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Dulces sueños/ Sweet dreams.

   Mi fascinación por la literatura japonesa es difícil de definir. Por un lado el gusto por las narraciones extralargas, el desarrollo tortuoso de las novelas-océano, termina siempre por aburrirme; a medida que pasa el tiempo tiendo a encontrarme más cómodo con narraciones menos extensas pero más jugosas, en las que encuentro un juego que me fascina, y es el de dejar que el lector participe de la narración, que cree en su mente las imágenes necesarias, los sentimientos expresados y ponga su propio color, su propio matiz personal a la historia leída. Y sin embargo me encanta su poesía, el ritmo de ecos y reflejos de los títulos de sus obras, el encanto escondido en la yuxtaposición de belleza y violencia, de extremada educación y brutales sentimientos tan retenidos, que terminan destruyendo vidas, trastocando el ritmo de los astros y cambiando la orografía sentimental de un lector consternado para siempre.

   La literatura japonesa es un fiel reflejo de la Naturaleza de aquel país: delicada belleza descansando sobre lava ardiente, firmes propósitos levitando sobre movimientos terrestres que drenan a la superficie lo más básico del mundo humano.

   La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata (1899-1972), es un buen ejemplo de ello. El relato protagonizado por el señor Eguchi contiene en su interior el hechizo de la brevedad y el del romanticismo, el lado salvaje del ser humano yuxtapuesto a la firmeza del superyo, frenado por las riendas del auriga.

   Es un libro fascinante en muchos sentidos, porque se basa en los sentidos. El placer que el protagonista siente al contemplar las bellezas púberes lánguidamente narcotizadas con opio como flores delicadas, es inenarrable e indescriptible, y esa dificultad tan sabiamente expresada flota sobre la narración como un perfume obsesionante y perpetuo; los sentimientos contrapuestos del señor Eguchi, que transforman su existencia hasta lo más profundo, al gozar sólo con los ojos de esa belleza sensual que se desparrama a su alrededor nos hablan de ese miedo, ese deseo y esa realización que todos podemos llevar dentro y que se refleja en nuestro gusto por lo peligroso y que bordea lo que, en los ojos miopes de nuestra realidad hoy, podría ser delito, exceso a veces, y grito.

   Es una historia sin fin y sin embargo con una fuerza que excede los límites de sus páginas, escrito con un lenguaje delicado y fluido, lleno de poesía, y desnudo de excesos; una narración mágica y obsesiva, que desnuda al hombre y le otorga, al mismo tiempo, una pátina de indestructible inmortalidad.

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