Aprendiendo (a disculparse)/ Learning To Say I’m Sorry.

   Si hay algo que nos cuesta, al menos a mí, es reconocer que desconocemos un tópico o que cometemos errores. Vivimos en el mundo español en donde está mal visto equivocarse o admitir que somos falibles. EN el mundo anglosajón, cuya lucha por la excelencia es bien conocida, sin embargo el hecho de admitir que algo se ignora o que se ha fallado no es motivo de vergüenza ajena, si no de admiración y de afán de superación.

   Lejos de mí pretender laureles cada vez que meta la pata, pero el sacrifico público cuando un error hace aparición debería erradicarse. El fallo nos acerca a la Excelencia lo mismo que la perfección (o la creencia de que somos infalibles) nos aleja de ella.

   Y se me dirá que la Excelencia es Perfección. Pues no. Excelencia significa evolución continua, detección de errores, de fallos potenciales o reales y perfeccionamiento de los procesos y los mecanismos que nos llevan a una ejecución más fiable. Como se ve, hay una diferencia abismal entre ambos conceptos.

   Como todo en la vida humana, hay muchos factores en juego. El orgullo profesional, ese inquino vecino de al lado, es lo que más daño hace a las relaciones laborales (vamos a aparcar por ahora las personales), al menos como lo entendemos los ibéricos. Hay otros que tienen un papel de importancia variable, pero el miedo a lo que piensen los demás de nosotros, a que se burlen de nosotros o a que simplemente critiquen, puede llevarnos a que creemos barreras mentales y de actuación que intenten protegernos de la maledicencia profesional.

   Es un gran error y el mayor de los obstáculos. Más en una carrera como la mía, en la que jugamos con probabilidades, en la que el bien no es en blanco y negro y el saber es demasiado fluido para que lo poseamos con una certeza tan apabullante como para sentar cátedra sobre ello. Es difícil imaginar en nuestro país un catedrático ajeno a la pompa y a la autoafirmación; puede que ese teatro cuele intenciones al comienzo, pero con el paso del tiempo la máscara cae y el verdadero rostro de la mediocridad sale a la luz. Creo que se puede valorar el verdadero saber de una persona en su grado de inocencia, en su grado de sencillez, en su forma de seguir preguntándose y en la seguridad con la que afirma, por lo demás como si estuviese recitando la lista de la compra: No sé.

   Eso es un gran regalo y un bien muy escaso.

   Durante la guardia nuestra secretaria me comunicó que una familia quería entrevistarse conmigo para discutir el caso de su familiar. Ella me tenía lista una copia del informe de cierre de historia que yo había redactado (la enferma había muerto durante su estancia en la UCI.) Menos mal, porque así por nombres no suelo conectar con los casos que tenemos a diario.

   Apenas estuvo 48 horas ingresada. Un caso de parada cardio-respiratoria mientras estaba ingresada en el hospital por un cuadro abdominal y de daño cerebral masivo por la falta de oxígeno. Un caso extremo por la agudeza de los acontecimientos. Además, la enferma tenía una relación inusual con su familia más cercana: desconocían que llevase tiempo ingresada en el hospital y nos costó ese tiempo encontrarlos y hacerlos venir para transmitirles las malas nuevas. Nunca es fácil transmitir malas noticias: que una mujer joven haya fallecido por daño cerebral tras una parada cardio-respiratoria es tanto más traumático cuando ni sus padres ni su hermana sabían de antemano si quiera que estuviese enferma.

   Yo no fui el responsable de transmitir las malas noticias, puesto que entregué la guardia mucho antes de que ellos llegaran a la UCI a saber de la paciente. Fue una compañera quien se encargó, a regañadientes eso sí, de hacerlo.

   Eso es empezar mal, desde luego. No  es una tarea fácil, sobre todo entrando de guardia. Lo mismo me había pasado en la guardia que dejaba, en la que comenzamos el proceso de búsqueda de los familiares en cuestión. Pero asumí en mi momento el papel de transmisor de las noticias porque era mi deber. Si me hubiese resistido, seguro que hubiese actuado como mi compañera al día siguiente.

   Y no es que lo hiciera mal. Para nada. Cumplió con su deber. Pero lo hizo de mala gana y un tanto ásperamente. Hasta se olvidó de pedir el permiso para el estudio pos-mortem que tenemos por rutina ante casos en los que desconocemos las causas de un óbito. Eso yo lo ignoraba cuando cerré el informe definitivo (lo di por sentado) aunque tampoco es de alta relevancia.

   Pero para la familia afectada sí lo fue.

   Así, me vi ayer con la noticia de que deseaban entrevistarse conmigo dos meses después. Tenían mi nombre porque yo había firmado el informe, nada más. Debo reconocer que una petición así me sorprendió, pero no vi nada de malo en aceptar entrevistarme con ellos. Les di una cita para las diez de la mañana, justo después de dejar la guardia.

   Pero a eso de las ocho de la mañana, mientras reposaba en uno de los sillones que tenemos para descansar durante la guardia, una mujer y un señor ya mayor comenzaron a merodear el pasillo donde están nuestras dependencias. Intrigado, me levanté aún con la manta que uso para correr el frío nocturno literalmente pegada a mí.

   Les asusté, creo, mas no era mi intención. El señor mayor era claramente el padre de la mujer que me abordó diciendo mi nombre. Inmediatamente me di cuenta que eran los familiares de la cita. De la forma más rápida y evidente que pude, tiré la manta a un lado y me alisé el pijama y el pelo. La chica obviamente se dio cuenta y me pidió disculpas por la hora y por haberme asaltado así.

   – ¿Está de guardia?

   La respuesta era obvia.

   Los hice sentar en nuestra mesa de reuniones y procedimos a la entrevista.

   Llevaban dos meses preocupados, preguntándose muchas cosas, intentando reconstruir esa semana en blanco para ellos que había sellado el destino de nuestra paciente, hermana de la chica e hija de señor que la acompañaba. Les entendí perfectamente. Formaba parte de un proceso de duelo por el que todos solemos pasar.

   Les intenté ayudar en lo que pude, con el escaso conocimiento que tenía del caso en cuanto a riqueza de detalles y ellos parecieron entenderlo. Cuando parecía que todo iba encauzado, la chica me aclaró que formaba parte del estamento del servicio de salud aunque no era profesional sanitario y me hizo la acotación sobre la ausencia de petición del estudio necrópsico. Ellos no lo pidieron porque se encontraban bloqueados por los acontecimientos pero pensaba (con toda la razón) que era nuestro deber ofrecer la posibilidad de una autopsia para poder conocer mejor los hechos que debieron desencadenar los hechos tan tristes que habían vivido.

   Tuve que pedir disculpas por ese fallo y por otro: ser desconocedor de que no se había pedido. Yo lo di por supuesto y mi deber como la persona que cierra la historia es comprobar que todo está en su lugar.

   Aceptaron gustosamente mis disculpas. No sé si se lo esperaban, pero desde luego les relajó mucho. Entre las explicaciones que buenamente pude verter sobre lo que suponía que había ocurrido con los datos que tenía del caso y mis disculpas por nuestro fallo (por lo demás, de escasa importancia sobre el asunto pero de alto valor ético para ellos) sentí que había llegado a un estado de comprensión no fácil de alcanzar entre los familiares y el médico que informa. Al despedirnos lo pude apreciar no sólo en sus palabras si no también en sus gestos: una sonrisa triste y un apretón de manos enérgico y decidido.

   Esto apenas ocurre en España. Hay un hiato todavía insalvable entre la actividad médica y la actitud familiar. Y no hablo aquí del extremo que vivimos en la actualidad que estriba en la de exprimir los errores médicos para beneficios económicos en su mayoría, si no en el de la petición serena de información, el intercambio de pareceres, la solicitud de ambas partes y la sinceridad adecuada entre los hechos, lo que puede ocurrir y los sentimientos que tienen lugar en esos momentos breves de encuentro cercano entre familiares y médicos.

   En este caso, dos meses después y por insatisfacción y curiosidad y, como después supe, algo más, ya sólo por sentarme a escucharles, por responder a ciertas preguntas desde mis posibilidades y por haber pedido disculpas por ese error, la ansiedad que les traía y cierta incomodidad se diluyeron y un  baño de tranquilidad pareció llenarles.

   Sólo por pedir perdón… ¿Quién lo diría?

   Al mediodía, cuando me disponía a marcharme a casa, volví a ver a la chica, pero esta vez venía acompañada de su madre. La señora estaba igual de ansiosa que ella por la mañana. Me pidió que le dijese lo mismo que a ellos. Y aunque la señora preguntó cosas de su cosecha, básicamente le expliqué lo mismo y, ahora yo más relajado, volví a expresar mis disculpas ante el error de no pedir la necropsia. Estudié sus expresiones: seguían asombrándose de que un médico expresara sus errores y los aceptara.

   Cuando me despedía de ellas, cansadísimo de la jornada, la madre me detuvo de nuevo en el pasillo.

   -¿No sufrió, verdad?

   Sus ojos lo decían todo. Su hija, de vida un poco difícil, había encontrado la muerte sola, en un recinto hospitalario con apenas cuarenta años.

   Esa mirada pudo conmigo y con mi cansancio. En otro momento le contestaría cualquier cosa para dejarla tranquila y a mí libre para volver a mi casa. Pero estaba aprendiendo a disculparme y ellos eran mis maestros. No podía irme sin apagar ese último rescoldo de remordimientos.

   – No, no se enteró de nada. De verdad. Murió plácidamente.

   La mirada llorosa y cansada se relajó y la mano que sujetaba mi brazo también. Les sonreía a ambas y me despedí en el pasillo, dejándolas al cuidado de nuestra secretaría, que se encargaría del resto del papeleo con el que liamos todas las cosas.

   Con qué poco hacemos un bien. Y cuánto nos cuesta ese gesto.

   Aún tengo mucho que aprender y sigue molestándome que sea tan imperfecto. Pero de algo estoy muy seguro, no seré el mejor de los galenos y desde luego mi orgullo laboral me molesta cada vez menos, pero al menos estoy en el camino de una excelencia que aún no se aprecia en nuestro país, pero que a mí me llena completamente.

Juan Ramón Villanueva

Un aspirante-a-todo-lo-que-sea, que vive en Santiago de Compostela; dedicado a vivir demasiado en su cabeza; con grandes amigos con los que compartir todo los aspectos de la vida, y que empieza a necesitar expandirse más allá de sus propio límites geográficos. Aspiring-to-everything-that-it-is, living in Santiago de Compostela; dedicated to live too much in his head; with great friends with which to share all aspects of life, and that begins to need to expand beyond his own geographic limits.

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