Que sea la última vez…: la vida en celofán.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   Que sea la última vez… , es la reedición de la primera novela de Màxim Huerta. En la primera, su título era más largo y adecuado, la portada muy almodovariana y a tono con el espíritu del libro. Lo tuve entre mis manos y lo dejé casi inmediatamente. Lo confieso: me ganaron los prejuicios. Aquel libro prometía un buen rato, entre alocadas aventuras de esa rara especie de personas que trabajan en el ambiente televisivo, y sin embargo lo dejé en la estantería con todos los demás.  La ligera modificación del título y sin duda una portada diferente han obrado un pequeño milagro: el libro es una sorpresa maravillosa, pero ahora está mejor, mucho mejor. Porque es mucho más fiel si cabe a la historia que cuenta entre sus páginas que la edición anterior. Antes estaba bien y era atractiva, pero ahora, desde mi punto de vista, la edición es perfecta.

   Màxim Huerta narra en este libro una historia envuelta en celofán, el mismo en el que vive su protagonista, Margarita Gayo. Una mujer que lo tiene todo: presentadora de televisión (veterana) de éxito, aún en la cresta de la ola; pudiente; casada y madre de una hija con espíritu de independencia. Amigas confidentes y confidentes menos amistosas; una vida, en suma, que para nosotros, de clase media, sería perfecta, salvo por un pequeño detalle: ninguna vida, ni la más adecuada, es perfecta. Y ella lo sabe. Y aquí comienza esta historia hilarante, llena de jocosas salidas de tono y de idas y venidas entre ropas de marca, masajes, bótox, viajes, limusinas, envidias, temores, cámaras y focos, maquillajes, estrellas mediáticas, vuittones y chaneles, belleza artificial y quebradiza, reportajes, ansiedades, lexatines y orfidales y soledad, mucha soledad.

   En Que sea la última vez… hay algo que nos atrapa, y no es ese ambiente delirante en el que todos hemos soñado estar alguna vez; ni siquiera la belleza de Madrid ni el embrujo de París. Es algo más íntimo, más propio, más normal: los sentimientos, los sueños que se cumplen quizá a medias, las expectativas y el día a día de la realidad. Margarita Gayo es una diosa de la televisión, y por lo tanto, una rea de sus necesidades de estrella. Su personalidad necesita baño de masas, saludos y arrumacos; pero ella es algo más. Detrás de las capas de maquillaje y las cremas hidratantes; la ropa de marca y la casa en La Moraleja, su vida se derrumba por un aparente ataque de ego, y ése es el verdadero punto de partida del libro: presenciamos la historia de un cambio devastador, y por lo tanto doloroso, que amenaza con alterar su vida para siempre. Y Margarita, como todos nosotros, siente pánico al cambio, y se adapta mal a aquello que le vine impuesto desde afuera, o que al menos cree que es exterior.

   Màxim Huerta nos adentra con humor, pero sobre todo con una extrema delicadeza, en ese miedo, en esos aires de cambio con los que nos identificamos todos. Dentro del celofán de su vida, Margarita Gayo encontrará que no todo es color de rosa, que no todo brilla, y que más que triunfar teniéndolo todo o quizá por estar empeñada en ese éxito que parecía serlo todo, en realidad ha dejado de lado su propia vida, su propio ser.

    Que sea la última vez… es un libro de descubrimiento y de lucha, y de aceptación. Inconsciente al principio, lleno de tropiezos, pues a todos nos cuesta darnos cuenta de lo que la vida quiere de nosotros y aún más de aceptarlo, pero finalmente desbordado como un río indetenible y puro. Que sea la última vez…, envuelve en su celofán una historia agridulce porque así es la vida, y una historia esperanzada, porque así es la vida. Retrata la soledad del triunfador, retrata la incapacidad para darnos cuenta de lo que vamos dejando atrás cuando nos anima un ímpetu más parecido a un sueño que a la realidad, y dibuja ese momento, variable para cualquiera, en el que la vida nos dice basta y nos obliga a admirar los restos que hemos dejado atrás.

   A Màxim Huerta le gusta bucear en las entrañas de los seres humanos; comprende el precio a pagar y acepta las normas del juego. Y sin embargo sabe que siempre hay una esperanza, aunque ésta sea diametralmente opuesta a la que esperamos, y que generalmente esta salida es aquella que en verdad merecemos. Su prosa está llena de una ternura inmensa, de un verdadero amor por sus personajes; el hedonismo que transmite en El susurro de la caracola aquí nos invade desde el principio, y todo es un mar de delicias, y todo es un canto a la esperanza.

   Margarita Gayo vive unos meses cruciales en su vida. Ni su medianía de edad, ni su lucha contra el tiempo que pasa, ni sus preocupaciones terminan avasallándola. Todos los personajes que salen de la pluma de Màxim Huerta luchan denodadamente por ser felices, es decir por ser verdaderamente libres, y consiguen redimirse, tras muchas vueltas y avatares, como nosotros mismos, apenas sin darse cuenta.

   Que sea la última vez… es un libro jocoso, hilarante, lleno de referencias al mundo de celofán que es la televisión y la celebridad; pero como los buenos bombones, encierra en su corazón un fin más profundo, una historia tierna, romántica, llena de olores y de tactos, una búsqueda inconsciente y la lucha que la acompaña, y finalmente la felicidad última, que es la verdadera libertad: poder ser nosotros mismos. En El susurro de la caracola ésta se hallaba entre los barrotes de una cárcel; en Que sea la última vez…, en los entresijos más escondidos de un corazón enamorado, enamorado de los demás, pero sobre todo de nosotros mismos.

   La prosa de Màxim Huerta es poso y promete mucho más. Y allí seguiremos para disfrutarlo, siempre que él quiera.

Una idea, un cuento/ An Idea, a Short-tale.

El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature

   Hace un año, Cris Montes me preguntó si era capaz de escribir una historia partiendo de una idea que ella me diera. Y de ahí nació Cigarrillos y cenizas.

   Creo que fue un ejercicio fascinante y siempre es un lazo que nos une más a las personas que leen nuestras creaciones, nuestros pequeños cuentos y poemas narrativos.

   Así que he pensado que sería una idea divertida pedir a los lectores de este modestísimo blog que, si quieren una historia de la que sentirse partícipes, lancen al aire una idea, y veremos qué pasa.

   Una idea, un cuento para crear algo distinto y divertido de lo que todos seamos autores.

Galeradas/ Galley Proof.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   Galley Proof es la nueva novela de Eric Arvin. Y como siempre en él, el núcleo central del relato va más allá de la mera historia de amor. O la historia de amor no es más que una excusa para desarrollar personajes floridos, llenos de matices, heridos y voluntariosos; prendados en la mitología del autor y, debido a esto, sometidos a fuerzas telúricas que arrancan siempre del exterior pero que todo lo arrasan, para dar paso a una libertad pura, libre de cualquier sentimiento de ansia y lleno de alegría.

   Con todo, este nuevo relato más en la línea de Simple Men, pero a la vez mucho más maduro, nos muestra a un Eric Arvin que crece, dejando atrás el ambiente del College norteamericano. Sus protagonistas son hombres que viven el mundo adulto, que trabajan y que desean y que, secretamente, esperan el momento adecuado para florecer. La historia que se teje entre el escritor Logan, cuyas rutinas se alteran lentamente luchando contra el bloqueo del escritor, y de Brock, su editor y objeto de secreto deseo, nos lleva por los meandros tranquilos y simpáticos de una escritura ligera, que se lee con avidez; florida, como todos sus relatos, llena de un inglés preciosista y brillante, certero y siempre redentor. Si algo hay en Eric Arvin es su amor por todo lo que escribe: no hay ningún personaje, por desviado y cruel que sea, que no termine redimido (como ocurre en Woke Up In A Strange Place, por citar el ejemplo más reciente); nada hay en el mundo de Eric Arvin vacío de contenido y, por lo mismo, inútil; y todo tiene cabida: personajes de otras historias, como los de Subsurdity o la ya citada Simple Men; algo de ese realismo mágico tan de The Rest Is Illusion, para mí su mejor obra; y la recurrencia continua a ecos de su propia vida, escondidos pero entrañables, que el lector avezado en sus libros puede encontrar y disfrutar como nuevos encuentros inolvidables.

   Y he ahí lo que me ha gustado de Galley Proof: todo es distinto, todo evoluciona. Logan, un escritor atascado en sí mismo; Brock, un editor que huye de un pasado; ambos, dos hombres jóvenes que desean liberarse de sus cadenas desconocidas y que se aventuran con miedo a veces y con mucho humor, en el descubrimiento de un amor que los hará diferentes y los llevará al vértigo del cambio y, por lo tanto, a la libertad.

   Galley Proof es un dulce caramelo, un divertimento mucho más serio de lo que parece, lleno de esperanza y de fantasía, la fantasía que hace de Eric Arvin un escritor fresco, creativo, productivo y siempre, siempre, digno de leer.

   Galley Proof is Eric Arvin’s new novel. And, as always, the central core of the story goes far beyond the story itself. Or, if you like, the core of the story is more than an excuse to develop such great and strong characters, each one of them baptized in his author’s own mythology and, by this, make them to develop and to change, always, in search of freedom.

   Though more in the line of Simple Men, Galley Proof is a more mature story, maybe it is the most mature book of Eric Arvin till now. The characters are not frat boys anymore: they are grown up men looking for something. And that something is what Logan’s and Brock’s story is about. Logan, a writer with a fierce and an unknown force inside him pushing to flourish; Brock, the handsome editor, in the verge of a desired change that he’s afraid of, intertwined in a very poetic, humouristic, and brilliant prose in a very Arvin’s style, are the main center of the story. But they’re not alone in this new adventure. They will be face off to other characters that are known by us, and doing so, Eric Arvin just draw his very own creative world in an eternal loop of constant change. One of his wonderful and main characteristics as a writer.

   Doing so, he intertwined Subsurdity and Simple Men and, even so, The Rest Is Illusion (he cannot be himself without a glimpse of the magic realism he’s so in love with.) And doing so, we find some glimpses of his very own life, wisely hidden in the branches of a love story that is far from a love story but just a perfect one indeed.

   And that’s what I liked about Galley Proof: everything changes, everything develops. Logan needs to change to activate his writing but his life; Brock needs to leave his past behind; both of them need to open to each other to find a nestle to build this wonderful love full of passionate sex and tenderness and comprehension and, once again, redemption and freedom.

   Lovely, fresh, funny, full of Eric Arvin’s places and wonders, Galley Proof is just a delight, a candy stick, a sweet gellato to enjoy and to re-read over and over again.

El primer verano de nuestras vidas: luces y sombras/ South of Broad.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   En El primer verano de nuestras vidas lo primero que llama la atención es su protagonista: la ciudad de Charleston (EEUU). Pat Conroy, dueño de un lenguaje fluido como las mareas que atraviesan la ciudad, seduce al lector con su revisitación de esta ciudad sureña, famosa por su belleza, pero también por sus contradicciones tan confederadas. En una parte del libro menciona que el Sur de EEUU es una rareza para el resto del país, con una idiosincrasia particular y una educación diferente, cosa que parece cierta, a tenor de lo que se dice en Nueva Inglaterra, por ejemplo y quién sabe en la zona centro, donde vive en realidad la imagen de lo que llamamos el norteamericano profundo.

   Además de Charleston, el libro tiene varios protagonistas, todos ellos singulares, descritos de forma sesgada por el narrador de la historia, Leo, el corazón, si exceptuamos la ciudad en donde casi todo ocurre, del relato. Leopold es el narrador de diecisiete años y de cuarenta y tantos, y es quien evoluciona a lo largo de sus páginas, con saltos en el tiempo muy logrados y muy lineales; y su forma de ver la vida, su forma de ser y estar en el mundo, y su amor por lo que le rodea, hace que el libro esté lleno de luces y sombras de las que no podemos separarnos nunca.

   Los personajes de El primer verano de nuestras vidas son todos almas heridas, llenos de tópicas heridas. Si no supiéramos que el autor es el mismo de El príncipe de las mareas, lo hubiéramos adivinado: los mismos motivos, los mismos demonios, los mismos personajes llevados al extremo, los mismos tópicos con los que EEUU llena su literatura, tan elegante sin embargo y tan melancólica también. Todos y cada uno de los personajes sufren y todos parecen guardar ciertos secretos. Todos menos Leo, quizá el más puro y el más inocente, y por lo mismo, el más frágil también, pero, a la vez, el más maduro y el más fuerte de todos ellos. Si no fuese por esa prosa elegante, fluida, con la que Pat Conroy desgrana el espíritu de tres décadas de la Norteamérica más convulsa, pronto la angustia que corroe a todos los personajes se nos haría antipática; los misterios que los envuelven, esos silencios que caracterizan a la vida y que nos hacen ser como somos, sonarían vacíos; y la intolerancia, la pederastia, el catolicismo tenebroso, el sida y el alcoholismo, el abandono, la muerte y la indiferencia, nos harían cerrar las tapas del libro después de unos pocos capítulos.

   Por ello creo que es un libro lleno de sombras. Está repleto de tópicos: psicopatías varias, complejos de culpa, fútbol americano, bailes de instituto, violaciones, asesinatos, pobreza, riqueza y muerte. Y no sé si llevados a buen puerto porque parecen excesivos, aunque forman parte del esqueleto de su autor. Un poco más y nos hace pensar que la sociedad norteamericana está realmente loca y que nosotros seguimos detrás, en ese ansia de copiar todo lo que viene de allí. Quizá el personaje más entrañable sea el más normal: Jasper, el padre de Leo. También es el más romántico, más incluso que su hijo, y el único que, aun sabiendo cómo es el mundo, es capaz de quererlo tal cual es, sin adornarlo pero a la vez sin restarle ningún encanto. De hecho, al leerlo nos viene a la mente que quizá todo este cóctel extraño le resulte al autor muy necesario y quizá muy conocido. Investigando después, supe que pasó por traumas similares a los que narra en todos sus libros, y eso puede que explique, y quizá justifique, esta profusión de manual de psiquiatría que expone en esta historia. Todas las angustias del autor están enmarcadas en los diversos personajes que pueblan esta novela; todas esas heridas de las que se enorgullecen y afrontan y aceptan. Pero todas juntas, en tan variedad, no deja de ser inquietante.

   Y sin embargo, es un libro luminoso. Pero no como Veronika decide morir, de Paulo Coelho, por ejemplo, en el que la luz atraviesa la oscuridad para rasgarla y transformarla en libertad. Pat Conroy no es tan generoso. La luz de El primer verano de nuestras vidas es la energía vital que puebla el libro, la lucha constante por levantarse, ese premio al esfuerzo y a la perseverancia. Las mejores partes del relato son las que evocan la adolescencia de Leo y sus amigos. En ellas el lenguaje del escritor no sólo es fluido, si no bello. Hay algo de frágil y de mágico en esos interminables días de la adolescencia que dibuja con maestría, y esa promesa latente, y esas transformaciones milagrosas, y ese futuro alentador que vive en cada día que pasa. Todo está cubierto con una pátina de melancólica alegría, de sugerente voluptuosidad, que transmite alegría y cierta tristeza entremezcladas; a fin y a cabo el sabor de la vida es agridulce, y en el Charleston de 1960, mucho más.

   Bellas y tristes son también las páginas en las que el protagonismo espiritual pasa de Charleston a San Francisco, la joya del Pacífico. Es una ciudad bella, de clima indescriptible, fascinante e irrepetible. Y en aquella época, en los primeros 80s, cuando el mundo sufre un espasmo y las máscaras caen al suelo y la fiesta termina bruscamente, aún más. Esos días oscuros, llenos de lamentos, de miedo y muerte son descritos con una delicadeza única, donde lo que sabemos más que de sobra se nos muestra con otra luz y sobre todo con tanta dulzura y ausencia de juicio, que los hechos narrados en sus páginas pasan sin dudar a un segundo plano. No nos importa qué van a hacer allí Leo y su pandilla, sólo lo que ven, lo que experimentan y sienten.

   La narrativa de Pat Conroy es suave pero no amanerada, es dulce pero no empalaga. Está llena de referencias sonoras, de impactos visuales, del eco de los ríos, del sabor de los alimentos y del aroma de los jardines. Evoca y reflexiona y se desnuda sin pudor. Tiene un fuerte acento norteamericano sin duda y una melodía continua y de perfil bajo, que embriaga sin embargo atrapándonos en sus redes mientras la historia navega entre los ríos Ashley y Cooper, y entre nuestros ojos y los de Leo, entre su corazón lento y reflexivo y su bondad que no es de este mundo.

   El primer verano de nuestras vidas es una historia de amor, de amistad, de todo aquello que nos acerca a la muerte pero al mismo tiempo a la vida, a la esclavitud y a la liberación. Es un relato lleno de claroscuros donde la tragedia y la comedia, la salud y la enfermedad, la alegría y al tristeza se dan la mano sin límites ni cortapisas… Quizá, quién lo sabe, como también ocurre en la vida.

Los tres mosqueteros: capa, espada y corazón/ The Three Musketeers: cape, sword and heart.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   Todo es maravilloso en la trilogía de Los Tres Mosqueteros. No sólo porque es una historia de aventuras, si no porque es un retrato de una época teñida con los aromas, la visión y los ideales de otra época; porque nos obliga a interesarnos por un tiempo del que apenas quedan sus restos, aunque esos restos sean hermosos, y porque hace que nuestro corazón se expanda y se encoja con tal pasión como sabiduría.

   Es un relato publicado por entregas. Y se nota. Y en ello veo yo uno de sus mayores logros. Imaginar que en pleno siglo XIX un escritor vaya reproduciendo una historia tan fastuosa y enérgica y esperar ansioso cada una de sus entregas, es algo extraordinario. Debió ser apasionante la redacción, el nacimiento y la salida al público de cada una de sus partes. Su éxito fue arrollador, y lo sigue siendo. Y leyéndolo, es fácil saber la razón. Y sin embargo, no ha debido ser una tarea fácil engarzar cada uno de sus relatos, cada uno de sus tiempos y la evolución no sólo histórica si no la vital de cada uno de sus personajes.

   Los tres mosqueteros es pura energía. Es aventura, alegría, divertimento, aunque planea sobre el relato cierta sombra que terminará desplegándose en los libros posteriores, con un final antológico y lleno de cierto amargor. Es increíble que ninguna de sus versiones cinematográficas alcance esa energía, esa entrega y esa aventura, y que todas hayan sufrido tamañas divergencias conforme al relato original. De hecho, es una pena que el gran público se quede con esas ideas, malos retales de una obra estupenda, teniendo un relato tan puro esperando a ser leído y  a ser llevado fielmente a la pantalla, sea la del cine o la televisión.

   Veinte años después es un libro más maduro; mucho, diría yo. Y por lo tanto más oscuro, más triste si cabe, pero está lleno de igual energía, la aventura igual de arriesgada y delirante y encierra en sí mismo algo de esperanza. Cada protagonista crece, evoluciona, gana en peso como gana en astucia y en años, y casi todos encuentran lo que buscan: a veces paz, a veces dinero, a veces cierta posición, y a veces lo pierden casi todo. Menos una amistad que elude el paso del tiempo y un amor incondicional que sobrevive a intrigas, a desaciertos y a encontronazos varios. Nada hay que no sea amor en todas las páginas de la trilogía de Los tres mosqueteros, y en Veinte años después llega a una cumbre única que permitirá el desarrollo de la última entrega, que nace en este libro como un rayo de esperanza que llena de promesas la vida del personaje quizá más interesante y profundo de todos: Athos.

   Es curioso que, siendo la historia de D’Artagan, o al menos siendo él su protagonista principal, que abre y cierra la trilogía, la raíz de la historia y su espíritu sean el lazo que une a éste con Athos y el destino del conde de la Fère. El amor paterno-filial y la admiración entre ambos personajes retumba en el corazón cuando se pasa cada página, cuando se termina una entrega y se comienza la siguiente. En el fondo, todos los personajes que pueblan Los tres mosqueteros son perdedores, y lo son porque la Historia es la que es y no puede cambiarse, como el propio destino, y porque siendo dueños de todo lo pierden todo, o lo sacrifican todo (que es lo mismo) a ideales aún más altos que la propia comodidad o la efímera fama: la virtud, la palabra empeñada, la hidalguía y la bonhomía, encarnados todos en el personaje de Athos (y que en D’Artagan laten escondidos hasta que finalmente se liberan)  y en el hijo de éste: Raúl, el vizconde de Bragelonne.

   Y con El vizconde de Bragelonne se cierra el ciclo de Los tres mosqueteros. Quizá sea la entrega más larga, la más descriptiva y la más historicista de todas ellas. Y es la que más representa el espíritu de la época en que fue escrita. Toda la trilogía es una oda del Romanticismo, mas en El vizconde de Bragelonne alcanza las cotas más altas, pues sus páginas son un canto a este movimiento artístico. No importa que su acción se halle doscientos años antes; quizá es una prueba que los valores más altos de los hombres se transmiten profundamente y no se pierden de forma fútil con el paso del tiempo; quizá sea un fresco del S. XIX pintado con los colores del S. XVII. Pero lo que encierra El vizconde de Bragelonne es una historia de amor romántico, la sublimación de todas las virtudes, de todos los defectos, de todas las esperanzas que los cuatro mosqueteros han posado sobre el fruto más perfecto de su tiempo: el hijo del conde de la Fère es el depositario de las esperanzas y de la juventud de Porthos, Aramis, Athos y D’Artagan, y por eso su comportamiento, sus andanzas y sus aventuras subliman las de todos ellos y quizá las justifiquen, las validen y finalmente las purifiquen.

   Raúl es bello y casto, puro y perfecto, honorable y honroso, digno de amar y ser amado. Pero vive en la corte de Luis XIV, y en la corte el mundo se traduce, se transforma a la sombra de los encajes, las sedas y los cristales. La energía y el vigor de las dos entregas previas aquí sufren un freno, o más bien una transformación característica del S. XIX: la recuperación preciosista de una época pasada; la descripción exacta del perfume de las flores, de las intrigas políticas que se mezcla con las intrigas de los sentimientos; los ideales de un mundo muerto ya y la recuperación febril de un espíritu quizá perdido en los recodos del tiempo ido. Las aventuras se subyugan como todo el poder a un rey absolutista; descubrimos que ciertos personajes tienen un transfondo intrigante y algo ciego; que el poder puede envilecer pero también ennoblecer; y que el corazón, el amor fútil, tiene su espacio en el mundo y que hacía mucho daño, tanto como en la actualidad.

   La trilogía aquí se diluye en dos intrigas paralelas que van en lento crescendo hasta un final trágico, pues es un drama romántico, pero a la vez un final muy lúcido. El amor va y viene, como mariposa sin descanso; el honor mancillado se transmuta en deber y en valor; y el honor, es bello fantasma, cobra el más alto peaje y el más efímero también… Cada personaje florece al calor de un sol que nace primero y posteriormente calcina; el ritmo se enlentece porque el verano de la juventud todo lo llena; y sin embargo acaba precipitándose, en las eternas aguas del canal de la Mancha, y en el rincón escondido de un bosque que pronto se olvida. Cada uno de sus personajes tiene un sentido, y todos alcanzan, de una manera u otra, lo que han anhelado siempre. Pero el anhelo tiene un peaje, y cada uno paga un alto precio por ello.

   El vizconde de Bragelonne es una obra romántica; Raúl es la sublimación de las querencias de un siglo en el que aún se creía que se podía morir de amor. Su destino, como el de Anna Karenina de Tólstoi, como el de Don Juan Tenorio de Zorrilla, o como el de María de Jorge Isaacs, está unido al de sus sentimientos; y la palabra ideal, la palabra honor, la palabra bonhomía, que tan bien había representado el conde de la Fère pero que pertenecía a otro siglo, en el vizconde de Bragelonne da un salto cualitativo y lo transmuta en eterna perfección y, por lo mismo, en su prematura muerte y su pronto olvido.

   La última entrega de la trilogía nos muestra que el hombre es mudable, que olvida fácilmente y que se cree sus propios sueños; pero a la vez nos enseña que la vida, las consecuencias de nuestros actos y el destino nos enseñan a acallar el orgullo y a adaptarnos a las circunstancias que nos ofrece. D’Artagan consigue que su valor y sus servicios sean por fin reconocidos, pero en un momento de su vida en el que no le preocupan tanto esas pequeñeces; Aramis sigue envuelto en su aire de intriga, y es quizá la representación más exacta de lo que un espíritu presto es capaz de hacer para extraer lo mejor de las circunstancias y servirse de ellas para sus intereses. Porthos, el hombre de corazón noble, lucha como un Titán en la isla de la Belleza; Athos, magnánimo como conde de la Fère, sublima su fortuna en su mejor obra: Raúl; y Raúl, como hombre perfecto, comprende que su espíritu elevado no puede vivir en un mundo que tan poco aprecia la belleza de la perfección, y por eso se sacrifica en aras de un amor que ni le llega a la altura de sus labios ni le ha proporcionado más que un dolor que le desgarra las entrañas y que le lleva a renunciar a todo, incluso a una vida maravillosa en las brumosas tierras de Inglaterra.

   En El vizconde de Bragelonne vemos cómo el poder termina siendo sojuzgado por la cabeza pensante de un rey que se cree el centro del mundo, y que intentará toda su vida asociar esta noción con las acciones reales. Y aunque sabemos que el sol alumbra de forma enceguecedora, éste termina por ponerse, y el final de una vida que se cree perfecta no lo es tanto, porque siendo rey es ser humano, y sus errores terminan siendo más pesados que sus aciertos, pues la vida cobra lo que regala: una favorita, un encaje, un país, un imperio, el mundo y la propia vida. Y todos aquellos que gravitaron bajo aquel influjo reciben de ella el mismo precio y el mismo fin.

   Hay puro romanticismo en la trilogía de Los tres mosqueteros. Porque, a pesar de las intrigas, las aventuras, las luchas, las desavenencias, los sueños y las desesperanzas, siempre predominan el aliento del amor y el poso de la tristeza. Y nada hay más atrayente que una mezcla semejante.

Ogai Mori: La bailarina/ Ogai Mori: The Dancing Girl.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   La bailarina, de Ogai Mori es un precioso relato corto. Si nuestra fascinación por el Oriente es evidente, la fascinación japonesa por Occidente no le va a la zaga. Y en La bailarina se nos demuestra.

   Este pequeño cuento es la historia de un sueño o de una vida de cristal hecha añicos. Nada nos desmorona más que el choque cultural de dos mundos, de dos formas de ser y de ver la vida. Toda emoción extrema nos une, nos iguala. El odio a lo distinto nos transforma en animales sin sentido, capaces de las mayores fechorías; una vez pasado ese estado, es cuando abrimos los ojos a la realidad, es cuando nos damos cuenta de lo que hemos hecho, reflexionamos y nos lamentamos por lo ocurrido; raramente, pero ocurre, nos mueve la vergüenza o el remordimiento e intentamos reparar el mundo despedazado por nuestros afanes. Al amor le ocurre lo mismo.

   La bailarina es la historia de una ilusión rota.  Asistimos a la fascinación por lo occidental de Toyotaro Ota, a su acercamiento curioso, a la seducción por lo que descubre y finalmente al amor de una corista que todo lo parece para él y por la cual, presa de un romanticismo tan puro de la época, piensa dejarlo todo y entregarse al sentimiento furioso y único. Hasta que despierta y hace pedazos ese sueño de cristal, y todo vuelve a ser lo que debería ser en el mundo.

   En este cuento precioso, recomendado por Màxim Huerta, podemos encontrar múltiples referencias, fruto de la época en la que fue escrito, y sin embargo prefiero dejarlas de lado. En él encuentro todo lo que a mí me enamora de la literatura japonesa: la dulce belleza no exenta de salvaje crueldad, la delicadeza de un mundo que viaja siempre al filo de la navaja, y esa preocupación casi milimétrica sobre el presente, lo que se deja atrás y todo lo que puede conmover al corazón sobre la mente, perdiendo siempre, sacrificándose a veces, pura y sencilla frente a una seducción mayor que subyuga la naturaleza festivalera y despreocupada del hombre por un ideal más sereno, impasible y certero como la hoja afilada de un sable ceremonial: la mente, las convenciones sociales y el puro egoísmo natural que nos hace ser quienes somos.

   En pocas páginas, la maestría de Ogai Mori nos conmueve, con sus ecos a La dama de las camelias y, por ende, a La Traviata o a La Bohème, y también en mucho a Madame Butterfly, nos transporta y nos recuerda que nada en la vida es sueño pues la realidad subyuga todo estado, toda emoción y todo anhelo. Ya que nada tiene sentido, o todo adquiere su máximo sentido, al ser alambicado por las circunstancias y la mente que piensa en ellas: poderoso instrumento que disfraza sentimientos y que nos autoconvence o nos anula o nos hace ser, en realidad, lo que somos.

   La bailarina es un cuento de cristales rotos, lleno de belleza y resonancias musicales, y es el reflejo de lo que nuestra fascinación por la cultura japonesa es: un espejo de dos caras.

Equinoccios/ Equinox.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature

Caído el puente,

queda el frío

tras el sauce.

  Shiki.

***

A través de la ciudad

corre un riachuelo

¡y los sauces!

 Shiki.

***

Crece inclinándose

al cielo inmenso

árbol de invierno.

Kyoshi

***

Viento otoñal:

¡cuántos montes, cuántos ríos,

en lo más íntimo de mí!

Kyoshi

***

En la niebla,

fundidos en la tristeza y el corazón

caminan los dos juntos.

Issoo

***

La voz del remo batiendo la ola,

y la noche que hiela las entrañas;

lágrimas.

Bashoo

***

De la red recién izada,

¡gotas de luna…!

 Mokkoku