Luz de otoño/ Autumn’s Light.

El día a día/ The days we're living

   Me desperté así de repente, sobresaltado.

   Sabes que no soy de siestas. Me ponen nervioso. Es una tontería sin duda. Porque a ti te sientan maravillosamente. Recuperas una energía fabulosa y todo son risas y espabilamientos. Pero a mí me dan dolor de cabeza, fíjate, y me empanan hasta que se hace de noche y se me acaba la tarde haciendo el tonto.

   Pero hoy me ganó la modorra y ese dulce calor que emana de tu piel. Recién comidos, con los sentidos revueltos por el cansancio y la dulzura de tu compañía. Yo junto a ti, y la chimenea suave crepitando sabrosa, y esa manta que te cubría a medias, permitiendo que atisbara rastros de tu piel y tu cabello.

   Quise soñar contigo y se me cerraron los ojos. Y lo que parecía un viaje dulce se transformó en una pesadilla sin igual: sin sonidos, sin sensaciones, vagaba por un túnel desnudo de adornos, liso y oscuro, que se parecía a ti sin tus ojos brillantes ni esa sonrisa de planetas en la que parezco encontrarme cada vez que me siento perdido.

   El corazón palpitaba. Pero era distinto. Porque no estabas tú. Y corría por ese túnel sin fin ni comienzo. Y me parecía que pasaba una y otra vez por el mismo lugar, como enredado en un laberinto de pura soledad.

   Y te llamaba pero no me oía. Y sé que movía los brazos desesperado, porque esa soledad sin ti es un agujero enorme que engulle el habla, el sentido, el pensamiento. Y creí morir en ese infierno mudo donde lo único cuerdo era el latido loco de mi corazón que tanto te anhelaba…

   Abrí los ojos y casi se me escapa un grito. En mi sobresalto a punto estuve de despertarte. La manta se había escurrido entre los dos. Y tu espalda brillaba con la luz caída del otoño que entraba por la ventana. Qué bello el reflejo dorado sobre tu piel suave. Suave y mullida. Y los árboles danzando por el arrullo del viento.

   Y me calmé. El mundo parecía ser lo que debe ser. Y casi lloro de alegría al darme cuenta de la inmensidad que compartimos. Y de lo afortunado que soy de tenerte junto a mí, luz de otoño que guía mis pasos.

   Me levanté sigiloso y fui hasta la chimenea. Avivé el fuego de su hogar. Y era mi corazón que se llenaba de ese calor. Giraste sobre el sillón completamente ausente. La luz del otoño entraba a raudales por la ventana y teñía de oro y grana tu pelo, tu rostro, los brazos desnudos. Y la boca de fresa llena de corazón.

   Intentando no hacer más ruido, me acerqué hasta ti para taparte de nuevo. No quería que cogieras frío. Pero al colocar de nuevo la manta sobre tu cuerpo abriste los ojos. Y me tragué el corazón.

   Amodorrado, gracioso, con la mirada turbia y la sonrisa en los labios. Y la luz del otoño por la ventana.

   – Ven…

   Me dijiste. Y el mundo volvió a girar.

A ti/ To You.

El día a día/ The days we're living

   A Vicky, una maravillosa mujer, madre, hija y hermana. Una estupenda enfermera que se entrega a su labor de cuidar de otros con todos los sentidos y la sabiduría de la Ciencia y del Corazón.

   Es duro, no es fácil, es incierto. Pero el cariño siempre permanece, igual que las buenas acciones, los aciertos y los pasos adelante.

   A ti, que padeces cáncer de mama. Y a todos aquellas que lo han padecido, estén o no ya con nosotros, y a aquellas que batallan, como Vicky, en esa montaña rusa que es la Enfermedad.

   Por siempre.

No para mí/ But Not For Me.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone

   Se componen canciones de amor, se recitan bellos poemas. Pero no para mí.

   El cielo cuajado de estrellas, guiñando sus ojos eternos, protege a los amantes. Pero no me protege a mí.

   Las manos se unen en una caricia. Que no es para mí.

   Las espaldas se arquean buscando un calor que no es para mí.

   Y los labios sonríen y se humedecen y reparten besos de amor. Que no son para mí.

   El amor busca sus vías, atraviesa todo océano y toda lluvia gris para llegar al corazón deseado. Como me pasó a mí.

   Y sentí el arrebato de una marcha alocada, que llenó de plumas mi pecho sediento. Y cada paso era un escalón al cielo.

   Estar cerca, hablar de cerca, rozar una parcela de piel y quizá un mechón de su pelo. Hablar sin decir gran cosa por el simple placer de oír ese timbre divino. Y perder el sueño soñando despierto y correr sin detenerse y saltar al vacío del amor sin seguros ni redes.

   Hasta que me tomó de la mano y me llevó a un apartado. La luna brillaba lejana, pálida y discreta. Sus ojos oscuros, su nariz recta, y esos labios llenos de los besos que deseaba darle y el aroma de su perfume exhalando suspiros en su piel.

   – No, no te quiero así.

   Dijo.

   Y los poetas componen versos de amor. Y el violín suena y también la flauta. El río reverbera, acuoso y lleno. Y el viento hace levitar los corazones. Todo parece ser más liviano y todos tienen a su lado alguien que les hace feliz. O al menos es lo que creen.

   He ahí la felicidad, dicen.

   Pero no para mí.

En el desván/ The Attic.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

   En esto de clarear el ambiente, un nuevo año que comienza, que el otoño representa la renovación del año que se va quedando atrás, mudar de piel como los árboles de hojas, y que iban siendo horas de limpiar el espacio del desván, ayer me arrojé a la arriesgada tarea de subir y comenzar a clasificar aquello que debería definitivamente irse de mi vida y qué quedarse.

   Sobra decir que la mayoría de las cosas acabarán yéndose: han cumplido una función y es hora de dejarlos atrás. Como los recuerdos, los objetos del tiempo pasado ocupan un espacio y un peso en la vida y, llegado el momento, deben dejar sitio a algo nuevo o, como cada vez prefiero, un espacio libre (que no vacío).

   No me lo esperaba (hay demasiados aparatos electrónicos que desechar, viejos televisores, ropa apolillada o que ya no tiene más uso que el de avivar un recuerdo lleno de tactos o un aroma a lo que pasó y no vuelve más) y sin embargo fui tropezando aquí y allí con objetos pequeños, sin importancia real, que me recordaron de repente quién era yo por esos años, aquel que perdí de vista y que forma parte de ese ser al que continúo llamando yo mismo y que casi no reconozco.

   Parece mentira, pero conforme pasan los años gano kilaje corporal y pierdo peso de memoria. Los objetos acumulados en el desván nos recuerdan quiénes fuimos o porqué fuimos de una forma determinada, las opciones que elegimos y lo fugaz que es el paso del tiempo: todo lo olvidamos y todo se deja atrás.

   Ayer, mientras comenzaba una labor que va a llevar días, entre polvo y telarañas, mi memoria jugó conmigo y me retrató, con sensaciones y sentimientos evocados, cómo una vez fui y olvidé que era.

   Por ejemplo, mi estupenda caligrafía. Y lo detallista que era para todo. Encontré unas cintas de audio, tan bien escritas y guardadas con tanto cariño, cintas de 60 y de 90 minutos, y el walkman que iba conmigo a todas partes, golpeado por la vida y que, en un arranque de morriña, guardé estropeado junto con las cintas. Las melodías que hay guardadas en ellas y que ya casi ni escucho…

   En otra caja aún sobrevivían mis cuadernos de apuntes de primero de carrera, cuando tenía dieciséis años y creía en un futuro agraciado del que obtendría todos mis sueños… A lápiz y  a bolígrafo, bioquímica, química orgánica y y los secretos de la vida microscópica que nos hacen lo que somos, comenzaban a descubrirse; si alguien hoy los viese jamás pensaría que esa caligrafía fuese la mía: abandoné el arte del buen escribir como muchas otras cosas sin excusas reales, porque nada justifica el abandono de la memoria a la que nos entregamos cuando jugamos en serio, o lo que pudiese ser en serio, ese juego de la vida que nos engaña, precisamente porque ningún juego ha de deberse tomar seriamente.

   Carpetas hechas a collage con aquellas cosas que me llamaban la atención: obras de arte, anuncios, carteles de películas, carátulas de elepés, la música que oía por aquellos años, cuando era demasiado joven para el mundo en el que me desenvolvía, jugando unas cartas que me venían quizá un poco grandes y padeciendo una ceguera de sentido común algo tierna y embarazosa a partes iguales.

   No fui feliz en esos años. Pero quién sabe si lo soy ahora.

   El primer ordenador con su impresora. Epson modelo Apex, traída de los EEUU sin ñ en el teclado, que por cierto pesaba un montón. El primer lector de cedés, la cadena musical que tenía dos lectores de cintas y permitía grabar de una cinta a otra (eso sí que fue un gran avance técnico). Cuando visitaba en Simago la planta de música y de objetos de papelería, y en la esquina siguiente, entraba en Follas Novas para aspirar el olor de los libros y curiosear las novedades editoriales y hojear por encima los textos sobre Nueva Era que tanto me interesaban. Hay cajas enteras llenas de esos libros que encierran tanta sabiduría y vacío a la vez, exactamente como la propia vida.

   Y ropa, alguna que todavía hoy pudiese valer. Lo que quiere decir que estaba muy gordo o ahora muy delgado, cosa que pongo en duda.

   Y fotos, con cortes de pelo redondeados, muy Llongueras, atentados contra el buen gusto sin duda, y mis gafas culo de vaso antes de que existieran para mí las lentes de contacto blandas (de aquélla estaba condenado a las lentillas duras y esa-tortura-no-estaba-hecha-para-mí).

  Entre el polvo y los recuerdos, ayer me pasé la mitad del tiempo en una bruma de tiempo ido y de estornudos. En el desván todo es posible. No sé porqué los científicos siguen buscando cómo viajar en el tiempo, con lo fácil que es dejarnos ir de la mano de los recuerdos y de las cosas vacuas que vamos amontonando, con el paso de los años, en los rincones polvorientos del desván.

   Lápices de colores y carboncillos, con bocetos que parecían apuntar algo de talento; escritos apasionados que seguro hoy no se librarían de mi propia censura y que tanta importancia llegaron a tener para mí; una forma de ver el mundo no muy diferente a la de hoy, más apasionada quizá, más ciega, pero no menos real que la actual.

   ¿A quién se le ocurre escuchar a Aute a los once años? ¿Y a Silvio Rodríguez? ¿Y a Supertramp? De Roberto Carlos a Whitney Houston, de Air Supply a 4:40 (de aquélla aún no se llamaba: Juan Luis Guerra y 4:40), de Juan Pardo y María José la de los Pajaritos a A Roda, de Emanuel a Eros Ramazotti , de Lionel Richie a Phil Collins, de V a El pájaro espino, de La bella y la bestia a Moonlighting, de La guerra de las galaxias a Dirty dancing, de Los ángeles de Charlie a Magnum PI… En fin…

   Aún me queda mucho por hacer y mucho que revivir. No me molesta ese encuentro conmigo mismo, al contrario, me da una perspectiva diferente y me sirve de plataforma para decirle adiós. Porque todo se va, todo se mezcla en las líneas del tiempo ido y todo se transforma, en nosotros mismos y en lo que nos rodea.

   En el desván la vida se acumula y pasa, amontonada, llenando el corazón.

Te veo/ I see you through.

El mar interior/ The sea inside

   Una sombra que se mueve. Los límites están borrosos. Amplia y seductora sombra que huele a ti.

   Por tu olor te veo. Y te veo por la forma de tu sombra, hermosa y acariciante como un poema.

   Por tus rimas te veo. Y te veo por el susurro de tu respiración, que ocupa medio siglo de aire y lo devuelve con sabor a besos.

   Por tu sabor te veo. Y te veo cuando acercas tu pelo que brilla y tu piel de melocotón, rosada y suave.

   Por tu tacto te veo. Y te veo en tus labios sedosos, en tu caricia ansiosa y en un abrazo que es como llegar a un nuevo mundo, un mundo nuevo que se llama como tú.

   Y me pongo las gafas para verte. Y los límites borrosos se resumen en los rasgos de tu cara. Y te veo junto a mí, enorme como un universo, con la mirada risueña y las manos delicadas y el torso hacendoso por acercarse a mí.

   Y sonrío al verte. Y sonrío al sentirte.

   Y abro los brazos para darte la bienvenida.

   Un nuevo día. Un nuevo yo.

   Y tú.

Entre la lluvia y tú./ The Rain and You.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

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   Llueve.

   Repiquetea en los cristales.

   Las gotas se deslizan como caricias sobre la piel.

   Tu piel.

   Tu espalda libre.

   Y mis dedos como labios besándote.

   Apenas puedo abrir los ojos. El sueño del cansancio me conquista.

   Y el amor saciado.

   Dos en la carretera del deseo, recorriendo kilómetros de amor.

   Y la chimenea encendida, puro fuego que abraza la leña consumiéndose ambos en el ardor.

   Como tú y yo.

   Y un guiño me saluda rojo y azul, como tu vida.

   Y me quedo mirando ese punto de luz, ojos que me miran con la intensidad de la primera vez.

   Como tus ojos cada vez que nos vemos.

   Y resoplo. Y extiendo mi brazo buscándote en el mar de las sábanas.

   Y aquí estás. Hecho un ovillo, a mi lado y fuera de mí, siendo tú.

   La lluvia afuera lo empapa todo. Como tú adentro todo lo humedeces: mi mirada, mi boca, mi cuerpo desnudo.

   Lleno de ti.

   Entre la lluvia y tú la noche vaga serena. Y el sonido de las gotas al repicar en la ventana y el sonido de tu respiración profunda acunan mi sueño, me relajan y me hacen sentir feliz.

  Así. Simplemente.

   Qué felicidad.

Una tienda en París: la evolución de una voz/ A Store in Paris: A Voice Growing Up.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Todos conocemos a Màxim Huerta. Al menos la mayoría de los españoles sabemos quién es. Ambos nos hacíamos mutua compañía (él no tenía ni idea, por supuesto) cuando era el encargado de las noticias nocturnas de una cadena televisiva nacional. Mientras él narraba lo que ocurría en España y en el mundo con un estilo personal, yo, residente de guardia día sí y dos días no, encendía el televisor y lo veía, o al menos me servía de ruido de fondo, mientras estudiaba o me entretenía haciendo el papeleo burocrático propio de una profesión como la mía: historias clínicas, peticiones de pruebas, investigaciones varias.

Así lo conocí. Eventualmente él cambió de especialidad y pasó a trabajar por las mañanas, en un programa de mucha sintonía. Digamos que saboreó esa especie de premio extraño que se llama éxito: pasó de ser conocido a ser muy conocido, con todo lo que eso conlleva. Y le perdí un poco la pista. Hasta que llegó El susurro de la caracola, y volvió a engancharme el gusto por saber qué hacía Màxim Huerta.

Una tienda en París es su tercera novela. Después de un éxito como El susurro de la caracola debe dar algo de vértigo lanzarse a escribir algo nuevo, pues se corren ciertos riesgos. Porque tendemos a esperar de un escritor que nos entregue más de lo mismo, sobre todo cuando ha encontrado lo que parece ser una cierta fórmula de ventas. Al menos es lo que ocurre a muchos autores de la literatura contemporánea: entran en una especie de nido confortable en el que el creador se aposenta para no dar un traspiés. Bueno, Una tienda en París no tiene nada de ninguno de los dos libros anteriores, mas les debe el corazón que late y ese gusto por las historias agridulces llenas de sentimiento y de tiempo ido y rescatado, de justificaciones y hallazgos que parecen ser tan caros a su autor. Y nada más.

En Una tienda en París nos encontramos con una voz madurada, que nos sorprende porque siendo la misma, es a veces su contraria y a veces algo más. El ritmo de la novela es pausado y va en crescendo a medida que su protagonista, Teresa, evoluciona; la narración gana en profundidad y en sentimiento conforme Teresa crece; el estilo de Màxim Huerta se llena de complejidad, sin perder pulso, cuando la historia de Alice y de Teresa se encuentran y se dan la mano: dos almas destinadas a cruzarse en algún punto del tiempo se reconocen sin conocerse, se admiran sin saberlo y se heredan una a la otra sin pretenderlo porque así de sencilla es la vida de los seres humanos.

La novela habla de dos ciudades: Madrid y París, ambas debilidades del autor sin duda, ya conocidas desde Que sea la última vez… Pero aquí París cobra un protagonismo colorista, lleno de sensaciones: no es una postal turística, es más bien un retrato de un París interior, lleno de tiempo ido y recobrado, complejo pero asombrosamente simple, en el que se despliega un maremoto de emociones humanas variado y encantador.

Una tienda en París es la historia de dos mujeres: Teresa y Alice. Ambas en busca de sí mismas, ambas partiendo de un mundo en blanco y negro, lleno de esperanzas encontradas como por casualidad; dos mujeres fuertes que se construyen a sí mismas mientras lo pierden todo y lo recuperan todo, o lo comienzan todo de nuevo, en ese vals de las casualidades que es la vida. Teresa y Alice son espíritus viajeros, son almas que cambian, metamorfosis a la que nos aboca el mero hecho de estar vivos y que exige todo de nosotros, hasta el sacrificio más elevado, para alcanzar la cima o el éxito o, lo que llamamos con simpleza a veces, la felicidad.

Una tienda en París es un historia de amor. Pero no es una simple historia de amor: el mundo de Alice, bellamente retratado a puro sentimiento; el rumor de Teresa, que se hace río y finalmente mar; y el aroma de París, la comida de París, el ritmo de París, su constante fluir, su constante sístole y diástole, que cambia con sus protagonistas, que se transmuta siendo siempre, y por siempre, la ciudad que regala el amor, ese más profundo que nos alcanza a nosotros mismos, de ambas protagonistas.

La voz de Màxim Huerta se hace única. Hay ecos de Que sea la última vez… y de El susurro de la caracola. Pero estos son mínimos. No hay paralelismos entre las tres historias, a lo sumo alguna bisectriz propia de la creatividad del autor. Una tienda en París tiene una complejidad intrínseca, tiene un ritmo diferente, y tiene sobre todo un poder evocador que trasciende las dos obras anteriores. Es una historia de reconocimientos y de cambios, que parte de lo sencillo a lo más complejo; que enlaza tiempos, estados de ánimo, colores y sensaciones apenas sin notarse, con una sutileza que nos enseña la evolución de Màxim Huerta como escritor: una voz que se hace grave y se hace hermosa y se hace profunda y se hace sutil y sincera, y que nos deja sedientos de más. Y más.