Vida.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

10261113_673640542672354_595072481_n Cuando un paciente fallece en la UCI es necesario que cerremos su historia clínica. Es parte de nuestro trabajo y nuestra responsabilidad, el último servicio que prestamos a un enfermo.

En general, es una labor un tanto ardua y habitualmente dejamos los sobres de las historias clínicas en papel en una estantería donde se van guardando hasta que se cierran. Cuando mi padre falleció en la UCI el año pasado sus tres grandes sobres permanecieron en la estantería, como el de cualquier enfermo más, durante un tiempo.

Cuando pasaba a revisar aquellas historias que me tocaba cerrar, tropezaba con ellos y me quedaba unos minutos mirándolos. Los acariciaba con los dedos, recordando cada uno de los días que él pasó ingresado, cada instante de nerviosismo y de alegría, de risa y de miedos y de llanto. No me animaba a abrir aquellos sobres cuyo contenido conocía tan bien, y verlos allí era un recuerdo constante de su paso por mi vida.

En todo este tiempo que ha pasado, tiempos de ajuste y de cambios, a veces me quedo en silencio cuando paso por el cubículo quince, donde estuvo aquellos largos ocho meses. No tenía que hablarle. Él me veía desde allí ir de un lado a otro, y con su buen ojo, sabía que estaba cerca. A veces me sonreía y yo le devolvía a sonrisa; y a veces, yo me lo quedaba mirando en la distancia, sabiendo que su progresión era mínima y que no saldría de allí. No se lo decía, pues nadie he conocido tan vital pese a su larga vida de enfermo, así que cargaba con esa certeza callada durante todo el tiempo necesario hasta que se hizo claro a mi madre y hermano que él no viviría más.

Me quedo callado cerca de esas puertas mientras mi memoria recrea todas esas mañanas, esas tardes, esas noches que pasamos juntos, y que él pasó junto a todo el equipo de UCI que se entregó como nadie a su cuidado. A veces alguien cae en la cuenta y me dice cualquier cosa o me da una palmada en la espalda, y ese momento congelado pasa y todo vuelve a la normalidad.

Ayer por fin decidí abrir el informe del cierre de historia de mi padre. Allí estaba resumida su vida hospitalaria, su vida de enfermedades variadas, y sus ocho meses de ingreso. Escrito con una concreción y un respeto casi único por uno de los médicos a los que tenía en más respeto y con quien conversaba, en las noches de insomnio, sobre la vida en América y el día a día. Ese compañero, en un regalo final, nos añadió a todos y cada uno de los médicos que lo atendieron alguna vez, en representación de todo el equipo de enfermería, auxiliares y celadores que se dedicaron con tanto cariño a él. Y escribió mi nombre en la última línea. Mi nombre, como responsable también de su cuidado, como deudor de su vida, como cuidador e hijo.

La Vida que nos da esas sorpresas, que nos sacude y nos da la vuelta y nos hace sonreír y llorar y temer y pensar. Todos los errores que cometí, todas las acciones imperfectas, las impaciencias que tuve, las irrupciones sin sentido, los accesos de ira por no ser entendido, el agobio de ser el único en mi familia que sabía, que conocía cuál iba a ser el fin de toda aquella lucha sin sentido, pero que tenía que ser llevada a cabo, como cada una de las facetas de la Vida, solo como nunca, no sé si comprendido, pero amparado por todos y tan cansado…

La Vida que nos deja solos, que nos obliga a aceptar cargas cuyo peso tambalea nuestros hombros, que nos arroja a abismos de los cuales pensamos no poder salir; que nos hace sentir culpables y a veces merecedores de elogios y de alegrías. La Vida que se regala generosa y ciega, pero que siempre cobra un tributo, un peaje. Todavía lo estoy pagando. Cada uno de nosotros lo está haciendo a su manera.

Tengo una copia de ese informe. Y cada página es un retrato de cada momento que pasamos juntos. Mientras estuvo sedado; sus infecciones; las veces que, paciente, toleró pinchazos y manipulaciones; su desagrado a ser tratado como un mueble, su posterior capitulación a ser bañado, levantado y sentado y acostado, embadurnado de crema, y a ser alimentado y cuidado. A hablar a través de una cánula de traqueotomía y a respirar a través de una máquina.

Oh, la Vida que me ha regalado momentos increíbles y cuyos ocho meses más duros no han quedado todavía atrás.

No fui valiente ni justo ni ecuánime. Con nadie. Y menos conmigo mismo. Y la Vida me ha llenado de silencio, que pugna por ser roto y a veces por ser entendido y escrito. Puede que lo consiga, como aquel que escribió ese informe casi perfecto, y que consideró (me consideró) digno de aparecer en él como uno de los cuidadores de ese paciente de la cama quince que era, que fue, que es, mi padre.

Vida…

Dar vida como vida/ Give Life as Life.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Medicina InternaNadie valora la Salud que tiene hasta que algo la quiebra y, desgraciadamente, la pierde. El mundo se detiene; todo estalla y cambia. Un campo de batalla se abre a los pies del enfermo, que ya no es persona, y los frentes arden por doquier.

No es fácil sobrellevar la falta de Salud, es decir, la Enfermedad. El cuerpo, que hasta entonces nos ha procurado placeres, libertades, servicio mudo y continuo; se rebela estático, arcaico, incómodo, testarudo. Y no nos gusta; y miramos hacia otro lado; e intentamos olvidar su existencia o procuramos atenuarla, aunque nos salga al paso día a día.

Pero la Muerte existe. El final de la vida es real. Está ahí. Como el dolor, el placer, el éxtasis, la dulzura, el odio y la compasión. Fuerza arrolladora, puede con todo, nadie la detiene, todo lo supera y lo envuelve y lo arrastra. Aunque huyamos de ella, sigue latiendo cerca de nuestros oídos, cerca del corazón, a un lado del alma, lista para su liberación.

La Muerte nos asusta; pero no debería darnos miedo. A mí, que la conozco de cerca, me produce más aprehensión cómo llegar a ese estado de cesación total de movimiento que al hecho en sí. Porque la Muerte es dulce, y es tierna y es sencilla y es liberadora: no hay más sufrimientos; no hay más batallas; es la rendición total, la redención completa; el final de toda lucha y la identificación completa con el Ahora.ONT_0

Dar la vida como vida es la clave de la Donación de Órganos. Es un derecho. De ciudadano del mundo, de ser humano, de comprensión y de aprehensión, de sumisión, aceptación y de liberación. La Enfermedad es casi un estado de muerte continua: frena, anquilosa, resiente y destruye los cimientos del ser humano. Pero la Donación de Órganos establece un puente entre el milagro de la vida después de la Vida, y la Vida con calidad de vida. La muerte de un ser humano, algo connatural con el flujo de las cosas, trasvasa las posibilidades de continuidad y de progreso a otro ser humano, y la liberación total, la completa entrega a ese estado perpetuo transforma la existencia de un ser preso entre las angustias y los dolores del cuerpo que lo sujeta y lo dirige. La Donación garantiza la liberación del Donante y la libertad del Trasplantado; la Muerte establece así el vínculo más sagrado con la Vida, de la que no es su opuesta sino su continudad: dar vida como vida es el máximo regalo y la mayor alegría.

Ver los rostros de todos aquellos receptores de órganos, presenciar y ayudar en esa lucha por alcanzar la liberación de una existencia limitada, es uno de los mayores tesoros de ser profesional de la Salud: desde los celadores, pasando por el cuerpo de Auxiliares, el totémico personal de Enfermería, el esforzado grupo de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), que todo lo coordina con grandes dosis de paciencia y buen humor; y los galenos, representados por médicos y cirujanos, son los elfos sobre los cuales descansa ese trabajo silencioso, a veces oscuro, pero siempre gratificante, que permite al soldado de la vida adquirir sus propias fuerzas para liberarse de los pesados grilletes de la Enfermedad.

organPero las verdaderas estrellas, los verdaderos ángeles, los reales protagonistas son los Donantes y las familias que acogen, en unos momentos duros, de gran presión, dolor y nerviosismo, ese decisión única, esa revolución de la existencia: dar vida como Vida; uniendo los dos cabos en un círculo perfecto: la liberación de la Enfermedad como proceso final y la liberación de la Enfermedad como proceso de avance y evolución, piedra en un camino tortuoso que por fin se deja atrás.

Es duro, muchas veces frustrante y muchas veces aterrador entrar en este proceso. Pero vale la pena. Vale cada lágrima, cada duda y cada exceso. Lo vale. Porque la Vida lo es todo: la Muerte, el Nacimiento, y el Renacimiento y la Liberación. No hay ruptura ni discontinuidad. La Vida sigue fluyendo, como vida, como sangre, aire y moléculas, por siempre y para siempre.

Y YO SOY DONANTE DE ÓRGANOS. Porque quiero ser Vida, Vida siempre, Vida libre y perfecta.