El susurro de la caracola/ The sound of a shell.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   Hay libros, como autores, que nos sorprenden. Unos para bien, otros no tanto. También está lo que buscamos en las historias que nos cuentan. Siempre hay un motivo: evasión, reflexión, sentimiento. Estoy menos apegado a la literatura contemporánea de lo que siempre he estado (es decir, nada), y sin embargo en estos últimos meses me he visto inmerso en la lectura de nuevas historias (que no novedosas) que traen consigo, en general, aromas refrescantes dentro de la vulgar monotonía de la producción cultural actual. No son novelas redondas, pero creo que tampoco aspiran a serlo. Nada es más fácil que criticar (pagamos por ese derecho: compramos una entrada, adquirimos un libro) pero nada está menos justificado. Excepciones aparte (campañas promocionales ingentes, digestión difícil de un personaje que se vende más que el producto que patrocina), creo que toda obra artística, nos guste o no, nos llame o no, tiene siempre el mérito de haber sido hecha, ese riesgo que sólo unos pocos se arredan en asumir y llevar a sus últimas consecuencias: una historia leída, vista o escuchada, nos puede agradar o no, pero tiene el mérito de haber sido construida por una persona que se arriesga a ese escarnio o a esa elevación popular, y ya por eso tiene mi respeto ganado de antemano.

   El susurro de la caracola, de Màxim Huerta, es una sorpresa. Desde su inicio hasta su fin. Una historia agradable, llena de ecos y de recuerdos, repleta de reflexiones profundas en su aparente liviandad, y llena de emociones a flor de piel.

   Es el retrato de una voz: los sueños soñados, las decepciones que le siguen, el amor anhelado y vivido, las miserias que nos acompañan, las obsesiones futuras que nos aprisionan, y la libertad última de aceptarnos tal cual somos. Por eso a Màxim Huerta no le importa los personajes secundarios. Esboza el ir y venir de su protagonista con una dulzura no exenta de crítica; evoca sus recuerdos con una intensidad tan delicada, que parece que oímos el rumor del mar, el olor de la salitre, el aroma de unas costumbres perdidas ya, con una luz nítida y preciosa, y nos acerca a ella poco a poco, hasta hacer que la aceptemos primero, que la comprendamos después y, por eso mismo, seamos incapaces de juzgarla luego.

   En ese mar de recuerdos inmenso, los aromas, los tactos, son fundamentales. El susurro de la caracola es un libro de olores, de pieles que se rozan pero que apenas se tocan, de recuerdos susurrados y de verdades mudas. Como lo es cualquier vida, la de su protagonista sin duda, y la de nosotros mismos. Y es una historia de redención, de paz en medio de un marco de sinsabores, donde la cárcel es liberación y la libertad una percepción del espíritu más que del cuerpo. Una reflexión sobre los grilletes de la existencia, quizá fundamentada en clichés, es cierto, pero tan bellamente descrita, que todo eso pasa a un segundo plano.

   El susurro de la caracola es una historia de sinsabores, pero también de un costumbrismo precioso y evocador, muy cercano a nuestra propia infancia, que ya no existe. Es una historia de añoranzas y de esperanzas en medio de la realidad cruel del día a día. La vida ya no es amable, quizá porque no nos permitimos serlo a nosotros mismos. Màxim Huerta sorprende, en este presente nuestro lleno de estereotipos, con la promesa de una prosa con poso, hedonista y temática, costumbrista y real, y  con los reflejos de un pensar profundo.

Riña de gatos/ Much Ado About Nothing.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   A Riña de gatos.Madrid, 1936, la novela de Eduardo Mendoza que ha ganado el premio Planeta este año, me resistía. Curioso, porque novela a la que miro con ojeriza acaba regalándome sorpresas agradables. La mayoría, al menos. Y no se debía a su autor, del que confieso no haber leído nada hasta el momento; ni siquiera por haber sido galardonada con premio semejante, si no por cómo ha sido publicitada, algo que en mi opinión merma mucho las enormes posibilidades de este relato y me reafirma en el pensar que los españoles somos grandes creadores, pero nos vendemos fatal. Es lo único que nos diferencia de Italia: ellos saben cuánto cuesta y cómo exportarlo; nosotros nos conformamos con lo más arduo (hacerlo) y después dejamos todo a la deriva.

   Pues eso, de Riña de gatos me tiraba para atrás su temática, la eterna y ya gastada Guerra Civil Española. Todo lo que ese período pudiera tener de romántico, de único, de explotable desde el punto de vista creativo se ha visto derruido en estos últimos años por un maniqueísmo político ruborizante  y engreído. Nadie puede erigirse en dueño de la Cultura, ni de la Moral, ni de la Historia, y sin embargo en nuestro tiempo parece ser que es así. No me alarmaría tanto si la campaña propagandística no fuese tan apabullante, tan vergonzosa y sonora. Porque estamos en los tiempos de la cultura publicitaria, del pensamiento común, del esfuerzo mínimo, y cualquier idea revestida de novedad prende en el sentir humano con una facilidad que casi raya en el tontería. Y eso es lo que me molesta y me estorba con la Guerra Civil Española: demasiada producción cultural amarillista, caciquista y maniquea ha transformado un período emocionante y complejo, tierra fértil para el desarrollo de historias inteligentes, con poso y reflexión, en una época pesada, aburrida, cargada de tópicos cada cual más ridículo y una vana entronización del tiempo perdido que no va ni con ese tiempo convulso ni con el actual. Sólo los grandes artistas, aquellos cuyo talento no está posado sobre la propaganda o la cambiante moda, han hecho verdaderas obras de arte con este período de tiempo histórico de trasfondo: hace años que no hay nada que valga la pena reflejando esos años de tribulación y locura, y hasta hace nada, toda la producción cultural española parecía necesitar de esa excusa para sustentar los últimos estertores ideológicos de una sociedad difícil de cambiar, pero que ha aprendido a evolucionar a la fuerza.

   Pues todo esto y mucho más está plasmado en Riña de gatos. Hacía ya mucho tiempo que no gozaba con una novela tan celosamente escrita, llena de palabras maravillosas que hacen del español uno de los idiomas más bellos del mundo. La tinta de Eduardo Mendoza está llena de ironía, divertimento, sutileza y de una profunda observación del ser humano; es rica, plena, juega al trampantojo y mueve a la reflexión y a la taimada paciencia.

   No es una novela más sobre la Guerra Civil. Riña de gatos es el retrato de Madrid, de la convulsa y rústica, desdeñosa y sin embargo bella Madrid de 1936. Y es un himno al Arte español (más concretamente del Siglo de Oro y de Velázquez) y es un retrato veraz de cómo son los españoles y de cómo era España en una época de desorden que aboca en el caos y el caos en la transformación de un mundo.

   Riña de gatos. Madrid, 1936 nos es una novela de personajes. A Eduardo Mendoza la historia de Mr. Whitelands y sus improbables amoríos fugaces, con el arte, las mujeres y la sociedad, parece servirle sólo de juego disuasorio, de excusa para hacer lo que en realidad busca: el retrato de un mundo que fue y ya no existe y cuyos ecos resuenan entre nosotros con la misma sutileza que las costumbres palaciegas del Siglo de Oro conviven en nuestra alma cada vez que visitamos el Museo del Prado. Riña de gatos es como Las Meninas, de quien, creo, le debe todo: lo importante es lo que se ve, no lo que pinta. La vértebra de esta novela histórica es la Historia, la Sociedad, el Tópico, lo Utópico, lo Serio y lo Burlesco de la España de 1936: los avatares de sus protagonistas, en realidad, nos dan igual; casi podría decir que no nos importan: son una riña de gatos en el seno convulso de un momento histórico concreto en donde todo puede estallar y cambiar por completo.

   Es un retrato fiel de lo español, carente de apasionamiento pero cargado de humor y de profundos pensamientos. Todos los personajes reales que pululan en la novela piensan y actúan en términos de fin de mundo, en partículas de catástrofe. Esto da pie a reflexiones acertadas, emocionadas (porque es un español quien las piensa y las comprende), carentes de peso ideológico pero no de una pátina de nostalgia, como las imágenes de las fotos antiguas que amarillean de sepia sin borrar del todo los límites que retratan, que las hacen cercanas y comprensibles y, en muchas ocasiones, hasta simpáticas. A través del Arte, Eduardo Mendoza nos explica un mundo (o al menos la parte del mundo que su propia experiencia le ha regalado), que es España, y el Madrid más castizo y encantador de 1936. No es una ciudad oscura, cercada de peligros y carente de alegrías: todo lo contrario. Sin ser ajena a lo que le rodea y a lo que seguro está por venir, la ciudad es un hervidero de gentes de todo pelaje y condición, de fiestas, protestas, juergas nocturnas, sueños alcanzados o rotos, de generosidades y charlas intrascendentes, de comidillas de sociedad, de ideales en gestación y abierta, siempre abierta a lo extranjero para hacerlo sentir propio, suyo: exactamente lo que, 75 años después, aún es hoy. A través del Arte del día a día, Eduardo Mendoza retrata un instante del tiempo en donde todo puede ocurrir, la gestación de un hecho está en marcha, y la vida, si es vida, se vive al día y al límite.

   Riña de gatos. Madrid, 1936 es un fresco de Historia cuyo andamiaje, cuyos personajes ficticios no nos interesan, un poco como en Las Meninas no nos importa que sea el de los reyes el retrato que Velázquez está pintando, pero cuyo corazón, que es Madrid, late con brío y y con esperanza a pesar de las sombríos augurios que la rodean y del oscuro futuro que está por llegar. Un poco el símbolo de nuestros tiempos de hoy.

La pluma de Javier Martínez Madrid/ The Art of Javier Martínez Madrid.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   Me gusta la literatura breve. Que no hueca. Como lector, me gusta la economía de palabras mas no el vacío. Romántico, me gustan las historias apasionadas mas no tortuosas. Como ser humano, me gustan los relatos que nos hablan de la vida y de la muerte, y de todo lo que de ambos extremos de la existencia nos afecta y nos condiciona.

   La primera novela de Javier Martínez Madrid, La muerte no huele a nada, es todo eso y es mucho más.

   Es un relato lleno de pasión. Está preñado de sentimiento y hablan los sentidos alterados por esos sentimientos. Su pluma pinta los vaivenes del corazón, los miedos, las esperanzas y los fracasos del enamoramiento, de la entrega apasionada mas igualmente razonada, y el torbellino de estados de ánimo, de amargura y de ligereza que el amor nos ofrece cuando lo vivimos con entrega total.

   Es un libro anónimo, pues es puro sentimiento. Del principio al fin nos embarcamos en el viaje de un corazón y de una mente que se enfrentan al océano de la vida, de los riesgos y de los precipicios, de las decepciones y fracasos con apasionamiento y, a la vez, con gran profundidad, con los ojos abiertos. No es la historia de una pasión ciega: es el relato de una pasión consciente, entregada y enfrentada, quizá desde el primer momento, al riesgo del fracaso, y a ese temor aún más soterrado que guardamos en el interior de nosotros mismos, que es el de equivocarnos, saber que erramos y aún así perseverar en ello, ofreciendo una irreductible lealtad al sentimiento que aceptamos sentir y vivir, cargando con todas las consecuencias de una decisión no meditada, pero sí vislumbrada en su totalidad.

   La muerte no huele a nada es un relato lleno de corazón. La pluma de Javier Martínez Madrid no enlaza oraciones, no fabrica tramas, no necesita guardar sorpresas. La sangre de ese corazón, tinta con la que escribe cada una de sus páginas, basta para llenar una historia que podía ser como la de otro cualquiera, pero está tan llena de poesía, que sentimos a un Jonás idealizado, descubierto, caído y reducido a su simple condición de hombre con una ternura y una dejadez que casi raya lo inhumano, pues es un fantasma que atraviesa la narración desde la primera página a la última.

   La muerte no huele a nada está llena de reverberaciones. De anáforas y cacofonías, pues nuestro ser interior es un mundo lleno de ecos y, si cerramos los ojos, sólo oímos el tamborilear eterno de nuestro corazón bombeando sangre como bombea vida, una vida que a veces va más allá del último latido, del último hálito de existencia.

   Es una historia desencantada, porque todo amor no correspondido es el retrato de un final. Pero Javier Martínez Madrid, con su pluma de poeta, retrata el viaje inhumano de un hombre entero por buscar lo perdido, por hallarse en la suspensión de una ingravidez que se le escapa de las manos y que finalmente termina aceptando, momento en el cual se encontrará libre.

   La muerte no huele a nada es narrativa musical, sólida, adherida a la tierra, nada amable con el hombre, sutil y profunda, que esconde en su aparente sencillez toda la pasión del ser humano, toda su frustración y, también, su calma. Es la historia de un hombre que, perdido, busca su sentido, y que acaba encontrándolo justo donde lo dejó de ver: en su corazón.

   Hay mucha tinta en la pluma de Javier Martínez Madrid. Tinta que proviene del drenaje de los sentimientos humanos, de las aguas revueltas que se esconden en la superficie de las cosas, y un talento de poeta que dibuja con palabras llenas de cadencia un mundo que puede escapar, si él quiere, de la simple realidad de un colectivo y hacerse universal. Porque todos somos inseguros, todos somos inestables, todos anhelamos la calma y la seguridad, la eterna seguridad de sentirnos amados.

Un lugar para Eric/ A Place for Eric.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

La nueva novela de Eric Arvin es una sorpresa.

Woke Up in a Strange Place es un relato sobre un viaje, y como tal, lleno de sorpresas, descubrimientos y lecciones que aprender. Es un libro iniciático y poético, embellecido por una prosa fluida y sonora, de resultas que parece un largo poema en donde todas las escenas se mezclan y bailan una coreografía dictada por el amor, el aprendizaje y la libertad.

Todo escritor alberga dentro de sí un mundo único, lleno de reverberancias, de ecos de todo aquello que sueña o conoce y que atesora a lo largo de su vida. Woke Up in a Strange Place resume el maravilloso universo de Eric Arvin y nos enseña todo aquello que el autor ha aprendido a lo largo de su muy difícil vida, y nos regala un rayo de esperanza y de gracioso libertinaje a la vez. Es un libro que nos descubre aquello que puede estar detrás del negro olvido de la muerte, aquello que puede ser (y quién sabe no será) un viaje maravilloso que empieza, como el relato, en el mismo final.

Joe es el protagonista de este libro lleno de poesía. Un personaje desestructurado cuya única misión es buscarse, conseguirse y amarse por completo. Sólo personas de la talla de Eric Arvin son capaces de darse cuenta que el amor hacia nosotros mismos, el completo, transigente, irrevocable e infinito amor hacia lo que somos, cómo somos y hemos hecho, es la llave a la liberación y a la felicidad. Woke Up in a Strange Place nos descubre un mundo onírico, con nubes de algodón de azúcar, océanos de libertad, praderas infinitas de cielos color malva; personajes alados, animales humanos, neblinas torturadas, cantos engañosos, libertinos parajes en la que todos los sexos se reconocen y se disfrutan, y personajes todos que se redimen, todos, en el simple acto de aceptarse a sí mismos, de entenderse y de quererse.

Es un libro optimista pero no dulce; es un libro firme pero fluido, lleno de una prosa maravillosa, rítmica, que navega dulcemente entre los meandros de sentimientos torturados, olvidos que se recuerdan y recuerdos que cobran vida. Leer Woke Up in a Strange Place es una experiencia onírica y sensorial, como hundir la cabeza bajo el agua y sacarla llena de energía y de gozo. Eric Arvin nos regala la posible felicidad, no sin pruebas, nunca tras atajos, y nos transforma a todos sus lectores en ese Joe que, con una confianza de cachorro, va uniendo uno a uno los trozos de su vida, y descubriendo que la vida es maravillosa en uno y otro lado, como lo es este relato de desde la primera línea a la última.

Eric Arvin busca su lugar. Y seguro lo conseguirá.

 

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The new novel of Eric Arvin is a surprise.

Woke Up in a Strange Place is a story of a journey, and like so, plenty of surprises, discoveries and lessons to learn.

It is an initiatory tale, filled with a beautiful and poetic prose, so we are immersed in an ocean of scenes full of a choreographed dance dictated by Freedom and Love.

Any writer lodges within himself an unique world built with echoes of what he dreamed and he learned throughout  life. Woke Up in a Strange Place summarizes the wonderful universe of Eric Arvin and inside it we find everything the author has learned throughout his very difficult life in the form of a  ray of hope and graceful libertinism. It is a book that discovers us what might be behind the black curtain of death, a wonderful trip that begins, like the story, at the very end of the road. Joe is the main character of this poetic story. A unstructured character whose unique mission is to look for and to obtain the real truth, the real love: that one we have to give to ourselves.

Only people of the stature of Eric Arvin are able to realize that love towards ourselves, the complete, irrevocable and infinite love towards which we are, how we are and what we have done, is the key to liberation and happiness. Woke Up in a Strange Place discovers an oniric world, a world fills with clouds of sugar, oceans of freedom, infinite mallow prairies; winged characters; animal-humans; tortured fogs, deceptive songs; libertine places in which all the sexes are accepted and enjoyed, and redeemed characters, all, in the simple act to accept themselves as themselves, understood and loved.

It is an optimistic but nonsweet book; it is a firm but fluid story; written with a wonderful and musical prose, that sails sweetly between meanders of tortured feelings, remembrances relived and lost memories recovered. To read Woke Up in a Strange Place is an oniric and sensorial experience, like sinking the head under the water and removing it full of energy and joy. Eric Arvin gives happiness to us, not without challenges, never after short cuts, and transforms all of us into Joe, the character that, with a puppy confidence, ties one by one the pieces of his life, and discovers that Life is wonderful in both sides of the spectrum, as we do with this novel.

Eric Arvin is looking for his place in Literature. And he will obtain it for sure.

Retrato en sepia/ Portrait in Sepia.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Hay algo mágico en la pluma de Isabel Allende. Quizá sea esa fogosa imaginación que tiene, esa mediúmnica capacidad de metamorfosear aquello que ha vivido y que le rodea, extrayendo de esa alquimia algo más preciado que unos recuerdos; quizá sea su destreza para diseñar personajes fascinantes, cuya vida de novela navega entre lo imposible y lo real, y cuyas pasiones (siempre entregadas) los desgarran y los justifican.

Fruto de su época, Isabel Allende es quizá una de las últimas grandes voces del movimiento latinoamericano. Lo es en su libertad, pues su propio periplo vital no ha podido ser más extraño a la labor literaria, y sin embargo se ha entregado a ella con un fervor que sólo una mujer latinoamericana conoce y puede dar. Lo es en su temática, mucho más política de lo que parece, pues es un grito por la libertad de vivir, de dejar existir, con sus aciertos y errores, con sus miedos y sus sinsabores y la belleza del momento; y lo es en su concepción, demasiada alejada de Latinoamérica para que en sus creaciones no planee siempre un velo de melancolía que aquellas obras nacidas en su seno no tienen ni de lejos.

Ignoro si Retrato en sepia nació de una idea global que arranca con La casa de los espíritus. Conociendo la carrera vital de la escritora (que nos regala en esa bello retrato de una persona, de un tiempo superpuesto y de un lugar único que es Paula, y en la recreación de Mi país inventado) me hace pensar que no. Sin embargo, en el arco vital que parte desde su transformación como escritora profesional (La casa de los espíritus) hasta Retrato en sepia, su talento y su experiencia hacen que transforme una novela-río en una novela-océano llena de originales giros, de personajes fascinantes y de mujeres, siempre mujeres, únicas. La trilogía en la que se ha transformado la historia que narra La casa de los espíritus haciéndola pasar por el alambique de Hija de la fortuna y que culmina en Retrato en sepia, permite ser leída de forma independiente pues su magia estriba en que sólo al final del último libro, que es Retrato en sepia (y que, paradójicamente, está ubicado por cronología en el centro de los otros dos), veamos que esas historias tiene todas un lazo común: el lazo de la sangre, de la historia contada y de su autora, que se arroja a una aventura de retratar mundos y personajes con la alegría de una adolescente enamorada.

Si bien Hija de la fortuna nos resulta un tanto excéntrica, pues está ubicada en un tiempo y lugar extraños para la carrera literaria de la autora, una vez conocida la ciudad en la que toma cuerpo esta novela (San Francisco a finales del S. XIX) nos damos cuenta de lo certero de su relato, de lo idóneo de su concepción. Retrato en sepia recupera ese terreno conocido y ese gusto por la exhuberancia y la rima perpetuamente inacabada de América Latina, esa esencia que enamora a todo aquél que pisa alguna vez sus tierras, y del que ella es una embajadora excepcional. Retrato en sepia es un viaje de retorno para seguir hacia adelante. Es una vuelta a las raíces de Chile con los ojos extrañados del viajero lejano, que ha vuelto pese al paso del tiempo, o quizá por el paso del tiempo, con otra mirada y otra concepción del mundo.

Todo fluye en Retrato en sepia: la acción, los personajes. Y todo encaja: es un libro que se lee con brío y con alegría, y que regala, con la mayor generosidad posible, el enlace final que une esas tres historias tan diferentes y únicas con una cadena que refulge como el oro en paño y que termina explicando un mundo singular y unos personajes maravillosos, salidos de la vida y del aliento de esta autora de calidad excepcional y que consigue, en momentos como éste, una cima difícil de igualar.

 

Voces en el tiempo/ Voices in Time.

Libros que he leído/ Books I have read

Todo libro escrito en primera persona es el retrato de una voz. Una voz que intenta definirse a sí misma, que defiende su forma de ver el mundo, y que retrata, dentro de su propia experiencia, la vida que posee.

No es fácil alcanzar ese tono límpido de una nota desnuda. Sin embargo, aquí y allá encontramos bocetos que nos acercan a ese bello milagro de la voz libre de artificios o sólo vestida con los ropajes de las circunstancias que la rodean.

El susurro de los árboles, de María Dolores García Pastor, ganadora del premio Novela YoEscribo.com en 2008, es un ejemplo de esa búsqueda inclemente a la que nos arroja la vida una vez que cesan los ruidos que nos rodean, una vez que se acallan los ecos de las demandas de los demás y quedamos solos con nuestros pensamientos. Es un libro de iniciación a la vida a través de la vida de otros. Su protagonista busca, a través de un pasado suspendido en el aire (y erróneamente creído perdido), entender su propias deficiencias, sus propios errores, hallando no sólo la paz que tanto anhela, sino un objetivo de vida, que quizá la salve para siempre.

Es un libro de inmersión. Un viaje a las consecuencias que el levantamiento del general Augusto Pinochet contra el elegido presidente Salvador Allende infundió en todos y cada uno de los chilenos que vivieron esos años de tumulto y desesperación. Todo país que ha vivido la tortura de una dictadura de cualquier signo (todas son extremas y, por lo tanto, todas se dan la mano, algo que quizá la autora olvida) tiene historias suspendidas que desean ser completadas, tiene susurros perdidos en el olvido, venganzas que nunca verán la luz (la venganza no es la solución al dolor infligido ni a la zozobra pasada), y huecos perdidos difíciles de entender y de llenar. En El susurro de los árboles asistimos al empeño de una mujer delicada y fuerte a la vez, impaciente y única, y muy idealista, en encontrar esos eslabones perdidos, esas historias capaces de tejer una arpillera eterna que le devuelva la paz, o al menos una justificación vital, a todos aquellos chilenos perdidos en el bosque de ausentes que la dictadura se llevó consigo.

Es un libro iniciático, porque su protagonista se adentra en un país del que desconoce toda costumbre y que va descubriendo poco a poco al mismo tiempo que se descubre a sí misma, perdiendo capa tras capa de su caparazón conforme las historias que conoce se suceden y le dejan huella. Es una historia de oleaje, en el que el pasado siempre es presente, y el presente una mera confirmación de un ayer inalterable y doloroso. No hay esperanza en lo irreparable, aunque el rencor navegue a flor de piel y los muertos se hallen perdidos en el limbo de lo desconocido.

La tragedia de Chile, horrenda, no es peor que cualquier otra, y aunque el relato de El susurro de los árboles incida quizá mucho en la excepcionalidad de ese hecho, aquellos años convulsos (¿son los actuales tan diferentes?), que vieron nacer muchas esperanzas que el tiempo sólo ha puesto en su justo lugar, han dejado en ese país un dolor y una comprensión sobre el mal ajeno que quizá sí sea digna de alabanza. La madurez de un pueblo se mide en lo que aprende de la historia, en lo que aprehende de su destino. Chile como nación, los chilenos como pueblo, nos han dado y nos siguen regalando una lección de serenidad y de entrega al presente que ya podíamos tomar en cuenta.

A pesar del dolor que las múltiples voces en el tiempo retrata El susurro de los árboles, en su interior brilla un corazón apasionado y un ansia de libertad únicos. Adela, su protagonista, lo busca sin saberlo; a través de su ciego empeño conseguirá no sólo fundir una historia perdida en el pasado, sino templar su propia historia, su propio destino de mujer. Y es aquí donde el libro brilla cálidamente: en el presente que todo lo justifica y que es capaz de borrar todo pasado, incluso el más doloroso e irreconciliable.

El amor es la fuerza, la única que da a luz la verdadera libertad. Las voces en el tiempo navegan en su busca, como todos lo hacemos: los que nacen, aquellos que lo persiguen o aquellos que huyen de él. Así es la vida. La vida que sigue pese a todo y en contra de todos. Porque sólo ella es Libertad.

Lejos de África/ Out of Africa.

Libros que he leído/ Books I have read, Música/ Music

Memorias de África es uno de esos libros atraídos hacia mí por el cine. Out of Africa (que en el país donde Los Andes terminan la llamaron África Mía), la película de Sidney Pollack protagonizada por Robert Redford y Meryl Streep, con sus andares lentos, sus paisajes de postal, esa belleza natural a la que arrastramos nuestras costumbres (británicas, en este caso) y que nos hacen soñar con noches de estrellas pendulantes, con hogueras que abrazan con su calor, y con la larga duración de un beso robado, y esa música acariciante, llena de cuerdas que fluyen por el cielo y hacen revolotear a los flamencos, de John Barry, la vi con apenas quince años en un cine ya desaparecido, el del Hotel Macuto Sheraton, que no estaba en Macuto sino en El Caribe, pero que era el mejor hotel de aquella zona de playa a pesar de los años que ya iba cumpliendo.

Una película así para un adolescente demasiado teñido de literatura, demasiado soñador, competitivo, sin duda un pelín tonto, y que pensaba comerse el mundo, fue una revolución. Aquellos paisajes, aquellas mansiones, aquella extensión de pura libertad, aquel vuelo en aeroplano, aquella sabana sin fin y las criaturas que la poblaban; los nativos con su piel de ébano; aquellos modales ya muertos y aquel mundo tan exclusivo que apenas permitía ser visto en la lejanía, me atrajeron enormemente.

Memorias de África, de Isak Dinesen (Karen Blixen), es un libro hecho a retazos, compuesto por tres relatos largos, pero que leídos en conjunto, guardan una cohesión heredada de las tierras en las que se inspiraron. Es un cuento de nostalgia, de recuerdo, por lo tanto cargado con una emoción tan intensa que no le impide a la autora vencerla con su quehacer escrupuloso y detallista; y sin embargo, el amor por las tierras de África, por sus paisajes y su belleza, lo impregna todo y lo transmite todo, de suerte que vivimos con ella sus recuerdos y nos mecemos en su melancólica melodía con energía alegre y mucha nostalgia.

Es un relato de amor. Pero no se narra una historia de amor al uso: Isak Dinesen retrata la dureza, la inhospitalidad, la crueldad de la Naturaleza (en modo comparable con la de los seres humanos) sin achacar responsabilidades, sin buscar culpables; sabedora, con los años que pasan, que esa labor es ajena a los hombres, que deben aprender a vivir en un presente en perpetua fuga que siempre les dará lo mejor que posee. Memorias de África tiene el don de hacer de lo excéntrico algo normal; transforma la aventura, una supuesta locura, en algo tangible  y real, sin esconder nada, sin transformar nada, pero cuyo profundo sentimiento, pura nostalgia, llega hasta el fondo del corazón.

La vida que se pierde y que se añora, cuando se ha sido feliz, o cuando nos damos cuenta que hemos sido felices, es así. Memorias de África es un símbolo de esta simple verdad humana. Sólo cuando estamos lejos de aquello que nos hacía felices es cuando nos damos cuenta que lo éramos y que, en mayor  o menor medida, nunca más lo volveremos a ser.

Lejos de África, lejos de un tiempo dorado ya perdido pero nunca olvidado…