Con el tiempo, por el tiempo y lo que conlleva con él, me he dado cuenta qué difícil es encontrar un amor que esté dispuesto a entregarse sin mentiras ni apariencias, sin consejos ni cegueras, un amor a sabiendas de sus gustos, sus sueños, unas ilusiones dignas de realizarse.
Y así he dispuesto poner en el periódico un anuncio: Se solicita un amor que esté dispuesto a entregarse, a confiarse, a no esperar más que lo que damos, esa moneda que es el amor suave y la pasión escondida en las caricias; que esté listo para abrir las puertas de la confianza, que acepte su realidad sin mentiras, sin autoengaños. Que deje el juego de seducción en el dintel de la puerta, que esté dispuesto a abrazar profundo, lleno de besos chiquitos que crecen desde abajo y se hacen uno grande, lleno de labios al llegar a la boca anhelante y verdadera.
Y lo redactaría así directo, pues la gente yerra mucho y puede que entiendan otra cosa, y ya no quiero más equivocaciones, más traiciones ni mentiras; mi corazón no está dispuesto más a esas triquiñuelas que de joven me gustaban tanto, esa seducción barata y fácil, una caída de ojos, una sonrisa velada. Ahora mi corazón quiere el pecho abierto, los abrazos a montones, el calor de una risa que nace del fondo del alma, que desee luchar por un proyecto en común, que esté dispuesto a entregar ilusiones y deseos en el crisol del mismo latido, en la alegría sencilla de lo que está por venir sin sombras ni engaños.
Llevo ya casi tres cuartos y me queda largo y me saldrá muy caro. Y me lo pienso. Pero yo ya no tengo más que dar que mi propio corazón, que mi amor encendido, mis abrazos sin mentiras, las monedas de ese amor. El único dinero que tengo, el último regalo de mi vida.
Y me lo pienso al leerlo al completo. Y me doy cuenta que es lo que deseo. Ya no quiero jugar, ya no quiero seducciones falsas; quiero un amor de entrega, de presente, de generosidad y confianza ciega, y quiero que todos lo sepan, que lo lean bien, que lo entiendan y que aquél que esté dispuesto se desnude de la alegría y corra a buscarme para decirme que sus labios están deseando quemar mi piel, que sus abrazos densos desean arrebatarme el aire y que su corazón de tan generoso sólo anhela, con el mismo amor al que estoy dispuesto, pagarme.
Y lanzo el pasquín desde lo alto de mi edificio. Los papeles de colores parecen pedacitos de arco iris llenos de esperanza. Sí, se solicita un amor que ya no quiera jugar, que sepa luchar, que esté listo para amar sin aparentar, que sepa desear sin absorber, que viva una libertad única que desee compartir y que no espere otro pago que el mismo amor libre, el mismo pecho caliente, el mismo corazón que late.
En el Pasillo de la Salud Perdida las emociones se encuentran en estado puro; es un risco, un malecón, donde la fuerza de los vientos se encuentran, donde la masa embravecida de las aguas choca una contra otra, haciendo temblar los cimientos de nuestro mundo, destrozando nuestra estabilidad, aniquilando nuestras esperanzas.
Pero la vida es así. Una vez agotadas todas las luchas internas, una vez perdidas todas las batallas contra la Enfermedad, es decir contra el Presente, sólo nos queda abandonarnos a ese vaivén, a ese fluir sin más órdenes que las recibidas, sin más sueños que nuestras esperanzas en minúsculas, sin bordes ni mapas que aseguren una travesía sin riesgos.
La Enfermedad, como la vida, es un mar embravecido, un precipicio, una quemadura indeleble y quizá la mayor prueba de confianza a la que nos enfrentaremos nunca. No siempre para bien. O, ¿quién nos dice que no lo sea? Si quisiéramos, entraríamos aquí en meditaciones abstrusas que o interesarían a nadie más que al Enfermo, que pivota entre sus deseos y los de sus familiares, entre los remedios que le recetan y las pruebas a las que le someten.
Una vez agotadas todas las luchas interiores, una vez que dejamos atrás preguntas que nos afectan directamente, que son ecos de nuestro ego herido, la clave para seguir adelante está en dejarse ir, en fluir. No es depositar una confianza vana en una fe prestada; ni siquiera en las configuraciones taumatúrgicas de los profesionales de la salud: fluir en el cuidado de Enfermería y Auxiliería, confianza en las decisiones tomadas, abandono al Destino pues no hay mayor lucha estéril que aquella en la que luchamos contra una Realidad que no cambiará aunque lo deseemos con fuerza (o fe) sobrehumana. En el punto en el que estoy, lo más sensato, lo que menos me hace sufrir (ya se encarga la Enfermedad de eso) es negarme a mí mismo al menos la paz de abandonarme a los acontecimientos, de Aceptar lo que ya es y dejarme ir con el río de la vida hasta el meandro de mi destino, que será sin duda el mejor al que la Enfermedad me ha arrojado.
Es una decisión plenamente consciente, y el baño de libertad es igual de poderoso. Hay baches en el camino, pozas donde reculo a veces, como en el río de un desamor por el que vamos navegando y que sólo al distancia atemperará. La Enfermedad, o el viaje por el Pasillo de la Salud Perdida es igual de tortuoso, igual de doloroso a veces y, por encima de todo, tan liberador o más, tan refrescante y eterno.
Y poco a poco, aunque la piel arda incesante, en la pira de mi vida el incienso se alza al cielo en busca de Serenidad y de Fuerza, que me permita seguir fluyendo por él hasta el final.
Tomo prestado el título de de una obra de teatro del dramaturgo Guillem Cluá que describe perfectamente el estado de la piel durante la Hepatitis colestásica. Antes si quiera de saber que la tenía, en la explosión inicial en la que mi piel estaba teñida de una coloración rojigualda y me picaba horrores, un fuego me recorría el cuerpo, desde el centro del corazón hacia las extremidades; a veces (la mayoría y siempre por la noche) emergía de los pies y de las manos y subía en rémora inalcanzable hasta mi cerebro, haciendo del picor un espectáculo sádico de dolor y masoquista de rascado. Esos ataques de picor (llamado prurito) son tan violentos como accesos, agotan nuestras energías, y una vez conseguido que nuestra piel quede rota y lacerada por las heridas que sangran, ese ataque disminuye hasta transformarse en un ronroneo constante que jamás nos abandona, alerta, debajo de la piel, como miles de agujas que se clavan continuamente, esperando un nuevo ataque suicida, con mayor violencia si cabe que el anterior y quizá con mayor canibalismo.
La Hepatitis colestásica es una enfermedad que odia las caricias, los abrazos. Ni siquiera tolera el mínimo roce de nuestra propia piel, una rodilla contra un muslo, el tobillo en la planta del pie, el roce de un dedo contra otro. No nos permite permanecer sentados durante mucho tiempo, y acostarse se convierte en un ejercicio de estrategia militar en el que se pierde siempre. Siempre.
El prurito está presente de continuo, no cesa, no ceja, no brinda descanso; pero a medida que el sol se oculta emerge como un vampiro con una sed endemoniada. De modo que aprendemos a odiar el paso del tiempo. Y las largas horas de la noche, en la que intentamos encontrar posturas en las que el yo que sufre el picor y las heridas y se rasca en los escasos minutos de sueño y liberación, se divide en dos dibujando un juego psicótico en el que se observa a sí mismo rascarse indiscriminadamente mientras imagina una postura que le ayude a atenuar ese necesidad suicida o que aplaque por unos instintos las ganas locas de tirarse por una ventura para dar por finalizada semejante tortura.
La piel es pura lija, sentimos el tremor de los cristales de bilirrubina depositados justo debajo de la epidermis y descubrimos con horror que no hay crema hidratante que nos ayude a calmar la angustia de la piel que se cae a tiras y observamos impávidos como la piel en llamas se destruye entre arañazo y sangre desperdigada por las sábanas como signos de violencia autoimpuesta, especie de sacrificio máximo que nunca consigue su objetivo final.
Y la piel cambia de color, se vuelve amarilla verdosa; las ojeras, pues nadie puede descansar cinco minutos si quiera, dibuja círculos morados sobre un hueso que es piel pegada a la cara; casa acceso de prurito desgasta las energías del cuerpo, y perdemos peso de forma tan rápida que padece anemia, que bajan los niveles de proteínas del cuerpo, y aquella piel que era antes vitalidad ahora es malicienta, como encerrada en una cárcel de cera áspera, que revela el esqueleto que sostiene un físico inerme con las fuerzas mermadas y las ganas diluidas en el Pasillo de la Salud Perdida cuyo final está lleno de las zarzas del picor y de las heridas sangrantes que manan por doquier de todos los lugares adonde los brazos, las manos, las habilidosas uñas pueden llegar a alcanzar, incluso durante el sueño.
Así, sin casi masa corporal, con la piel áspera y amarilla, los ojos de gato perdido, ojeras moradas y profundas, una piel candente que no tolera el mínimo roce, sólo alguna película del algodón más puro; un dolor lacerante que templa los nervios y que puede atraparlo en un arrebato psicótico en cualquier instante y el descubrimiento frustrante que, a pesar de múltiples ofertas, no hay tratamiento adecuado para detenerlo. A algunos les va bien esto, a otros aquello, a los demás eso, como última oportunidad esto de aquí y quizá, por probar algo de lo de allá… En mi caso, nada tuvo el efecto deseado, antes bien, comencé con un rosario de efectos secundarios que me hicieron renunciar a la farmacopea conocida y a pasar este calvario sólo con cremas hidratantes, mucha paciencia, mucho dolor, heridas sobre heridas y antihistamínicos, los únicos que parecían bajar un poco el nivel de fiebre que las crisis de rascado me producían. Bien es verdad que, como me dijeron mis colegas de Digestivo, niveles tan altos de bilirrubina no se alcanzan tan fácilmente: siempre me ha gustado ponerme las cosas difíciles.
No importa. Han tolerado mi mal humor durante esos arrebatos en los que nos transformamos en lo peor de nosotros mismos, han estado apoyándome en cada una de las estaciones de la enfermedad que podía agravarse en cualquier momento; me permitieron estar en casa, donde pese a las desgracias, la comodidad no la supera ninguna cama de hospital que no, no está preparada para estos enfermos: ropa de cama de poliéster, mantas de tejidos sintéticos, almohadas rígidas, y ambiente caldeado cuando descubrimos que nuestro único aliado, so expensas de tiritar constantemente, es el frío.
Debemos aprender que estos enfermos necesitan de circunstancias especiales que mitiguen un poco el extremo sufrimiento que tienen y que se expresa con una fiereza inusual en el seno de la piel. El estado de excitación nerviosa es máximo, y el miedo a un nuevo acceso de picor, paralizante. Por no hablar de la falta de descanso, la pérdida de toda masa muscular, la incomodidad de estar acostados todo el tiempo o sentados toda la tarde en posturas que revientan la piel de los glúteos y de la espalda, de suerte que a las llagas de las extremidades se unen las torturas de las heridas de presión del cuerpo… Muchas cosas deben ser revisadas para dar el confort mínimo que estos enfermos necesitan y que no consiguen la mayoría de las veces por la sordera de las plantas dirigentes hospitalarias, cuya incapacidad para ver el sufrimiento humano más allá de los números sólo se disipa cuando lo padecen en sus propias carnes. En el proceso de Humanizar los cuidados sanitarios, la UCI como eje pero también como radio de una rueda multicolor, esto debe ser una piedra angular, el comienzo de un edificio plástico y cuyo servicio se adapte a las necesidades del paciente más que a las del personal sanitario, o todavía peor, a fines políticos ajenos a la naturaleza humana.
Habiendo pasado, estando pasando algo parecido, me ayudará a intentar conseguir, aunque representen pequeños pasos, una cadena de mejora integral de los cuidados de los enfermos, pues nosotros, los verdaderos funcionarios de la Salud, lo deseamos de corazón. Y no es fácil, pero sé que en medio de este desorden de vida en el que me hallo, sé que puedo volar, y eso es lo que me mantiene, en la vorágine del miedo y del amparo, a seguir adelante.
Desde hace un par de semanas llevo batallando con un cuadro denomindado Hepatitis Colestásica de origen tóxico, es decir, causado por el uso de un medicamento, no por virus u otras causas menos frecuentes. Ya es raro de por sí, pues el medicamento en cuestión produce este cuadro una vez de cada 78.000 más o menos, pero es una medicación de uso muy extendido y a alguien debía tocarle. Y fue a mí.
Todo empezó a fraguarse durante una guardia en la que, tras la dosis de medicación, sentí un calor abrasador en el centro del pecho, enrojecí completamente y empecé a ponerme amarillo de repente. Un picor como nunca antes había sentido, salido de una cámara de tortutas, comenzó a poseer mi cuerpo, haciendo que la piel me quemase, y por más que rascase con ese sádico devenir entre arrancar la piel a tiras y esa pueril sensación de placer fugaz que nos da el rascarnos, no podía soportarlo. Me levanté de un tirón y de forma automática entré en la UCI buscando corticoides y antihistamínicos. El cuadro apenas me dio algo de tregua, y aunque sentía el picor por todos los poros de mi piel, estaba esombrecido, como en sordina, y me rascaba en consecuencia diligentemente pero de forma menos evidente.
En medio de la duda hice una análitca urgente donde me demostró que algo no iba bien: tenía los valores del hígado algo alterados pero sobre todo la bilirrubina estaba por las nubes. Lo suponía secundario a la medicación que estaba tomando y aún así no las tenía todas conmigo. Seguí trabajando y ocultando mis lesiones de rascado hasta que un día no pude más, estaba tan amarillo que reflejaba las luces de las lámparas interiores y la piel en llamas hacía imposible el tacto de la tela del pijama en mi piel (una asquerosa mezcla de poliéster y algodón). Una nueva analítica demostraba que el hígado sufría aunque no mucho pero que los valores de bilirrubina subían exponencialmente al depósito de pigmento amarillo en mi piel y al irresistible y lacerante picor que no cede con nada, ni de día ni de noche, se hace insoportable en las horas nocturnas, y se centra sobre todo en manos, pies, piernas y brazos, aunque con los niveles de bilirrubina que he alcanzado, hasta las orejas me duelen de tanto rascado, de tanta sequedad.
Trabajar en UCI, llevar casos de fallo hepático y ser coordinador de trasplantes no es algo que ayude mucho en una situación así. Porque los peores escenarios imaginables son aquellos en donde nos situamos. Sin más dilación, a la semana de empezar el cuadro, y salvo el picor y la coloración amarillenta de la piel, sin más síntomas preocupantes salvo la falta de sueño continuo por el picor enloquecido y la piel en llamas, decidí ponerme en manos de los especialistas. Menudo regaño recibí. Un eco abdominal descubrió que todo parecía más o menos en orden con lo que es compatible con una hepatitis de origen tóxico y después toda la batería de pruebas descartaron orígenes más comunes como los infecciosos o los transmisibles; al menos un respiro.
Pero todo era un espejismo. La bilirrubina subió a niveles muy muy tóxicos, con lo cual el picor, la llama que ardía en mi piel me impedía no ya ponerme cualquier prenda de ropa que no fuese algodón puro, si no me impedía el más ligero roce, la caricia más leve. No hay mediación que controle esa sensación de locura que nos atrapa cuando nos despertamos como posesos haciéndonos sangre; no hay meditación que nos prepare para enfrentar un infierno semejante. Sólo el frío parece mitigar los efectos de la bilirrubina en la piel, pero en medio de las noches de primavera, sin mantas ni ropa, nadie puede conciliar el sueño, y las crisis de picor son tan intensas que se llevan toda la energía del cuerpo, de modo que no hay grasa, carbohidratos ni proteínas que lleguen a compensar la pérdida de energía de un cuerpo enloquecido por la desestructuración del hígado. En una semana he adelgazado diez kilos, la piel la tengo pegada a los huesos, los músculos que empezaban a mostrar cierto fruto de actividad constante se encuentran pegados a los huesos y no tolero estar sentado más de diez minutos pues mis glúteos no soportan el roce de las sillas en ellos. Aunque el michelín que me acompaña alrededor de la cintura sigue fiel a sí mismo. Ya podría irse con todo lo demás.
He perdido todo apetito, las náuseas me atrapan cada vez que quiero comer algo. A las tres de la mañana me levanto con ganas horrorosas de comer pasta por ejemplo, o un tazón de galletas con café; los suplementos alimenticios los tolero mal, y las digestiones que nunca tuve dificultad alguna ahora me llevan por la calle de la amargura. El estrés no contribuye al estado hipercatabólico, y estoy acostado la mayor parte del día, yo que apenas necesitaba cuatro horas de descanso al día. Hice un par de guardias, pero los estigmas de la hepatitis en mi piel me obligaban a informar a propios y extraños mi condición, un brillo de miedo les pasaba por la mirada y yo les recordaba que no era contagioso. Aún así rehuían mi compañía, y he optado por no querer recibir visitas para no tener que incomodarles con mi aspecto de zombi amarillo marronáceo y apenas sin masa muscular. No sólo hay que vivir con los estigmas de una Enfermedad, si no con la ignorancia social a la que nos arroja nuestro aspecto. Mi largo paseo por el Pasillo de la Salud Perdida aún está empezando, me temo, y puede llegar hasta sus últimas consecuencias, que abarcan la muerte incluso o el trasplante hepático si continúan sin mejorar las analíticas.
Y sin embargo soy el mejor cuidado de los hombres. Todos mis compañeros en UCI y en el resto del hospital se preocupan realmente por mí, me abruman con muestras de cariño que no creía merecedor de tenerlas. Me llaman, me envían mensajes, se sienten incapaces de ayudarme más; me ayudan a tomarme la sangre cada tres días, me facilitan la vida hospitalaria de la mejor manera que pueden. No me han hospitalizado, vivo muy cerca del hospital y aunque eso me someta a una tortura de pinchazos cada tres días, nada paga la comida de mi casa, la ducha larga que no puedo tomar porque el agua caliente aviva el picor de la piel y pone en carne viva las heridas de rascado que pueblan mi cuerpo como si me hubiese acostado en un lecho de zarzas; y mi insomnio obligado, que mina más mi Salud, a veces mejora porque la televisión puede estar encendida o a veces una música suave que me arrulla los minutos que no, nunca pasan lo bastante rápido.
Hay un dicho que dice más o menos así: También esto pasará. Todo es Efímero: los malos momentos, pero también los buenos; los alegres por fugaces, los desgraciados por eternos. Nunca he llevado una joya, pero si salgo con bien de esto, haré inscribir en una alianza esa inscripción y me casaré con ella de por vida. También esto pasará, pero hay que pasarlo, y el Pasillo de la Salud Perdida es un lugar solitario en el que el Conocimiento no allana la espera, antes bien la desespera, cargándonos con un fardo mucho mayor que le de la Ignorancia, pero también con cierta Esperanza. Y a pesar de la frustración, de esas preguntas eternas que nos decimos en momentos de baja autoestima: ¿Por qué a mí?, de las miles de preocupaciones por la falta del sueldo, por los proyectos a medio acabar, por viajes programados que se cancelan, y por sueños rotos que caen por doquier, emerge la lección eterna, la libertad suprema: Necesitaba detener el ritmo de mi mundo, darle un sentido, liberarme de esa angustia que la falta de Belleza de mi cuerpo me generaba y que no era más que un espejismo, y de darme cuenta, por fin, que soy un hombre libre en medio de una sociedad esclavizada en sueños colectivos, en imaginarios que no son reales. Y me está mostrando, en medio de frustraciones desgarradoras, de dolor y de incomodidades reales, el camino que quizá deba tomar mi vida a partir de ahora.
Siempre hay algo bueno en todo, si llego a tener tiempo para eso. Por ahora, quiero decir lo que padezco y que estoy observando mi Enfermedad desde una dicotomía un tanto particular: como paciente y como médico; cada reacción, cada dolor, cada desgarro conlleva una experiencia vital que se suma a mi bagaje galeno que espero poder poner en práctica una vez la bilirrubina deje de subir, una vez deje de quemarme y tatuarme la piel, y me deje energías para volver a la práctica diaria y al ritmo de mi propio corazón.
Pero por ahora tengo Hepatitis colestásica, es decir, Tóxica. Y estoy en punto muerto. Y a seguir.
Ha pasado tiempo ya. Desde ese primer instante en que nuestros ojos se encontraron y nos recorrió una sensación que era una veracidad. Tú y yo juntos.
Nos enamoramos rápido. Como suele pasar. Y nos disgustamos rápido. Y nos enamoramos otra vez. Y nos llenamos de risas y de lágrimas, y de caricias y de besos y de refunfuños y de silencios casi a la vez.
Te digo lo que siento. Sabes que no soy bueno con las palabras. Se me traban en la lengua y la garganta se me llena de serrín. Y por eso prefiero las caricias que hablan por mí; tu piel se crispa con la mía, y la blandura de tu espalda es un mar en el que nado feliz cada noche, y la sonrisa que se te pone en la cara, ese susurro de tu lengua en mi oído… No hay mejor poesía…
O sí la hay. Tus silencios. Me gusta cuando callas porque estás a mi lado. Te veo respirar reposado, hinchando ese pecho enorme donde caben mis besos como universos, y tu cabeza ladeada apoyada en mi hombro. Y el momento en que digo tu nombre con todas las letras, con sus tildes y sus diptongos y ver cómo sonríes… Sí, hay momentos entre los dos que son más que poesías.
Hay muchas cosas que nunca te he dicho, por ejemplo que tu amor me hace bien. Tú haces que desee ser mejor persona para los demás, pero sobre todo para los dos; tú haces que me niegue a boicotear mi vida, me haces más grande y elevado, porque confías en mí ciegamente e intentas cada momento hacerme feliz.
Hay cosas que nunca te he dicho que creo que debes saber, por ejemplo que me llenas el alma. Cada vez que llegas a casa del trabajo, iluminas nuestra casa y se me llena la boca de estrellas y se me pone la cara boba y los ojos chiquiticos de felicidad.
Qué alegría me da tenerte cerca, saberte conmigo; acostados uno junto al otro, incluso cuando estamos refunfuñados y algo tontos; el roce justo, el gesto adecuado de reconciliación, de triunfo y pérdida. Como tú no hay nadie, escúchame bien.
Hay cosas que nunca te he dicho, y tienes que saber que eres realmente mi verdadero amor; que eres mejor de lo que nunca imaginé y me hacer mejor de lo que nunca pensé. Y te lo digo así, con el verbo revuelto y el ánimo achispado por lo especial del día.
Tu día.
Hay cosas que nunca te he dicho, como por ejemplo que no hay nadie como tú. Como tú nadie me ha tratado, como tú nadie me ha dicho lo que debo oír sin desear manipularme, sin pedir más de lo que das. Como tú no hay nadie, y no creo que te lo haya dicho antes.
Me has enamorado, me has aceptado, me has cambiado. Y yo he adorado cada minuto de cada día, desde el placer de la mañana al encuentro descansado de la noche, con la luna y las estrellas tatuadas en las rutas conocidas de nuestra piel.
Nuestra. Tuya y mía. De los dos.
Tu día. Nuestro día. De los dos.
Y aunque cada día quiero demostrarte lo mucho que te adoro, hace bien que de vez en cuando te lo diga, así torpe y con la lengua trabada, pero feliz y liberada de mis muchos miedos y de mis flaquezas, gracias a tu amor.
Y me gusta. Me gusta ser feliz así, contigo. Y es algo que nunca te he dicho, pero que mereces saberlo una y mil veces más.
La escalera oscura es el libro de relatos cortos, algunos premiados y otros publicados previamente, del periodista y dramaturgo Alejandro Melero.
La dramaturgia es importante en el estilo de Alejandro Melero. Hay en todas sus historias un tempo suspendido que envuelve al lector: la creación de ambientes, la descripción casi corporal de los personajes y los sentimientos siempre crispados y a flor de piel llegan del mundo del teatro y se instauran en la prosa (breve) con una intensidad inusitada y estimulante.
Hay en La escalera oscura un hilo conductor muy llamativo: todos los personajes parecen cansados de huir hacia adelante, buscan esa rara compasión que nos negamos a nosotros mismos, necesitan reconciliarse con la vida, pasada o presente, e intentan justificarse, con una entrega que es casi un calvario, a las necesidades del cuerpo, a las debilidades del alma. Los personajes de Alejandro Melero luchan siempre, incluso en el abandono; la entrega a lo que sienten o de lo que huyen o de lo que desean es siempre activa, buscan sus destinos, sus decisiones, casi siempre sufriendo por ello, casi siempre siendo aplastados por las circunstancias y apenas liberados por los puntos suspensivos del silencio o los puntos y final de cada página que queda a medio escribir.
Las lagunas de cada relato se llenan con pequeños detalles cuyo trazo dibuja con mano firme; la voluntad de cada decisión, los giros de cada intención son muy pensados y sin embargo escritos con una sutileza atractiva, envolvente. No son relatos fáciles, las luchas y los desdenes, incluso los escasos instantes de vana felicidad parecen arrancados de la dura realidad a golpes de cincel; la amabilidad de la vida, fijada como un tatuaje, no deja resquicio a la fantasía y quizá por eso es hermosa, y esos momentos de respiro refulgen como regalos únicos y raros. Las historias de La escalera oscura están inmersas en la realidad humana, escritas con sangre, moldeadas con piel y huesos, achispadas por resquicios de una sensualidad fluida, libre, que ata y desata destinos, condenando o liberando a cada personaje, identificándonos con ellos, con sus miserias más que con sus alegrías, huyendo de juicios, llenándonos de comprensión y, también, de melancólica tristeza.
Melancolía, deseo por lo perdido, búsqueda desesperada de una paz que sólo encontramos en nuestros corazones cuando somos capaces de perdonar nuestra pequeñez, nuestra absoluta falta de brillantez. O nuestra absurda normalidad. Y sin embargo todos los protagonistas de estas historias son seres especiales, únicos, atractivos en su belleza herida, brillantes en su aparente sencillez, navegando entre la sordidez hasta la más pura irrealidad… Lo que hay en La escalera oscura pertenece a los estratos más profundos de los seres humanos, y Alejandro Melero no teme llenarlos de luz y traerlos a la superficie y mostrarlos desnudos y salvajes, dañados e imperfectos, melancólicos y apasionados y por encima de todo, o a pesar de todo, bellos y libres.
Editorial Lumen nos ha regalado, en una estupenda edición, los diarios que el poeta Jaime Gil de Biedma escribió de forma intermitente a lo largo de los años, por lo demás como lo es la propia vida, y que tenía como albacea Carmen Balcells, quizá la mejor exponente o el mayor dinamizador de la cultura en español del siglo XX (y que se le echa de menos, visto el momento actual de qué se edita y a quién se edita.)
La vida era eso, Jaime Gil de Biedma: días que pasan, sensaciones que nos poseen y nos abandonan; miedos que una vez se tienen y que dejamos atrás, salud y enfermedad, y muerte. Todo eso planea por los diarios escritos con intención de ser leídos muchos de ellos (una parte, quizá la más interesante desde el punto de vista de prosa y de vida leída, fueron editados por el propio poeta); pero la sinceridad a corazón abierto, la aprehensión de un ser y de ser; la enigmática facilidad para el amor físico, que hoy llamaríamos eufemísticamente fluido (por lo demás, como muchos seres apasionados por la vida); la sola aparente superficialidad de un hombre que lo tuvo todo y la búsqueda constante de la veta poética, de desear la perfección, de no serlo; la vasta cultura, la sincera sapiencia, la delicada manera de ser brusco y al mismo tiempo tímido; la hipocondría, la melancolía y finalmente el final mudo, seco, como un portazo cuyos ecos todavía reverberan en las habitaciones ya vacías de una vida que fue eso: una búsqueda sin fin, un asidero a veces, a veces desprecio hacia sí mismo (y los demás) y honda preocupación por trascender las letras, los sentimientos y la historia.
Jaime Gil de Biedma era poeta. El extenso y algo cansino prólogo (más valdría haberlo puesto de epílogo, de nota aclaratoria después de los diarios, cuyo valor realmente explican y expanden el carácter y la vida del poeta, pero que carecen de sentido al inicio de los diarios, porque como lectores desconocemos la causa de todo lo que detallan hasta la exasperación) nos recuerda que fue un poeta de corto recorrido, o que al menos él se consideraba de escasa producción. Quizá se equivocaba. Pues lo largo del camino no implica mayor intensidad o mayor profundidad, antes bien, más riesgo para la vacuidad, más margen al error. Algo intuía él mismo en sus opiniones sobre la obra tardía de Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén o Vicente Aleixandre; fuese agotamiento de musa (y no, pues nada más bello que ese retrato del amor en la ventana, ese reflejo de verdadera felicidad que nos regala en su penúltimo diario, cuya poesía en prosa es tan hermosa que duele y nos hace llorar de puro gozo), fuese porque él mismo despreciaba ese alargamiento insostenible de una labor que es sólo estacional, que dura lo que un atardecer (y pensamos nosotros también en Gabriel García Márquez o en Isabel Allende, por ejemplo), o porque sus ganas de poesía se apagaron mucho antes que su sed de caricias y de cuerpos como olas de mar. Y sin embargo todo lo que escribía u opinaba o hacía estaba cargado de versos, tenía ritmo, sostenía notas, hilvanaba sentidos: como el extenso prólogo nos deja claro, Jaime Gil de Biedma, además de pensar profundo, era de cuerpo entero, un poeta.
Resulta paradójico que la primer mención real que tengo de él provenga (de nuevo) a través de El invitado amargo y Luis Cremades , como ese Hermes maravilloso que une una época de la que ambos formamos parte, yo como un verdadero y atento (y muy joven) outsider, él desde dentro: ignoro cuánto conoció al poeta, siendo él mismo un joven y atractivo escanciador de versos en aquellos días; mas su admiración se trasluce, sin trampantojos, en la mención que de él hace en su relato, una aparición divina que refulge en el corazón casi adolescente que idolatra a un maestro que es, asimismo, guapo, y que posee el mayor atractivo de todos: el de las Musas. Jaime Gil de Biedma se me hizo familiar, como otros muchos poetas de esos años ochenta, gracias a Luis Cremades, y por él, mi interés en leer estos diarios y el enorme gusto que encontré haciéndolo.
La poesía que más me atrae de Jaime Gil de Biedma no es la que tanto le preocupa a él en sus diarios. No es la del virtuosismo métrico; ni la que demuestra una cultura tan vasta como un océano inquieto; la que más me gusta es quizá la más íntima, la que habla de sí mismo, de aquél que le acompaña, de sus sentidos y sus pesares; quizá la más difícil, pues equivale a una desnudez sin adornos, la que nos obliga a una sinceridad sin disfraces. Y en sus diarios, en sus opiniones, qué duda cabe, se encuentra a millares. Una lástima que no haya incursionado más en el mundo de la prosa; era un contador de historias, un hilvanador de liviandades, de profundidades, de procacidades, de precocidades y de deseos tan enigmático como hipnótico, tan artístico como efectivo: hubiera sido un escritor de más éxito del que nunca tuvo.
Todo reconocimiento tardío no es más que un ejercicio de restauración del ego. Al artista al que se le dedica le trae al pairo: ya está muerto. Un poco como él reivindicó a Antonio Machado (nunca suficientemente reconocido así como otro poeta, muerto en circunstancias más cinematográficas, está quizá en exceso deificado) nos llega la hora de reparar nuestra mirada en la obra de Gil de Biedma. Demasiado profunda, demasiado culta, demasiado sutil y demasiado perfecta (y por lo mismo, descarada y liberada de cualquier carga de autosuficiencia) para apreciarla sin saber nada de sí mismo, sin conocer sus pensamientos, su forma de ver las cosas y la manera de sufrir la vida. Eso es lo que deseaba: no en vano se preocupó de que llegasen sus diarios a nuestro poder y que los conociéramos en profundidad. España no es amable con sus artistas (con los verdaderos artistas, claro); en el fondo, no importa. El Arte se impone, como la realidad, como el orden una vez pasado el caos, como la calma después de la tempestad, y el amor cariñoso una vez apagada la pasión. Quizá sea la hora de estudiar una obra única, un pensar profundo, un ser liviano que no leve, lleno de sensualidad y de miedos y de errores y de esos pequeños fracasos que tiñen toda existencia.
La vida era eso, Jaime Gil de Biedma. El amor que se transforma por el tiempo reflejado en la ventana. Y enfermedades y miedos y sandeces. Pero también belleza de mar abierto y poesía de corazón.