Eres tú/ It is You.

El mar interior/ The sea inside

12120378_1635690316708904_278183429_nPaseo por el salón. El parquet se queja un poco. Y dejo rastros de pétalos a mi paso. Sí, no, sí, no.

En el tercero C te has mudado. No hace ni una semana. Nos hemos visto varias veces. En el rellano de la escalera y esperando un poco más al ascensor. Una sonrisa cómplice, un mira-cómo-tarda y cabezas asintiendo. Y después tocaste a mi puerta porque no sabías a quién llamar: algún problema con la luz. Eres nuevo en la ciudad, en el país. Y sonríes como si no pasara nada. Y que sol en tu mirada.

Y paseo por el salón con una copa en la mano. Debo llevar casi una botella de tinto. Un sorbo y otro más. Y otra vuelta por el salón, gastando el suelo, manchando la alfombra de vino y de pétalos.

Eres tú. Sin duda.

Afuera llega el otoño y todo es color de oro y cobre. Y las hojas caen con un vals que me gustaría bailar contigo. La cintura justa, la espalda recta, cierto movimiento torpe de los pies. Y la sonrisa de sol. Y esa mirada azul de extranjero sorprendido. Por mí, claro. O eso espero.

Estoy pensando invitarte a tomar algo. Que te sientas cómodo en esta casa llena de libros que ya nadie lee. Que me gusta presumir de cultura general. Y hablar con epítetos y metempsicosis; palabrotas grandes que van contigo, con ese aire despistado de hombre de letras, y esa camisa entreabierta y el pecho a medio ver.

Eres tú. Lo sé.

Y deshojo esta margarita para que me prediga el futuro. Esas gafas doradas, es pelo revuelto, esa sonrisa imperfecta. Y ese aroma nuevo. Eres tú, seguro. Que me impide dormir, que me hace soñar despierto, y que me induce a pensar una y otra vez todas las maneras posibles, sin parecer un acosador desesperado, de encontrarnos casualmente. Ya he agotado las oportunidades del ascensor y de las escaleras, y en el portal, a fuerza de tropiezos, ya sabes el truco de la llave en la cerradura. Quise llevarte una tarta casera, pero resulta que eres alérgico al gluten y claro, la harina así no te va bien. Me tuve que comer toda aquella trata de hojaldre de manzana, con empacho y dos kilos de más. Y hasta que no di con una receta de galletas no paré; las hice y casi se me quema el horno, que no controlo yo estas harinas procesadas. Y el humo casi alarma a los bomberos y menudo escándalo monté para libertar solo una, que te ganaste por haber sido mi salvador: llamaste al 112 y vi el cielo abierto. No todo el mundo sabe el teléfono de los problemas domésticos.

Eres tú. Lo sé. La margarita me lo acaba de decir, y ahora la veo despelucada entre mis manos. Y parece mi corazón que late alocado por ti, el vecino nuevo del tercero C, con mirada traviesa y algo perdida, recién llegado con el otoño, con ojos de cielo y caminar de bronce. Y si pudiera cantar, la de serenatas que te hubiera llevado; pero mi desvarío tiene algo de freno, al menos. Y sin embargo…

¿Una fiesta? ¿Una reunión improvisada? Amigos precisos, investigación hecha, el mejor vino, los dulces sin gluten y hasta comida koscher, que me pareces medio judío on esa nariz aguileña y esa mirada perdida a veces. A mí me da lo mismo, que de católico a ateo a ortodoxo o cirílico casi no hay paso, y sería como una vuelta al origen de la felicidad si me abrieras los brazos enormes.

Eres tú. La margarita me la ha dicho y mi corazón no hace más que brincar dentro del pecho. Se me llena la boca diciendo tu nombre, que descubrí apenas ayer. Y a tu semblante perfecto puedo añadirle un nombre y hasta melódico suena de tan extraño. Va a ser ahora que eres irlandés y no judío, y el idioma gaélico se te enreda entre las vocales latinas, y todo el embrujo sea sólo ese…

Da igual. Eres tú.

Oigo el sonido de unas llaves, y sé que estás pasando justo por el pasillo de mi puerta, alisándote el pelo revuelto por las borrascas otoñales. Y doy un salto de gimnasta entrenado y casi me estrello contra el suelo. Puedo alcanzar el pomo de la puerta y en un impulso se me sale un grito al abrirla de golpe.

Y te asusto. Y sonríes. Y me dices una parrafada que no entiendo porque estoy demasiado ocupado ordenando las ideas en la cabeza y dándome cuenta que llevo una camiseta horrible, ajustada eso así, pero llena de manchas de lejía, y el pelo hecho un lío cósmico, como mi corazón, que se me sale de la boca cuando te veo.

Pero sonríes y parece que te da igual. Con la mirada sorprendida cabeceas señalándome tu portal. Vas de bolsas llenas de comida hasta la coronilla. Y yo hecho un cisco. Pero no puedo dejarte así. Y salgo. Y te libero de mucha carga, que se nota el gimnasio (creo). Y oímos un estruendo enorme: mi puerta se ha cerrado por la corriente de aire con un terremoto que amenaza con no abrir jamás sus goznes. Y puede que tenga razón.

Te acompaño hasta la puerta. Abres, me sonríes de nuevo, me coges las bolsas y balbuceas en ese idioma extraño cuatro cosas y yo pongo cara de tonto. Y me dejas allí, en el dintel, casi harapiento, con lo brazos cansados de cargar veinte bolsas del súper y más solo que la una. Pero no importa. Eres tú, lo sé. Porque todo me ha parecido un sueño: caminando entre nubes, oyendo el arrullo de un río en tu boca, y viendo el cielo estrellado en esos ojos azul mar. Y todo es una maravilla.

Eres tú, lo sé.

Pero cuando llego a mi puerta me doy cuenta que estoy atrapado: las llaves han quedado dentro y no cargo copias fuera. Y menuda faena. Adentro ha quedado el vino y la margarita despelucada, y los cientos de libros por aparentar, y mi billetera. Y mi móvil.

Eres tú, lo sé.

Pero menuda gracia el cerrajero cuando llegue y tenga que pagarle la minuta.

Como no resuelva este problema que eres tú me voy a arruinar. Y tendré que mudarme lejos de ti.

En fin. Puede que todo esto sea el preludio de la felicidad.

¿O no?

Miguel Blanco González: In Memoriam.

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S15D1003Llegaba con su voz grave, sus ojos melancólicos y risueños y la actitud enorme de quien está dispuesto a ayudar. Así es Miguel Blanco, neurólogo del Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela (CHUS), donde yo también trabajo.

Nos conocemos desde el año 2003 e incluso desde antes, en la facultad de Medicina. Pero desde ese año, cuando viene al CHUS a trabajar como adjunto de Neurología, es cuando nuestra relación se estrecha. No sé, quizá nos reconocimos en la forma de trabajar, sin duda en la actitud de Servicio y en las ganas de hacerlo todo lo mejor posible, no siguiendo una línea perfeccionista (que lo era), si no más bien en hacer lo mejor en pro de un paciente.

Charlábamos por las noches, cuando los caos que atendía cruzaban nuestros caminos; en realidad, trabajamos mucho juntos, pues nuestras especialidades tienen puntos en común y nos dependemos mutuamente. No había caso difícil al que me negara a echarle una mano; jamás me dijo, por más ocupado que estuviese (y era un hombre ocupadísimo) que no pudiera hacer lo propio. Su compromiso era su palabra, y también su fama: no sé si hay algo que no supiera hacer bien; para mí, Miguel ha sido, quizá, uno de los diez mejores profesionales contemporáneos con los que he tenido la fortuna y el inmenso privilegio de aprender día a día en esta profesión.

Su claridad de ideas, su saber, están tamizados por su sentido común, lo que yo más admiro en una persona, y sus sonrisa casi a la par de su inteligencia, y esa inmensa calma con la que parece atajarlo todo, hacía que abusáramos de él más de lo que él pensara posible.

Miguel y yo, cuando coincidimos, hablamos de todo: el paciente primero, claro; pero entre medias, de lo divino y lo humano, y tejimos un par de ideas, de sueños que rápidamente él quiso materializar, pero que loas vaivenes de las jefaturas y las administraciones detuvieron durante mucho tiempo. Pero como no ha sido nunca un hombre que se amilane, con ese positivismo que lo caracteriza, hace un par de semanas volvió a tratar esos temas conmigo, y volvimos con nuevas energías a la búsqueda de esos sueños: ni la muerte detendrá unas ideas que se impondrán finalmente en la práctica hospitalaria del CHUS, estoy seguro. Quizá no como las hubimos planeado entre los dos, pero lo harán, y en eso tanto él como yo (como en casi todas las cosas, por lo demás) también estamos de acuerdo.

Yo confíe en él para que evaluara a mi madre cuando tuvo un ictus: su amabilidad natural se multiplicaba en la atención al paciente. Su galanura (¡qué guapo eres, Miguel!) hizo que mi madre se lo dijese en plena exploración neurológica. Se sonrojó hasta las pestañas, y se dedicó a hacer un doppler transcraneal como si el piropo, nacido de la admiración y del agradecimiento, no fuese con él. Aún así, desde aquel día, mi madre, que no es mujer del montón, decía a quien quisiese que él era su neurólogo y lo recomendaba con una fe inquebrantable y pura.

Me gusta llamarlo y charlar de naderías, de la evolución de los residentes, de todo lo que podemos hacer para lograr que el CHUS sea más armónico, más amable, más acorde con los tiempos que corren. Llamaba para recibir consejo sobre algún paciente y venía a darlos, a la hora que fuese, si se lo pedíamos. Miguel, todo amabilidad y bonhomía, hizo más amable la Neurología, y formó un equipo que sigue unas pautas (por lo demás sencillas, pero difíciles de alcanzar) de saber hacer, de querer hacer y de solicitud casi como un autorretrato.

Hay estrellas que merecen estar en el cielo. Miguel Blanco González es una de ellas. No es sencillo resumir una vida, la de cualquiera. Si Miguel llamaba yo acudía sin preguntarle qué quería; si lo llamaba, él me atendía por más inocente que fuese mi petición. Él estaba para servir y para evolucionar y para hacer del mundo un lugar mejor. Y así lo ha hecho. Hay estrellas de brillo singular que, aún entre nosotros, refulgen como soles. El verdadero lugar de Miguel Blanco González está allá, en las galaxias, entre el cielo y ese espacio sin enfermedades ni penas, sin rencores ni pulsiones que llamamos Universo, y que no es más que el tejido latiente de un corazón: el suyo, y el de su estupenda familia que ayer ha quedado sin él.

Te he admirado siempre, Miguel. Eres uno de esos ejemplos que me gustaría ser y sé que no alcanzaré nunca. Y tú lo sabes. Como comprendías que hacemos un buen equipo, aquí o allá, juntos o separados. Ahora sabes más; siempre has sabido más que yo. Y eso me sigue admirando. Tu delicadeza, tu inteligencia, tu disposición, tu bonhomía. Qué pocos hombres hay como tú, Miguel, y qué gusto ha sido compartir estos años profesionales contigo, esos planes, esos momentos, por siempre breves, en tu compañía. El mundo ha sido un lugar mejor porque tú has habitado en él; mi mundo nunca será el mismo porque en él estarás tú por siempre.

Gracias, Miguel, por tanto, y por nada.

Si tú no bailas conmigo/ If You Don’t Dance With Me.

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11909290_513402365495967_1941512709_nTodo está listo. Las mesas llenas de rosas, las velas encendidas, el mar de gente arrebujada, colorada y adormecida por la comida y el champán. Se oyen risas y esa conversación tímida de murmullos y algunos gritos ahogados. La música comienza a sonar.

Las parejas se levantan. Algunas van de la mano, otras simplemente se miran y salen a bailar. La orquesta toca canciones de amor. Suave, pegajoso, rico para bailar. Los cuerpos se unen y se separan con cadencias de caricia y el aire parece que se agita y se eleva, y hasta las estrellas se dejan ver por el techo acristalado.

Tú y yo estamos juntos, sentados. Nuestras piernas se rozan al ritmo del baile. Siguiendo los sones, nuestras rodillas se unen y se separan, y nuestras manos debajo de la mesa. Somos como ellos pero somos diferentes. Bailamos con nuestras manos, con nuestras rodillas debajo de la mesa, a escondidas, como si fuera un error. Pero yo sé que no somos así. Y tú también. Pertenecemos a esa raza de gentes que vive todo en un escándalo, todo una fosforescencia que acaba por aburrir, a la que se le niega cualquier derecho o se le mira de reojo; la excepción, no la regla. Y nos apetece bailar así, juntos y despegados, sintiendo el calor de las mejillas, el lento planeo de una gota de sudor y la risa ahogada de la complicidad.

Notar tu cintura firme entre mis brazos, la anchura de tu espalda que es un mundo nuevo, el aroma de las gardenias mezclado con la cera de las velas, y el brillo de tus ojos así, cerquita de los míos, que estallan de tanto amor y orgullo y gustazo de tenerte conmigo. Notar el tacto de tu pecho abierto y de tus labios en los míos, arrullados por la música que suena, tan lenta y tan dulce, los dedos liberando botones para que transpire el amor, y los brazos alzados, las piernas tensas entre piruetas y giros, y la sonrisa alada, y el corazón retumbando de puro gozo.

Me apetece bailar. Quisiera que todos en esta fiesta, que se recogen en la normalidad de una vida gris, supiesen que tú y yo estamos juntos. Que esa tu boca besa la mía, que esos tus brazos rodean mi espalda, que esas tus piernas me atrapan cada mañana esperando a que me quede un ratito más antes de ir a trabajar.

Me apetece tomarte de la mano y llevarte al centro de la pista, donde el aire es límpido y las estrellas brillan y la música retumba como un corazón latiendo, y besarte lento, suave, y tomarte entre mis brazos y notar la fuerza de tu cuerpo único y la ligereza de tus pies que se hacen leves al bailar. Quisiera que todos esos que viven como si la vida fuera de otro supieran que, entre los excesos y los silencios, el amor anida en todos los mundos y que tú y yo hemos fundado un planeta que desea ser libre, una idea de amor que de tan normal puede parecer única, de tan habitual no llame jamás la atención.

– ¿Bailamos?

Me dices.

Tus ojos brillan. Y los míos sonríen. Eres travieso. Y adoro tus travesuras. Y esa boca entreabierta, y ese pecho enorme entre la camisa y la chaqueta. Y nuestras manos unidas, y el roce de las rodillas, y ese balanceo suave de tu cadera en la mía.

– Si tú no bailas conmigo, prefiero no bailar.

Como la noche, me quedo en vilo. Y tu voz es un sol lleno de estrellas y las gardenias abren sus pétalos hasta hacerse horizontes blancos.

– Sin ti, no estaría aquí. Aquí. Y quiero bailar, sí. Contigo.

Y nuestros dedos entrelazados se liberan de su escondite. Y nuestras piernas se llenan de energía y nuestros corazones laten a la vez. Sonreímos. Hombro con hombro nos encaminamos al centro  de la pista; con el bamboleo sensual de la música, y bajo las estrellas, nos miramos. Y no decimos nada. Y sonreímos. Y cerramos los ojos. Y nuestros labios se encuentran en el vacío. Y la música sigue su ritmo y nuestros cuerpos se bambolean con ese sonido de marea y arena. Y no nos importa nadie, pues nuestro mundo es inmune al qué dirán.

Y bailamos. Una y otra vez. En la noche eterna tú y yo. Y como única compañía, la música alada y las estrellas.

Muchas historias de amor/ Many Love Songs.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

11909368_1622836367968515_1114160158_n¿Cuántas historias de amor habrá? Por cada persona una y miles; por cada siglo, millones quizá. Desde que el mundo es mundo gira en torno al amor. Lo que perdemos o ganamos, lo que nos hace sentir: el miedo atroz al abandono, la inmensa alegría de lo novedoso, la plenitud única de sentirnos vivos.

¿Cuántas hostiras de amor se habrán escrito y se habrán cantado? Incontables. Como los corazones anhelantes y heridos, como los despreciados y queridos.

¿Cuántas palabras no se habrán dicho, cuántas frases no se habrán compuesto, poemas y canciones, novelas y epigramas? El corazón late y enloquece al pensamiento, lo marea y le da la vuelta, lo inflama y lo seduce, y las palabras brotan como los sentimientos y los sentidos se abren y se hinchan de gracias y perpetuidad, de para siempre y hasta nunca, de saberes y de olvidos.

Mi historia contigo es única. Porque es nuestra. Y todo lo que tengo tiene ahora tu nombre. Cada latido, cada inspiración para llenarme de ti; cada pestañeo que te retrata, cada trago que te saborea. Ni miles de siglos de sentimientos acumulados se parecen en nada a lo que tú enciendes en mí, y también lo que atemperas y diluyes. Cada palabra de amor, de una historia de amor, es sólo entre tú y yo; cada susurro, cada caricia: la mañana que se enciende, la noche que llega, el rumor del sueño entre suspiros, y el vértigo del placer y de la nada. Porque tú eres único para mí.

Ninguna historia de amor, de las muchas que hay, se parece a la nuestra, porque tú la inspiras, tú le das forma. En el centro de mi pecho y en mi garganta, que se aturrulla de sonidos, que se atraganta de besos para darte; y en mi cabeza, que se ennegrece cuando estás lejos, que brilla inhumana cuando me acaricias.

De las muchas historias de amor, la nuestra destaca por encima de todas: tú eres el centro de mi universo; los límites también, su culmen y su nadir. Para mí no hay mayor abismo que tú cuando discutimos, ni puerto más tranquilo cuando llego, cansado, a tus brazos. El mundo deja de ser mundo a tu lado, y un mundo que es nuestro mundo nace de cada beso, de cada abrazo, de cada sonrisa y cada lágrima; pues lloro cuando nos queremos de cerca y suspiro, intranquilo, cuando te marchas.

Hay muchas historias de amor, y nunca nos cansamos de oírlas, de verlas, de leerlas. Hay muchas palabras enredadas en sentimientos, y muchos sentidos encontrados y enfrentados. Pero ninguna como la nuestra, que se apresura a juntarlas todas y alambicarlas en los tejidos del corazón, para nacer, renovadas, en cada gesto y en cada susurro. Nada hay viejo en nuestro abrazo; nada es viejo en nuestro amor.

¿Cuántas historias de amor habrá? No me importa saberlo, porque todas se resumen en ti. Y en lo que me haces sentir y en lo que nos hacemos vivir, y en lo que está por quedar, en las arrugas de las sábanas, en el resto de los desayunos, en los besos que, hasta cansados, nos damos.

Nunca antes había sentido esto… Esto que me alborota los pensares, que me derrite y me deshace, que me hace frágil y fuerte, de cristal tallado por tus caricias, y de acero noble por tus besos. Nunca antes me había sentido así… Y, de las muchas historias de amor, amor, sólo escojo la más hermosa, la más imperfecta, y la única que en realidad importa: la tuya de amor conmigo; la mía de amor, amor, contigo.

Qué felicidad.

Vida.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

10261113_673640542672354_595072481_n Cuando un paciente fallece en la UCI es necesario que cerremos su historia clínica. Es parte de nuestro trabajo y nuestra responsabilidad, el último servicio que prestamos a un enfermo.

En general, es una labor un tanto ardua y habitualmente dejamos los sobres de las historias clínicas en papel en una estantería donde se van guardando hasta que se cierran. Cuando mi padre falleció en la UCI el año pasado sus tres grandes sobres permanecieron en la estantería, como el de cualquier enfermo más, durante un tiempo.

Cuando pasaba a revisar aquellas historias que me tocaba cerrar, tropezaba con ellos y me quedaba unos minutos mirándolos. Los acariciaba con los dedos, recordando cada uno de los días que él pasó ingresado, cada instante de nerviosismo y de alegría, de risa y de miedos y de llanto. No me animaba a abrir aquellos sobres cuyo contenido conocía tan bien, y verlos allí era un recuerdo constante de su paso por mi vida.

En todo este tiempo que ha pasado, tiempos de ajuste y de cambios, a veces me quedo en silencio cuando paso por el cubículo quince, donde estuvo aquellos largos ocho meses. No tenía que hablarle. Él me veía desde allí ir de un lado a otro, y con su buen ojo, sabía que estaba cerca. A veces me sonreía y yo le devolvía a sonrisa; y a veces, yo me lo quedaba mirando en la distancia, sabiendo que su progresión era mínima y que no saldría de allí. No se lo decía, pues nadie he conocido tan vital pese a su larga vida de enfermo, así que cargaba con esa certeza callada durante todo el tiempo necesario hasta que se hizo claro a mi madre y hermano que él no viviría más.

Me quedo callado cerca de esas puertas mientras mi memoria recrea todas esas mañanas, esas tardes, esas noches que pasamos juntos, y que él pasó junto a todo el equipo de UCI que se entregó como nadie a su cuidado. A veces alguien cae en la cuenta y me dice cualquier cosa o me da una palmada en la espalda, y ese momento congelado pasa y todo vuelve a la normalidad.

Ayer por fin decidí abrir el informe del cierre de historia de mi padre. Allí estaba resumida su vida hospitalaria, su vida de enfermedades variadas, y sus ocho meses de ingreso. Escrito con una concreción y un respeto casi único por uno de los médicos a los que tenía en más respeto y con quien conversaba, en las noches de insomnio, sobre la vida en América y el día a día. Ese compañero, en un regalo final, nos añadió a todos y cada uno de los médicos que lo atendieron alguna vez, en representación de todo el equipo de enfermería, auxiliares y celadores que se dedicaron con tanto cariño a él. Y escribió mi nombre en la última línea. Mi nombre, como responsable también de su cuidado, como deudor de su vida, como cuidador e hijo.

La Vida que nos da esas sorpresas, que nos sacude y nos da la vuelta y nos hace sonreír y llorar y temer y pensar. Todos los errores que cometí, todas las acciones imperfectas, las impaciencias que tuve, las irrupciones sin sentido, los accesos de ira por no ser entendido, el agobio de ser el único en mi familia que sabía, que conocía cuál iba a ser el fin de toda aquella lucha sin sentido, pero que tenía que ser llevada a cabo, como cada una de las facetas de la Vida, solo como nunca, no sé si comprendido, pero amparado por todos y tan cansado…

La Vida que nos deja solos, que nos obliga a aceptar cargas cuyo peso tambalea nuestros hombros, que nos arroja a abismos de los cuales pensamos no poder salir; que nos hace sentir culpables y a veces merecedores de elogios y de alegrías. La Vida que se regala generosa y ciega, pero que siempre cobra un tributo, un peaje. Todavía lo estoy pagando. Cada uno de nosotros lo está haciendo a su manera.

Tengo una copia de ese informe. Y cada página es un retrato de cada momento que pasamos juntos. Mientras estuvo sedado; sus infecciones; las veces que, paciente, toleró pinchazos y manipulaciones; su desagrado a ser tratado como un mueble, su posterior capitulación a ser bañado, levantado y sentado y acostado, embadurnado de crema, y a ser alimentado y cuidado. A hablar a través de una cánula de traqueotomía y a respirar a través de una máquina.

Oh, la Vida que me ha regalado momentos increíbles y cuyos ocho meses más duros no han quedado todavía atrás.

No fui valiente ni justo ni ecuánime. Con nadie. Y menos conmigo mismo. Y la Vida me ha llenado de silencio, que pugna por ser roto y a veces por ser entendido y escrito. Puede que lo consiga, como aquel que escribió ese informe casi perfecto, y que consideró (me consideró) digno de aparecer en él como uno de los cuidadores de ese paciente de la cama quince que era, que fue, que es, mi padre.

Vida…

En tus ojos/ In your eyes.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

1389302_885594204841493_590617694_nEn tus ojos lo veo todo. Las luces de la calle, su solead sonora, el repiqueteo de la lluvia en las aceras. Tu cuerpo echado a un lado, a mil metros de mí.

En tus ojos siento mis lágrimas, que parecen rebasar el balcón de mis pestañas. Pienso en ti, que duermes como si nada, cuerpo abandonado de toda dicha ajena al sueño, soñando seguro con algo lejano a mí.

Podría decir que me estoy volviendo loco. En realidad, muero de tristeza. Se me nota en la voz, se me escapan en los suspiros de boca abierta. Intento tocarte, pero estás tan lejos en esta cama enorme, que parece un planeta deshabitado. Nuestro lecho es un océano que separa dos mundos cuyas costas ya no se conocen, o se han aburrido de quererse.

En los ojos veo que ya no me quieres. O me quieres distinto. El paso del tiempo madura el amor y a veces también lo desgasta. Tus labios tienen un rictus algo amargo, que casa tan bien con esa pequeñas arruguillas en las sienes. Ya hay alguna hebra de plata en ese cabello de oro, y me doy cuenta, como revelado, que nos hemos hecho más mayores y que la vida pasa, como la noche y la lluvia y la tormenta de repente, anclándose en otras dimensiones, en otros planetas.

El reloj cambia minuto a minuto al tiempo. No importa. Los segundos parecen congelados en las sonrisas que ya no tenemos, y en las caricias que a veces nos damos mecánicamente, como cumpliendo un rito. Antes era un milagro, lo veía en tus ojos, cada beso, cada tacto, esa piel sentida y achispada, con olor a madera y a flores abiertas, desplegadas y únicas. Y en la risa y en el silencio. Ahora es pesado como un secreto, y el incienso del sacrificio inunda nuestro hogar: has cambiado de perfume y te has cortado el pelo. Ni la bella melena rubia cubre ahora la almohada, que te desnuda la nuca hermosa, la espalda de bramante, entretejida y fuerte como nuestro amor. O nuestro cariño. O el brillo de tus ojos y los míos.

Cierro mis ojos y veo los tuyos: el brillo de unas pupilas dilatadas por el alcohol y a veces por el deseo. Y tus dedos recorriendo una y otra vez la autopista de mi pecho, ensortijado a veces, a veces enredado en unas caricias que se quedaban a anidar en mi vello para siempre. Y la lengua graciosa y los labios suaves, desplegados como velas en la mar, y la fuerza que eleva los cuerpos y las llamas que purifican las intenciones y que reducen todo a la nada.

El amor, por ejemplo. Y el brillo de tus ojos.

En tus ojos veo que pronto te irás. O que me marcharé yo. No puedo dejar este lugar hermoso que hemos creado juntos; tus libros, mis películas, todo aquello que tiene un origen común. No puedo dejarte sin este lugar donde, una vez entre abrazos, me confesaste que era el único en el que serias feliz.

Feliz siempre, conmigo o sin mí.

Y me doy cuenta, así de repente, con un rayo que ha caído muy cerca, que se ha acabado. El cielo se desploma entero en la noche eterna, las paredes tiemblan y tú ni te inmutas, la boca entreabierta, algo seca, y los párpados cerrados; la luz argentina de la calle platea tu pelo de sátiro. Y casi me vuelvo loco, porque la verdad duele más que las acciones, los actos que desvelan las intenciones ocultas: el silencio ante un comentario; un nuevo corte de pelo, un perfume que alguien te regaló y que te ha encantado.

Veo en tus ojos cerrados todo esto. Son las tres de la mañana y no he conseguido conciliar el sueño, porque mi corazón se niega a capitular sus defensas en una batalla perdida mientras tú descansas ya en el triunfo del guerrero. El resultado de una guerra muda, casi sin discusiones, con ausencia de caricias y de ruegos, y que se estrella una y otra vez como las gotas de lluvia en la ventana, y en el duro asfalto.

No hay descanso para mi corazón adolorido. Pero lo he visto en tus ojos antes de quedarte dormido; lo noté en tu mudez de buenas noches, y cuando te pusiste boca abajo mirando a la pared. Ni siquiera una pequeña caricia, ni un te sigo queriendo, o un intentarlo de nuevo o un tal vez. En tus ojos ya está todo dicho y yo debo aceptar, pues no puedo luchar más.

Pero sigo despierto recordando el brillo en tus ojos, la desnudez de sentimientos y quizá el frío de tu corazón. Y mis dedos helados y esta noche que no acaba nunca.

Arriesgarse/ Taking Risks.

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11352343_156482694691611_83553776_nTodos los días, en cada hora de cada día, una decisión conlleva un compromiso, una acción, una reacción y un destino. Y miles de cosas me pasan por la cabeza: temores de todo tipo, de desagradar, y el peor, de equivocarme. A veces esas acciones son inconscientes, o llevadas a cabo a través de la autopista de la intuición. Otras, se sopesan tanto que todo sentimiento de frescura se alambica hasta desaparecer por completo, y esa acción carece de frescura pero procura teñirse de mayor seguridad. Pero en todas se esconde la posibilidad del error, de lo desagradable, de la pérdida.

Hay una tendencia, siendo yo el primero, de quedarnos varados en nuestra tranquilidad, jugando en las aguas serenas de lo conocido. En esos límites de acción, el error casi desaparece, las respuestas que se derivan de esas decisiones suelen ser ya conocidas y, por tanto, poseemos armas para afrontar la reacción que se produce. Yo el primero. Pues odio sentirme incómodo, carecer de armas para defenderme, enfrentarme a la critica ajena, y errar. No lo tolero, casi me resulta insoportable. Conducir, aparcar, escoger la marca adecuada de leche, intentar no derrochar, ser inventivo y simpático, sereno y vivaz; limpiar la casa o la ropa que me pongo, todas esas pequeñeces de las que está hecha la vida me impulsan a salir de mis límites conocidos y por tanto me obligan a coger riesgos. Imagínense trabajando en al UCI.

Cada decisión es un posible error. Cada decisión será criticada con lupa por mis compañeros, sometida a una disección dañina en esa lucha de egos de la que la Medicina no sólo no se libra sino que parece avivarla. Cada orden médica que decido impulsará la máquina de Enfermería y de Auxiliería y de Celaduría. Y sus miedos y los míos se encontrarán y se unirán o se repelerán sin remedio.

Hay múltiples factores que se combinan en los intercambios humanos a todos los niveles; en el profesional, cuando tomamos en nuestras manos la Salud, y por tanto la calidad de vida (y la Vida) de los pacientes, estos están imbricados en la misma profundidad de cada ser. Yo el primero. Cada guardia es una batalla constante entre la acción y la inacción, decidir lo correcto y hacer lo que se debe hacer. Cada guardia es una batalla campal de egos, de miedos y frustraciones. Cada guardia es un sin fin de riesgos que tomar y que vivir.

Al cansancio, al nerviosismo, a lo ignoto, se les añade la carga insoportable del error, de la burla, de la crítica, del miedo y, a veces, la de nuestra natural tendencia a la molicie y el abandono.

Cada guardia es para mí un trasvase de energía sin igual que me deja vacío, seco, lleno de un cansancio que me arrebata el sueño y por tanto el descanso; un examen continuo, que se repite una o dos veces (a veces más) por semana, que no distingue días señalados ni cumpleaños ni fiestas, y que borra toda posibilidad de estabilidad vital, ese supuesto ideal de vida que parece una línea recta pero que, en el fondo, es una carretera secundaria llena de derroteros absurdos y de baches.

En ese estado de furias interiores (me viene de repente la imagen platónica del Auriga y sus dos caballos, blanco y negro, en pugna constante por llevar el mando de la cuadriga, y por tanto, del conductor que intenta equilibrar esas fuerzas y esos egos de la mejor forma posible) cada vez tropiezo con la inestabilidad de muchos de mis compañeros, generalmente más jóvenes, que no están acostumbrados o no quieren enfrentarse a la dura realidad que significa ser un médico de guardia. En general esa actitud dubitativa o de huida no se ve en los demás estamentos sanitarios con la misma frecuencia. Pero es esa frecuencia en ascenso lo que me alarma.

Cada guardia se está transformando en una lucha continua frente a esa actitud de avestruz de las nuevas generaciones de médicos, algo coyuntural y generacional supongo, pues dejando aparte sus capacidades (que son enormes) muchos de ellos carecen, o no desean tener, esa oportunidad de decidir, ese vértigo de arriesgarse. Y claro que asusta, y claro que nos obliga a tomar decisiones cruciales, que conllevan la última responsabilidad y y el abismo del mayor de los errores. Arriesgarse, para esta nueva generación de médicos, les aterroriza, y por tanto no actúan, y por tanto su actitud es la de liberarse prontamente de una carga que les parece muy pesada (que ES muy pesada).

Es una generalización, y me arriesgo a ella pues cada vez es más frecuente que destaque el que trabaja, el que se arriesga, el que salta al vacío; de todas maneras, gracias a Dios hay magníficas excepciones con las que trabajar es casi un juego, y todo riesgo, una aventura única.

Pero esta actitud de huida, de escape me está minando, está acabando con las fuerzas que mi propio conflicto deja mermadas y que el trabajo en equipo veía reforzadas y hasta revitalizadas. Echo mucho de menos la complicidad, el saber que del otro lado del campo de juego está un compañero que, luchando sus propias batallas interiores, pone todavía en primer término el supremo acto de Servir, con todas las consecuencias que conlleva; que, pese a todo, es capaz de aprehender su responsabilidad diaria y arriesgarse.

Qué fácil es quedarnos encerrados en nuestro interior, o dedicarnos a aquello en lo que somos naturalmente diestros. Temo que yo no soy brillante en nada, y cada actividad a la que me dedico me produce vértigo y miedo. Como esquiar, por ejemplo, o entrar en un gimnasio, lleno de una población que parece salvaguardar las normas de un club exclusivo que no pueden ser reveladas al primer neófito que cruza sus puertas. Escribir es para mí un riesgo, pero también un gusto; trabajar cada día: sedar a un paciente, intubarlo, coger líneas arteriales o venosas, sopesar un tratamiento, repensar un cambio de actitud, y muchas veces decidir cuándo dejar de luchar o cuándo seguir adelante.

Arriesgarse tiende las cuerdas de nuestra vida, pero es la Vida, es aquello por lo que estamos aquí: enamorarnos, asearnos, vestirnos, enfermarnos. Todo en al vida conlleva una decisión, y por tanto un error o un acierto, y por tanto un riesgo. En ese estrés y en esa calma se halla el secreto de una vida sana, o al menos feliz. Y yo no tengo esa llave todavía, o se me han mezclado los mapas.

Trabajar así se hace difícil. A la precariedad laboral, al estar expuestos constantemente al ojo crítico de los demás, se añade el peso inabarcable del trabajo ajeno en soledad, un miedo que se alimenta de otro miedo y que genera situaciones incómodas donde la última palabra, la última acción, la última responsabilidad es mía. Y así no deberían ser las cosas.

Todos jugamos este juego del riesgo. Algunos cobran verdaderas fortunas por patear un balón, por actuar ante una cámara, por decidir qué leyes encajan mejor con la sociedad del mundo. Otros no tenemos esa suerte, ni ese reconocimiento. Y ahora tampoco, me temo, la propia colaboración entre iguales.

Qué difícil es vivir, por favor. Y lo que queda.