Aquella tarde/ That Afternoon.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

12120225_1688709504679291_1387368486_nAquella tarde era domingo. Llovía a medias y a medias hacía sol. Ese sol que cae lento entre las nubes tan propias de octubre. Y casi todo estaba cerrado.

La ciudad mojada, sus calles de piedra, el repiqueteo de las gotas en el suelo y en los bajantes, y algunos paraguas abiertos que protegen del orballo y también a veces de las miradas y de los juicios.

La ciudad es dorada en otoño, con un toque cálido y húmedo, las aceras con tropezones de terrazas a medio cerrar, algunas coquetas mostrando la calefacción o las mantas rollizas y rojas, como el abrazo de un corazón. Y caminando entre ellas aquella tarde íbamos tú y yo.

Era domingo, y el tiempo pasa lento en domingo. El atardecer cansado y la luna traviesa con ganas de alzarse enorme en la oblea del cielo. Algunos niños correteando, despreocupados de la lluvia menuda, con sus padres despreocupados y quizá algo arrepentidos de haberlos tenido. A todos nos pasa alguna vez. El río cerca, con su susurro insomne y su andar pegajoso y algo gris. Y en aquella tarde tú y yo caminando juntos, bajo un paraguas enorme, de la mano con las manos escondidas y una sonrisa tonta en la cara amplia y feliz.

Aquella tarde nos besamos. Lo recuerdo porque las hojas caían pendulares a nuestros pies. Y el río era un arrullo que llenaba nuestras bocas. Y el puente, uniéndonos como los labios, como las manos, como las intenciones.

Aquella tarde todo se llenó de luz. Las farolas se encendieron sin duda, y las bombillas de las embarcaciones cercanas. Y las estrellas una a una, ciertamente. Pero fuimos nosotros quienes prendimos el amor aquella tarde, quienes jamás nos arrepentimos de cogernos de la mano y de besarnos largo y tendido, con toda la ovación del otoño, y sellamos una promesa que cambia cada año, como las estaciones.

Son sólo instantes, son matices, no somos más que guijarros rodando hasta el mar, y sin embargo… Aquella tarde tú y yo fuimos eternos. El único café abierto, y los asientos mullidos llenos de hojas secas, y la paz de las miradas y el abrazo de las sonrisas de corazón.

Sólo son pequeñeces, palabras no dichas, caricias que se dan y quedan grabadas por siempre en la frontera de la piel. Aquella tarde sonreías con la boca abierta repleta de mis besos, y yo flotaba, lo sé, sobre el río, sobre la tierra; bailábamos el vals de las hojas ocres, y en el azul profundo de la noche que llegaba, nuestro amor nacía arropado por el viento, la lluvia fina y la eternidad.

Nada es para siempre. Pero esa tarde de oro vive entre nosotros, está junto a ti y junto a mí, cada día que pasa, cada estación, cada otoño que desnuda a los árboles y viste a los adoquines con un disfraz vegetal, con su fresquito de arrullo y su caricia de terciopelo; nada es para siempre, salvo quizá nuestro recuerdo y nuestro calor.

Aquella tarde, aquel otoño, aquel amor… Y tu rostro por siempre joven y tu corazón por siempre en mis manos y mi entrega y mi deseo y mi eterno sí…

Aquella tarde, aquel otoño, aquel momento suspendido, aquellos tú y yo…

Eres tú/ It is You.

El mar interior/ The sea inside

12120378_1635690316708904_278183429_nPaseo por el salón. El parquet se queja un poco. Y dejo rastros de pétalos a mi paso. Sí, no, sí, no.

En el tercero C te has mudado. No hace ni una semana. Nos hemos visto varias veces. En el rellano de la escalera y esperando un poco más al ascensor. Una sonrisa cómplice, un mira-cómo-tarda y cabezas asintiendo. Y después tocaste a mi puerta porque no sabías a quién llamar: algún problema con la luz. Eres nuevo en la ciudad, en el país. Y sonríes como si no pasara nada. Y que sol en tu mirada.

Y paseo por el salón con una copa en la mano. Debo llevar casi una botella de tinto. Un sorbo y otro más. Y otra vuelta por el salón, gastando el suelo, manchando la alfombra de vino y de pétalos.

Eres tú. Sin duda.

Afuera llega el otoño y todo es color de oro y cobre. Y las hojas caen con un vals que me gustaría bailar contigo. La cintura justa, la espalda recta, cierto movimiento torpe de los pies. Y la sonrisa de sol. Y esa mirada azul de extranjero sorprendido. Por mí, claro. O eso espero.

Estoy pensando invitarte a tomar algo. Que te sientas cómodo en esta casa llena de libros que ya nadie lee. Que me gusta presumir de cultura general. Y hablar con epítetos y metempsicosis; palabrotas grandes que van contigo, con ese aire despistado de hombre de letras, y esa camisa entreabierta y el pecho a medio ver.

Eres tú. Lo sé.

Y deshojo esta margarita para que me prediga el futuro. Esas gafas doradas, es pelo revuelto, esa sonrisa imperfecta. Y ese aroma nuevo. Eres tú, seguro. Que me impide dormir, que me hace soñar despierto, y que me induce a pensar una y otra vez todas las maneras posibles, sin parecer un acosador desesperado, de encontrarnos casualmente. Ya he agotado las oportunidades del ascensor y de las escaleras, y en el portal, a fuerza de tropiezos, ya sabes el truco de la llave en la cerradura. Quise llevarte una tarta casera, pero resulta que eres alérgico al gluten y claro, la harina así no te va bien. Me tuve que comer toda aquella trata de hojaldre de manzana, con empacho y dos kilos de más. Y hasta que no di con una receta de galletas no paré; las hice y casi se me quema el horno, que no controlo yo estas harinas procesadas. Y el humo casi alarma a los bomberos y menudo escándalo monté para libertar solo una, que te ganaste por haber sido mi salvador: llamaste al 112 y vi el cielo abierto. No todo el mundo sabe el teléfono de los problemas domésticos.

Eres tú. Lo sé. La margarita me lo acaba de decir, y ahora la veo despelucada entre mis manos. Y parece mi corazón que late alocado por ti, el vecino nuevo del tercero C, con mirada traviesa y algo perdida, recién llegado con el otoño, con ojos de cielo y caminar de bronce. Y si pudiera cantar, la de serenatas que te hubiera llevado; pero mi desvarío tiene algo de freno, al menos. Y sin embargo…

¿Una fiesta? ¿Una reunión improvisada? Amigos precisos, investigación hecha, el mejor vino, los dulces sin gluten y hasta comida koscher, que me pareces medio judío on esa nariz aguileña y esa mirada perdida a veces. A mí me da lo mismo, que de católico a ateo a ortodoxo o cirílico casi no hay paso, y sería como una vuelta al origen de la felicidad si me abrieras los brazos enormes.

Eres tú. La margarita me la ha dicho y mi corazón no hace más que brincar dentro del pecho. Se me llena la boca diciendo tu nombre, que descubrí apenas ayer. Y a tu semblante perfecto puedo añadirle un nombre y hasta melódico suena de tan extraño. Va a ser ahora que eres irlandés y no judío, y el idioma gaélico se te enreda entre las vocales latinas, y todo el embrujo sea sólo ese…

Da igual. Eres tú.

Oigo el sonido de unas llaves, y sé que estás pasando justo por el pasillo de mi puerta, alisándote el pelo revuelto por las borrascas otoñales. Y doy un salto de gimnasta entrenado y casi me estrello contra el suelo. Puedo alcanzar el pomo de la puerta y en un impulso se me sale un grito al abrirla de golpe.

Y te asusto. Y sonríes. Y me dices una parrafada que no entiendo porque estoy demasiado ocupado ordenando las ideas en la cabeza y dándome cuenta que llevo una camiseta horrible, ajustada eso así, pero llena de manchas de lejía, y el pelo hecho un lío cósmico, como mi corazón, que se me sale de la boca cuando te veo.

Pero sonríes y parece que te da igual. Con la mirada sorprendida cabeceas señalándome tu portal. Vas de bolsas llenas de comida hasta la coronilla. Y yo hecho un cisco. Pero no puedo dejarte así. Y salgo. Y te libero de mucha carga, que se nota el gimnasio (creo). Y oímos un estruendo enorme: mi puerta se ha cerrado por la corriente de aire con un terremoto que amenaza con no abrir jamás sus goznes. Y puede que tenga razón.

Te acompaño hasta la puerta. Abres, me sonríes de nuevo, me coges las bolsas y balbuceas en ese idioma extraño cuatro cosas y yo pongo cara de tonto. Y me dejas allí, en el dintel, casi harapiento, con lo brazos cansados de cargar veinte bolsas del súper y más solo que la una. Pero no importa. Eres tú, lo sé. Porque todo me ha parecido un sueño: caminando entre nubes, oyendo el arrullo de un río en tu boca, y viendo el cielo estrellado en esos ojos azul mar. Y todo es una maravilla.

Eres tú, lo sé.

Pero cuando llego a mi puerta me doy cuenta que estoy atrapado: las llaves han quedado dentro y no cargo copias fuera. Y menuda faena. Adentro ha quedado el vino y la margarita despelucada, y los cientos de libros por aparentar, y mi billetera. Y mi móvil.

Eres tú, lo sé.

Pero menuda gracia el cerrajero cuando llegue y tenga que pagarle la minuta.

Como no resuelva este problema que eres tú me voy a arruinar. Y tendré que mudarme lejos de ti.

En fin. Puede que todo esto sea el preludio de la felicidad.

¿O no?

Raúl Nuevo: vida nueva/ Raúl Nuevo: A New Life.

El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone

11807126_10206407968293465_7339321047210007059_oRaúl Nuevo es un espíritu de acero. Sin aristas, brillante, duradero, confiable. Es muchas cosas, que él resumiría rápidamente en cinco minutos: esa voz profunda, esa capacidad de comunicación única, ese intento constante de ser feliz. Tanto, que a veces olvida en su intensidad que realmente, y pese a todo, ya es feliz.

Su vida es puro corazón. Lo lleva en los ojos y en la voz. Dueño de una generosidad de mundo entero, cuando abraza parece un bosque profundo, y a la vez, las alas de un ángel. Quiere tanto que su corazón pesa como el oro; es tan desbordante, que la selva de palabras, de expresiones, de gestos y de sonrisas nos llena de ternura y de comodidad. A su lado nadie es un extraño, nadie pasa desapercibido, nadie tiene nada que contar.

Es el perfecto anfitrión. Histriónico, divino, carente de cinismo (salvo, quizá a veces, consigo mismo) y lleno de positivismo. Nada ha hecho naufragar la nave de ese corazón de aire que posee, oxígeno que nos regala así, a manos llenas. Exigente, más consigo mismo que con nadie, desbordante, único, siempre es nuevo, siempre es él mismo, siempre es único y siempre sobrevive, a punta de esfuerzo y de cabezonería, de querer estar y de amar. Pocos hombres hay más constantes que Raúl Nuevo en sus virtudes y en sus carencias, y nadie tan apasionado ni tan dulce.

Hoy es su cumpleaños. Y quiero que lo celebre con la tranquilidad de una vida vivida, con la seguridad que, una vida nueva, en Raúl Nuevo, es sinónimo y destino. A veces las cosas que nos pasan nos nublan el horizonte; a veces, las vueltas del destino nos entorpecen la marcha. Para Raúl Nuevo sólo deseo que esa travesía tan suya, tan él mismo, consiga darle la paz que tanto anhela (y que lleva dentro), y ese amor, amor, que tanto sueña (y que lleva dentro).

Para Raúl Nuevo, en su cumpleaños y todos los días, en cada amanecer y en cada puesta de sol, una vida nueva, una nueva vida.

Con cariño.

Caniche Editorial: recién hecho/ Caniche Editorial: Ready-Made.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

10164605_300x300Caniche Editorial es la nueva aventura ideada por Ernesto Miralta y Carlos Copertone con ladea de aunar el universo literario con el del resto de artes plásticas; acercar textos-arte en libros-joya llenos de belleza integrando en un mismo acto la lectura, la textura, el brillo, la transparencia y el reflejo.

Caniche Editorial nace con la intención de englobar la labor artística, de interaccionar lectura y lector, texto y soporte con ánimo lúdico, educativo y bello. Es difícil en la actualidad encontrar propuestas que aglutinen lo bello con lo práctico y mucho menos lo bello con lo cotidiano, acercando la gran fortuna de ese juego único que sólo pueden gozar algunos en su biblioteca y todos nosotros en salas de museos o de exposiciones.

Ready-Made, primer poemario publicado de Mateo Navarro ha sido el primer volumen escogido por la editorial para estrenar su propuesta. Lleno de luz con sus tintes plateados y de reflejos donde los versos se superponen al esfuerzo del lector, de transparencias en hojas de papel cebolla, y de ritmo y musicalidad, Ready-Made se erige como algo novedoso, más allá de su ritmicidad y temática poética, asentando las bases de lo que los editores buscan con Caniche.

La poesía de Mateo Navarro semeja en evolución, como la misma editorial, parte de intenciones elevadas y lenguaje rico y referencial, lleno de ecos y de búsquedas que se afinarán sin duda en la maduración del escritor como poeta y como hombre. El exceso y el sentimiento forman parte de Ready-Made, imagen especular de un mundo que escapa a borbotones por la garganta del poeta. El juego de espejos, de rasgados de página, de juego a fin de cuentas, nos envuelven en el ritmo premeditado de los versos y muchas veces encierran sus intenciones y lo reflejan.

Edición y poemario se hacen uno, idea que quiere llevar Caniche Editores hacia nuestras vidas: todo es posible, dentro de las dimensiones del arte, para alcanzar una experiencia completa, jugando con las expresiones artísticas, y el ánimo de los lectores.

No me dejes (Ne me quitte pas).

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

OriginalPhoto-467051585.823095No me dejes es la quinta novela de Màxim Huerta. Su quinto regalo, una quinta sorpresa bellamente editada. Y cuentan que no hay quinto malo. Pues hay quinto un tanto distinto. Es Màxim Huerta en esplendor, París retratada con un amor pocas veces destilado en una novela, y esa búsqueda de la felicidad entre lágrimas del que es casi un maestro. Pero es más. Es una novela de evolución, de riesgos, donde abandona la comodidad del escritor narrativo para jugar con el lector, para hacerle partícipe de la historia, para que sufra y se emocione y se enternezca y juegue el mismo juego que la vida de sus personajes, regalando además pinceladas de homenaje a una de sus mentoras, introduciendo un personaje élfico, lírico, travieso, que se adivina ya en la dedicatoria y en las frases con las que se inicia el relato, especie de hada madrina o de Mary Poppins, pillastra y encantadora.

No me dejes es una historia de infelicidad brillante, o de felicidad oscura, como más nos guste. Porque la vida no es nunca en blanco y negro. Es amarga y dulce, adolorida y significante, trivial y llena de coincidencias. Es la historia de Violeta más que de Paulina; es la historia de Éttiene más que de Dominque, de Tilde más que de Mercedes, y sin embargo todos tienen un peso específico y un motivo y sirven de puentes de unión y de separación, de acogida y de despedida a los que nos tiene tan acostumbrados el autor, pero llevado aquí con una maestría de una pluma que fluye suave, directa, casi sin tropiezos.

Es una novela trampa, porque nos da mucho sin regalarnos nada. Hay múltiples referencias culturales que nos permiten fijarnos, quizá de más, en las situaciones, en los estados de ánimo e incluso nos dan pistas sobre le futuro de cada personaje. Pero la sorpresa estalla pasada las primeras páginas. Cada oración está preñada de magia y de amor, amor por la música, el cine, la literatura y las flores, las flores que cobran vida y magia y son, quizá, el personaje más vivo, más tierno, más mágico, más presente. Porque No me dejes es una selva de flores, un mundo de pétalos, de movimientos, de olores. París huele a flores, y el corazón de cada uno de sus protagonistas también. Hay un lazo de unión entre la Naturaleza vegetal y la Naturaleza humana que hermana las lágrimas, las alegrías, las angustias y los pormenores de cada uno y los justifica. Ellos están ahí por la flores, y las flores, ese regalo maravilloso, los unen por siempre. Cinco almas perdidas que se encuentran en el tejido del destino, y ese destino está sembrado de pétalos fragantes y de quimeras, de heridas a medio cerrar, de miedo y de esperanzas.

Porque la vida es así: sonrisas entre lágrimas, miedo ante lo desconocido y valentía para seguir adelante, decepciones de acantilado y alegrías de mundo y medio, y el espíritu vigilante que nos guía a todos, con esa sutileza de la coincidencia, hacia nuestro último destino, que si bien no es el soñado, es finalmente el ideal, el mejor que pudiera ser jamás.12118634_1009768635740774_2544727295712119222_n

Màxim Huerta rompe los moldes de la narración actual, dibujando un relato donde juegan todos: los personajes, el autor y los mismos lectores. Con apuntes de director de escena, el espíritu de Paulina va modificando las piezas de la vida de cada uno; el escritor pule los espacios y Violeta y Mercedes, Tilde y Dominque y Éttiene buscan en sus corazones, descubren y reaccionan a lo que la vida les regala y les quita, famélicos y desesperados, pero nunca desesperanzados, hasta encontrar cada uno su lugar en la vida de los otros, y por tanto en la eternidad.

La vida puede que merezca no ser contada. Hay pocos hombres que puedan interesarnos. Pero todo está en el cristal con que se mire o en la tinta con la que se escriba. La de Màxim Huerta se tiñe de los colores de París; se llena de pequeños detalles de alondra, y hace de cinco vidas insignificantes un mapamundi de emociones y de encuentros, de decisiones e ilusiones que nos conmueven y nos descolocan a la vez, igual que la vida misma. Todas las historias merecen ser contadas, aunque quizá algunas más que otras.

En No me dejes hay momentos de soledad dolorosa, y de risas entre lágrimas, y de olores a ciudad húmeda, a nieve amontonada y a miedos y a fracasos. Y aún así, también a café recién hecho, a lluvia que cae, a otoño, a invierno y a primavera. Y a indiferencia también, y a joven y a viejo.

Hay algo en No me dejes que queda impregnado en la piel, en el corazón. Y quizá sea ese retrato de la infelicidad, ese encuentro de dos olas tan distintas como la tristeza y la felicidad que se reconocen, se tantean y finalmente se hermanan. Hay mucho de vida vivida en esas páginas. Y no es perfecta, porque la vida, a fin de cuentas, tampoco lo es, o no como queremos que sea, o como sencillamente ella es. No me dejes, miedo y fracaso, pero también alegría y aceptación, encuentros y pérdidas… Y flores, y puro amor. Que no amor puro ni amor ciego, si no sencillo amor.

Antonio Campoy: gesto suave.

El día a día/ The days we're living

11410334_420172514841026_776731507_nPor fin pude conocer personalmente al creador del blog Vivo en la era pop tras años de seguimiento. Me gustaba su tono casi aséptico, la disección (por lo demás, imposible para mí) de canciones, discos, series o películas sin ese arrebato místico que atrapa a muchos críticos (y esto nos llevaría a un debate capcioso sobre la figura del crítico artístico como pivote del éxito o fracaso de una obra creativa); todo lo contrario, cercano, directo, lleno de referencias acertadas y de refinamientos sutiles que pueden pasar casi desapercibidos.

Antonio Campoy es uno de esos hombres encantadores que se hacen grandes en las distancias cortas. Y no hablo de su evidente atractivo, sino de una sonrisa que se reserva para el mundo real, la mirada brillante, a pesar de todo llena de alegría y de esperanza, su hablar delicado aunque no desacertado y tampoco condescendiente, la voz lo bastante grave para acariciar, y los gestos educados y adecuados que delatan, en su cordialidad, el acento del Norte que posee de nacimiento.

Antonio es de esos hombres a los que da gusto tenerlo cerca. Modesto como pocos pero no por ello sensiblero, guarda un aire de niño juguetón que se desvela poco a poco; su personalidad y sus gustos, su forma de ver el mundo y de comprenderlo se van abriendo poco a poco como una flor en un ambiente caldeado, y ese aroma da gusto disfrutarlo. Sí, Antonio Campoy es un hombre que aligera el mundo, porque parece darle un valor certero, el efecto justo y la sonrisa exacta. Acabo de descubrir porqué vende una sonrisa hermosa a tan alto precio.

Me gusta su cultura vasta, su manejo exquisito de lo pop, sus referencias exactas, su absoluta falta de engaño o de mentira. Antonio es un hombre que lleva el corazón en la mirada y, debido a eso, todo lo que toca lo llena de sinceridad.

Vivo en la era pop, en los tiempos en los que me enganché a él, tenían mucho de reflexión teñida de melancolía con aires pop, que me gustaba: la sinceridad sin ser plomiza, el grado justo de ligereza y la muy ajustada de relatividad. El blog ha cambiado como cambiamos todos, pero hay mucho de Antonio Campoy, ahora más escondido, en sus líneas. Y sigue haciendo que se me pase el tiempo entretenido (y aprendiendo).

Hay muchos componentes en la felicidad. Antonio Campoy está lleno de ellos; a su lado nos damos cuenta que en él todo tiene un componente de suavidad que llegamos a extrañar en el día a día.

Antonio Campoy tiene el gesto suave y la mirada hermosa, y está de cumpleaños estos días. Vaya hacia él mi felicitación y mi admiración, y también toda la suerte que merece y el amor del que disfruta. ¡Feliz Cumpleaños, Antonio!

Miguel Blanco González: In Memoriam.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music, Medicina/ Medicine

S15D1003Llegaba con su voz grave, sus ojos melancólicos y risueños y la actitud enorme de quien está dispuesto a ayudar. Así es Miguel Blanco, neurólogo del Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela (CHUS), donde yo también trabajo.

Nos conocemos desde el año 2003 e incluso desde antes, en la facultad de Medicina. Pero desde ese año, cuando viene al CHUS a trabajar como adjunto de Neurología, es cuando nuestra relación se estrecha. No sé, quizá nos reconocimos en la forma de trabajar, sin duda en la actitud de Servicio y en las ganas de hacerlo todo lo mejor posible, no siguiendo una línea perfeccionista (que lo era), si no más bien en hacer lo mejor en pro de un paciente.

Charlábamos por las noches, cuando los caos que atendía cruzaban nuestros caminos; en realidad, trabajamos mucho juntos, pues nuestras especialidades tienen puntos en común y nos dependemos mutuamente. No había caso difícil al que me negara a echarle una mano; jamás me dijo, por más ocupado que estuviese (y era un hombre ocupadísimo) que no pudiera hacer lo propio. Su compromiso era su palabra, y también su fama: no sé si hay algo que no supiera hacer bien; para mí, Miguel ha sido, quizá, uno de los diez mejores profesionales contemporáneos con los que he tenido la fortuna y el inmenso privilegio de aprender día a día en esta profesión.

Su claridad de ideas, su saber, están tamizados por su sentido común, lo que yo más admiro en una persona, y sus sonrisa casi a la par de su inteligencia, y esa inmensa calma con la que parece atajarlo todo, hacía que abusáramos de él más de lo que él pensara posible.

Miguel y yo, cuando coincidimos, hablamos de todo: el paciente primero, claro; pero entre medias, de lo divino y lo humano, y tejimos un par de ideas, de sueños que rápidamente él quiso materializar, pero que loas vaivenes de las jefaturas y las administraciones detuvieron durante mucho tiempo. Pero como no ha sido nunca un hombre que se amilane, con ese positivismo que lo caracteriza, hace un par de semanas volvió a tratar esos temas conmigo, y volvimos con nuevas energías a la búsqueda de esos sueños: ni la muerte detendrá unas ideas que se impondrán finalmente en la práctica hospitalaria del CHUS, estoy seguro. Quizá no como las hubimos planeado entre los dos, pero lo harán, y en eso tanto él como yo (como en casi todas las cosas, por lo demás) también estamos de acuerdo.

Yo confíe en él para que evaluara a mi madre cuando tuvo un ictus: su amabilidad natural se multiplicaba en la atención al paciente. Su galanura (¡qué guapo eres, Miguel!) hizo que mi madre se lo dijese en plena exploración neurológica. Se sonrojó hasta las pestañas, y se dedicó a hacer un doppler transcraneal como si el piropo, nacido de la admiración y del agradecimiento, no fuese con él. Aún así, desde aquel día, mi madre, que no es mujer del montón, decía a quien quisiese que él era su neurólogo y lo recomendaba con una fe inquebrantable y pura.

Me gusta llamarlo y charlar de naderías, de la evolución de los residentes, de todo lo que podemos hacer para lograr que el CHUS sea más armónico, más amable, más acorde con los tiempos que corren. Llamaba para recibir consejo sobre algún paciente y venía a darlos, a la hora que fuese, si se lo pedíamos. Miguel, todo amabilidad y bonhomía, hizo más amable la Neurología, y formó un equipo que sigue unas pautas (por lo demás sencillas, pero difíciles de alcanzar) de saber hacer, de querer hacer y de solicitud casi como un autorretrato.

Hay estrellas que merecen estar en el cielo. Miguel Blanco González es una de ellas. No es sencillo resumir una vida, la de cualquiera. Si Miguel llamaba yo acudía sin preguntarle qué quería; si lo llamaba, él me atendía por más inocente que fuese mi petición. Él estaba para servir y para evolucionar y para hacer del mundo un lugar mejor. Y así lo ha hecho. Hay estrellas de brillo singular que, aún entre nosotros, refulgen como soles. El verdadero lugar de Miguel Blanco González está allá, en las galaxias, entre el cielo y ese espacio sin enfermedades ni penas, sin rencores ni pulsiones que llamamos Universo, y que no es más que el tejido latiente de un corazón: el suyo, y el de su estupenda familia que ayer ha quedado sin él.

Te he admirado siempre, Miguel. Eres uno de esos ejemplos que me gustaría ser y sé que no alcanzaré nunca. Y tú lo sabes. Como comprendías que hacemos un buen equipo, aquí o allá, juntos o separados. Ahora sabes más; siempre has sabido más que yo. Y eso me sigue admirando. Tu delicadeza, tu inteligencia, tu disposición, tu bonhomía. Qué pocos hombres hay como tú, Miguel, y qué gusto ha sido compartir estos años profesionales contigo, esos planes, esos momentos, por siempre breves, en tu compañía. El mundo ha sido un lugar mejor porque tú has habitado en él; mi mundo nunca será el mismo porque en él estarás tú por siempre.

Gracias, Miguel, por tanto, y por nada.