Oscuras reflexiones/ Dark thoughts.

Arte/ Art, Literatura/Literature

 Reflection (Mulan). Vanessa Mae.

   A veces es necesario ese hiato entre los acontecimientos que nos pasan y nuestra propia vida para detenernos a pensar. El silogismo que se construye en la mente de una persona acostumbrada a actuar es rápido, casi instintivo, aparentemente superficial y se erige como una respuesta inmediata a la acción que lo origina. El tiempo que fluye impide, en esos instantes indescriptibles y fugaces, un razonamiento justo sobre la pirueta más adecuada o la mejor salida para lo que está sucediendo; el tiempo que fluye sólo es presente en la vida que se vive, y por eso no deja espacio para la duda, pero sí para el error y los destrozos que nos rodean. El hombre que titubea mientras vive, yerra; el hombre que vive su presente, yerra; a la postre, vivimos rodeados de ruinas que nos enseñan una lección que se disfraza inútil pero imperecedera. Habitualmente la vida nos niega una segunda oportunidad una vez aprendidas las lecciones que nos enseña; sólo el ser más inteligente o el más sensible logran extraer las enseñanzas correctas y consiguen erigir un edificio vital hermoso y acorde con el río de la vida. No me he jactado nunca de haber conseguido una proeza semejante.

   En todo esto veo derroche. Allí donde los seres humanos nos afanaríamos en retocar, rehacer, perfilar, la vida simplemente lo desecha todo y vuelve a empezar desde cero; quizá esa sensualidad de las cosas perdidas encierre un valor propio que somos incapaces de descifrar todavía. Tal vez nuestro propio empeño en ser superiores a la vida nos impida extraer las lecciones adecuadas a tan caudalosa costumbre natural. Aún no lo sé.

   Respondemos por instinto, o con lo que puede pasar por instinto. Entre capas y capas de querencias, aquí y allá podemos llegar a vislumbrar alguna chispa de verdadera intuición, libre de toda pulsión, sana y única, y que nos recuerda el posible origen divino que nos atribuimos. Por lo demás, me cuesta mucho despegar mis anhelos de mis acciones, mis errores de mis virtudes, para poder analizarlos con el peso suficiente y la serenidad adecuada; por lo que he cometido tantos errores a lo largo de mi vida, que aún hoy me asombro de haber llegado adonde estoy y poder contarlo, por añadidura.

   A través del tiempo que ha pasado, tras cuarenta años de un silencio rumiado con continuos titubeos, con constantes salidas de tono, sólo ahora consigo vislumbrar una explicación coherente, cierto orden en las cosas, que logran justificarme (sí, lo admito) o cuando menos atenúan quién era yo por aquellos años en los que veía desfilar mi vida sin un objetivo claro y sin esperanzas de ningún tipo.  Escribir en el libro de contar la vida no me trae más paz de la que ya gozo, pero al menos me deja un sosiego contemplativo que me gustaría aprovechar para abocar por fin esos momentos que prefiguran un destino y que no logramos vislumbrar, ni por asomo, mientras estamos envueltos en el frenesí de los días que se viven.

   No en vano intento extraer de los días de Uxía algo que valga la pena: el aprendizaje más correcto, la lección eterna. Mi propia experiencia me indica que sólo para mí esa explicación (de serlo) es válida; cada quien debe bucear en sus propios océanos las razones que nos llevan a ser quienes somos y a actuar de la manera en que lo hacemos. La tragedia de la vida, si lo es, consiste en ese barroquismo, en esa constante pérdida. La vida es un ciclo en continuo movimiento; una función eterna, siempre la misma, con las mismas líneas, los mismos desencuentros, las mismas dudas, pero con decorados y actores tan variados, que consigue vendernos su cualidad de única, de exclusiva novedad. No me molesto hoy como seguro hubiera hecho antaño: veo en ese disfraz el mejor arma de defensa, quizá la única excusa que me sirve para definir mi propia existencia. A fin y al cabo todos vivimos para nosotros mismos: nacemos solos, solos morimos; las comparsas que nos acompañan encarnan un ruido de fondo de intercambiable fluidez: todos ocupamos, a su debido tiempo, esos mismos puestos y todos desaparecemos, cuando dejamos de ser útiles, haciendo mutis por el foro, de ese teatro que es la vida de los Otros. Mientras tanto, nuestro monólogo es lo único que nos ocupa y nos absorbe de tal forma que llegamos a olvidar todo lo que nos rodea, o dado el caso, llegamos a usar todo cuanto nos rodea con el único fin de alcanzar nuestro objetivo: el de seguir con vida.

   Dicho de esta manera la vida parece atroz. Lo es en lo que respecta a nuestras necesidades, o a lo que pensamos que son nuestras necesidades. Una de las pocas ventajas que tiene la vejez es esa desnudez de lo superfluo, esa falta de toda necesidad de imperecedero, ese nihilismo de lo inútil que nos facilita el renunciamiento, ese puro fantasma tan atractivo para la juventud pero que involucra tantas abdicaciones de nuestra razón, tantos desdenes, que rápidamente se deja de lado como un pasatiempo que ya no está de moda. Nada es más difícil que desisitir cuando algo nos atrae encarecidamente; antes bien lo contrario, gastamos toda nuestra energía en alcanzar primero, y en devorar después, ese objeto anhelado y quizá querido. Querer: palabra que encierra en esas pocas letras nuestra noción de amor y de deseo, de posesión y sed, de ansia, consumo y abandono. Querer, que no amar…

El Puente de las Urracas.

Lo que vale la pena/ What a difference a day made.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   El cielo se ha nublado. Grisáceas sombras de algodón van cubriendo el horizonte; se refractan en el monte verde, y terminan abrazándolo todo.

   Un viento furioso se ha levantado. Los rosales quedan desnudos en un desorden de pétalos, que se levantan abrazados por el batir del viento, esa masa informe que a todos arrastra.

   El sol se esconde por el oeste, llevándose la luz de la mañana, la pasividad de una tarde que podría haber sido como otra cualquiera.

   Pero no importa.

   La luna podría llegar a platear sus rayos por la ventana; las estrellas podrían guiñar su ojo de eternidad al avanzar la noche.

   Podría empezar la mañana con graznido de gaviotas y besos de orilla; podría estirar mi brazo en la cama y no encontrarle.

   No importa.

   Ayer no era yo mismo. Iba desnudo, me faltaba el aire.

   Hasta ayer estaba dormido; ciego, no veía una camino certero, un lugar en el que refugiarme.

   No importa. Ya no.

   Lo que vale la pena me estaba esperando. Aquello que cambia el rumbo de las esferas, que establece cambios en las reglas del juego, que diseña y construye para destruir de nuevo y edificar en otra parte, me sonreía tímido tras una esquina y me atrapó al instante.

   Podría ser un mísero mendigo, podría estar inundado de oro. Podría poseer más belleza o más inteligencia o algo de sentido común.

   Podría ser otro. Podría. Pero soy yo.

   Y ya no importa.

   Lo que vale la pena me sonrió en la penumbra, me abrazó en la noche, me besó suave y apasionado al mismo tiempo; me mordió el corazón, me acarició la espalda y me habló de amor.

   Lo que vale la pena me insufló de esperanzas, me sació de cansancio, se llenó de mí. Y, al instante, se fundió por siempre en mi interior.

   Llueve. Las gotas resbalan por mi pelo y llegan a mis hombros.

   Lo que vale la pena me besa bajo la lluvia furiosa, que nos empapa y nos ahoga.

   El cielo gris, el viento alocado, sus labios en los míos, el agua que nos lubrica, la pasión que nos funde, el amor que nos conjura. El mundo que sonríe y la historia que se renueva.

   Todo importa, porque aquello que vale la pena está ya junto a mí.

   Y qué diferencia el mundo a su lado. Y qué felicidad.

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Enamorarnos por siempre/ Forever In Love.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Let’s Never Stop Falling In Love. Pink Martini.

   La orquesta comienza a tocar. Un cha-cha-chá. Mis pies deslían las notas, sorbiendo los pasos que se escapan de mi cuerpo.

   Suave, embriagadora, apasionada. Una música que comienza de a poco y poco a poco atrapa los sentidos, conquista la razón y libera los instintos.

   Te miro. Tus ojos brillan y se me ilumina la sonrisa. Levanto un hombro y guiño divertido un ojo pizpireto. Tú ladeas la cabeza y sonríes a tu vez.

   ¿Bailamos?

   Y nos lanzamos a la pista desierta que espera por nosotros ansiosa de danzón.

   Te cojo de los brazos y nos acercamos. Tu olor llega a mí, esa mezcla de perfume y de vida vivida. En tu pelo relumbran algunos cabellos plateados y pienso que tu belleza es un regalo, un obsequio que baila entre mis brazos.

   Damos un paso y otro más. Un, dos, tres, cha-cha-chá… La música divina tejida por la orquesta parece que nos posee. El violín, los timbales, la charrasca y el bongó parecen llenar el estrecho espacio que nos separa.

   Damos un paso y otro más. Un, dos, tres, cha-cha-chá… Un giro, una media vuelta, los pies que se encuentran en la distancia, los brazos que se rozan, y la sonrisa de estrella en tu rostro que comienza a transpirar con la discreción de un enamorado tontuelo.

   Como cuando nos amamos por primera vez, ¿recuerdas? El piano sonaba en la lejanía, y las trompetas hacían que tus movimientos y los míos imitasen una danza tropical, un arrullo y una caricia… Tus manos entre mi pecho; las mías por tu espalda, escogiendo los senderos, hallando placeres escondidos; encontrándonos en el espacio de la noche y en la planicie del alba.

   Un, dos, tres, cha-cha-chá… Una y otra vez vuelves a mis brazos. Y no dejo de reír al verte. Qué belleza maravillosa que cambia tan poco, que se funde con un tiempo que ha pasado y que parece que no avanza. Las estrellas caen o se apagan; la cara de la luna se asoma por las ventanas; el tímido refulgir de las velas termina tras la última gota de cera, pero nuestro amor permanece inalterable, imperturbable como tu belleza serena, tus urgentes ansias de amar. Y las mías.

   Recuerdo que te vi sentado con aire despreocupado. Las piernas cuan largas son estiradas e indulgentes; la expresión entre cansada y aburrida. Golpeabas tímidamente con tus dedos, siguiendo el ritmo de una canción que sonaba, la mesa engalanada. No me pasó nada y me ocurrió de todo: la música dejó de sonar de repente, el gentío alrededor desapareció en el fondo de mi mente; el ruido de los pasos de baile, las conversaciones gritadas, el lento planeo de las horas que pasan. Y te sonreí. Maravillosa visión sin chaqueta ya y con la corbata deshecha; el pecho escapando de una camisa quizá demasiado ceñida. No me importó. Ni a ti. Me sonreíste y algo iluminó tu mirada, lo recuerdo bien.

   ¿Bailamos?

   Te dije. Y por un segundo dudaste. Te ofrecí mi mano sin dejar de mirarnos. Te guiñé un ojo pizpireto y tú ladeaste esa cabeza morena dueña de una belleza que quitaba el sentido. Las estrellas se colaban por las ventanas y la luna, timidísima, apenas se dejaba entrever. Tu brillo todo lo eclipsaba. Volviste a sonreír. ¿Por qué no?

   Y nos lanzamos a bailar un cha-cha-chá de ardiente pasión.

   Qué noches, qué días en compañía. El amor sabía a saliva, a sábanas frías en noches de calor apretado y a tu piel, aprisionada por la ropa, ansiando una desnudez llena de alma.

   Nos enamoramos al son de un cha-cha-chá, arrullados por el ritmo de una orquesta que desliaba notas a nuestro alrededor. La maciza pesadez de tus brazos, la amplitud de una espalda oscura como noche cerrada, el tacto de tu pecho contra el mío; nuestras caderas fundidas; las piernas confundidas en un embrollo de pasos de baile y de pasión. Y nuestros labios encontrados en el centro de la pista, amoratados, salivosos, llenos de savia y de humor.

   Cuando estás cerca todo es claro. No necesito más sueños que aquellos que siembran la solidez de tu cuerpo, que sin embargo se hace de pluma cuando bailamos, en el mar de nuestra cama, en el centro de esta pista; cansados pero felices; henchidos de amor, preñados de futuro. Cuando estamos juntos todo cobra sentido, la razón de lo justo, el peso de la eternidad.

   Y cada vez que suena la música de la orquesta, cada vez que, en la distancia, busco tus ojos y sonreímos, ese amor que nació de una caricia de baile nace de nuevo en nuestras arterias. Y siento la pasión que me enloquece, el sentido de la vida entre tus brazos, y corro en tu busca como el sediento tras una fuente cristalina, y hundo mis labios en tu cuello y siento el olor de tu piel y la calidez de tus caricias.

   Cuando estamos juntos la tierra es un paraíso, un paraíso que se renueva cada vez que nos encontramos bailando, deseándonos, amándonos. Cada vez que me enamoro de ti.

   Y ese milagro ocurre cada día.

   ¿Bailamos?

   Vamos a enamorarnos por siempre.

Encontrándonos/ A Meeting.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Hace unos días, en una tarde en la que hacía más fresco que calor, más sol que nubes, pero en la que se podía percibir ese cambio de tiempo tan característico de Santiago de Compostela, con viento revuelto, el sol jugando al escondite con las nubes, y un ligero tinte grisáceo sobre el rosa del atardecer, me encontré con Anita Tef y Cris Montes.

   En una cafetería que ya tiene solera (sí, fui testigo de la apertura…, mejor dejemos el tiempo como está) quedamos para encontrarnos, en el viejo Santiago, aquel en el que aún hoy me emociona descubrir rincones ocultos, sorpresas de una arquitectura que estuvo hecha para acoger, apabullar, homenajear y disfrutar, y que ya no sabemos realizar.

   Como tengo costumbre, llegué un poco antes. Sufro de una rara obsesión con la puntualidad, y en un país como España eso es una incomodidad. La admiro tanto como las buenas maneras; de hecho, creo que es una expresión de modales adecuados, y nada me soprende más que una persona educada. Y, sí, cada vez hay menos. Quizá por eso mi admiración se acrecentó cuando ambas llegaron en punto, con sonrisas incrustadas en la cara.

   Qué maravilla. Para ser tres personas que se conocen y cuyo intercambio (salvo una excepción, que nos llevó a conocernos en la red) es virtual, aquel encuentro me resultó agradable y encantador. Dos mujeres inteligentes, de personalidad muy determinada y caracteres complementarios, que enriquecen la vida de aquellos que tienen la fortuna de disfrutarlas a su lado, y yo, comenzamos un vals de acercamiento y reconocimiento que, para mí, fue una delicia.

   De naturaleza reservada, Cris analiza con su mirada todo lo que ocurre; tiene temperamento de ardilla intelectual: todo le llama la atención y todo lo capta, con una memoria asombrosa. Ana, más expresiva e inquisidora, quiere saberlo todo de forma directa y sin adornos. Ojos chispeantes, sonrisas francas, curiosidades mutuas.

   Frente a unas bebidas que no fueron completamente de nuestro agrado (salvo Anita), confirmación de que nada es como una vez fue, la conversación fluyó de manera animada. Tanto, que nos fuimos de paseo por las calles de la ciudad entre comentarios y bromas. Recorrimos aquellas calles de piedra eterna, y parte de las renovadas de asfalto, sintiéndome muy bien acompañado, sin duda, pero a la vez como atraído por un filtro del pasado que me dejó de muy buen humor.

   Caminando con ellas, hablando de nuestros problemas de hoy, de trabajo, relaciones y sentimientos, me embargó la sensación de estar bailando un vals fluido, lleno de notas reconocidas y encantadoras. Quizá es lo que sentimos cuando nos embarcamos en relaciones con personas interesantes, de rango vital similar, de vivencias en común y que se encuentran, asombradas, de que algo así pueda ocurrir. Cansado a veces de cierta mediocridad (de la que formo parte, como todo en nuestro día a día), encontrarme con personas estimulantes, de verbo fácil y pensar profundo, en una tarde para mí maravillosa, fue un regalo del que estaré eternamente agradecido a Cris Montes y a Anita Tef por habérmelo obsequiado.

   Viví sin querer los veinte años que llevo en la ciudad entre el viento, el sol, las nubes y la compañía estupenda de estas dos mujeres que obraron para mí ese milagro del reencuentro y del encuentro entre lo que fue y lo nuevo, entre lo que fui una vez y lo que hoy soy.

   Una tarde maravillosa, con la mejor compañía, en una de las ciudades más bonitas de Europa…

   ¡Qué felicidad!

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Costumbres/ Easy is not.

El mar interior/ The sea inside

Háblame de ti. ¿Qué tal estás?

Cuánto tiempo ha pasado… Y no lo digo por decir, no. Desde que no nos hemos visto, cómo ha cambiado todo.

Sí…¿Quién lo hubiese dicho, verdad? Que pasaríamos tanto tiempo separados cuando antes no había quién nos alejara. No recuerdo que hayamos pasado una noche sin compañia… Y míranos ahora. Después de tantos meses, tú frente a mí y qué extraño me parece.

¿Te pasa lo mismo?

No lo sé… Durante este tiempo a veces me detenía en medio de una frase porque te la estaba diciendo y no me acordaba que no estabas ahí. A veces extendía mi brazo en la cama para tocarte y al encontrarme un vacío volvía de un porrazo al presente. Y me dolía.

Sí, dime lo que quieras. Nuestro fin fue de los dos, nadie se apuró ni le pisó las palabras al otro, lo sé. Pero eso no quita (creo yo) que la costumbre siga entrando cada mañana a darnos los buenos días. Cuando hablo rápido, sin pensar, o cuando me distraigo sin querer, tu imagen me asalta como una sombra y hasta sonrío porque te imagino esperándome o corrigiéndome o abrazándome.

Es una imagen difícil después de nuestros últimos momentos, llenos de agrio desdén. Y sin embargo…

Te extraño. Y no porque te quiera. Si no porque te quise. Te quise mucho. Y nos acostumbramos el uno al otro; el peso de la espalda, la caricia lenta mientras veíamos televisión; un sorbo de tu taza, una esquina de mi almohada… Sí, quizá todavía te extrañe.

¿Ves? ¿Ves que también a te pasa a ti?

Háblame de ti. Cuéntame de tu vida. La mía es tan anodina…

Sí…, por eso dejaste de quererme. Lo sé. Lo reconozco. No estás hecho para las costumbres. Aunque ahora te das cuenta que valían la pena, que el despertador, la ropa limpia y planchada, un perfume y una flor, todo valía la pena. Porque las costumbres, amor mío, son más fuertes, mucho más, que el propio amor.

Tus ojos rasgados de un precioso color de almendra tostada. Tu sonrisa perfecta, llena de atractivo. Esos hombros mórbidos que disfrutaba rodeándolos de pequeños mordiscos; la curvatura perfecta de tus piernas, el ancho mundo de tu espalda, y ese olor a canela de tu piel..

¿Cuándo dejé de amarte? No sabría decirte. Quizá tu insistencia en dejarlo, tu extraño deseo de libertad, tu desazón del tiempo perdido…. No sabría precisarlo. Darme cuenta de que no era suficiente para ti me llevó mucho tiempo; quizá demasiado. Porque mezclé el asombro con el rencor, la decepción con mi orgullo. Qué se yo…

¿Te pasó a ti lo mismo? Mira qué curioso…

Tal vez esperábamos demasiado el uno del otro, y nada de nosotros mismos… ¡Oh, sí! Lo he pensado. En los momentos en los que la nostalgia me asalta, cuando un aroma me recuerda tu perfume, un día que se cayó una lata de té e incluso ayer, mira tú, mientras perseguía a un hombre que llevaba tu colonia porque ese aroma despertó mi piel y mi deseo…

Cometimos muchos errores. Me doy cuenta. Yo. Y tú. Porque enterramos nuestro amor en un vacío del que nunca pudo salir y del que no nos quedó nada, nada, claro, salvo las costumbres de la convivencia. Esos pequeños detalles que te hacen estar clavado en mi pensamiento oscuro, en mi corazón pequeño, en un recóndito lugar del alma por el que vagas a tus anchas… Y del que yo a veces no quiero encontrar la salida.

Porque, después de todos estos meses separados y de saber que nuestro amor está muerto, no quiero que salgas de mi vida, no quiero que te diluyas en un tiempo desvaído porque no has valido la pena. Todo lo contrario. Debido a que aún concibo mi vida como parte de la tuya, aún respondo con un nosotros al llamado de tu nombre, y tus recuerdos, en las costumbres de cada día, me ayudan a seguir con vida.

No te quiero. No me quieres. Podría decirte que no tengo nada que sentir como un día me pasó. Pero te mentiría. Verte y darme cuenta de ello ha sido todo uno. Y aunque no te amo, amor, como una vez nos amamos, existe un lazo entre nosotros que es indestructible y que brilla como el acero: todas esas pequeñas rutinas del día a día, todos esas carantoñas y risas, esos gritos y obscenidades, esas caricias y esos besos vivirán por siempre entre nosotros, cada vez que nos veamos, cada vez que nos separemos. Porque han sido nuestras costumbres. Porque han sido nuestras costumbres de vida. Y, no me cabe la menor duda, ellas son más fuertes que el amor.

Al menos que el amor que nos teníamos tú y yo.

Casi amantes/ Almost Lover.

El mar interior/ The sea inside

   Almost Lover. A Fine Frenzy.

   Creí que te quería.

   No: creí que nos queríamos.

   Sí: pude imaginar una vida contigo.

   Imaginé una mañana igual que la otra, una rutina que empezaba en el amanecer, rozándonos en la penumbra, para terminar al caer la noche con un manto de ósculos escondidos, que resumían el final de la jornada separados, abriendo el umbral de la compañía.

   Pensé que nos amábamos.

   Tus caricias y las mías, el río de besos insaciables, de caricias que se perdían en una espalda y se encontraban a la altura del pecho. Mis risas y las tuyas, como ecos retumbando en el dormitorio apagado e iluminado por tu piel de estrellas. Tus suspiros y los míos una vez las ansias del cuerpo cedían el puesto al arrullo de la tranquilidad, de la calma: todo me hacía pensar en ti y en mí como una ecuación irresoluble, constante inalterable, sinceridad única.

   Pero eras infeliz. Tras el amor te echabas de espaldas y fingías dormir, tu respiración acompasada tejía pensamientos lejos de mí. Yo te daba la espalda también, para llorar a veces; por cansancio otras; para sentir el tacto de tu piel sudada y fría y el roce de tu cuerpo cerca del mío hasta prender en el sueño que lo olvida todo.

   Yo creía que era feliz. Vano sentimiento. No deberíamos buscar la felicidad. O no la felicidad en los amantes. Aquellos que se aman con un furor de infierno, aquellos que parecen congelar en la punta de los dedos unas caricias que derriten las intenciones o los actos, deberían encontrarse en la oscuridad del silencio, en medio de un público que nada les interesa, e irse tras unirse como animales salvajes, como espíritus solitarios de noches perpetuas.

   Sin embargo tú y yo nos quisimos. De una manera nuestra, como se aman las plantas, polinizándose sin querer ahítos de néctar; de esa manera única que casi los amantes encuentran, con sus propias leyes, sus secretos impronunciables y coreografías improvisadas. Nos quisimos de una forma que me llevó a pensar que éramos algo más que amantes, algo más que compañeros de juegos, que descubridores de placeres ajenos.

   Tus labios me hablaban con la saliva del silencio, y tus dedos sobre mi piel con el verbo del deseo. Yo esperaba tu llegada y fantaseaba durante el día contigo. Te llamaba en sueños; dibujaba tu nombre en el espejo del baño, cubierto del vaho de tu aliento.

   Mi lengua dibujaba senderos inhóspitos en tu cuerpo; tu piel se abría al paso de mis manos, y el deseo se apareaba entonces entre jadeos inaudibles y susurros de nombres perdidos en la niebla que nos cubría. Tú me esperabas con los brazos en jarras y la boca llena de sonrisas; una ojeras cansadas, un mohín de no sé qué, y juntos intentábamos (sólo intentábamos) llegar al final con valentía y una cierta pena que presagiaba el día de hoy.

   Nos hemos dejado. Te has ido. Me he escondido detrás de la puerta para no verte. Pero te he oído y tú me sentiste, pues eres quien mejor conoce mi olor. Sabías que estaba allí apretujado contra la pared, lloriqueando como los chiquitines, como los adultos que saben del fin y no pueden hacer nada para evitarlo.

   Puedo imaginar tus ojos llorosos diciendo adiós a una vida que no fue mala pero tampoco la soñada; en la que hubo casi de todo, excepto quizá felicidad. Y esa carestía se instaló entre tú y yo, espalda contra espalda, sudor y cansancio y lágrimas y silencio. Y quizá en el amor.

   Te fuiste sin despedirte. Callado, te alejaste como llegaste: en silencio.

   Y yo te vi irte. Callado, alejándote de nuestra vida en común como si en el fondo ése hubiese sido el final apropiado, como si alguien lo hubiese escrito de antemano. Y quizá haya sido así.

   Creí que te quería.

   No: creí que nos queríamos.

   Pero a veces el amor no es suficiente. O no este tipo de amor nuestro: casi amantes que no supieron vivir la rutina de un día a día nada singular.

   No: nunca hubo una vida contigo.

A veces me siento así./ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside