Promesas rotas/ Broken Vow.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Dime su nombre, quisiera saberlo.

   No hay un motivo. O quizá sí.

   Ponerle cara, saberlo real, tenerlo cerca.

   Dímelo, por favor. Para saber cómo ha terminado lo nuestro y porqué.

   No quiero hacerme fuerte ante ti. Me conoces demasiado bien. Y yo a ti. Es que quiero comprender qué tiene él que yo no; cómo es su voz y sus caricias.

   Porque él te acaricia y te susurra cositas divertidas. Él te toma de la mano y te invita a un universo nuevo que no te aburre. Que no te aburre como éste que ambos construimos.

   No soy masoquista. No me gusta sufrir. Pero me estás haciendo daño. Y al menos quisiera comprender, necesito aprehender, los motivos por los que él ha entrado en tu vida para arrebatarte de la mía; cómo ha sido posible que haya cerrado mis ojos y mi corazón a cada una de las negativas, a cada una de tus excusas y a nuestra falta de tacto.

   No… No te culpo. ¿Qué ganaría con eso? Nada: ya te vas. Puede que sienta remordimientos conmigo por no haber sabido actuar antes, por no corregir a tiempo nuestro amor, por haber estado distraído y haberme confiado, por haberte dejado ir.

   Ya sé, ya sé que somos un mundo. Pero nosotros teníamos un mundo que ya no existe. Y no es fácil ver alrededor todos estos trozos que me hacen daño. No tengo la voluntad suficiente para limpiarlos, porque aún te amo.

   Sí… Lo he dicho. He dicho las palabras que él te dice y que yo he callado por tanto tiempo.

   Y no. No es por sentirme culpable: te amo. Te quiero como la primera vez. A pesar de los desastres y del desgaste del día a día, aquello que prendió en mí sigue estando inalterable en mi corazón. Porque para apagar este amor hace falta algo más que palabras amargas y algún desconsuelo, hace falta que te vayas de mi lado y que tu espacio se vacíe en silencio y soledad.

   ¿Cómo te mira? Dímelo, por favor. ¿Y cómo te besa? ¿Se parece a mí…?

   Déjalo, déjalo. No quiero hacerte sufrir más. A pesar que parte de mí le gustaría ver cómo tus ojos rezuman en llanto y cómo te remuerde la conciencia… Pero no. No me hagas caso. Sabes que no soy cruel, al menos no por naturaleza. Soy aplomado, aburrido, asentado. Doy todo por hecho y el amor, y en el amor, no hay esfuerzo suficiente, no hay día o noche sin cuidados.

   Cierro los ojos y te veo y sonrío. Y nos veo y sonrío. Y oigo esa risa tuya que es como una cascada y tus ojos brillantes al atardecer, nuestras pieles traslúcidas, tu sudor y el mío… ¡Oh! Cómo me gusta abrazarte… Sentirte en mí, a través de mí; oler tu perfume; sentir la blandura de tu piel callada, sedienta, pausada…

   No te preocupes. De verdad. Te dejo ir en paz…

   Sí, ya sé que te preocupas por mí. Yo también. Por mí y por ti.

   ¿Recuerdas aquella capillita de La Lanzada? El aroma del mar, el viento rabioso entraba a espuertas, y los santos salados rezaban oraciones que nosotros adivinamos. Entramos juntos como novios nerviosos, con sonrisas pequeñas. Traspasamos su umbral y nos llenamos de paz. Una paz que habitaba en aquel silencio, en aquel altar vacío lleno del ulular de la brisa del mar. Nos acercamos. Los santos nos sonreían con esa beatitud inhumana. Creamos esas estatuas para que sean aquello que nunca seremos capaces de ser los hombres. Una ventanita iluminaba el centro del altar y allí nos detuvimos. Nos vimos a los ojos. En aquella beatitud todo era apasionante: tu rostro, tu sonrisa, tu cuerpo lleno de belleza, tus manos en las mías. Y allí pronunciamos nuestras promesas de amor, nuestros sueños por cumplir. En aquella capillita, en donde la ley humana nos impide ser lo que éramos uno para el otro, pronunciando nuestros nombres nos unimos, y la pasión llenó aquellas paredes benditas con un placer carnal y un placer crepuscular que me hizo llorar en la penumbra y besar tu sombra para siempre.

   Jamás pensé que romperíamos esas promesas, que dejaríamos pasar unos votos de amor que quizá nunca debieron pronunciarse. Pero dices que nada es para siempre… Y puede ser.

   Dime su nombre. Háblame de él. ¿Cómo es? ¿Es alto y feo? ¿Es bajo y regordete? No lo sé, cualquier cosa… ¿Te ama como te amo yo?

   Qué tontería…

   Perdóname… Sé que tienes prisa. He visto que ya no te quedan cosas en casa. Y ahora te vas…

   ¡Espera! Espera un instante nada más… Déjame abrazarte por última vez. Déjame creer que aún la vida no se ha detenido y que la ilusión del amor aún habita entre nosotros. Y sentir tus labios crujientes y tu piel de adiós…

   Daría mi vida por haber cumplido aquellas promesas, daría mi vida para que tú hubieses sido feliz a mi lado. Y aunque ahora sólo nos rodeen promesas rotas, hay una que está todavía con vida y que late en mis manos y se llena de mi corazón… Anda, tienes la puerta abierta. Vete ya, vete sin miedo. No diré nada, no saldré en la noche a clamar tu nombre, no lloraré en las esquinas una ilusión perdida, no dejaré que la última de las promesas que nos hicimos se pierda, como las demás, en las brumas del tiempo.

   Sé feliz. Se feliz con él. Que te besa y te desea, que te dice que te ama y te acaricia, que te brinda su apoyo y su calor, que duerme a tu lado y te hace reír.

   Sé feliz. Y nunca mires atrás. Porque me encontrarás allí, rodeado de promesas rotas, amándote todavía, a pesar de la soledad y de la amargura, por un tiempo eterno.

Confía en mí/ Trust in me.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Trust in Me. Etta James.

   Ven, sentémonos. La brisa de la ría ha llegado y me revuelve el pelo. Te acercas e intentas apaciguarlo; tarea vana. Me río y te ríes.

   Ven, sentémonos frente a frente. Quiero verte bien, al completo.

   A veces creo que me puede tu belleza. Si pudiese, acariciaría tu cuerpo entero por toda la eternidad. No hay nada que no me guste: desde tu sonrisa de ángel a tus pies tan bien hechos. No dejaría ni una parcela de piel sin besar, ni una caricia perdida ni un suspiro escondido. Si pudiese, anidaría en tu cuerpo para siempre.

   Te he violentado. Al menos no dices nada. Sí, es un poco precipitado. ¡Claro! Si alguien me lo dijese a mí, no lo creería. Pero soy yo quien lo está diciendo, y te lo estoy diciendo a ti. A nadie más. Mi atención se centra en cada expresión de tu rostro, en el brillo de tus ojos, en la fuerza de tus manos, en la caricia de tu compañía. El mundo se hace pequeño y se esconde dentro de tu boca, de donde lo sacaría saciándolo a besos. Nada importa fuera de este espacio que hay entre los dos; niños jugando, abuelos mirando, mujeres coqueteando con desconocidos, hombres que intentan llamar la atención casi desnudos en esta tarde de sol. Nada importa que no seas tú y lo que siento cada vez más fuerte, lo que se escapa por mis poros junto con el sudor; lo que sueño pensando en tu cercanía, y aquello más escondido de fraternal, de divino, de inmaterial.

   Te tomo la mano. Me sorprende su delicadeza y su tamaño. Parece poder abarcar un tramo del universo. Sonríes. Sonríes relajando el aire que se entromete entre tú y yo. Y apretas tu mano en la mía y la acercas hasta tus labios y depositas en ella un beso.

   Me pongo colorado. Se me suben todos los tonos del arcoiris. Miro hacia otro lado, hacia la ría mansa en esta hora en que comienza a lamer sus orillas; hacia la bandada de gaviotas que revolotean siempre buscando alimento, carnaza con la que sortear el universo de la tarde; un perro que pasea a su dueño por la orilla porticada. Qué cosas. Yo que me derrito por ti y soy el primero que se deshace… Qué cosas.

   Puedes confiar en mí. Sí. Has pasado por muchas cosas: el amor y sus entretelas, una vida dedicada a un trabajo que florece en esplendor; decepciones varias; sueños rotos a veces, a veces cumplidos con una plenitud más similar a la culminación que al progreso; y ahora una aventura loca, una apuesta fuerte, un golpe de la vida…

   ¿Por qué? Por muchos motivos. Por ninguno en particular. Porque estamos aquí, juntos, en esta tarde de sol y viento, oyendo a la ría llegar y a mi corazón retumbar por tu cercanía. Porque a pesar de mi propia vida, aquí te la entrego y la pongo enterita a tus pies. Porque sé que tú mereces un amor, amor, que pueda liberarte, que te dé alas; un motivo para seguir luchando, un sentido a la mañana prendida de deseo y a la tarde inconclusa hasta llegar a casa, la cena puesta, el baño tibio y la sonrisa en las cortinas abiertas al mar.

   Puedes confiar en mí. Porque también sé de dolor, de la soledad, de la vergüenza de amar sin ser correspondido, del desastre de la desconfianza, del veneno de la traición, del infortunio y del fracaso. Y porque, aún sabiéndolo, estando a tu lado confío ciegamente en el Destino que nos ha unido esta tarde, en el océano que divide ilusiones y hermana nuestras historias, parecidas más donde simulan diverger.

   Llevo tu mano y la mía hasta mi boca. Y acerco esa mano tan hermosa hasta mis labios. Deposito en ellos un beso de saliva, que se evapora rápidamente, y llevo ese beso al centro de mi pecho, donde mi corazón desbocado no ceja de gritar de algarabía, no deja de pronunciar tu nombre.

   Y te miro a los ojos sin desviar la mirada ni un solo segundo.

   Y sonríes. Y yo también. Y entiendes. Y yo también.

   Te levantas. Ese cuerpo inmenso se desplaza como flotando, fluye líquido hasta inundarme por entero. Y te acercas a mí. Tus ojos abiertos como planetas, tu sonrisa llena de ideas que no logro descifrar. Sueltas mi mano y llevas tus palmas a mi rostro. Y lo acercas al tuyo. Y sonríes. Y sonríes más al acercarnos… Noto el suave aliento cálido inundar mis labios, y un beso llena mi boca y la abro sediento buscándote a ti…

   Confía en este cariño. Confía en este amor como lo hago yo. En que todo saldrá bien; en que no será fácil ni quiero que lo sea; en que estaremos juntos hasta terminar el arrullo de los días.

   Sí, amor amor, confía en mí.

Si tú no quieres/ If you don’t want to.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

I Can’t Make You Love Me. George Michael.

   Por más que intente engañarme, que me diga que te distraes cuando estamos juntos o que sigues con la mirada a alguien que pasa a nuestro lado y ni siquiera tomes mi mano cuando salimos de casa a una cena o algún concierto, sé dentro de mí que no, no me amas.

   Por más que me empeñe, sé que no llegaré jamás al centro de tu corazón. Soy consciente que nunca conseguiré que mis caricias aniden en lo profundo de tu piel ni que mis labios consigan llenar esa sed que nunca se agota.

   Pones de tu parte con un entusiasmo evaporado pero con una entrega de colegial aplicado. Un poco más y puedo llegar a pensar que amarme es un sacrificio o una tarea ímproba que te cuesta cada día más, como un fardo pesado que sólo la resignación hace superable.

   Cada caricia tuya nace de una reflexión profunda y necesita de todos los nervios de tu cuerpo, arropa todos los músculos de tu cuerpo, que se tensan insensibles al tacto de mi piel. Sé que te cuesta un mundo acercarte a mí cuando yacemos acostados; mi amor me impulsa a buscarte, a desearte, a poseerte, y tu espíirtu escapa de tus poros al tocarte, de suerte que pareces un ídolo de cristal al que temo quebrar con un impulso más intenso de lo habitual.

   Belleza de estatua, frialdad del acero; tu voluntad es la única que juega de mi parte en el interior de tu ser… No me digas que es un error, que me invento las cosas. Cierras los ojos cuando estamos juntos, y el amor del cuerpo es una pesadilla para tu cuerpo, que se encoge al terminar como si temiese una reprimenda o algo peor, el reflejo involuntario de una arcada. Te llenas de sueño o haces como si durmieras, me das las gracias como si fuese una transacción sin apenas importancia; giras ese cuerpo de mundo en el que me perdería si me dejases una pequeña parcela de piel, y te separas de mí aún más si fuese posible, y consigues huir de mi lado haciéndome sentir culpable.

   Que me haya enamorado de ti no es culpa tuya. ¿Quién podría resistirse a ti? Esos ojos rasgados, esas cejas tupidas, el cabello corto que nace cerca de la nuca; la nariz recta, perdida en el centro de tu cara como yo estoy en el núcleo de tu vida, y una sonrisa de cielo, que se nubla cuando me siente cerca, cuando me acerco e intento parecer normal, porque normalidad es lo que mi corazón anhela.

   Pero estoy cansado ya. No puedo hacer que me ames, no puedo pedir la luna. Puedo poseerla, puedo domeñarte… ¿Para qué? ¿Para sentir que huyes cuando rozo mi piel contra la tuya? ¿Para que te alejes con algunos amigos y hagas como si no me vieses en medio de una muchedumbre de desconocidos? Si tú no quieres, todo lo que haga te separaría todavía más de mí, si no lo ha hecho ya, y terminarías odiándome, ya que ahora me repudias.

   Si tú no lo deseas, no puedo forzar una caricia para que muera en el aire; no puedo forzar a la esclavitud a tu sonrisa, que sólo aparece cuando me sientes lejos y fuera de mi vista…

   ¡Oh! Lo sé. Lo sé demasiado bien. No puedo forzar el camino de un corazón salvaje, no puedo hacer que sientas la pasión de mis besos, la fiebre de mi piel al acercarme a ti, si tu no quieres amarme.

   Y aunque haya hecho lo imposible, aunque me haya entregado mucho más de lo que jamás te darás cuenta, mi amor no es suficiente para sustituir el amor de ambos, mi mar no es suficiente para llenar el espacio de tu océano, y debo dejarte ir.

   Cierro los ojos e intento imaginar cómo hubiese sido nuestra vida si me hubieses amado si quiera un poco; si tan sólo me hubieses regalado, mejor que tu sacrificio, un poquito de cariño, un gramito de amor… Qué maravilla. Cuántas risas floridas, cuánto sueño pleno, cuánta felicidad… Pero es sólo una fantasía, un deseo que se rompe cada mañana contra el muro de tu espalda.

   Por más que intente engañarme, por más que me empeñe, no puedo hacer que me ames. Si tú no quieres, no hay amor que germine en tu alma, no hay mimo que se descongele en el amplio espacio de tu pecho. No hay ningún sueño de amor, porque ni hay voluntad ni hay un presente por el que luchar.

   Y ahora que me abrazas, cuando siento el calor de tus arterias y el perfume de tu piel, la blandura de tus labios en mis mejillas con un tacto de algo extraño, siento que me rindo, sé que no puedo pelear más. Has ganado, me has ganado y me has dejado al mismo tiempo… Y está bien que sea así.

   No puedo hacer que me ames, lo sé… Y ahora sólo me abraza la derrota.

Dulces sueños/ Sweet dreams.

Arte/ Art, Literatura/Literature

   Mi fascinación por la literatura japonesa es difícil de definir. Por un lado el gusto por las narraciones extralargas, el desarrollo tortuoso de las novelas-océano, termina siempre por aburrirme; a medida que pasa el tiempo tiendo a encontrarme más cómodo con narraciones menos extensas pero más jugosas, en las que encuentro un juego que me fascina, y es el de dejar que el lector participe de la narración, que cree en su mente las imágenes necesarias, los sentimientos expresados y ponga su propio color, su propio matiz personal a la historia leída. Y sin embargo me encanta su poesía, el ritmo de ecos y reflejos de los títulos de sus obras, el encanto escondido en la yuxtaposición de belleza y violencia, de extremada educación y brutales sentimientos tan retenidos, que terminan destruyendo vidas, trastocando el ritmo de los astros y cambiando la orografía sentimental de un lector consternado para siempre.

   La literatura japonesa es un fiel reflejo de la Naturaleza de aquel país: delicada belleza descansando sobre lava ardiente, firmes propósitos levitando sobre movimientos terrestres que drenan a la superficie lo más básico del mundo humano.

   La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata (1899-1972), es un buen ejemplo de ello. El relato protagonizado por el señor Eguchi contiene en su interior el hechizo de la brevedad y el del romanticismo, el lado salvaje del ser humano yuxtapuesto a la firmeza del superyo, frenado por las riendas del auriga.

   Es un libro fascinante en muchos sentidos, porque se basa en los sentidos. El placer que el protagonista siente al contemplar las bellezas púberes lánguidamente narcotizadas con opio como flores delicadas, es inenarrable e indescriptible, y esa dificultad tan sabiamente expresada flota sobre la narración como un perfume obsesionante y perpetuo; los sentimientos contrapuestos del señor Eguchi, que transforman su existencia hasta lo más profundo, al gozar sólo con los ojos de esa belleza sensual que se desparrama a su alrededor nos hablan de ese miedo, ese deseo y esa realización que todos podemos llevar dentro y que se refleja en nuestro gusto por lo peligroso y que bordea lo que, en los ojos miopes de nuestra realidad hoy, podría ser delito, exceso a veces, y grito.

   Es una historia sin fin y sin embargo con una fuerza que excede los límites de sus páginas, escrito con un lenguaje delicado y fluido, lleno de poesía, y desnudo de excesos; una narración mágica y obsesiva, que desnuda al hombre y le otorga, al mismo tiempo, una pátina de indestructible inmortalidad.

De guardias y guardias/ On call.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

   Salgo de guardia. Una expresión que se ha hecho familiar, cotidiana. La vida se altera saliente de guardia, o más bien se reajusta a la normalidad. Lo anormal es estar de guardia, intentar mantenerse alerta más de 24 horas a veces es realmente complicado y termina afectando al humor (nos volvemos más ácidos, más oscuros y mucho más irascibles), al amor, a las relaciones sociales, al cuerpo y a la vida en general.

   Somos un equipo. Y como tal nos apoyamos, a veces nos soportamos, a veces nos peleamos y a veces encontramos zancadillas en el camino. Así es la vida del ser humano incluso en el ejercicio de la Salud. Y como equipo, afrontamos nuestros miedos y frustraciones en conjunto, con una carencia de privacidad a veces asombrosa. Sin embargo, siendo el médico de guardia, hay una parte de ese miedo, hay una parte de esa responsabilidad del conjunto que depende por completo de nosotros, de nosotros deriva y a nosotros es devuelta en forma de confianza, de respeto y, a veces también, de verdadero cariño. La labor en Medicina está muy estructurada, la responsabilidad también. Es, como en la mayoría de los asuntos mundanos, una pirámide. Si bien habitar en la cúspide de esa estructura garantiza una serie de comodidades (lejos, muy lejos de lo que los no iniciados en Medicina en España piensan), ese confort a veces no es suficiente ante el tamaño de la responsabilidad, del bagaje y de las decisiones que se deben tomar en puestos semejantes. La labor se estructura, pero el médico siempre es el capitán de la nave: al que llegan todas las quejas, el que debe resolver los problemas que exceden los límites de las responsabilidades del resto del equipo, y el que genera la energía necesaria para trabajar, para producir aquello para lo que estamos de guardia: cuidados y restauración de la Salud.

   No es fácil. Nadie dijo que lo fuese. Sin embargo no deja de ser un choque brusco con la realidad el primer día de guardia. Hay miedo, se pasa demasiado miedo; a pesar de que, como residentes, estamos cubiertos (en la realidad no siempre es así) con adjuntos, nuestros inmediatos superiores. Desde aquella primera guardia, cada vez que entro en una, siento la misma extrañeza y el mismo magma de sensaciones entrecortadas y polarizadas. No creo que nadie en su sano juicio entre de guardia sin esa sensación de alerta, sin enfrentarse con sus miedos más íntimos, que se van mezclando, a medida que pasan los años, con cansancio, frustraciones y, muchas veces, hasta aburrimiento.

   El esfuerzo físico de hacer una guardia, si queremos trabajar, claro, es enorme. A ese desgaste se suma la actividad mental y el torbellino emocional al que nos vemos abocados. Nos convertimos sin querer en personas picajosas, en parte egoístas, muchas veces quejosas sin motivo alguno, y muchas veces irascibles: hay que lidiar con innumerables circunstancias externas además de con nosotros mismos: el miedo de los otros, la falta de responsabilidad de los otros, el deseo de ser útil y, también, las ganas de aprender.

   Una guardia es algo más que esa definición eufemística creada para que no se nos paguen horas extras: expectativa de trabajo. Una guardia es trabajo. El cuidado del Enfermo no se limita a una visita mañanera, a una toma de decisiones determinadas. Las líneas maestras de un tratamiento se dibujan así, mas la aplicación del mismo y las consecuencias a las que aboca requieren una asistencia continuada, una constante vigilancia. Siempre hay problemas que resolver, siempre hay situaciones críticas que afrontar, decisiones que tomar. Y eso no es estar expectante de trabajo: eso es pasar una a una las horas del reloj despierto o en duermevela, con dos o tres móviles (incluido el personal) que suenan constantemente, e ignorar, una tras otra, la existencia de días festivos, fines de semana o puentes y acueductos. Todo trabajo tiene su lado oscuro, la Medicina tiene demasiados que no se conocen pero a los que hacemos frente primero con mucha ilusión, posteriormente con más resignación y frustración que otra cosa, y cuya única compensación es la interacción con un equipo igual o más diligente, y con la satisfacción de una labor nunca perfecta, pero al menos más cercana a aquello que soñamos alguna vez.

   Hay guardias y guardias. Así como hay médicos y médicos, enfermeros y auxiliares y celadores. Hay días en el que los astros se alinean y todo va sobre ruedas: el trabajo parece una fiesta, todo se resuelve con el esfuerzo adecuado, hay risas y preocupaciones. Sin embargo hay otros momentos en los que deseamos salir corriendo desesperados, cansados y hartos de estar entre aquellas paredes con olor a alcohol, humores y frustraciones; hay días en el que la Salud importa quizá menos que la necesidad de sacar la labor hacia adelante, y la magia se pierde en la burocracia cada día más abundante y en la lucha por restablecer cierto aire de normalidad a unas vidas alteradas por la presencia de la Enfermedad y de la Angustia.

   En mi primera guardia tenía miedo. Uno sordo, constante, palpable para mí y seguro que para los demás, y sin embargo ante el paciente la actitud era de serenidad, de cierta desazón y rigidez… Algo de todo ello perdura en mí once años después. Acostumbrado a quedarme callado, a pensar en voz alta, mis titubeos se confunden ahora con experiencia vivida, y mis defectos (que veo mejor que nadie) en pugna por salir a a superficie y que el Destino está empeñado en que enfrente cada día, mezclados con mis virtudes, se entretejen con un aplomo cada vez más real y con una inseguridad cada vez más acotada. Sé de lo que no soy capaz y sé que debo enfrentarme en cada guardia a ello. Es una lucha que agota, pero que da como fruto la mirada comprensiva de una enfermera, el aliento de una auxiliar diligente, la sonrisa resignada de un paciente cuyo único deseo es el de sanar y que se entrega a nosotros para ese fin. A veces un residente nos acompaña y su miedo se suma al nuestro, y es una espiral de emociones que sólo con el tiempo se aprende a depurar y controlar. A veces nuestros problemas personales nos afectan; a veces una guardia nos sirve de escape y de catarsis. Así es la vida.

   Hay guardias y guardias. En todas ellas el sentimiento de encarcelamiento se hace evidente en la algarabía que sentimos salientes de guardia, confundido con el cansancio y con la satisfacción del trabajo bien hecho. Estar de guardia es cargar con el pesado fardo de nuestra vida y la de los otros, de nuestros miedos y talentos, y los de los demás, y hacerlo con el mejor de los espíritus y, a veces, con la más estóica de las cabezonerías; es una labor de desgaste y de temple al mismo tiempo, es un choque continuo de deseos y responsabilidades, y que se refleja en nuestro mundo por doquier: en nuestro rostro, cada vez más cansado y lleno de ojeras; en nuestro hogar, al que llegamos tan cansados y hastiados que todo nos molesta, cambiando el sentido de la vida y llegando a amargar a veces a aquellos que amamos; y en nuestros amigos, envueltos en los líos de la vida que se vive entre las orillas de la Salud y la Enfermedad.

   No sé porqué hago guardias. No he pensado que exista una razón. Porque sí, creo. Porque así está pautado. Porque así se nos explota en España. Quizá no sea la mejor de las maneras de enfrentarse al mundo. Pero siempre he pensado que para ser un buen jefe primero hay que ser buen subalterno, y para poder cambiar una realidad, primero hay que conocerla de antemano y saber qué puede dar de sí y qué no. Reestructuraría sin duda el ritmo y la forma de ser de las guardias. En otros países este sistema que tenemos está obsoleto, y no hay que mirar muy lejos para saberlo. Y, sin embargo, estar de guardia es parte de mi trabajo (a veces es todo lo que tenemos como trabajo), y a una parte de mí le gusta trabajar, aunque encerrado y deseando huir, porque una parte de mí, quizá muy pequeñita, quizá afónica, sigue mostrando satisfacción y miedo, dolor a veces y gran paz, cuando una larga jornada como la de hoy culmina y se me abre la boca enorme para suspirar, en medio del aire puro del mediodía: ¡Salgo de guardia!

Carlos Hugo Asperilla: Un mundo maravilloso/ Carlos Hugo Asperilla: A Wonderful World

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature, Música/ Music

Existen personas cuyo atractivo excede con mucho la apariencia externa. Carlos Hugo Asperilla es una de esas personas.

Podría decirse que lo lo exterior no es más que fiel reflejo de lo interior. Carlos Hugo Asperilla hace de este silogismo una verdad viva.

Conocerlo y quererlo es todo uno. Más allá de una persona de modales exquisitos, de mirada serena y voz profunda y atractiva, encontramos en él al hombre preocupado por lo que ocurre a su alrededor; devoto de la Historia que tiende a repetirse; dueño de una sinceridad desarmante y atrayente; tiende a la justicia de la misma forma que tiende a una perfección soñada por muy pocos.

Su talento está más que demostrado: el arte de la literatura tiene en él a un escritor concienzudo, discreto, que siembra la constancia y la profundidad y cuya forma de ver la vida, afilada como un escalpelo, le hace retratar mundos crueles, realidades crudas de las que sin embargo extrae lo mejor de la naturaleza humana sin artificios ni adornos huecos.

Carlos Hugo Asperilla es un hombre libre. Realmente libre, que no escapa a la Ley sino que la transforma en una expresión de vida; que no necesita más de lo que da y que da todo aquello que juzga necesario.

Es comedido, es galante; más coqueto de lo que nunca admitiría; su espíritu calmado lleno de una amabilidad de terciopelo es muy atractivo; y tiene la rara virtud de abrir su mundo a aquellos que le rodean sin que jamás traspasen el límite de lo banal o de lo innecesario.

Es un buen amigo, es un gran amigo. Su atractivo teñido con un poco de melancolía, un poco de esperanza y mucho sentido común hace que piense en él tumbado al sol de la tarde, cuando la luz se hace transparente y dorada, cayendo sobre su piel como sobre la hierba en flor. Él es una de mis personas favoritas, una de esas personas sin las que no sabría qué hacer en el mundo, porque su mundo muy suyo, que regala con una generosidad medida, es único e irrepetible.

Y en estos días está de cumpleaños. Rosas Blancas para Wolf  hizo que me fijase en él: su belleza hizo el resto.

Carlos Hugo Asperilla: qué maravilloso el mundo contigo en él.

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Por una vez/ For Once in my Life.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

    Debajo del ciruelo dormitas una siesta tardía.

   Con la compañía de un mayo templado, bajo el ciruelo estamos echados juntos; una manta como olvidada sobre nosotros; los gorriones vienen y van; los verdejos con su andar saltarín y su vuelo raudo; los grillos asustados rasgan su melodía adelantada. Un viento sencillo, que refresca y no molesta, intenta levantar las esquinas de nuestra manta como agita las ramas cargadas de pequeños proyectos de ciruelas. Muchas caen a nuestros pies, alfrombrando la hierba quizá algo reseca para estas fechas.

   Y tu respiración acompasada; un resoplido gracioso; el discreto movimiento de un brazo; un beso pequeño en tus labios un poco resecos. Y una risa bajita pero clara que se escapa de mi boca antes de taparla con mi mano y una mirada de felicidad que tiñe todo lo que nos rodea.

   Por una vez me siento pleno. Amado. Deseado. Aceptado. Sin luchas que ganar, sin urgencias que reparar ni necesidades que llenar. Por una vez me siento único, completo, gozoso, en paz. En paz.

   Este prado que se abre a nuestro alrededor, por donde corretean insectos y perros; este jardín que nos acoge, en donde florecen enormes rosas con olor a terciopelo y maravilladas manzanilas; este cielo azul grisáceo, lleno de nubes viajeras y deseos cumplidos, resume cómo me siento; refleja lo que ha conseguido ser mi vida, mi vida desde que estoy contigo.

   Por una vez el amor que guardaba encerrado ha hallado cobijo; por una vez en la vida mis ansias descansan dormidas y cansadas, enroscadas a tus pies. Por una vez, una caricia atrae una sonrisa y el placer, el arrullo de la compañía, de la caricia y el abrazo.

   Por una vez mi fuerza tiene un cauce; por una vez sé adónde voy. Por una vez todo parece nuevo y sin embargo cómodo; todo deseo se hace realidad y la sonrisa en tu rostro, los ojos claritos de sabana verde y ese pelo cortito de seda salvaje, reflejan una y otra vez mi vida y mis intenciones.

   Alguien tierno, alguien cuya serenidad no sólo se halla en la superficie; alguien que ama sin barreras y cuya pasión se divide en múltiples caricias, y en cientos de risas y cosquillas, ha sido capaz de derramar todo lo que llevaba escondido dentro y que nadie veía. Alguien cuya belleza se extiende más allá de su mirada, se desparrama por sus manos y  se llena en sus ojos y en sus labios, ha sido capaz de encontrar lo que hasta yo mismo ignoraba, regalándome un amor que es más que pasión y más que espera. Y ése eres tú.

   Tú: todo lo que yo ignoraba, todo lo que necesitaba, todo lo que deseaba. Tú: por una vez en la vida mi voz se llena de significado al decir un pronombre, y me vuelvo fuerte y sé adónde dirigirme: a ti.

    Ya no estoy solo. Ya no estoy desterrado. Ya no soy el otro. Sólo soy yo. Por una vez en la vida soy yo mismo, lleno de la seguridad del presente; soy un ser que es capaz de saber qué es lo que quiere; que le han regalado la posibilidad de amar y de desear, y que sabe a quién acaricia, a quién desea y porqué.

   Por una vez en la vida la soledad se ha disuelto, y la tristeza y la desdicha. No me siento perdido ni inmerecido ni despreciado ni olvidado. Por una vez he encontrado a alguien que me necesita y que me protege, y que desea mis abrazos, que tiene sed de mis besos y hambre de mis caricias y que me lleva de la mano vigilando mis pasos, cuidándome y arropándome.

   Por una vez no tengo miedo. Por una vez soy amado. Y, por una vez en la vida, soy feliz.

   Te giras un poco y tropiezas con mi cuerpo. En vez de apartarme, te acercas más a mí. Tu nariz en mi hombro; el aliento de tu boca acaricia mi piel. Te acercas más a mí y abres los ojos. Me sonríes desde el sueño. Y te estiras como un gato ocioso. Y me sonríes desde el despertar. Y llenas de luz mis días.

   – Por una vez…

   Pero me callas con un beso y me ahogas con un abrazo. Y dejas que hablen por nosotros los pájaros del jardín, las flores de mayo, el viento alegre y las ciruelas llenas de verdor.

   Qué felicidad.

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