En el desván/ The Attic.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

   En esto de clarear el ambiente, un nuevo año que comienza, que el otoño representa la renovación del año que se va quedando atrás, mudar de piel como los árboles de hojas, y que iban siendo horas de limpiar el espacio del desván, ayer me arrojé a la arriesgada tarea de subir y comenzar a clasificar aquello que debería definitivamente irse de mi vida y qué quedarse.

   Sobra decir que la mayoría de las cosas acabarán yéndose: han cumplido una función y es hora de dejarlos atrás. Como los recuerdos, los objetos del tiempo pasado ocupan un espacio y un peso en la vida y, llegado el momento, deben dejar sitio a algo nuevo o, como cada vez prefiero, un espacio libre (que no vacío).

   No me lo esperaba (hay demasiados aparatos electrónicos que desechar, viejos televisores, ropa apolillada o que ya no tiene más uso que el de avivar un recuerdo lleno de tactos o un aroma a lo que pasó y no vuelve más) y sin embargo fui tropezando aquí y allí con objetos pequeños, sin importancia real, que me recordaron de repente quién era yo por esos años, aquel que perdí de vista y que forma parte de ese ser al que continúo llamando yo mismo y que casi no reconozco.

   Parece mentira, pero conforme pasan los años gano kilaje corporal y pierdo peso de memoria. Los objetos acumulados en el desván nos recuerdan quiénes fuimos o porqué fuimos de una forma determinada, las opciones que elegimos y lo fugaz que es el paso del tiempo: todo lo olvidamos y todo se deja atrás.

   Ayer, mientras comenzaba una labor que va a llevar días, entre polvo y telarañas, mi memoria jugó conmigo y me retrató, con sensaciones y sentimientos evocados, cómo una vez fui y olvidé que era.

   Por ejemplo, mi estupenda caligrafía. Y lo detallista que era para todo. Encontré unas cintas de audio, tan bien escritas y guardadas con tanto cariño, cintas de 60 y de 90 minutos, y el walkman que iba conmigo a todas partes, golpeado por la vida y que, en un arranque de morriña, guardé estropeado junto con las cintas. Las melodías que hay guardadas en ellas y que ya casi ni escucho…

   En otra caja aún sobrevivían mis cuadernos de apuntes de primero de carrera, cuando tenía dieciséis años y creía en un futuro agraciado del que obtendría todos mis sueños… A lápiz y  a bolígrafo, bioquímica, química orgánica y y los secretos de la vida microscópica que nos hacen lo que somos, comenzaban a descubrirse; si alguien hoy los viese jamás pensaría que esa caligrafía fuese la mía: abandoné el arte del buen escribir como muchas otras cosas sin excusas reales, porque nada justifica el abandono de la memoria a la que nos entregamos cuando jugamos en serio, o lo que pudiese ser en serio, ese juego de la vida que nos engaña, precisamente porque ningún juego ha de deberse tomar seriamente.

   Carpetas hechas a collage con aquellas cosas que me llamaban la atención: obras de arte, anuncios, carteles de películas, carátulas de elepés, la música que oía por aquellos años, cuando era demasiado joven para el mundo en el que me desenvolvía, jugando unas cartas que me venían quizá un poco grandes y padeciendo una ceguera de sentido común algo tierna y embarazosa a partes iguales.

   No fui feliz en esos años. Pero quién sabe si lo soy ahora.

   El primer ordenador con su impresora. Epson modelo Apex, traída de los EEUU sin ñ en el teclado, que por cierto pesaba un montón. El primer lector de cedés, la cadena musical que tenía dos lectores de cintas y permitía grabar de una cinta a otra (eso sí que fue un gran avance técnico). Cuando visitaba en Simago la planta de música y de objetos de papelería, y en la esquina siguiente, entraba en Follas Novas para aspirar el olor de los libros y curiosear las novedades editoriales y hojear por encima los textos sobre Nueva Era que tanto me interesaban. Hay cajas enteras llenas de esos libros que encierran tanta sabiduría y vacío a la vez, exactamente como la propia vida.

   Y ropa, alguna que todavía hoy pudiese valer. Lo que quiere decir que estaba muy gordo o ahora muy delgado, cosa que pongo en duda.

   Y fotos, con cortes de pelo redondeados, muy Llongueras, atentados contra el buen gusto sin duda, y mis gafas culo de vaso antes de que existieran para mí las lentes de contacto blandas (de aquélla estaba condenado a las lentillas duras y esa-tortura-no-estaba-hecha-para-mí).

  Entre el polvo y los recuerdos, ayer me pasé la mitad del tiempo en una bruma de tiempo ido y de estornudos. En el desván todo es posible. No sé porqué los científicos siguen buscando cómo viajar en el tiempo, con lo fácil que es dejarnos ir de la mano de los recuerdos y de las cosas vacuas que vamos amontonando, con el paso de los años, en los rincones polvorientos del desván.

   Lápices de colores y carboncillos, con bocetos que parecían apuntar algo de talento; escritos apasionados que seguro hoy no se librarían de mi propia censura y que tanta importancia llegaron a tener para mí; una forma de ver el mundo no muy diferente a la de hoy, más apasionada quizá, más ciega, pero no menos real que la actual.

   ¿A quién se le ocurre escuchar a Aute a los once años? ¿Y a Silvio Rodríguez? ¿Y a Supertramp? De Roberto Carlos a Whitney Houston, de Air Supply a 4:40 (de aquélla aún no se llamaba: Juan Luis Guerra y 4:40), de Juan Pardo y María José la de los Pajaritos a A Roda, de Emanuel a Eros Ramazotti , de Lionel Richie a Phil Collins, de V a El pájaro espino, de La bella y la bestia a Moonlighting, de La guerra de las galaxias a Dirty dancing, de Los ángeles de Charlie a Magnum PI… En fin…

   Aún me queda mucho por hacer y mucho que revivir. No me molesta ese encuentro conmigo mismo, al contrario, me da una perspectiva diferente y me sirve de plataforma para decirle adiós. Porque todo se va, todo se mezcla en las líneas del tiempo ido y todo se transforma, en nosotros mismos y en lo que nos rodea.

   En el desván la vida se acumula y pasa, amontonada, llenando el corazón.

Te veo/ I see you through.

El mar interior/ The sea inside

   Una sombra que se mueve. Los límites están borrosos. Amplia y seductora sombra que huele a ti.

   Por tu olor te veo. Y te veo por la forma de tu sombra, hermosa y acariciante como un poema.

   Por tus rimas te veo. Y te veo por el susurro de tu respiración, que ocupa medio siglo de aire y lo devuelve con sabor a besos.

   Por tu sabor te veo. Y te veo cuando acercas tu pelo que brilla y tu piel de melocotón, rosada y suave.

   Por tu tacto te veo. Y te veo en tus labios sedosos, en tu caricia ansiosa y en un abrazo que es como llegar a un nuevo mundo, un mundo nuevo que se llama como tú.

   Y me pongo las gafas para verte. Y los límites borrosos se resumen en los rasgos de tu cara. Y te veo junto a mí, enorme como un universo, con la mirada risueña y las manos delicadas y el torso hacendoso por acercarse a mí.

   Y sonrío al verte. Y sonrío al sentirte.

   Y abro los brazos para darte la bienvenida.

   Un nuevo día. Un nuevo yo.

   Y tú.

Entre la lluvia y tú./ The Rain and You.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   d1f285960b3f11e28f4222000a1c9e1c_7

   Llueve.

   Repiquetea en los cristales.

   Las gotas se deslizan como caricias sobre la piel.

   Tu piel.

   Tu espalda libre.

   Y mis dedos como labios besándote.

   Apenas puedo abrir los ojos. El sueño del cansancio me conquista.

   Y el amor saciado.

   Dos en la carretera del deseo, recorriendo kilómetros de amor.

   Y la chimenea encendida, puro fuego que abraza la leña consumiéndose ambos en el ardor.

   Como tú y yo.

   Y un guiño me saluda rojo y azul, como tu vida.

   Y me quedo mirando ese punto de luz, ojos que me miran con la intensidad de la primera vez.

   Como tus ojos cada vez que nos vemos.

   Y resoplo. Y extiendo mi brazo buscándote en el mar de las sábanas.

   Y aquí estás. Hecho un ovillo, a mi lado y fuera de mí, siendo tú.

   La lluvia afuera lo empapa todo. Como tú adentro todo lo humedeces: mi mirada, mi boca, mi cuerpo desnudo.

   Lleno de ti.

   Entre la lluvia y tú la noche vaga serena. Y el sonido de las gotas al repicar en la ventana y el sonido de tu respiración profunda acunan mi sueño, me relajan y me hacen sentir feliz.

  Así. Simplemente.

   Qué felicidad.

Una tienda en París: la evolución de una voz/ A Store in Paris: A Voice Growing Up.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Todos conocemos a Màxim Huerta. Al menos la mayoría de los españoles sabemos quién es. Ambos nos hacíamos mutua compañía (él no tenía ni idea, por supuesto) cuando era el encargado de las noticias nocturnas de una cadena televisiva nacional. Mientras él narraba lo que ocurría en España y en el mundo con un estilo personal, yo, residente de guardia día sí y dos días no, encendía el televisor y lo veía, o al menos me servía de ruido de fondo, mientras estudiaba o me entretenía haciendo el papeleo burocrático propio de una profesión como la mía: historias clínicas, peticiones de pruebas, investigaciones varias.

Así lo conocí. Eventualmente él cambió de especialidad y pasó a trabajar por las mañanas, en un programa de mucha sintonía. Digamos que saboreó esa especie de premio extraño que se llama éxito: pasó de ser conocido a ser muy conocido, con todo lo que eso conlleva. Y le perdí un poco la pista. Hasta que llegó El susurro de la caracola, y volvió a engancharme el gusto por saber qué hacía Màxim Huerta.

Una tienda en París es su tercera novela. Después de un éxito como El susurro de la caracola debe dar algo de vértigo lanzarse a escribir algo nuevo, pues se corren ciertos riesgos. Porque tendemos a esperar de un escritor que nos entregue más de lo mismo, sobre todo cuando ha encontrado lo que parece ser una cierta fórmula de ventas. Al menos es lo que ocurre a muchos autores de la literatura contemporánea: entran en una especie de nido confortable en el que el creador se aposenta para no dar un traspiés. Bueno, Una tienda en París no tiene nada de ninguno de los dos libros anteriores, mas les debe el corazón que late y ese gusto por las historias agridulces llenas de sentimiento y de tiempo ido y rescatado, de justificaciones y hallazgos que parecen ser tan caros a su autor. Y nada más.

En Una tienda en París nos encontramos con una voz madurada, que nos sorprende porque siendo la misma, es a veces su contraria y a veces algo más. El ritmo de la novela es pausado y va en crescendo a medida que su protagonista, Teresa, evoluciona; la narración gana en profundidad y en sentimiento conforme Teresa crece; el estilo de Màxim Huerta se llena de complejidad, sin perder pulso, cuando la historia de Alice y de Teresa se encuentran y se dan la mano: dos almas destinadas a cruzarse en algún punto del tiempo se reconocen sin conocerse, se admiran sin saberlo y se heredan una a la otra sin pretenderlo porque así de sencilla es la vida de los seres humanos.

La novela habla de dos ciudades: Madrid y París, ambas debilidades del autor sin duda, ya conocidas desde Que sea la última vez… Pero aquí París cobra un protagonismo colorista, lleno de sensaciones: no es una postal turística, es más bien un retrato de un París interior, lleno de tiempo ido y recobrado, complejo pero asombrosamente simple, en el que se despliega un maremoto de emociones humanas variado y encantador.

Una tienda en París es la historia de dos mujeres: Teresa y Alice. Ambas en busca de sí mismas, ambas partiendo de un mundo en blanco y negro, lleno de esperanzas encontradas como por casualidad; dos mujeres fuertes que se construyen a sí mismas mientras lo pierden todo y lo recuperan todo, o lo comienzan todo de nuevo, en ese vals de las casualidades que es la vida. Teresa y Alice son espíritus viajeros, son almas que cambian, metamorfosis a la que nos aboca el mero hecho de estar vivos y que exige todo de nosotros, hasta el sacrificio más elevado, para alcanzar la cima o el éxito o, lo que llamamos con simpleza a veces, la felicidad.

Una tienda en París es un historia de amor. Pero no es una simple historia de amor: el mundo de Alice, bellamente retratado a puro sentimiento; el rumor de Teresa, que se hace río y finalmente mar; y el aroma de París, la comida de París, el ritmo de París, su constante fluir, su constante sístole y diástole, que cambia con sus protagonistas, que se transmuta siendo siempre, y por siempre, la ciudad que regala el amor, ese más profundo que nos alcanza a nosotros mismos, de ambas protagonistas.

La voz de Màxim Huerta se hace única. Hay ecos de Que sea la última vez… y de El susurro de la caracola. Pero estos son mínimos. No hay paralelismos entre las tres historias, a lo sumo alguna bisectriz propia de la creatividad del autor. Una tienda en París tiene una complejidad intrínseca, tiene un ritmo diferente, y tiene sobre todo un poder evocador que trasciende las dos obras anteriores. Es una historia de reconocimientos y de cambios, que parte de lo sencillo a lo más complejo; que enlaza tiempos, estados de ánimo, colores y sensaciones apenas sin notarse, con una sutileza que nos enseña la evolución de Màxim Huerta como escritor: una voz que se hace grave y se hace hermosa y se hace profunda y se hace sutil y sincera, y que nos deja sedientos de más. Y más.

Aprendiendo (a disculparse)/ Learning To Say I’m Sorry.

Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   Si hay algo que nos cuesta, al menos a mí, es reconocer que desconocemos un tópico o que cometemos errores. Vivimos en el mundo español en donde está mal visto equivocarse o admitir que somos falibles. EN el mundo anglosajón, cuya lucha por la excelencia es bien conocida, sin embargo el hecho de admitir que algo se ignora o que se ha fallado no es motivo de vergüenza ajena, si no de admiración y de afán de superación.

   Lejos de mí pretender laureles cada vez que meta la pata, pero el sacrifico público cuando un error hace aparición debería erradicarse. El fallo nos acerca a la Excelencia lo mismo que la perfección (o la creencia de que somos infalibles) nos aleja de ella.

   Y se me dirá que la Excelencia es Perfección. Pues no. Excelencia significa evolución continua, detección de errores, de fallos potenciales o reales y perfeccionamiento de los procesos y los mecanismos que nos llevan a una ejecución más fiable. Como se ve, hay una diferencia abismal entre ambos conceptos.

   Como todo en la vida humana, hay muchos factores en juego. El orgullo profesional, ese inquino vecino de al lado, es lo que más daño hace a las relaciones laborales (vamos a aparcar por ahora las personales), al menos como lo entendemos los ibéricos. Hay otros que tienen un papel de importancia variable, pero el miedo a lo que piensen los demás de nosotros, a que se burlen de nosotros o a que simplemente critiquen, puede llevarnos a que creemos barreras mentales y de actuación que intenten protegernos de la maledicencia profesional.

   Es un gran error y el mayor de los obstáculos. Más en una carrera como la mía, en la que jugamos con probabilidades, en la que el bien no es en blanco y negro y el saber es demasiado fluido para que lo poseamos con una certeza tan apabullante como para sentar cátedra sobre ello. Es difícil imaginar en nuestro país un catedrático ajeno a la pompa y a la autoafirmación; puede que ese teatro cuele intenciones al comienzo, pero con el paso del tiempo la máscara cae y el verdadero rostro de la mediocridad sale a la luz. Creo que se puede valorar el verdadero saber de una persona en su grado de inocencia, en su grado de sencillez, en su forma de seguir preguntándose y en la seguridad con la que afirma, por lo demás como si estuviese recitando la lista de la compra: No sé.

   Eso es un gran regalo y un bien muy escaso.

   Durante la guardia nuestra secretaria me comunicó que una familia quería entrevistarse conmigo para discutir el caso de su familiar. Ella me tenía lista una copia del informe de cierre de historia que yo había redactado (la enferma había muerto durante su estancia en la UCI.) Menos mal, porque así por nombres no suelo conectar con los casos que tenemos a diario.

   Apenas estuvo 48 horas ingresada. Un caso de parada cardio-respiratoria mientras estaba ingresada en el hospital por un cuadro abdominal y de daño cerebral masivo por la falta de oxígeno. Un caso extremo por la agudeza de los acontecimientos. Además, la enferma tenía una relación inusual con su familia más cercana: desconocían que llevase tiempo ingresada en el hospital y nos costó ese tiempo encontrarlos y hacerlos venir para transmitirles las malas nuevas. Nunca es fácil transmitir malas noticias: que una mujer joven haya fallecido por daño cerebral tras una parada cardio-respiratoria es tanto más traumático cuando ni sus padres ni su hermana sabían de antemano si quiera que estuviese enferma.

   Yo no fui el responsable de transmitir las malas noticias, puesto que entregué la guardia mucho antes de que ellos llegaran a la UCI a saber de la paciente. Fue una compañera quien se encargó, a regañadientes eso sí, de hacerlo.

   Eso es empezar mal, desde luego. No  es una tarea fácil, sobre todo entrando de guardia. Lo mismo me había pasado en la guardia que dejaba, en la que comenzamos el proceso de búsqueda de los familiares en cuestión. Pero asumí en mi momento el papel de transmisor de las noticias porque era mi deber. Si me hubiese resistido, seguro que hubiese actuado como mi compañera al día siguiente.

   Y no es que lo hiciera mal. Para nada. Cumplió con su deber. Pero lo hizo de mala gana y un tanto ásperamente. Hasta se olvidó de pedir el permiso para el estudio pos-mortem que tenemos por rutina ante casos en los que desconocemos las causas de un óbito. Eso yo lo ignoraba cuando cerré el informe definitivo (lo di por sentado) aunque tampoco es de alta relevancia.

   Pero para la familia afectada sí lo fue.

   Así, me vi ayer con la noticia de que deseaban entrevistarse conmigo dos meses después. Tenían mi nombre porque yo había firmado el informe, nada más. Debo reconocer que una petición así me sorprendió, pero no vi nada de malo en aceptar entrevistarme con ellos. Les di una cita para las diez de la mañana, justo después de dejar la guardia.

   Pero a eso de las ocho de la mañana, mientras reposaba en uno de los sillones que tenemos para descansar durante la guardia, una mujer y un señor ya mayor comenzaron a merodear el pasillo donde están nuestras dependencias. Intrigado, me levanté aún con la manta que uso para correr el frío nocturno literalmente pegada a mí.

   Les asusté, creo, mas no era mi intención. El señor mayor era claramente el padre de la mujer que me abordó diciendo mi nombre. Inmediatamente me di cuenta que eran los familiares de la cita. De la forma más rápida y evidente que pude, tiré la manta a un lado y me alisé el pijama y el pelo. La chica obviamente se dio cuenta y me pidió disculpas por la hora y por haberme asaltado así.

   – ¿Está de guardia?

   La respuesta era obvia.

   Los hice sentar en nuestra mesa de reuniones y procedimos a la entrevista.

   Llevaban dos meses preocupados, preguntándose muchas cosas, intentando reconstruir esa semana en blanco para ellos que había sellado el destino de nuestra paciente, hermana de la chica e hija de señor que la acompañaba. Les entendí perfectamente. Formaba parte de un proceso de duelo por el que todos solemos pasar.

   Les intenté ayudar en lo que pude, con el escaso conocimiento que tenía del caso en cuanto a riqueza de detalles y ellos parecieron entenderlo. Cuando parecía que todo iba encauzado, la chica me aclaró que formaba parte del estamento del servicio de salud aunque no era profesional sanitario y me hizo la acotación sobre la ausencia de petición del estudio necrópsico. Ellos no lo pidieron porque se encontraban bloqueados por los acontecimientos pero pensaba (con toda la razón) que era nuestro deber ofrecer la posibilidad de una autopsia para poder conocer mejor los hechos que debieron desencadenar los hechos tan tristes que habían vivido.

   Tuve que pedir disculpas por ese fallo y por otro: ser desconocedor de que no se había pedido. Yo lo di por supuesto y mi deber como la persona que cierra la historia es comprobar que todo está en su lugar.

   Aceptaron gustosamente mis disculpas. No sé si se lo esperaban, pero desde luego les relajó mucho. Entre las explicaciones que buenamente pude verter sobre lo que suponía que había ocurrido con los datos que tenía del caso y mis disculpas por nuestro fallo (por lo demás, de escasa importancia sobre el asunto pero de alto valor ético para ellos) sentí que había llegado a un estado de comprensión no fácil de alcanzar entre los familiares y el médico que informa. Al despedirnos lo pude apreciar no sólo en sus palabras si no también en sus gestos: una sonrisa triste y un apretón de manos enérgico y decidido.

   Esto apenas ocurre en España. Hay un hiato todavía insalvable entre la actividad médica y la actitud familiar. Y no hablo aquí del extremo que vivimos en la actualidad que estriba en la de exprimir los errores médicos para beneficios económicos en su mayoría, si no en el de la petición serena de información, el intercambio de pareceres, la solicitud de ambas partes y la sinceridad adecuada entre los hechos, lo que puede ocurrir y los sentimientos que tienen lugar en esos momentos breves de encuentro cercano entre familiares y médicos.

   En este caso, dos meses después y por insatisfacción y curiosidad y, como después supe, algo más, ya sólo por sentarme a escucharles, por responder a ciertas preguntas desde mis posibilidades y por haber pedido disculpas por ese error, la ansiedad que les traía y cierta incomodidad se diluyeron y un  baño de tranquilidad pareció llenarles.

   Sólo por pedir perdón… ¿Quién lo diría?

   Al mediodía, cuando me disponía a marcharme a casa, volví a ver a la chica, pero esta vez venía acompañada de su madre. La señora estaba igual de ansiosa que ella por la mañana. Me pidió que le dijese lo mismo que a ellos. Y aunque la señora preguntó cosas de su cosecha, básicamente le expliqué lo mismo y, ahora yo más relajado, volví a expresar mis disculpas ante el error de no pedir la necropsia. Estudié sus expresiones: seguían asombrándose de que un médico expresara sus errores y los aceptara.

   Cuando me despedía de ellas, cansadísimo de la jornada, la madre me detuvo de nuevo en el pasillo.

   -¿No sufrió, verdad?

   Sus ojos lo decían todo. Su hija, de vida un poco difícil, había encontrado la muerte sola, en un recinto hospitalario con apenas cuarenta años.

   Esa mirada pudo conmigo y con mi cansancio. En otro momento le contestaría cualquier cosa para dejarla tranquila y a mí libre para volver a mi casa. Pero estaba aprendiendo a disculparme y ellos eran mis maestros. No podía irme sin apagar ese último rescoldo de remordimientos.

   – No, no se enteró de nada. De verdad. Murió plácidamente.

   La mirada llorosa y cansada se relajó y la mano que sujetaba mi brazo también. Les sonreía a ambas y me despedí en el pasillo, dejándolas al cuidado de nuestra secretaría, que se encargaría del resto del papeleo con el que liamos todas las cosas.

   Con qué poco hacemos un bien. Y cuánto nos cuesta ese gesto.

   Aún tengo mucho que aprender y sigue molestándome que sea tan imperfecto. Pero de algo estoy muy seguro, no seré el mejor de los galenos y desde luego mi orgullo laboral me molesta cada vez menos, pero al menos estoy en el camino de una excelencia que aún no se aprecia en nuestro país, pero que a mí me llena completamente.

Un baile más/ Just One More Dance.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   La orquesta parece cansada. Lleva tocando casi toda la noche.

   Y qué noche. Templada de estrellas, con la luna tatuándose en tu piel. Y tus ojos entristecidos y pálidos, con el corazón enredado en tus pestañas.

   Casi no nos hemos hablado en toda la velada. Decidimos no decir nada a nuestros amigos para no arruinar el momento, que no es el nuestro (¿cuándo ha sido el nuestro?)

   Pero no podemos ocultarlo, o al menos tú no lo has intentado siquiera.

   Tú y yo, con tanto en común y tanto amor, parece que ni siquiera nos conozcamos. No me ofreciste un sorbo de tu copa y el champán se calentó en la mía. No sé si te diste cuenta, pero los demás nos miraron raro.

   Empleaste monosílabos cada vez que te dirigías a mí. Como si una oración completa significase una rendición en esta batalla absurda en la que nos hemos enfrascado.

   Yo intenté mirarte toda la velada, entre la comida, el alcohol, la música y el aire. Y tú esquivando todos mis movimientos, distrayéndote con esto o aquello, fuese importante o no. Desdeñando mi corazón como nuestra vida en común.

   Hasta que empezó la orquesta a tocar.

   Has bailado toda la noche mirándome con cierto desdén. Y mis pies se morían de ganas de lanzarme a la pista y atraerte a mí. Y mis labios secos de ti y esas ganas locas de abrazarte una vez más, arrebatarte al orgullo y limpiar las heridas que nos hemos hecho y que pareces recordar tan bien.

   Y he sido un tonto. Jugando contigo este juego de malentendidos. Toda la noche perdida entre el silencio, el orgullo herido y la pasión que aún nos consume, lo sé.

   Pero ya no más.

   Es la última melodía, la última canción. Y te he pillado en volandas antes de que pudieras marcharte. Y no te has resistido.

   Siento tu calor, siento tu cuerpo moldeándose con el mío. Y la música es una compañera del amor, lo sé muy bien.

   Siento tu fuerza abrazando a la mía, y tus intenciones con tactos, y tu silencio callado con una sonrisa entre los labios. Y nos miramos mientras la orquesta toca un baile más.

   Y nos acercamos así, lento muy lento, y no nos decimos nada, que ya nos hemos dicho de todo. Y tu corazón y el mío que saltan mecidos por una emoción extraña, olvidada en el patio de atrás, evocada por el baile, arropada por la música…

   Tú y yo, con tanta historia contada y tanta por contar, con amor de ida y vuelta, con almas que se tocan y deseos que se despeñan, nos entendemos tan bien y todo parece tan sencillo cuando estamos juntos, abrazándonos así mientras el mundo se detiene; danzando entre la oscuridad plateada de la luna un baile más…

   Y todo termina y todo parece volver a empezar. Siento que muero… Pero tu boca se acerca a la mía y susurra un instante más… Y me besas, y revivo con tu sabor y me aferro a tus brazos líquidos y respiro de nuevo, atraído por el mundo de tu corazón y el mío, que pareció quedarse atrás.

   Pero ya no.

   Juntos estamos. Una vez más.

Algo que leer (en el universo 2.0)/ Something To Read (here).

Uncategorized

   

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

   No se actualizan siempre de forma continuada, ni falta que hace.

   Sus objetivos e intereses, sus pareceres y géneros son dispares, y por eso me atraen y los sigo.

   Todos son artísticos a su manera. Muchos de ellos aportan rigor científico e informativo. Todos nos acercan a un universo nuevo para que lo entendamos y aceptemos y sepamos que el mundo es demasiado diverso y que todo en él tiene cabida. Cada uno defiende su parcela de pensamiento, y aunque tienen derecho, no me atraen por eso, si no por su espontaneidad, su dedicación y esa pasión que les une a sus respectivas carreras y a sus ilusiones e intereses.

   Asignatura pendiente, el blog del Dr. Sergio Fernández, nos habla de las pasiones de su vida, que es la vida en toda su extensión, de su labor como insigne médico cosmético, sus viajes y sus preocupaciones, y nos sirve de guía frente al innovador campo de la Medicina Cosmética, de importancia creciente y de interés general. Desprende energía y actividad, exactamente como es él en realidad.

  Enrique Toribio es un artista. Su arte fotográfico, lleno de sensualidad, es barroco. Todo. Sus claroscuros, su búsqueda de la textura, su ansia de movimiento. Sus fotografías son poesía congelada y a la vez móvil, donde un gesto, una mirada, una mano o una boca hablan con sentimiento y sensibilidad.

 Truthkill Satrian es un blog que nos mantiene al día de la realidad televisiva y cinematográfica mundial, es decir casi toda anglosajona, con noticias frescas, tráilers, nuevos proyectos y crírticas en muchos casos acertadas, en una acercamiento útil al momento en constante evolución del mundo del espectáculo y del entretenimiento.

   O Garfelo es una delicia. Un blog que se dedica a desmigar la cultura gastronómica fundamentalmente gallega, expresada en practicidad. Loly Llano nos acerca, con su habilidad, todos los secretos de la cuchara y el tenedor, y los rincones más recónditos de la gastronomía rural con los ojos del siglo XXI.

   El Pakozoico es la idea de Francesc Gascó para impregnar de cotidianidad la Paleontología y unir los orígenes de la vida con la evolución del día a día, desde el rigor científico, la algarabía del disfrute y la alegría de una persona que goza de lo que hace, con lo que hace y que le gusta transmitir grandes verdades escondidas en lo más recóndito y en lo más inusual. En El Pakozoico nos damos cuenta que lo más trivial tiene un transfondo mucho más profundo, y por eso es divertido y por eso nos sentimos a veces tan identificados y tan atraídos por ello.

   Both Sides Now es una pequeña joya que comienza. Raúl Nuevo llena con sus sensibilidad esos pequeños detalles que conforman nuestro día a día, y encuentra verdaderos tesoros escondidos para la mayoría. Su labor como empresario y restaurador, su alegría y melancolía, hacen que sus palabras, que sus reflexiones, tengan un peso real que escapa al simbolismo que emplea. Si hay algo que esconde Both Sides Now es un corazón que late y que quiere ser compartido con todos.

   En El Hombre Confuso todo es homosexual. Todo. No hay ninguna entrada, ninguna intención fuera del esquema que aparentemente define a este blog. Pero Confuso es mucho, mucho más. Su gusto camp, su búsqueda y admiración por lo kitsch no sólo es gay, es universal, pero no se queda ahí. Su habilidad como escritor traspasa todas esas fronteras iniciales, y nos descubre a un hombre que se prefigura y se busca, que intenta encontrarse y que se pierde, dentro de lo confuso de la vida, llenando de poesía cada uno de sus pasos. Más allá de las fotografías homoeróticas, abiertamente pornográficas a veces, la sensibilidad de Confuso escapa los límites de su blog y nos hace esperar un futuro brillante para él en el mundo del papel impreso.

   Life and Wonderland es una joyita bilingüe. IT llena de poesía sus encuentros personales, sus preguntas, su búsqueda de sentido. Llena de arte y sensibilidad, su búsqueda de lo real se mezcla con las fibras de la vida y crean un universo que se presta a la maravilla y al sueño.

   Plan de vuelo, de César Cabo, desglosa la actualidad desde un punto de vista crítico y sereno, algo tan poco español y que es de admirar. Toda persona que expresa sus pensamientos en alta voz en cierta forma se confiesa y esto es lo que encontramos muchas veces escondido en las líneas de este blog. La inteligencia y la fina ironía, el pensamiento clarificado y una cierta contención admirable, fluyen por este blog de un autor polifacético que promete dar mucho más de sí fuera de los límites aparentemente inexistentes del universo 2.0

   Yorokobu es una delicia. Es una revista física, es un blog extraordinario, es una forma fresca de ejercer el periodismo que casi se transforma en un estilo de vida. Tiene espíritu propio, como Monocle, por ejemplo, aunque alejado del esnobismo que tiñe demasiado la obra de Tyler Brûlé (por lo demás, muy interesante), y contagia con su espíritu alegre y crítico el espíritu de quien lo lee, dejando siempre abierta la puerta al cuestionamiento, al pensar fluido de ida y vuelta.

   Esta es una pequeña muestra , muy pequeña, de la riqueza de internert y de lo que en él podemos encontrar y disfrutar, ramas de un árbol frondoso o dendritas de esa gran neurona que es el pensamiento y el sentir humano llevado a la expansión casi infinita de las posibilidades del universo 2.0