Puede ser muchas cosas. El día de sol, el viento que ruge en nuestros oídos. Tu cercanía.
O que estamos bailando.
¡Cómo me gusta bailar!
Sentirte cerca, así junto a mí, con tu calor y el mío, y los latidos del corazón que parece que salen de mi boca.
Este corazón mío, que me hace feliz, porque te siente cerca. Este corazón mío que es feliz, porque estás junto a mí.
Y el sol brilla, y las nubes se alejan, y el viento nos eleva más allá del horizonte, juntos y juntos y juntos hasta el día sin fin.
Ven, te digo. Ven, te beso. Ven, te abrazo. Y este corazón mío baila de gozo y salta en mi pecho. Siéntelo, bum, bum, bum, relleno de felicidad como un pastel de crema, de esa crema que me sabe a tus labios y a tu piel abierta y deseada.
Ven, baila conmigo el vals de mi corazón que late bum, bum, bum cera del tuyo…
Y pueden ser muchas cosas que justifiquen la inmensa felicidad que siento. Pero este corazón mío lo sabe, lo sabe demasiado bien: eres tú.
Nunca te alejes de mí ni de este corazón mío que late bum, bum, bum, sólo por ti.
Podría decir que me pierdo en el pasado, cuando nos conocimos en aquella playa enorme, los dos pequeñuelos y divertidos, y que esos recuerdos me hacen feliz. O podría responderte que me fundo en el futuro, que intento vislumbrar aunque no lo consiga.
Todo con tal de no mentirte ni decirte la verdad.
Cómo llueve, ¿no? El tiempo es una buena excusa para el silencio. Ese silencio tranquilo, lleno del sopor del conocernos demasiado. Y también vale para desdibujar lo que sentimos y hasta lo que pensamos. Que hoy viene a ser lo mismo.
Cuánta belleza. Eso fue lo primero que me dije al verte. Ni un día desde aquel día. Y la misma sonrisa y la misma picardía. Y la voz suave y esos hoyuelos y esa mirada de desierto. Eras tú después de tanto tiempo y allí estaba yo, admirándote.
Cuánta alegría. Eso fue lo que noté en ti. La risa de cielo abierto y la confianza restaurada como si nunca se hubiese perdido. Qué maravilla…
En el local, un pianista comienza a desgranar viejas canciones de amor. Nos acercamos para susurrar y disfrutar de la música.
El perfume asciende de tu piel y llena mis recuerdos y llega a mi corazón, que se suelta de sus amarras y navega solitario por los mares del tal vez.
Y dejo de luchar contra lo evidente.
Aún te amo.
Así que no me preguntes lo que pienso. No esta vez, por favor. Porque tú eres feliz, tus ojos sonríen, tu piel brilla mojada por la lluvia y el futuro que se abre ante ti. Y yo estoy a tu lado como lo estuve una vez y dejé de estarlo al darme cuenta que te amaba.
Como lo hago ahora.
Y ya no lucho, ya no le impongo al corazón barrera alguna. Salvo el silencio. Ya que de nada serviría decirte lo que siento, lo que llevo apretujado entre la boca y el alma… Parece que siempre llego tarde contigo, muy tarde en verdad.
Así que no me preguntes lo que pienso, que no quiero mentirte. Y hablemos del tiempo y de la felicidad de las abejas. Y de la belleza de un mundo que parece destruirse, y de la esperanza que trae consigo el atardecer.
Hablemos de todo para llenar de ruido el latido de mi corazón. Hablemos de ti y de él y de todo lo demás, y deja de hurgar en mi corazón herido, y deja de preguntarte cómo es posible, cómo todo sigue sin cambiar.
Todo cambia. Todo. Menos el corazón. El mío congelado, que parece piedra transparente, hielo.
Tú lo has hecho así. A tu imagen y semejanza.
Y el tiempo pasa. Pasa por sobre todos. Menos por lo que siento.
Puede ser.
Y lo es.
Aún te amo.
Tantos años, tantas aguas perdidas río abajo y sigo aquí. Pensando en ti como quien se sorprende de vivir.
La vida, esa jugadora de dados, esa ruleta rusa. Esa tramposa que nos hace creer que olvidamos, hasta que me trae de nuevo a ti.
El que se fue todo lo pierde. Él cambia por irse, ya no es el mismo. Pinta colores divergentes, refracta con la vida que vuelve a encontrar.
Eso te ha pasado a ti. Por irte. Con todo. Y con todos.
Menos conmigo.
Me transformé en piedra, mi corazón en un puño sangrando por ti. Y cuando te fuiste, me lo tragué de un bocado. Y me supo mal: a sangre, a dolor y a llanto.
Una vez ido quedé sin nada, pues tú eras mi mundo. Y mira qué hiciste. Te fuiste sin importarte nada. Y, como el que se fue, me dejaste atrás sin importarte, sin una pizca de remordimientos.
Y nada fue igual desde ese día. Hasta hoy. Que has regresado.
Puede ser.
O no.
Puede ser.
Y lo es. Que desde que el mundo es mundo, aquel que ama continúa su letanía del abandono para luego llenarse de dolor y finalmente de olvido, perdiendo de vista el amor, saboreando el dolor y dejando atrás al que se fue.
Menos yo.
Aún te amo. Y, por eso, no quiero saber más de ti.
El balcón está casi desierto. Apenas hay plantas, raquíticas y desnudas de flores. La luz está apagada y sólo nos ilumina el brillo de las estrellas y el sereno platear de la luna. El cielo como un manto nos envuelve y el sonido apenas audible de una banda que toca una canción de amor.
A lo lejos, en un ático enorme, una fiesta se lleva a cabo. Preciosas velas entre los setos; una fuente con agua cristalina borbotea cándida; sillas de raso blanco y mesas vestidas con grandes lazos y flores en cascada hasta el suelo; viandas repletas, champaña encerrada en copas del más puro cristal; y el susurro de los pasos de baile y de las telas frondosas al rozarse unas con las otras.
Nosotros no tenemos nada. En vaqueros, en camiseta y descalzos, alargo mi mano y le pido que baile conmigo.
– ¿Aquí?
Repite. Y yo le sonrío.
– No conozco lugar mejor.
Y accede remolón.
Entre sus brazos me escondo. Siento su calor rozarme la mejilla. Su pecho enorme, sus manos delicadas tras mi espalda; el lento ronroneo de dos cuerpos al acariciarse y bailar. Uno y dos, dos y tres, los pasos entre las piernas y entre los brazos, y el hechizo del roce y la caricia, el aliento entre el pelo desordenado y una sombra de barba.
Sonreímos.
La terraza se llena de escarcha mientras la música suena y nosotros bailamos. La desnudez se viste de seda y el brillo del cielo desciende a nuestros pies. Cada paso de baile es un encuentro de nuestros cuerpos y es una sinfonía agradable y eterna. Cada sonrisa de su boca y de la mía nos envuelve en un ensueño único. Y el ruido de las copas al brindar y de los cubiertos en los platos llega hasta nosotros, y el aroma de las rosas abiertas y una gardenia en la solapa con su perfume de hierba y caricia. El brillo rubio de la champaña y la estatua de hielo que lentamente se transforma en agua líquida, como los besos.
Y en el baile nos besamos lento, como si no tuviésemos prisa. Y el calor de su pecho me protege y sus brazos sin nudos me abrazan hasta el infinito. La luna plateada baña nuestro ensueño mientras la orquesta a nuestro lado deslía las notas de una canción de amor. Y estamos vestidos con galas de ensueño y sonreímos con alegría y con una facilidad de agua libre.
Al bailar entre sus brazos la noche obra su magia. Y nuestra terraza desnuda se llena de verdor y de velas encendidas. Y bajo las estrellas nuestro amor de pies descalzos se transforma en el mejor regalo posible.
La música de la orquesta casi es un susurro, pero sólo oigo el vals de su respiración y la mía. Cae la escarcha sobre las velas que se van apagando una a una, pero sólo veo el brillo de su mirada en la mía. Cesan los pasos de baile y nuestros pies descalzos se encuentran unos junto a los otros perfectamente alineados y descansados. Todo ha sido un sueño, un ensueño nacido de bailar juntos, muy juntos, y de estar entre sus brazos.
Bajo las estrellas no necesitamos más que nuestros corazones enamorados para tenerlo todo.
En la noche de marzo yacemos juntos. Uno al lado del otro.
Silencio.
La respiración suave del que se queda dormido. Y el latido de mi corazón agitado.
Tiemblo por lo que puede pasar. Me estremezco por el futuro. Pienso en lo que puede ser, en lo que ocurrirá, en los fallos que habrá, en los errores en los que caeremos, en los malentendidos.
Me muevo en la cama. Tú permaneces impasible.
Pestañeo. La luna entra a raudales por la ventana abierta. Qué calor tan inusual para marzo. Echo en falta la lluvia.
Sé que tú también, pero pareces amoldarte a todo. Te entregas al día a día con tanta facilidad, que deseo tenerla, que quisiera poseerla para que confiaras más en mí. Y en esto que empezamos juntos.
El viento refresca la habitación. Se cuela por la ventana entreabierta. Y yo me cubro con el edredón. Tú sonríes. Y dejo de respirar por un momento.
Mi corazón se detiene. Mis pensamientos dejan de fluir. Tienes el don de darme calma.
Echas un brazo por encima de mí y me atraes hacia a ti. Siento el calor de tu piel, el aroma de tu cercanía.
Me abrazas. Y cierro los ojos. Y respiro suavemente.
Por ti el mundo cambia. Por ti el corazón late al revés. Por ti no me miro al espejo para no sentirme perdido. Por ti dejé de pertenecerme un día.
Por mí dejé de mentirme. Por ti dejé mis cadenas detrás. Y fui libre.
Hasta que caí en tus brazos.
Por ti despierto cada mañana. Tu peso cerca de mí, la huella de tu perfume y la señal de tu cuerpo a mi lado.
Por mí la alegría de amarte y de dejarte entrar, hasta lo más íntimo. Y saberte único, lejos pero cerca, como una sombra que asombra y un rumor que acaricia.
Por ti mis labios están en mis manos. Y cada dedo es un beso que te acaricia la espalda, que te masajea el cuello.
Y por mí el mundo se expande hasta hacerse bello.
Tú eres mi mundo. Y por mí el mundo es de plata y oro.
Te quiero. Te deseo. Te sueño.
Y por mí todo es infinito. Y rompe la ola del tiempo a tus pies.