El pasillo de la salud perdida/ The Lost Health Aisle.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

   Durante esta última guardia, serían las cinco de la mañana o incluso más, estaba hablando con la familiar de un paciente que había ingresado un par de horas antes. Me sentía muy cansado y también un poco frustrado y algo triste.

   El ingreso fue tardío, el paciente estaba en una situación muy comprometida y las técnicas no me salieron tan limpias como me gustaría y como quisiera que siempre saliesen. Aún con todo, era un enfermo complicado aunque muy colaborador; se dejó hacer con una entrega que he visto pocas veces y, a pesar de lo grave que estaba, no se quejó ni un instante, dueño de una entereza realmente admirable. Todo eso contribuía a mi humor, que viene sufriendo períodos de densa estabilidad; saberlo tan mal no ayudaba tampoco a mejorar mi actual visión del mundo.

   Se trataba de un hombre joven, en el mediodía de la vida, aquejado de cirrosis hepática terminal por ingesta alcohólica, acabado de ser admitido en la lista de espera para trasplante de hígado. Un hombre que tenía una vida, ahora impedida en cierto grado por la Enfermedad muy evolucionada que presentaba; con una mujer; supongo que algún hijo; con un trabajo que ha debido abandonar (así como el hábito que lo ha llevado a ese estado); y con el miedo y la esperanza de que un trasplante lo devuelva en algún momento, no lo bastante tarde, al día a día que acababa de aparcar hacía muy poco. Una vida detenida fue lo que ingresó aquella madrugada en la UCI. Una más.

   La cirrosis hepática, cuyo origen no es sólo el alcohol, sino el virus de la hepatitis C (mucho más peligroso que el VIH, ya que carece de tratamiento alguno) y otras patologías menos frecuentes, es un cuadro difícil, multisintomático, lleno de baches y vericuetos; merma las facultades y crea tantos problemas, tantos y tan variados y tan graves, que el paciente se encuentra muchas veces aislado en el pasillo de la Salud perdida sin saber a qué atenerse ni a qué sujetarse. Y sus familiares también.

   Después de estabilizarlo mínimamente tras dos horas o más con él, salí al pasillo de la Salud perdida a hablar con su mujer, que esperaba con los ojos cerrados en medio de la oscuridad de la noche, sentada en la sala de espera. En esos momentos siento algo de pudor. Porque la tensión de un lugar semejante es densa; se palpa en el aire, está contenida en cada respiración; late como el corazón y viaja por las arterias hasta transmitirse por las palabras o los gestos a todas las personas que pernoctan allí. Y mi pudor está en irrumpir esos momentos de insulsa paz para, con voz alta, llamarles e informarles. Tras aparecer en el dintel de la puerta y recortar la luz, comienzan los cuchicheos, el ronroneo del miedo se siente y me golpea la nariz. Si es un paciente que lleva días ingresado, sólo son malas noticias; si es un paciente que acaba de ingresar, como era el caso, también son malas noticias. El desgarro de la madrugada en el pasillo de la Salud perdida no trae nunca nada bueno, y nos hace sentirnos a veces incapaces y a veces resignados y a veces frustrados por ello. Esta vez no fue ninguna excepción.

   Que los familiares de los pacientes oyen lo que quieren oír es un hecho cierto. Nos pasa a todos. Procuro ser cauto al dar esperanzas, porque todos nos aferramos al mínimo rayo de luz que nos regalan. Y más durante el ingreso de un enfermo, o quizá durante el ingreso de un paciente. Porque con los días se aquietan los miedos iniciales y, en general, tras las horas que pasan, la serenidad atrapa al corazón y lo hace razonar; a veces la testarudez de algunos familiares ante lo evidente no es más que la cabezonería del corazón en reconocer una pérdida. Pero en los primeros instantes, cuando todo es un lío y la angustia, la ignorancia, la impotencia y el miedo se mezclan y se agolpan en la garganta, cualquier raciocinio está perdido en ese terremoto que todo lo pone patas arriba. No queremos entender nada, no podemos aprehender nada, y más que palabras (o en ausencia de las palabras que deseamos oír con fruición) lo que quizá necesitemos es un gesto, una sonrisa o un comentario liberador o reconfortante…, que no suele llegar. La información inmediata a un ingreso es un mundo aparte: es difícil porque la situación es de máxima gravedad y todo puede ser posible; el familiar ha entrado como en una revolución dentro del pasillo de la Salud perdida y se halla flotando en un limbo de inseguridades y de inestabilidad del cual es difícil salir sin tiempo y sin serenidad: todo de lo que carece en esos instantes.

   Así, me acerqué a aquella mujer de ojos grandes y almendrados. Su peinado desordenado y cierta palidez demostraban la dureza del par de días que llevaban dentro del hospital; sus labios secos y el tremor discreto de sus manos, el miedo que estaba sintiendo en aquel momento. En todo eso me fijé al llamarla. Se levantó de inmediato en la oscuridad y llegó hasta la puerta en la que la estaba esperando como arrastrada por una voluntad más fuerte que la suya propia. No soy un médico de facciones agraciadas, pero me esfuerzo por que mis ojos sonrían discretamente cuando les doy las buenas noches y me presento con cierta timidez. Sé lo que esperan de mí como símbolo, pero en esos instantes esa esperanza es imposible, o cuando menos se vende muy cara. Así que paso rápidamente a explicar la situación del enfermo, que nunca es sencilla. En mi vida privada gesticulo mucho, pues me gusta explicarme con claridad (aunque cada vez me importa menos); por lo general en esos momentos ato mis manos al bolígrafo que sostengo y dirijo directamente la mirada a mis interlocutores. También en mi vida privada he tenido que entrenarme para no mirar fijamente a las personas a las que hablo o que me interpelan; sé que es una costumbre que incomoda a la mayoría mas no lo hago por nada malo, si no como una muestra de que tienen toda mi atención. Cuando estoy con un paciente y con un familiar, me olvido de esa regla autoimpuesta y mis ojos no descansan de ver directamente a las personas que buscan información, entendimiento, a veces justificaciones y siempre calma. Se los debo, porque están en el pasillo de la Salud perdida y yo soy el único, en esos momentos, que puede traer algo de serenidad a la tempestad en la que se hallan.

   Era una mujer normal, ni fuerte ni débil, de estatura mediana, con el cabello entrecano; en sus pestañas bailaban escondidas unas pocas lágrimas que no resbalaban de aquellos ojos por un acto de casi voluntad o quizá de testarudez. En contra de lo que se ve en las películas, raramente un familiar pregunta por su enfermo. Se acercan callados y se mantienen de pie a la espera de que empecemos a hablar. Una vez roto el hielo, las preguntas vienen como una tromba después. Ella no fue la excepción. Se acercó sujetando el bolso y esperó unos segundos a que yo me sentara en un recibidor que tenemos para ese fin. Me siento para estar más o menos a la altura de ellos, pues por lo general soy más alto y esa diferencia en el pasillo de la Salud perdida es más intimidante que reconfortante.

   Cuando me senté empecé a explicar el estado del paciente. Aquella mujer asentía una y otra vez, pero supe enseguida que no me estaba entendiendo. Y no porque no quisiera, es que no podía entenderme. Me miraba con aquellos ojos enormes llenos de lágrimas a rebosar y asentía con la cabeza; los labios abiertos intentando articular frases coherentes y las manos aferradas al bolso medio caído por su nerviosismo. Dando por sentado que poseía una información sobre la enfermedad de su marido que debían manejar (¡estaba en la lista de trasplante hepático!) me lancé a exponerle todos los peligros que corría el enfermo, derivados de su mal por supuesto, y de las pocas esperanzas que en aquel momento tenía.

   Yo estaba muy cansado y distraído; era tardísimo; el enfermo estaba mal y ardía en deseos de volver para mejorarlo lo bastante para que me diera tiempo de recostarme un rato y desconectar de aquella guardia larguísima y de mí mismo. Pero me di cuenta que esa pobre mujer no me entendía. Y en medio de una perorata de la que se desprendía claramente que lo más probable es que podría morir en horas, comenzó a llorar sin emitir un sonido. Enormes lagrimones transparentes se escapan de aquellos ojos color de castaña. Por un instante me reproché mi falta de tacto al dar por sentado muchas cosas que yo sé y que ellos debieran saber pero que ignoran (o que no entienden cuando se les dice, que es lo mismo): cómo es la cirrosis, lo difícil que es, lo grave que es; las vueltas que da; sus meandros que son en sí mismos una trampa de arena; y la pérdida lenta de una vida que se apaga como la llama de una vela al consumirse.

   Aquella mujer estaba desolada y triste en medio del pasillo de la Salud perdida, sin nada a lo que aferrarse a no ser la Esperanza. Para ella, y para todos los que no son profesionales de la salud, la Enfermedad es un limbo, una procesión dolorosa que atañe al cuerpo y al espíritu, un camino sin retorno en la oscuridad y sin más luz que la linterna de la Esperanza… ¿Y qué estaba haciendo yo? Apagando de un manotazo aquella llamita que la mantenía estable; lanzándola a aguas profundas en las que no podía nadar.

   Yo casi no tenía fuerzas. Pero esa mujer tampoco. Y yo poseía el Conocimiento, que en esos instantes es siempre el Poder, y el poder no da esperanzas, no da sueños pues trabaja con los tejidos de la Realidad, pero al menos da Confianza o cuando menos Resignación. Ella no tenía ni siquiera el consuelo de apoyarse en un muro en ruinas. Sólo le quedaban las lágrimas calladas, pues la voz no podía articular preguntas que desconocía. Y entonces callé.

   La dejé navegar un instante por las mareas de la desesperación y el miedo a lo desconocido mientras buscaba fuerzas para empezar de nuevo. Porque siempre hay que empezar de nuevo. Suspiré y cerré los ojos. Intenté calmarla con palabras habituales que asientan un poco al alma; mi voz sonó quizá demasiado dulce, con un poso de esperanza que no quería darle en mucha dosis. Y recapitulamos. Le expliqué someramente la situación de su marido, lo que lo había llevado hasta allí, los riesgos que ya conocían. A medida que iba desgranando la Enfermedad, ella asentía como recordando y sus ojos se iban secando. Yo sentía que estaba cogiendo fuerzas, las fuerzas que da el Entendimiento; la desesperación cedía el paso a la resignación y con ésta cierta luz al momento. Ella siguió asintiendo, pero su mirada había cambiado. Comprendía. Y yo volví a suspirar: habíamos comenzado a avanzar.

   Toda nerviosa firmó los permisos de ingreso; se equivocó al darme sus datos; se le olvidó el número de su teléfono móvil. Y yo le sonreí. No me importaban esas pequeñeces de las que está hecha la vida. Y ella sonrió a su vez, angustiada y resignada al mismo tiempo: seguía deambulando por el pasillo de la Salud perdida, pero al menos sabía un poco más, podía esperar sólo un poco más, pero podía ser ella en aquel angosto pasillo todo el tiempo que hiciera falta. Y tendría tiempo para pensar y para sentir, o dejar de sentir, hasta que el desenlace lo hiciese por ella. Y nos despedimos hasta la mañana siguiente.

   Qué dura es la pérdida de la Salud. Pero qué difícil es vivir en el limbo del pasillo de la Salud perdida. Hace seis años, tras serle diagnosticado cáncer a mi padre, ambos, mi madre y mi padre atravesaron juntos aquel pasillo por el que han estado tantas veces de la mano. La aventura del cáncer era nueva, y los peligros enormes, pero lo cruzaron con una confianza ciega, con una entereza admirable, porque son así de carácter pero también porque sabían que yo estaba allí, llevándoles por primera vez de la mano. Sabían que no les iba a engañar nunca y que sería siempre lo más claro posible. Y aún hoy recuerdan todo lo que ocurrió con cierto respeto pero con mucho humor. Hace tres años mi madre sufrió un ictus transitorio y el mundo pareció detenerse, porque ella es la base del planeta familiar, y sin embargo todos lo vivieron con confianza, porque yo estaba allí para ayudarlos a atravesar aquel paraje como la primera vez y porque estaban seguros que no les mentiría un ápice ni dejaría suelto ningún cabo que pudiera quedarse atrás. No dejó de ser duro; quedaron cicatrices que el cuerpo recuerda y que el alma nunca olvida. Pero allí están los dos, con sus achaques, con sus secuelas, juntos todavía y llenos de esperanza. La Esperanza que les da tener una mano guía en el pasillo de la Salud perdida.

   Ésa fue la razón de hacerme médico. Quería saber. Quería comprender. Y, por ende, ayudar. Las lágrimas de aquella mujer me hicieron recordar para qué estaba yo allí hablándole a las cinco de la mañana. En la UCI estaba su marido y dentro de a UCI yo estaba para ayudarle a él. Pero en el pasillo de la Salud perdida estaba ella, y allí mi obligación era ayudarla a ella, dentro de lo poco que pudiese hacer. Sus lágrimas me recordaron que más allá de mi propia tristeza o de mi cansancio o de mi frustración, hay una tristeza mayor, hay un cansancio mayor y hay una frustración aún más grande: la del desconocimiento, la de la desesperación y la soledad, la suya.

   A la mañana siguiente, el paciente seguía grave pero estaba un poquito mejor. Ni remotamente había salido de su estado crítico (todo lo contrario), pero ella era otra persona. A la luz del día su cansancio era evidente, pero su actitud lo era mucho más. Aún mantenía llorosa la mirada, aún las manos temblaban ligeramente. Pro sabía a qué atenerse, o al menos intuía por dónde debía caminar. Es una ilusión, porque el camino del pasillo de la Salud perdida es largo y único, pero de ilusiones está hecha la vida. Y ella ahora las tenía. Hasta me permití regalarle un poco de esperanza, atemperada eso sí, tibia como un chorrito de luz débil, del que ella bebió sedienta. Y no le dije nada más. Ella entendió y nos despedimos.

   Tras el chasquido de la puerta cerré los ojos y recorrí con la memoria todos los surcos que mi propio pensamiento ha labrado en el pasillo de la Salud perdida. Mis miedos y mis dragones son otros, pero también son mías otras armas… Aquella mujer, con sus lágrimas, me recordó que como profesionales de la salud nos debemos a todos, no sólo a nuestros enfermos. No importa la frustración o el cansancio o nuestra propia tristeza… Siempre hay alguien en esos instantes que sufre más, que siente más, que está más perdido, y es allí en donde debemos actuar… Aquellas lágrimas han quedado grabadas en mi memoria, aquellos ojos y esa palidez…

   Cuánto camino queda aún por recorrer…

Los tres mosqueteros: capa, espada y corazón/ The Three Musketeers: cape, sword and heart.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   Todo es maravilloso en la trilogía de Los Tres Mosqueteros. No sólo porque es una historia de aventuras, si no porque es un retrato de una época teñida con los aromas, la visión y los ideales de otra época; porque nos obliga a interesarnos por un tiempo del que apenas quedan sus restos, aunque esos restos sean hermosos, y porque hace que nuestro corazón se expanda y se encoja con tal pasión como sabiduría.

   Es un relato publicado por entregas. Y se nota. Y en ello veo yo uno de sus mayores logros. Imaginar que en pleno siglo XIX un escritor vaya reproduciendo una historia tan fastuosa y enérgica y esperar ansioso cada una de sus entregas, es algo extraordinario. Debió ser apasionante la redacción, el nacimiento y la salida al público de cada una de sus partes. Su éxito fue arrollador, y lo sigue siendo. Y leyéndolo, es fácil saber la razón. Y sin embargo, no ha debido ser una tarea fácil engarzar cada uno de sus relatos, cada uno de sus tiempos y la evolución no sólo histórica si no la vital de cada uno de sus personajes.

   Los tres mosqueteros es pura energía. Es aventura, alegría, divertimento, aunque planea sobre el relato cierta sombra que terminará desplegándose en los libros posteriores, con un final antológico y lleno de cierto amargor. Es increíble que ninguna de sus versiones cinematográficas alcance esa energía, esa entrega y esa aventura, y que todas hayan sufrido tamañas divergencias conforme al relato original. De hecho, es una pena que el gran público se quede con esas ideas, malos retales de una obra estupenda, teniendo un relato tan puro esperando a ser leído y  a ser llevado fielmente a la pantalla, sea la del cine o la televisión.

   Veinte años después es un libro más maduro; mucho, diría yo. Y por lo tanto más oscuro, más triste si cabe, pero está lleno de igual energía, la aventura igual de arriesgada y delirante y encierra en sí mismo algo de esperanza. Cada protagonista crece, evoluciona, gana en peso como gana en astucia y en años, y casi todos encuentran lo que buscan: a veces paz, a veces dinero, a veces cierta posición, y a veces lo pierden casi todo. Menos una amistad que elude el paso del tiempo y un amor incondicional que sobrevive a intrigas, a desaciertos y a encontronazos varios. Nada hay que no sea amor en todas las páginas de la trilogía de Los tres mosqueteros, y en Veinte años después llega a una cumbre única que permitirá el desarrollo de la última entrega, que nace en este libro como un rayo de esperanza que llena de promesas la vida del personaje quizá más interesante y profundo de todos: Athos.

   Es curioso que, siendo la historia de D’Artagan, o al menos siendo él su protagonista principal, que abre y cierra la trilogía, la raíz de la historia y su espíritu sean el lazo que une a éste con Athos y el destino del conde de la Fère. El amor paterno-filial y la admiración entre ambos personajes retumba en el corazón cuando se pasa cada página, cuando se termina una entrega y se comienza la siguiente. En el fondo, todos los personajes que pueblan Los tres mosqueteros son perdedores, y lo son porque la Historia es la que es y no puede cambiarse, como el propio destino, y porque siendo dueños de todo lo pierden todo, o lo sacrifican todo (que es lo mismo) a ideales aún más altos que la propia comodidad o la efímera fama: la virtud, la palabra empeñada, la hidalguía y la bonhomía, encarnados todos en el personaje de Athos (y que en D’Artagan laten escondidos hasta que finalmente se liberan)  y en el hijo de éste: Raúl, el vizconde de Bragelonne.

   Y con El vizconde de Bragelonne se cierra el ciclo de Los tres mosqueteros. Quizá sea la entrega más larga, la más descriptiva y la más historicista de todas ellas. Y es la que más representa el espíritu de la época en que fue escrita. Toda la trilogía es una oda del Romanticismo, mas en El vizconde de Bragelonne alcanza las cotas más altas, pues sus páginas son un canto a este movimiento artístico. No importa que su acción se halle doscientos años antes; quizá es una prueba que los valores más altos de los hombres se transmiten profundamente y no se pierden de forma fútil con el paso del tiempo; quizá sea un fresco del S. XIX pintado con los colores del S. XVII. Pero lo que encierra El vizconde de Bragelonne es una historia de amor romántico, la sublimación de todas las virtudes, de todos los defectos, de todas las esperanzas que los cuatro mosqueteros han posado sobre el fruto más perfecto de su tiempo: el hijo del conde de la Fère es el depositario de las esperanzas y de la juventud de Porthos, Aramis, Athos y D’Artagan, y por eso su comportamiento, sus andanzas y sus aventuras subliman las de todos ellos y quizá las justifiquen, las validen y finalmente las purifiquen.

   Raúl es bello y casto, puro y perfecto, honorable y honroso, digno de amar y ser amado. Pero vive en la corte de Luis XIV, y en la corte el mundo se traduce, se transforma a la sombra de los encajes, las sedas y los cristales. La energía y el vigor de las dos entregas previas aquí sufren un freno, o más bien una transformación característica del S. XIX: la recuperación preciosista de una época pasada; la descripción exacta del perfume de las flores, de las intrigas políticas que se mezcla con las intrigas de los sentimientos; los ideales de un mundo muerto ya y la recuperación febril de un espíritu quizá perdido en los recodos del tiempo ido. Las aventuras se subyugan como todo el poder a un rey absolutista; descubrimos que ciertos personajes tienen un transfondo intrigante y algo ciego; que el poder puede envilecer pero también ennoblecer; y que el corazón, el amor fútil, tiene su espacio en el mundo y que hacía mucho daño, tanto como en la actualidad.

   La trilogía aquí se diluye en dos intrigas paralelas que van en lento crescendo hasta un final trágico, pues es un drama romántico, pero a la vez un final muy lúcido. El amor va y viene, como mariposa sin descanso; el honor mancillado se transmuta en deber y en valor; y el honor, es bello fantasma, cobra el más alto peaje y el más efímero también… Cada personaje florece al calor de un sol que nace primero y posteriormente calcina; el ritmo se enlentece porque el verano de la juventud todo lo llena; y sin embargo acaba precipitándose, en las eternas aguas del canal de la Mancha, y en el rincón escondido de un bosque que pronto se olvida. Cada uno de sus personajes tiene un sentido, y todos alcanzan, de una manera u otra, lo que han anhelado siempre. Pero el anhelo tiene un peaje, y cada uno paga un alto precio por ello.

   El vizconde de Bragelonne es una obra romántica; Raúl es la sublimación de las querencias de un siglo en el que aún se creía que se podía morir de amor. Su destino, como el de Anna Karenina de Tólstoi, como el de Don Juan Tenorio de Zorrilla, o como el de María de Jorge Isaacs, está unido al de sus sentimientos; y la palabra ideal, la palabra honor, la palabra bonhomía, que tan bien había representado el conde de la Fère pero que pertenecía a otro siglo, en el vizconde de Bragelonne da un salto cualitativo y lo transmuta en eterna perfección y, por lo mismo, en su prematura muerte y su pronto olvido.

   La última entrega de la trilogía nos muestra que el hombre es mudable, que olvida fácilmente y que se cree sus propios sueños; pero a la vez nos enseña que la vida, las consecuencias de nuestros actos y el destino nos enseñan a acallar el orgullo y a adaptarnos a las circunstancias que nos ofrece. D’Artagan consigue que su valor y sus servicios sean por fin reconocidos, pero en un momento de su vida en el que no le preocupan tanto esas pequeñeces; Aramis sigue envuelto en su aire de intriga, y es quizá la representación más exacta de lo que un espíritu presto es capaz de hacer para extraer lo mejor de las circunstancias y servirse de ellas para sus intereses. Porthos, el hombre de corazón noble, lucha como un Titán en la isla de la Belleza; Athos, magnánimo como conde de la Fère, sublima su fortuna en su mejor obra: Raúl; y Raúl, como hombre perfecto, comprende que su espíritu elevado no puede vivir en un mundo que tan poco aprecia la belleza de la perfección, y por eso se sacrifica en aras de un amor que ni le llega a la altura de sus labios ni le ha proporcionado más que un dolor que le desgarra las entrañas y que le lleva a renunciar a todo, incluso a una vida maravillosa en las brumosas tierras de Inglaterra.

   En El vizconde de Bragelonne vemos cómo el poder termina siendo sojuzgado por la cabeza pensante de un rey que se cree el centro del mundo, y que intentará toda su vida asociar esta noción con las acciones reales. Y aunque sabemos que el sol alumbra de forma enceguecedora, éste termina por ponerse, y el final de una vida que se cree perfecta no lo es tanto, porque siendo rey es ser humano, y sus errores terminan siendo más pesados que sus aciertos, pues la vida cobra lo que regala: una favorita, un encaje, un país, un imperio, el mundo y la propia vida. Y todos aquellos que gravitaron bajo aquel influjo reciben de ella el mismo precio y el mismo fin.

   Hay puro romanticismo en la trilogía de Los tres mosqueteros. Porque, a pesar de las intrigas, las aventuras, las luchas, las desavenencias, los sueños y las desesperanzas, siempre predominan el aliento del amor y el poso de la tristeza. Y nada hay más atrayente que una mezcla semejante.

Frágil corazón/ Fragile Heart.

El mar interior/ The sea inside

   Querido corazón, ven aquí.

   Ya sé qué difícil es morir de amor. Pero nada muere de amor, frágil corazón, salvo quizá tú.

   Poco a poco. Tu muerte es lenta e imparable, como el viento que se lo lleva todo, frágil corazón, hasta los recuerdos de la memoria.

   Todo es lento. El amor que se inflama, el amor que se descama y la piel que, enrojecida, queda expuesta a la intemperie. Frágil corazón así es la vida, la tuya y la mía.

   Has querido. Lo has querido todo: su laxitud, su brevedad, su indecencia. Pero el amor es algo más, frágil corazón, que tus sueños; es algo más que tus anhelos.

   Y ahora eres un juguete roto.

   Frágil corazón.

Por primera vez…/ The first time…

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Esta mañana no quise despertarte. Dormías plácidamente enroscado sobre ti mismo como en una interrogación perpetua. El sol entraba suavecito, con esa dulzura que tiene en diciembre, dejando escapar un calor leve que apenas nos toca la piel.

   Apenas llegaba ruido de afuera. La calle parecía vacía, aunque ya no era tan temprano. El cielo estaba escarchado, como el borde de las ventanas, y el frío leve jugueteaba con el pelo de mi pecho. Me hacía cosquillas, como me hacía cosquillas tu espalda junto a la mía, y mi pecho junto a a tu espalda. Ese extenso mar de piel en donde verter cien millones de besos y en los que podría ver cien películas sin cansarme de su orografía.

   Era la primera vez que te veía dormir. Era la primera vez que tu rostro descansaba sobre mi almohada, tan cerca de mi corazón; la primera vez que tu pelo se mezclaba con el mío y sudábamos juntos y pasaban las horas juntos, en un desprendimiento físico y un agotamiento de próxima vez.

   Por primera vez veía tu rostro, las cejas tan bien dibujadas, esos párpados cerrados y la nariz recta y los labios bellamente cincelados en un rumor de oleaje. Nada me pareció más bello que tu presencia allí, en mi cama, en esta mañana de ensueño, en el que aún se veía la luna hecha un pincel en el horizonte, y las estrellas brillando en el sudor de tu piel y la mía.

   Respirabas lento, suave. Tan distinto de la noche, lleno de pasión y de ansia, y casi de melancolía.

   Por primera vez besé esos labios interrogantes y sentí que el mundo se diluía bajo mis pies y que tus brazos me sujetaban para no caer de rodillas dentro de tu corazón. En ese momento, en el que más fuimos uno, cogiste mi corazón tembloroso entre las manos  y lo mordiste con fruición, sin pedirme ningún permiso, y sin necesitarlo si quiera.

   Y la noche pasaba entre el océano blanco de mis sábanas…Por primera vez yacíamos juntos, y tu corazón latía tan cerca del mío que casi lloro de gozo, y tus manos rodeando el eje de mi cuerpo, haciéndome tierra y mar y aire y cielo a la vez… Por primera vez el amor duraba un ensueño más allá del tiempo. Lento entre tus brazos; rápido entre tus piernas; eterno en tu rostro…

   Por primera vez vi tu rostro lleno de gozo y la luna resplandecía en él, tras la blancura de las cortinas, tras el estallido de nuestras pieles… Y pensé reventar de amor allí mismo, entrelazados, y gozado de plena alegría con cada beso que me dabas, con cada abrazo, con cada arrullo.

   El cielo caído en la noche amanecía contigo dormido, rodeado de almohadas en un sueño níveo, con la boca discretamente abierta esperando un beso y las pestañas cerradas al sol suave de la mañana.

   Y  no quise despertarte porque era la primera vez que dormías entre mis brazos, porque era la primera vez que, yaciendo juntos, mi corazón temblaba de gozo por tenerte conmigo, y porque nunca me has parecido más dulce que esta mañana de cuento, ni más apasionado que esta tarde de arrullo, ni más feliz que esta noche en la que, de nuevo, bordeamos el ansia de un amor.

   Y jamás olvidaré esta mañana cuando vi por primera vez tu rostro lleno de sueño y lleno de mí, entre mis almohadas, entre el leve ruido de los cuerpos que se despiertan; ni cuando me encontré con la más luminosa de las sonrisas después de estirarte y de mirarme lleno de paz y con ganas de más…

   Por primera vez lleno de ti…

   Para no olvidarlo nunca.

Ya no hay más flores/ You don’t bring me flowers.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Ambos están sentados. Intentan desayunar. El hotel está lleno pero a esa hora, quizá un poco temprana, los turistas empiezan a desperezar y apenas molestan.

   Ellos podrían serlo, unos turistas en una ciudad desconocida, por la que caminar cogidos de la mano mientras observan las maravillas del mundo reflejadas en sus miradas, en las sonrisas veladas y en las palabras no dichas que el entendimiento rápidamente comprende. Ellos podrían serlo, pero ya lo fueron, y estaban allí para intentar recordar lo que una vez les unió.

   Y no es que se digan mucho: habían llegado a ese punto en el que el silencio es la salida más decorosa y la más fácil también. Apenas si han reñido alguna vez; creo que no recuerdan si quiera la última vez que uno molestó al otro. Si buscan en su memoria en común puede que consigan un par de rencillas por tonterías, que escondían detrás quizá algo más que fruslerías, y poco más. ¿Cuándo dejaron incluso de hablarse? No lo recuerdan. El tiempo con sus olas pequeñas termina por empaparlo todo y lo malo se diluye en lo bueno y lo bueno en lo que no se repite jamás. Como ese viaje que hicieron de mala gana, es decir con pocas esperanzas, para recuperar algo que ni muerto estaba, pues su amor (aquel amor) se había transformado en algo indescifrable y mudo, como sus rutinas diarias, que de tan afianzadas ya se sabían de memoria.

   Uno recuerda los cortos paseos que daban al comienzo de aquel amor que les consumió las energías: el nudo en la boca, un embrollo hecho de abrazos, la desesperación por no encontrar el botón perdido, el resto de tela que salvaba la desnudez. El otro, mientras tanto, mordisquea una tostada con poca gana, aunque podría tragársela entera de un solo bocado, como aquella boca sabrosa, con aquel sabor a menta y a café recién hecho, envuelto en el olor suave de todo el día, recién duchado y libre la piel de prejuicios y pesadillas…

   Recuerdan sin querer la penumbra de los cuerpos, el lento planear uno sobre el otro hasta alcanzar una calma común, un disfrute pronto olvidado. Uno recuerda cómo sonreían los ojos oscuros al verle atravesar el umbral con un ramo de flores en la mano, revueltas como su pelo, lleno de rocío nocturno. El otro ronronea canciones que murmuraba cerquita del oído, cuando los amantes se despliegan en abrazos a medio terminar, y el sueño del cansancio rompe el velo de una fantasía que se transforma en pasado.

   Ya  no habrá más mimos al amanecer, cuando el despertador sonaba y había que levantarse despacio con el calor de una compañía tatuado a la piel; ya no habrá comidas en el parque, sentados sobre la hierba fresca, rodeados de manzanilla y lavanda, oyendo corretear a los niños entre los murmullos de un abrazo y las palabras no dichas de una dicha común.

   Mucho aprendieron de ambos. Mucho supieron de cada uno. Tanto, que se aburrieron quizá, o perdieron el interés en amarse, tan sólida es la felicidad que acaba consumiéndose lentamente, siendo aún montículo cuando no es ya edificio, sentimiento o intención. Y sin embargo…

   Uno mira hacia el jardín despierto, mojado por el otoño, alfombrado por hojas secas que dan paso a una estación más severa y recia. Juguetea con la taza y la cucharilla, como una vez jugueteaba con los dedos que sujetan una tostada con aceite y revuelven distraídos un café que ya está frío. El otro suspira, perdida la mirada en aquellos árboles que se desnudan lentamente al paso del tiempo. Y recuerda cómo perdía una a una sus ropas, cómo yacían revueltas en una confusión de telas e intenciones con las del otro, y se enredaban piernas y torsos y manos y bocas y cabellos en un berenjenal de roces y de saliva, cayendo cada capa de vergüenza, cada centímetro de desazón entre el abrazo del amante y del querido, del deseado y el encontrado…

   Poco a poco el comedor acristalado se va llenando de gente. Gente extraña, como ellos. No, no como ellos. Ellos se conocen demasiado bien, y quizá por eso se calmaron las caricias lascivas y cesaron las preocupaciones y los celos, los latidos y el amor. Ellos se tienen cariño, un cariño que no es filial ni deja de serlo, como se quiere a un perrillo, a alguna tía anciana perdida en la lejanía de la sangre y el tiempo… Ellos aprendieron a amarse y a callarse, a ganar y a perder, a desgastarse y hoy, finalmente, a aceptarse. Ya no habrá más mañanas recubiertas de piel y de deseos, ni más bienvenidas al atardecer con el arrullo de una canción, ni más flores con las que adornar un salón que era de los dos.

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No puedo luchar más/ Can’t Fight this Feeling.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Mira que lo he intentado.

   He estado callado, he estado lejos de ti, sin tocarte si quiera, sin sentir el tacto loco de tu piel húmeda, ni conocer el sabor de unos labios carnosos que se juntan a veces para darme un beso y otras para hacer mohínes graciosos.

   He pasado noches en vela dibujándote, soñándote. Cada palabra que dirías, cada sí que me regalarías, y el abrazo enorme donde esconder mi cabeza y el arrullo de tu espalda en donde sembrar un millón de besos, un millón de quimeras que saldrían volando como mariposas hasta el cielo oscuro y sin nubes.

   Has sido la mejor compañía, aquella que calla cuando debe, que reconforta, que acerca su hombro, su mano y el calor que perdemos cuando la fe en nosotros mismos es más que polvo y menos que nada.

   Y aunque sé que no me amas como yo te adoro, he intentado negar que ese sentido llena mi corazón, y mi cabeza ha luchado tanto por mantener siempre ese límite infranqueable entre el amor y la amistad…

   Eres intransigente, eres especial. Nada parece hacer mella en ti, salvo el amor no correspondido, el mío sin duda, porque a veces te me quedas mirando cuando lo que siento no me cabe en los ojos y se me desparrama en lágrimas por la cara y preguntas curioseando, intentando bucear en un corazón que se cierra rígido, que se le escapa el sentimiento por la puerta de atrás. Hay días que no tengo sangre en las venas, sino una caligrafía entera con tu nombre grabado en ellas.

   Cuando lo supe creí morir de alegría… ¿Qué otro nombre podía tener ese nerviosismo de colegial, esa ilusión de verte llegar, de sentarnos juntos, de hablar hasta el amanecer? No miraba el reloj que fluía libre entre nuestros pensamientos; no había frenos al tiempo cuando estábamos juntos; no había filosofía ajena, sueños intermitentes, pensamientos arriesgados que no tejiéramos juntos, y algunas confidencias y el secreto encerrado que parecía olvidárseme a veces y que me recordabas de repente con un mohín, una caricia o una palabra sencilla, como el sonido de mi nombre entre tus labios…

   Sé que está mal. Sé que sólo quieres amistad. Porque buscas solaz en aquellos que no son como yo; que te dan una pasión que no encuentras en mí, o una morbosidad lejana y distinta de la cristalina serenidad que encuentras conmigo. Y aunque sé que me quieres, igualmente sé que no me deseas. Y para amar hace falta el deseo de amar y el saberse amado: yo no soy más que un reo prisionero de una ilusión a la que a veces le das alas y a veces sólo cera derretida que lo clava a la tierra.

   Y sin embargo no puedo luchar más. Cada palabra tuya es para mí un poema; cada pestañeo una noche sin luna; cada silencio, la antesala de una revelación que puede ser la deseada. No puedo luchar más contra esta marea que me hincha como un globo y hunde mis intenciones todas buenas, y ahoga mi conciencia que sólo me estorba, y deja flotando mi corazón latiendo por tu nombre y mis labios sedientos del agua de tus besos.

   Y aunque sigo preguntándome qué tienes dentro, si un corazón o un reloj de piedra, poco a poco me acerco a ti con los sentidos cambiados, la brújula revuelta, el estómago retorcido y la boca seca, porque no puedo luchar más contra esto que siento, que puede ser el fin del mundo, el comienzo del universo o sólo la muerte de nuestra amistad.

   Y tu amistad es lo que más valoro, porque te amo tanto que prefiero este papel ingrato de segundón tardío al mero corista de un olvido que te sería tan fácil como despedirme.

   Pero no puedo más con esto que llevo dentro; no puedo detener por más tiempo una cascada que fluye desde mis ojos, y ese océano rojo de sangre que va del corazón a mi boca y retorna desde mis manos al corazón. Mis manos que te rozan de lejos y que tiemblan, una y otra vez, una y otra vez tiemblan al senirte cerca…

   Y debo arriesgarme, debo armarme de valor y decirte lo mucho que te amo, lo que te idolatro a pesar de tus defectos; de lo mucho que te deseo a pesar de tus deseos, y de lo bien que te haría porque eres el bien de mi vida.

   No puedo luchar más en contra de lo que siento… Y lo que siento es, y seguirá siendo por siempre, tú.

Sorpresas y esperanzas/ Surprises and Hopes.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Medicina/ Medicine

   a Mikel Sanado.

   Hace un par de días, una tarde lluviosa y fría, me dirigía junto a un amigo y colega a jugar un poco al tenis. No describiré aquí lo patético que puede llegar a ser, tras 25 años sin darle a una raqueta (y no, la Wii no cuenta), intentar jugar a algo remotamente parecido al tenis, pero sí lo divertido que fue, lo mucho que me dolieron todos los músculos después, y el buen rato que pasamos tras años sin vernos.

   Casualmente ambos aparcamos en lugares contiguos. Mientras yo esperaba a que él saliese del coche, en la puerta del recinto un coche paró y su conductor bajó la ventanilla y me señaló. Soy muy miope y por lo tanto bastante despistado. El hombre del coche gritó no sé qué y yo le sonreí con esa cara de idiota que tengo cuando no entiendo nada y negué con al cabeza. Pensé que se refería a si había algún sitio libre en el aparcamiento (que no lo había). El hombre del coche aparcó el suyo a la entrada del gimnasio y yo dejé de verlo. En esto mi amigo se apeó de su propio vehículo y me miró sorprendido:

   – ¿No dijo tu nombre?

   Le dije que no le había entendido nada, pero que suponía, puesto que se dirigía al gimnasio, si allí había donde aparcar.

   Como llovía, fuimos corriendo hasta la entrada, donde debíamos dejar constancia de que íbamos usar la pista de tenis. De hecho lo hizo mi amigo, porque yo volví a ser interpelado por esa persona.

   Al acercarse a mí, me hizo de nuevo una pregunta:

   – Eres Juan, ¿verdad?

   Lo miré asombrado. Algo se activó en mi cabeza.

   – Pues sí.

   – ¡Lo sabía! ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo! He venido con Miguel a rehabilitación acuática, está muy bien desde que salimos del hospital hace un año… Ahora, eso sí, no se acuerda de nada de su tiempo en UCI, pero de todo lo demás…

   Hace tiempo me pasó algo similar en los pasillos del hospital*. Pero allí puedo actuar con más soltura, porque mi rol está claro. Aquí, con unas pintas que prefiero no describir, sin afeitar, totalmente relajado y alejado de mi función principal, me sentía uno más, así que ese buen hombre me cogió aún más desprevenido si cabe.

   En esas, tardé un poco más de lo normal en captar de quién me estaba hablando. Pero poco a poco en mi cabeza se hizo la luz. Y recordé ese rostro de padre preocupado, ciertas raíces vitales comunes, y un largo camino de casi dos años atrás. Estaba sorprendido de que me recordara, de que supiera aún mi nombre, y que me reconociera, a metros de distancia, con tanta claridad.

   Mi amigo esperaba callado, tan asombrado como yo, supongo, tras de nosotros.

   El buen hombre me tomó del brazo y me acercó hasta donde estaba un chiquillo luchando con ajustar su andador, porque las lesiones cerebrales que le habían quedado de secuela le impedían una coordinación motora adecuada. El empeño que el chaval ponía en la tarea, como si se le fuera la vida en ello, era encomiable. Durante un segundo sentí la urgencia de acercarme a ayudarlo, pero algo había en la resolución de sus gestos y en la inmovilidad del padre que ahogó ese deseo.

   – Ha pasado un año y medio y mira qué bien está.

   Me dijo con gran orgullo el padre de Miguel.

   – No se acuerda de nada de la UCI, ni siquiera que tuviese el pelo rapado…

   Mientras decía esto, con su mano acariciaba aquella cabeza llena de un precioso pelo negro lleno de rizos.

   – Pero sí se acuerda del resto…

   – Es normal que no se acuerden de nosotros. Entre la medicación y todo lo que les pasa, es mejor así.

   – Pero nosotros sí nos acordamos de todo.

   En ese momento, Miguel levantó la cabeza. Unos preciosos ojos castaños sonreían. Había conseguido ajustar su andador. Y se hicieron más brillantes cuando encontró la mirada de su padre. Una risa encantadora se escapó de aquella boca. Un pendiente de acero colgaba de su oreja izquierda. Y sus manos temblorosas reposaban en el manillar del andador. Cuando reparó en mí, su sonrisa se cerró un poco.

   – Mira, Miguel, tú no te acuerdas, pero él es uno de los que te cuidó cuando estabas muy malito en la UCI después del accidente… Él es Juan, que fue muy bueno con nosotros…

   Yo no sabía qué decir. En general, consigo rápidamente encajar el caso con el enfermo. En este caso, quizá por estar tan fuera de contexto, o porque veía por fin a uno de nuestros enfermos en un ambiente normal, o porque, además de todo, yo estaba realmente descentrado y emocionado, apenas pude recordar su caso. Rememoré su cama (la número 1) y parte de las pequeñas desgracias del día a día. Recordé que había subido en coma a la habitación, y que teníamos pocas esperanzas en su recuperación.

   Miguel tenía cerca dieciocho años cuando tuvo un accidente de tráfico. Como consecuencia de él, un traumatismo cráneo-encefálico había dañado parte de su cerebro y del cerebelo, y al menos mientras estuvo en la UCI, un coma que a su alta no era muy profundo pero que le impedía comunicarse con su entorno. Pero Miguel, casi dos años después, estaba allí, en un gimnasio, ajustando con dificultades su andador, para acudir a rehabilitación de la marcha, llena la boca de sonrisas y la mirada más pura que había visto en mucho tiempo… Y su padre acompañándolo y reconociéndome en medio de la calle, la lluvia y el tráfico.

   – Pues sí, Miguel, él es uno de los médicos que nos ayudaron a llegar hasta aquí.

   El chaval quiso levantarse, pero le dejé estar sentado. Y en vez de saludarlo con un apretón de manos, mi primer impulso fue acariciar esa cabeza llena de rizos morenos y sonreírle de vuelta. Miguel se echó a reír a su vez y me señaló el andador con cara consternada.

   – ¿No te gusta?

   Era obvio.

   – Sí, es más cómoda la silla de ruedas. Pero los neurólogos nos dijeron que había que caminar para mejorar la coordinación, y nadar, que es lo que vamos a hacer ahora, ¿verdad, Miguel?

   El chico ponía morritos.

   – ¡Oh! En la piscina se lo pasa bien. ¿Sabes? No tiembla tanto. Pero llegar hasta allí en el andador no le gusta mucho…

   Yo me eché a reír. Y mi risa reverberó en todo el gimnasio.

   – Me lo imagino.

   Pocos minutos después, nos despedimos. Yo seguía un poco sorprendido, aunque espero que el padre de Miguel no se diese mucha cuenta de eso.

   Mientras los veíamos dirigirse poco a poco a la piscina, pensé en las esperanzas que hay que albergar a veces; la dureza del presente a veces;  las sorpresas del Destino; las decisiones que se toman a veces y las que toma la Vida por nosotros, y nuestros compromisos posteriores. Si Miguel fuese un chico de treinta años quizá no estaría hoy así. Si fuese un hombre de sesenta, quizá no hubiese salido vivo del hospital. Hemos desarrollado una tecnología increíble que nos permite muchas veces sostener artificialmente la Vida; esta capacidad viene unida, empero, a una responsabilidad mayor, a encarar una serie de decisiones y de consecuencias que pueden comprometernos por siempre: moral como económicamente, social como individualmente.

   Yo no quiero ser una carga para nadie. No deseo que otras personas dejen su vida por mí, para cuidarme. Mientras crecemos, es ley de vida. Es normal pues nacemos desamparados, esperando que se nos sostenga para poder evolucionar, crecer y madurar. Pero después no. A veces, en la situación que estuvo Miguel, muchos enfermos se estancan y  su sufrimiento, y el de sus familiares, no tiene fin. Y no me refiero al dolor físico, al que gracias a Dios podemos hacer frente, si no a un dolor más sutil y profundo, como es el dolor personal, el daño moral, el advenimiento de un compromiso superior. Un bebé da trabajo; una persona adulta con severas lesiones traumáticas, también. Un niño no es consciente de su situación, pues la damos por sentada. Un adulto, sí. En esta balanza de querencias y deberes muchas veces me subo mientras trabajo y la altura de mis sentimientos, la profundidad de mi pensamiento, llegan a darme vértigo y me emocionan.

   Yo no deseo llegar a ese extremo. Si la vida me reserva una sorpresa así, mi única esperanza sería la de la muerte.

   Y sin embargo, esa tarde estaba contemplando la Vida. Miguel, con paso dificultoso y mucha dedicación, caminaba paso a paso un siglo de su vida para llegar a la rehabilitación, y su padre, paciente, junto a él, contando cada uno de esos pasos como un triunfo y cada día que pasaba, como una batalla ganada a la sombra del Fin.

   Los padres de Miguel, y Miguel un año y medio después, habían aceptado las sorpresas de la Vida y encaraban su futuro con esperanzas. Seguro que en ese camino ha habido y habrá noches de flaqueza, momentos de desazón, instantes en que deseamos abandonar toda lucha, encarar de otra manera nuestro presente. Y sin embargo estaban allí. Con una determinación obsesiva construyendo, poco a poco, un destino en el que todos estaban vivos y llenos de esperanzas.

   – Había dicho tu nombre, no me equivoqué.

   Me dijo mi amigo mientras, mojados, llegábamos a la pista cubierta. Yo suspiré.

   – Lo que digas. Pero algo has debido hacer bien para que él se acuerde, no ya de ti, sino de tu nombre, dos años después. Y con esta pinta, para variar. ¿No te dije que íbamos a jugar un rato al tenis?

   Y me dio un raquetazo en el culo que hizo hacerme reír.

   Desde el otro lado de la pista, en medio de un charco de agua, estaba esperando su saque. Lanzó un pelotazo a tal velocidad que me sorprendió (y no sé porqué, ya que mi amigo es muy fuerte; aquél no era mi día). En aquel instante mi única esperanza era responderle con un resto aunque fuese modesto sin tener que ir a recoger mi brazo al medio de la pista. Y lo hice. Aunque salió fuera del recinto y perdimos la pelota.

   – Te la debo.

   Le dije. Pero en realidad se lo decía a Miguel y a su padre.

   Mi amigo se echó a reír.

   – ¡Nah! Olvídalo. Eres un buen tío.

   Y seguimos jugando hasta que terminamos, cansados los dos una hora después, en medio de un temporal universal.