Soy transexual.

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12677448_1284687141548497_700946373_nSábado a media tarde, mala hora para mí pues me parte el eje de mi labor de guardia, entre hacer tratamientos, revisar el estado de los ingresados y ponerme al día, tener un ingreso es desestabilizador.

Cincuenta y tantos años, varón, obesidad mórbida, enfermedad respiratoria y renal y todas las aquejadas por su obesidad. Un cuadro. Mala higiene, boca séptica (sucia y cariada) aspecto de poco cuidado, úlceras trombóticas en piernas elefantiásicas. Un cuadro.

Llevaba con fiebre más o menos tres días y sin orinar, dos. Se notaba más cansado y torpe últimamente; el médico de cabecera le había recetado más diuréticos porque no toleraba dormir recostado y él notaba que iba hinchando poco a poco. Ahora estaba adormilado, a esfuerzos de consciencia, y respiraba muy rápida y levemente, apurado, como si le faltase el aire o necesitase limpiar su sangre con cada inhalación por más breve que fuese.

Tensión baja. Taquicardia. El oxígeno a todo lo que da la pared. Un cuadro. Un cuadro.

Pensando en lo mal que lo íbamos a pasar todos, acepté el ingreso en UCI. Y resoplé. Eso se me da bien. Resoplar cuando no puedo salir corriendo. Eso, o salir corriendo, pero en mitad de una guardia de sábado no quedaba bien así que había que apechugar con ello.

Para hacer corto el relato, aquel paciente que se comportó con una entereza y un dejarse hacer dignos de elogio, ocupó unas tres horas de mi tiempo exclusivamente (eso significa que el resto del trabajo que podía esperar se acumuló hasta rebosar). Ajustamos sueros, albúminas, noradrenalina, oxígeno, BiPAP (una máquina que intenta suplir la necesidad de intubar y sedar a los enfermos con insuficiencia respiratoria) y antibióticos; el color pareció volver a aquellas mejillas sucias e incluso a ese cuepro abandonado por la falta de higiene una vez que las auxiliares, con diligencia, pudieron asearlo un poco. Resoplé. Y aún me quedaba hablar con la familia. Un cuadro.

Ya cansado (y eso que íbamos por la mitad de la guardia) me acerqué a hablar con los familiares. Los llamé por el nombre del enfermo, como es habitual, y respondieron dos personas. Una más alta que la otra: un hombre y una mujer; él mucho más joven que ella, con esa piel lustrosa de la juventud recién nacida; ella con aspecto desvencijado de puerta venida a menos, con el pelo en melena amarillenta de mal tinte y cierto aspecto de abandono, caminaba apoyada en un bastón. También tenía cierto sobrepeso.

– Hola. Buenas tardes.

Les dije al presentarme. Hice sentar a la señora, que se veía esforzada a todas luces. El chico también lo hizo a su lado. Como siempre, les expliqué los motivos del ingreso, oí la historia clínica del enfermo, y les expliqué las características y las posibilidades de salida del caso. Me entendieron con cierta tristeza. No eran una familia con recursos, eso estaba claro. Esa dejadez, esa falta de higiene que sólo a veces vemos pero que es una realidad en todos los países (no hace falta irse a la India para ver verdadera pobreza, sólo con salir unos kilómetros de nuestras ciudades, y a veces ni eso, la tenemos en nuestras narices), ese discreto abandono a las consecuencias de la vida, a la realidad de los sueños rotos y también, a la soledad. Se le notaban las raíces canas entre el ensortijado amarillo limón de su pelo, los surcos de una piel algo gruesa de expuesta mucho tiempo al sol, y el uso un tanto torpe de una sonrisa forzada.

Así era ella.

El chico joven no abría mucho la boca. Asentía ante el relato de la mujer y apenas añadía nada a lo que me decía. Ella era la hermana del paciente. Él, su pareja. Así que sabía del paciente a través de lo que ella le contaba, por lo que no podía añadir nada al relato de lo que ocurría.

Al saberlo, volqué por completo mi atención hacia ella pues era la conviviente del enfermo, su familiar más próximo y a quien iba dirigido mi discurso y mis explicaciones. Ella no pareció percatarse, ni él tampoco. Así que seguimos.

Cuando llegó el momento de la firma del permiso y el consentimiento informado, le pedí que por favor lo hiciese donde le indicaba y que me diera su nombre y su DNI. En ese momento pareció dudar. Agitó imperceptible su pelo y frunció los labios. Pero su mirada sin embargo adquirió un brillo particular.

– Soy transexual.

Me dijo. Con mucha seguridad pero a la vez como esperando una reacción que, a todas luces, no obtuvo. Al contrario, yo seguí con el mismo tono, como si hubiese oído llover o algo así.

– Si se ha cambiado oficialmente el nombre o si no, por favor, debe ponerme el que aparece en su DNI ya que es algo oficial. No se preocupe por nada.

Y se me quedó mirando, como si se hubiese topado con un extraterrestre o algo. Y firmó con su nombre de nacimiento: Marco Antonio. Y puso el número de su DNI. Y el pelo cayéndole mal pintado sobre los ojos cansados y faltos de aseo.

En esta profesión vemos muchas cosas. Atendemos muchos casos extremos. Y aprendemos a superar los límites estrechos de un pensar pequeño. El mundo no es perfecto, y nosotros menos, pero para eso estamos aquí, para elevar el nivel del pensar humano, del sentir humano; para hacer de nuestros pasos, llagados por lo errores, un caminar perfecto, en el que todo quepa: las diferencias y las afinidades; los gustos y disgustos, las alegrías y las decepciones. A mí me llamó más la atención su pobreza y abandono, que hubiese querido mitigar, que su género, que no me importaba en lo más mínimo. Y sin embargo sobre todo eso, sobrevoló el orgullo y la entereza con que me dijo, quizá previendo una reacción alarmada ante su historia (ante ese pedacito de su historia como persona): Soy transexual. Pues era transexual. Y bien que lo sea. Y que lo consiga. Y que sea ella misma y nadie más.

La situación socio-económica de esa familia de hermanos era un cuadro; él y ella eran un cuadro. Pero no su corazón, no su verdadero ser como personas, como seres humanos. Ella, Marco Antonio en el DNI, era más que una melena rubia mal teñida y un caminar penoso. Ella era Transexual. Más de lo que nadie hubiese podido ser. Más de lo que ella misma pensó desde que era niña. Y así me lo hizo ver y yo le aplaudí por eso, y porque para mí, que he visto mucho y he atendido mucho y que no puedo juzgar ninguna actitud, ninguna perversión, ningún abuso corporal porque no soy juez sino médico, ella ni siquiera era Transexual, era la hermana de un paciente, su única familiar, que necesitaba de un ingreso en UCI. Nada más. Y quizá así debiera ser en un mundo real.

El amor mola (a veces).

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De Roberto Pérez Toledo, parte de la serie El amor mola, campaña para El Corte Inglés en San Valentín 2015.

Felipe II: El Rey imprudente.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read

 

81nOERCpYxL._SL1500_ ¿Cuánto sabemos de verdad sobre los demás? Aún más complejo: ¿cuánto sabemos sobre nosotros mismos? Esas preguntas, y los juicios que conllevan sus respuestas, son las que han llevado al historiador e hispanista (a saber lo que significa en realidad este vocablo) Geoffrey Parker a pasar media vida tras la vida del rey Felipe II de las Españas (y de muchos sitios más que no vamos a detallar aquí.) Un rey dueño de un imperio, y un imperio tan extenso que la hipérbole: nunca se pone el sol, sólo genera visos de pura realidad.

No sé si hubiese querido ser Felipe II; puede que ni siquiera Carlos I, su padre. Puede que, aunque regentes en una época de maravillas, hubiese si quiera querido vivir en ese período de tiempo. Sabiendo lo que sabemos, el S. XVI está tan lejano de nosotros casi tanto como la Antigüedad, y si bien en lo básico los hombres no hemos cambiado en nada, en lo exterior, en lo que nos rodea, en riqueza de conocimiento y empobrecimiento de las fuentes, mucho se ha mimetizado la vida desde entonces hasta ahora.

La labor del profesor Geoffrey Parker es ingente. Nos retrata, con una mirada acertada y muy crítica, quizá en exceso (por lo que ya he dicho, nuestra mirada jamás se podrá adaptar a los ojos del S. XVI, aunque podríamos hacer un esfuerzo), la vida de un hombre complejo, lleno de maniáticas costumbres, incluso llega a aventurarse retratándolo como obsesivo y muy pulcro, huidizo, parsimonioso hasta la quietud de acción, inteligentísimo rallando en lo brillante (pero sujetado por todas las limitaciones humanas), y solo, por sobre todas las cosas, solo.

Ser rey no debe ser algo bueno. De hecho, ser presidente de gobierno tampoco (cómo involucionan nuestros gobernantes nada más llegan al poder comparados a cuando se marchan por la puerta de atrás). Tener el poder absoluto debe ser un castigo más que una gracia. Un peso con atractivos, pero una carga sin duda. Felipe II (y cuantos monarcas ha parido la Historia, que son muchos) es un buen ejemplo de ello.

Un hombre más familiar de lo que se cree, más español de lo que se cree, que sostuvo todo un imperio en años convulsos, que contribuyó a ese desorden y que dilapidó, como muchos otros en esos tiempos y en los de ahora, oportunidades de oro, y mucho oro y sangre y vidas. No cuento con que haya un soberano que salga indemne de un análisis tan detallado y hermoso y extenso como el que Geoffrey Parker hace del monarca hispano: todos tienen defectos, los propios y los de su tiempo, y debemos juzgarlos (¿debemos juzgarlos?) con la mirada de ese tiempo.

En toda la biografía del profesor Parker puede que éste sea el único lastre: parece ofendido por sus hallazgos sobre la personalidad real, quiero decir decepcionado de sus errores, aunque jamás comete la imprudencia de exaltarlos ni de opacar sus virtudes. Tras siglos de leyendas diseñadas por reinos no afines y que se han creído a pies juntillas por todos, incluido los descendientes de sus súbditos, es hora de que la primera monarquía más poderosa de la Era Moderna se limpie de esas impurezas prestadas y que se muestre como ha sido, que acepte como propios aciertos y errores, y se libere de cualquier manipulación o estratagema. Y tienen que ser los británicos, y los franceses y los norteamericanos quienes pongan las cosas en su sitio, los españoles siguen sintiendo una extraña vergüenza de todo ello, una especie de honor mancillado, que les impide ver grandeza y virtud, errores y caídas en el arco de la Historia de su país, de la vida de sus gentes y de la vida de sus gobernantes. Pero ésa es otra historia.

Años más tarde de su publicación el autor mismo se da cuenta de este hecho, cosa que lo engrandece todavía más. Un libro novelado, o la novela de una biografía que atesora miles de conocimientos de un rey prolijo pero nada tonto, que dejó poco tras de sí (como su propio padre; como muchos otros que le precedieron), quizá deseando que la Historia lo juzgase por sus obras, que hablan a gritos, más que por sus justificaciones (de las que sin embargo están hechos incluso los más grandes hombres), escapa al escalpelo del Historiador. Pero quizá no del Escritor.geoffreyparkerii560 Marguerite Yourcenar supo introducirse, convertirse quizá, en el emperador Adriano basándose en los pocos legajos que quedaron (por motu propio) sobre su vida. Acertó en el tono, en el discurso, en la reconstrucción de un tiempo y un espacio vital únicos. Pero ella era escritora, no historiadora. Artista, sabía que juzgar a un personaje no la llevaría más que a la crítica fácil, a la violación de ese lazo púdico y eterno que la ató intelectual y sentimentalmente al emperador romano. Con Felipe II, con Carlos I, puede que ocurra lo mismo. Imitando quizá al romano hispánico, ambos borraron muchas huellas de su propia vida, y esas lagunas, que los historiadores consiguen rellenar, quizá necesiten del alambique del artista para poder ser insuflados de vida, para poder ser entendidos, con los ojos del S. XXI, sin ser sojuzgados, para bien o para mal.  En el fondo, puede que así debamos ver la Historia: sin ignorar sus faltas, sin alabar sus aciertos, sin juzgar con nuestros ojos los ojos de quien vieron el mundo de otra manera. El Arte ocuparía aquí el lugar de la Ciencia, o más bien, junto a la Ciencia establecerían las columnas sobre las que se debería aposentar la Historia, y así dejarla libre de toda manipulación o mancillamiento. Quién sabe.

Pero mientras ese tiempo llega, gracias a historiadores tan acertados como Geoffrey Parker, podemos disfrutar y conocer y limpiar de falsa imaginería un hombre fascinante como pocos, que gobernó un mundo que ya no existe, y con el que se topó quizá de forma más accidental de lo que pudiésemos pensar; un mundo en constante cambio frente a la actitud inmovilista del ser humano, que se resiste a ellos. Un hombre complejo pero fascinante, que se llamó Felipe y que vio la luz y también la muerte en el S. XVI de las Españas, período que aún hoy se llama Siglo de Oro. Casualmente como la época romana que regalaron los empradores Trajano y Adriano, ambos españoles hasta Marco Aurelio, de origen también español… Cosas de la vida, y de la Historia. Pero ésa, es otra historia.

Humanizando la UCI: mimando lo invisible/ Humanizing the ICU: taking care of the Invisible.

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huci CAEBECERA peque

Hace un año y algo recibí por Twiter un mensaje de Gabi Heras. Me invitaba a participar en el Proyecto HU-CI: Humanizando los Cuidados Intensivos. El Dr. Gabriel Heras es especialista en Cuidados Intensivos (UCI) desde al año 2007. Con una vida llena de contrastes y preocupado por la Salud, su objetivo en el campo de la Sanidad ha evolucionado hasta crear e impulsar un proyecto maravilloso que pretende llenar de humanidad el máximo exponente de campo de batalla contra la Enfermedad como es la Unidad de Cuidados Intensivos. Una especialidad, como tal, que en España está sufriendo, tanto por responsabilidad nuestra como la avaricia de otras especialidades, ataques continuos, accesos de debilidad y falta de apoyo de las administraciones regionales y nacionales, y que sin embargo es la punta de lanza, el último recurso y la máxima responsabilidad de la atención hospitalaria.

Como tal, Medicina Intensiva es una especialidad dura que requiere de profesionales bregados, con ganas de luchar y trabajar de forma multidisciplinar con otras especialidades y con todos los estamentos: Enfermería, Auxiliería y Celaduría al unísono, un solo equipo con un fin común: restablecer, vigilando y reparando con ayuda del tiempo y de las fuerzas de cada paciente, la Salud perdida. La Medicina Intensiva cobra un alto peaje a todos los que nos vemos involucrados en ella: profesionales de la Salud, familias y pacientes, algo que se ignora hasta que nos hayamos inmersos en sus necesidades y en sus exigencias.

Gabi Heras ha sabido, con una intuición y un sentido común muy agudos, conglomerar las necesidades secretas (y no tan calladas) que nuestra especialidad solicita, y con una energía y valor únicos, ha emprendido una labor de conocimiento, de reconocimiento y de reparación, es decir, una revolución de la Medicina Intensiva en la que yo me hallaba ya involucrado desde el primer minuto de mi experiencia médica, ya más de quince años atrás, pero que no sabía cómo encauzar hasta su llegada. A lo largo de este blog, no titulado en vano Tiempo de Curar, he intentado mostrar mi mundo, la forma en la que lo veo y comprendo, las situaciones que me han movido a reflexionar más allá de la mera técnica médica, sobre los pacientes, la Enfermedad, los familiares y todos los componentes laborales de la Salud, no sólo como médico, si no como familiar de enfermo y como amigo de enfermos y como hijo de enfermos. Mi forma de pensar encaja en la forma de pensar, en la revolución que Gabi Heras ha llevado a cabo desde el año 2014, y sólo era cuestión de tiempo que alineara mi forma de ver la Medicina Intensiva y sus múltiples relaciones, con la suya y la de una amplia red que, gracias a él, se ha formado y está en contacto y crecimiento constante.

La Humanización de los Cuidados Intensivos es un movimiento necesario, que lleva años gestándose en enfermeros, auxiliares y celadores y en algunos pocos médicos, que poco a poco estamos abriendo los ojos y prestando más atención a ese llamado que más que un susurro se ha convertido, gracias a Gabi Heras, en casi un grito. El Proyecto HU-CI nos obliga  a ponernos en contacto con lo más íntimo de nuestro ser como trabajadores de la Medicina Intensiva, encarar las necesidades como individuos y como estamento y como equipo, y aprehender, en ese ciclo eterno entre enfermos, familiares y profesionales, la mayor empatía y la mayor calidad que repercutirá en nuestro día a día de la forma más positiva y libre posible.

En este último año he estado lidiando, más aún si cabe, en lo personal y en lo profesional con mi papel como médico intensivista; ocho meses de estancia de mi padre en UCI me convirtió en hijo y hermano de paciente; he obligado, queriéndolo o no, a mis compañeros, desde celadores a médicos, a trabajar codo con codo con mi padre y conmigo a la vez; he estado en una vorágine de sentidos y sensaciones que ha requerido el paso del tiempo para aquietarse y, también, para ser aprehendida más que aprendida de forma consciente por mí mismo. La invitación de Gabi Heras a participar, con mis pensamientos y mis experiencias, en un proyecto en el que creo (en el que siempre he pensado llevar a cabo cada vez que atiendo a un enfermo)  la retomo ahora, espero que no tardíamente, con el mayor interés y el más enérgico de los apoyos.

En un mundo en constante cambio, en un momento crucial para la Medicina Intensiva, en la que está a punto de ser destruida como tal (con nuestra carga de responsabilidad) es necesario que todos sepan de su existencia, de su necesidad, de su aporte a la Salud de la sociedad; es necesario que evolucione hacia un estado de mayor complejidad y conexión con la Vida, con ese entramado de sentimientos y sensaciones que nos embargan, como personas, al bailar ese vals de vivir en el Pasillo de la Salud Perdida,  que nos arroja a estados inexplorados de existencia que merecen ser respetados, amparados y superados una vez llegado a su fin.

Por eso me uno ahora al Proyecto HU-CI, intercambiando mis sentimientos, mis búsquedas, mis hallazgos y mi visión más holística de un trabajo apasionante y cansado, lleno de sombras y de luz, al que Gabi Heras ha regalado un canal de encuentro y entendimiento y de unión, y en el que me voy a zambullir con gusto y compromiso, buscando la excelencia por un lado, pero sobre todo la veta de Humanidad y de Belleza que se halla encerrada dentro de la Medicina Intensiva, y que merece ser compartida y conocida por toda la sociedad.

El escritor: desnudando un cuento.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

el_escritor_maxim_javier_enPREVENTA-1020x4301   El Escritor es el nuevo relato (corto) de Màxim Huerta, esta vez acompañado por delicadas ilustraciones a cargo de Javier Jubera.

La edición a cargo de Editorial Hidroavión es preciosa. Las ilustraciones de Javier Jubera, hechas con trazo firme y teñidas de colores suaves y sencillos armonizan con el texto, que se diluye en el riachuelo de páginas que se van leyendo. La historia de Ricardo y Teresa atrapa así, desde el principio, gracias al embrujo que palabras e imágenes crean y despliegan.

No es fácil escribir un relato corto. No es fácil escribir ninguna historia, como ilustrarla tampoco. Sin embargo, en los relatos cortos la habilidad del autor se pone a prueba tanto para atrapar como para no desencantar, para convencer al lector y mantener un interés, por siempre breve y por siempre eterno, en la historia. Con El Escritor, Màxim Huerta da un paso más en ese proceso de reinvención de su estilo, momento artístico en el que juega con las paredes virtuales que se erigen entre la lectura física, el ritmo de lo leído, los pensamientos de quien lee, de quien escribe y de quien vive la historia que se cuenta. Ruptura de espacios virtuales, o creación de nuevos ambientes, donde lector y escritor juegan a la vez, o se sienten piezas a la vez, del relato que se cuenta, del relato que se escribe. Acción y reacción, hecho y consecuencia. Con esos elementos, ya mostrados en No me dejes, Màxim Huerta continúa jugando, con cierta habilidad que todavía desconcierta (por inesperada) y que fuerza, de una forma gentil eso sí, a prestar más atención a unas líneas en apariencia breves, trampantojo en el que suele esconderse verdades más profundas.

La historia de amor entre Ricardo y Teresa y el Escribidor de la historia es mágica, porque es un enamoramiento, y es melancólica también, porque proviene de un fin, de una ruptura. Acción y reacción, hecho y consecuencia. Lo más bello del libro no es lo que muestra (esas ilustraciones preciosas, esa historia aparentemente sencilla), si no lo que desnuda. Màxim Huerta es quizá más él mismo en lo que retrata más que en lo que cuenta.

Hace unos meses publicó en su perfil de Instagram una foto tomada desde un balcón de su antigua casa, a la que decía adiós. El Escritor es ese adiós melancólico que la foto sugería, es la expresión desnuda, es decir sin artificios y sin sombras, que ese pie de foto revelaba.

Es ese corazón desnudo el que brilla en El Escritor, más que su evidente identidad como historia y como edición. No hay nada que nos fascine más que la piel desnuda, sin sombras, y libre. El final de El Escritor hay puntos suspensivos, porque la historia sigue y la vida también.

El tiempo de las flores/ Springtime.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

 

10575373_10205007453336435_8250422225810854625_oEl tiempo de las flores es alegría. El sol se asoma por las rendijas del día y sonríe, con calor y energía, tiñendo todo de luz blanca, cegadora, y tranquila. El corazón se acelera, corre veloz por entre las arterias y la sangre llega a borbotones, acumulándose en la garganta y en los labios, que inflamados se calman a besos. Besos a bocajarro, palabras aladas que parecen tener el poder de sanar las heridas, de calmar la angustia de lo amado. Un te quiero que siempre llega a tiempo y el atardecer que tiñe de oro y cristal los abrazos y los roces, las embestidas y la calma.

En el tiempo de las flores la vida es una ilusión. Las nubes navegan por el cielo regalando sombras y refresco; en la piel el viento rebota como miles de caricias, y ese cosquilleo en la nariz, y ese olor perfumado, y esas cosquillas, y esas intenciones, todas buenas, que se ahogan entre risas, que se desviven entre besos.

La lengua recorre el camino de la pasión con una certeza escondida. Las manos conocen el sendero de la avidez y la mirada, mirando, se enternece y se enciende y se apaga como un fuego embriagador. La garganta se humedece y también los codos y las ingles, y las plantas se aferran al suelo desnudo, del que nacen árboles y abejas. El mar de la saliva baña los oídos sedientos, y oyen el rumor del océano ir y venir en los vaivenes del ser amado.

El tiempo de las flores es alegría. Y también algún chubasco, y alguna poza de agua olvidada. Pero también es olvido y efervescencia, y todo lo hermoso le gana la partida a lo posible, y nada es un error, o todo tiene un precio que, encendidos, queremos pagar. En el tiempo de las flores no hay peajes, sólo amor.

Orgullo, resentimiento, envidia, abandono… Pálidos fantasmas. Decepciones, engaños, mentiras… Vanos intentos de romper ese mágico lazo, esa única unión, ese deseo que es más que sentimiento, que se tiñe de sentido, que embarga a la soledad. La vida refulge, estalla, se desmenuza, se tienta, se tiende, se pliega y se despega como el sudor entre la piel, como los cuerpos que, agotados, se separan entre jadeos y cansancio.

El tiempo de las flores pasó para mí. Ya no hay más sonrisas, ya no hay más te quieros. No hay más amaneceres que entren de puntillas, ni esa voz oscura a la que despertar con un millón de besos. Ni caricias de plumas, ni navegar, hundiendo la piel, en la inmensidad de una espalda desnuda.

Dicen que duele, que el tiempo de las flores deja resentimiento y tristeza y escozor. Puede ser: ya no lo sé. Anestesiado como estoy, su ausencia sólo llena de nubes mi cielo, y ha llegado el invierno de mi vida, y estoy solo. No hay nadie con quien compartir un café en la terraza, ni siquiera un hombro sobre el que apoyar el sueño de un nuevo día. No hay amante que traduzca el deseo de mis caricias, y mucho menos que sacie los deseos de mi ser.

El tiempo de las flores ha pasado para mí, y es como una caravana fúnebre donde mis deseos y mis sueños se abren paso y se caen, hechos pedazos, en cada una de las losas del suelo. ¡Ah, la vida! La lavanda del recuerdo, la caléndula de la nostalgia, los nomeolvides de amores que ya me han olvidado. Ya nada es como fue; nunca fue nada como ha debido ser.

Y algo se ha perdido, o no se tuvo nunca: cuando veo mi vida sé que el tiempo de las flores se ha ido, y oigo el ruido de su carromato en la lejanía, con un traqueteo parecido a los latidos de mi corazón… Pam, pam, pam…

El amor no llegó, o si lo hizo, llegó tarde. Y creo oír una voz lejana… Pero ya no importa. Ya no.

Feliz Navidad/ Merry Christmas.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

 

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Plácido Domingo & The Piano Guys.