Muchas historias de amor/ Many Love Songs.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

11909368_1622836367968515_1114160158_n¿Cuántas historias de amor habrá? Por cada persona una y miles; por cada siglo, millones quizá. Desde que el mundo es mundo gira en torno al amor. Lo que perdemos o ganamos, lo que nos hace sentir: el miedo atroz al abandono, la inmensa alegría de lo novedoso, la plenitud única de sentirnos vivos.

¿Cuántas hostiras de amor se habrán escrito y se habrán cantado? Incontables. Como los corazones anhelantes y heridos, como los despreciados y queridos.

¿Cuántas palabras no se habrán dicho, cuántas frases no se habrán compuesto, poemas y canciones, novelas y epigramas? El corazón late y enloquece al pensamiento, lo marea y le da la vuelta, lo inflama y lo seduce, y las palabras brotan como los sentimientos y los sentidos se abren y se hinchan de gracias y perpetuidad, de para siempre y hasta nunca, de saberes y de olvidos.

Mi historia contigo es única. Porque es nuestra. Y todo lo que tengo tiene ahora tu nombre. Cada latido, cada inspiración para llenarme de ti; cada pestañeo que te retrata, cada trago que te saborea. Ni miles de siglos de sentimientos acumulados se parecen en nada a lo que tú enciendes en mí, y también lo que atemperas y diluyes. Cada palabra de amor, de una historia de amor, es sólo entre tú y yo; cada susurro, cada caricia: la mañana que se enciende, la noche que llega, el rumor del sueño entre suspiros, y el vértigo del placer y de la nada. Porque tú eres único para mí.

Ninguna historia de amor, de las muchas que hay, se parece a la nuestra, porque tú la inspiras, tú le das forma. En el centro de mi pecho y en mi garganta, que se aturrulla de sonidos, que se atraganta de besos para darte; y en mi cabeza, que se ennegrece cuando estás lejos, que brilla inhumana cuando me acaricias.

De las muchas historias de amor, la nuestra destaca por encima de todas: tú eres el centro de mi universo; los límites también, su culmen y su nadir. Para mí no hay mayor abismo que tú cuando discutimos, ni puerto más tranquilo cuando llego, cansado, a tus brazos. El mundo deja de ser mundo a tu lado, y un mundo que es nuestro mundo nace de cada beso, de cada abrazo, de cada sonrisa y cada lágrima; pues lloro cuando nos queremos de cerca y suspiro, intranquilo, cuando te marchas.

Hay muchas historias de amor, y nunca nos cansamos de oírlas, de verlas, de leerlas. Hay muchas palabras enredadas en sentimientos, y muchos sentidos encontrados y enfrentados. Pero ninguna como la nuestra, que se apresura a juntarlas todas y alambicarlas en los tejidos del corazón, para nacer, renovadas, en cada gesto y en cada susurro. Nada hay viejo en nuestro abrazo; nada es viejo en nuestro amor.

¿Cuántas historias de amor habrá? No me importa saberlo, porque todas se resumen en ti. Y en lo que me haces sentir y en lo que nos hacemos vivir, y en lo que está por quedar, en las arrugas de las sábanas, en el resto de los desayunos, en los besos que, hasta cansados, nos damos.

Nunca antes había sentido esto… Esto que me alborota los pensares, que me derrite y me deshace, que me hace frágil y fuerte, de cristal tallado por tus caricias, y de acero noble por tus besos. Nunca antes me había sentido así… Y, de las muchas historias de amor, amor, sólo escojo la más hermosa, la más imperfecta, y la única que en realidad importa: la tuya de amor conmigo; la mía de amor, amor, contigo.

Qué felicidad.

Hacia atrás, hacia adelante/ Looking back, looking forward.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Cuando estaba en mi último año de residencia médica, que comúnmente abreviamos en R5, en vísperas de pasar una temporada fuera rotando en Estados Unidos, estaba de guardia. Por la tarde, nos comentan un caso terminal desde quirófano. Un caso típico de problemas abdominales por una cirugía previa años ha.

Lo que hacía curioso este caso es que el enfermo era SIDA terminal. No sólo VIH positivo, sino SIDA y moribundo. La operación no añadía gran cosa a su condición, salvo el estado de aguda gravedad en el que se encontraba previo a la cirugía. Cuando llegó, ya despierto y extubado, aún algo dormido, me llamó la atención lo joven que parecía (apenas pasaba de los cuarenta años) y la belleza que mantenía, esa hermosura de las cosas perdidas.

Debido a su estado, y para mejorarle, hacía falta adminsitración de medicamentos por vía intravenosa, lo bastante potentes para dañarle las venas periféricas, por lo que necesitábamos canalizar una vía central, en una de las venas más grandes del cuerpo a las que tenemos acceso. No sabía nada de su historia previa, salvo que padecía en esos momentos, entre otros males asociados a su enfermedad, Coriorretinitis por Citomegalovirus, una entidad nosológica de marcada gravedad dentro del VIH: es decir, tenía un enfermo de SIDA entre mis manos.

Cuando estábamos mi adjunto y yo decidiendo qué sería lo mejor, el enfermo despertó y preguntó con la mirada qué tal se encontraba. Se lo dijimos. Asintió con esa tristeza y cansancio tan habituales. Inmediatamente preguntó por su pareja, que seguro lo estaba esperando.

Mientras el adjunto perfilaba el tratamiento, fui a hablar con él. Sí: era homosexual. Sí: su estatus fue adquirido por contacto sexual. Una historia como muchas, pero con ciertos matices: en España, y en Galicia, el porcentaje de enfermos VIH positivos se caracteriza por ser de mayoría heterosexual, adictos a drogas parenterales (ADVP), en vías o no de desintoxiación. Asimismo, son pluriserológicos: habitualmente la infección por el VIH coincide con hepatitis por virus C y virus B (VHC, VHB) con una morbimortaidad muy superior.

Le pregunté a su pareja si él también era portador del virus. La normativa médica nos impide realizar sin consentimiento (salvo causas de fuerza mayor) las pruebas serológicas de VIH y, por supuesto, si no es paciente, la persona preguntada tiene todo el derecho a no decirlo. Yo lo sabía. Pero había algo en aquel enfermo y en aquel hombre que tenía delante de mí que hizo que me saltase las normas a la torera. Mirándome fijamente respondió que no, que eso había sido en una relación anterior a la suya (llevaban cerca de veinte años juntos.) Era consciente de su estatus de VIH desde que lo conoció y aún así no le importó seguir a su lado. Lucharon contra todos: la familia del enfermo, que aún sabiéndolo con un pie en la tumba no vinieron a verlo; la suya propia por unirse a alguien seropositivo, la Enfermedad, y los avatares de una vida en común tan prolongada.

Aquel hombre de aspecto sano, rotundo, de esos de largas tandas de gimnasio y jogging, me sonrió tímidamente entonces. No sé qué reconoció cuando nuestras miradas se encontraron. Yo estaba muy delgado en aquel tiempo de trabajo agotador, cansado y lleno de ojeras; al día siguiente me esperaba una maratón de quince horas de viaje; llevaba casi veinte trabajando sin parar, y no sé porqué me sonrió en aquel momento tan duro para él. Le cogí de la mano y le mostré como pude mi pesar por la situación que vivían: veinte años de entrega y de fidelidad terminaban en una cama de UCI y en la soledad más absoluta para ambos. Y lo comprendía. Y me sonreía a mí, al portador de las malas noticias.

– Hemos estado siempre juntos desde que nos conocimos. Luchamos juntos, reímos juntos, amamos juntos… Me gustaría…

No hizo falta que me dijese más. Le interrumpí con una discreta inclinación de cabeza.

En ese instante llegaron sus familiares con gran ruido y alboroto, abrazándolo con una pasión que me llamó la atención. Discretamente me escurrí como pude de aquel cuarto y los dejé solos. Aunque él no estaba solo.

Al llegar a la cabecera del enfermo, el adjunto ya tenía el tratamiento decidido. Me preguntó mi opinión. Como residente, aún como R5 que era en aquel momento, la decisión última es siempre del adjunto clínico. No tuve nada que objetar: aquello era también lo que yo tenía en mente. Sólo le transmití el favor que su pareja me había pedido sin decírmelo. Había esperado su confirmación y no me equivoqué: su pareja se quedaría a su lado hasta el último suspiro.

Como el tratamiento de mantenimiento requería a fin y al cabo la colocación de una vía central (labor del residente), empecé a explorar al enfermo y a explicarle lo que íbamos a hacer. El hombre estaba entregado entre la medicación y el cansancio.

Cuando iba a disponer todo lo necesario, el adjunto me detuvo.

– ¿Quieres que lo haga yo?

Yo le miré con una expresión interrogante en la mirada.

– Juan, a ti te queda aún mucho tiempo por delante… Si pasase algo… Déjame a mí: ya he vivido bastante y si me infecto, poco problema habría…

Pocas veces tengo miedo una vez que tomo una decisión. Los momentos previos a ella estoy nervioso (al menos internamente), porque sopeso lo bueno y lo malo de cada situación. Pero una vez que tomo una decisión cargo con todas las consecuencias y esa decisión es, en la mayoría de las ocasiones, irrevocable.

Pensé en aquel hombre que esperaba en el Pasillo de la Salud Perdida para poder vivir junto a su amado el último de los viajes, el último suspiro de cordura, de risa, de llanto. Esa fidelidad única e insondable, en el que cabían todas las lágrimas, todas las risas y todos los besos, hablaron por mí.

– No. Ya lo hago yo. Es mi trabajo, ¿verdad? Pues así será.

Fue en un otoño, hace ya seis años, y aún estoy aquí. Sigo interpretando casos, cometiendo errores; a veces maldiciendo mi suerte; a veces sonriendo plenamente. Deseando un abrazo y un beso; rodeado de intrigas y de sonrisas, de mala suerte e incomprensión. He pasado por valles y por altiplanicies; he sentido mucho miedo y me he dejado llevar. Pero aquella entrega de un millón de besos sigue grabada en mi memoria, y cuando decaigo, me sirve como combustible para seguir adelante.

La fealdad existe, la envidia genera conflictos; la maldad campa a sus anchas por el mundo; la destrucción y la avaricia; la incomprensión y la desigualdad siembran brumas en el horizonte. Pero el mundo continúa girando, y el amor llena el planeta; el amanecer ilumina los espíritus y la noche irradia al alma. Y un millón de besos se atesoran en la memoria y en el corazón…, porque aún hay esperanza.