Lo peor de todo es la luz: mágica nostalgia.

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9788416491292 Lo peor de todo es la luz es la nueva novela de José Luis Serrano para Editorial Egales. Una historia que navega entre las ilusiones perdidas, las esperanzas guardadas y la realidad, donde dos presentes fluyen hasta encontrarse y confundirse, un escritor que rememora y otro que sintetiza una historia de amor sin etiquetas, o que lucha contra las etiquetas que la sociedad (nosotros mismos) imponemos a las cosas.

Cuatro vidas, dos historias, dos personas y una ciudad en común: Bilbao, en verano y en otoño. Dos historias, dos personas que buscan respuestas a las preguntas de la vida: el hallazgo del amor, el hallazgo de la felicidad, su desgaste (o su pérdida) y la lucha, la lucha desgarradora entre hacer lo correcto o aquello que nos dicta el corazón.

El amor no debería dar tantos problemas. Pero los tiene. Sociales sin duda, pero sobre todo personales. El engranaje de sentimientos entre los seres humanos es tan complejo, que achispa la imaginación y sostiene mundos oníricos, intentando (casi siempre en vano) hacerse realidad. Koldo y Edorta son la cruz de la moneda de la que el propio autor es la cara amable, o el corazón pensante y sabio, que comprende y deja libre los destinos de los dos hombres cuya existencia le quita el sueño, o le transforma el sueño en realidades tangibles, tanto, que pudieron ser (y nadie sabe si lo fueron) verdaderos.

El amor entre dos hombres, que en la actualidad parece tener cierto lustro (¿cuándo dejará de ser algo llamativo?), no debería dar tantos problemas. Pero los tiene. Partiendo de la mera amistad hasta la verdadera camaradería, de la atracción sólo física hasta la entrega total, Lo peor de todo es la luz transcurre entre la nostalgia del tiempo ido y la severidad del destino con una placidez que esconde, en su poesía, un volcán en plena erupción. Nada más doloroso que no saber lo que se quiere, o, sabiéndolo, no poder conseguirlo o, sabiéndolo, dejarlo escapar para evitar males mayores que la propia muerte interior. Qué difíciles somos a veces los seres humanos.

En sus páginas se paladea un lenguaje mimado, buscado con intención; referencias culturales que nos sitúan en ambientes concretos en fechas precisas (los años ochenta; la actualidad; Bilbao como eje y referencia); y una cadencia que es casi poesía. José Luis Serrano consigue que la historia que intenta escribir y la que se recrea en la memoria de Edorta nos atrape; sus reflexiones, sus posturas sociales y morales (que casi vienen a ser lo mismo), su propia experiencia es transmitida de forma tan sentida y tan delicada que entendemos, literalmente, el conflicto que separa y une a dos hombres que se aman profundamente pero que se niegan a estar juntos, o no juntos como hubiésemos querido sus lectores, pues nada hay más desgarrador que renunciar por amor al amor, y vivir en la lejanía la vida que se pudo haber tenido y que nunca fue.

Esa es la magia de José Luis Serrano: a pesar del desgarrador presente de Edorta y Koldo, ni los disculpa ni los acusa, antes bien los entiende e intenta que nosotros también lo hagamos, y lo consigue, con ese lenguaje fluido, casi oceánico, entre la nostalgia y la racionalidad.

 Lo peor de todo es la luz que nos deja ver todo lo que somos, y nos ciega tanto, que nos impide aceptarnos tal cual somos. Sin duda.

El árbol: belleza indiscutible.

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9788415979975Hay libros brillantes. Pocos. Son como gemas raras, que se dejan caer a lo largo del gran año (parafraseando a Shakespeare) por eso las apreciamos mucho y las echamos de menos conforme pasan los días. El árbol, de John Fowles, es uno de ellos.

Siempre ha habido literatura de consumo, o lo que en cada presente se considera como tal (Don Juan Tenorio, como muchas otras obras de Zorrilla, se consideraba como tal en su tiempo, por ejemplo). Literatura que se publica y que se vende, de allí su importancia; hacen que el mercado se mueva, se enriquezca de una forma quizá punitiva para expresiones más arriesgadas o que vayan a contracorriente, pero necesarias para que continúe la sed por la lectura y su comprensión. Pues sólo leyendo se logra apreciar la belleza de las palabras escritas (que por ese eco de las cosas, ayuda a apreciar la belleza de la palabra hablada y de la compresión entre los seres humanos) y, con el tiempo, se sopesa entre lo efímero y lo eterno con poco margen de error.

Si por encima la edición del volumen a leer agrega su peso de belleza al texto escrito, la maravilla se hace total. Gracias a Editorial Impedimenta llega hasta nosotros esta pequeña obra maestra del ensayo, de los sentimientos, como es El árbol.

Mi conocimiento de la literatura anglosajona es más bien escaso (por lo demás, como casi toda mi cultura general, está basado en las filtraciones que mi gusto hace sobre las cosas del mundo); tal vez como reacción a su supremacía cultural, o, mejor dicho, a la sobreproducción que procede de un mundo con menos miedo, o con más ánimo de riesgo, por apostar por la cultura, cualquiera sea la expresión que adquiera la misma. De todas formas, lo dicho, sabía de John Fowles por La mujer del teniente francés, uno de los pocos casos que el cine me ha llevado a la literatura (La edad de la inocencia, Maurice o Las horas son otros ejemplos, casualmente -¿o no?- todos de origen anglosajón), y poco más, hasta tropezar con El árbol, una pequeña obra maestra del pensamiento, es decir de la poesía de las palabras hilvanadas con una precisión casi métrica y llena de una sinceridad indescriptible.

Toda la belleza de la Naturaleza, su defensa, sus aspiraciones y sus inspiraciones están dentro de El árbol. Como símbolo de lo bello, pero también de lo perdurable y de lo que hay en nuestro interior de sagrado, de ignoto, de salvaje. La contraposición que hace John Fowles entre la mentalidad cartesiana, que nos ha llevado a desgranar el mundo en pequeños fragmentos sin posible interrelación, con la observación juiciosa de su vida (y la de quienes le rodean, sobre todo su progenitor, cuyo peso específico se encuentra en la primera parte del relato) que le revela lo contrario, la eterna unión de todo lo vivo, hombres incluidos, está desgranada de manera virtuosa: llena de detalles, pero también de poesía, de cabezonería también y de elegancia. El alegato de John Fowles demuestra no sólo la madurez de un alma noble, si no que extiende esa bonhomía a todos los seres humanos, incluso a sus excepciones, que las hay, como en toda obra de la Naturaleza.

Emparentado con la filosofía que también describe en sus obras Thomas Moore, una cierta reverencia a lo oculto, a lo que desconocemos; una cierta reticencia a no dejarse atrapar por las garras de la estadística, El árbol es un alegato a la Naturaleza, a la belleza de la vida, y una profunda reflexión personal, tan sincera y delicada, tan dulce y a la vez recia, que deja un aroma insistente, como el perfume permanece entrelazado en la piel, tiempo después de su lectura.

Una pequeña obra maestra, una prosa libre, poética y sin embargo profunda y ligera, El árbol es un libro de una belleza indiscutible.

Mientras sea Navidad/ As Long As There’s Christmas

Los días idos/ The days gone, Música/ Music, Uncategorized

La mágica Navidad de Ferrándiz, que iluminó durante muchos años estos días de ilusiones, cuando, lejos de los lugares natales, llegaba por el correo una de sus tarjetas y se colgaban en el árbol… Parte de la vida, y de la Navidad. Mientras sea Navidad, todo será posible. Hasta lo improbable. Hasta lo imposible.

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Los lugares pequeños de Paco Tomás.

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LosLugaresPequeñosLos lugares pequeños es la primera novela del periodista Paco Tomás. Mi primer acercamiento al estilo directo de universos interiores, casi de escalpelo, de Paco Tomás fue sin embargo el relato con el que contribuyó en el libro de Editorial Dos Bigotes: El cielo en movimiento. Allí, gracias a Bell Fruit Gum, pude acercarme, con esa sensación de asomarse a un precipicio, al estilo duro, sin anestesia, pero también sin rencor ni dobleces, de la prosa de Paco Tomás. Aunque el relato es posterior a la publicación de Los lugares pequeños, es una buena forma de tomar contacto, de paladear ese estilo sistémico, único, refrendado casi hasta la obsesión, en el que la náusea camina de la mano con la templanza y cuyo espacio para la ternura se haya limitado, encarcelado más bien, en la sabia comprensión (más que aceptación) de las debilidades de los seres humanos, incluso quizá de sus perversiones (y puede que nos preguntemos quién etiqueta una cosa o la otra y si en el fondo no son más que expresiones de la propia naturaleza humana, libres de juicio de valores) y de las luchas que libramos en ese constante cuadrilátero que llamamos vida que se vive.

 Los lugares pequeños no es un relato fácil. No lo es porque su protagonista no está construido, ni siquiera se nos muestra, para caer bien. Antes lo contrario, juega con una sinceridad que en el fondo no es más que una capa más de las mentiras con las que jugamos a estar en el mundo; pero expresada con una desnudez tal, que acabamos siguiendo su periplo vital con una mezcla de aceptación, tristeza y vívida curiosidad.

Paco Tomás escribe desde la cultura pop. O lo que así llaman algunos al movimiento cultural que construimos desde hace medio siglo (puede que un poquito más).  Y  lo hace con un dominio desbordante, con una referencia quizá demasiado constante, y sobre todo con una sinceridad que desenmascara todo proceso de idealización de personaje y relato. Paco Tomás nos toma de la mano desde la primera línea y no nos suelta, ni siquiera nos da un respiro, en ese viaje hacia el interior (o desde el interior al exterior, en una espiral sin comienzo ni final) de un protagonista que siente una desconexión total de su vida, o de la vida, a la que sin embargo se aferra confeccionando collages y viendo, a través de sus ojos y de sus pensamientos, como ese espectador ajeno pero muy implicado, con escayola en una pierna, lo hace a través de una ventana indiscreta.Paco-Tomás

El universo de Los lugares pequeños es similar al espacio radiofónico que su autor presenta en Radio Nacional Radio 5: Wisteria Lane. Como soy poco oyente de radio (y poco visualizador de televisión), lo he escuchado alguna vez, pero no lo bastante como para no haberme sorprendido su prosa una vez me introduje, más que en Bell Fruit Gum, en Los lugares pequeños. Esa prosa directa, dolorosa, libre de cadencia pero llena de sabiduría poética (esas reflexiones lapidarias son las de la vida, y dignas de relatos de mayor calado, que nos revela un autor que piensa, y que expresa lo que piensa, sin pudor alguno, pues la verdad desnuda no necesita de adornos para ser expuesta y apreciada) lleva el signo del autor, su forma de ver la vida, su forma de expresarse, pero también sus decepciones y, más que todo eso, el material con que están construidos sus silencios.

Los lugares pequeños se alza a sí como un libro que purga las veleidades de un ser humano, esos sueños que nunca se harán realidad; todavía más: comprueba, una y otra vez, que la posición moral en la que nos encontramos no es más que un espejismo, pues la vida misma así lo parece, y que nada es más grande que el espacio que ocupamos en el mundo, ni siquiera la sombra que proyectamos al morir la tarde. Hay en Los lugares pequeños mucho de decepción hacia la vida, o mejor, hacia los sueños con los que adornamos nuestra propia vida, que no deja indiferente a su lector.

El cielo en movimiento: pongamos que hablo de Madrid.

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Joaquín Sabina. Pongamos que hablo de Madrid.

El cielo en movimiento es la nueva propuesta de  Editorial Dos Bigotes. Me gusta que cada vez haya más hueco para editoriales pequeñas que desean y consiguen editar libros bellos, llenos de sentimiento y gusto por la lectura. Cierto que el mercado para posibles autores sigue siendo, si cabe, aún más restrictivo, pero estas editoriales inyectan oxígeno, originalidad y belleza al mundo de la la tinta y el papel.

 El cielo en movimiento quiere servir de retrato de Madrid. Una ciudad que, entre sus páginas, parece despertar de un largo reposo escocida, quizá algo amarga, rabiosa y excluyente. Desde la década de 1980 hasta la actualidad, dibuja una ciudad desbordante y desbordada, locuaz, zalamera, abierta, valiente y enfermiza, vitalista, llena de contrastes y siempre, siempre fascinante.

En treinta narraciones de los más variopintos autores, desde el que fuera alcalde de la ciudad don Enrique Tierno Galván hasta Iñaki Echarte Vidarte; desde Luis Cremades a Fernando J. López; desde Luis Eduardo Aute a Pedro Almodóvar, desde Leopoldo Alas hasta José Luis Serrano, todas las miradas de Madrid hacia Madrid derivan de un mismo polo, de un mismo hilo conductor: de la ciudad de Tierno Galván a la de Manuela Carmena, por donde respiraron también Álvarez del Manzano, Esperanza Aguirre, Ruíz Gallardón y Ana Botella (quizá la que más heridas produjo a ese corazón multicolor que se mueve en el cielo de Madrid), el cambio político parecer traer una especie de renacer, de despertar de un cierto estado de coma, no muy real, que muchos de estos autores describen, entre rabia mal contenida y quizá un poco de desazón innecesaria y que hacen que se resienta un poco la lectura de textos poderosos, llenos de una melancolía difícil de obviar y, también, de una clarividencia desarmante. Ni es posible que el espíritu de una ciudad que es pura apertura pese a todo, haya quedado entumecida con el paso del tiempo, ni que el paso del tiempo no deje huellas no tanto en la vida de la ciudad, si no en todos aquellos que la sueñan, con tanto amor y fruición a la vez.

Madrid deseada y admirada, odiada hasta la náusea pero siempre presente, como ese amor único que nos hiere pero nos da la vida, ese nido donde se nace, se pace, se goza y se olvida, un mundo dentro de un barrio, un barrio que es un mundo, una mente que piensa, una boca que besa y un corazón que late. Todo esto es El cielo en movimiento.

Versos, prosa, cómics, muchas de las expresiones gráficas conforman este precioso libro de Dos Bigotes. La edición está hecha con mimo, lo mismo que los textos y las imágenes editadas. Como un poemario o las hojas de un diario, sus autores nos abren el cofre de sus recuerdos, a veces su propio corazón, su historia, sus temores y sus rencores, sin dejarse nada en el tintero, vaciándose de sangre y tinta entremezclados.

El Madrid de El cielo en movimiento es el de la Movida, pero también el de los tiempos del Sida, el de la represión franquista y las desigualdades. El Madrid de El cielo en movimiento es el de los descubrimientos, las libertades, los encuentros y los desengaños; la droga, la prostitución, los amaneceres y los ocasos, el asfalto, la alegría, la duda, la tristeza y la melancolía. Todo eso es Madrid, no importa el barrio, no importa el género, no importa el origen ni el destino de cada reivindicación, de cada vida. Bajo el cielo de Madrid todos los colores se dan cita, todos los destinos, todos los gustos y los disgustos, el calor arrebatador y el frío congelante, la primavera gozosa y el otoño fugaz. El cielo en movimiento es un canto a lo diverso, a la rabia, al desengaño, pero por encima de todo, al amor, a la vida en la ciudad más cosmopolita de Europa, es decir del mundo: Berlín es maravillosa, Londres prestidigitadora, París muy chic, Tokio quizá demasiado excéntrica, Nueva York un volcán, lo que quieran. Pero ninguna ha sido ni será tan rabiosamente libre como Madrid, tan deseada y desdeñada y si embargo tan bella y tan chula, con ese cielo velazqueño, con esos palacios hechos para impresionar; su Gran Vía, arteria eterna siempre en movimiento; su Retiro inmenso, su Paseo del Prado, su Plaza Mayor y su Palacio de Oriente, su río perezoso, las verdes calles que se doran en otoño, y la inmensa masa humana que la habita, que la hace única, absorbente, envolvente y mágica.

Por todo esto, en el caleidoscopio de El cielo en movimiento, las palabras que resuenan en el bando de don Enrique Tierno Galván laten como el corazón de Madrid. Alberto Marcos nos retrata la eclosión de la Movida, y el valor de la que fuera quizá su primer víctima. Luis Cremades, con su prosa fluida y su experiencia única, analiza lo que este libro encierra: la evolución de una ciudad y de los sentidos y sentimientos de los habitantes de la misma, las expectativas no todas cumplidas, y las heridas que van quedando tras ellas. Paco Tomás nos describe el Madrid más actual, y nos demuestra que los usos, las costumbres, los gustos y la educación cambian de estilo pero nunca de corazón; todo puede gustar y en el fondo todo es despreciable. Fernando J. López retrata, en su guión, quizá una de las historias más dulces del compendio, mientras que Iñaki Echarte Vidarte abre su corazón de poeta para derramar, sin pudor alguno, el cuerpo de su alma al desnudo, su búsqueda infinita, su eterno deambular. Todos son una faceta de Madrid, ciudad poliédrica, ciudad por siempre libre, ciudad que ha sido para todos un trocito de música, un trocito de cielo. De cielo en movimiento. Leopoldo Alas (ya Luis Cremades se encargó de que le descubriera con gusto) despliega una vis cómica llena de ironía y autoparodia tan sana y que quizá la falte a muchos otros cuyas líneas se leen algo envaradas y demasiado comprometidas en un presente donde las ideologías sólo se resumen en el Hombre; José Luis Serrano hunde su pluma en la melancolía del tiempo ido, ese que nos hace recordar lo que quizá no fue así, o que no fue lo que una vez quisimos que fuese. Y Ana Curra, Carla Berrocal, Ariadna G. García y Alicia Ramos aportan, con un punto reivindicativo, el mundo femenino, el toque de lo que acoge, de lo que sostiene, lo que alimenta: las arterias de Madrid, las lágrimas, los fluidos y la carne que se expone (y es expuesta) a la intemperie.

El cielo en movimiento es esa evolución generacional, ese trasvase de tiempo que vivimos en general apenas sin notarlo hasta que nos vemos en el reflejo de un espejo en una calle cualquiera, en el baño de un bar o en el armario de un cuarto sin nombre.

 El cielo en movimiento: pongamos que hablamos de Madrid.

 

Baño de realidad.

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Que el mundo es aquello donde nuestra atención se fija no es novedad. Aún más, podemos afirmar sin atisbo de equivocación, que así es la vida: rayos centralizados en nosotros mismos que, de vez en cuando y fruto más de la casualidad o del roce que del rapport hacia otro ser humano, consiguen tocar a los demás de forma desinteresada, o al menos con escaso interés egoísta.

No está mal que las cosas sean así. Como el exceso de información, una implicación expansiva en la vida de los demás, dejando de lado nuestros intereses es tan dañino como su contrario, demasiada velocidad centrípeta nos a-isla, nos lleva al distanciamiento, al desapego.

Sin embargo, y más en la actualidad, vivimos períodos de gran inestabilidad emocional. La situación económica, que es más importante que nuestra propia situación como sociedad y como individuos, ha desestructurado vidas, ha deshecho familias muchas veces (cuyos lazos puede que no fuesen tan fuertes después de todo) y nos ha arrojado a un estado de constante insatisfacción y de miedo. Con todo, esto nos lleva, en un camino centrífugo igual de riesgoso, a un exceso de atención exterior, a un constante comportamiento analítico e impositivo de la realidad que nos rodea: una forma particular, pero real, de vivir en el presente. Nos alzamos como los más finos moralistas, dueños de una razón que no excede el límite de nuestras conciencias; somos capaces de opinar, es decir de juzgar y sentenciar, gustos ajenos, opiniones diversas, hasta opciones de vida tan válidas para algunos como incorrectas nos puedan parecer a nosotros.

Estamos en campaña electoral. No me interesan las propuestas partidistas, pues parto de la base que no cumplirán sino aquellas que les queden más a mano; soy consciente que el poder actual (bueno, quizá siempre haya sido así) sólo permite una forma de actuación y cuyas diferencias de expresión se basan más en tonos que en soflamas, en formas de desarrollar las parcelas que el mismo poder nos permite para poder crear un gobierno, una construcción comunal.

Me aburren todos los políticos, todos. Son políticos como los abogados son abogados y los periodistas, periodistas. Ni nos ofrecen más ayudas ni soluciones; todo lo contrario, viven (corriendo el riesgo de generalizar) para cumplir unos fines ideales, es decir, formados en el mundo de las ideas, que suelen darse de cráneo cuando intentan adaptarlas a la realidad, y quizá su brillo resida más que en la calidad de las ideas o de las soflamas, en su capacidad para adaptar las buenas intenciones (porque también las tienen) al presente de la sociedad; en otras palabras, con una repercusión mínima sobre el día a día, pero a la vez tan profunda, que cambios nimios lleven a evoluciones profundas en la psique y en la forma de actuación de la sociedad. Por eso me aburren. Trabajan a saco una vez cada cuatro años (y con la cantidad de elecciones que tenemos en España, digamos que cada dos años están dándolo todo) empleando el mismo discurso, las mismas ideas manidas, los mismos lamentos o ataques.

La expectación generada con los debates se me muestra así pueril; mejor dicho, poco práctica, pues no sacaré nada en claro de esa exposición gratuita de un supuesto ideario que es más plástico de lo que nuestro orgullo nos permite aceptar y del que, por lo demás, ya estamos más que saturados tras vivir años convulsos de incertidumbre y de sequía.

Ayer estuve de guardia. Uno de esos días que deseamos estar mejor en casa que en ningún otro sitio. Al mismo tiempo el debate político estaba servido en bandeja de plata en televisión y en las redes sociales. Nada como seguirlas por Twiter o por Facebook, el ingenio de los espectadores es único, lo mismo que sus afiladas lenguas y sus más que sarcásticos comentarios. Así que a pesar de estar bastante ocupado, pude percibir las reacciones de la gente ante el espectáculo televisivo.

Me apena que sigamos conectados de esa manera a algo que sabemos que está establecido de antemano, reglas de un juego rígido donde los pactos flotan sobre las actitudes, donde las ideas se venden al ejercicio del espectáculo. Algo que no me parece mal, siempre que seamos conscientes de ello. Pero no lo somos.

En contraposición a esa irrealidad tan vívida, esta noche tuve que sedar e intubar a una paciente que vomitaba sangre tras haberla inhalado y llevado a sus pulmones, fruto de una enfermedad hepática heredada de su afición al alcohol; tres pacientes, con distintos grados de lesiones cerebrales múltiples, se contorneaban sobre sí mismos en medio de estados de agitación mental que pocas medicaciones (salvo la sedación completa) pueden detener, y que ponen a prueba la paciencia más profunda, labor que recae en el equipo de enfermería y auxiliería y celaduría más que en la del médico, salvo que esté tan liado con otros pacientes que acabe desbordado por tamaño escándalo. Otro, ahogándose por el acúmulo de agua en sus pulmones que su riñón recién trasplantado no podía achicar; una paciente luchando con una infección y un cáncer que la consume; un abuelo agitado por la falta de alcohol y, por último, una paciente con gran inestabilidad emocional, enganchada a cuanta sustancia psicotrópica hay en el mercado y al alcohol (nada mejor para bajar las pastillas, doctor) que había ingresado por haber ingerido una cantidad bastante generosa de pastillas de todos los colores aderezado con güisqui de mala calidad… ¿Un debate donde se discuten, o más bien se muestran y se disculpan, posiciones y puntos de vista, anunciado a bombo y platillo, me iba a enseñar más de la vida, de la realidad de la vida, que todo ese espectáculo que había ayer en la UCI? No. Y nunca lo hará. Porque el mundo de las ideas, el mundo del papel, que todo lo aguanta y que en esencia es bueno pero etéreo, irreal, jamás podrá concebir ni engendrar realidades si no se pliega al presente, si no se amolda a las necesidades reales de la sociedad a las que van predestinadas.

Y nadie es más que nadie, ni una postura más perfecta que la otra, ni mucho menos más moral o más pura. Ni nadie está por encima ni por debajo: en una cama de hospital todos nos medimos por el mismo rasero, pues el destino de todo nacimiento es morir, a poder ser con los menores sufrimientos posibles. No importa que se viva en una jaula de oro o en una chabola de adobe o bahareque. Siempre, siempre habrá un momento en la vida de todo ser humano en el que se desnude de todo atavío y se dé de bruces con la realidad. Esa realidad que vivo diariamente.

No quiero saber nada de política, porque las cartas están echadas. Sólo ciertos acordes pueden cambiar, alguna nota colorista, algún verso libre, nada más. Cada puesto tiene su peaje, y el poder siempre pasa la misma factura. Así es como yo veo el debate político de ayer, y cualquier otro, manipulaciones que nos llevan a olvidar, con esas cortinas de humo, el verdadero objetivo de nuestra vida: vivir de la mejor forma posible y con el mínimo daño a los demás. Ningún político nos dirá esto, ni ninguna ideología que se ocupe más de sí misma que de lo que le rodea.

Esta mañana temprano, ya recuperada, la paciente del mar de pastillas quería irse, pedía el alta voluntaria. Con esas maneras tan educadas que caracterizan a este tipo de paciente, mezcla de manipuladores e histriones, daba patadas en la cama, levantaba el torso y amenazaba con arrancarse las vías, las sondas, y salir desnuda a la calle. Tras intentar razonar con ella y llegar a un acuerdo, todo pareció aquietarse. Sólo por cinco minutos. Y volvió a empezar: no veo yo diferencia alguna con el mundo del poder político. Ya irritado con su tono grandilocuente de fiera herida, le espeté lo que habíamos acordado y comencé a demostrarle, con pequeños gestos, que estaba dispuesto a cumplir mi palabra: no veo yo diferencia alguna con el mundo del poder político. Salvo una: cuando terminé de exponer mis capitulaciones, ella se me quedó mirando y con una sonrisa maquiavélica gritó:

  • ¡Sácame esta sonda de mi coño ya!

¿Quién quiere discutir por un debate espúreo cuando recibe semejante baño de realidad?

La miré indiferente y no le dije nada más. Llamé aparte a su enfermera y le indiqué las instrucciones pertinentes: se la sedaría durante unos minutos para que ella pudiese trabajar en paz y así, cuando se despertase la enferma, se vería libre de cualquier atadura y podría irse en paz si era de verdad lo que le apetecía.

Veinticuatro horas sin dar tregua y terminar así… Lo siento, demasiada realidad, incluso para mí.

¿Con ánimos para Navidad?/ In the Mood for Christmas?

El día a día/ The days we're living

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