Noche de marzo/ March’s night.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   En la noche de marzo yacemos juntos. Uno al lado del otro.

   Silencio.

   La respiración suave del que se queda dormido. Y el latido de mi corazón agitado.

   Tiemblo por lo que puede pasar. Me estremezco por el futuro. Pienso en lo que puede ser, en lo que ocurrirá, en los fallos que habrá, en los errores en los que caeremos, en los malentendidos.

   Me muevo en la cama. Tú permaneces impasible.

   Pestañeo. La luna entra a raudales por la ventana abierta. Qué calor tan inusual para marzo. Echo en falta la lluvia.

   Sé que tú también, pero pareces amoldarte a todo. Te entregas al día a día con tanta facilidad, que deseo tenerla, que quisiera poseerla para que confiaras más en mí. Y en esto que empezamos juntos.

   El viento refresca la habitación. Se cuela por la ventana entreabierta. Y yo me cubro con el edredón. Tú sonríes. Y dejo de respirar por un momento.

   Mi corazón se detiene. Mis pensamientos dejan de fluir. Tienes el don de darme calma.

   Echas un brazo por encima de mí y me atraes hacia a ti. Siento el calor de tu piel, el aroma de tu cercanía.

   Me abrazas. Y cierro los ojos. Y respiro suavemente.

   Tú me das paz.

   ¡Qué felicidad!

Entre almohadas y caricias/ Pillows and caresses.

El día a día/ The days we're living

   Me gusta el olor de la mañana entre las almohadas. Me gusta sentir el tacto aún tibio y descubrir alguna arruga del sueño y  del cariño derramado.

   Me gusta el sonido del agua al correr, agregando una promesa de después mientras me desperezo a gusto en la cama algo revuelta, llena de deseo embotellado y de sudor perdido y consciencia recobrada.

   Me gusta hundir mi cara en las almohadas y percibir el olor del amor y el del descanso, el de la locura con sabor apasionado, y el de la calma con olor a noche fresca. Y sentir en la yema de los dedos el roce de tu pelo, la caricia de tu piel pegada a mí, llena de esa vitalidad que eres tú y que tanto me gusta.

   Me gustas tú. Cuántas mañanas encerradas en los suspiros arrancados al despertar y descubrir tus párpados cerrados, el ruidito simpático de tu respiración y la línea tan bien hecha de tu boca. Cuántas caricias hechas para aprenderse las formas de tu rostro y dibujarte en el vacío; cuántas para aprender tu tacto y así reconocerte en la distancia nocturna, y cuántas me hacen falta para nunca, nunca olvidarte.

   Me gusta tu peso en la cama. El lento balanceo de tu cuerpo al acercarte o al alejarte, en esa marea del durmiente. Me gusta encontrarte entre las almohadas, y llenarte de besos con sabor a despertar. Me gusta el fresco que se escapa de la mañana y cómo tu piel desnuda se eriza al sentirlo. Y cómo buscas mis caricias entre el sueño y te hallas en mis brazos con abandono y alegría. Me gusta gustarte y hacerte feliz.

   ¡Ah…! Qué felicidad.

En soledad/ Alone.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Todo lo que tengo, que es mucho. Esta casa que crece con las horas; los coches aparcados en el garaje; la ropa en los vestidores; la fama que va y viene; el trabajo que parece agotarse y florecer más adelante; esta ciudad enorme que a todos acoge y a todos vomita al mismo tiempo, tan lejos de lo que fui y tan cerca de lo que soy. Y tu silencio que llena el espacio, y tu ausencia que todo lo marca.

   Todo lo que tengo, que es mucho, no es nada. Nada porque no te tengo a mi lado.

   No sé de dónde soy ni adónde voy. Mis sueños se han disuelto no sé dónde, pero lejos de ti. Y de mí.

   Un gran jardín que esconde en su umbría el reflejo de una persona que no soy yo. O que fui. Contigo.

   Todo lo que quise, que fue mucho, y que he sido yo, no une al corazón y a la mente, ni siquiera al corazón y al sentimiento.

   Y me he quedado mudo en esta soledad que me rodea.

   Toda la belleza que parece rodearme; toda la algarabía de esas comparsas de aduladores, que se disuelven tan pronto notan el más íntimo cambio; todo el sinsentido que usé para ensordecer mi propia voz… Nada hace que vuelvas a mí. Nada hace que hayas huido de mí y que ahora me encuentre así: solo.

   Yo soy yo y nadie más. Un sólo solo, lleno de vacío. Jugando a los ecos del silencio pues ni los muebles me hablan. Sólo me recuerdan lo que fue una vez y ya no es. Y yo, siendo yo, viviendo en soledad.

   Sin ti.

   Solo.

   Rodeado de gente, de cosas, de vacío.

   Sin ti.

   En soledad.

   Todavía.

Ahora/ Now.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   La niebla cae lentamente. Suaviza un atardecer de rosa y oro. En la ventana, restos de lluvia de días atrás.

   Dentro hay silencio. La televisión emite imágenes sin sonido. Mudez que queda rota por la caricia suave de una mano sobre la otra. El frufrú de la seda contra los cuerpos y el cálido abrazo de una manta de lana que nos cubre a medias.

   Miro por la ventana sucia y veo el horizonte velado y lleno de colores encendidos. El invierno anuncia la primavera, como el amor que nace entre los dos. Y una estrella lejana parece que brilla para ti y para mí.

   Siento el aliento breve con cierto sabor a café. Un cosquilleo sube por mis brazos rodeados por tus brazos. Tus dedos tamborilean una melodía sobre mi piel. Y siento que me estremezco.

   El amor ha llegado para quedarse ahora. Ahora que estamos juntos y todo parece perfecto, suspendido en un instante de plata y oro, entre el silencio de las palabras y la algarabía de nuestras manos.

   Dejo de ver por la ventana, puesto que el atardecer está encerrado en tu mirada. Que parece serena y teñida de azul y rosa, llena de promesas y de pasión y de paz posterior y de nada.

   Me gusta que no me prometas nada. Que de ti sólo emerjan tactos, caricias y ganas.

   Acerco mi cara a tu rostro. Siento el cosquilleo del vaho de tus labios, que se despliegan como un mapamundi de maravillas.

   Y sonríes.

   Sonríes.

   Y el mundo se detiene. Ahora.

En la penumbra/ In the Dark.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   En la penumbra nos acercamos lentamente.

   Siento tu aliento acariciando mis labios. Y el estallido de mi piel al contacto de tus manos.

   En la penumbra sólo estamos tú y yo.

   No hay un sonido salvo el vaho de tu respiración y la mía. Y el rocío de tu boca en mis pestañas.

   En la penumbra bailamos una canción que brota de nuestros corazones. Bum, bum, bum.

   Tu pecho y el mío juntos hasta fundirse en uno solo. Tu mejilla en la mía y el cuello extendido y un cosquilleo de perfume en mi nariz. Y los dedos como ríos diez y veinte y cuarenta entrelazados. Y el calor del roce y el frotar de la caricia.

   En la penumbra, en la que todo pasa, se detiene el tiempo y navegamos por ríos separados hasta encontrarnos en el romance de un beso.

   Y otro más.

   En la penumbra perdemos el sentido llegados al punto de no retorno. Y quemamos los puentes de la ternura alcanzando la pasión.

   Y sólo hay gemidos que se transmutan en silencio. Y el silencio que cae entre los dos, unidos como un garabato sin principio ni fin.

   En la penumbra brillan las sábanas cansadas.

   Y las espaldas hechas un lío y un mar de besos.

   En la penumbra todo se aquieta. Menos el amor.

1+1 es el número de la soledad/ Plus one is the loneliest number.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   – ¿Tienes cama?

   Odio que me pregunten tal cosa. En general me gustan poco los rodeos; en los negocios del pasillo de la Salud perdida, como en casi todos los restantes de la vida, me gusta ser rápido, directo y conciso. Ya damos demasiadas vueltas a las cosas, rumiamos tantos pensamientos, que llevarlos a la práctica sin simpleza me saca de mis casillas.

   – No.

   Voz molesta.

   – Pues a ver qué hacemos con él.

   – ¿Con quién?

   Voz más irritada si cabe.

   – Cincuenta años, ictus isquémico, estamos haciendo la arteriografía. Sufrió una parada cardio-respiratoria de la que salió tras masaje y desfibrilación.

   – Hum.

   Había que conseguir una cama sin duda. Voz más enojada que antes pero resignada.

   – Está bien, veré qué puedo hacer.

   Tras la burocracia de rigor y dos horas después, el paciente estaba ingresado en la UCI.

   Un hombre corpulento, con problemas vasculares desde hacía varios años. Llegó en coma profundo. Mal comienzo. Problemas respiratorios que se fueron solventando con el paso de las horas. Y arritmias cardíacas, quizá la causa de su parada, bombardeando hora sí y hora también las pantallas del monitor.

   Vaya.

   Tras pautar tratamiento e intentar estabilizarlo, tres horas más tarde me acerqué a hablar con la familia. Un tropel de hombres se acercaron con rostros preocupados. Todos igual de corpulentos que el paciente de la cama 4.

   Les pregunté si estaban todos ya. A lo que me respondieron que faltaba la pareja del paciente, a la que habían ido a buscar.

   La esperamos.

   Llegó unos segundos después. La única mujer en aquella convención masculina. Joven, con los ojos grandes y expresión preocupada. Uno de los hombres más jóvenes la sostenía mientras comenzaba a desgranar el estado del paciente.

   – No hay mucho qué hacer, doctor, ¿verdad?

   Me preguntó el que parecía más mayor. Y le respondí mirando educadamente tanto a ella como a él, que había hecho la pregunta.

   La chica no conocía del todo los antecedentes médicos de su pareja; tampoco el resto de hombres que a las claras se veía que eran sus hermanos.

   – Pero mañana llegan los niños desde Barcelona y seguro que nos pueden contar algo más.

   Dijo ella, con cierto aire solícito y de querer ayudar. Yo le sonreí e intenté mirar al gentío a la vez.

   Cuando llegó el momento de firmar el consentimiento informado del ingreso en UCI tuve que hacer la pregunta de rigor.

   – ¿Usted está casada con él?

   Una negativa.

   – Soy su pareja.

   La entendía. Pero no me servía.

   – ¿Pero ha legalizado su unión de alguna manera?

   Otra vez no.

   Mala cosa.

   – Perdone, pero el certificado lo tiene que firmar el familiar más cercano al paciente y legalmente usted no tiene ninguna representación… ¿Me entiende?

   La mujer asintió tranquila.

   – Llevamos juntos casi diez años y nunca necesitamos nada para saber lo que sentíamos uno por el otro.

   Le sonreí comprensivo. Los sentimientos son importantes, pero en el mundo del papel, en el mundo real de las responsabilidades ajenas al corazón, pesa más el símbolo que el propio amor.

   – Pero al no estar legalizados le resta a usted toda ventaja legal, incluso la de decidir oficialmente sobre su futuro… ¿Quién es el familiar más cercano?

   Y la voz de aquel que parecía más mayor volvió a sonar en el pasillo de la Salud perdida. Era su hermano.

   Cuando me dirigía de nuevo a la UCI, tras explicarles claramente que el futuro del hombre corpulento de la cama 4 era oscuro y que quizá el infarto cerebral se extendería y no saldría del coma, me quedé pensando en la situación que acababa de vivir.

   No era la primera vez. En una sociedad experimental, donde el mundo virtual llega a cobrar tanto o más peso que el mundo tridimensional, todos los ritos, todas las normas heredadas y apenas cambiadas por las fuerzas telúricas de la Historia, están en mutación constante; todo se reinterpreta de formas cada vez más libres y poco a poco va imperando la norma del todo vale. No creo que sea lo correcto, pues el mundo necesita, todos necesitamos, de una estructura firme para poder desarrollarse (no en vano el cuerpo humano, esa maravillosa masa de músculos, sangre y humores, descansa sobre el esqueleto, rígido y flexible a la vez), pero quizá sea aún más imperativo el amoldarnos a esos cambios que son reales e intentar encontrar salidas más creativas a los atolladeros legales en los que estas nuevas formas de vivir están abocando a la sociedad.

   Aquella mujer, que llevaba casi diez años con su pareja, no tenía derecho alguno sobre ella. No podía decidir legalmente sobre su posible futuro; no podía disponer de sus bienes llegado el caso, ni heredar, si la evolución era tan desfavorable como temía que sería. Sólo le quedaba el amor, el recuerdo de una vida común y una docena de fantasmas que quedan atrapados por el tiempo y deslizan sueños más que realidades evocadas.

   Ella estaba orgullosa de eso, a pesar de la sencillez con la que aceptó las circunstancias que el destino le estaba entregando. Ella había conseguido esa persona que nos comprende, que nos adora, o que simplemente nos hace compañía en las noches oscuras y frías; viendo el eterno transcurrir de las estrellas como el retorno del mar en la orilla; ella había conseguido sentirse satisfecha, amada, deseada y quizá hasta feliz en aquellos brazos que ahora pendían inertes sobre una cama; ella había conseguido ese sueño de tener a nuestro lado alguien que nos complemente sin estorbarnos y que nos quiera tal cual somos, a veces con mejor acierto y a veces hasta metiendo la pata.

   Y sin embargo para la sociedad ella no era nadie. Carecía de peso legal. No había firma que justificara esa historia de amor y convivencia; esa huella en el mundo, que de seguro sentía en su corazón, no era lo suficientemente bien vista, o no era tan apreciada, porque no cumplía todos los criterios que la sociedad actual exige de sus ciudadanos para ser parte del grupo, de la manada. La misma sociedad que le exige pagar impuestos, declarar a Hacienda, y convivir como una más sin serlo. A ella y a muchas parejas sin importar su género, a las que se les niega en algunos círculos de la sociedad su equivalencia, su derecho y su prevalencia como miembros activos de la misma.

   Mientras estaba atendiendo al paciente de la cama 4, cuya evolución hacía prever fatal, pensaba en eso. Me imaginaba a ese hombre enorme abrazarla en un claro de luna; podía oír las conversaciones calladas que tiene los amantes, o el silencio que a veces llega a reinar cuando la intimidad dura tanto tiempo. Podía imaginarlos enojados uno con el otro por tonterías o por asuntos más graves; comentar la vida de sus hijos; bailando lento en una boda, él sin chaqueta y sin corbata y ella con un traje de encaje que no sabe todavía cómo reciclar para sacarle más provecho. Y podía ver la lágrima trémula en la penumbra, y el temblor del gozo y la pasión; y la angustia serena de lo que no se puede cambiar.

   Nada de eso tenía importancia para la Ley por no cumplir la ley. Quizá en esta lucha sin cuartel entre los que unos quieren y otros desean, exista un punto común de encuentro, de equilibrio que debamos alcanzar para evitar que circunstancias como ésta se sigan produciendo. Todos tenemos derecho a estar con aquellos que amamos, todos tenemos derecho a participar en las decisiones importantes y todos tenemos derecho a enviudar, a heredar, a envejecer y a morir con aquellos que escogemos para vivir por siempre. Y sin embargo…

   Cuánto cuesta la lucha por un derecho que no debería ponerse siquiera en entredicho. Si hay testigos que aseveren las circunstancias vitales de los familiares, debería ser suficiente para que el manto de la Ley entrase a jugar parte en los negocios que se mueven en el pasillo de la Salud perdida. Al menos para que quede una sombra de la vida diaria que sirva de techo y de cobijo ante la indefensión de la Enfermedad y ante la inmensa Soledad que se aparece y se acrecienta en los vericuetos de ese pasillo enorme lleno de dolor y de incertidumbre.

   Porque en circunstancias como ésta nos damos cuenta que siempre estamos solos. Que uno más uno no son dos; que en una pareja siempre hay un hiato que mantiene la distancia entre los cuerpos; que la unión del Destino es sólo un espejismo, pues siempre seremos nosotros mismos, únicos e indivisibles, y el otro ser que nos acompaña, alguien más que no es nosotros aunque no podamos vivir sin él.

   Bien entrada la madrugada me acerqué a hablar con ella. Estaba sola; los hermanos de su pareja se habían ido a casa, ya eran muy mayores. Durante unos instantes no dije nada ni ella emitió sonido alguno. Pero nos miramos a los ojos. Y comprendió. No saldría de ésta con vida. De ésta no.

   Después de un rato a su lado en el que apenas habló, me adentré lentamente en el pasillo de la Salud perdida.

   – Nunca necesitamos nada para saber lo que sentíamos el uno por el otro.

   Me había dicho. Y ese comentario retumbaba en mi mente a medida que me alejaba de ella. Ella que se quedó en la penumbra de la sala de espera, envuelta en la inmensa soledad de la certidumbre.

   Al entrar en la UCI me acerqué a la cama 4 y suspiré resignado. No importa lo que hagamos ni lo que sintamos ni lo que esperemos ni lo que soñemos. 1+1 siempre será el número más triste de todos, porque en el fondo es el verdadero retrato de la Soledad. Él moriría, ella quedaría allí. Y a pesar de que nunca necesitaron nada para saber qué sentían uno por el otro, no quedaría una huella en el tiempo, no le valdría de nada para seguir con vida, no le garantizaría a ella un futuro mejor. Salvo el discreto calor que dan los recuerdos; hasta que estos se enfríen con el olvido.

De la mano/ Hand by Hand.

El día a día/ The days we're living, Lugares que he visto/ Places I haven been

   Ayer paseaba por la calle. Atravesaba un jardincillo lleno de verdor y con árboles lanceolados y desnudos por el invierno. Hacía frío y un viento molesto soplaba testarudo.

   Me arrebujé en el abrigo. La enorme bufanda cubría mi cuello y parte de la cara. Sentía la piel tensa por el frío. Pero, a pesar del tiempo, se estaba bien por aquella calle verde, abrazado por el susurro de las ramas al chocar unas con otras y lleno del eterno baile de las hojas secas.

   Pensando en mis cosas, imbuido en mi propio mundo, algo anestesiado por problemas que no lo eran y preocupaciones inmerecidas, casi tropiezo con una pareja que, riendo, llevaba de la mano a un crío pequeñito. Sus zancadas de enano, todavía algo inestables, eran el motivo de las risas. La pareja se acercaba al pequeño, que lleno de razón seguía empeñado en caminar. Tan cabezota como el viento que arreciaba, el chiquillo iba de aquí para allá con un desequilibrio controladísimo, riéndose de sí mismo y de la felicidad que generaba en sus dos acompañantes.

   Los tres me sacaron de mi abstracción. Los estuve observando unos minutos, ralentizando el paso para no dejarlos atrás. La pareja reía desenfada con esa sonrisa que llena la boca y el corazón. En cuanto al niño, todo él era una sonrisa y parecía brillar siendo el centro de atracción. De la pareja, vistos desde atrás, poco podía decir. Uno era más alto y el otro decididamente bajo. Uno llevaba el pelo largo sujeto a una cola y el otro el cabello muy corto, a cepillo. Sus formas redondeadas, más suaves de lo esperado y cierto ademán llamaron mi atención. La pareja iba de la mano. Una manita dentro de otra. Una piel sonrosada por el frío protegida por la otra, más grande y enguatada. Dos abrigos negros anodinos, dos pares de botas con borreguito. Y risas, muchas risas. Y una voz.

   La pareja que paseaba con el chavalín hablaba de sus cosas cuando el niño no monopolizaba su atención. Y en todo el rato que estuve por esa calle antes de virar hacia la derecha, no pararon de demostrarse cariño. Se acercaban y se tocaban los hombros y las cinturas, con un fru-frú de material sintético y oscuro. Y las manos juntas, sin separarse nunca. A veces parecían mirarse y se sonreían. A veces parecía que se daban calor. A veces se separaban porque el niño se entrometía, con las manos unidas por sobre su cabecita peluda. Y caminaban sin descanso a través del jardín verde y susurrante, de ramas desnudas y hojas caídas.

   Finalmente los adelanté cuando el pequeño se entretuvo con una piedra del camino. Aprovechando el momento y aún de la mano, se acercaron y durante un segundo eterno, se dieron un beso lleno de cariño, con una cierta reminiscencia de pasión, pero delicado y fugaz, como novios nuevos. Y en ese momento me di cuenta que eran dos chicas que caminaban de la mano esa tarde por el parque, que eran pareja y que, decididamente, el chiquitín se parecía mucho a la bajita sin guantes. Al pasar a su altura volvieron a darse un beso y pude ver el brillo de una mirada, el ligero rubor de la alegría y cierto tono de costumbre y de misterio que sólo se teje entre dos personas que se aman, se comprenden y se aceptan.

   Cuántos recuerdos renacieron…

   Unos metros más adelante, cuando ya no se oían sus risas ni mi mirada miope podía apreciar más detalles de aquella escena privada, mi corazón comenzó a recordar. Mis pisadas eran las únicas que se oían en aquella calle desierta. Yo no tenía sonrisas que compartir ni misterios que descubrir; el sonido de mis pasos no traían consigo el reverbero de otros a su lado; nadie disfrutó conmigo el verdor del parquecillo, ni encaró conmigo el viento frío ni disfrutó conmigo la vida que latía en aquella familia que había dejado atrás.

   Suspiré. Sacando una mano del abrigo, extendí el brazo y la abrí buscando un peso, un contacto, un calor humano… Pero no había nadie.

   De la mano la vida parece mejor. De la mano parece que todo y a todos se puede hacer frente.

   Quizá.

   Pero yo no pude pasear ayer de la mano con nadie. Ni tampoco hoy. Y quién sabe si mañana.