Envía(me) algo de amor/ Send Me Some Lovin’.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   a Lili, que quería un cuento con un tritón morocho. Y a Cris, que le encantó la idea.

Send Me Some Lovin’. Sam Cooke.

   Bajo todos los días a la playa. Es una cala pequeña que casi nadie conoce. La casita que alquilo todos los años está ya muy desvencijada, pero tiene salida a la playa. Puedo aguantar el ruido de las tuberías y que funcione a ratos el aire acondicionado. Este año me he traído un ventilador. Porque la casita tiene salida a esta playa casi desierta de arena rubia llena de conchas de berberechos y almejas. Antes nos dejaban sacar algunas; total, aquí nadie viene a mariscar. Pero ahora está prohibido. Como muchas cosas. Somos una generación que prohibe; quizá en compensación a haberlo tenido casi todo. O eso nos han dicho. Puede que tengan razón. Ya no lo sé. Lo único que sé es que durante quince días el sol, la arena, el mar y yo jugamos a gustarnos sin casi estorbos.

   Con esto de las inmobiliarias y la construcción temí que estropearan mi pequeño paraíso. Aunque esperaba que el dueño le hiciese un arreglo. Pero por lo que me cobra creo que me está haciendo un favor. Se lo he dicho y me sonríe el señor Pedro, como si no tuviese nada más qué hacer. Es majo como las pesetas. Las rubias, no este sucedáneo que tenemos ahora, todo más caro y más hueco, ya nada tiene el valor que tenía antes. Antes del euro, claro, que tampoco soy un vejestorio. Quiero decir que apenas tengo treinta, que trabajo y doy gracias de rodillas por eso, y tengo mis vacaciones sin paga extra, que parece ahora que todos en este país cobramos catorce pagas al año, que va a ser que no. Pero vaya cosa con los funcionarios. Así en plural y en conjunto, que hay quien no lo merece, que se han quemado las pestañas o han tenido suerte por estar ahí, y mira ahora. Bueno, tampoco es que estén tan mal. Sólo tienen que aprender a vivir con la incertidumbre de cobrar lo que se trabaja. Y eso no se lo deseo a nadie. Yo ahorro como una hormiguita para estos quince días; porque en la oficina lo que no hago no cobro y estando de vacaciones no entra nada en la hucha; ya me llega que esté siempre vacía. Eso es duro. Todo parece difícil. Por eso me reservo esta quincena, que es la mejor del mundo, y como no me importa si llueve o hace sol, si las tormentas arrasan o hay huelga de controladores, pues tanto me da. Una vez tenía todo preparado para un viaje: tres días a Roma. Entradas sacadas por internet para no hacer colas; un pastón invertido. Y llegó el día y estos servidores de la patria se apoderaron del cielo de España como si fuese un kleenex, y todo a la papelera. Ya ni me molesté en llegar al aeropuerto. La cola llegaba al fin del mundo. Menuda gracia. Así que nada, aprendí la lección. Mi casita de la playa quince días y listo. Mi cala con su mar eterno en la orilla, y las mariscadoras con su mal carácter prohibiendo porque está de moda prohibir, y los pocos berberechos y las perezosas almejas están aquí bajo la arena haciéndome guiños invitadores. Qué mala baba.

   Pasé la primera semana en solitario. Bajo tempranito, que me gusta mucho el sol de la mañana. Mi piel algo crispada por la niebla se siente feliz con ese roce suave como un beso largo y sabroso. De esos que parecen no existir de tan raros; ahora tenemos prisa, lo queremos todo para ya; con lo que a mí me gusta tomarme mi tiempo y que me besen y besar lentico hasta que se seque la saliva de la lengua e irla a buscar a la boca deseada… En fin.

   Me gusta el sol de la mañana porque no pica. Y porque los médicos dicen que no hace daño. También decían que el pescado azul era insano y que el aceite de oliva era un veneno, y mira ahora. Pero bueno, en esto del sol parece que están de acuerdo al menos por ahora. En Australia, que de sol saben bastante (pero no tanto como nosotros, que llevamos miles de años en esta península única), se untan de protector solar hasta los pensamientos; debe ser por eso que son de risa fácil: porque están protegidos y felices. Tan rubios que centellean, oye. Tan rojos que dan ganas de comérselos como un buen bogavante cocido… Pues eso. Me levanto temprano, que mi reloj biológico me da una lata sólo comparable a los mosquitos y al calor; desayuno algo y me bajo con mi toalla, mi tableta, los cascos, el protector 300, una botella de agua, un par de piezas de fruta, un sombrero, unas gafas de sol y una silla todo así en una mano mientras que con la otra intento no caerme por la rampa de piedra empinada que separa la casita de la arena. Cuando hundo mis pies en esa suave tibieza se me pasa todo. Creo que es una estupidez, porque tardaría sólo diez segundos en buscar algo dentro, pero una vez que me instalo me gusta quedarme como una seta. Tengo esas manías como otros tienen las suyas.

   Y me quedo así al sol, como seguro que los lagartos hacen, apenas moviéndome de un lado y de otro, vuelta y vuelta como una costilleta. Y paso por todos los colores posibles: del blanco nuclear al rosado tenue; del rojo bandera al tostado suave, para acabar en un color claroscuro que me ilumina la cara y me saca las ojeras y me hace sentir salobre a veces y muy saludable.

   Por las mañanas no suele haber nadie. Los niños duermen hasta tarde sin colegio; los padres duermen los excesos de la noche anterior; y los abuelos se afanan en tener todo listo para la comida. Es decir, momento ideal de playa callada, llena de poesía marina, de brisa y de sol. Por la tarde alguno se aventura hasta aquí. No niños, me caen bien pero los quiero lejos cuando estoy en la playa; no sé cómo hacen, pero acaban con la quietud que busco. Que si gritan, que si se pelean, que si se meten al agua, que si juegan, que si lloran. Un no parar. Y casi siempre hay una madre hastiada (¿por qué los tienen, me pregunto?), un padre en estado catatónico por la falta de fútbol y de excusas para largarse de allí a fumar, tomarse unas cervezas o hablar de mujeres que nunca pasarán por sus manos; y algún abuelo con espíritu de tiempo ido que sabe de sobra lo que tiene que hacer pero que pasa de todo y le da rienda a los niños, que para mimarlos los ha puesto Dios en el mundo. Y así están las criaturas mal educadas, que no las soportan ni su sombra, para que después nos quejemos de cómo va el país.

   Esta cala tiene su encanto. Porque está casi sola y casi nadie sabe de su existencia. A veces llegan un par de chicas más y se echan sin preocupaciones sobre la arena cálida. Y se quitan todo y se abren como flores al contacto del agua. A veces me entra el pudor de que me vea alguien, pero nadie me conoce (espero) y allí mismo me quedo en cueros para notar sin artificio la magia de la playa en mi piel. Después me arrepiento, porque tengo arena en lugares inimaginables, y a veces alguien encuentra algún grano que me queda olvidado. Hay cosas peores, pero tampoco es plan. Cuando vienen chicas, habitualmente de a pares, todo son risas y un no parar de hablar; no suelen traer modelitos, porque allí no las ve nadie; son prácticas, como yo; no tanto como si son chicos, claro, que si vienen en pareja es fácil saber si son pareja: acaban siendo fotocopias uno del otro; cuando veo a gente así me pregunto hasta dónde puede alcanzar nuestro narcisismo. Quién sabe. Cuando son amigos suelen dejar sus cosas con poco cuidado, se quitan todo lo que les estorba y se tienden sin mirar donde mejor les venga; si son deportistas comienzan a correr o a jugar a la pelota; si son más tranquilos, sacan sus artilugios electrónicos y, aparte de hablar de chicas, poco más se dicen. Un año hubo dos que se hablaban por el teléfono y hasta jugaban una partida de no recuerdo qué. Fueron la compañía más silenciosa que he tenido en años, excepto cuando alguno cometía un error o perdía: desde entonces sé porqué existen los efectos especiales en el cine y porqué no voy al fútbol.

   Esta cala tiene su encanto. Y es su soledad. Y su belleza serena. Y los atardeceres más bellos que existen.

   Por la tarde, me duermo la siesta babando la toalla. Huele a mar. Y el rumor del oleaje es un arrullo que parece una canción de cuna y una caricia. Y la arena está llena de plumas y la brisa suave acaricia y besa y envuelve. Y pongo un parasol debajo del cual me paso las horas leyendo y soñando y suspirando y deseando que todo lo bueno que hay en la vida venga a tocar mi puerta algún día.

   Un año me traje compañía. Nunca más. Nada peor para una pareja que un viaje a ninguna parte. Se fue de aquí antes de una semana. Y fue mejor. El resto del tiempo me la pasé llorando por semejante elemento, como si valiese la pena. Aunque de aquélla me parecía maravilloso. Pero no lo era. O no lo suficiente. No le gustaba el calor, ni la arena, ni las conchas que le picaban los pies, ni la falta de aire acondicionado, ni el silencio lleno de oleaje de este paraíso. No teníamos casi nada en común. A veces estamos con alguien por no estar solos, o por parecer maduros y estables, o por no estar con nosotros mismos. Puede que me pasase todo eso cuando andábamos juntos. Sólo estábamos de acuerdo, y no siempre, en el catre. Así, durmió en le sofá hasta que se cansó y yo me pasé el resto del tiempo llorando mi orgullo y mi soledad. El tiempo se apiadó de mí y llovió todo el resto del tiempo; el mar se tiñó de gris y la arena de bronce, y comí más berberechos que nunca y almejas con fideos, porque si ya no venían a mariscar de normal, con aquel temporal de perros tenían más excusa. Cuando se acabaron los días se me secaron las lágrimas. Según me contaron, aquel año llovió hasta las ganas por esta zona: el recuerdo de las lágrimas que se me olvidó llorar cuando volví a mi vida de siempre.

   Por eso me gusta esta cala hermosa: porque casi nadie viene. Pero desde hace dos días, todas las tardes un hombre aparece como de la nada. Pasa por detrás de mí y, cuando se muestra a mi vista, sólo veo unas piernas morenas interminables con un andar de atleta, y una espalda para esconder un millar de besos, y un pelo negro ensortijado con la brisa y la sal. Sobre las seis o las siete de la tarde. Camina por la orilla hacia arriba y hacia abajo, y el mar parece que se aparta para dejarlo andar, hundiendo esos pies perfectos en la arena húmeda y tierna. Y su perfil de estatua parece triste, y callado exhala el aire que respira con una facilidad de aparición. De tan bello que es, se me escapan suspiros mudos. La primera vez que lo vi se me fueron los ojos y se me cayó la tableta; se llenó de arena,  y sólo cuando se fue me di cuenta y casi se estropea. Y qué haría yo sin libros, sin música, sin conexión al mundo. Ahora dependemos de un artilugio electrónico hasta para ser personas. En fin. La primera vez que le vi quise hablarle, pero su semblante me retrajo y me dediqué a observar su belleza, como su tristeza, ir y venir, y contemplar cómo el mar retrocedía a sus pasos, y al sol besar caído el rubor tostado de su piel. Su caminar elástico, sus hombros enormes, su pecho profundo. Y su silencio de tumba.

   Ahora sólo se me pasan las horas para verlo llegar. He asustado a tres niños que pretendían fundar un campamento aquí; y a sus padres les he dicho de todo para que los tengan castigados al menos una semana: el padre me miró con cara de agradecimiento, que así podría dormir la siesta en paz, y la madre de contrariedad: a ver quién los soporta ahora en casa. Para la próxima vamos a un hotel con piscina y se acaban estos numeritos, la oí refunfuñar por lo bajo. Por la noche rezaba para que nadie más viniese a estorbarnos en la paz que se establecía entre nosotros, el mar y el sol; y mis ruegos parecen que hacen efecto, que ni un alma se asoma cuando él llega. No sé si echa un sortilegio cada vez que aparece, que bisbisea no sé qué cosas con esos labios carnosos que nunca me agotaría de besar, porque es llegar él y nada se altera, nada salvo mi corazón, claro, pero él parece no oírlo. Menos mal.

   Y estamos juntos hasta la llegada del atardecer. A veces se distrae con las conchas de la arena, y cuando se sienta, una bendición me recorre por el abdomen y me llena de chiribitas las mejillas; al levantarse, parece un milagro, largo y eterno, con ese torso de estatua y esas piernas de corredor. Y me imagino sus abrazos, y me siento entre sus brazos con sabor a sal, y un calor parecido a una sonrisa me llena la boca y se me saltan las lágrimas de sólo placer. Y vuelve a caminar ese sendero acuoso, las olas mansitas besándole los pies como si fuesen mis propios labios, y el sol tatuándose en esa piel morena y elástica, como de cuero nuevo o de goma.Está triste y está solo. Y sus ojos parecen esperanzas llenas de luz, que se pierden el horizonte esperando a alguien o un no sé qué. Suele irse antes del atardecer, como si le recordase algo que le resulta doloroso o que no quiere afrontar. Y cuando se va deshace sus pasos y parece que no me ve, bisbiseando sus embrujos con esos labios de besos eternos y desaparece sin más tras de mí casi sin ruido y sin esperanzas. Y tardo en echar la vista atrás por si es una aparición y quiere chuparme la sangre o vaciarme el vientre o algo así. Y cuando lo hago, no hay nadie, salvo el rastro de su perfume marino, y las huellas de sus pies enormes entre la arena y el mar.

   Pero esta tarde es distinto. Sus andares de atleta son más lentos; su espalda más erguida; ese pecho de mundo y medio lleno de la caricia del sol, desnudo y radiante. Pasea poco a poco, sin prisas por ir a ninguna parte, y el mar le besa como yo le comería cada uno de sus dedos, y piensa con los ojos puestos en el mar insomne. Su camiseta se desprende de su bañador y cae en la orilla húmeda. Pero no la recoge. Sigue pensando en no sé quién, y pronuncia un nombre ininteligible para mí. Yo dejo los cascos que me pongo para parecer que no me entero de su presencia, y apago la tableta que me estorba su luz al atardecer. Y su espalda de estatua se queda quieta entre mis ojos y el ocaso, que llega rasgando el cielo con un lamento triste. Y el sol tiñe de rosa y oro y azul oscuro el cielo que nos cubre, y el mar adquiere un tono de palta al rozarle el cuerpo y las intenciones. Consigo oírlo por primera vez. Su voz oscura, profunda, como una caricia callada, como un secreto. Y el rumor de un ruego, el lamento de una esperanza vana.

   Y le entiendo.

   Espera algo del amor, como yo de la vida. Y yo sé que es él, pero él no se da cuenta de mi presencia.

   En una mano tiene algo. Parece redondeado, pulido. Y parece que brilla por un momento, cuando un rayo de sol se cuela en su muñeca. Como sintiéndolo, abre la palma. Es una piedra. Y se la queda mirando con esos ojos soñadores, el pelo hecho un revuelto de sol, mar y viento. Espera un momento justo, cuando las gaviotas retornan al nido y se recortan entre el horizonte encendido y nosotros. Sopesa la intención. Tensa ese cuerpo de mora. Y lanza la piedra lejos, muy lejos, hasta donde la vista se pierde y se hunde. Y suspira.

   Yo no respiro.

   Unos segundos después, parece que se da cuenta de su desnudez. Recoge la camisa empapada unos metros detrás de él. Y cuando se agacha, desde su altura parece que repara en mí. A mí casi me da algo. Casi me trago el corazón. Lleva la camiseta empapada e intenta secarla un poco. Mira para ella y sabe que no puede ponérsela: está llena de conchas, de algas, de arena. Me ofrecería a lavársela, le ofrecería una de repuesto, pero me gusta mucho su desnudez, y la libertad de esa piel le sienta mejor.

   Da unos pasos, otros más. Sé que se va. Conozco sus andares; me lo sé de memoria. Con los ojos cerrados dibujaría su sonrisa brillante, ese hoyuelo en la barbilla, los labios llenos de carne y la caída de las cejas morenas y hermosas. Con el sol ya casi hundido en el mar y las sombras llenándolo todo.

   Pero cuando pasa cerca de mí se detiene. Y hace que me ve. O hace que se acerca. Y en un suspiro su rostro de belleza aparece debajo del parasol. Y me sonríe. A mí. Y parece un universo que gira al revés. Y su blanca dentadura y sus ojos negros me saludan. Cabecea y el pelo revuelto le cae por los ojos. Los aparta con un ademán. Y sonríe de nuevo. Y la camiseta hecha un lío en una mano, y en la otra mi corazón.

   – Buenas tardes -me dice. Y el mundo deja de moverse por un instante-. ¿Podría decirme qué hora es?

   Y se sienta a mi lado como si nada. Y como si nada le contesto y le invito a cenar. Y acepta encantado. Y todo me sabe a mar.

Viejos amigos/ Old Friends.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside

   Todo pasa. El amor que creíamos infinito llega a su fin. La decepción juega en nuestra contra. Y la lluvia llega y la soledad también.

   Y como viejos amigos, cuando el amor acaba y estalla a mis pies el mundo que creía maravilloso, estamos sentados juntos; como viejos amigos que somos, oye mis cuitas como rosarios sin fin y asienta con la cabeza y me sonríe a veces y me dice siempre, siempre cuando yo le repito que nunca más: Lo volverás a hacer.

   Y lo hago. Me enamoro, me entrego, me acorazo, me olvido, y todo vuelve a empezar. El dolor de la pérdida, el riesgo del abandono, la llegada de la soledad.

   Y volvemos al café donde nos encontramos y escucha de nuevo mis letanías, mi constate hambre, una búsqueda que parece no tener sentido: la vida es tan extraña, la gente cambia, nada permanece. Menos nosotros dos, y el camarero que nos observa con cara de otra-vez-están-aquí.

   Como viejos amigos me escucha. Le pido consejos que sabe que no oiré, y me tranquiliza oír su voz siempre firme, como si nada perturbase su día a día, el color de sus mañanas.

   Hasta que, ya pasado tantos años que ni recuerdo, me toma de la mano y me dice que me quiere, que me quiere muchísimo, pero que no me lo había dicho antes porque la vida es extraña, la gente cambia, nada permanece, excepto nosotros dos. Y yo seguiría siendo el mismo mientras esperaba que me diera cuenta, así como si fuera tan fácil, que aquello que buscaba en todas esas camas, en todos esos abrazos, lo tenía desde el principio en sus brazos, en su quietud, en la serenidad del que escucha y del que dice lo que piensa sin temor a ser reprochado e incluso a ser escuchado.

   Pero hoy caí en la cuenta que la vida es extraña, que el amor es caprichoso como una semilla al viento, que la gente cambia, que nada permanece, menos nosotros, viejos amigos.

   El bar está por cerrar. El camarero lleno de polvo nos mira con cara cansada. Espera que despierte de una vez y que vea cuánto me ama con ese amor callado que habla día a día y que yo no escuchaba, porque la vida es extraña, nada permanece y la gente cambia, excepto nosotros.

   Viejos amigos que se cogen de la mano y salen a la lluvia y a la intemperie. Y que no volverán a hacer lo que acostumbran a hacer nunca más.

Alguien que vele por mí/ Someone to watch over me.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Someone To Watch Over Me. Linda Ronstatd & The Nelson Ridlle Orchestra.

   No tiene que ser muy guapo. Tampoco muy bajo ni demasiado alto.

   Ni my delgado ni muy gordito. Así, normal.

Puede tener los ojos claros y ser miope; puede no ser muy rico; puede ser simpático y callado. O hablador y parrandero.

En la noche quizá ronque un poquito (todos lo hacemos). Y puede que vaya girando imperceptiblemente hasta el borde de la cama. Puede lanzar sus brazos a buscarme o puede darme la espalda y tocar el universo con nuestros cuerpos.

Por el día quizá esté muy ocupado y hasta sea un tanto despistado; puede que se le quede algo siempre, o las gafas o la cámara o un jersey.

Pero llamará para saber dónde estoy. Pero se acercará al oído para susurrarme un hola, un cómo estás.

Y en las reuniones tediosas, sin decir palabra, alzará la mirada y sabrá decirme que nos marchemos de allí.

Y me abrazará mientras vamos uno junto al otro, en silencio, hasta casa. Y le hablaré de lo que no le he dicho nunca a nadie y sabrá cómo entenderme, o al menos fingirá que me entiende: todo lo que el amor hace por aquel que queremos.

Y llevará la billetera que le regaló su prima la estrambótica; y cocinaremos platos de casa, que para exotismos ya está la calle llena de restaurantes. Y vendrán nuestros amigos, nuevos y viejos, a echarse al sofá, a ver televisión, a charlar sin sentido sobre todo lo que ocurre en el mundo; a pontificar sobre política; a ahondar sobre el amor, el desengaño, el milagro de la vida y la marcha de la vida; sobre el trabajo y sobre el placer. Y se sentará cerca y me tomará de la mano apenas sin tocarme; y hasta le sonreirá a mi tío el pesado. Y preguntará con interés por mis padres y yo por los suyos; y los llevaremos al médico; y sus sobrinos vendrán en Navidad a buscar sus regalos; y en verano, en la playa, jugaremos a los castillos, a las batallas, a recordar cuando fuimos gimnastas o algo parecido, y queríamos ser astronautas o camioneros, o vedettes de revista o médicos o ingenieros.

Puede que no sepa contar un chiste. Pero de su boca todo lo que salga me hechizará porque me importará lo que le pase por la vida, por la cabeza y por el corazón.

Puede que, de mañana temprano, no diga gran cosa; no importa, no quiero discursos a horas tan extrañas.

No tiene que ser un manitas; yo tampoco lo soy. Pagaremos para montar una lámpara y vendrá el instalador del internet unas cien veces porque no sabremos darle al botón de encendido, o extraviaremos la clave de la red inalámbrica; o durante una maratón de películas nos perderemos las mejores escenas por querer imitarlas (mal) en la vida real.

Y será brillante y será un planeta habitado y será todo lo que necesite que sea; estable, concienzudo, irritante, amable, imperfecto, surrealista, sociable, hasta callista si hace falta, y encantador.

Ya veis que no pido poca cosa. Y sin embargo sé que no es mucho: alguien a quien querer; alguien al que cuidar y que acariciar. Alguien que sepa porqué está en el mundo y yo a su lado.

Alguien que vele por mí sin darse cuenta. Y que me quiera con todo su cariño, tal como yo le querré.

Que pasen los payasos/ Send in the Clowns.

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   ¿No es irónico? ¿Cuánta gracia puede tener?

   Quizá mucha, no lo sé. Y sin embargo es lo que hay.

Durante unos segundos miré hacia los lados a la espera de que saliesen payasos, de que comenzase el circo. Pero no apareció nadie, no se movió ni una hoja.

¿No es maravilloso? Saber por fin que eres para mí, tener esa certeza que corta las venas y correr con el ánimo en la boca para decírtelo. Y después de tanto tiempo…

Y llegar y no encontrarte.

¿No es para reír? ¿No es para llorar saber que me he embelesado en mis propios sueños y he llegado tarde?

Tarde para ti.

Que pasen los payasos. Que se rían de mí.

Parece una farsa, una comedia sin sentido. Pero en realidad todo lo tiene.

Me quisiste una vez y yo creí quererte; me distraje con el mundo que brillaba más que tú y tú huiste y nos olvidamos y nos reencontramos de nuevo.

Años pasados y sentimientos escondidos. Y cuando los descubro, corro a buscarte, corro a besarte, corro a amarte. Pero ya no me quieres.

O me quieres pero no me amas.

¿No es absurdo? Pero es cierto.

Que pasen los payasos a reírse de mí. Que yazgo algo inestable, creyendo una cosa, sabiendo otra, amando en soledad.

¿Cómo es posible, después de todo lo que he vivido, que me haya pasado esto?

Lo ignoro…

¿No es para reírse?

Ahora que parezco centrarme, eres tú el que sale volando con unas alas novedosas, preciosas y pequeñas, que te llevarán lejos. Todo lo lejos de mí.

Y yo me quedo aquí. Sin nadie a mi lado. En soledad.

¿No es una comedia? Seguro que sí. Sólo yo creí que me amabas y cuando te lo digo con atropello y balbuciendo tu nombre, me miras y te callas, y dices un nombre que no es el mío y vuelve el silencio.

Que pasen los payasos, que la farsa avanza.

Excusas, cambios de humor, excepciones, vaguedades. A estas alturas de mi vida caer en ese error, pensar en no pensar, creer en el corazón, callar la razón, guiarse por un impulso, cegarse a la realidad, es para reírse.

Que pasen los payasos, que la fiesta ha empezado.

Sin mí.

¿No es irónico? ¿Qué gracia puede tener?

No le encuentro ninguna. Y debe tenerla toda porque ya no tengo quince años y la experiencia que me ha traído hasta aquí parece estar equivocada. Al menos contigo.

Te amo. No puedo negármelo. No puedo negártelo. Y no lo he hecho. Y así estoy, en silencio y soledad.

Y tengo que amarte para dejarte ir. Para que tú seas feliz no debo serlo yo. Y no es tu culpa. Pero tampoco es mía.

¿No es irónico?

Que pasen los payasos, que la farsa acaba de empezar.

Amo. Por fin. Y porque amo, sólo me queda la soledad.

Is not ironic? How fun could it be?

Maybe it has a lot, I do not know. But it is what it is.

For an instant I looked around to watch to come in the Clowns, to the Circus to start. But nothing happened, nothing moved: one heart or one leaf.

Is not wonderful? To know for sure you are the right one for me, having this statement at heart and to run to tell you with my lips in my sleeves. And you waited for so long…

And came and found you were gone.

Isn’t it rich? Is it not to cry out knowing I was lost in my dreams and because of it I was late?

I was late for you.

Send in the Clowns. Let them laugh at me.

It is a Farse, a Comedy, a Tramp. But it has sense, the sense of mistaken.

You loved me once and once I thought I loved you; I get lost in a world that glistened more than yourself, and we forgot ourselves, and we found out ourselves again in the walk of Time.

Years, and hidden feelings, gone by. And when I found out them I ran into you, I ran to kiss you, I ran to love you. But you don’t love me anymore.

Well, you do love me, but not in the way true hearts love each other.

Is not it absurd? But it is crystal clear.

Send in the Clowns to laugh at me. Now that I am instable, believing one thing but knowing another one, loving in Solitude.

How is it possible, after my whole life, to get lost in love again?

I ignore it.

Is it not to laugh at?

Now that I grounded, it’s your turn to fly away with these new, glistening, precious and tiny wings. And you fly away far from me. Far away.

And I stay here. With no one around me. In Solitude. Again.

Is it not a Comedy? It is indeed. Me alone believing in your love, nervous and anxious, telling to you this wonderful news about it and you looking at me, in silence, telling me with your eyes, with your lips, another name that was not mine, and all became Silence again, and my heart stopped.

Please, send in the Clowns. The Farse goes by.

Excuses; changes of heart; little things, vague thoughts. At this time in my career make these mistakes, thinking without thinking, believing in the matters of the heart, blinded the Mind, guided by impulses, to say no to Reality… It is to laugh at indeed.

Send in the Clowns, the party has started.

Without me.

Is it not ironic? How fun could it be?

I don’t find out any reason to laugh, actually. But it must have one reason I can’t find out because I am not fifteen anymore and my experience is telling me I was flawless, at least with you.

I do love you. I can not deny it anymore. Not to me. Not to you. So, I have not. And because of that I am like I am right now, in silence and in solitude.

And I do have to love you to leave you. To leave you to have all the Happiness I am denied to have together. It is not you fault, I know. But neither it is mine.

Is it not ironic?

Send in the Clowns, the Farse is just started.

I do love. At last. I do love. And because I love, now I am surrounded by Solitude and Silence. Again.

Lo que echo de menos/ What I miss the most.

El mar interior/ The sea inside

El mar interior.

El centro, la causa, el motivo/ The core of what we do.

El mar interior/ The sea inside

   Toda vida tiene un motivo, una causa y un centro de los que dimanan las intenciones, los actos, los sueños y los logros.

   Si perdemos ese equilibrio, por lo demás demasiado delicado como para no protegerlo, ¿qué nos queda?

   Me he preguntado varias veces por esto. ¿Podemos seguir viviendo una vida productiva, quizá feliz, si carecemos de un mínimo de estímulo, de razones y aspiraciones que nos impelan a ir hacia adelante?

   Por todas partes vemos vidas a medio hacer, muy inferiores a sus sueños, a aquello que imaginaron una vez. ¿El secreto está en aceptar las circunstancias vitales que nos han llevado a esa situación: la dejadez, las desavenencias del destino o simplemente la mala suerte, y vivir el presente tal cual lo tenemos? ¿Qué es el futuro entonces, si no una entelequia disfrazada de destino? ¿Dónde está el centro de una vida, la causa que la inflama, el motivo que la lanza a conquistar nuevas metas?

   No lo sé…

La vida no es sueño/ Life Is Not a Dream.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

   Dándole vueltas a mi situación vital, que por momentos parece tan alucinada como todo lo que nos rodea, empecé la guardia de ayer.

   La guardia anterior había sido bastante problemática y llena de trabajo. Así que me tocó la labor de continuidad, de pulir los flecos pendientes y vigilar la evolución de los enfermos.

   Uno de esos flecos era un chaval de veintipocos años, accidente de tráfico, con traumatismo craneal y abdominal, que estaba ya en quirófano y que ocupaba la cama doce. Mientras esperábamos su vuelta, repasé todos los demás enfermos e intenté ponerme un poco al día después de un hiato importante de tiempo sin guardias. No es fácil estar en en una situación como la mía, en la que se depende de la buena voluntad de otros para poder trabajar; esa inestabilidad genera una sensación de vacío y de indefensión ante las consecuencias de los actos y de las cosas difícil de describir, pero que desgraciadamente muchas personas vivimos en la actualidad.

   Después de doce años de trabajo más o menos ininterrumpido no me imaginaba estar así. Después de tantos años estudiando, no esperaba estar así. Muchos nos enfrentamos a esto día a día. Y el clima que genera es lo que vivimos y así parecemos estar malhumorados y faltos de esperanza, a sabiendas que nadie resolverá la situación (o al menos no como deberían estar haciéndolo) ni se responsabilizará de ello. Cuando se tienen veinte años o treinta, estas circunstancias se afrontan de otra manera. A otras edades, se lucha además con la decepción, con el abandono de los sueños, e incluso con la certeza de sentirse perdido en un limbo del que es difícil escapar quizá por falta de fuerza o sencillamente por indiferencia y abandono.

   Nada ha salido como lo imaginé. De hecho ahora dudo si alguna vez soñé mi vida. Desde luego, si lo hice, no era así.  Cerrando los ojos veo a un chaval perdiéndose a gusto entre libros, juegos y responsabilidades; después vino el amor y las decepciones que lo secundan; la música que ayudaba a todo, el cine que lo concebía todo, la fantasía que hacía que todo fuese posible porque siempre se podía obtener, hasta que pasó el tiempo. Ignoro dónde me metí todo este tiempo que ha pasado, pero ahora que despierto, parece que estuve imaginando la vida de otro, porque lo que me ha quedado muy claro es que la vida es dura no importa el color ni la sonrisa que le pinten, y que por mucho que nos esforcemos, el pillo obtiene  su puesto y el que se esfuerza, si tiene suerte, también: la vida no es sueño, aunque lo que se sueñe en ella sí lo sea.

   El chaval salió de quirófano después de habérsele practicado una resección intestinal: el golpe había desgarrado parte del intestino y había sangrado dentro del abdomen. Del posible daño que el trauma craneal podría ocasionarle poco sabíamos por ahora, así que nada podía informar salvo malas noticias. Delgado, guapo, con unos ojos color del acero, volvía de una noche de farra como cualquier otra persona de su edad (y de otras edades). Pero ahora estaba allí. Jugando entre la vida y la muerte; sedado, intubado, conectado a un respirador; con sangre en la cabeza, con sangre en la barriga, sin un trozo de intestino, pero vivo. Y en nuestras manos. Verlo y recordarme nuestra situación actual fue todo uno. Mientras firmaba las órdenes de tratamiento me sentía responsable, como las enfermeras y auxiliares y celadores, de esa vida frágil que teníamos entre manos. Cuando fui a informar a la familia, a enfrentarme con aquella madre, con aquel padre preocupados y perdidos, sabía que era el máximo responsable de esa vida en ese momento y que debía asumir decisiones rígidas, probablemente no fáciles, y que era mi deber comunicarlas tal cual eran, para que comprendiesen si pudieran, pero sobre todo para que comenzasen a asumir una situación límite, delicada y cruel. Todo podría pasar, pero siempre había esperanza.

   Nuestro país está enfermo y la diligencia política es la causa, y siendo la causa no se diagnostica, y siendo la enfermedad, no la elimina. Como si yo asumiese que esa familia no debiera saber nada del paciente porque no podrían entenderlo, y yo no me dedicase a atenderlo porque no me siento responsable de su evolución… La vida, que no es sueño, está llena de espejos.

   Cada mes trabajo menos; cada mes se me recuerda que tengo algo de trabajo por la generosidad ajena. Es como vivir pendientes de un país vecino: España y yo somos uno. Por lo tanto la solución es la misma: o nos echan fuera del sistema o nos fuerzan a vivir según ciertas normas, según qué protocolos, intentando no forzar la máquina de la buena voluntad y a la vez demostrar cada vez que se nos deja, que sería un horror prescindir de nosotros, no sólo por lo que significa para nosotros, si no también por lo que valemos para los demás.

   No sé qué pasará mañana. Adónde me llevará esta ventisca en la que se ha transformado nuestra vida. Alguien gana; me esfuerzo en no recordar que siempre hay quien pierde y que, en general, siempre son los mismos. Pero lo que sí sé es que todo pasará. Y aunque la vida no es sueño, y nada, pero nada es como una vez imaginé, aquí estaré, un día sí y otro también, como ese chaval, hasta el final.

   Haciendo lo que tenga que hacer. Es decir, viviendo. Como ese chaval de la cama doce.