenenada con visiones prejuiciosas;  es un ensayo sobre el poder de la voluntad, la sombra del error, la complejidad de una personalidad múltiple pero en modo alguno maleable, y sobre el eco infinito que ha tenido, y tiene, la primera gran monarca occidental: la única, en realidad, que se ha ganado la verdadera eternidad.

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El final de todos los agostos: lo que no fue

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El último relato gráfico, en una edición preciosa de Lunwerg (Editorial Planeta), de Alfonso Casas está lleno de melancolía, mucha inocencia y un regusto agridulce por las historias que casi han sido y no se van a contar jamás.

Es breve, pero lo que encierra en sus páginas late con delicadeza. No es una historia nueva (nunca lo son), pero es una historia que nos ha pasado y quizá por eso merece ser escrita y mucho más dibujada y más editada de esta manera tan hermosa, tan crepuscular.

El final de todos los agostos es el relato de un adiós. Es decir de un final. El de un relato de dos que no pudo ser: inmadurez, torpeza, abandono, resentimiento y culpa. A veces el amor tiene estos meandros por donde navega, callado, hasta que nos atrapa. Y a veces ese abrazo es un solo gozo y a veces, como en El final de todos los agostos, sigue siendo un desencuentro que parece terminar donde otra historia inicia. Quizá.

De la infancia a la adolescencia, la eterna inmadurez del hombre de nuestro tiempo, que no sabe lo que quiere pues habita en el planeta de la melancolía del deseo. Lo que tiene quizá no le llegue, hasta ese último momento en que decide, gracias al Destino, que es lo que le toca.

Hay mucho de nuestro día a día en El final de todos los agostos, un retrato muy veraz de la treintena actual, y del hombre como género y definición, con sus aciertos y sus errores.

En agosto quedó un corazón y clavado a él, un recuerdo, y esa nota disonante evoca lo que pudo haber sido y no fue en forma de olvido obligado, en forma de puntos suspensivos.

Ángel de amor

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   En vísperas de Todos los Santos, Don Juan Tenorio encuentra su redención gracias a su Ángel de amor.

   En el musical Don Juan Tenorio, basado en la obra homónima de Zorilla,  pone música a esos versos universales, quedando aquí reflejado uno de los monólogos más famosos del drama.

   Siguiendo la tradición: Don Juan Tenorio para todos.

Acto IVDon Juan consigue encontrarse con Doña Inés a pesar de la oposición del padre de ella.

DON JUAN
Que os hallabais
bajo mi amparo segura,
y el aura del campo pura
libre por fin respirabais.
¡Cálmate, pues, vida mía!
Reposa aquí, y un momento
olvida de tu convento
la triste cárcel sombría.
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Esta aura que vaga llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando al día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?
Esa armonía que el viento
recoge entre esos millares
de floridos olivares,
que agita con manso aliento;
ese dulcísimo acento
con que trina el ruiseñor
de sus copas morador
llamando al cercano día,
¿no es verdad, gacela mía,
que están respirando amor?
Y estas palabras que están
filtrando insensiblemente
tu corazón ya pendiente
de los labios de don Juan,
y cuyas ideas van
inflamando en su interior
un fuego germinador
no encendido todavía,
¿no es verdad, estrella mía,
que están respirando amor?
Y esas dos líquidas perlas
que se desprenden tranquilas
de tus radiantes pupilas
convidándome a beberlas,
evaporarse, a no verlas,
de sí mismas al calor;
y ese encendido color
que en tu semblante no había,
¿no es verdad, hermosa mía,
que están respirando amor?
¡Oh! Sí, bellísima Inés
espejo y luz de mis ojos;
escucharme sin enojos,
como lo haces, amor es:
mira aquí a tus plantas, pues,
todo el altivo rigor
de este corazón traidor
que rendirse no creía,
adorando, vida mía,
la esclavitud de tu amor.
DOÑA INÉS
Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!,
que no podré resistir
mucho tiempo sin morir
tan nunca sentido afán.
¡Ah! Callad por compasión,
que oyéndoos me parece
que mi cerebro enloquece
se arde mi corazón.
¡Ah! Me habéis dado a beber
un filtro infernal, sin duda,
que a rendiros os ayuda
la virtud de la mujer.
Tal vez poseéis, don Juan,
un misterioso amuleto
que a vos me atrae en secreto
como irresistible imán.
Tal vez Satán puso en vos:
su vista fascinadora,
su palabra seductora,
y el amor que negó a Dios.
¿Y qué he de hacer ¡ay de mí!
sino caer en vuestros brazos,
si el corazón en pedazos
me vais robando de aquí?
No, don Juan, en poder mío
resistirte no está ya:
yo voy a ti como va
sorbido al mar ese río.
Tu presencia me enajena,
tus palabras me alucinan,
y tus ojos me fascinan,
y tu aliento me envenena.
¡Don Juan! ¡Don Juan!, yo lo imploro
de tu hidalga compasión:
o arráncame el corazón,
o ámame porque te adoro.
DON JUAN
¿Alma mía! Esa palabra
cambia de modo mi ser,
que alcanzo que puede hacer
hasta que el Edén se me abra.
No es, doña Inés, Satanás
quien pone este amor en mí;
es Dios, que quiere por ti
ganarme para Él quizás.
No, el amor que hoy se atesora
en mi corazón mortal
no es un amor terrenal
como el que sentí hasta ahora;
no es esa chispa fugaz
que cualquier ráfaga apaga;
es incendio que se traga
cuanto ve, inmenso, voraz.
Desecha, pues, tu inquietud,
bellísima doña Inés,
porque me siento a tus pies
capaz aún de la virtud.
Sí, iré mi orgullo a postrar
ante el buen Comendador,
y o habrá de darme tu amor,
o me tendrá que matar.
DOÑA INÉS
¡Don Juan de mi corazón!
DON JUAN
¡Silencio! ¿Habéis escuchado…?
DOÑA INÉS
¿Qué?
DON JUAN
(Mirando por el balcón.)
Sí, una barca ha atracado debajo de ese balcón.
Un hombre embozado de ella
salta… Brígida, al momento
pasad a ese otro aposento,
perdonad, Inés bella, si solo me importa estar.
DOÑA INÉS
¿Tardarás?
DON JUAN
Poco ha de ser.
DOÑA INÉS
A mi padre hemos de ver.
DON JUAN
Sí, en cuanto empiece a clarear.
Adiós.

El joven sin alma: tal como éramos

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 El joven sin alma es la nueva novela de Vicente Molina Foix y es la antesala de El invitado amargo. Según ha dicho el propio autor, en esta nueva vida novelada no hay amor, o no como él lo entiende:  amor a otro por encima de todo o a través de todo, el temor, la inseguridad por su pérdida y los celos; El joven sin alma es una crónica de sus primeros años y sobre todo su bautismo a la vida creativa, ese maremoto que Los Cinco convirtieron a la Vida, teñida de Literatura y Cine a partes iguales.

El amor, Amor, está en El invitado amargo; el Descubrimiento del Otro, de los Demás y de la Vida está en El joven sin alma y gracias a eso, el autor no tanto se redime si no que se hace humano en esta revisitación a lo que ya no existe, este homenaje tranquilo y sentimental (que no sentimentaloide, es muy aséptico para ello, cosa que se agradece) a una vida que fue y que ya no existe, y que sólo añora en esa edad en la que se sabe superviviente, o faro.

 El joven sin alma es un relato novelado; hay que hacerse con el juego del autor, que se desdobla y se une, un balance geminiano que trastoca la narración, pues es escribiente y juez, espectador y actor de lo que narra, detallando sin detallar (sí, es muy posible hacerlo) su propia vida, su sí mismo, y el de aquellos que va encontrando, evitando siempre mimetizarse en la añoranza y sorteando el homenaje inútil de figuras que han pasado a la historia del Arte, y a su propia vida vivida. De ahí que sólo emplee nombres de pila: tenemos a Vicente, claro, a Ramón, a Ana María, a Pedro, a… Tenemos personas jóvenes, hambrientas de éxito, cultísimas, enamoradas de sí mismas, que se flagelan y se hieren, que se aman y se vigilan, que se desaman y se ignoran, sabedoras que han sido agraciadas por un lazo que durará por siempre. Y El joven sin alma es, sobre todo, ese recuerdo vivo que perdura en la eternidad.

Hemos dicho que es un libro aséptico. En cuanto a cómo el autor se mira a sí mismo. Esa mirada es quizá incluso un tanto cruenta consigo mismo. Lo curioso es que no lo es con el resto de ese grupo maravilloso del que formó parte. O al menos su rigor es más amable, más cariñoso y elusivo con ellos. No hay detalles, o al menos detalles que pudieran interesar más allá del bajo vientre; al contrario, es un relato de luz, y por tanto con sus sombras, que retrata un período histórico de un país, los usos y costumbres de un lugar gris, y los rayos de luz que emiten las personas de un entorno privilegiado que vibran ante los ojos entre atónitos y sobrados de un joven teñido de cinematografía y de literatura que quería comerse el mundo. No hay límites entre los cuerpos y entre los corazones; hay egos exagerados, pasiones quizá banales; teorías, metáforas, intelectos superdotados, almas frágiles, abismos oscuros, luminosa aventura y decepciones; todo es lúbrico, todo es lúdico, todo se superpone, todo se contempla, todo se justifica y todo se añora, sí, pero sin sentimentalismo y también sin sequedad. El joven sin alma tiene corazón aunque se crea inmune a él, y cada línea que escribe es un disfraz del amor que sintió un día, de los rescoldos que aún quedan en él.

No entenderíamos al Vicente de El invitado amargo sin el Vicente de El joven sin alma. Y no entenderíamos un mundo especial sin esa mirada única, libre de compromisos, respetuosa y morriñosa, sí, que retrata como nadie un tiempo ido y congelado en la memoria.

El puente de las urracas

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Ésta es mi primera novela, autoeditada por Amazon, llamada: El puente de las urracas. 

La historia de la vida de una mujer, Victoria Eugenia, Uxía para casi todos, en un viaje de ida y vuelta en el tiempo, donde el pasado justifica el presente y el presente consigue explicar el pasado. Una historia de amor y redención, que se oye, se palpa, se huele, se siente, imaginada hace casi treinta años gracias a esta canción del grupo británico Queen: Who wants to live forever?