Las gotas se deslizan como caricias sobre la piel.
Tu piel.
Tu espalda libre.
Y mis dedos como labios besándote.
Apenas puedo abrir los ojos. El sueño del cansancio me conquista.
Y el amor saciado.
Dos en la carretera del deseo, recorriendo kilómetros de amor.
Y la chimenea encendida, puro fuego que abraza la leña consumiéndose ambos en el ardor.
Como tú y yo.
Y un guiño me saluda rojo y azul, como tu vida.
Y me quedo mirando ese punto de luz, ojos que me miran con la intensidad de la primera vez.
Como tus ojos cada vez que nos vemos.
Y resoplo. Y extiendo mi brazo buscándote en el mar de las sábanas.
Y aquí estás. Hecho un ovillo, a mi lado y fuera de mí, siendo tú.
La lluvia afuera lo empapa todo. Como tú adentro todo lo humedeces: mi mirada, mi boca, mi cuerpo desnudo.
Lleno de ti.
Entre la lluvia y tú la noche vaga serena. Y el sonido de las gotas al repicar en la ventana y el sonido de tu respiración profunda acunan mi sueño, me relajan y me hacen sentir feliz.
La orquesta parece cansada. Lleva tocando casi toda la noche.
Y qué noche. Templada de estrellas, con la luna tatuándose en tu piel. Y tus ojos entristecidos y pálidos, con el corazón enredado en tus pestañas.
Casi no nos hemos hablado en toda la velada. Decidimos no decir nada a nuestros amigos para no arruinar el momento, que no es el nuestro (¿cuándo ha sido el nuestro?)
Pero no podemos ocultarlo, o al menos tú no lo has intentado siquiera.
Tú y yo, con tanto en común y tanto amor, parece que ni siquiera nos conozcamos. No me ofreciste un sorbo de tu copa y el champán se calentó en la mía. No sé si te diste cuenta, pero los demás nos miraron raro.
Empleaste monosílabos cada vez que te dirigías a mí. Como si una oración completa significase una rendición en esta batalla absurda en la que nos hemos enfrascado.
Yo intenté mirarte toda la velada, entre la comida, el alcohol, la música y el aire. Y tú esquivando todos mis movimientos, distrayéndote con esto o aquello, fuese importante o no. Desdeñando mi corazón como nuestra vida en común.
Hasta que empezó la orquesta a tocar.
Has bailado toda la noche mirándome con cierto desdén. Y mis pies se morían de ganas de lanzarme a la pista y atraerte a mí. Y mis labios secos de ti y esas ganas locas de abrazarte una vez más, arrebatarte al orgullo y limpiar las heridas que nos hemos hecho y que pareces recordar tan bien.
Y he sido un tonto. Jugando contigo este juego de malentendidos. Toda la noche perdida entre el silencio, el orgullo herido y la pasión que aún nos consume, lo sé.
Pero ya no más.
Es la última melodía, la última canción. Y te he pillado en volandas antes de que pudieras marcharte. Y no te has resistido.
Siento tu calor, siento tu cuerpo moldeándose con el mío. Y la música es una compañera del amor, lo sé muy bien.
Siento tu fuerza abrazando a la mía, y tus intenciones con tactos, y tu silencio callado con una sonrisa entre los labios. Y nos miramos mientras la orquesta toca un baile más.
Y nos acercamos así, lento muy lento, y no nos decimos nada, que ya nos hemos dicho de todo. Y tu corazón y el mío que saltan mecidos por una emoción extraña, olvidada en el patio de atrás, evocada por el baile, arropada por la música…
Tú y yo, con tanta historia contada y tanta por contar, con amor de ida y vuelta, con almas que se tocan y deseos que se despeñan, nos entendemos tan bien y todo parece tan sencillo cuando estamos juntos, abrazándonos así mientras el mundo se detiene; danzando entre la oscuridad plateada de la luna un baile más…
Y todo termina y todo parece volver a empezar. Siento que muero… Pero tu boca se acerca a la mía y susurra un instante más… Y me besas, y revivo con tu sabor y me aferro a tus brazos líquidos y respiro de nuevo, atraído por el mundo de tu corazón y el mío, que pareció quedarse atrás.
Mañana el mundo girará otra vez. Un día por el año, unas horas por el día.
Hoy parece que todo se detiene. Los sueños, las lágrimas y las ideas.
Quedan los sentidos libres y el peso de nuestros cuerpos.
Mañana la vida empezará de nuevo. Siempre mañana.
Pero yo no quiero que llegue mañana. Quiero sujetarme a ti, sentirte tan cerca que respiremos a la vez, que cerremos los ojos y nos besemos callados, sin voces, sin palabras.
Mañana llegará y te amaré más. Porque en el nuevo día siempre hay más.
Pero yo quiero todo lo que tengo hoy. Mis manos llenas, mis piernas entre las tuyas. Quiero sujetarme a tu posta, sentir que fluye el corazón abierto y que llega a tu pecho, cerrado de besos.
Mañana siempre es una promesa. Un lo que vendrá.
Hoy te tengo, hoy estás aquí. Y no me importa esperar el futuro, porque lo tengo junto a mí.
Mañana, mañana vendrá y ya se verá. Cómo afrontar los problemas, cómo encontrar una nueva forma de vida.
Mientras tanto esta noche estamos juntos, no importa cuánto ni cómo, enredados como garabatos, calientes y flexibles y llenos de deseos y de sueños.
Miro el reloj. Sus esquinas son cuadradas. Y sin embargo las agujas las pasan una y otra vez con una facilidad casi mágica.
Mi vida tiene los bordes agudos.
Dicen que la paciencia todo lo logra. Que la dedicación es necesaria para conseguir lo que deseamos. Eso se me olvida. Porque, como mi vida, mi memoria está llena de aristas, y recordar me hace daño.
Hubo un día en el calendario en el que estabas tú. Y el mundo era una elipsis, una curvatura sensual. Estaba tu espalda, que era un monumento, y tus labios, que sabían a sal.
Hubo un mes en el que estabas tú. Y las noches eran maravillosas, abrazados y enredados como garabatos sin final. Estaban tu pelo de ceniza y tus ojos ansiosos, las manos de espuma, y las sábanas de cristal.
Hubo un año en el que estabas tú. Y estaba yo. Y el mundo era un pañuelo que llevábamos al cuello, tú y yo, lleno de besos y de caricias, y de amor. De un amor especial, mío y tuyo o algo así.
O algo así que éramos yo y tú.
No recuerdo cuándo tu amor comenzó a dolerme; cuándo noté el paso del tiempo. Y me abandonaste. Te fuiste una tarde sin decir adiós y el reloj se detuvo en su esquina cuadrada y los días dejaron de fluir lo mismo que tu amor.
Y sé que el tiempo sigue corriendo. Las horas pasan y los días mueren y los meses caen del calendario como las hojas de los árboles y como las rosas marchitas. Y sé que el tiempo todo lo cura, desde la cordura hasta la sinrazón. Que la dedicación tiene sus frutos y la paciencia todo lo logra. Y que todo llega a su fin
Yo eso lo sé. Pero quién se lo dice a mi corazón, lleno de espinas, en las que tu olor está enganchado, y el recuerdo de tu voz y el calor de tus dedos… ¿Qué día, qué mes, qué año será aquel en el que no te recuerde, aquel en el que no evoque el sonido de tus pisadas al llegar, el peso de tu cuerpo al levantarte de la cama, la mirada delicada de cada despedida?
No lo sé.
Dicen que el tiempo todo lo cura. Todo. Menos el amor que aún siento por ti.
Por lo que sabemos, mañana llegará y nos separaremos.
Iremos cada uno por caminos separados. Seguiremos en contacto y quizá nos veamos para un café rápido o una palmada en la espalda.
Por lo que sabemos, esto es un sueño. Juntos aquí, en esta ciudad desconocida, conociéndonos lentamente, con las prisas de la primera vez. Todo es nuevo. Tu piel, la mía; el olor, la tacto, el hambre, la búsqueda, y también el placer.
Juntos aquí tras muchos intentos, muchas pruebas. Juntos muy juntos, piel con piel, tanto que ni nos separamos para cenar, comiendo de tu mano, bebiendo de la mía.
Hemos descubierto nuevas puertas, hemos horadado campos ignotos y salvajes. Tu valentía, y la mía, y todo junto: corazón, pechos, piernas, manos, idos y venidos, dentro y fuera de un mundo único que hemos construido, ladrillo a ladrillo, tú y yo en estos dos días llenos de besos.
Besos con sabor a piel, a tacto novedoso y sin embargo tan antiguo como esta hermosa ciudad que nos acoge como a amantes secretos.
Durante dos días nos amamos sin haber sido nunca amantes. Por dos días el mundo se detiene en el dintel de nuestra habitación y no hay alba, no hay atardecer que rezume en la ventana abierta al frío otoñal.
Qué bella esta ciudad que has escogido para vernos. Qué belleza hay en tu mirada y en tu sonrisa pícara. Y en tus manos y en la solidez de tus piernas.
Por lo que sabemos esto es un sueño. Y los sueños se acaban. Como se acaba la vida.
Por lo que sabemos, esto puede no ser más que un espejismo y mañana todo habrá acabado.
¿Y qué, mañana? Mañana puede que nunca exista, o que llegue puntual en la curva del reloj.
Mientras tanto tú sobre mí, yo sobre ti y la noche abrazados y el día acurrucados en el lento mecido de nuestros cuerpos, escondidos entre pieles, sábanas y champaña. Y amor. O un sueño de amor.
a Sergio Fernández, que hizo que recordase lo maravillosa que Sade es.
Tú lo sabes tan bien como yo. Sí: sabes casi todo de mí.
Sabes que yo no lo haría. No me iría dejándote solo. Que no lo haría así dejara de quererte como te quiero.
Como podemos querer.
De muchas formas. Y de todas ellas parezco amarte. De lado, de frente, de espaldas. Con los olores y las lenguas, y las manos ocupadas y las bocas cerradas.
Así quiero. Así te quiero a mi lado.
A tu lado encuentro sentidos que antes perdía; a tu lado enfoco detalles borrosos y siento sentir el latido de mi corazón. A tu lado sé que el mundo se rinde al roce, que la caricia se desborda y llega la pasión, y después la calma y el peso de la piel y el aroma de la respiración.
Me quitas el aliento. A tu lado todo parece de cuento. Y no amarte sería una locura, tanto como dejar de hacerlo.
Y sin embargo…
A tu lado hay silencios. Y aunque quisiera entrar, hay puertas prohibidas. Tus ojos se cierran y tu boca se seca. Y aunque quisiera sanarte, tu corazón huye de mí. La mano que se posa en mi pecho pesa un siglo y aun así es ligera cuando sonríes y todo parece quedar atrás.
A tu lado el mundo es un constante vértigo. Yo no me aburro a tu lado.
Y sonríes cuando te digo estas cosas. Y me dices cosas que me hacen reír. Nos entendemos: casi lo sabemos todo de los dos. De los dos cuando somos uno, y de cada uno en su mundo cuando el silencio llega, el arrullo cesa, la respiración se aquieta y la transpiración se evapora.
Tiemblas cuando no estoy cerca. Y yo te extraño.
A mi lado pareces ser feliz. Porque eres tú. Sin exigencias, sin contratos, sin vanas palabras.
A tu lado parezco ser feliz. A tu lado nada parece ser importante, las horas fluyen, los días pasan y la madurez llega y la lucha a veces y también la calma.
Cuando te sientas débil, cuando la sensatez sea demasiada o el arrojo te falte, búscame con la mirada: estaré a tu lado.
Cuando el día se haga pesado, cuando necesites recobrar el aliento y una caricia escondida y la más ligera sonrisa, búscame con tu mano: estaré a tu lado.
Cuando no sepas adónde ir, te llamaré. Cuando creas que me he olvidado, te buscaré. Cuando tu mundo parezca detenerse, te daré mi calor.
Siempre estaré a tu lado para hacerte feliz. Como tú me haces a mí. Sabiéndonos y olvidándonos, para volver a empezar una y otra vez.
Los días han ido cayendo. Uno detrás de otro. Como quien no quiere la cosa.
Y ya van dos meses.
Silencio.
Sesenta días de silencio. Ocho semanas de vacío.
No estás en mi cama, no estás en mi casa. En todo a mi alrededor hay un hueco que grita tu nombre, que busca tu esencia, que intenta atrapar tu recuerdo. Porque hasta la memoria se olvida cuando no estás.
Tanto tiempo sin saber de ti. Antes que lo sabía todo: vivías aquí, dormías aquí, respirabas aquí. El sabor de tu piel, el sonido de tu pelo, el suave ronquido de tu sueño. Todo. Y ahora nada. Ni un saludo, ni una llamada.
Tenías dudas. O problemas. Conmigo. Sin mí. O contigo, o por ti.
Yo no.
Y te pregunté porqué temías, qué hacía tu inseguridad en el ancla de nuestro lecho; cómo tomabas por pasajero el río de mis besos y que te sujetara la mano al dormir y que te escuchara hasta el alba sin sopor ni incomodidad. Y no supiste contestarme, salvo yéndote. Y la pregunta quedó aquí, en el aire, en el espacio vacío que dejaste.
Respóndeme, amor. No más silencio. Que hasta los hiatos son más breves; que toda distancia aniquila el misterio, y el amor sin amor muere.
Y aunque no quiero morir desfallezco por tu ausencia. Y mi esperanza se marchita con tu silencio.
Dos meses ya. Los días han ido cayendo uno de tras del otro. Y sigo aquí, solo.
Respóndeme, amor, para dejarlo todo atrás: este paréntesis ingrávido, este amor que sueña o un corazón roto.
El mío por ti, amor. El mío, amor, sin ti, y con tu silencio.