Hacia atrás, hacia adelante/ Looking back, looking forward.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Cuando estaba en mi último año de residencia médica, que comúnmente abreviamos en R5, en vísperas de pasar una temporada fuera rotando en Estados Unidos, estaba de guardia. Por la tarde, nos comentan un caso terminal desde quirófano. Un caso típico de problemas abdominales por una cirugía previa años ha.

Lo que hacía curioso este caso es que el enfermo era SIDA terminal. No sólo VIH positivo, sino SIDA y moribundo. La operación no añadía gran cosa a su condición, salvo el estado de aguda gravedad en el que se encontraba previo a la cirugía. Cuando llegó, ya despierto y extubado, aún algo dormido, me llamó la atención lo joven que parecía (apenas pasaba de los cuarenta años) y la belleza que mantenía, esa hermosura de las cosas perdidas.

Debido a su estado, y para mejorarle, hacía falta adminsitración de medicamentos por vía intravenosa, lo bastante potentes para dañarle las venas periféricas, por lo que necesitábamos canalizar una vía central, en una de las venas más grandes del cuerpo a las que tenemos acceso. No sabía nada de su historia previa, salvo que padecía en esos momentos, entre otros males asociados a su enfermedad, Coriorretinitis por Citomegalovirus, una entidad nosológica de marcada gravedad dentro del VIH: es decir, tenía un enfermo de SIDA entre mis manos.

Cuando estábamos mi adjunto y yo decidiendo qué sería lo mejor, el enfermo despertó y preguntó con la mirada qué tal se encontraba. Se lo dijimos. Asintió con esa tristeza y cansancio tan habituales. Inmediatamente preguntó por su pareja, que seguro lo estaba esperando.

Mientras el adjunto perfilaba el tratamiento, fui a hablar con él. Sí: era homosexual. Sí: su estatus fue adquirido por contacto sexual. Una historia como muchas, pero con ciertos matices: en España, y en Galicia, el porcentaje de enfermos VIH positivos se caracteriza por ser de mayoría heterosexual, adictos a drogas parenterales (ADVP), en vías o no de desintoxiación. Asimismo, son pluriserológicos: habitualmente la infección por el VIH coincide con hepatitis por virus C y virus B (VHC, VHB) con una morbimortaidad muy superior.

Le pregunté a su pareja si él también era portador del virus. La normativa médica nos impide realizar sin consentimiento (salvo causas de fuerza mayor) las pruebas serológicas de VIH y, por supuesto, si no es paciente, la persona preguntada tiene todo el derecho a no decirlo. Yo lo sabía. Pero había algo en aquel enfermo y en aquel hombre que tenía delante de mí que hizo que me saltase las normas a la torera. Mirándome fijamente respondió que no, que eso había sido en una relación anterior a la suya (llevaban cerca de veinte años juntos.) Era consciente de su estatus de VIH desde que lo conoció y aún así no le importó seguir a su lado. Lucharon contra todos: la familia del enfermo, que aún sabiéndolo con un pie en la tumba no vinieron a verlo; la suya propia por unirse a alguien seropositivo, la Enfermedad, y los avatares de una vida en común tan prolongada.

Aquel hombre de aspecto sano, rotundo, de esos de largas tandas de gimnasio y jogging, me sonrió tímidamente entonces. No sé qué reconoció cuando nuestras miradas se encontraron. Yo estaba muy delgado en aquel tiempo de trabajo agotador, cansado y lleno de ojeras; al día siguiente me esperaba una maratón de quince horas de viaje; llevaba casi veinte trabajando sin parar, y no sé porqué me sonrió en aquel momento tan duro para él. Le cogí de la mano y le mostré como pude mi pesar por la situación que vivían: veinte años de entrega y de fidelidad terminaban en una cama de UCI y en la soledad más absoluta para ambos. Y lo comprendía. Y me sonreía a mí, al portador de las malas noticias.

– Hemos estado siempre juntos desde que nos conocimos. Luchamos juntos, reímos juntos, amamos juntos… Me gustaría…

No hizo falta que me dijese más. Le interrumpí con una discreta inclinación de cabeza.

En ese instante llegaron sus familiares con gran ruido y alboroto, abrazándolo con una pasión que me llamó la atención. Discretamente me escurrí como pude de aquel cuarto y los dejé solos. Aunque él no estaba solo.

Al llegar a la cabecera del enfermo, el adjunto ya tenía el tratamiento decidido. Me preguntó mi opinión. Como residente, aún como R5 que era en aquel momento, la decisión última es siempre del adjunto clínico. No tuve nada que objetar: aquello era también lo que yo tenía en mente. Sólo le transmití el favor que su pareja me había pedido sin decírmelo. Había esperado su confirmación y no me equivoqué: su pareja se quedaría a su lado hasta el último suspiro.

Como el tratamiento de mantenimiento requería a fin y al cabo la colocación de una vía central (labor del residente), empecé a explorar al enfermo y a explicarle lo que íbamos a hacer. El hombre estaba entregado entre la medicación y el cansancio.

Cuando iba a disponer todo lo necesario, el adjunto me detuvo.

– ¿Quieres que lo haga yo?

Yo le miré con una expresión interrogante en la mirada.

– Juan, a ti te queda aún mucho tiempo por delante… Si pasase algo… Déjame a mí: ya he vivido bastante y si me infecto, poco problema habría…

Pocas veces tengo miedo una vez que tomo una decisión. Los momentos previos a ella estoy nervioso (al menos internamente), porque sopeso lo bueno y lo malo de cada situación. Pero una vez que tomo una decisión cargo con todas las consecuencias y esa decisión es, en la mayoría de las ocasiones, irrevocable.

Pensé en aquel hombre que esperaba en el Pasillo de la Salud Perdida para poder vivir junto a su amado el último de los viajes, el último suspiro de cordura, de risa, de llanto. Esa fidelidad única e insondable, en el que cabían todas las lágrimas, todas las risas y todos los besos, hablaron por mí.

– No. Ya lo hago yo. Es mi trabajo, ¿verdad? Pues así será.

Fue en un otoño, hace ya seis años, y aún estoy aquí. Sigo interpretando casos, cometiendo errores; a veces maldiciendo mi suerte; a veces sonriendo plenamente. Deseando un abrazo y un beso; rodeado de intrigas y de sonrisas, de mala suerte e incomprensión. He pasado por valles y por altiplanicies; he sentido mucho miedo y me he dejado llevar. Pero aquella entrega de un millón de besos sigue grabada en mi memoria, y cuando decaigo, me sirve como combustible para seguir adelante.

La fealdad existe, la envidia genera conflictos; la maldad campa a sus anchas por el mundo; la destrucción y la avaricia; la incomprensión y la desigualdad siembran brumas en el horizonte. Pero el mundo continúa girando, y el amor llena el planeta; el amanecer ilumina los espíritus y la noche irradia al alma. Y un millón de besos se atesoran en la memoria y en el corazón…, porque aún hay esperanza.

Errar/ To Be Wrong.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

High Sierra. Dolly Parton, Linda Ronstadt and  EmmyLou Harris

A pesar de lo que me decía mi cabeza, verte y enamorarme de ti fue todo uno. No podía dejar de mirarte, el aire me faltaba si no estabas cerca y contaba los días en los que coincidiríamos, juntando esperanzas como quien junta un porvenir.

Y todo parecía un sueño, un sueño que vivía en mi corazón, que loco, acabó por engañar a mi mente y mi mente se unió a mi alma y entraste hasta donde nadie había entrado y una fantasía se hizo paso en mi vida, instalándose cómoda y feliz.

No puedo explicar toda la pasión que había en mí, toda la locura que encendiste en mi interior apagado, cubierto de lluvia, sediento de una locura que justificara la vida que llevaba.

Y fui feliz, muy feliz, mientras te tuve a mi lado, mientras la fantasía crecía a mi alrededor, envolviéndolo todo, incluso la verdad. Más que nada la verdad de tu nombre.

Tu nombre, Piernas de Alambre, que llevo aún escondido en algún lugar de mi ser, envuelto en el aroma de piel desnuda y limpia, de rizos cortados y sonrisa oscura, aliento de menta y juegos de escondite. Qué ciego fui con tu nombre, qué sordo con tu voz, qué inútil con mi propia vida.

Porque nunca he estado más equivocado que contigo, nunca mi mente procelosa más acertada y mi corazón más errado.

Y qué dolor, qué dolor que aún hoy dura, hoy más que nunca, cuando te necesito y no estás, y huyes y desapareces, y no quieres saber nada de mí, ni siquiera brindarme tu apoyo, mostrarme tu ayuda.

He estado en muchos sitios, he conocido a mucha gente, gente que hacía ruido, que se escondía y reaparecía, con su inconsistencia para el bien y su alta dedicación a sí mismos… Jamás pensé que tú fueras así, uno más, uno como cualquiera…

He sido maldecido y exaltado, he estado en prados yermos y en bellos jardines, y el amor que te tenía iluminaba esa belleza como una estrella, como un sol radiante… He estado equivocado muchas veces; he tenido razón otras tantas. Pero contigo mi corazón inició una cruzada, una cruzada que venció a la mente temerosa de ti, y se equivocó contigo como, profundamente, temía…¡Oh, miedo que no oí!

Y ahora estoy aquí, sin nada entre las manos, buscando salidas a calles tapiadas, y me acuerdo de tu nombre y del rumor de tu voz oscura; y esperando equivocarme, te busco desesperado porque desesperado me hallo y sólo encuentro una puerta cerrada, un silencio mortal y unos ojos que no brillan como antes y una boca que no sabe como antes y una indiferencia que hiende el acero más puro…

Y ahora estoy aquí, sin nada entre las manos, pidiéndote una ayuda que me niegas, que me niegas con indiferencia, y me doy cuenta de nuevo que no, nunca mi mente ha estado equivocada contigo. Pero mi corazón sí.

Y qué dolor.

Insomnio/ Insomnia.

Arte/ Art, Literatura/Literature

Soneto LXI

¿Es orden tuya que tu imagen tenga abiertos

mis párpados pesados a la noche ingrata?

¿Deseas tú que quiebre mis sueños inciertos

sombra que, por burlar tu vista, te retrata?


¿Son tu espíritu ésos que de ti me envías,

lejos de su morada, a que mi vida espíen,

a hallar en mí vergüenzas y horas malvacías,

meta y rumbo por donde tus celos se guíen?


No, tu amor, aunque mucho, no es tan poderoso:

es mi amor el que tiene mis ojos en vela,

mi amor leal, que así combate a mi reposo,

para siempre en tu honor hacer de centinela.


Por ti yo velo, mientras tú habrás despertado

lejos de mí, de otros cerca demasiado.


Sonnet LXI

Is it thy will thy image should keep open

my heavy eyelids to the weary night?

Dost thou desire my slumbers should be broken

while shadows like to thee do mock my sight?


Is it thy spirit that thou send’st from thee

so far from home into my deeds to pry,

to find out shames and idle hours in me,

the scope and tenure of thy jealousy?


O no, thy love, though much, is not so great:

it is my love that keeps mine eye awake,

mine own true love that doth my rest defeat,

to play to watchman ever for thy sake.


For thee watch I, whilst thou dost wake elsewhere,

from me far off, with others all too near.

Un joven maestro/ A Young Master.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

– ¿Tendrías una cama? Acabo de operar a un chico de treinta años, es el segundo trasplante renal que pierde y… Me gustaría que lo vigilaseis es la Unidad. Ha tenido tan mala suerte y ahora, ya ves…
Pocas veces un cirujano tan bregado como el que tenía delante se preocupa así de un paciente. Quiero decir, que se implique tanto y se empeñe. Después de años dedicados a esta profesión, llegamos a saber a veces quién requiere más energía en los cuidados y quiénes no. Es una forma de ahorro de intenciones y de tamizar las verdaderas urgencias de los casos más leves.
Me iba a costar mucho hacer una cama para ese paciente. Con medios limitados de cuidados de enfermería y auxiliería, nuestros enfermos, que aún requieren medidas especiales o esmeradas, más bien, se vuelven totalmente dependientes de los familiares, que de repente se ven en la necesidad de cuidar de un enfermo que acaba de salir de una unidad de cuidados críticos, y eso no es fácil de digerir.
Es un lamento continuado, pero cierto, que el personal de las plantas hospitalarias es escaso, muy dedicado a veces, pero recortado, y se sienten desbordados por tanta responsabilidad. Tienen razón. Y no es por falta de profesionales, sino por una simple cuestión económica (que no es tan simple, o que no queremos que lo sea, todo depende de quién mire.) Así que procuramos que nuestros pacientes vayan en el mejor estado posible para seguir su tratamiento en las plantas de asistencia hospitalaria con el mínimo de riesgos para ellos, el menor peso familiar posible y de carga de enfermería.

Mientras decidía qué hacer, fui hasta el Despertar (área en el que se colocan a los pacientes que salen inmediatamente de quirófano) para conocer al enfermo: Óscar.
Cuando llegué pregunté por él y me señalaron la cama. Una vez a sus pies, me encontré con un chaval aún adormilado, con mascarilla de oxígeno, y la mano sujeta a otra, tan delicada como la suya propia, y que me sonrió porque le sonreí cuando me acerqué a ellos.
Lo llamé por su nombre: Óscar… Y Óscar abrió los ojos. Dos preciosos ojos verdes y castaño, enormes y algo cansados, pero con un brillo tranquilo y de cierto aburrimiento, como si pensase entre los vapores de la anestesia: Otro más…
Y sí, yo era otro más.
Le expliqué con la mayor dulzura que pude su situación grave y la necesidad de seguir el postoperatorio en la UCI. Expuse la posibilidades que se abrían ante él, las malas siempre primero para impactar, y las buenas después, para descansar de la presión; la necesidad de antibióticos, de colocar un nuevo catéter para diálisis y quizá el empleo de una diálisis continua.
Este hombre de casi treinta años abrió sus ojos por completo en ese momento. Desde los nueve ha estado encerrado entre hospitales, atado a máquinas de diálisis porque sus riñones se dañaron sin remedio; ha sufrido dos trasplantes renales que ha perdido (el último, el año anterior, regalo de su madre), y múltiples, pero múltiples complicaciones, una de las cuales ahora podría llevarle a la UCI.
– ¿Otro catéter? ¿Diálisis continua?
– Sí… La diálisis continua sigue el concepto de lavadora de la diálisis convencional, pero es un aparato más pequeño y lo hace sin parar. Te ayudará a recuperarte más rápido y a nosotros a llevarte mejor.
Suspiró, volviendo a cerrar esos enormes ojos.
– Si tiene que ser así…
Su pareja, con el pelo largo y lacio, moreno como la noche, me sonrió mientras le acariciaba la mano. Se llamaba María.
– Ya estamos acostumbrados, doctor. Pero esa máquina es nueva para nosotros…
Les volví a sonreír, sintiendo tal empatía por ese chico y su chica, que en ese mismo instante decidí que lo iba a ingresar. Moví cielo y tierra por encontrar una cama en ese hospital atestado de enfermos, forcé un alta y conseguí mi objetivo un par de horas después.
Mientras el trabajo burocrático evolucionaba (y nadie se imagina cuán molesto puede ser), me sumergí en la historia clínica de Óscar, que se resumía en un ir y venir de hospitales y medicaciones y cirugías, un sin fin de complicaciones (Óscar es uno de esos enfermos con tan mala suerte, que les pasa de todo), un mar de preocupaciones, y finalmente dos trasplantes de riñón, uno durante su niñez y otro de adulto, que no fructificaron como debieran. El sino de este enfermo.
La residente que compartía guardia conmigo, una mujer aguerrida, tozuda, energética y muy sensible al cuidado del Enfermo (no en vano ha sido enfermera antes que médico) me preguntó qué tenía de especial para que yo hiciese todo ese trabajo por él. Sabía que merecía un control estricto, pero por lo que le había contado, Óscar parecía que había salido bien de la cirugía. Y el caso es que era cierto.
– Esos ojos, esa aceptación, esa serenidad entregada… Este chico merece que lo cuiden, y nadie mejor que nosotros.
Mi residente aún no se acostumbra a mi manera poco ortodoxa de acercarme a la Medicina. Ni ella ni casi nadie, incluyéndome yo mismo. Intuitiva, enigmática, poco clara pero resuelta y resolutiva; una continua interrogante. Lo curioso es que ella sabía, como yo, que podía ir mal y qué podía ir mal. Pero nada de eso usé como justificante, porque era lo que menos me importaba en esos momentos. Sólo tiraba de mí el paciente: Óscar.
Conseguimos finalmente traerlo a la Unidad. Y fue al verlo, la actitud que desplegaba, la tranquilidad que tenía a pesar de las molestias y de toda una vida enfermo; la facilidad de dejarse hacer; y esa paciencia de quien se sabe entregado al destino… Y esos ojos enormes, brillantes a pesar del cansacio, y ni una queja, ni una sola queja… Cuando ella comprendió por qué había luchado tanto para ingresarlo.
Óscar es un ejemplo para todos nosotros los Sanos. A pesar de su evidente incapacidad, ha luchado contra su destino abrazándolo, y ha conseguido, con gran trabajo, una vida encantadora: vive con María en un pisito que están pagando desde hace tres años, ha terminado una carrera y trabaja de ella; su madre vive cerca para echarles una mano siempre que lo necesitan; y esa eterna paciencia, esa sabia entrega a la Enfermedad limitante que no le aprisiona a pesar de que le coharta una y otra vez la libertad.
Óscar es un hombre que sabe reír en medio de sus desgracias y consigue salir de ellas, cada vez más mermado, pero con la ilusión casi intacta. Y esa ilusión se ve en sus enormes ojos verdes y en esa sonrisa entregada con la que me recibía cada vez que me acercaba a su cama.
– ¿No descansa usted, doctor?
Reí, siguiendo su sonrisa.
– Estás harto de que te dé la brasa, ¿no?
– No… Es que estoy muy cansado, ayer no fue un buen día. Nunca me había sentido tan mal.
– Pero, ¿te encuentras mejor?
– Como nunca…
Y de nuevo la sonrisa.
– Doctor… Discúlpeme, pero qué raro es usted.
En ese momento todos reímos: las enfermeras, las auxiliares, mi residente, yo mismo. Y Óscar el primero.
– ¿Ves? -me dijo la residente- Que no es el único.
Le dejamos el tratamiento que necesitaba. Por su juventud, Óscar llevaba aquella máxima gravedad con una potencia de potro recién nacido. Eso nos tranquilizó un poco. Y su mirada, y su sonrisa, y su cansancio.
– No sé si podrás dormir bien aquí, pero procuraremos no hacer mucho ruido, ¿vale?
– Descuide, estoy tan cansado, que seguro dormiré como una piedra.
Y casi inmediatamente después, oímos su respiración regular y profunda, y su pecho taladrado de cicatrices danzar el rítmico baile del sueño.
Cuando nos alejamos de allí, mi residente se acercó y me susurró al oído algo que me hizo sonreír. La miré a los ojos y asentí con la cabeza.
Óscar es un maestro, un joven maestro para nosotros, que damos la Salud por sentada, la vida por regalada, y que nos preocupamos y quejamos continuamente por las tonterías con las que rodeamos nuestra existencia. Óscar ha sabido navegar entre las aguas turbulentas de la Enfermedad, plagada de complicaciones además, y ha sabido labrarse una vida digna dentro del hábito de la resignación, de la sabiduría de la entrega y de la sana alegría de las cosas pequeñas, esas pequeñas cosas que nos regalan sonrisas, cariño y, sobre todo, esperanza.
– Menuda llamada de atención, ¿verdad? – me dijo mi residente.
– Sí… Por eso Óscar tenía que estar con nosotros. Tenía que agradecerle lo que me ha recordado esta tarde, todo lo que me ha regalado. Y se merece la Salud más que nada en este mundo, ¿no crees?
– Mira que eres raro, chico…
Y ambos nos fuimos riendo, llenos de vida, por el pasillo de la Salud perdida, pensando en Óscar, y en María, y en todos aquellos que luchan con denuedo por llenar sus vidas de dignidad, paciencia y amor, y que no cejan hasta conseguirlo.

El ocaso/ Dawn.

El mar interior/ The sea inside

El horizonte es oblicuo, de bordes redondeados y de color azafrán. El azul cabalga espléndido sobre el rosa fosforescente, y el dulce dorado vierte sus orillas en la espuma de las nubes viajeras, remadas por la corriente sencilla de un viento pequeño, que acaricia la mejilla arrebolada y la estrella solitaria que, tímida aún, se deja ver mientras el ocaso progresa.

Desde mi ventana abierta contemplo esa mezcla sencilla de colores, esa transformación casi divina del fucsia al magenta, del verde al azul oscuro, camino de la noche que llega. El ocaso desde el oeste fluye sin prisas, día de verano lento en el que las hojas se marchitan y no hay apenas viento y no hay apenas sombras y no hay apenas nadie en la calle, nadie en las calles ni en mi habitación. Nadie salvo la estrella tímida y el cielo abierto, inmenso y único, fraterno y eterno, que me abraza con esos rayos frágiles, con esos colores que parten de un sol moribundo y sereno.

La belleza me hace feliz, pero no hay felicidad suprema, porque me faltas tú. Y mientras la belleza del ocaso se desparrama en mi ventana, alcanzando los bordes de mis dedos con sus colores iridiscentes y melancólicos, mi tristeza se hace eco con la noche que llega y brilla solitaria, como la estrella del sur, única y tímida, en el cénit de mi trocito de cielo, cielo azul noche, naranja azafranado, rosa corazón.

Tú no estás, y no has estado nunca. Y observo la sinfonía de la Naturaleza ante mí, y la magia del color y la fuerza de las horas que pasan y sigo solo. Solo contemplando la huida del día y la llegada de la noche, prendida de estrellas pequeñas, muda de luna y libre de nubes. Y me siento solo, solo, solo en medio de tanta belleza que merece ser gritada, descrita y, sobre todo, compartida, como la vida que la seduce, como los ojos que la vigilan, como el corazón que aún late buscando vida.

Tú no estás y yo estoy solo. Solo a la llegada del ocaso. Solo y preguntándome, como siempre que me atrapan las horas que pasan, si será así para siempre.

Lejos de ti/ Far away from you.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Al irte dejaste algo más que un vacío en mi cama. Dejaste atrás un amor que se deshace en mis manos, que se pulveriza al salir de mi boca y no recibir la saliva de tu lengua, y se desmaya sin fuerzas porque no llega a ti.

Al irte dejaste un vacío en mi alma, que no puedo llenar con los días que pasan. Y aunque sé que no me amas, que quizá nunca me hayas querido, yo, amor, con amor para los dos, me empeño en recordar lo contrario, y aunque solo, sólo suspiro soñando con tu vuelta.

El vacío oscuro que dejaste al irte lo llena todo. Cada caricia que dibujo en el aire, cada recuerdo que me llega de repente tras el vuelo de una cortina, tras el ruido de la fuente o tras el sonido del silencio, resuena pesada a mi alrededor como una tumba abierta.

Has enterrado el amor que sentías por mí y te has ido sin volverte atrás. Pero me has dejado con el recuerdo de tu savia, con el arrullo de tu nombre, y ese recuerdo me tiñe el sueño y me saca el sueño, y llega hasta mi mente comiéndose a pedazos mi corazón.

Mi corazón que late sin fuerzas por un fantasma que ya no está, por un cuerpo cuyo calor desaparece en la distancia, y cuyo encuentro es un desencuentro y cuyo principio no es más que un final venido a menos, sin fervor, favor ni conveniencia, sin más rescoldos que una llama perdida en el fondo de mi corazón solitario.

Lejos de ti no hay nada, oscuridad que deshilacha la fibra de mi alma y me relega al abandono y al olvido, como si nunca haberte amado hubiese sido posible.

Y, aunque intento hacerme a la idea, no puedo parar de pensar en ti. Y sé que, si consiguiese atravesar el océano de tu razón, si pudiese conquistar la altura de tu orgullo, llegaría al balcón de tu boca, besaría esos labios con una ternura y una pasión desconocida, y tu corazón se abriría por fin a una nueva idea, a un nuevo sentido y a una nueva vida, vida que no se agotaría al nacer en mí.

Pero ya no es posible… Lo posible es la soledad que rodea mi camino, y la lluvia en mi corazón cerrado, y la imposibilidad de mi mente para comprender tu abandono, tu huida y tu desamor.

Porque yo te amo, te sigo amando, aún cuando no puedas entender el motivo. Y lo creo, créeme que lo creo, porque ni yo mismo puedo hacerlo.

Te amé cuando estabas cerca, y la risa y la piel y la desnudez formaban un conjunto con mi cuerpo. Te sigo amando, aún en la distancia, cuando no hay entre nosotros ni pensamientos, ni palabras, ni caricias. Lejos de ti no soy nada; lejos de ti dejo de serlo todo…

Y así ha de ser hasta que consiga olvidarte, si algo así puede ser posible.  Mientras tanto, contigo en la distancia, qué solo me encuentro y qué solo me has dejado, pensando siempre en ti.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

El mar interior/ The sea inside

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