Pequeñas historias de amor (IV)

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

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@RalfPascual

Te contemplo dormir. Me da un poco de vergüenza. Porque es más que estar desnudo a plena luz. Es ser nosotros mismos libres, sin disfraces, llenos de vulnerabilidad.

Pero es lindo. La libertad de tu cuerpo, la expresión serena de tu rostro. No hay luchas ni pretensiones, vives la inmensidad de ti mismo; no hay miedos ni dudas. Verte dormir es vivir la divinidad.

Huyes de todo; huyes de mí. No me importa. Desvelado intento atraerte a mí; vano intento. Pero me consuela sentir tu calor, ese toque sensual y ligero de la piel desnuda, ese movimiento planetario que tan pronto te acerca como te aleja de mí. Y me maravillo. Y me siento único. Me hallo amado.

Por ti. En tu dejadez. En tu abandono. En tu sereno dormitar.

Los párpados cerrados, la nariz suave, ese movimiento de los labios que apenas se tocan, y hasta el ruido juguetón de algún ronquido que se escapa, con ese tono grave de las cosas calladas.

Giras tu cuerpo. Duermes de lado, como los niños pequeños. Y es que tienes de infante ese gozo increíble, esa curiosidad infinita, esas ganas de reír y de no depender de nadie.

Quisiera decirte que te quiero. Como no me dejas hacerlo, intento demostrarlo en cada cosa que nos concierne, en cada detalle. Pero mientras duermes somos por entero libres, tú en tu mundo y yo en el nuestro despierto; me hago el valiente, me visto con mi corazón en la mano y te lo suelto así, con todas las letras: T-e-q-u-i-e-r-o. Y aunque baile solo conmigo mismo, compartiendo esto contigo transformo ese baile en un poema eterno, donde nuestros versos se entrelazan como piernas hambrientas y forman un universo nuevo, en el que ni tú ni yo pretendemos más de lo que queremos y obtenemos exactamente lo que anhelamos… Aunque sea un sueño (tuyo) y un desvelo (mío).

Te tapo con la sábana: comienza a refrescar. Ajusto mis almohadas. Me recuesto a tu lado. Así puedo seguir viéndote mientras se van cerrando mis ojos. Así puedo soñarte despierto mientras caigo dormido. Dormido en tu hechizo…

Arriesgarse/ Taking Risks.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Medicina/ Medicine

11352343_156482694691611_83553776_nTodos los días, en cada hora de cada día, una decisión conlleva un compromiso, una acción, una reacción y un destino. Y miles de cosas me pasan por la cabeza: temores de todo tipo, de desagradar, y el peor, de equivocarme. A veces esas acciones son inconscientes, o llevadas a cabo a través de la autopista de la intuición. Otras, se sopesan tanto que todo sentimiento de frescura se alambica hasta desaparecer por completo, y esa acción carece de frescura pero procura teñirse de mayor seguridad. Pero en todas se esconde la posibilidad del error, de lo desagradable, de la pérdida.

Hay una tendencia, siendo yo el primero, de quedarnos varados en nuestra tranquilidad, jugando en las aguas serenas de lo conocido. En esos límites de acción, el error casi desaparece, las respuestas que se derivan de esas decisiones suelen ser ya conocidas y, por tanto, poseemos armas para afrontar la reacción que se produce. Yo el primero. Pues odio sentirme incómodo, carecer de armas para defenderme, enfrentarme a la critica ajena, y errar. No lo tolero, casi me resulta insoportable. Conducir, aparcar, escoger la marca adecuada de leche, intentar no derrochar, ser inventivo y simpático, sereno y vivaz; limpiar la casa o la ropa que me pongo, todas esas pequeñeces de las que está hecha la vida me impulsan a salir de mis límites conocidos y por tanto me obligan a coger riesgos. Imagínense trabajando en al UCI.

Cada decisión es un posible error. Cada decisión será criticada con lupa por mis compañeros, sometida a una disección dañina en esa lucha de egos de la que la Medicina no sólo no se libra sino que parece avivarla. Cada orden médica que decido impulsará la máquina de Enfermería y de Auxiliería y de Celaduría. Y sus miedos y los míos se encontrarán y se unirán o se repelerán sin remedio.

Hay múltiples factores que se combinan en los intercambios humanos a todos los niveles; en el profesional, cuando tomamos en nuestras manos la Salud, y por tanto la calidad de vida (y la Vida) de los pacientes, estos están imbricados en la misma profundidad de cada ser. Yo el primero. Cada guardia es una batalla constante entre la acción y la inacción, decidir lo correcto y hacer lo que se debe hacer. Cada guardia es una batalla campal de egos, de miedos y frustraciones. Cada guardia es un sin fin de riesgos que tomar y que vivir.

Al cansancio, al nerviosismo, a lo ignoto, se les añade la carga insoportable del error, de la burla, de la crítica, del miedo y, a veces, la de nuestra natural tendencia a la molicie y el abandono.

Cada guardia es para mí un trasvase de energía sin igual que me deja vacío, seco, lleno de un cansancio que me arrebata el sueño y por tanto el descanso; un examen continuo, que se repite una o dos veces (a veces más) por semana, que no distingue días señalados ni cumpleaños ni fiestas, y que borra toda posibilidad de estabilidad vital, ese supuesto ideal de vida que parece una línea recta pero que, en el fondo, es una carretera secundaria llena de derroteros absurdos y de baches.

En ese estado de furias interiores (me viene de repente la imagen platónica del Auriga y sus dos caballos, blanco y negro, en pugna constante por llevar el mando de la cuadriga, y por tanto, del conductor que intenta equilibrar esas fuerzas y esos egos de la mejor forma posible) cada vez tropiezo con la inestabilidad de muchos de mis compañeros, generalmente más jóvenes, que no están acostumbrados o no quieren enfrentarse a la dura realidad que significa ser un médico de guardia. En general esa actitud dubitativa o de huida no se ve en los demás estamentos sanitarios con la misma frecuencia. Pero es esa frecuencia en ascenso lo que me alarma.

Cada guardia se está transformando en una lucha continua frente a esa actitud de avestruz de las nuevas generaciones de médicos, algo coyuntural y generacional supongo, pues dejando aparte sus capacidades (que son enormes) muchos de ellos carecen, o no desean tener, esa oportunidad de decidir, ese vértigo de arriesgarse. Y claro que asusta, y claro que nos obliga a tomar decisiones cruciales, que conllevan la última responsabilidad y y el abismo del mayor de los errores. Arriesgarse, para esta nueva generación de médicos, les aterroriza, y por tanto no actúan, y por tanto su actitud es la de liberarse prontamente de una carga que les parece muy pesada (que ES muy pesada).

Es una generalización, y me arriesgo a ella pues cada vez es más frecuente que destaque el que trabaja, el que se arriesga, el que salta al vacío; de todas maneras, gracias a Dios hay magníficas excepciones con las que trabajar es casi un juego, y todo riesgo, una aventura única.

Pero esta actitud de huida, de escape me está minando, está acabando con las fuerzas que mi propio conflicto deja mermadas y que el trabajo en equipo veía reforzadas y hasta revitalizadas. Echo mucho de menos la complicidad, el saber que del otro lado del campo de juego está un compañero que, luchando sus propias batallas interiores, pone todavía en primer término el supremo acto de Servir, con todas las consecuencias que conlleva; que, pese a todo, es capaz de aprehender su responsabilidad diaria y arriesgarse.

Qué fácil es quedarnos encerrados en nuestro interior, o dedicarnos a aquello en lo que somos naturalmente diestros. Temo que yo no soy brillante en nada, y cada actividad a la que me dedico me produce vértigo y miedo. Como esquiar, por ejemplo, o entrar en un gimnasio, lleno de una población que parece salvaguardar las normas de un club exclusivo que no pueden ser reveladas al primer neófito que cruza sus puertas. Escribir es para mí un riesgo, pero también un gusto; trabajar cada día: sedar a un paciente, intubarlo, coger líneas arteriales o venosas, sopesar un tratamiento, repensar un cambio de actitud, y muchas veces decidir cuándo dejar de luchar o cuándo seguir adelante.

Arriesgarse tiende las cuerdas de nuestra vida, pero es la Vida, es aquello por lo que estamos aquí: enamorarnos, asearnos, vestirnos, enfermarnos. Todo en al vida conlleva una decisión, y por tanto un error o un acierto, y por tanto un riesgo. En ese estrés y en esa calma se halla el secreto de una vida sana, o al menos feliz. Y yo no tengo esa llave todavía, o se me han mezclado los mapas.

Trabajar así se hace difícil. A la precariedad laboral, al estar expuestos constantemente al ojo crítico de los demás, se añade el peso inabarcable del trabajo ajeno en soledad, un miedo que se alimenta de otro miedo y que genera situaciones incómodas donde la última palabra, la última acción, la última responsabilidad es mía. Y así no deberían ser las cosas.

Todos jugamos este juego del riesgo. Algunos cobran verdaderas fortunas por patear un balón, por actuar ante una cámara, por decidir qué leyes encajan mejor con la sociedad del mundo. Otros no tenemos esa suerte, ni ese reconocimiento. Y ahora tampoco, me temo, la propia colaboración entre iguales.

Qué difícil es vivir, por favor. Y lo que queda.