Tal como era/ The Way He Was.

El día a día/ The days we're living

Robert Redford, en una entrevista realizada por la revista Time en la que se sintetizan 10 preguntas y en las que habla sobre su nueva película The Conspirator sobre el juicio posterior al asesinato del presidente de los EEUU, Abraham Lincoln, y sus posturas por todos conocidas que, con la evolución intelectual y personal que nos aporta el tiempo que vivimos, hace que siga siendo tal como era.

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– Soy Gilbert Cruz con Time y estoy en la compañía de un hombre cuyo currículum es demasiado vasto para resumirlo en un listado: fundador del Instituto Sundance y el Festival de Cine de Sundance; actor; productor; conservacionista; y director del nuevo drama ambientado en los tiempos de la Guerra Civil [Norteamericana] The Conspirator. Robert Redford, muchas gracias por estar aquí con nosotros hoy.

– Gracias por esta presentación.

– Este año se conmemoran 150 años de la Guerra Civil, un tiempo en que nuestro país se hallaba muy dividido… ¿Seguimos siendo en algún sentido una nación dividida?

– Tristemente, lo somos. El leit motiv que Lincoln usaba para mantener la Unión de nuestro país era: «Una nación dividida no puede ponerse nunca de pie». Y yo creo plenamente en ello. Vimos lo duro que fue durante la Secesión, y desafortunadamente esas circunstancias no se han diluido con el tiempo que ha pasado. El marco de la película es obviamente la Unión de este país y el asesinato de su Presidente, un marco histórico muy conocido y entendido. Pero dentro de ese período existe un capítulo no tan estudiado, que sólo conocen unos pocos (si es posible): el juicio a Mary Surratt y la relación establecida entre este hecho y el abogado que se ve forzado a defenderla, un ex soldado de la Unión… Cómo evoluciona la relación entre estos dos personajes permite establecer paralelismos con nuestro hoy (Guantánamo, la disposición del Habeas Corpus) aunque eso es algo que yo no pretendía pero que el público y la crítica parecen establecer pues florecen por sí mismos.

– ¿Existió algún momento en su carrera en la que creyó que podía dejar bien marcado el mensaje de sus películas en la audiencia que las disfrutaba?

– Bueno, cuando era más joven inocentemente pensaba que el mensaje de una película, cuando triunfaba y quedaban patente, podría cambiar el rumbo del pensamiento de la audiencia… Pero no. No creo que las películas tengan ese alcance, salvo quizá en el área de la Moda. Así que no espero nada de eso… Aunque, siéndole sincero, sí llegué a pensar que el cambio de mentalidad, de forma de ver el mundo, podría haber sido posible con mis películas… Quizá El Candidato tuvo algo que ver en acabar eligiendo políticos por su aspecto físico, como ocurrió en su momento con Dan Quayle, que era un buen hombre, pero no estaba cualificado para el puesto que ocupó… Así que todo, en realidad, ha ido a peor.

– ¿Qué les dice a sus actores, como director, siendo usted mismo actor, a la hora de trabajar en una película? ¿Qué puede aportarles usted que otros directores no actores no sean capaces?

– No creo que deba decir nada hasta no saber cómo es el actor que va a interpretar un rol. Es necesario llegarlo a conocer bien. Y dejarles hablar. Y que hagan preguntas. Como director, se le debe una guía al actor, se le debe una explicación de cómo se ve la película y hacia dónde va dirigida, lo que se desea contar y cómo… Pero una vez que todo eso está hecho se acabó el diálogo, pues se corre el riesgo de profundizar demasiado en detalles sin importancia, lo que a la larga es una pérdida de tiempo y material. Como actor, llega el momento en que hay que parar la investigación y la interiorización y ponerse a trabajar, sencillamente actuando.

– Usted ha dicho que esta película es esencialmente independiente. Aún a pesar de ser una cinta de época, ambientada en la Guerra Civil Norteamericana, a las que siempre se les ha endosado una etiqueta de gran importancia para la audiencia del país… ¿Cómo ha cambiado Hollywood?

– Ha habido un cambio profundísimo y constante. Fluye al minuto, hacia el espacio de Internet y las redes. Y cómo esto va a moldear la forma de trabajar y de hacer películas aún no está del todo claro… Hollywood tal como lo conocíamos ya no existe. Es una calle. Está algo más abierto al cine independiente sólo porque algunas de estas películas triunfan y recaudan dinero. Hollywood es un negocio básicamente, y sólo depende de si una película recauda dinero o no.

– De usted es bien conocida su faceta conservacionista, su trabajo para la preservación del medio ambiente… ¿Cree que la actual Administración, que Norteamérica, están haciendo un buen trabajo, en la preocupación de aquello que vamos a dejar tras de nosotros?

– He estado haciendo esto hace ya más de 40 años. Y es una batalla pírrica debido al inmenso poder que tiene la industria energética derivada del petróleo. Son los responsables de la evolución de nuestra economía, de nuestro bienestar y de nuestro poder. Y eso es magnífico. Pero en cuanto al empleo indiscriminado y eterno de esa energía…, el tiempo se ha agotado. Y el planeta es lo único  que tenemos y nos pertenece a todos. Así que tengo el convencimiento profundo de que debemos evolucionar hacia nuevas formas de energías alterantivas.

– Volviendo a la película The Conspirator. Aunque narra el asesinato de Abraham Lincoln, a éste nunca se lo ve en pantalla… ¿Por qué tomó esa decisión?

– Su rostro era tan característico y es tan bien conocido… Si se desea ser realista, si se aspira a ser auténtico, deberíamos conseguir un rostro semejante… Y eso es una batalla perdida, porque no hay una cara tan real como la del propio Presidente. Así que decidí no hacerlo, aparte que tampoco ése es el punto de vista de la película.

– Señor Redford, muchísimas gracias por hablar hoy con nosotros.

– Gracias a usted.

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Lejos de África/ Out of Africa.

Libros que he leído/ Books I have read, Música/ Music

Memorias de África es uno de esos libros atraídos hacia mí por el cine. Out of Africa (que en el país donde Los Andes terminan la llamaron África Mía), la película de Sidney Pollack protagonizada por Robert Redford y Meryl Streep, con sus andares lentos, sus paisajes de postal, esa belleza natural a la que arrastramos nuestras costumbres (británicas, en este caso) y que nos hacen soñar con noches de estrellas pendulantes, con hogueras que abrazan con su calor, y con la larga duración de un beso robado, y esa música acariciante, llena de cuerdas que fluyen por el cielo y hacen revolotear a los flamencos, de John Barry, la vi con apenas quince años en un cine ya desaparecido, el del Hotel Macuto Sheraton, que no estaba en Macuto sino en El Caribe, pero que era el mejor hotel de aquella zona de playa a pesar de los años que ya iba cumpliendo.

Una película así para un adolescente demasiado teñido de literatura, demasiado soñador, competitivo, sin duda un pelín tonto, y que pensaba comerse el mundo, fue una revolución. Aquellos paisajes, aquellas mansiones, aquella extensión de pura libertad, aquel vuelo en aeroplano, aquella sabana sin fin y las criaturas que la poblaban; los nativos con su piel de ébano; aquellos modales ya muertos y aquel mundo tan exclusivo que apenas permitía ser visto en la lejanía, me atrajeron enormemente.

Memorias de África, de Isak Dinesen (Karen Blixen), es un libro hecho a retazos, compuesto por tres relatos largos, pero que leídos en conjunto, guardan una cohesión heredada de las tierras en las que se inspiraron. Es un cuento de nostalgia, de recuerdo, por lo tanto cargado con una emoción tan intensa que no le impide a la autora vencerla con su quehacer escrupuloso y detallista; y sin embargo, el amor por las tierras de África, por sus paisajes y su belleza, lo impregna todo y lo transmite todo, de suerte que vivimos con ella sus recuerdos y nos mecemos en su melancólica melodía con energía alegre y mucha nostalgia.

Es un relato de amor. Pero no se narra una historia de amor al uso: Isak Dinesen retrata la dureza, la inhospitalidad, la crueldad de la Naturaleza (en modo comparable con la de los seres humanos) sin achacar responsabilidades, sin buscar culpables; sabedora, con los años que pasan, que esa labor es ajena a los hombres, que deben aprender a vivir en un presente en perpetua fuga que siempre les dará lo mejor que posee. Memorias de África tiene el don de hacer de lo excéntrico algo normal; transforma la aventura, una supuesta locura, en algo tangible  y real, sin esconder nada, sin transformar nada, pero cuyo profundo sentimiento, pura nostalgia, llega hasta el fondo del corazón.

La vida que se pierde y que se añora, cuando se ha sido feliz, o cuando nos damos cuenta que hemos sido felices, es así. Memorias de África es un símbolo de esta simple verdad humana. Sólo cuando estamos lejos de aquello que nos hacía felices es cuando nos damos cuenta que lo éramos y que, en mayor  o menor medida, nunca más lo volveremos a ser.

Lejos de África, lejos de un tiempo dorado ya perdido pero nunca olvidado…