Caniche Editorial es la nueva aventura ideada por Ernesto Miralta y Carlos Copertone con ladea de aunar el universo literario con el del resto de artes plásticas; acercar textos-arte en libros-joya llenos de belleza integrando en un mismo acto la lectura, la textura, el brillo, la transparencia y el reflejo.
Caniche Editorial nace con la intención de englobar la labor artística, de interaccionar lectura y lector, texto y soporte con ánimo lúdico, educativo y bello. Es difícil en la actualidad encontrar propuestas que aglutinen lo bello con lo práctico y mucho menos lo bello con lo cotidiano, acercando la gran fortuna de ese juego único que sólo pueden gozar algunos en su biblioteca y todos nosotros en salas de museos o de exposiciones.
Ready-Made, primer poemario publicado de Mateo Navarro ha sido el primer volumen escogido por la editorial para estrenar su propuesta. Lleno de luz con sus tintes plateados y de reflejos donde los versos se superponen al esfuerzo del lector, de transparencias en hojas de papel cebolla, y de ritmo y musicalidad, Ready-Made se erige como algo novedoso, más allá de su ritmicidad y temática poética, asentando las bases de lo que los editores buscan con Caniche.
La poesía de Mateo Navarro semeja en evolución, como la misma editorial, parte de intenciones elevadas y lenguaje rico y referencial, lleno de ecos y de búsquedas que se afinarán sin duda en la maduración del escritor como poeta y como hombre. El exceso y el sentimiento forman parte de Ready-Made, imagen especular de un mundo que escapa a borbotones por la garganta del poeta. El juego de espejos, de rasgados de página, de juego a fin de cuentas, nos envuelven en el ritmo premeditado de los versos y muchas veces encierran sus intenciones y lo reflejan.
Edición y poemario se hacen uno, idea que quiere llevar Caniche Editores hacia nuestras vidas: todo es posible, dentro de las dimensiones del arte, para alcanzar una experiencia completa, jugando con las expresiones artísticas, y el ánimo de los lectores.
No me dejes es la quinta novela de Màxim Huerta. Su quinto regalo, una quinta sorpresa bellamente editada. Y cuentan que no hay quinto malo. Pues hay quinto un tanto distinto. Es Màxim Huerta en esplendor, París retratada con un amor pocas veces destilado en una novela, y esa búsqueda de la felicidad entre lágrimas del que es casi un maestro. Pero es más. Es una novela de evolución, de riesgos, donde abandona la comodidad del escritor narrativo para jugar con el lector, para hacerle partícipe de la historia, para que sufra y se emocione y se enternezca y juegue el mismo juego que la vida de sus personajes, regalando además pinceladas de homenaje a una de sus mentoras, introduciendo un personaje élfico, lírico, travieso, que se adivina ya en la dedicatoria y en las frases con las que se inicia el relato, especie de hada madrina o de Mary Poppins, pillastra y encantadora.
No me dejes es una historia de infelicidad brillante, o de felicidad oscura, como más nos guste. Porque la vida no es nunca en blanco y negro. Es amarga y dulce, adolorida y significante, trivial y llena de coincidencias. Es la historia de Violeta más que de Paulina; es la historia de Éttiene más que de Dominque, de Tilde más que de Mercedes, y sin embargo todos tienen un peso específico y un motivo y sirven de puentes de unión y de separación, de acogida y de despedida a los que nos tiene tan acostumbrados el autor, pero llevado aquí con una maestría de una pluma que fluye suave, directa, casi sin tropiezos.
Es una novela trampa, porque nos da mucho sin regalarnos nada. Hay múltiples referencias culturales que nos permiten fijarnos, quizá de más, en las situaciones, en los estados de ánimo e incluso nos dan pistas sobre le futuro de cada personaje. Pero la sorpresa estalla pasada las primeras páginas. Cada oración está preñada de magia y de amor, amor por la música, el cine, la literatura y las flores, las flores que cobran vida y magia y son, quizá, el personaje más vivo, más tierno, más mágico, más presente. Porque No me dejes es una selva de flores, un mundo de pétalos, de movimientos, de olores. París huele a flores, y el corazón de cada uno de sus protagonistas también. Hay un lazo de unión entre la Naturaleza vegetal y la Naturaleza humana que hermana las lágrimas, las alegrías, las angustias y los pormenores de cada uno y los justifica. Ellos están ahí por la flores, y las flores, ese regalo maravilloso, los unen por siempre. Cinco almas perdidas que se encuentran en el tejido del destino, y ese destino está sembrado de pétalos fragantes y de quimeras, de heridas a medio cerrar, de miedo y de esperanzas.
Porque la vida es así: sonrisas entre lágrimas, miedo ante lo desconocido y valentía para seguir adelante, decepciones de acantilado y alegrías de mundo y medio, y el espíritu vigilante que nos guía a todos, con esa sutileza de la coincidencia, hacia nuestro último destino, que si bien no es el soñado, es finalmente el ideal, el mejor que pudiera ser jamás.
Màxim Huerta rompe los moldes de la narración actual, dibujando un relato donde juegan todos: los personajes, el autor y los mismos lectores. Con apuntes de director de escena, el espíritu de Paulina va modificando las piezas de la vida de cada uno; el escritor pule los espacios y Violeta y Mercedes, Tilde y Dominque y Éttiene buscan en sus corazones, descubren y reaccionan a lo que la vida les regala y les quita, famélicos y desesperados, pero nunca desesperanzados, hasta encontrar cada uno su lugar en la vida de los otros, y por tanto en la eternidad.
La vida puede que merezca no ser contada. Hay pocos hombres que puedan interesarnos. Pero todo está en el cristal con que se mire o en la tinta con la que se escriba. La de Màxim Huerta se tiñe de los colores de París; se llena de pequeños detalles de alondra, y hace de cinco vidas insignificantes un mapamundi de emociones y de encuentros, de decisiones e ilusiones que nos conmueven y nos descolocan a la vez, igual que la vida misma. Todas las historias merecen ser contadas, aunque quizá algunas más que otras.
En No me dejes hay momentos de soledad dolorosa, y de risas entre lágrimas, y de olores a ciudad húmeda, a nieve amontonada y a miedos y a fracasos. Y aún así, también a café recién hecho, a lluvia que cae, a otoño, a invierno y a primavera. Y a indiferencia también, y a joven y a viejo.
Hay algo en No me dejes que queda impregnado en la piel, en el corazón. Y quizá sea ese retrato de la infelicidad, ese encuentro de dos olas tan distintas como la tristeza y la felicidad que se reconocen, se tantean y finalmente se hermanan. Hay mucho de vida vivida en esas páginas. Y no es perfecta, porque la vida, a fin de cuentas, tampoco lo es, o no como queremos que sea, o como sencillamente ella es. No me dejes, miedo y fracaso, pero también alegría y aceptación, encuentros y pérdidas… Y flores, y puro amor. Que no amor puro ni amor ciego, si no sencillo amor.
Por fin pude conocer personalmente al creador del blog Vivo en la era poptras años de seguimiento. Me gustaba su tono casi aséptico, la disección (por lo demás, imposible para mí) de canciones, discos, series o películas sin ese arrebato místico que atrapa a muchos críticos (y esto nos llevaría a un debate capcioso sobre la figura del crítico artístico como pivote del éxito o fracaso de una obra creativa); todo lo contrario, cercano, directo, lleno de referencias acertadas y de refinamientos sutiles que pueden pasar casi desapercibidos.
Antonio Campoy es uno de esos hombres encantadores que se hacen grandes en las distancias cortas. Y no hablo de su evidente atractivo, sino de una sonrisa que se reserva para el mundo real, la mirada brillante, a pesar de todo llena de alegría y de esperanza, su hablar delicado aunque no desacertado y tampoco condescendiente, la voz lo bastante grave para acariciar, y los gestos educados y adecuados que delatan, en su cordialidad, el acento del Norte que posee de nacimiento.
Antonio es de esos hombres a los que da gusto tenerlo cerca. Modesto como pocos pero no por ello sensiblero, guarda un aire de niño juguetón que se desvela poco a poco; su personalidad y sus gustos, su forma de ver el mundo y de comprenderlo se van abriendo poco a poco como una flor en un ambiente caldeado, y ese aroma da gusto disfrutarlo. Sí, Antonio Campoy es un hombre que aligera el mundo, porque parece darle un valor certero, el efecto justo y la sonrisa exacta. Acabo de descubrir porqué vende una sonrisa hermosa a tan alto precio.
Me gusta su cultura vasta, su manejo exquisito de lo pop, sus referencias exactas, su absoluta falta de engaño o de mentira. Antonio es un hombre que lleva el corazón en la mirada y, debido a eso, todo lo que toca lo llena de sinceridad.
Vivo en la era pop, en los tiempos en los que me enganché a él, tenían mucho de reflexión teñida de melancolía con aires pop, que me gustaba: la sinceridad sin ser plomiza, el grado justo de ligereza y la muy ajustada de relatividad. El blog ha cambiado como cambiamos todos, pero hay mucho de Antonio Campoy, ahora más escondido, en sus líneas. Y sigue haciendo que se me pase el tiempo entretenido (y aprendiendo).
Hay muchos componentes en la felicidad. Antonio Campoy está lleno de ellos; a su lado nos damos cuenta que en él todo tiene un componente de suavidad que llegamos a extrañar en el día a día.
Antonio Campoy tiene el gesto suave y la mirada hermosa, y está de cumpleaños estos días. Vaya hacia él mi felicitación y mi admiración, y también toda la suerte que merece y el amor del que disfruta. ¡Feliz Cumpleaños, Antonio!
Llegaba con su voz grave, sus ojos melancólicos y risueños y la actitud enorme de quien está dispuesto a ayudar. Así es Miguel Blanco, neurólogo del Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela (CHUS), donde yo también trabajo.
Nos conocemos desde el año 2003 e incluso desde antes, en la facultad de Medicina. Pero desde ese año, cuando viene al CHUS a trabajar como adjunto de Neurología, es cuando nuestra relación se estrecha. No sé, quizá nos reconocimos en la forma de trabajar, sin duda en la actitud de Servicio y en las ganas de hacerlo todo lo mejor posible, no siguiendo una línea perfeccionista (que lo era), si no más bien en hacer lo mejor en pro de un paciente.
Charlábamos por las noches, cuando los caos que atendía cruzaban nuestros caminos; en realidad, trabajamos mucho juntos, pues nuestras especialidades tienen puntos en común y nos dependemos mutuamente. No había caso difícil al que me negara a echarle una mano; jamás me dijo, por más ocupado que estuviese (y era un hombre ocupadísimo) que no pudiera hacer lo propio. Su compromiso era su palabra, y también su fama: no sé si hay algo que no supiera hacer bien; para mí, Miguel ha sido, quizá, uno de los diez mejores profesionales contemporáneos con los que he tenido la fortuna y el inmenso privilegio de aprender día a día en esta profesión.
Su claridad de ideas, su saber, están tamizados por su sentido común, lo que yo más admiro en una persona, y sus sonrisa casi a la par de su inteligencia, y esa inmensa calma con la que parece atajarlo todo, hacía que abusáramos de él más de lo que él pensara posible.
Miguel y yo, cuando coincidimos, hablamos de todo: el paciente primero, claro; pero entre medias, de lo divino y lo humano, y tejimos un par de ideas, de sueños que rápidamente él quiso materializar, pero que loas vaivenes de las jefaturas y las administraciones detuvieron durante mucho tiempo. Pero como no ha sido nunca un hombre que se amilane, con ese positivismo que lo caracteriza, hace un par de semanas volvió a tratar esos temas conmigo, y volvimos con nuevas energías a la búsqueda de esos sueños: ni la muerte detendrá unas ideas que se impondrán finalmente en la práctica hospitalaria del CHUS, estoy seguro. Quizá no como las hubimos planeado entre los dos, pero lo harán, y en eso tanto él como yo (como en casi todas las cosas, por lo demás) también estamos de acuerdo.
Yo confíe en él para que evaluara a mi madre cuando tuvo un ictus: su amabilidad natural se multiplicaba en la atención al paciente. Su galanura (¡qué guapo eres, Miguel!) hizo que mi madre se lo dijese en plena exploración neurológica. Se sonrojó hasta las pestañas, y se dedicó a hacer un doppler transcraneal como si el piropo, nacido de la admiración y del agradecimiento, no fuese con él. Aún así, desde aquel día, mi madre, que no es mujer del montón, decía a quien quisiese que él era su neurólogo y lo recomendaba con una fe inquebrantable y pura.
Me gusta llamarlo y charlar de naderías, de la evolución de los residentes, de todo lo que podemos hacer para lograr que el CHUS sea más armónico, más amable, más acorde con los tiempos que corren. Llamaba para recibir consejo sobre algún paciente y venía a darlos, a la hora que fuese, si se lo pedíamos. Miguel, todo amabilidad y bonhomía, hizo más amable la Neurología, y formó un equipo que sigue unas pautas (por lo demás sencillas, pero difíciles de alcanzar) de saber hacer, de querer hacer y de solicitud casi como un autorretrato.
Hay estrellas que merecen estar en el cielo. Miguel Blanco González es una de ellas. No es sencillo resumir una vida, la de cualquiera. Si Miguel llamaba yo acudía sin preguntarle qué quería; si lo llamaba, él me atendía por más inocente que fuese mi petición. Él estaba para servir y para evolucionar y para hacer del mundo un lugar mejor. Y así lo ha hecho. Hay estrellas de brillo singular que, aún entre nosotros, refulgen como soles. El verdadero lugar de Miguel Blanco González está allá, en las galaxias, entre el cielo y ese espacio sin enfermedades ni penas, sin rencores ni pulsiones que llamamos Universo, y que no es más que el tejido latiente de un corazón: el suyo, y el de su estupenda familia que ayer ha quedado sin él.
Te he admirado siempre, Miguel. Eres uno de esos ejemplos que me gustaría ser y sé que no alcanzaré nunca. Y tú lo sabes. Como comprendías que hacemos un buen equipo, aquí o allá, juntos o separados. Ahora sabes más; siempre has sabido más que yo. Y eso me sigue admirando. Tu delicadeza, tu inteligencia, tu disposición, tu bonhomía. Qué pocos hombres hay como tú, Miguel, y qué gusto ha sido compartir estos años profesionales contigo, esos planes, esos momentos, por siempre breves, en tu compañía. El mundo ha sido un lugar mejor porque tú has habitado en él; mi mundo nunca será el mismo porque en él estarás tú por siempre.
Todo está listo. Las mesas llenas de rosas, las velas encendidas, el mar de gente arrebujada, colorada y adormecida por la comida y el champán. Se oyen risas y esa conversación tímida de murmullos y algunos gritos ahogados. La música comienza a sonar.
Las parejas se levantan. Algunas van de la mano, otras simplemente se miran y salen a bailar. La orquesta toca canciones de amor. Suave, pegajoso, rico para bailar. Los cuerpos se unen y se separan con cadencias de caricia y el aire parece que se agita y se eleva, y hasta las estrellas se dejan ver por el techo acristalado.
Tú y yo estamos juntos, sentados. Nuestras piernas se rozan al ritmo del baile. Siguiendo los sones, nuestras rodillas se unen y se separan, y nuestras manos debajo de la mesa. Somos como ellos pero somos diferentes. Bailamos con nuestras manos, con nuestras rodillas debajo de la mesa, a escondidas, como si fuera un error. Pero yo sé que no somos así. Y tú también. Pertenecemos a esa raza de gentes que vive todo en un escándalo, todo una fosforescencia que acaba por aburrir, a la que se le niega cualquier derecho o se le mira de reojo; la excepción, no la regla. Y nos apetece bailar así, juntos y despegados, sintiendo el calor de las mejillas, el lento planeo de una gota de sudor y la risa ahogada de la complicidad.
Notar tu cintura firme entre mis brazos, la anchura de tu espalda que es un mundo nuevo, el aroma de las gardenias mezclado con la cera de las velas, y el brillo de tus ojos así, cerquita de los míos, que estallan de tanto amor y orgullo y gustazo de tenerte conmigo. Notar el tacto de tu pecho abierto y de tus labios en los míos, arrullados por la música que suena, tan lenta y tan dulce, los dedos liberando botones para que transpire el amor, y los brazos alzados, las piernas tensas entre piruetas y giros, y la sonrisa alada, y el corazón retumbando de puro gozo.
Me apetece bailar. Quisiera que todos en esta fiesta, que se recogen en la normalidad de una vida gris, supiesen que tú y yo estamos juntos. Que esa tu boca besa la mía, que esos tus brazos rodean mi espalda, que esas tus piernas me atrapan cada mañana esperando a que me quede un ratito más antes de ir a trabajar.
Me apetece tomarte de la mano y llevarte al centro de la pista, donde el aire es límpido y las estrellas brillan y la música retumba como un corazón latiendo, y besarte lento, suave, y tomarte entre mis brazos y notar la fuerza de tu cuerpo único y la ligereza de tus pies que se hacen leves al bailar. Quisiera que todos esos que viven como si la vida fuera de otro supieran que, entre los excesos y los silencios, el amor anida en todos los mundos y que tú y yo hemos fundado un planeta que desea ser libre, una idea de amor que de tan normal puede parecer única, de tan habitual no llame jamás la atención.
– ¿Bailamos?
Me dices.
Tus ojos brillan. Y los míos sonríen. Eres travieso. Y adoro tus travesuras. Y esa boca entreabierta, y ese pecho enorme entre la camisa y la chaqueta. Y nuestras manos unidas, y el roce de las rodillas, y ese balanceo suave de tu cadera en la mía.
– Si tú no bailas conmigo, prefiero no bailar.
Como la noche, me quedo en vilo. Y tu voz es un sol lleno de estrellas y las gardenias abren sus pétalos hasta hacerse horizontes blancos.
– Sin ti, no estaría aquí. Aquí. Y quiero bailar, sí. Contigo.
Y nuestros dedos entrelazados se liberan de su escondite. Y nuestras piernas se llenan de energía y nuestros corazones laten a la vez. Sonreímos. Hombro con hombro nos encaminamos al centro de la pista; con el bamboleo sensual de la música, y bajo las estrellas, nos miramos. Y no decimos nada. Y sonreímos. Y cerramos los ojos. Y nuestros labios se encuentran en el vacío. Y la música sigue su ritmo y nuestros cuerpos se bambolean con ese sonido de marea y arena. Y no nos importa nadie, pues nuestro mundo es inmune al qué dirán.
Y bailamos. Una y otra vez. En la noche eterna tú y yo. Y como única compañía, la música alada y las estrellas.
¿Cuántas historias de amor habrá? Por cada persona una y miles; por cada siglo, millones quizá. Desde que el mundo es mundo gira en torno al amor. Lo que perdemos o ganamos, lo que nos hace sentir: el miedo atroz al abandono, la inmensa alegría de lo novedoso, la plenitud única de sentirnos vivos.
¿Cuántas hostiras de amor se habrán escrito y se habrán cantado? Incontables. Como los corazones anhelantes y heridos, como los despreciados y queridos.
¿Cuántas palabras no se habrán dicho, cuántas frases no se habrán compuesto, poemas y canciones, novelas y epigramas? El corazón late y enloquece al pensamiento, lo marea y le da la vuelta, lo inflama y lo seduce, y las palabras brotan como los sentimientos y los sentidos se abren y se hinchan de gracias y perpetuidad, de para siempre y hasta nunca, de saberes y de olvidos.
Mi historia contigo es única. Porque es nuestra. Y todo lo que tengo tiene ahora tu nombre. Cada latido, cada inspiración para llenarme de ti; cada pestañeo que te retrata, cada trago que te saborea. Ni miles de siglos de sentimientos acumulados se parecen en nada a lo que tú enciendes en mí, y también lo que atemperas y diluyes. Cada palabra de amor, de una historia de amor, es sólo entre tú y yo; cada susurro, cada caricia: la mañana que se enciende, la noche que llega, el rumor del sueño entre suspiros, y el vértigo del placer y de la nada. Porque tú eres único para mí.
Ninguna historia de amor, de las muchas que hay, se parece a la nuestra, porque tú la inspiras, tú le das forma. En el centro de mi pecho y en mi garganta, que se aturrulla de sonidos, que se atraganta de besos para darte; y en mi cabeza, que se ennegrece cuando estás lejos, que brilla inhumana cuando me acaricias.
De las muchas historias de amor, la nuestra destaca por encima de todas: tú eres el centro de mi universo; los límites también, su culmen y su nadir. Para mí no hay mayor abismo que tú cuando discutimos, ni puerto más tranquilo cuando llego, cansado, a tus brazos. El mundo deja de ser mundo a tu lado, y un mundo que es nuestro mundo nace de cada beso, de cada abrazo, de cada sonrisa y cada lágrima; pues lloro cuando nos queremos de cerca y suspiro, intranquilo, cuando te marchas.
Hay muchas historias de amor, y nunca nos cansamos de oírlas, de verlas, de leerlas. Hay muchas palabras enredadas en sentimientos, y muchos sentidos encontrados y enfrentados. Pero ninguna como la nuestra, que se apresura a juntarlas todas y alambicarlas en los tejidos del corazón, para nacer, renovadas, en cada gesto y en cada susurro. Nada hay viejo en nuestro abrazo; nada es viejo en nuestro amor.
¿Cuántas historias de amor habrá? No me importa saberlo, porque todas se resumen en ti. Y en lo que me haces sentir y en lo que nos hacemos vivir, y en lo que está por quedar, en las arrugas de las sábanas, en el resto de los desayunos, en los besos que, hasta cansados, nos damos.
Nunca antes había sentido esto… Esto que me alborota los pensares, que me derrite y me deshace, que me hace frágil y fuerte, de cristal tallado por tus caricias, y de acero noble por tus besos. Nunca antes me había sentido así… Y, de las muchas historias de amor, amor, sólo escojo la más hermosa, la más imperfecta, y la única que en realidad importa: la tuya de amor conmigo; la mía de amor, amor, contigo.
Cuando un paciente fallece en la UCI es necesario que cerremos su historia clínica. Es parte de nuestro trabajo y nuestra responsabilidad, el último servicio que prestamos a un enfermo.
En general, es una labor un tanto ardua y habitualmente dejamos los sobres de las historias clínicas en papel en una estantería donde se van guardando hasta que se cierran. Cuando mi padre falleció en la UCI el año pasado sus tres grandes sobres permanecieron en la estantería, como el de cualquier enfermo más, durante un tiempo.
Cuando pasaba a revisar aquellas historias que me tocaba cerrar, tropezaba con ellos y me quedaba unos minutos mirándolos. Los acariciaba con los dedos, recordando cada uno de los días que él pasó ingresado, cada instante de nerviosismo y de alegría, de risa y de miedos y de llanto. No me animaba a abrir aquellos sobres cuyo contenido conocía tan bien, y verlos allí era un recuerdo constante de su paso por mi vida.
En todo este tiempo que ha pasado, tiempos de ajuste y de cambios, a veces me quedo en silencio cuando paso por el cubículo quince, donde estuvo aquellos largos ocho meses. No tenía que hablarle. Él me veía desde allí ir de un lado a otro, y con su buen ojo, sabía que estaba cerca. A veces me sonreía y yo le devolvía a sonrisa; y a veces, yo me lo quedaba mirando en la distancia, sabiendo que su progresión era mínima y que no saldría de allí. No se lo decía, pues nadie he conocido tan vital pese a su larga vida de enfermo, así que cargaba con esa certeza callada durante todo el tiempo necesario hasta que se hizo claro a mi madre y hermano que él no viviría más.
Me quedo callado cerca de esas puertas mientras mi memoria recrea todas esas mañanas, esas tardes, esas noches que pasamos juntos, y que él pasó junto a todo el equipo de UCI que se entregó como nadie a su cuidado. A veces alguien cae en la cuenta y me dice cualquier cosa o me da una palmada en la espalda, y ese momento congelado pasa y todo vuelve a la normalidad.
Ayer por fin decidí abrir el informe del cierre de historia de mi padre. Allí estaba resumida su vida hospitalaria, su vida de enfermedades variadas, y sus ocho meses de ingreso. Escrito con una concreción y un respeto casi único por uno de los médicos a los que tenía en más respeto y con quien conversaba, en las noches de insomnio, sobre la vida en América y el día a día. Ese compañero, en un regalo final, nos añadió a todos y cada uno de los médicos que lo atendieron alguna vez, en representación de todo el equipo de enfermería, auxiliares y celadores que se dedicaron con tanto cariño a él. Y escribió mi nombre en la última línea. Mi nombre, como responsable también de su cuidado, como deudor de su vida, como cuidador e hijo.
La Vida que nos da esas sorpresas, que nos sacude y nos da la vuelta y nos hace sonreír y llorar y temer y pensar. Todos los errores que cometí, todas las acciones imperfectas, las impaciencias que tuve, las irrupciones sin sentido, los accesos de ira por no ser entendido, el agobio de ser el único en mi familia que sabía, que conocía cuál iba a ser el fin de toda aquella lucha sin sentido, pero que tenía que ser llevada a cabo, como cada una de las facetas de la Vida, solo como nunca, no sé si comprendido, pero amparado por todos y tan cansado…
La Vida que nos deja solos, que nos obliga a aceptar cargas cuyo peso tambalea nuestros hombros, que nos arroja a abismos de los cuales pensamos no poder salir; que nos hace sentir culpables y a veces merecedores de elogios y de alegrías. La Vida que se regala generosa y ciega, pero que siempre cobra un tributo, un peaje. Todavía lo estoy pagando. Cada uno de nosotros lo está haciendo a su manera.
Tengo una copia de ese informe. Y cada página es un retrato de cada momento que pasamos juntos. Mientras estuvo sedado; sus infecciones; las veces que, paciente, toleró pinchazos y manipulaciones; su desagrado a ser tratado como un mueble, su posterior capitulación a ser bañado, levantado y sentado y acostado, embadurnado de crema, y a ser alimentado y cuidado. A hablar a través de una cánula de traqueotomía y a respirar a través de una máquina.
Oh, la Vida que me ha regalado momentos increíbles y cuyos ocho meses más duros no han quedado todavía atrás.
No fui valiente ni justo ni ecuánime. Con nadie. Y menos conmigo mismo. Y la Vida me ha llenado de silencio, que pugna por ser roto y a veces por ser entendido y escrito. Puede que lo consiga, como aquel que escribió ese informe casi perfecto, y que consideró (me consideró) digno de aparecer en él como uno de los cuidadores de ese paciente de la cama quince que era, que fue, que es, mi padre.