Confía en mí/ Trust in me.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Trust in Me. Etta James.

   Ven, sentémonos. La brisa de la ría ha llegado y me revuelve el pelo. Te acercas e intentas apaciguarlo; tarea vana. Me río y te ríes.

   Ven, sentémonos frente a frente. Quiero verte bien, al completo.

   A veces creo que me puede tu belleza. Si pudiese, acariciaría tu cuerpo entero por toda la eternidad. No hay nada que no me guste: desde tu sonrisa de ángel a tus pies tan bien hechos. No dejaría ni una parcela de piel sin besar, ni una caricia perdida ni un suspiro escondido. Si pudiese, anidaría en tu cuerpo para siempre.

   Te he violentado. Al menos no dices nada. Sí, es un poco precipitado. ¡Claro! Si alguien me lo dijese a mí, no lo creería. Pero soy yo quien lo está diciendo, y te lo estoy diciendo a ti. A nadie más. Mi atención se centra en cada expresión de tu rostro, en el brillo de tus ojos, en la fuerza de tus manos, en la caricia de tu compañía. El mundo se hace pequeño y se esconde dentro de tu boca, de donde lo sacaría saciándolo a besos. Nada importa fuera de este espacio que hay entre los dos; niños jugando, abuelos mirando, mujeres coqueteando con desconocidos, hombres que intentan llamar la atención casi desnudos en esta tarde de sol. Nada importa que no seas tú y lo que siento cada vez más fuerte, lo que se escapa por mis poros junto con el sudor; lo que sueño pensando en tu cercanía, y aquello más escondido de fraternal, de divino, de inmaterial.

   Te tomo la mano. Me sorprende su delicadeza y su tamaño. Parece poder abarcar un tramo del universo. Sonríes. Sonríes relajando el aire que se entromete entre tú y yo. Y apretas tu mano en la mía y la acercas hasta tus labios y depositas en ella un beso.

   Me pongo colorado. Se me suben todos los tonos del arcoiris. Miro hacia otro lado, hacia la ría mansa en esta hora en que comienza a lamer sus orillas; hacia la bandada de gaviotas que revolotean siempre buscando alimento, carnaza con la que sortear el universo de la tarde; un perro que pasea a su dueño por la orilla porticada. Qué cosas. Yo que me derrito por ti y soy el primero que se deshace… Qué cosas.

   Puedes confiar en mí. Sí. Has pasado por muchas cosas: el amor y sus entretelas, una vida dedicada a un trabajo que florece en esplendor; decepciones varias; sueños rotos a veces, a veces cumplidos con una plenitud más similar a la culminación que al progreso; y ahora una aventura loca, una apuesta fuerte, un golpe de la vida…

   ¿Por qué? Por muchos motivos. Por ninguno en particular. Porque estamos aquí, juntos, en esta tarde de sol y viento, oyendo a la ría llegar y a mi corazón retumbar por tu cercanía. Porque a pesar de mi propia vida, aquí te la entrego y la pongo enterita a tus pies. Porque sé que tú mereces un amor, amor, que pueda liberarte, que te dé alas; un motivo para seguir luchando, un sentido a la mañana prendida de deseo y a la tarde inconclusa hasta llegar a casa, la cena puesta, el baño tibio y la sonrisa en las cortinas abiertas al mar.

   Puedes confiar en mí. Porque también sé de dolor, de la soledad, de la vergüenza de amar sin ser correspondido, del desastre de la desconfianza, del veneno de la traición, del infortunio y del fracaso. Y porque, aún sabiéndolo, estando a tu lado confío ciegamente en el Destino que nos ha unido esta tarde, en el océano que divide ilusiones y hermana nuestras historias, parecidas más donde simulan diverger.

   Llevo tu mano y la mía hasta mi boca. Y acerco esa mano tan hermosa hasta mis labios. Deposito en ellos un beso de saliva, que se evapora rápidamente, y llevo ese beso al centro de mi pecho, donde mi corazón desbocado no ceja de gritar de algarabía, no deja de pronunciar tu nombre.

   Y te miro a los ojos sin desviar la mirada ni un solo segundo.

   Y sonríes. Y yo también. Y entiendes. Y yo también.

   Te levantas. Ese cuerpo inmenso se desplaza como flotando, fluye líquido hasta inundarme por entero. Y te acercas a mí. Tus ojos abiertos como planetas, tu sonrisa llena de ideas que no logro descifrar. Sueltas mi mano y llevas tus palmas a mi rostro. Y lo acercas al tuyo. Y sonríes. Y sonríes más al acercarnos… Noto el suave aliento cálido inundar mis labios, y un beso llena mi boca y la abro sediento buscándote a ti…

   Confía en este cariño. Confía en este amor como lo hago yo. En que todo saldrá bien; en que no será fácil ni quiero que lo sea; en que estaremos juntos hasta terminar el arrullo de los días.

   Sí, amor amor, confía en mí.

Si tú no quieres/ If you don’t want to.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

I Can’t Make You Love Me. George Michael.

   Por más que intente engañarme, que me diga que te distraes cuando estamos juntos o que sigues con la mirada a alguien que pasa a nuestro lado y ni siquiera tomes mi mano cuando salimos de casa a una cena o algún concierto, sé dentro de mí que no, no me amas.

   Por más que me empeñe, sé que no llegaré jamás al centro de tu corazón. Soy consciente que nunca conseguiré que mis caricias aniden en lo profundo de tu piel ni que mis labios consigan llenar esa sed que nunca se agota.

   Pones de tu parte con un entusiasmo evaporado pero con una entrega de colegial aplicado. Un poco más y puedo llegar a pensar que amarme es un sacrificio o una tarea ímproba que te cuesta cada día más, como un fardo pesado que sólo la resignación hace superable.

   Cada caricia tuya nace de una reflexión profunda y necesita de todos los nervios de tu cuerpo, arropa todos los músculos de tu cuerpo, que se tensan insensibles al tacto de mi piel. Sé que te cuesta un mundo acercarte a mí cuando yacemos acostados; mi amor me impulsa a buscarte, a desearte, a poseerte, y tu espíirtu escapa de tus poros al tocarte, de suerte que pareces un ídolo de cristal al que temo quebrar con un impulso más intenso de lo habitual.

   Belleza de estatua, frialdad del acero; tu voluntad es la única que juega de mi parte en el interior de tu ser… No me digas que es un error, que me invento las cosas. Cierras los ojos cuando estamos juntos, y el amor del cuerpo es una pesadilla para tu cuerpo, que se encoge al terminar como si temiese una reprimenda o algo peor, el reflejo involuntario de una arcada. Te llenas de sueño o haces como si durmieras, me das las gracias como si fuese una transacción sin apenas importancia; giras ese cuerpo de mundo en el que me perdería si me dejases una pequeña parcela de piel, y te separas de mí aún más si fuese posible, y consigues huir de mi lado haciéndome sentir culpable.

   Que me haya enamorado de ti no es culpa tuya. ¿Quién podría resistirse a ti? Esos ojos rasgados, esas cejas tupidas, el cabello corto que nace cerca de la nuca; la nariz recta, perdida en el centro de tu cara como yo estoy en el núcleo de tu vida, y una sonrisa de cielo, que se nubla cuando me siente cerca, cuando me acerco e intento parecer normal, porque normalidad es lo que mi corazón anhela.

   Pero estoy cansado ya. No puedo hacer que me ames, no puedo pedir la luna. Puedo poseerla, puedo domeñarte… ¿Para qué? ¿Para sentir que huyes cuando rozo mi piel contra la tuya? ¿Para que te alejes con algunos amigos y hagas como si no me vieses en medio de una muchedumbre de desconocidos? Si tú no quieres, todo lo que haga te separaría todavía más de mí, si no lo ha hecho ya, y terminarías odiándome, ya que ahora me repudias.

   Si tú no lo deseas, no puedo forzar una caricia para que muera en el aire; no puedo forzar a la esclavitud a tu sonrisa, que sólo aparece cuando me sientes lejos y fuera de mi vista…

   ¡Oh! Lo sé. Lo sé demasiado bien. No puedo forzar el camino de un corazón salvaje, no puedo hacer que sientas la pasión de mis besos, la fiebre de mi piel al acercarme a ti, si tu no quieres amarme.

   Y aunque haya hecho lo imposible, aunque me haya entregado mucho más de lo que jamás te darás cuenta, mi amor no es suficiente para sustituir el amor de ambos, mi mar no es suficiente para llenar el espacio de tu océano, y debo dejarte ir.

   Cierro los ojos e intento imaginar cómo hubiese sido nuestra vida si me hubieses amado si quiera un poco; si tan sólo me hubieses regalado, mejor que tu sacrificio, un poquito de cariño, un gramito de amor… Qué maravilla. Cuántas risas floridas, cuánto sueño pleno, cuánta felicidad… Pero es sólo una fantasía, un deseo que se rompe cada mañana contra el muro de tu espalda.

   Por más que intente engañarme, por más que me empeñe, no puedo hacer que me ames. Si tú no quieres, no hay amor que germine en tu alma, no hay mimo que se descongele en el amplio espacio de tu pecho. No hay ningún sueño de amor, porque ni hay voluntad ni hay un presente por el que luchar.

   Y ahora que me abrazas, cuando siento el calor de tus arterias y el perfume de tu piel, la blandura de tus labios en mis mejillas con un tacto de algo extraño, siento que me rindo, sé que no puedo pelear más. Has ganado, me has ganado y me has dejado al mismo tiempo… Y está bien que sea así.

   No puedo hacer que me ames, lo sé… Y ahora sólo me abraza la derrota.

Carlos Hugo Asperilla: Un mundo maravilloso/ Carlos Hugo Asperilla: A Wonderful World

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature, Música/ Music

Existen personas cuyo atractivo excede con mucho la apariencia externa. Carlos Hugo Asperilla es una de esas personas.

Podría decirse que lo lo exterior no es más que fiel reflejo de lo interior. Carlos Hugo Asperilla hace de este silogismo una verdad viva.

Conocerlo y quererlo es todo uno. Más allá de una persona de modales exquisitos, de mirada serena y voz profunda y atractiva, encontramos en él al hombre preocupado por lo que ocurre a su alrededor; devoto de la Historia que tiende a repetirse; dueño de una sinceridad desarmante y atrayente; tiende a la justicia de la misma forma que tiende a una perfección soñada por muy pocos.

Su talento está más que demostrado: el arte de la literatura tiene en él a un escritor concienzudo, discreto, que siembra la constancia y la profundidad y cuya forma de ver la vida, afilada como un escalpelo, le hace retratar mundos crueles, realidades crudas de las que sin embargo extrae lo mejor de la naturaleza humana sin artificios ni adornos huecos.

Carlos Hugo Asperilla es un hombre libre. Realmente libre, que no escapa a la Ley sino que la transforma en una expresión de vida; que no necesita más de lo que da y que da todo aquello que juzga necesario.

Es comedido, es galante; más coqueto de lo que nunca admitiría; su espíritu calmado lleno de una amabilidad de terciopelo es muy atractivo; y tiene la rara virtud de abrir su mundo a aquellos que le rodean sin que jamás traspasen el límite de lo banal o de lo innecesario.

Es un buen amigo, es un gran amigo. Su atractivo teñido con un poco de melancolía, un poco de esperanza y mucho sentido común hace que piense en él tumbado al sol de la tarde, cuando la luz se hace transparente y dorada, cayendo sobre su piel como sobre la hierba en flor. Él es una de mis personas favoritas, una de esas personas sin las que no sabría qué hacer en el mundo, porque su mundo muy suyo, que regala con una generosidad medida, es único e irrepetible.

Y en estos días está de cumpleaños. Rosas Blancas para Wolf  hizo que me fijase en él: su belleza hizo el resto.

Carlos Hugo Asperilla: qué maravilloso el mundo contigo en él.

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Por una vez/ For Once in my Life.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

    Debajo del ciruelo dormitas una siesta tardía.

   Con la compañía de un mayo templado, bajo el ciruelo estamos echados juntos; una manta como olvidada sobre nosotros; los gorriones vienen y van; los verdejos con su andar saltarín y su vuelo raudo; los grillos asustados rasgan su melodía adelantada. Un viento sencillo, que refresca y no molesta, intenta levantar las esquinas de nuestra manta como agita las ramas cargadas de pequeños proyectos de ciruelas. Muchas caen a nuestros pies, alfrombrando la hierba quizá algo reseca para estas fechas.

   Y tu respiración acompasada; un resoplido gracioso; el discreto movimiento de un brazo; un beso pequeño en tus labios un poco resecos. Y una risa bajita pero clara que se escapa de mi boca antes de taparla con mi mano y una mirada de felicidad que tiñe todo lo que nos rodea.

   Por una vez me siento pleno. Amado. Deseado. Aceptado. Sin luchas que ganar, sin urgencias que reparar ni necesidades que llenar. Por una vez me siento único, completo, gozoso, en paz. En paz.

   Este prado que se abre a nuestro alrededor, por donde corretean insectos y perros; este jardín que nos acoge, en donde florecen enormes rosas con olor a terciopelo y maravilladas manzanilas; este cielo azul grisáceo, lleno de nubes viajeras y deseos cumplidos, resume cómo me siento; refleja lo que ha conseguido ser mi vida, mi vida desde que estoy contigo.

   Por una vez el amor que guardaba encerrado ha hallado cobijo; por una vez en la vida mis ansias descansan dormidas y cansadas, enroscadas a tus pies. Por una vez, una caricia atrae una sonrisa y el placer, el arrullo de la compañía, de la caricia y el abrazo.

   Por una vez mi fuerza tiene un cauce; por una vez sé adónde voy. Por una vez todo parece nuevo y sin embargo cómodo; todo deseo se hace realidad y la sonrisa en tu rostro, los ojos claritos de sabana verde y ese pelo cortito de seda salvaje, reflejan una y otra vez mi vida y mis intenciones.

   Alguien tierno, alguien cuya serenidad no sólo se halla en la superficie; alguien que ama sin barreras y cuya pasión se divide en múltiples caricias, y en cientos de risas y cosquillas, ha sido capaz de derramar todo lo que llevaba escondido dentro y que nadie veía. Alguien cuya belleza se extiende más allá de su mirada, se desparrama por sus manos y  se llena en sus ojos y en sus labios, ha sido capaz de encontrar lo que hasta yo mismo ignoraba, regalándome un amor que es más que pasión y más que espera. Y ése eres tú.

   Tú: todo lo que yo ignoraba, todo lo que necesitaba, todo lo que deseaba. Tú: por una vez en la vida mi voz se llena de significado al decir un pronombre, y me vuelvo fuerte y sé adónde dirigirme: a ti.

    Ya no estoy solo. Ya no estoy desterrado. Ya no soy el otro. Sólo soy yo. Por una vez en la vida soy yo mismo, lleno de la seguridad del presente; soy un ser que es capaz de saber qué es lo que quiere; que le han regalado la posibilidad de amar y de desear, y que sabe a quién acaricia, a quién desea y porqué.

   Por una vez en la vida la soledad se ha disuelto, y la tristeza y la desdicha. No me siento perdido ni inmerecido ni despreciado ni olvidado. Por una vez he encontrado a alguien que me necesita y que me protege, y que desea mis abrazos, que tiene sed de mis besos y hambre de mis caricias y que me lleva de la mano vigilando mis pasos, cuidándome y arropándome.

   Por una vez no tengo miedo. Por una vez soy amado. Y, por una vez en la vida, soy feliz.

   Te giras un poco y tropiezas con mi cuerpo. En vez de apartarme, te acercas más a mí. Tu nariz en mi hombro; el aliento de tu boca acaricia mi piel. Te acercas más a mí y abres los ojos. Me sonríes desde el sueño. Y te estiras como un gato ocioso. Y me sonríes desde el despertar. Y llenas de luz mis días.

   – Por una vez…

   Pero me callas con un beso y me ahogas con un abrazo. Y dejas que hablen por nosotros los pájaros del jardín, las flores de mayo, el viento alegre y las ciruelas llenas de verdor.

   Qué felicidad.

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Lo que vale la pena/ What a difference a day made.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   El cielo se ha nublado. Grisáceas sombras de algodón van cubriendo el horizonte; se refractan en el monte verde, y terminan abrazándolo todo.

   Un viento furioso se ha levantado. Los rosales quedan desnudos en un desorden de pétalos, que se levantan abrazados por el batir del viento, esa masa informe que a todos arrastra.

   El sol se esconde por el oeste, llevándose la luz de la mañana, la pasividad de una tarde que podría haber sido como otra cualquiera.

   Pero no importa.

   La luna podría llegar a platear sus rayos por la ventana; las estrellas podrían guiñar su ojo de eternidad al avanzar la noche.

   Podría empezar la mañana con graznido de gaviotas y besos de orilla; podría estirar mi brazo en la cama y no encontrarle.

   No importa.

   Ayer no era yo mismo. Iba desnudo, me faltaba el aire.

   Hasta ayer estaba dormido; ciego, no veía una camino certero, un lugar en el que refugiarme.

   No importa. Ya no.

   Lo que vale la pena me estaba esperando. Aquello que cambia el rumbo de las esferas, que establece cambios en las reglas del juego, que diseña y construye para destruir de nuevo y edificar en otra parte, me sonreía tímido tras una esquina y me atrapó al instante.

   Podría ser un mísero mendigo, podría estar inundado de oro. Podría poseer más belleza o más inteligencia o algo de sentido común.

   Podría ser otro. Podría. Pero soy yo.

   Y ya no importa.

   Lo que vale la pena me sonrió en la penumbra, me abrazó en la noche, me besó suave y apasionado al mismo tiempo; me mordió el corazón, me acarició la espalda y me habló de amor.

   Lo que vale la pena me insufló de esperanzas, me sació de cansancio, se llenó de mí. Y, al instante, se fundió por siempre en mi interior.

   Llueve. Las gotas resbalan por mi pelo y llegan a mis hombros.

   Lo que vale la pena me besa bajo la lluvia furiosa, que nos empapa y nos ahoga.

   El cielo gris, el viento alocado, sus labios en los míos, el agua que nos lubrica, la pasión que nos funde, el amor que nos conjura. El mundo que sonríe y la historia que se renueva.

   Todo importa, porque aquello que vale la pena está ya junto a mí.

   Y qué diferencia el mundo a su lado. Y qué felicidad.

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Enamorarnos por siempre/ Forever In Love.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Let’s Never Stop Falling In Love. Pink Martini.

   La orquesta comienza a tocar. Un cha-cha-chá. Mis pies deslían las notas, sorbiendo los pasos que se escapan de mi cuerpo.

   Suave, embriagadora, apasionada. Una música que comienza de a poco y poco a poco atrapa los sentidos, conquista la razón y libera los instintos.

   Te miro. Tus ojos brillan y se me ilumina la sonrisa. Levanto un hombro y guiño divertido un ojo pizpireto. Tú ladeas la cabeza y sonríes a tu vez.

   ¿Bailamos?

   Y nos lanzamos a la pista desierta que espera por nosotros ansiosa de danzón.

   Te cojo de los brazos y nos acercamos. Tu olor llega a mí, esa mezcla de perfume y de vida vivida. En tu pelo relumbran algunos cabellos plateados y pienso que tu belleza es un regalo, un obsequio que baila entre mis brazos.

   Damos un paso y otro más. Un, dos, tres, cha-cha-chá… La música divina tejida por la orquesta parece que nos posee. El violín, los timbales, la charrasca y el bongó parecen llenar el estrecho espacio que nos separa.

   Damos un paso y otro más. Un, dos, tres, cha-cha-chá… Un giro, una media vuelta, los pies que se encuentran en la distancia, los brazos que se rozan, y la sonrisa de estrella en tu rostro que comienza a transpirar con la discreción de un enamorado tontuelo.

   Como cuando nos amamos por primera vez, ¿recuerdas? El piano sonaba en la lejanía, y las trompetas hacían que tus movimientos y los míos imitasen una danza tropical, un arrullo y una caricia… Tus manos entre mi pecho; las mías por tu espalda, escogiendo los senderos, hallando placeres escondidos; encontrándonos en el espacio de la noche y en la planicie del alba.

   Un, dos, tres, cha-cha-chá… Una y otra vez vuelves a mis brazos. Y no dejo de reír al verte. Qué belleza maravillosa que cambia tan poco, que se funde con un tiempo que ha pasado y que parece que no avanza. Las estrellas caen o se apagan; la cara de la luna se asoma por las ventanas; el tímido refulgir de las velas termina tras la última gota de cera, pero nuestro amor permanece inalterable, imperturbable como tu belleza serena, tus urgentes ansias de amar. Y las mías.

   Recuerdo que te vi sentado con aire despreocupado. Las piernas cuan largas son estiradas e indulgentes; la expresión entre cansada y aburrida. Golpeabas tímidamente con tus dedos, siguiendo el ritmo de una canción que sonaba, la mesa engalanada. No me pasó nada y me ocurrió de todo: la música dejó de sonar de repente, el gentío alrededor desapareció en el fondo de mi mente; el ruido de los pasos de baile, las conversaciones gritadas, el lento planeo de las horas que pasan. Y te sonreí. Maravillosa visión sin chaqueta ya y con la corbata deshecha; el pecho escapando de una camisa quizá demasiado ceñida. No me importó. Ni a ti. Me sonreíste y algo iluminó tu mirada, lo recuerdo bien.

   ¿Bailamos?

   Te dije. Y por un segundo dudaste. Te ofrecí mi mano sin dejar de mirarnos. Te guiñé un ojo pizpireto y tú ladeaste esa cabeza morena dueña de una belleza que quitaba el sentido. Las estrellas se colaban por las ventanas y la luna, timidísima, apenas se dejaba entrever. Tu brillo todo lo eclipsaba. Volviste a sonreír. ¿Por qué no?

   Y nos lanzamos a bailar un cha-cha-chá de ardiente pasión.

   Qué noches, qué días en compañía. El amor sabía a saliva, a sábanas frías en noches de calor apretado y a tu piel, aprisionada por la ropa, ansiando una desnudez llena de alma.

   Nos enamoramos al son de un cha-cha-chá, arrullados por el ritmo de una orquesta que desliaba notas a nuestro alrededor. La maciza pesadez de tus brazos, la amplitud de una espalda oscura como noche cerrada, el tacto de tu pecho contra el mío; nuestras caderas fundidas; las piernas confundidas en un embrollo de pasos de baile y de pasión. Y nuestros labios encontrados en el centro de la pista, amoratados, salivosos, llenos de savia y de humor.

   Cuando estás cerca todo es claro. No necesito más sueños que aquellos que siembran la solidez de tu cuerpo, que sin embargo se hace de pluma cuando bailamos, en el mar de nuestra cama, en el centro de esta pista; cansados pero felices; henchidos de amor, preñados de futuro. Cuando estamos juntos todo cobra sentido, la razón de lo justo, el peso de la eternidad.

   Y cada vez que suena la música de la orquesta, cada vez que, en la distancia, busco tus ojos y sonreímos, ese amor que nació de una caricia de baile nace de nuevo en nuestras arterias. Y siento la pasión que me enloquece, el sentido de la vida entre tus brazos, y corro en tu busca como el sediento tras una fuente cristalina, y hundo mis labios en tu cuello y siento el olor de tu piel y la calidez de tus caricias.

   Cuando estamos juntos la tierra es un paraíso, un paraíso que se renueva cada vez que nos encontramos bailando, deseándonos, amándonos. Cada vez que me enamoro de ti.

   Y ese milagro ocurre cada día.

   ¿Bailamos?

   Vamos a enamorarnos por siempre.

Encontrándonos/ A Meeting.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Hace unos días, en una tarde en la que hacía más fresco que calor, más sol que nubes, pero en la que se podía percibir ese cambio de tiempo tan característico de Santiago de Compostela, con viento revuelto, el sol jugando al escondite con las nubes, y un ligero tinte grisáceo sobre el rosa del atardecer, me encontré con Anita Tef y Cris Montes.

   En una cafetería que ya tiene solera (sí, fui testigo de la apertura…, mejor dejemos el tiempo como está) quedamos para encontrarnos, en el viejo Santiago, aquel en el que aún hoy me emociona descubrir rincones ocultos, sorpresas de una arquitectura que estuvo hecha para acoger, apabullar, homenajear y disfrutar, y que ya no sabemos realizar.

   Como tengo costumbre, llegué un poco antes. Sufro de una rara obsesión con la puntualidad, y en un país como España eso es una incomodidad. La admiro tanto como las buenas maneras; de hecho, creo que es una expresión de modales adecuados, y nada me soprende más que una persona educada. Y, sí, cada vez hay menos. Quizá por eso mi admiración se acrecentó cuando ambas llegaron en punto, con sonrisas incrustadas en la cara.

   Qué maravilla. Para ser tres personas que se conocen y cuyo intercambio (salvo una excepción, que nos llevó a conocernos en la red) es virtual, aquel encuentro me resultó agradable y encantador. Dos mujeres inteligentes, de personalidad muy determinada y caracteres complementarios, que enriquecen la vida de aquellos que tienen la fortuna de disfrutarlas a su lado, y yo, comenzamos un vals de acercamiento y reconocimiento que, para mí, fue una delicia.

   De naturaleza reservada, Cris analiza con su mirada todo lo que ocurre; tiene temperamento de ardilla intelectual: todo le llama la atención y todo lo capta, con una memoria asombrosa. Ana, más expresiva e inquisidora, quiere saberlo todo de forma directa y sin adornos. Ojos chispeantes, sonrisas francas, curiosidades mutuas.

   Frente a unas bebidas que no fueron completamente de nuestro agrado (salvo Anita), confirmación de que nada es como una vez fue, la conversación fluyó de manera animada. Tanto, que nos fuimos de paseo por las calles de la ciudad entre comentarios y bromas. Recorrimos aquellas calles de piedra eterna, y parte de las renovadas de asfalto, sintiéndome muy bien acompañado, sin duda, pero a la vez como atraído por un filtro del pasado que me dejó de muy buen humor.

   Caminando con ellas, hablando de nuestros problemas de hoy, de trabajo, relaciones y sentimientos, me embargó la sensación de estar bailando un vals fluido, lleno de notas reconocidas y encantadoras. Quizá es lo que sentimos cuando nos embarcamos en relaciones con personas interesantes, de rango vital similar, de vivencias en común y que se encuentran, asombradas, de que algo así pueda ocurrir. Cansado a veces de cierta mediocridad (de la que formo parte, como todo en nuestro día a día), encontrarme con personas estimulantes, de verbo fácil y pensar profundo, en una tarde para mí maravillosa, fue un regalo del que estaré eternamente agradecido a Cris Montes y a Anita Tef por habérmelo obsequiado.

   Viví sin querer los veinte años que llevo en la ciudad entre el viento, el sol, las nubes y la compañía estupenda de estas dos mujeres que obraron para mí ese milagro del reencuentro y del encuentro entre lo que fue y lo nuevo, entre lo que fui una vez y lo que hoy soy.

   Una tarde maravillosa, con la mejor compañía, en una de las ciudades más bonitas de Europa…

   ¡Qué felicidad!

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