Si tú no bailas conmigo/ If You Don’t Dance With Me.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

11909290_513402365495967_1941512709_nTodo está listo. Las mesas llenas de rosas, las velas encendidas, el mar de gente arrebujada, colorada y adormecida por la comida y el champán. Se oyen risas y esa conversación tímida de murmullos y algunos gritos ahogados. La música comienza a sonar.

Las parejas se levantan. Algunas van de la mano, otras simplemente se miran y salen a bailar. La orquesta toca canciones de amor. Suave, pegajoso, rico para bailar. Los cuerpos se unen y se separan con cadencias de caricia y el aire parece que se agita y se eleva, y hasta las estrellas se dejan ver por el techo acristalado.

Tú y yo estamos juntos, sentados. Nuestras piernas se rozan al ritmo del baile. Siguiendo los sones, nuestras rodillas se unen y se separan, y nuestras manos debajo de la mesa. Somos como ellos pero somos diferentes. Bailamos con nuestras manos, con nuestras rodillas debajo de la mesa, a escondidas, como si fuera un error. Pero yo sé que no somos así. Y tú también. Pertenecemos a esa raza de gentes que vive todo en un escándalo, todo una fosforescencia que acaba por aburrir, a la que se le niega cualquier derecho o se le mira de reojo; la excepción, no la regla. Y nos apetece bailar así, juntos y despegados, sintiendo el calor de las mejillas, el lento planeo de una gota de sudor y la risa ahogada de la complicidad.

Notar tu cintura firme entre mis brazos, la anchura de tu espalda que es un mundo nuevo, el aroma de las gardenias mezclado con la cera de las velas, y el brillo de tus ojos así, cerquita de los míos, que estallan de tanto amor y orgullo y gustazo de tenerte conmigo. Notar el tacto de tu pecho abierto y de tus labios en los míos, arrullados por la música que suena, tan lenta y tan dulce, los dedos liberando botones para que transpire el amor, y los brazos alzados, las piernas tensas entre piruetas y giros, y la sonrisa alada, y el corazón retumbando de puro gozo.

Me apetece bailar. Quisiera que todos en esta fiesta, que se recogen en la normalidad de una vida gris, supiesen que tú y yo estamos juntos. Que esa tu boca besa la mía, que esos tus brazos rodean mi espalda, que esas tus piernas me atrapan cada mañana esperando a que me quede un ratito más antes de ir a trabajar.

Me apetece tomarte de la mano y llevarte al centro de la pista, donde el aire es límpido y las estrellas brillan y la música retumba como un corazón latiendo, y besarte lento, suave, y tomarte entre mis brazos y notar la fuerza de tu cuerpo único y la ligereza de tus pies que se hacen leves al bailar. Quisiera que todos esos que viven como si la vida fuera de otro supieran que, entre los excesos y los silencios, el amor anida en todos los mundos y que tú y yo hemos fundado un planeta que desea ser libre, una idea de amor que de tan normal puede parecer única, de tan habitual no llame jamás la atención.

– ¿Bailamos?

Me dices.

Tus ojos brillan. Y los míos sonríen. Eres travieso. Y adoro tus travesuras. Y esa boca entreabierta, y ese pecho enorme entre la camisa y la chaqueta. Y nuestras manos unidas, y el roce de las rodillas, y ese balanceo suave de tu cadera en la mía.

– Si tú no bailas conmigo, prefiero no bailar.

Como la noche, me quedo en vilo. Y tu voz es un sol lleno de estrellas y las gardenias abren sus pétalos hasta hacerse horizontes blancos.

– Sin ti, no estaría aquí. Aquí. Y quiero bailar, sí. Contigo.

Y nuestros dedos entrelazados se liberan de su escondite. Y nuestras piernas se llenan de energía y nuestros corazones laten a la vez. Sonreímos. Hombro con hombro nos encaminamos al centro  de la pista; con el bamboleo sensual de la música, y bajo las estrellas, nos miramos. Y no decimos nada. Y sonreímos. Y cerramos los ojos. Y nuestros labios se encuentran en el vacío. Y la música sigue su ritmo y nuestros cuerpos se bambolean con ese sonido de marea y arena. Y no nos importa nadie, pues nuestro mundo es inmune al qué dirán.

Y bailamos. Una y otra vez. En la noche eterna tú y yo. Y como única compañía, la música alada y las estrellas.

Muchas historias de amor/ Many Love Songs.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

11909368_1622836367968515_1114160158_n¿Cuántas historias de amor habrá? Por cada persona una y miles; por cada siglo, millones quizá. Desde que el mundo es mundo gira en torno al amor. Lo que perdemos o ganamos, lo que nos hace sentir: el miedo atroz al abandono, la inmensa alegría de lo novedoso, la plenitud única de sentirnos vivos.

¿Cuántas hostiras de amor se habrán escrito y se habrán cantado? Incontables. Como los corazones anhelantes y heridos, como los despreciados y queridos.

¿Cuántas palabras no se habrán dicho, cuántas frases no se habrán compuesto, poemas y canciones, novelas y epigramas? El corazón late y enloquece al pensamiento, lo marea y le da la vuelta, lo inflama y lo seduce, y las palabras brotan como los sentimientos y los sentidos se abren y se hinchan de gracias y perpetuidad, de para siempre y hasta nunca, de saberes y de olvidos.

Mi historia contigo es única. Porque es nuestra. Y todo lo que tengo tiene ahora tu nombre. Cada latido, cada inspiración para llenarme de ti; cada pestañeo que te retrata, cada trago que te saborea. Ni miles de siglos de sentimientos acumulados se parecen en nada a lo que tú enciendes en mí, y también lo que atemperas y diluyes. Cada palabra de amor, de una historia de amor, es sólo entre tú y yo; cada susurro, cada caricia: la mañana que se enciende, la noche que llega, el rumor del sueño entre suspiros, y el vértigo del placer y de la nada. Porque tú eres único para mí.

Ninguna historia de amor, de las muchas que hay, se parece a la nuestra, porque tú la inspiras, tú le das forma. En el centro de mi pecho y en mi garganta, que se aturrulla de sonidos, que se atraganta de besos para darte; y en mi cabeza, que se ennegrece cuando estás lejos, que brilla inhumana cuando me acaricias.

De las muchas historias de amor, la nuestra destaca por encima de todas: tú eres el centro de mi universo; los límites también, su culmen y su nadir. Para mí no hay mayor abismo que tú cuando discutimos, ni puerto más tranquilo cuando llego, cansado, a tus brazos. El mundo deja de ser mundo a tu lado, y un mundo que es nuestro mundo nace de cada beso, de cada abrazo, de cada sonrisa y cada lágrima; pues lloro cuando nos queremos de cerca y suspiro, intranquilo, cuando te marchas.

Hay muchas historias de amor, y nunca nos cansamos de oírlas, de verlas, de leerlas. Hay muchas palabras enredadas en sentimientos, y muchos sentidos encontrados y enfrentados. Pero ninguna como la nuestra, que se apresura a juntarlas todas y alambicarlas en los tejidos del corazón, para nacer, renovadas, en cada gesto y en cada susurro. Nada hay viejo en nuestro abrazo; nada es viejo en nuestro amor.

¿Cuántas historias de amor habrá? No me importa saberlo, porque todas se resumen en ti. Y en lo que me haces sentir y en lo que nos hacemos vivir, y en lo que está por quedar, en las arrugas de las sábanas, en el resto de los desayunos, en los besos que, hasta cansados, nos damos.

Nunca antes había sentido esto… Esto que me alborota los pensares, que me derrite y me deshace, que me hace frágil y fuerte, de cristal tallado por tus caricias, y de acero noble por tus besos. Nunca antes me había sentido así… Y, de las muchas historias de amor, amor, sólo escojo la más hermosa, la más imperfecta, y la única que en realidad importa: la tuya de amor conmigo; la mía de amor, amor, contigo.

Qué felicidad.

Vida.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

10261113_673640542672354_595072481_n Cuando un paciente fallece en la UCI es necesario que cerremos su historia clínica. Es parte de nuestro trabajo y nuestra responsabilidad, el último servicio que prestamos a un enfermo.

En general, es una labor un tanto ardua y habitualmente dejamos los sobres de las historias clínicas en papel en una estantería donde se van guardando hasta que se cierran. Cuando mi padre falleció en la UCI el año pasado sus tres grandes sobres permanecieron en la estantería, como el de cualquier enfermo más, durante un tiempo.

Cuando pasaba a revisar aquellas historias que me tocaba cerrar, tropezaba con ellos y me quedaba unos minutos mirándolos. Los acariciaba con los dedos, recordando cada uno de los días que él pasó ingresado, cada instante de nerviosismo y de alegría, de risa y de miedos y de llanto. No me animaba a abrir aquellos sobres cuyo contenido conocía tan bien, y verlos allí era un recuerdo constante de su paso por mi vida.

En todo este tiempo que ha pasado, tiempos de ajuste y de cambios, a veces me quedo en silencio cuando paso por el cubículo quince, donde estuvo aquellos largos ocho meses. No tenía que hablarle. Él me veía desde allí ir de un lado a otro, y con su buen ojo, sabía que estaba cerca. A veces me sonreía y yo le devolvía a sonrisa; y a veces, yo me lo quedaba mirando en la distancia, sabiendo que su progresión era mínima y que no saldría de allí. No se lo decía, pues nadie he conocido tan vital pese a su larga vida de enfermo, así que cargaba con esa certeza callada durante todo el tiempo necesario hasta que se hizo claro a mi madre y hermano que él no viviría más.

Me quedo callado cerca de esas puertas mientras mi memoria recrea todas esas mañanas, esas tardes, esas noches que pasamos juntos, y que él pasó junto a todo el equipo de UCI que se entregó como nadie a su cuidado. A veces alguien cae en la cuenta y me dice cualquier cosa o me da una palmada en la espalda, y ese momento congelado pasa y todo vuelve a la normalidad.

Ayer por fin decidí abrir el informe del cierre de historia de mi padre. Allí estaba resumida su vida hospitalaria, su vida de enfermedades variadas, y sus ocho meses de ingreso. Escrito con una concreción y un respeto casi único por uno de los médicos a los que tenía en más respeto y con quien conversaba, en las noches de insomnio, sobre la vida en América y el día a día. Ese compañero, en un regalo final, nos añadió a todos y cada uno de los médicos que lo atendieron alguna vez, en representación de todo el equipo de enfermería, auxiliares y celadores que se dedicaron con tanto cariño a él. Y escribió mi nombre en la última línea. Mi nombre, como responsable también de su cuidado, como deudor de su vida, como cuidador e hijo.

La Vida que nos da esas sorpresas, que nos sacude y nos da la vuelta y nos hace sonreír y llorar y temer y pensar. Todos los errores que cometí, todas las acciones imperfectas, las impaciencias que tuve, las irrupciones sin sentido, los accesos de ira por no ser entendido, el agobio de ser el único en mi familia que sabía, que conocía cuál iba a ser el fin de toda aquella lucha sin sentido, pero que tenía que ser llevada a cabo, como cada una de las facetas de la Vida, solo como nunca, no sé si comprendido, pero amparado por todos y tan cansado…

La Vida que nos deja solos, que nos obliga a aceptar cargas cuyo peso tambalea nuestros hombros, que nos arroja a abismos de los cuales pensamos no poder salir; que nos hace sentir culpables y a veces merecedores de elogios y de alegrías. La Vida que se regala generosa y ciega, pero que siempre cobra un tributo, un peaje. Todavía lo estoy pagando. Cada uno de nosotros lo está haciendo a su manera.

Tengo una copia de ese informe. Y cada página es un retrato de cada momento que pasamos juntos. Mientras estuvo sedado; sus infecciones; las veces que, paciente, toleró pinchazos y manipulaciones; su desagrado a ser tratado como un mueble, su posterior capitulación a ser bañado, levantado y sentado y acostado, embadurnado de crema, y a ser alimentado y cuidado. A hablar a través de una cánula de traqueotomía y a respirar a través de una máquina.

Oh, la Vida que me ha regalado momentos increíbles y cuyos ocho meses más duros no han quedado todavía atrás.

No fui valiente ni justo ni ecuánime. Con nadie. Y menos conmigo mismo. Y la Vida me ha llenado de silencio, que pugna por ser roto y a veces por ser entendido y escrito. Puede que lo consiga, como aquel que escribió ese informe casi perfecto, y que consideró (me consideró) digno de aparecer en él como uno de los cuidadores de ese paciente de la cama quince que era, que fue, que es, mi padre.

Vida…

Un mundo nuevo/ A Whole New World.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

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En tus ojos/ In your eyes.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

1389302_885594204841493_590617694_nEn tus ojos lo veo todo. Las luces de la calle, su solead sonora, el repiqueteo de la lluvia en las aceras. Tu cuerpo echado a un lado, a mil metros de mí.

En tus ojos siento mis lágrimas, que parecen rebasar el balcón de mis pestañas. Pienso en ti, que duermes como si nada, cuerpo abandonado de toda dicha ajena al sueño, soñando seguro con algo lejano a mí.

Podría decir que me estoy volviendo loco. En realidad, muero de tristeza. Se me nota en la voz, se me escapan en los suspiros de boca abierta. Intento tocarte, pero estás tan lejos en esta cama enorme, que parece un planeta deshabitado. Nuestro lecho es un océano que separa dos mundos cuyas costas ya no se conocen, o se han aburrido de quererse.

En los ojos veo que ya no me quieres. O me quieres distinto. El paso del tiempo madura el amor y a veces también lo desgasta. Tus labios tienen un rictus algo amargo, que casa tan bien con esa pequeñas arruguillas en las sienes. Ya hay alguna hebra de plata en ese cabello de oro, y me doy cuenta, como revelado, que nos hemos hecho más mayores y que la vida pasa, como la noche y la lluvia y la tormenta de repente, anclándose en otras dimensiones, en otros planetas.

El reloj cambia minuto a minuto al tiempo. No importa. Los segundos parecen congelados en las sonrisas que ya no tenemos, y en las caricias que a veces nos damos mecánicamente, como cumpliendo un rito. Antes era un milagro, lo veía en tus ojos, cada beso, cada tacto, esa piel sentida y achispada, con olor a madera y a flores abiertas, desplegadas y únicas. Y en la risa y en el silencio. Ahora es pesado como un secreto, y el incienso del sacrificio inunda nuestro hogar: has cambiado de perfume y te has cortado el pelo. Ni la bella melena rubia cubre ahora la almohada, que te desnuda la nuca hermosa, la espalda de bramante, entretejida y fuerte como nuestro amor. O nuestro cariño. O el brillo de tus ojos y los míos.

Cierro mis ojos y veo los tuyos: el brillo de unas pupilas dilatadas por el alcohol y a veces por el deseo. Y tus dedos recorriendo una y otra vez la autopista de mi pecho, ensortijado a veces, a veces enredado en unas caricias que se quedaban a anidar en mi vello para siempre. Y la lengua graciosa y los labios suaves, desplegados como velas en la mar, y la fuerza que eleva los cuerpos y las llamas que purifican las intenciones y que reducen todo a la nada.

El amor, por ejemplo. Y el brillo de tus ojos.

En tus ojos veo que pronto te irás. O que me marcharé yo. No puedo dejar este lugar hermoso que hemos creado juntos; tus libros, mis películas, todo aquello que tiene un origen común. No puedo dejarte sin este lugar donde, una vez entre abrazos, me confesaste que era el único en el que serias feliz.

Feliz siempre, conmigo o sin mí.

Y me doy cuenta, así de repente, con un rayo que ha caído muy cerca, que se ha acabado. El cielo se desploma entero en la noche eterna, las paredes tiemblan y tú ni te inmutas, la boca entreabierta, algo seca, y los párpados cerrados; la luz argentina de la calle platea tu pelo de sátiro. Y casi me vuelvo loco, porque la verdad duele más que las acciones, los actos que desvelan las intenciones ocultas: el silencio ante un comentario; un nuevo corte de pelo, un perfume que alguien te regaló y que te ha encantado.

Veo en tus ojos cerrados todo esto. Son las tres de la mañana y no he conseguido conciliar el sueño, porque mi corazón se niega a capitular sus defensas en una batalla perdida mientras tú descansas ya en el triunfo del guerrero. El resultado de una guerra muda, casi sin discusiones, con ausencia de caricias y de ruegos, y que se estrella una y otra vez como las gotas de lluvia en la ventana, y en el duro asfalto.

No hay descanso para mi corazón adolorido. Pero lo he visto en tus ojos antes de quedarte dormido; lo noté en tu mudez de buenas noches, y cuando te pusiste boca abajo mirando a la pared. Ni siquiera una pequeña caricia, ni un te sigo queriendo, o un intentarlo de nuevo o un tal vez. En tus ojos ya está todo dicho y yo debo aceptar, pues no puedo luchar más.

Pero sigo despierto recordando el brillo en tus ojos, la desnudez de sentimientos y quizá el frío de tu corazón. Y mis dedos helados y esta noche que no acaba nunca.

Arriesgarse/ Taking Risks.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Medicina/ Medicine

11352343_156482694691611_83553776_nTodos los días, en cada hora de cada día, una decisión conlleva un compromiso, una acción, una reacción y un destino. Y miles de cosas me pasan por la cabeza: temores de todo tipo, de desagradar, y el peor, de equivocarme. A veces esas acciones son inconscientes, o llevadas a cabo a través de la autopista de la intuición. Otras, se sopesan tanto que todo sentimiento de frescura se alambica hasta desaparecer por completo, y esa acción carece de frescura pero procura teñirse de mayor seguridad. Pero en todas se esconde la posibilidad del error, de lo desagradable, de la pérdida.

Hay una tendencia, siendo yo el primero, de quedarnos varados en nuestra tranquilidad, jugando en las aguas serenas de lo conocido. En esos límites de acción, el error casi desaparece, las respuestas que se derivan de esas decisiones suelen ser ya conocidas y, por tanto, poseemos armas para afrontar la reacción que se produce. Yo el primero. Pues odio sentirme incómodo, carecer de armas para defenderme, enfrentarme a la critica ajena, y errar. No lo tolero, casi me resulta insoportable. Conducir, aparcar, escoger la marca adecuada de leche, intentar no derrochar, ser inventivo y simpático, sereno y vivaz; limpiar la casa o la ropa que me pongo, todas esas pequeñeces de las que está hecha la vida me impulsan a salir de mis límites conocidos y por tanto me obligan a coger riesgos. Imagínense trabajando en al UCI.

Cada decisión es un posible error. Cada decisión será criticada con lupa por mis compañeros, sometida a una disección dañina en esa lucha de egos de la que la Medicina no sólo no se libra sino que parece avivarla. Cada orden médica que decido impulsará la máquina de Enfermería y de Auxiliería y de Celaduría. Y sus miedos y los míos se encontrarán y se unirán o se repelerán sin remedio.

Hay múltiples factores que se combinan en los intercambios humanos a todos los niveles; en el profesional, cuando tomamos en nuestras manos la Salud, y por tanto la calidad de vida (y la Vida) de los pacientes, estos están imbricados en la misma profundidad de cada ser. Yo el primero. Cada guardia es una batalla constante entre la acción y la inacción, decidir lo correcto y hacer lo que se debe hacer. Cada guardia es una batalla campal de egos, de miedos y frustraciones. Cada guardia es un sin fin de riesgos que tomar y que vivir.

Al cansancio, al nerviosismo, a lo ignoto, se les añade la carga insoportable del error, de la burla, de la crítica, del miedo y, a veces, la de nuestra natural tendencia a la molicie y el abandono.

Cada guardia es para mí un trasvase de energía sin igual que me deja vacío, seco, lleno de un cansancio que me arrebata el sueño y por tanto el descanso; un examen continuo, que se repite una o dos veces (a veces más) por semana, que no distingue días señalados ni cumpleaños ni fiestas, y que borra toda posibilidad de estabilidad vital, ese supuesto ideal de vida que parece una línea recta pero que, en el fondo, es una carretera secundaria llena de derroteros absurdos y de baches.

En ese estado de furias interiores (me viene de repente la imagen platónica del Auriga y sus dos caballos, blanco y negro, en pugna constante por llevar el mando de la cuadriga, y por tanto, del conductor que intenta equilibrar esas fuerzas y esos egos de la mejor forma posible) cada vez tropiezo con la inestabilidad de muchos de mis compañeros, generalmente más jóvenes, que no están acostumbrados o no quieren enfrentarse a la dura realidad que significa ser un médico de guardia. En general esa actitud dubitativa o de huida no se ve en los demás estamentos sanitarios con la misma frecuencia. Pero es esa frecuencia en ascenso lo que me alarma.

Cada guardia se está transformando en una lucha continua frente a esa actitud de avestruz de las nuevas generaciones de médicos, algo coyuntural y generacional supongo, pues dejando aparte sus capacidades (que son enormes) muchos de ellos carecen, o no desean tener, esa oportunidad de decidir, ese vértigo de arriesgarse. Y claro que asusta, y claro que nos obliga a tomar decisiones cruciales, que conllevan la última responsabilidad y y el abismo del mayor de los errores. Arriesgarse, para esta nueva generación de médicos, les aterroriza, y por tanto no actúan, y por tanto su actitud es la de liberarse prontamente de una carga que les parece muy pesada (que ES muy pesada).

Es una generalización, y me arriesgo a ella pues cada vez es más frecuente que destaque el que trabaja, el que se arriesga, el que salta al vacío; de todas maneras, gracias a Dios hay magníficas excepciones con las que trabajar es casi un juego, y todo riesgo, una aventura única.

Pero esta actitud de huida, de escape me está minando, está acabando con las fuerzas que mi propio conflicto deja mermadas y que el trabajo en equipo veía reforzadas y hasta revitalizadas. Echo mucho de menos la complicidad, el saber que del otro lado del campo de juego está un compañero que, luchando sus propias batallas interiores, pone todavía en primer término el supremo acto de Servir, con todas las consecuencias que conlleva; que, pese a todo, es capaz de aprehender su responsabilidad diaria y arriesgarse.

Qué fácil es quedarnos encerrados en nuestro interior, o dedicarnos a aquello en lo que somos naturalmente diestros. Temo que yo no soy brillante en nada, y cada actividad a la que me dedico me produce vértigo y miedo. Como esquiar, por ejemplo, o entrar en un gimnasio, lleno de una población que parece salvaguardar las normas de un club exclusivo que no pueden ser reveladas al primer neófito que cruza sus puertas. Escribir es para mí un riesgo, pero también un gusto; trabajar cada día: sedar a un paciente, intubarlo, coger líneas arteriales o venosas, sopesar un tratamiento, repensar un cambio de actitud, y muchas veces decidir cuándo dejar de luchar o cuándo seguir adelante.

Arriesgarse tiende las cuerdas de nuestra vida, pero es la Vida, es aquello por lo que estamos aquí: enamorarnos, asearnos, vestirnos, enfermarnos. Todo en al vida conlleva una decisión, y por tanto un error o un acierto, y por tanto un riesgo. En ese estrés y en esa calma se halla el secreto de una vida sana, o al menos feliz. Y yo no tengo esa llave todavía, o se me han mezclado los mapas.

Trabajar así se hace difícil. A la precariedad laboral, al estar expuestos constantemente al ojo crítico de los demás, se añade el peso inabarcable del trabajo ajeno en soledad, un miedo que se alimenta de otro miedo y que genera situaciones incómodas donde la última palabra, la última acción, la última responsabilidad es mía. Y así no deberían ser las cosas.

Todos jugamos este juego del riesgo. Algunos cobran verdaderas fortunas por patear un balón, por actuar ante una cámara, por decidir qué leyes encajan mejor con la sociedad del mundo. Otros no tenemos esa suerte, ni ese reconocimiento. Y ahora tampoco, me temo, la propia colaboración entre iguales.

Qué difícil es vivir, por favor. Y lo que queda.

Oliver Sacks: En movimiento/ Oliver Sacks: On the Move.

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Oliver-Sacks-HBR-Cover2El Dr. Oliver Sacks ha sido un persona afortunada. No sé si él se vería de esta manera, pues un espíritu sabio y libre en línea generales no se reconoce como tal hasta que el largo viaje de la Vida se hace lo bastante transparente como para verse reflejado en las cosas que han ocurrido, en las reacciones que ha tenido, usualmente también en lo que ha hecho,  finalmente en el resumen de sentimientos que ha sentido y, por lo general, se asombra por un instante y después lo deja correr: todo esto y más está escrito en On The Move.

De los hechos y maravillas que el Dr. Sacks ha realizado durante su dilatada y fructífera vida, hay mucho publicado. Yo lo hubiese llamado, en la forma más respetuosa y cariñosa posible, Dr. Ollie o Dr. Maravillas quizá, por su asombrosa inteligencia, sus ojos luminosos, su aspecto de gigante de cuento y su corazón de oro. Y lo hubiese llamado así como médico, como persona, como amante de todo el mundo científico (desde el estudio de los elementos químicos hasta la biología, desde la física más elemental hasta los niveles cuánticos y subatómicos del universo) y del Arte (su amor por la música, su perpetua entrega a la literatura, su romántica visión de la pintura y el dibujo), por su prosa profusa, su voz grave y su andar de pato mareado y enérgico. No pretendo, en estas líneas, alcanzar tal estado de homenaje ni tales fronteras de elegía. Pero se los merece, por su fragilidad y su energía, por su forma de ser y su valentía.

On the Move es su historia, al menos el retrato apasionado y libre de su propia vida; un ejercicio de modestia sin límite y, sobre todo, de desnudez integral, que traspasa cualquier frontera de lo posible, mostrándose frágil, único y sobre todo, o más que nunca, verdaderamente libre. En sus páginas fluyen su vida familiar, sus años de formación, su vida muelle, su amor por el cuerpo masculino (que lo llevó al culturismo y a proezas de fuerza física increíbles en su época), sus adicciones, que las tuvo; sus accidentes, sus dudas, sus aciertos y sus errores; en esas páginas Oliver Sacks se desnuda como nunca, y se cubre como nunca de asombro y de ingenuidad, de ternura y de una pureza que traspasa los límites de las palabras y toca los corazones y las almas.Oliver Sacks

Oliver Stacks era un hombre puro corazón. Corazón con riendas tensas, pues temía ser desbocado; corazón que se desbordaba en la práctica de la Medicina; corazón dudoso; corazón inhibido; corazón angustiado y, finalmente, corazón liberado. Oliver Sacks, que se prohibió a sí mismo amar, fue un hombre que amó más allá de los límites del cuerpo, y que se halló liberado de todo pesar y de todo sentimiento de incapacidad al final del camino.

On the Move es la historia de un hombre que, temiendo una vida efímera y encallada, siempre estuvo en movimiento, en esa eterna búsqueda que a todos nos define y que nos lleva, dando tumbos en una dirección u otra, hasta que hallamos el verdadero camino, nuestro lugar en el mundo.

Oliver Sacks fue un hombre de despertares, de descubrimientos, de búsqueda. Buscó siempre el conocimiento, el porqué de las cosas, la explicación que une la fisiología con la conciencia, el puente que enlaza la vida consciente con la actividad molecular de estar vivo, despierto. Toda su vida médica estuvo dedicada a la investigación de la conciencia a pie de cama, en las trincheras como yo llamo a la actividad del servicio al paciente; quiso saber, y consiguió entender, con su vasto conocimiento de historia de la Medicina, que la Medicina no es un ente cristalizado, que lo que sabemos hoy no son más que señales de un camino mucho más vasto, que aquello que consideramos inmutable es en realidad una maraña más complicada (y a la vez más simple) de lo que pensamos, y que el milagro de la Vida está unido a los materiales de la tabla periódica tanto como a las estructuras cerebrales, a la historia de nuestro pasado y a la respuesta que creamos en el momento presente en el que nos encontramos.

En On the Move asistimos a ese darse cuenta, a ese hallazgo tan sencillo que hace que todo encaje: lo que fuimos, lo que hicimos, lo que sentimos y lo que somos, incluso lo que padecemos y cómo lo hacemos. Un hombre dedicado más de cincuenta años al estudio de los efectos de la Enfermedad sobre el individuo, de los efectos de un tratamiento sobre la vida de un paciente; vivió sus propias enfermedades desde esta dicotomía tan suya, y nos dejó legajos de pensamiento y de sentimientos únicos en donde somos al mismo tiempo médicos y pacientes, sufridores y sanadores, pero nunca dejamos de ser individuos, es decir, seres humanos.

Oliver Sacks es un hombre de defectos; de gran corazón; de manías, de inhibiciones. Pero en On the Move nos muestra cómo cada una de las etapas vitales sólo sirven para la purificación del pensamiento, para la entrega total de cuerpo y alma a lo más grande que tiene un ser humano: el Servicio a los demás, y el permiso a perdonarse a sí mismo, es decir, a la capacidad de ser libres.

BN-IE922_bkrvsa_J_20150501120651Cada capitulo de On the Move está lleno de idas y venidas, de marchas atrás, de idas hacia adelante; parecen ideas sueltas que sin embargo llevan cosidas a su vera un hilo común, y es el del descubrimiento, modestísimo, de una vida grande, de un individuo único y voluntarioso, inteligente, brillante más bien, pero por sobre todo trabajador constante, que descubrió su fin último, su motivo de vida, una vez se liberó de todas las taras que lo ataban a lo mundano, una vez que tocó la toba eterna.

Oliver Sacks, el Dr. Sacks, había nacido para escribir. No para unir Ciencia y reflexión mundana, no para acercar la naturaleza íntima de la actividad médica y las Enfermedades que nos afectan al gran público, si no para ser un gran escritor. Y su lucha en contra, o al menos, no a favor de reconocerse como tal, lo llevó a infinidad de triunfos mundanos (por lo demás vividos con extrema cortesía y con una bonhomía inigualables), a reconocimientos y homenajes, pero sobre todo, le dio vía libre pare reconocerse merecedor de amar y de ser amado, de ser apreciado y de ser realmente lo que hubo soñado desde que era niño: un verdadero escritor.

No hay nada de ficción en la extensa obra de Oliver Sacks. Ni falta que le hace. Él narra la Vida, que ya está llena de desgracias y de humor repartidos a partes iguales. Lo que hace de On the Move la joya que me ha apasionado, es que es su vida, su propio periplo, el que contiene cada gota de pasión, de desconcierto, de descubrimiento y de alegría, de errores y de fracasos, de brillante inteligencia y de delicada cortesía, que lo hacen un gran hombre, un hombre digno de ser conocido, y por sobre todas las cosas, querido.

Escrito a las puertas mismas de la muerte, On the Move es un libro de esperanzas, de verdades encontradas y sobre todo, por encima de todo, de libertad. No lo sabemos, no lo imaginamos hasta la última página, hasta la última referencia escrita, hasta que descubrimos que, ya en el final de su vida, abre su corazón, abre su alma al amor y se abandona, como el niño que nunca ha dejado de ser, a la belleza de ser amado, de sentirse encandilado por ese pequeño milagro que a sus ojos se hace inmenso, y por la perplejidad de reconocer que ha conseguido, sin saberlo ni esperarlo, lo que siempre había anhelado ser: un gran escritor.

Siempre cambiante, Dr. Sacks. Siempre en movimiento, querido Ink, ahora más en la muerte. Y gracias por todo.