Carlos Hugo Asperilla: Un mundo maravilloso/ Carlos Hugo Asperilla: A Wonderful World

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature, Música/ Music

Existen personas cuyo atractivo excede con mucho la apariencia externa. Carlos Hugo Asperilla es una de esas personas.

Podría decirse que lo lo exterior no es más que fiel reflejo de lo interior. Carlos Hugo Asperilla hace de este silogismo una verdad viva.

Conocerlo y quererlo es todo uno. Más allá de una persona de modales exquisitos, de mirada serena y voz profunda y atractiva, encontramos en él al hombre preocupado por lo que ocurre a su alrededor; devoto de la Historia que tiende a repetirse; dueño de una sinceridad desarmante y atrayente; tiende a la justicia de la misma forma que tiende a una perfección soñada por muy pocos.

Su talento está más que demostrado: el arte de la literatura tiene en él a un escritor concienzudo, discreto, que siembra la constancia y la profundidad y cuya forma de ver la vida, afilada como un escalpelo, le hace retratar mundos crueles, realidades crudas de las que sin embargo extrae lo mejor de la naturaleza humana sin artificios ni adornos huecos.

Carlos Hugo Asperilla es un hombre libre. Realmente libre, que no escapa a la Ley sino que la transforma en una expresión de vida; que no necesita más de lo que da y que da todo aquello que juzga necesario.

Es comedido, es galante; más coqueto de lo que nunca admitiría; su espíritu calmado lleno de una amabilidad de terciopelo es muy atractivo; y tiene la rara virtud de abrir su mundo a aquellos que le rodean sin que jamás traspasen el límite de lo banal o de lo innecesario.

Es un buen amigo, es un gran amigo. Su atractivo teñido con un poco de melancolía, un poco de esperanza y mucho sentido común hace que piense en él tumbado al sol de la tarde, cuando la luz se hace transparente y dorada, cayendo sobre su piel como sobre la hierba en flor. Él es una de mis personas favoritas, una de esas personas sin las que no sabría qué hacer en el mundo, porque su mundo muy suyo, que regala con una generosidad medida, es único e irrepetible.

Y en estos días está de cumpleaños. Rosas Blancas para Wolf  hizo que me fijase en él: su belleza hizo el resto.

Carlos Hugo Asperilla: qué maravilloso el mundo contigo en él.

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Gracias/ Thank you.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

En tiempos en los que nos fuerzan a dejar de trabajar en una profesión a la que le hemos dedicado años porque los números no cuadran y nos sentimos maltratados primero por el propio Servicio al que pertenecemos, después por la gerencia del Hospital en el que trabajamos y, finalmente, por los responsables últimos de las tomas de decisiones (el Servicio Gallego de Salud, SERGAS); en momentos en los que nos planteamos mil dudas, la adecuación a una profesión como la Medicina que exige mucho más de lo que pensamos, pero a la que nos acostumbramos tanto que ya ni lo notamos, la propia capacidad siendo así que se prescinde tan fácilmente de nuestra presencia, recibir una nota pública de agradecimiento por algo tan pequeño es algo que nos sorprende, nos sonroja y nos deja casi sin palabras. Una sorpresa tan agradable y tan dulce fue lo que recibí el viernes, casualmente mientras estaba de guardia, y su sabor lo llevo aún en los labios y el bálsamo que me regaló, aún lo noto en mi piel.

Cris Sin Más es una usuaria de Facebook amiga de un amigo común al que admiro profundamente, el escritor Carlos Hugo Asperilla (autor de Rosas Blancas para Wolf.) Mientras hojeaba unas fotos suyas, dio con una mía. Y esa foto le llamó la atención. Tanto, que comenzó a ver más fotos en las que yo aparecía, y se hizo la luz de tanto interés por mi persona (al que no conocía de nada.) Primero, me pidió ser un contacto en Facebook, que acepté. Y después, escribió, en un juego de adivinanzas, la siguiente nota titulada Fotos del hospital…, con tanto candor como cariño y agradecimiento:

Fotos del hospital…

Ya había comentado que me gustaba más que fotografiar con cámara, hacer fotos mentales; esas que todos guardamos en el álbum de nuestros recuerdos personales, unas las hago a conciencia y otras no, salen de forma involuntaria y se quedan grabadas a fuego, y por mucho tiempo que pase no se borran. Las que describo hoy pertenecen a esta categoría.

Hace un tiempecito pasé una época bastante movidita, y hay unos cuantos “clicks” que me recuerdan aquello. Algunos buenos, otros malos y hasta los hay milagrosos. Mi madre en la UCI (casi se muere, tenía un tumor benigno cerebral y se complicó la operación), mi padre solícito, tierno, cuidándola, mi hermano pequeño, todo coraje, llegando desde Madrid y permaneciendo a su lado hasta que todo se solucionó, Cris y A. (siempre A. conmigo) corriendo hacia el hospital. Hay muchas, muchas fotos de aquella época, que me hacen llorar aun.

Pero no quiero hablar de mi entorno, sino de aquellos, mis héroes, que cuidaron a mi madre noche y día como si de una más de su familia se tratase. A mí siempre me ha pasado que cuando alguien está gravemente enfermo, me siento, por muy acompañada que esté, sola e impotente. Es como si al enfrentarme cara a a cara con la enfermedad, la muerte, me enfrentase también a mí misma, conecto con lo más profundo de mí, lo mejor y lo peor, y allí, en el hospital, conecté con lo mejor, no sólo porque ver sufrir a mi madre me trastocó hasta el infinito, sino porque descubrí, dentro de aquellas paredes de la UCI, más vida que fuera (la segunda vez que me pasa). Una vida que se refleja en dos fotografías que siempre llevo conmigo.

La imagen de una chica, muy joven, aseando y arreglando con amor, un inmenso amor, a una ancianita desvalida.

Y la gran empatía de uno de los médicos responsables de mi madre. Hablé con él dos veces, y nunca he podido olvidar su mirada (inmensa, profunda, humana) y los gestos de cariño y consuelo que tuvo hacia nosotros. Jamás lo he olvidado.

Me sentí profundamente acompañada en aquellos momentos. Profundamente. Un extraño pasó a formar parte de mi esfera más íntima, porque llegó a mi dolor, y ese don no lo tiene mucha gente. Este chico sí, sin duda. Alma de sanador.

Mi madre se recuperó, afortunadamente, y sin secuelas físicas, pero seguro que las tiene en el alma, como todos nosotros. No sé si vuelve mucho a aquella época porque no hablamos con frecuencia de ello, pero cuando lo hace y habla de su tiempo en la UCI aparece otra foto: su mirada, la del agradecimiento eterno.

Hoy he escrito esto porque nos quejamos demasiado de la Sanidad que tenemos (y es de las mejores de Europa) y en los medios aparece reflejado lo peor y lo infrecuente (que es lo que vende) y no estas situaciones, que son lo normal. Visito con frecuencia hospitales porque tengo amigos trabajando en Sanidad y el 90 por ciento de la gente responde al panorama que he pintado hoy. Así que… gracias… a mis amigos anónimos, los ángeles de mi madre, y a todos aquellos que velan por nuestra salud y que ya, para siempre, formarán parte de mi álbum personal :). De corazón, gracias.

Cuando leí esa nota, muy sentida y sincera, le agradecí, como parte de la profesión (aunque maltratado en grado sumo por la Administración), sus palabras y sus deseos. En esa nota se resume lo que siempre he buscado en la Medicina: Servir. Y ver que alguien, una usuaria del sistema, se había dado cuenta de eso, me llenó de calor y de agradecimiento.

Lo que yo no sabía en ese momento es que, en ese juego de adivinanzas, Cris Sin Más terminaría desvelando que el médico al que ella hacía referencia era yo. Y me lo dijo haciendo que evocara el caso de su madre, que es como yo, en general, recuerdo a los pacientes y familiares. Cuando me di cuenta de eso…, me quedé mudo. No sabía qué hacer. En medio del torrente de sentimientos contrapuestos que mi situación laboral actual me ha arrojado, entre las dudas que siempre tengo sobre mi actitud, mi habilidad, mi interés y mi conciencia; durante una guardia que acabó siendo fatigosa y eterna, aquella nota, aquellos sentimientos expresados con tanta sencillez y luminosidad, me regalaron algo tan bello, que aún resuena en mí la serenidad y la dulzura que me transmitió.

A pesar de las mil dudas con las que me enfrento en cada día que trabajo (ahora, desgraciadamente, sólo trabajo por días), la última intención de cada hora que dedico a la Medicina es Servir. Y en ese acto de Servicio (que reinvindico como una labor de equipo), a pesar del miedo que conlleva y las interrogantes que plantea, encuentro un camino y una meta, que se llena de alegría al ver, sólo a veces, que, sólo a veces, llegamos a nuestro destino siendo lo que queremos ser.

Muchas gracias, Cris Sin Más, por este regalo. Y a Carlos Hugo Asperilla, por ser el puente que unió los extremos de una sorpresa semejante.

Una tarde singular/ A different afternoon.

El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

A Hugo y Oskitar.

Dentro del amplio espectro de los días de nuestra vida, que se funden en negro si intentamos rememorarlos alguna vez, aquí y allá surgen momentos que brillan como destellos, que son fugaces realmente, pero que nos dejan tal recuerdo, que revivirlos no cuesta gran trabajo: palabras, gestos, sonidos, olores y colores, en un conjunto que nos regala alegría, cierta melancolía y, a veces, una vaga tristeza teñida de añoranza por lo que se tuvo una vez y ya no se tiene.

Uno de esos instantes, que son encuentros con lo maravilloso, me pasó hace unos días, cuando pude conocer personalmente a dos personas extraordinarias, amenas, cultas y divertidas como son Carlos Hugo Asperilla y Óscar Moreno García. Se me dirá que es fácil conectar con alguien con el que ya se mantiene cierto contacto, con el que se comparte cierto interés. Puede ser. Pero no. Al menos no en mi caso. Soy una persona excepcionalmente tímida, que se sorprende a sí mismo si se encuentra cómodo, pero que suele tardar un tiempo en encontrar su propio tempo con los demás. Esto no me pasó con ellos; de hecho, todo lo contrario, y es por eso que ese encuentro, en el que compartimos anécdotas, puntos de vista, críticas y risas, se convirtió para mí en una tarde singular, en uno de esos momentos que quedan grabados en la memoria para siempre.

Carlos Hugo Asperilla me encontró hablando por teléfono. Me agobió un poco mi falta de educación, pues corté como puede a la persona con la que estaba hablando y a él lo hice esperar unos segundos con el teléfono en la mano. Inmediatamente me llamó la atención su persona, como lo imaginaba, pero con una trimidensionalidad algo inesperada. Y no sólo por su fortaleza física, si no por su mirada penetrante, su pelo corto, su inmediata sonrisa. Carlos Hugo es carne; dueño de una estabilidad pausada, de un saber estar, que transmite en cada gesto, en cada palabra. Me hizo reír al instante, cuando me aclaró que era más de lo que hasta ahora debería pensar yo que era en realidad. Se equivocaba, y se lo dije riendo, porque me pareció una aclaración encantadora e innecesaria, al menos conmigo. Pero eso hizo que me sintiera aún más cómodo de lo que ya me sentía a su lado, y mientras caminábamos, la conversación fluyó sin dificultad, como si nos conociéramos de toda la vida.

Lo miraba a veces y me sorprendía. De evidente atractivo, su inteligencia y su agudeza rivalizan con su belleza física, alcanzando altos niveles. Y cuando nos encontramos con personas así, es una gozada. La conversación, los gestos, las anécdotas, las sonrisas y los silencios tienen un valor añadido, un peso que no es de este mundo. Con esa mirada fija y penetrante, me pareció un hombre muy seguro de sí mismo, muy vivido pero a la vez un tanto tímido, y con más dulzura de lo que su imagen deja entrever. Todo en Carlos Hugo me pareció atractivo; todo: sus grandes ojos, que todo lo escudriñan; su inteligencia, que todo lo analiza; su pecho de planeta y medio y sus brazos que parecen envolver en un sólo abrazo el aire del universo. Pero también su voz, dulce y profunda, y sus palabras, sus actos y sus intenciones. Su química con Óscar Moreno García; la luz de su sonrisa al verlo llegar; y su modestia a la hora de hablar de su talento, cuya literatura me llevó a lugares a los que no quería ir y de los que emergí, gracias a su magia, siendo un poquito más tolerante y más crítico con el mundo que nos rodea. Rosas Blancas para Wolf es un libro que nos enseña que la Historia nunca muere sino que se repite, se repite porque somos incapaces de aprender sus lecciones.

Óscar Moreno García llegó un poco después. Su aspecto menudo esconde un espíritu tan fuerte como su cuerpo todo músculo y fibra; sus ojos chispeantes, su sonrisa constante, su conversación animosa pero calmada, salpicada de silencios y de brillantes reflexiones, me revelaron un hombre profundo y sereno como el mar en calma; lleno de esa energía líquida que transforma mundos y personas, y cuya juventud sólo está llena de hermosas promesas que ya son realidades. Su vida, llena de las dificultades de todo ser humano, se caracteriza por su generosidad, por su fortaleza y por su constante sentido de lo correcto, y se adereza de una constante evolución que me deja asombrado. Quién pudiera tener, a esa edad, no sólo la agilidad física y la energía que transforma actitudes e intenciones, sino también esa agudeza, esa mirada dulce y bondadosa, y una generosidad real que nace del corazón. Óscar Moreno García es un hombre atractivo, cuya belleza se reparte por completo en su pequeña estatura, pero que se hace gigante en cada momento que se comparte con él y en cada día que pasa.

La evidente complicidad que ambos amigos comparten es un juego divertido. Se saben, se conocen y se quieren, y es una gozada ver desplegado ese tejido de cariño, dulzura y entendimiento. Ambos sonríen a la vida; ambos, con puntos en común derivados de experiencias tan distintas, me enseñaron lo bonito que es el ser humano, extendieron delante de mí el abanico de cualidades que todos podríamos desarrollar si nos diéramos el tiempo suficiente y la paciencia suficiente y  el cariño suficiente para ello.

La sapiencia de Óscar Moreno García es encantadora. Tan joven y tan sereno. La sapiencia de Carlos Hugo Asperilla proviene del poso de la experiencia, de la observación de la vida. Y ambos son tan divertidos y locuaces, tan atractivos, que me sentía envuelto en un aura de contemplación animada y de divertimento continuo. Y me sentía a veces poca cosa; a veces un observador y  a veces una pieza del juego; el tiempo fugaz y el instante eterno. Y nos reímos y criticamos y comentamos y volvimos a reír y nos enzarzamos en una conversación animada y leve, tan leve como la propia vida, y tan llena de destellos, que transformaron un encuentro en la terraza de un café, en una tarde singular que querré recordar por siempre.

Carlos Hugo Asperilla o la contención/ Carlos Hugo Asperilla or Containment.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Cuando tuve en mis manos Rosas Blancas para Wolf, dudé un poco. Estoy bastante cansado de la ficción instalada en la Segunda Guerra Mundial o en la Guerra Civil Española. Parece que no sepamos extraer de la Historia reciente de la Humanidad algo más en lo que basar historias llenas de pasión, dolor o realización. Cierto es que, en un mundo que se desmorona, la épica humana resplandece más y la ficción logra alcanzar ese grado de casi realidad que, en otro tiempo y lugar, quedaría relegada a comparsa o a ruido de fondo.

Pero Carlos Hugo Asperilla ha sido capaz de trascender el trasfondo histórico de su primera novela, novela particularmente bien escrita, intensa, tierna a veces dentro del marco del Horror, y muy contenida. La historia de Wolf se superpone, en esas capas eternas, al tejido político y a la locura colectiva que en su día envolvió a un pueblo hasta quedar anulado de consciencia y autocrítica. Por la novela desfilan todos los nombres oscuros de un período doloroso y lleno de tópicos; puesto que tan importante ha sido en la Historia Humana, está tan repleto de polvorientos ménados, de farragosos meandros, que extraer las intenciones más íntimas, y por lo tanto más escondidas, de todos aquellos seres que consiguieron doblegar durante un breve pero intenso período de locura y horror a todo un continente, a toda una generación, hace de este libro una pequeña maravilla. Puesto que la historia que se lee o que es contada siempre es factible de ser manipulada, tanto por vencedores como vencidos, encontrar un relato como Rosas Blancas para Wolf es un soplo de aire fresco en el pesado telón de ese teatro de maravillas y excentricidades que ha sido la Segunda Guerra Mundial.

Con todo, no es un libro fácil. Nadie es lo que parece ser, y el horror, la locura, la sed de sangre y de poder, de reconocimiento y de admiración, corren por sus páginas firmemente atadas por esa mano detrás de las teclas, por ese escritor sagaz y capaz que se deja ver muy poco, casi nada, y que procura no emitir juicios sumarios ni objetivar realidades ya establecidas por la Historia; la cualidad de Carlos Hugo Asperilla está en enseñarnos un fresco general en donde los protagonistas pivotan y evolucionan, dando tumbos en secreto, hasta alcanzar un grado de madurez casi divina, respetando todos los espectros del ser humano.

Sus protagonistas son alemanes, nacidos y nutridos en el nacionalsocialismo; con personalidades alienadas bien sea por la manipulación gubernamental o por sus propias miserias interiores; y aunque los despojos humanos lo son siempre, Carlos Hugo Asperilla recoge las hebras de la biografía personal de cada uno e intenta explicar, desde una óptica nada juzgadora (de ahí mi fascinación por cómo el autor ha sabido dibujar un tiempo, con sus sentimientos y contradicciones, sin caer él mismo en la manipulación o en la hipocresía), las razones por las que un ser humano puede convertirse en un monstruo, justificarse quizá y asumir su propia naturaleza sin perturbarse en lo más mínimo, pues lo ha perdido todo en ese proceso de metamorfosis en el que ha sacrificado su propia sensibilidad y su alma.

Es un libro de iniciación. Y no sólo porque Wolf sea un adolescente que crece en el Berlín dogmático y oscuro de esos años de oprobio. Cierto es que Rosas Blancas para Wolf nos muestra el retrato de un niño que se transforma, en ese tiempo convulso, en un hombre; pero esa transformación liberadora (sea hacia la la luz o hacia la oscuridad) la sufren todos y cada uno de los protagonistas; incluso, de soslayo, el Führer. Es un libro que sorprende, porque nada es lo que parece y todo es exactamente lo que la Historia ha retratado de ellos; y porque no ha buscado en sus líneas justificar ninguna postura ni ensalzar ninguna solución: se contenta con retratar con cierta aspereza un tiempo convulso y difícil y a unos personajes recios, tan duros consigo mismos como el tiempo que les ha tocado vivir, y una evolución que nunca es fácil, sea en tiempos de guerra o en tiempos de paz, puesto que problemas para la raza humana siempre los habrá mientras sigamos siendo lo que por ahora somos.

Es un retrato hábil, y como buen retratista español que es, nos muestra a sus personajes tal cual son, sin artificios, sin colores estridentes, con sus flaquezas y sus aciertos, con sus esperanzas y decepciones. Rosas Blancas para Wolf no es un libro fácil ni pretende serlo, sin embargo está lleno de una sobria esperanza y de un dolor y un horror sabiamente contenido: nada en sus líneas chirría, ni un disparo gratuito ni una sonrisa de más. Está lleno de claroscuros, porque así también es la vida. Y veo a Rosas Blancas para Wolf como una buena película, lejos de la blandura que Steven Spielberg imprimió como carminativo a la crudeza de La Lista de Schindler, ni de ese final feliz a pesar del horror, y no por merecido, de El Pianista de Roman Polanski; porque sus personajes luchan y sufren y caen y se mantienen, bien en su error, bien en su despertar, en el viaje a la Oscuridad que fue la Vida en ese período sombrío del siglo XX.