Gustav Mahler (1860-1911)
Un río de luna llega hasta nosotros.
Echados ambos en el sofá, a través del cristal de la noche en calma, sus rayos platean nuestra piel, que nada sabrosa entre nuestro abrazo.
Hemos sido amigos antes que amantes. Y como amigos nos besamos y como amantes nos acariciamos bajo la luz lunar.
Tus dedos y los míos jugando al escondite. Tu sonrisa y la mía, tras besos pequeños buscados en los cuellos, en los labios. Nuestra respiración rítmica, nuestro pensar profundo.
Juntos bajo el río de la luna pienso en todo lo que nos ha llevado hasta aquí. Y en todo lo que puede suceder.
En nuestra primera noche juntos, la luna nos bautiza, y remoja nuestro encuentro con un río plateado que se cuela por la ventana sin cortinas, y nos encuentra a ambos con los ojos abiertos.
Qué vértigo que nada tiene que ver con el amor, aunque del amor sea fruto. Juntos a partir de hoy; juntos de día y de tarde, de noche de reencuentro y de mañana inolvidable, compartiendo desayunos y gastos, y ciertas preocupaciones y ciertas riñas. Sin más adonde huir que a nuestra única habitación; sin más reencuentro que en nuestro lecho.
Tú y yo hoy juntos. Y la luna es testigo de nuestras caricias, de nuestras esperanzas; y baña nuestro amor con su presencia de plata, fisgona, inquieta, pálida y fría.
Me acurruco más entre tus brazos. Si no fuese por ti, cuán larga la noche y cuán solitaria. Pensarlo por un momento me aleja de ti y lo rechazo. Ya vendrán días de separaciones y de distancias; ya vendrán días en los que apenas sintiendo el peso del cuerpo en la cama nos daremos por satisfechos y nos amoldaremos a la cotidianidad de la felicidad. Pero hoy saberte lejos me da escalofríos y tiemblo sólo de pensarlo. Me acurruco entre tus brazos y tú, sorprendido, los abres y me apretas contra tu pecho todavía más.
Un río de luna llega a nuestras pieles y dibuja sombras en nuestros rostros. E ilumina la sonrisa preciosa de tus labios y tus ojos de transparente cristal. Qué bello eres. Porque estás a mi lado, porque estamos juntos, porque transformamos una amistad de júbilo en un amor apasionado, y una pasión en un querer sólo apaciguado por el compromiso, embebido en la cotidianidad y que empieza hoy, bañado por el río de la luna, en la noche que corre, veloz, por la ventana.
Las nubes
parecen olas.
¡Quiero ver a un pescador
para preguntarle y saber
dónde está el mar!
*
Por un olvido,
pesando que aún existe,
se pregunta dónde está
aquel que ya no está.
¡Qué tristeza!
(Tsurayuki, Tosa Nikki, ‘Diario de Tosa’, 935 DC)
***
«Iroha»
Aunque la hermosura brilla,
se pierde. Así,
en este mundo en el que vivimos,
¿quién, pues, permanecerá eternamente?
Tras cruzar hoy
los profundos montes de lo pasajero,
no volveré a tener sueños frívolos
ni me embriagaré nunca más.
(Dayshi ,774-834)
***
Sobre una fría estera,
esta noche de blanca helada
en que canta el grillo,
bajo las ropas
que sólo cubren la mitad de mi lecho,
¿debo dormir solitario?
(Go-Kyôgoku, S. XII)
***
¡Si pudiera ser para siempre!
Pero no conozco sus intenciones…
Y esta mañana, mis pensamientos
bullen en desorden
como mi negra cabellera.
(Horikawa, S. XI)
***
A la llanura del océano
he salido a remar,
y al mirar las blancas olas del piélago,
las tomo por el eterno
viaje de las nubes.
(Fujiwara no Tadamitchi , 1096-1164)
***
¡Por un brazo como almohada,
sólo para el sueño
de una noche de primavera,
sería una pena que mi nombre
estuviera en boca de todos!
(Suwo, 1046-1068)
***
Desde que me acuesto solitaria,
sollozando,
hasta que despunta el día,
cuán larga es la noche,
¿acaso tú lo sabes?
(La madre de Mitchitsuna, S.X)