Strauss & Berliner Philharmoniker: Arabella.

Arte/ Art, Música/ Music

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Esperando/ Waiting.

El día a día/ The days we're living

   Pelo rizado y moreno. Ni largo ni corto. Balanceándose con el viento.

   Delgado, vestido a la moda. Camisa blanca de puños algo descuidados, pantalón negro hasta los tobillos. Zapatos de marca. Cinturón de hebilla indiscreta.

   Sobre la pared una pierna y, con una actitud irreverente y tranquila, espera de pie comiendo chucherías.

   No parece esperar por nadie en particular. Desde donde se encuentra, contempla el jardín maravilloso de verdes y flores. Desde el pie de esa colina guarecida por la pared, el viento acaricia sus rizos y los libera de forma graciosa.

   No parece estar pensando en nada. Sólo ve la vida pasar.

   No parece querer nada, apoyado indulgente sobre la pared de piedra que le sirve de cobijo, salvo quizá ver las horas pasar.

   Ni siquiera está ansioso. Comiendo sus palomitas con la misma pulcritud con que engulliría un plato exquisito, indulgente se detiene bajo al sombra de la pared y se olvida de todo y lo que le rodea.

   Delante de él el atardecer de junio se hace eterno. Rosas iridiscentes pelean con el gris plomizo de las nubes; se tiñen de naranja y oro y el sol, adormilado, se cubre con un manto de azul transparente. Y sigue comiendo indiferente y sigue pensando sin pensar, esperando por siempre.

   Alto, delgado como un largo día de verano, su cabeza llena de rizos volátiles enmarca un rostro inexpresivo, que espera el paso de las horas como el paso de la gente que viene y va, casi sin importarle.

   Esa indulgencia, esa poco pretendida elegancia que puebla todos sus ademanes, destacan en medio de un paisaje que debería ser austero pero amable, práctico pero hermoso. Qué cosa más rara, el hombre que espera las horas comiendo unas palomitas.

   Pero si se mira más de cerca, sus ojos verdes bailan achispados, su boca frunce quizá más de lo debido ese tentempié ridículo; la bolsa transparente parece flotar entre sus manos y el viento que sopla alrededor.

   Delgado, parece esperar el paso de unas horas que en un hospital no pasan nunca. Contemplando el atardecer lento, siente que la vida sólo está para ser observada y, quizá, para ser gozada en porciones pequeñas, con los gestos delicados de su propia elegancia.

   Camisa blanca de puños desabotonados, pantalón negro a la moda. Zapatos de marca. Cinturón de hebilla. Y rizos, bellos rizos morenos envueltos de aire.

   Esperando a que la vida pase sin importarle cómo; sin necesitar ser observado o admirado o simplemente deseado, su indiferencia sólo molestaría si no fuese tan hermoso. Pero como todo lo bello, es distante. Y esa distancia entre la pared en la que se apoya y el mundo que fluye es más real que imaginaria, más palpable que ideal.

   Pelo rizado moreno. Ni largo ni corto. Esperando por siempre balanceándose con el viento.

   La bolsa de palomitas, vacía, escapa henchida de aire y va a parar sabrá quién adónde. Como el corazón que lo contempla. Como su mirada indiferente y verde.

   A veces así también es la vida.

En una habitación/ In a Room.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Música/ Music

Todos bailan. El ritmo lento de una canción de moda. Hay cuerpos unidos firmemente, como atados por abrazos desesperados. Hay cuerpos discretamente separados, entre los que el aire campa sin sentido de espacio. Hay cuerpos que descansan unos sobre otros, aburridos quizá y por incercia, bailando por compromiso.

La música tañe su suave melodía de amores fingidos y olvidados, de corazones rotos y fantasías espúreas. Está de moda, ritmo pasajero, flor de un día que quizá todos los allí reunidos olviden después.

O quizá no.

Unos ojos se encuentran en la distancia. Por sobre los hombros de uno y otro se miran y se reconocen en el anonimato, en el momento presente.

Giran una y otra vez, pretendiendo acercarse uno al otro. Pero alguien se enreda, otro habla, se rompe la cadencia, se recupera de nuevo. El lazo visual se quiebra momentáneamente para recuperarse segundos después, con más intención la mirada. Quizá con más pasión.

¡Oh! Si la mirada hablara… Qué no se dirían en medio de aquella habitación vacía de gente. Qué secretos muy guardados, capaces de ser leídos en esas pupilas, compartirían. En el vaivén de la danza, entre el murmullo de los zapatos al besar el suelo, ambos se desean en la distancia, ambos toman aire y componen la mejor de sus sonrisas.

Los labios de los dos se humedecen y se entreabren, esperando un beso que viaja con las notas de una canción que ellos ya no oyen. ¡Oh, si el aire besara! Qué rincón quedaría oculto ante unos labios hambrientos, ante una piel jugosa y sedienta.

Y ríen. Ríen mientras la danza prosigue, cambiando de brazos y de posturas, levantándolos en arco, bajándolos en abrazos. ¡Oh, si los brazos arrullaran! Qué melodías no se cantarían al oído gracioso, qué tonos no emplearían para amarse en la distancia.

Porque la distancia separa a los amantes. Amantes que se han reconocido en una habitación llena de gente, entre los cuerpos de gente equivocada, entre las intenciones erradas de unas vidas que se cruzan esta noche quizá para no volver a encontrarse.

La música llega a a su fin y la respiración es agitada. Quizá por el esfuerzo del amor, quizá sea sólo por el baile….¡Oh, si los pies pudiesen volar! Llegarían uno al encuentro del otro y se unirían sus almas con el lenguaje de los ojos, con el tacto de la piel y la pasión desbordada del deseo. Qué no se dirían, qué no encontrarían, qué placer efímero no fundirían con su encuentro.

Si alguna vez labios rojos pudiesen quemar la atmósfera candente de una habitación con el silencio; si alguna vez almas halladas pudiesen con su encuentro hablar con la mirada; si alguna vez pecho y brazos, piernas y sentidos lograsen desprenderse de sus ataduras y compromisos, ellos dos serían felices.

Sin embargo, uno se gira hacia la puerta tironeado por la vida que ha elegido hasta ahora y el otro lo pierde de vista, en una habitación llena de cuerpos y de gente que no le interesan nada, apenas maniquíes que estorban la visión de una vida que se escapa. Uno cierra sus ojos para que la imagen de ese momento quede grabada en su recuerdo; el otro intenta desatar uno a uno unos lazos que lo unen a la Nada.

Y mientras uno sale de una habitación en la que halló su vida, el otro, aturdido por la felicidad encontrada, duda un segundo y sigue en ella, recordando el aroma de unos besos traídos por el aire, la cercanía de un tacto nacido en la mirada, y la dulzura de un corazón que baila en una noche sin luna. Y sonríe al vacío. Y se resigna. Y se calla.

En la habitación llena de gente, una nueva canción surge, y como hechizados, los cuerpos comienzan otra vez el lento planeo de una danza continua. Uno oye la melodía ya lejana, mientras atraviesa el umbral de una puerta que quizá no debió franquear jamás. En su memoria de fuego lleva grabada aquella mirada, el sabor de esa sonrisa y el fino tacto de la atmósfera alrededor. Y hasta parece que una lágrima intenta escapar de ese recuerdo.

Pero una mano surge en la noche y detiene su marcha. Se acerca despacio y sonríe en las sombras. Y las miradas se encuentran, los labios se unen y el pecho y los brazos y las piernas se confunden, arrullados por el ritmo sordo de una canción de moda.

Y, mientras tanto, en una habitación la vida sigue, ignota, su guión de siglos por venir. Y unos amantes corren por la noche al encuentro de su historia.

Unos versos/ Poem.

Arte/ Art, Literatura/Literature

27

Besa el aura que gime blandamente

las leves ondas que jugando riza;

el sol besa a la nube en occidente

y de púrpura y oro la matiza;

la llama en derredor del tronco ardiente

por besar a otra llama se desliza;

y hasta el sauce, inclinándose a su peso,

al río que le besa vuelve un beso.

Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas.

Durmiendo/ Sleeping.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

 Lullaby. Brahms.

   La luna apenas se ve por la ventana.

   Mayo llega a su fin y los días largos, lánguidos, se pierden en el horizonte vestido de azul.

   Qué bella es la primavera de mayo, cuando lenta cambia hacia el verano, con sus días de calor soporífero, con esa sensación de lo que no termina nunca. Pero el último atardecer de mayo, que da la bienvenida a los días de junio, suele llegar con sigilo, encumbrándose con tranquilidad sobre el sol llameante; tan tranquilo, que apenas con los ojos podemos ver un tenue rayo, el planeo sutil de un día que acaba para no volver jamás.

   Estás dormido. Lo sé. Resoplas cuando duermes. Esos labios carnosos se resecan a veces y a veces los humedeces de inconsciencia.

   Me gusta verte dormir. Así eres todo mío. En el sueño somos uno, y el mismo corazón late, los mismos pulmones se llenan de aire y los mismos párpados cierran unas pupilas cansadas y en paz.

   Duermes boca abajo. Con la cabeza ladeada. No la veo, escondida entre almohadas, pero no hace falta. Me sé de memoria la sombra que las pestañas dejan en tus mejillas, la discreta impresión que tu barba dibuja sobre las sábanas, y esa boca carnosa apenas cerrada por la que exhalas el aire que yo respiro.

   Tu cuerpo está relajado. Lleno de vigor del dormido, lánguido se desploma cuan largo eres. No hay músculo que conserve ese tono a la defensiva, son todo piel y tacto, suave y placentero a la vez.

   Nada hay más dulce que verte dormir. Como una vela encendida o la lluvia que comienza a caer tras los cristales, iluminas mi vida, humedeces mis ojos y reblandeces mi corazón. No puedo ser severo contigo; no paro de reír a tu lado. Tal es el efecto de tu vida en la mía. Y sin embargo no cambio por nada estos momentos en los que, juntos, viajamos por caminos separados y yo me quedo en el puerto del despierto mientras tú te alejas en la barca del olvido.

   Qué bello eres. Libre de toda necesidad de gustar, desprendido todo interés humano, yaces volcado sobre ti mismo, a veces sobre mí, navegando con el vaivén de las horas, con total despreocupación y sin ninguna necesidad más que de silencio…

   ¿Oyes? Comienza una tormenta. Lejana. Un relámpago inunda la noche de cristal. Intenta quebrar la paz que entra por la ventana, y sólo es agua que nos regala, en un refresco momentáneo, una excusa para acercarme más a ti, buscando tu calor.

   Recuerdo que la primera vez que estuvimos juntos, dormido tú después de un amor que no se agotaba nunca, me acerqué hasta tu oreja pequeña y te susurré si estabas despierto. Me lanzaste un manotazo y me gruñiste que ésa era tu intención. Yo me eché a reír. Levantaste la cabeza y me miraste con cara rara. Pero sonreíste un segundo, lo que duraron tus ojos abiertos, y te volviste a plegar sobre ti mismo como una interrogante que aún hoy me intriga.

   Querido mío… Me gusta verte dormir. Que me hagas hueco entre tu cuerpo, encajando con una precisión que todavía hoy me asombra.

   ¿Oyes? Llueve. La última lluvia de mayo. El último suspiro de nube de esta primavera.

   Me acurruco poco a poco junto a ti. Siento la blandura de tu piel, el firme tacto de tu cuerpo a mi lado. La lluvia cae sobre los cristales, el viento levanta el encaje de la noche, y algún rayo parece dibujarse a lo lejos.

   Yo qué sé… Mis párpados pesan cada vez más, y giro imperceptiblemente mi cabeza para verte por última vez en esta noche de mayo.

   Cuánto te quiero…

No me equivoco/ Ain’t Misbehavin’

El mar interior/ The sea inside

Ain’t Misbehavin’. Rod Stewart.

   Me preguntan qué me pasa.

   Que me escondo en casa, que no salgo como antes, que hasta me notan distinto.

   Me dicen si estoy malo. Si me duele algo, si me siento mal.

   Se acercan con sigilo, como si temiesen molestarme. Y me abrazan en silencio mostrándome un apoyo que me sorprende.

   Sólo porque quiero quedarme en casa, no salir hasta las tantas, no hablar con gente nueva, no jugar al gato y al ratón, esas reglas cansinas de la atracción y el gusto.

   Me preguntan si estoy cansado, si no tengo apetito o si me falta algo. Porque me ven como raro, caminando sin pisar el suelo, con la mente en las nubes y el corazón encerrado en un puño de cristal.

   Voy a mi aire, no quiero hablar con nadie, no quiero reír por reír ni charlar por charlar. La vanidad la dejo tras la puerta cerrada; el amor, tras labios sellados; el calor, tras los muros de mi corazón.

   Intentan que conozca gente maja, que será maja, pero no me apetece.

   Pretenden que los acompañe, que los escuche, que los aconseje. Me aconsejan que me deje aconsejar. Y yo sólo sonrío y parezco un loco desconcertado.

   Qué maravilla.

   Sin embargo, no digo lo que ocurre en mi corazón. No muestro que me arrulla por las noches, y que esta soledad impuesta no es tal.

   No saben que tras mi negativa a vivir vivo más que nunca, porque tu amor me espera todas las noches en casa; todas las noches en mi cuarto, escondiéndote de la vida de los demás para compartir la mía al completo.

   No me equivoco tomándome la vida con calma, saliendo menos, bebiendo poco, yendo a correr, peinándome el pelo, perfumándome y sintiéndome guapo. Porque tu amor se halla en mi corazón y me guía, día a día, hacia la felicidad.

   Me preguntan qué me ocurre. Y yo quiero decirles lo que parece obvio: que estoy enamorado de ti. De ti que eres mi hogar, mi soledad sonora y mi compañía.

   Me dicen si estoy malo. Y lo que estoy es enfermo de amor. De amor por ti. Y nada parece más maravilloso ni resulta más fácil que salir en tu busca cada noche y quedarme dormido en el abrazo de tu nombre.

   He adelgazado. Visto mejor. Me preocupo por ser educado, por ayudar a los demás, por ser amistoso y amable. Y mis amigos me miran raro y me toman la tensión y piensan que tengo fiebre.

   Pero lo que tengo es el virus de tu amor por todo mi cuerpo, que brota en mi sudor y en mi sonrisa, en cada gesto y en cada palabra.

   Y no me equivoco cuando me digo que el amor obra milagros, milagros como el tuyo en mí. Y que la vida puede ser así, una autopista sin curvas ni peajes, un océano de espejos y reflejos.

   Me preguntan qué me pasa. Y se extrañan verme sonreír.

   ¿No es maravilloso?

   ¿Qué me va a pasar?

   Que estoy enamorado. Muy enamorado. De ti.

   Y no, no me equivoco.

   Qué felicidad.

Camino de la felicidad/ Happiness Road.

El mar interior/ The sea inside

   Estamos juntos cogidos de la mano.

   Te veo y no me lo creo. Después de tanto tiempo, de tantas disquisiciones, berrinches, mal entendidos y dificultades, aquí estamos tú y yo.

   Delante de nosotros un sendero parece abrirse dándonos la bienvenida. Se lo ve tortuoso, a veces transparente y a veces manchado de sombras.

   Como la vida. Una vida compartida.

   Suspiro. Y aprieto tu mano con energía. Y me gusta sentirte así, conmigo, tu mano en la mía, tu fuerza en la mía. Y viceversa.

   Sonríes. Sonrío.

   Juntos.

   Después de tanto tiempo nos hemos encontrado y reconocido. Apareciste, me encontraste en medio de este camino tortuoso que ha sido nuestra vida, y buscándonos nos hemos hallado.

   Suspiro. Suspiras. Y sonríes. Y yo me río.

   Delante nuestra un camino blanco se extiende a nuestros pies, invitándonos a recorrerlo. Juntos. Abrazados. De la mano.

   La luz se extiende por él, y la noche repleta de estrellas. Algo de niebla, aquí y allá sombras de lluvia se dejan ver. Pero parece hermoso y es fragante y embriagador.

   Mi corazón late con fuerza y sé que lo sientes en mi mano en tu mano. Y ahora eres tú quién la aprieta.

   – ¿Estás listo?

   Me preguntas.

   Yo me quedo un segundo mirándote a los ojos. Qué belleza transparente, tu mirada nueva, límpida, sin brumas.

   Sonrío ante tu risa. Me dejo mecer por tu confianza.

   – Sí.

   Respondo.

   Y juntos comenzamos a recorrer el inmenso camino que se extiende delante de nuestros ojos, el camino de la felicidad.

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