Los tres mosqueteros: capa, espada y corazón/ The Three Musketeers: cape, sword and heart.

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   Todo es maravilloso en la trilogía de Los Tres Mosqueteros. No sólo porque es una historia de aventuras, si no porque es un retrato de una época teñida con los aromas, la visión y los ideales de otra época; porque nos obliga a interesarnos por un tiempo del que apenas quedan sus restos, aunque esos restos sean hermosos, y porque hace que nuestro corazón se expanda y se encoja con tal pasión como sabiduría.

   Es un relato publicado por entregas. Y se nota. Y en ello veo yo uno de sus mayores logros. Imaginar que en pleno siglo XIX un escritor vaya reproduciendo una historia tan fastuosa y enérgica y esperar ansioso cada una de sus entregas, es algo extraordinario. Debió ser apasionante la redacción, el nacimiento y la salida al público de cada una de sus partes. Su éxito fue arrollador, y lo sigue siendo. Y leyéndolo, es fácil saber la razón. Y sin embargo, no ha debido ser una tarea fácil engarzar cada uno de sus relatos, cada uno de sus tiempos y la evolución no sólo histórica si no la vital de cada uno de sus personajes.

   Los tres mosqueteros es pura energía. Es aventura, alegría, divertimento, aunque planea sobre el relato cierta sombra que terminará desplegándose en los libros posteriores, con un final antológico y lleno de cierto amargor. Es increíble que ninguna de sus versiones cinematográficas alcance esa energía, esa entrega y esa aventura, y que todas hayan sufrido tamañas divergencias conforme al relato original. De hecho, es una pena que el gran público se quede con esas ideas, malos retales de una obra estupenda, teniendo un relato tan puro esperando a ser leído y  a ser llevado fielmente a la pantalla, sea la del cine o la televisión.

   Veinte años después es un libro más maduro; mucho, diría yo. Y por lo tanto más oscuro, más triste si cabe, pero está lleno de igual energía, la aventura igual de arriesgada y delirante y encierra en sí mismo algo de esperanza. Cada protagonista crece, evoluciona, gana en peso como gana en astucia y en años, y casi todos encuentran lo que buscan: a veces paz, a veces dinero, a veces cierta posición, y a veces lo pierden casi todo. Menos una amistad que elude el paso del tiempo y un amor incondicional que sobrevive a intrigas, a desaciertos y a encontronazos varios. Nada hay que no sea amor en todas las páginas de la trilogía de Los tres mosqueteros, y en Veinte años después llega a una cumbre única que permitirá el desarrollo de la última entrega, que nace en este libro como un rayo de esperanza que llena de promesas la vida del personaje quizá más interesante y profundo de todos: Athos.

   Es curioso que, siendo la historia de D’Artagan, o al menos siendo él su protagonista principal, que abre y cierra la trilogía, la raíz de la historia y su espíritu sean el lazo que une a éste con Athos y el destino del conde de la Fère. El amor paterno-filial y la admiración entre ambos personajes retumba en el corazón cuando se pasa cada página, cuando se termina una entrega y se comienza la siguiente. En el fondo, todos los personajes que pueblan Los tres mosqueteros son perdedores, y lo son porque la Historia es la que es y no puede cambiarse, como el propio destino, y porque siendo dueños de todo lo pierden todo, o lo sacrifican todo (que es lo mismo) a ideales aún más altos que la propia comodidad o la efímera fama: la virtud, la palabra empeñada, la hidalguía y la bonhomía, encarnados todos en el personaje de Athos (y que en D’Artagan laten escondidos hasta que finalmente se liberan)  y en el hijo de éste: Raúl, el vizconde de Bragelonne.

   Y con El vizconde de Bragelonne se cierra el ciclo de Los tres mosqueteros. Quizá sea la entrega más larga, la más descriptiva y la más historicista de todas ellas. Y es la que más representa el espíritu de la época en que fue escrita. Toda la trilogía es una oda del Romanticismo, mas en El vizconde de Bragelonne alcanza las cotas más altas, pues sus páginas son un canto a este movimiento artístico. No importa que su acción se halle doscientos años antes; quizá es una prueba que los valores más altos de los hombres se transmiten profundamente y no se pierden de forma fútil con el paso del tiempo; quizá sea un fresco del S. XIX pintado con los colores del S. XVII. Pero lo que encierra El vizconde de Bragelonne es una historia de amor romántico, la sublimación de todas las virtudes, de todos los defectos, de todas las esperanzas que los cuatro mosqueteros han posado sobre el fruto más perfecto de su tiempo: el hijo del conde de la Fère es el depositario de las esperanzas y de la juventud de Porthos, Aramis, Athos y D’Artagan, y por eso su comportamiento, sus andanzas y sus aventuras subliman las de todos ellos y quizá las justifiquen, las validen y finalmente las purifiquen.

   Raúl es bello y casto, puro y perfecto, honorable y honroso, digno de amar y ser amado. Pero vive en la corte de Luis XIV, y en la corte el mundo se traduce, se transforma a la sombra de los encajes, las sedas y los cristales. La energía y el vigor de las dos entregas previas aquí sufren un freno, o más bien una transformación característica del S. XIX: la recuperación preciosista de una época pasada; la descripción exacta del perfume de las flores, de las intrigas políticas que se mezcla con las intrigas de los sentimientos; los ideales de un mundo muerto ya y la recuperación febril de un espíritu quizá perdido en los recodos del tiempo ido. Las aventuras se subyugan como todo el poder a un rey absolutista; descubrimos que ciertos personajes tienen un transfondo intrigante y algo ciego; que el poder puede envilecer pero también ennoblecer; y que el corazón, el amor fútil, tiene su espacio en el mundo y que hacía mucho daño, tanto como en la actualidad.

   La trilogía aquí se diluye en dos intrigas paralelas que van en lento crescendo hasta un final trágico, pues es un drama romántico, pero a la vez un final muy lúcido. El amor va y viene, como mariposa sin descanso; el honor mancillado se transmuta en deber y en valor; y el honor, es bello fantasma, cobra el más alto peaje y el más efímero también… Cada personaje florece al calor de un sol que nace primero y posteriormente calcina; el ritmo se enlentece porque el verano de la juventud todo lo llena; y sin embargo acaba precipitándose, en las eternas aguas del canal de la Mancha, y en el rincón escondido de un bosque que pronto se olvida. Cada uno de sus personajes tiene un sentido, y todos alcanzan, de una manera u otra, lo que han anhelado siempre. Pero el anhelo tiene un peaje, y cada uno paga un alto precio por ello.

   El vizconde de Bragelonne es una obra romántica; Raúl es la sublimación de las querencias de un siglo en el que aún se creía que se podía morir de amor. Su destino, como el de Anna Karenina de Tólstoi, como el de Don Juan Tenorio de Zorrilla, o como el de María de Jorge Isaacs, está unido al de sus sentimientos; y la palabra ideal, la palabra honor, la palabra bonhomía, que tan bien había representado el conde de la Fère pero que pertenecía a otro siglo, en el vizconde de Bragelonne da un salto cualitativo y lo transmuta en eterna perfección y, por lo mismo, en su prematura muerte y su pronto olvido.

   La última entrega de la trilogía nos muestra que el hombre es mudable, que olvida fácilmente y que se cree sus propios sueños; pero a la vez nos enseña que la vida, las consecuencias de nuestros actos y el destino nos enseñan a acallar el orgullo y a adaptarnos a las circunstancias que nos ofrece. D’Artagan consigue que su valor y sus servicios sean por fin reconocidos, pero en un momento de su vida en el que no le preocupan tanto esas pequeñeces; Aramis sigue envuelto en su aire de intriga, y es quizá la representación más exacta de lo que un espíritu presto es capaz de hacer para extraer lo mejor de las circunstancias y servirse de ellas para sus intereses. Porthos, el hombre de corazón noble, lucha como un Titán en la isla de la Belleza; Athos, magnánimo como conde de la Fère, sublima su fortuna en su mejor obra: Raúl; y Raúl, como hombre perfecto, comprende que su espíritu elevado no puede vivir en un mundo que tan poco aprecia la belleza de la perfección, y por eso se sacrifica en aras de un amor que ni le llega a la altura de sus labios ni le ha proporcionado más que un dolor que le desgarra las entrañas y que le lleva a renunciar a todo, incluso a una vida maravillosa en las brumosas tierras de Inglaterra.

   En El vizconde de Bragelonne vemos cómo el poder termina siendo sojuzgado por la cabeza pensante de un rey que se cree el centro del mundo, y que intentará toda su vida asociar esta noción con las acciones reales. Y aunque sabemos que el sol alumbra de forma enceguecedora, éste termina por ponerse, y el final de una vida que se cree perfecta no lo es tanto, porque siendo rey es ser humano, y sus errores terminan siendo más pesados que sus aciertos, pues la vida cobra lo que regala: una favorita, un encaje, un país, un imperio, el mundo y la propia vida. Y todos aquellos que gravitaron bajo aquel influjo reciben de ella el mismo precio y el mismo fin.

   Hay puro romanticismo en la trilogía de Los tres mosqueteros. Porque, a pesar de las intrigas, las aventuras, las luchas, las desavenencias, los sueños y las desesperanzas, siempre predominan el aliento del amor y el poso de la tristeza. Y nada hay más atrayente que una mezcla semejante.

Honor: paraíso perdido/ Honor: paradise lost.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   En estos nuestros días del S. XXI se ha perdido el Honor. En algún lugar entre la sana ambición, la correcta educación y el valor de la palabra, lo hemos perdido. Tanto, que hoy ensalzamos el deshonor y ridiculizamos su contrario con una desfachatez asombrosa.

   En la actualidad, los valores que antes se admiraban no tienen sentido. Tanto es así, que nos asombramos que alguien se dirija a nosotros con un mínimo de educación o que muestre la más leve galantería, una bonhomía ligera como un beso en la distancia. Hoy se mira como debilidad, como un defecto de personalidad y, de forma también inexplicable, como una falta de ambición y de sueños.

   Demasiado acostumbrados estamos en las televisiones, en las mañanas al salir a la calle, en nuestras relaciones familiares, en nuestros mundos personales a tal desajuste, que nos asombramos cuando alguien cede ante nosotros su puesto en un asiento, cuando nos sonríen porque sí, cuando destaca por encima de todo una amabilidad que no es debilidad sino grandeza, un elevado bienestar propio que se resume en delicadeza y en sereno clamor. Un alma estable es sutil y firme al mismo tiempo, dueña de una aleación única que la hace al mismo tiempo flexible e imperecedera, perspicaz y olvidadiza, astuta y, sin embargo, pausada, bienhechora, imperfecta y magnánima a la vez.

   Qué poco cariño nos tenemos a nosotros mismos cuando dejamos pasar personas que merecen la pena, gentes cuya talla moral raya lo absoluto, lo perfecto. La bonhomía, el honor, obrar con justicia, lamentarse y errar, enmendar esos errores, seguir en el camino pese a todo, lleno de consideración por cuanto nos rodea: planta, animal o individuo, sin un pensamiento indigno hacia los demás (porque son sus iguales), sin esperar nada malo de la vida, pero aceptando su ración al final con hidalguía… La palabra dada, la responsabilidad que a ella va adherida, la cortesía y la sonrisa, son bienes tan escasos, nuestra talla moral es tan baja hoy en día, que no abundan ejemplos a los que seguir y, aquellos que lo son, se alejan de nosotros, heridos muchas veces pero sobre todo cansados de saber que un mundo así, vacuo, enorgullecido de serlo, e hipócrita no merece (porque no merece) que caminen por él.

   Acabo de leer, después de muchos años, Los tres mosqueteros y Veinte años después, de Alejandro Dumas. Los valores que estas dos novelas contienen, llenas de pasión y de delicadeza pero a la vez de brutalidad y coraje, resumen el mundo que hemos perdido. Un mundo en donde el honor bien entendido (todo llevado a su extremo es un error en sí mismo) era el eje de la existencia, donde el orgullo de hacer bien el trabajo, la palabra dada, la adhesión a un código de actuación y los buenos modales envolvían la vida y hasta la justificaban. El ambiente retratado en esas obras de ficción, mejorado y tallado con el paso de los siglos, sobrevivió casi hasta nuestra época, ampliándose, extendiéndose, dejando de ser el bien de unos pocos para ser la vara de medir de toda la sociedad. Pero en algún punto de esa evolución hacia la globalización hemos perdido la ruta, hemos desandado el camino.

   Bien sea hablar gratuitamente mal de alguien: un familiar, un conocido, un desconocido; bien sea considerándolo poseedor de nuestros mismos defectos sólo que potenciados; o un ser inferior (física, intelectual y culturalmente); o por sencilla maledicencia, nos vemos rodeados de una sociedad hipócrita y maldita, que reniega lo mejor de sí misma en dos extremos que se tocan: la indiferencia más absoluta y la ansiedad más metiche.

   Esta no es la sociedad en la que yo vivo. Yo vivo en aquella en la que se le da una oportunidad al Otro, en la que se cumple con la palabra dada; en la que, pese a todo, confía en la buena voluntad de los demás; en la que la Libertad campa a sus anchas mas no el libertinaje; en la que la Igualdad es ley, mas no el igualitarismo; en la que el Honor tiene su puesto, así como la Ambición, la Voluntad, la Sapiencia y la Decepción. No soy como los demás. No me interesa serlo. Soy yo: un hombre de honor. Porque digo lo que pienso, porque procuro cumplir con mi deber según mi código de valores; que no reniego de nadie; que no se deja manipular por nadie; que confía hasta que deja de hacerlo; que no olvida, rencoroso inflexible, pero que no deja de dar otra oportunidad, como se la han dado a él más de una vez; que anhela la Perfección sin alcanzarla nunca, lleno de Educación nacida de dentro y jamás impuesta; y que hace su labor, que es ayudar a los demás, lo mejor que puede hasta cuando no quiere, porque los remordimientos llegan y no le dejan dormir.

   No sé si vivo en una realidad paralela. Si es así, me importa y mucho: me gustaría que la realidad reflejase todo lo que tenemos de bueno, porque todos tenemos algo bueno que ofrecer, y que las buenas maneras, una sonrisa, la palabra dada, la Bonhomía en sí, el Honor, ese paraíso perdido, vuelvan a ser lo que eran y valgan su peso en individualidad, en comunidad y en mundo.

   Para aquellas personas tan bajas que creen que, en susurros soto vocee, arreglan el mundo; para aquellas equivocadas que juzgan la realidad por los ojos con los que ven; para aquellos que creen firmemente que no todo está perdido, el Honor late en mí, sin menosprecio ninguno mas sin una pizca de falsa modestia tampoco, desde el día que nací hasta el día en que me muera. Y así seguiré, y aquí seguiré, pese a todo o gracias a todo, vivo y tan cabezón como siempre.

   Gracias.

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