Eres tú/ It is You.

12120378_1635690316708904_278183429_nPaseo por el salón. El parquet se queja un poco. Y dejo rastros de pétalos a mi paso. Sí, no, sí, no.

En el tercero C te has mudado. No hace ni una semana. Nos hemos visto varias veces. En el rellano de la escalera y esperando un poco más al ascensor. Una sonrisa cómplice, un mira-cómo-tarda y cabezas asintiendo. Y después tocaste a mi puerta porque no sabías a quién llamar: algún problema con la luz. Eres nuevo en la ciudad, en el país. Y sonríes como si no pasara nada. Y que sol en tu mirada.

Y paseo por el salón con una copa en la mano. Debo llevar casi una botella de tinto. Un sorbo y otro más. Y otra vuelta por el salón, gastando el suelo, manchando la alfombra de vino y de pétalos.

Eres tú. Sin duda.

Afuera llega el otoño y todo es color de oro y cobre. Y las hojas caen con un vals que me gustaría bailar contigo. La cintura justa, la espalda recta, cierto movimiento torpe de los pies. Y la sonrisa de sol. Y esa mirada azul de extranjero sorprendido. Por mí, claro. O eso espero.

Estoy pensando invitarte a tomar algo. Que te sientas cómodo en esta casa llena de libros que ya nadie lee. Que me gusta presumir de cultura general. Y hablar con epítetos y metempsicosis; palabrotas grandes que van contigo, con ese aire despistado de hombre de letras, y esa camisa entreabierta y el pecho a medio ver.

Eres tú. Lo sé.

Y deshojo esta margarita para que me prediga el futuro. Esas gafas doradas, es pelo revuelto, esa sonrisa imperfecta. Y ese aroma nuevo. Eres tú, seguro. Que me impide dormir, que me hace soñar despierto, y que me induce a pensar una y otra vez todas las maneras posibles, sin parecer un acosador desesperado, de encontrarnos casualmente. Ya he agotado las oportunidades del ascensor y de las escaleras, y en el portal, a fuerza de tropiezos, ya sabes el truco de la llave en la cerradura. Quise llevarte una tarta casera, pero resulta que eres alérgico al gluten y claro, la harina así no te va bien. Me tuve que comer toda aquella trata de hojaldre de manzana, con empacho y dos kilos de más. Y hasta que no di con una receta de galletas no paré; las hice y casi se me quema el horno, que no controlo yo estas harinas procesadas. Y el humo casi alarma a los bomberos y menudo escándalo monté para libertar solo una, que te ganaste por haber sido mi salvador: llamaste al 112 y vi el cielo abierto. No todo el mundo sabe el teléfono de los problemas domésticos.

Eres tú. Lo sé. La margarita me lo acaba de decir, y ahora la veo despelucada entre mis manos. Y parece mi corazón que late alocado por ti, el vecino nuevo del tercero C, con mirada traviesa y algo perdida, recién llegado con el otoño, con ojos de cielo y caminar de bronce. Y si pudiera cantar, la de serenatas que te hubiera llevado; pero mi desvarío tiene algo de freno, al menos. Y sin embargo…

¿Una fiesta? ¿Una reunión improvisada? Amigos precisos, investigación hecha, el mejor vino, los dulces sin gluten y hasta comida koscher, que me pareces medio judío on esa nariz aguileña y esa mirada perdida a veces. A mí me da lo mismo, que de católico a ateo a ortodoxo o cirílico casi no hay paso, y sería como una vuelta al origen de la felicidad si me abrieras los brazos enormes.

Eres tú. La margarita me la ha dicho y mi corazón no hace más que brincar dentro del pecho. Se me llena la boca diciendo tu nombre, que descubrí apenas ayer. Y a tu semblante perfecto puedo añadirle un nombre y hasta melódico suena de tan extraño. Va a ser ahora que eres irlandés y no judío, y el idioma gaélico se te enreda entre las vocales latinas, y todo el embrujo sea sólo ese…

Da igual. Eres tú.

Oigo el sonido de unas llaves, y sé que estás pasando justo por el pasillo de mi puerta, alisándote el pelo revuelto por las borrascas otoñales. Y doy un salto de gimnasta entrenado y casi me estrello contra el suelo. Puedo alcanzar el pomo de la puerta y en un impulso se me sale un grito al abrirla de golpe.

Y te asusto. Y sonríes. Y me dices una parrafada que no entiendo porque estoy demasiado ocupado ordenando las ideas en la cabeza y dándome cuenta que llevo una camiseta horrible, ajustada eso así, pero llena de manchas de lejía, y el pelo hecho un lío cósmico, como mi corazón, que se me sale de la boca cuando te veo.

Pero sonríes y parece que te da igual. Con la mirada sorprendida cabeceas señalándome tu portal. Vas de bolsas llenas de comida hasta la coronilla. Y yo hecho un cisco. Pero no puedo dejarte así. Y salgo. Y te libero de mucha carga, que se nota el gimnasio (creo). Y oímos un estruendo enorme: mi puerta se ha cerrado por la corriente de aire con un terremoto que amenaza con no abrir jamás sus goznes. Y puede que tenga razón.

Te acompaño hasta la puerta. Abres, me sonríes de nuevo, me coges las bolsas y balbuceas en ese idioma extraño cuatro cosas y yo pongo cara de tonto. Y me dejas allí, en el dintel, casi harapiento, con lo brazos cansados de cargar veinte bolsas del súper y más solo que la una. Pero no importa. Eres tú, lo sé. Porque todo me ha parecido un sueño: caminando entre nubes, oyendo el arrullo de un río en tu boca, y viendo el cielo estrellado en esos ojos azul mar. Y todo es una maravilla.

Eres tú, lo sé.

Pero cuando llego a mi puerta me doy cuenta que estoy atrapado: las llaves han quedado dentro y no cargo copias fuera. Y menuda faena. Adentro ha quedado el vino y la margarita despelucada, y los cientos de libros por aparentar, y mi billetera. Y mi móvil.

Eres tú, lo sé.

Pero menuda gracia el cerrajero cuando llegue y tenga que pagarle la minuta.

Como no resuelva este problema que eres tú me voy a arruinar. Y tendré que mudarme lejos de ti.

En fin. Puede que todo esto sea el preludio de la felicidad.

¿O no?

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