Un joven maestro/ A Young Master.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

– ¿Tendrías una cama? Acabo de operar a un chico de treinta años, es el segundo trasplante renal que pierde y… Me gustaría que lo vigilaseis es la Unidad. Ha tenido tan mala suerte y ahora, ya ves…
Pocas veces un cirujano tan bregado como el que tenía delante se preocupa así de un paciente. Quiero decir, que se implique tanto y se empeñe. Después de años dedicados a esta profesión, llegamos a saber a veces quién requiere más energía en los cuidados y quiénes no. Es una forma de ahorro de intenciones y de tamizar las verdaderas urgencias de los casos más leves.
Me iba a costar mucho hacer una cama para ese paciente. Con medios limitados de cuidados de enfermería y auxiliería, nuestros enfermos, que aún requieren medidas especiales o esmeradas, más bien, se vuelven totalmente dependientes de los familiares, que de repente se ven en la necesidad de cuidar de un enfermo que acaba de salir de una unidad de cuidados críticos, y eso no es fácil de digerir.
Es un lamento continuado, pero cierto, que el personal de las plantas hospitalarias es escaso, muy dedicado a veces, pero recortado, y se sienten desbordados por tanta responsabilidad. Tienen razón. Y no es por falta de profesionales, sino por una simple cuestión económica (que no es tan simple, o que no queremos que lo sea, todo depende de quién mire.) Así que procuramos que nuestros pacientes vayan en el mejor estado posible para seguir su tratamiento en las plantas de asistencia hospitalaria con el mínimo de riesgos para ellos, el menor peso familiar posible y de carga de enfermería.

Mientras decidía qué hacer, fui hasta el Despertar (área en el que se colocan a los pacientes que salen inmediatamente de quirófano) para conocer al enfermo: Óscar.
Cuando llegué pregunté por él y me señalaron la cama. Una vez a sus pies, me encontré con un chaval aún adormilado, con mascarilla de oxígeno, y la mano sujeta a otra, tan delicada como la suya propia, y que me sonrió porque le sonreí cuando me acerqué a ellos.
Lo llamé por su nombre: Óscar… Y Óscar abrió los ojos. Dos preciosos ojos verdes y castaño, enormes y algo cansados, pero con un brillo tranquilo y de cierto aburrimiento, como si pensase entre los vapores de la anestesia: Otro más…
Y sí, yo era otro más.
Le expliqué con la mayor dulzura que pude su situación grave y la necesidad de seguir el postoperatorio en la UCI. Expuse la posibilidades que se abrían ante él, las malas siempre primero para impactar, y las buenas después, para descansar de la presión; la necesidad de antibióticos, de colocar un nuevo catéter para diálisis y quizá el empleo de una diálisis continua.
Este hombre de casi treinta años abrió sus ojos por completo en ese momento. Desde los nueve ha estado encerrado entre hospitales, atado a máquinas de diálisis porque sus riñones se dañaron sin remedio; ha sufrido dos trasplantes renales que ha perdido (el último, el año anterior, regalo de su madre), y múltiples, pero múltiples complicaciones, una de las cuales ahora podría llevarle a la UCI.
– ¿Otro catéter? ¿Diálisis continua?
– Sí… La diálisis continua sigue el concepto de lavadora de la diálisis convencional, pero es un aparato más pequeño y lo hace sin parar. Te ayudará a recuperarte más rápido y a nosotros a llevarte mejor.
Suspiró, volviendo a cerrar esos enormes ojos.
– Si tiene que ser así…
Su pareja, con el pelo largo y lacio, moreno como la noche, me sonrió mientras le acariciaba la mano. Se llamaba María.
– Ya estamos acostumbrados, doctor. Pero esa máquina es nueva para nosotros…
Les volví a sonreír, sintiendo tal empatía por ese chico y su chica, que en ese mismo instante decidí que lo iba a ingresar. Moví cielo y tierra por encontrar una cama en ese hospital atestado de enfermos, forcé un alta y conseguí mi objetivo un par de horas después.
Mientras el trabajo burocrático evolucionaba (y nadie se imagina cuán molesto puede ser), me sumergí en la historia clínica de Óscar, que se resumía en un ir y venir de hospitales y medicaciones y cirugías, un sin fin de complicaciones (Óscar es uno de esos enfermos con tan mala suerte, que les pasa de todo), un mar de preocupaciones, y finalmente dos trasplantes de riñón, uno durante su niñez y otro de adulto, que no fructificaron como debieran. El sino de este enfermo.
La residente que compartía guardia conmigo, una mujer aguerrida, tozuda, energética y muy sensible al cuidado del Enfermo (no en vano ha sido enfermera antes que médico) me preguntó qué tenía de especial para que yo hiciese todo ese trabajo por él. Sabía que merecía un control estricto, pero por lo que le había contado, Óscar parecía que había salido bien de la cirugía. Y el caso es que era cierto.
– Esos ojos, esa aceptación, esa serenidad entregada… Este chico merece que lo cuiden, y nadie mejor que nosotros.
Mi residente aún no se acostumbra a mi manera poco ortodoxa de acercarme a la Medicina. Ni ella ni casi nadie, incluyéndome yo mismo. Intuitiva, enigmática, poco clara pero resuelta y resolutiva; una continua interrogante. Lo curioso es que ella sabía, como yo, que podía ir mal y qué podía ir mal. Pero nada de eso usé como justificante, porque era lo que menos me importaba en esos momentos. Sólo tiraba de mí el paciente: Óscar.
Conseguimos finalmente traerlo a la Unidad. Y fue al verlo, la actitud que desplegaba, la tranquilidad que tenía a pesar de las molestias y de toda una vida enfermo; la facilidad de dejarse hacer; y esa paciencia de quien se sabe entregado al destino… Y esos ojos enormes, brillantes a pesar del cansacio, y ni una queja, ni una sola queja… Cuando ella comprendió por qué había luchado tanto para ingresarlo.
Óscar es un ejemplo para todos nosotros los Sanos. A pesar de su evidente incapacidad, ha luchado contra su destino abrazándolo, y ha conseguido, con gran trabajo, una vida encantadora: vive con María en un pisito que están pagando desde hace tres años, ha terminado una carrera y trabaja de ella; su madre vive cerca para echarles una mano siempre que lo necesitan; y esa eterna paciencia, esa sabia entrega a la Enfermedad limitante que no le aprisiona a pesar de que le coharta una y otra vez la libertad.
Óscar es un hombre que sabe reír en medio de sus desgracias y consigue salir de ellas, cada vez más mermado, pero con la ilusión casi intacta. Y esa ilusión se ve en sus enormes ojos verdes y en esa sonrisa entregada con la que me recibía cada vez que me acercaba a su cama.
– ¿No descansa usted, doctor?
Reí, siguiendo su sonrisa.
– Estás harto de que te dé la brasa, ¿no?
– No… Es que estoy muy cansado, ayer no fue un buen día. Nunca me había sentido tan mal.
– Pero, ¿te encuentras mejor?
– Como nunca…
Y de nuevo la sonrisa.
– Doctor… Discúlpeme, pero qué raro es usted.
En ese momento todos reímos: las enfermeras, las auxiliares, mi residente, yo mismo. Y Óscar el primero.
– ¿Ves? -me dijo la residente- Que no es el único.
Le dejamos el tratamiento que necesitaba. Por su juventud, Óscar llevaba aquella máxima gravedad con una potencia de potro recién nacido. Eso nos tranquilizó un poco. Y su mirada, y su sonrisa, y su cansancio.
– No sé si podrás dormir bien aquí, pero procuraremos no hacer mucho ruido, ¿vale?
– Descuide, estoy tan cansado, que seguro dormiré como una piedra.
Y casi inmediatamente después, oímos su respiración regular y profunda, y su pecho taladrado de cicatrices danzar el rítmico baile del sueño.
Cuando nos alejamos de allí, mi residente se acercó y me susurró al oído algo que me hizo sonreír. La miré a los ojos y asentí con la cabeza.
Óscar es un maestro, un joven maestro para nosotros, que damos la Salud por sentada, la vida por regalada, y que nos preocupamos y quejamos continuamente por las tonterías con las que rodeamos nuestra existencia. Óscar ha sabido navegar entre las aguas turbulentas de la Enfermedad, plagada de complicaciones además, y ha sabido labrarse una vida digna dentro del hábito de la resignación, de la sabiduría de la entrega y de la sana alegría de las cosas pequeñas, esas pequeñas cosas que nos regalan sonrisas, cariño y, sobre todo, esperanza.
– Menuda llamada de atención, ¿verdad? – me dijo mi residente.
– Sí… Por eso Óscar tenía que estar con nosotros. Tenía que agradecerle lo que me ha recordado esta tarde, todo lo que me ha regalado. Y se merece la Salud más que nada en este mundo, ¿no crees?
– Mira que eres raro, chico…
Y ambos nos fuimos riendo, llenos de vida, por el pasillo de la Salud perdida, pensando en Óscar, y en María, y en todos aquellos que luchan con denuedo por llenar sus vidas de dignidad, paciencia y amor, y que no cejan hasta conseguirlo.

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