Para recordar/ To Remember.

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Ha sido una revolución. Y como todas las que atañe a la Humanidad, se ha cobrado millones de víctimas. Nada nuevo hay bajo el sol. Pero la infección por el VIH debería recordarnos la verdadera hermandad de los seres humanos: no esa ilusión espiritual, no esa quimera política, si no la primordial, la verídica:  la que tiene que ver con la sangre, el semen, el sexo, la unión de dos personas, la unión de los que una vez estuvieron y los que vendrán en un futuro, aquellos por los que hemos sentido amor o miedo o esperanzas, y aquellos que sólo se transforman en objetos de atracción, de deseo y a veces también, de burla hacia nosotros mismos o de escape.

Somos una cadena. Cada mano que nos toca viene cargada con el peso de lo que ha sido la Humanidad, cada mano que tocamos nos ata a esos millones de personas que vendrán en un futuro.

Eso es el VIH: la llamada d atención, el lazo rojo del recuerdo. La economía, la política, el poder no importan, o nunca importan en lo real (en la sangre, en el semen, en el sexo, en la unión de dos personas) aunque lo entorpezcan, retrasen e intenten detenerlo. Jamás se puede detener a la vida: ni al nacimiento ni a la muerte.

Gracias a la investigación en VIH se han abierto las puertas a tratamientos antes impensables en otras enfermedades. No hay caminos milagrosos, ni plegarias que atemperen la existencia de las Enfermedades. Pero sí las actitudes, los cuidados, las ganas de vivir una vida plena y sana.

Hoy es un día para recordar. No sólo las pérdidas, los malos momentos, la incertidumbre, el error. Si no para celebrar la liberación, la marcha siempre hacia adelante de la Humanidad. Con dolor, con angustia. Pero también con esperanzas.

Si tú te atreves.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music
Si tú te atreves. Luis Miguel.

a Cris Montes y a Anita Tef.

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Te veo. Larga la melena peinada en ondas, ojos rasgados, rojos los labios algo entreabiertos, cuello divino del que penden una perlas hermosas y suaves. Escote sencillo, urgencias resbaladizas sobre el terciopelo de tu piel.

Te veo. Y deseo tocarte. Te veo y deseo besarte. Sentir nuestras pieles unidas, nuestros dedos perderse en un bosque de secretos, tocar cada uno de tus pechos, rozar la espalda enorme que, desnuda, se ofrece a la caricia.

Jamás pensamos que esto pudiera pasarnos. Estamos lejos. Tú con ella, yo con otra. Pero cada encuentro es una revolución. Cada palabra que dices irrumpe en mi pensamiento y hace temblar cada poro de mi piel. Y tú ríes cuando te hablo, una sonrisa cómplice quizá, con un rictus de deseo que a veces se te escapa.

Me digo a mí misma que debemos ser discretas, que se nos tiene que notar, que vamos a cometer un desliz, una comentario fuera de tono, un deseo convertido en una caricia más atrevida, un quizá, un tal vez, un puede ser.

¿Quién le pone puertas al campo? ¿Quién puede detener la llama que enciende un corazón y lo llena de cenizas que bullen con tu nombre?

Si tú te atreves yo me lanzo contigo. Sé que te quiero. Sé que me quieres. Vernos es llenarnos de deseo, deseo desesperado de poseernos allí mismo, en medio de las cuatro, en la sombra y en la luz.

Si tú te atreves yo lo dejo todo. Te sigo al fin del mundo y te amaría hasta quedarnos cansadas, hasta sentir que del placer quizá pudiésemos morir. Ese vértigo, ese abandono, esa dulzura y ese éxtasis que deshace mundos, que revoluciona cielos, que destroza vidas que dejan de importarnos…

Pero me detengo. Desvías mi mirada y te quedas mirando a ella. Lo sabes: es el momento, o fuera o dentro, juntas o sin mí. Y sin ti. Siento que dentro de ti bulle una revolución que acalora el pensamiento, lleno sólo de corazón que late de deseo, que hierve en la piel. Y callas…

Me sueñas, lo sé. Yo te sueño. Una pasión así, que promete destruir nuestras vidas cómodas, nuestra forma de pensar, da vértigo. Pero es el momento, o fuera o dentro, de mí, de ti; no hay otra forma, lanzarnos al precipicio o dejarlo pasar… Pero no poder verte más, no poder oler el perfume fresco de esa piel blanca y flexible, el lento dibujo de los senos en la blusa, la promesa encerrada entre las piernas de bailarina… Me intoxica, me desarma, me desespera.

Te veo. Hay demasiada pasión para pasar desapercibida. Me levanto. Ella no me mira. Ella confía demasiado en mí. Sabe que no la dejaría, que no me atrevería. Pero se engaña. Porque eres tú. Tú me das fuerza bruta, me inflamas de sensualidad, haces que mi piel se abra como una flor nueva, embriagada con ese perfume salpicado de champán.

¿Quién le dice que no al amor? Puede que tú. Y puede que yo. Si tú te atreves, lo dejo todo. Si tú no lo deseas, mi corazón se romperá quizá para no volver a reparase, pero al menos me quedaría ella, la comodidad de un hogar de más de diez años, y la pasión apagada que enciende una llama tibia de vez en cuando. A veces debemos asumir que el tiempo pasa y que vivir ya no es para nosotros…

Es cierto, no somos libres. Es cierto, puede ser un error. ¿Pero quién le dice que no al amor? Si tú te atreves lo dejo todo atrás, y prometo abrirte a un mundo nuevo, al paraíso de lo real, a la magia escondida en la piel saciada y en el sudor pegajoso que no nos separa. Si tú te atreves, sería capaz de hacerte tan feliz como pudiera… Y tú a mí.

Y te veo. Y me ves. Y sonríes. Y giras la cabeza. Y las ondas de ese pelo maravilloso se deshacen y se rehacen como la marea de la mar. Lo mismo tu sonrisa, lo mismo tu atención hacia ella. Sí, no somos libres… ¿Y qué?

Mírame, deséame lo suficiente, ámame lo bastante como para dejarlo todo atrás…

Si tú te atreves, el mundo será nuestro, lleno de pasión, sí, y de amor, y de novedad. Dejándolo todo atrás, un dolor y una estabilidad, pero viviendo una nueva esperanza, una nueva oportunidad.

 

 

 

Seguridad (Social).

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11917784_1932935756932048_993577586_nMe llamaron por un paciente. Si podía bajar a Urgencias (está una planta más abajo que la UCI) para evaluar un caso de gastroenteritis agravada por deshidratación. El caso, de lo que llamamos shock mixto, infeccioso (distributivo) e hipovolémico (por la pérdida masiva de agua que no se repone con el cuadro de vómitos y diarrea) no pasaba de ser, a todas vistas, uno más.

Cuando llegué pregunté dónde estaba el paciente y sus cosas. Siempre que me da tiempo me gusta saber el nombre de la persona a la que me dirijo. En esta ocasión no supieron decirme bien su nombre ya que el paciente, joven y andador del Camino de Santiago, apenas si decía una frase completa en español.

Al llegar a la cabecera de la camilla le sonreí. Procuro hacerlo, generalmente porque me sale de dentro y ya bastantes preocupaciones tienen los pacientes para añadir una mala cara, un mal gesto o una palabra salida de tono. Intenté decir su nombre y sonrió. Era coreano. Del Sur, claro. Comencé a comentarle en inglés lo ocurrido. Pero al parecer de inglés sabía lo justo, quizá un poco más que yo de coreano. Ahora entendía porqué era un caso un poco especial.

Allá nos entendimos, creo. Le dije que iba a subirlo a la UCI, que necesitaba una vigilancia más estrecha y que allí seríamos capaces de dársela. Me miró con cara de terror, cosa que creí comprender, e intenté apaciguarlo de la mejor manera que se me ocurrió a las tres de la mañana.

Subimos. Young, el paciente, era un economista que había visto un par de documentales sobre le Camino de Santiago y le pareció tan particular la experiencia, que decidió hacer un viaje tan largo para emprender otro aún más largo en su interior. Apenas si llegaba a los treinta años. Le pregunté por acompañamiento. No tenía a nadie. Sólo un compañero que conoció haciendo el Camino, un francés que llegaría por la mañana y que esta intentando resolver los asuntos necesarios desprendidos de la enfermedad repentina que padecía.

Estaba muy cansado, muy deshidratado después de tres días sin descanso con vómitos y diarreas y apenas comida y bebida. Necesitaba dormir, hidratarse, despreocuparse y descansar. Como para no entenderlo.

En esa mezcla de inglés, español y signos (el idioma universal, junto con los besos y los abrazos y, lamentablemente, el horror de la muerte) conseguimos comunicarnos. Le expliqué a Young que necesitaba canalizar una arteria para controlarle la tensión arterial y tomar muestras de sangre. Además, haríamos cultivos microbiológiocos para saber qué germen estaba causando su cuadro clínico y que íbamos a iniciar un tratamiento antibiótico por la vena a la espera de que pudiese retener algo en su maltrecho estómago.

A medida que desgranaba cada paso, sus ojos se llenaron de terror. Creí entenderlo. Le cogí de la mano y le transmití mi casi absoluta seguridad de que todo iba a salir bien. Por lo pronto, me prohibió acceder a su arteria. Es un procedimiento doloroso, cosa en la que no iba a mentirle, pero que tenía muchas ventajas, por ejemplo, no tener que pincharlo más en toda su estancia en UCI. Ni por esas. Así que tuvimos que resolvernos sin control arterial.

Negociando, conseguí arrancarle el permiso para acceder a sus venas, así que el equipo de enfermería, tan diligente siempre, en nada tuvo accesos venosos y el tratamiento comenzó sin más tropiezos. Tuvo arcadas y sensación de vaciamiento intestinal, lo dejamos solo un ratito y pronto se le pasó. En menos de una hora, con el gesto más suavizado por la reposición de sueros y la analgesia, la extraña comodidad de un cansancio eterno que empieza a ser olvidado y los antibióticos, Young estaba preparado para una nueva conversación conmigo.

Quise saber sus antecedentes (nada importantes) y si era alérgico a algo (no). Quise saber qué le pasó durante los últimos días del Camino. Una comida en mal estado. Bien. Le dije lo que pensaba. Volvió esa expresión de angustia. Le comenté que, siendo sábado aquella noche, si todo iba bien subiría el lunes a la planta y, si todo iba bien (no había nada que indicase lo contrario) el miércoles estaría fuera del hospital. Como a cada palabra que decía ponía una expresión más asombrada y nerviosa, desorientado, me callé, y le pregunté qué ocurría. Y entonces sí que lo entendí todo.

Qué importante es tener Seguridad Social. Ese colchón, esa tranquilidad que nos garantiza que nuestra Salud estará a cargo, bien cuidada, bien tratada allá adonde vayamos. Qué infinita gracia tenemos los españoles gracias a nuestros esfuerzos e impuestos (y no, sé que no son suficientes, pero quizá el desvío político del dinero demostraría que podría sostenerse mucho mejor de lo que se ha hecho hasta ahora); no sabemos valorar la potencia de sabernos acogidos por la Seguridad Social, por las prestaciones que nos ofrece, por la tranquilidad que nos aporta.

Young no tenía Seguridad Social. Trabajaba y tenía un seguro privado, pero no sabía decirme con certeza si era capaz de afrontar un ingreso en UCI y después un ingreso en planta. Estaba preocupado por todo lo que habíamos gastado en él (pruebas, insumos, medicaciones varias) y el tratamiento posterior, si podrían quedarle secuelas (aquí le aclaré que en todo caso un ligero dolor de estómago y poco más, cosa que lo hizo sonreír) y cómo iba a afrontar el gasto una vez le llegase la factura a casa.

Qué indefenso estaba el caminante coreano. Sin poder usar su propia lengua para comunicarse, solo en un país extranjero, ingresado en una UCI (cuyo coste al día puede llegar, por lo bajo, a más de 3.000 euros), sin teléfono a mano y el viaje de vuelta ese jueves. Un cuadro.

Durante unos segundos no supe qué decirle. Esperando que la cara de espanto se le pasase un poco, intenté refrenar mis pensamientos. Le expliqué que, en general, nuestra Seguridad Social no tiene por costumbre cobrar sus servicios en situaciones de urgencia como la suya, y que lo que estábamos haciendo por él era necesario pero no particularmente caro. Como entendía de números (bastante más que yo, cosa no muy difícil, por lo demás) sólo sacaba cuentas. Así que le expuse el precio del antibiótico que había escogido, uno muy bueno pero que, a favor, es muy barato. Los sueros (a paladas, eso sí) tampoco supondrían un gran gasto. Le dije que se olvidara de contar gasas o compresas, agujas o termómetros: de eso no se lleva cuenta, va en el paquete (nunca mejor dicho); lo caro en todo caso, aparte la entrada en Urgencias (la emisión de una ficha está valorada, que no se cobra a nadie, en unos 300 euros por cabeza), estaba en las pruebas complementarias: la placa de tórax, las analíticas y las pruebas microbiológicas. Me preguntó cuánto, y callé por prudencia: un TAC abdominal sale por un ojo de la cara (y mira que hacemos muchos); en su caso sólo fue necesario una placa de tórax (que hacemos a todo el que entra por Urgencias, necesite o no, y es algo que habría que corregir no sólo por gasto económico sino por seguridad del paciente) y un eco abdominal, que bien no siendo barato, su coste no llega a ser estratosférico. Le di una cifra al azar (hubiera podido inventarme cualquier otra): total, la expresión de terror ya la tenía dibujada en la rostro.

A medida que recuperaba el sentido del cuerpo, su letanía mental continuaba. Si viajaba el jueves, ¿cómo podía comunicarse y retrasar el viaje en todo caso, y dónde se quedaría, pues ya no sería peregrino para alojarse en los albergues? Pidió su móvil, y desoyendo las normas, se lo dimos. No tenía carga y le prestamos un cargador. Mientras tanto intenté calmarlo. Le dije que por la mañana llamaría a la Trabajadora Social y expondríamos su caso, seguro que podría ayudarlo. Y casi le aseguré que el jueves estaría en el avión de vuelta a Corea. No sé si me creyó o le venció el cansancio. Sólo sé que al rato cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. Despertó casi al mediodía, cuando yo ya me estaba yendo, con la noticia que la Trabajadora Social vendría en sus horas libres a echarle una mano.

– Y es gratis, descuida.

Le sonreí, y por primera vez él también lo hizo. Me despedí y no volví a verlo. Me enteré días después que embarcó feliz y ya recuperado ese jueves y que se marchó con la preocupación más aletargada por los buenos haceres de la Trabajadora Social.

Eso es Seguridad. Seguridad es pasear por París, Londres o Madrid sin que unos inconscientes embebidos en el juego de cientos de malas personas arramplen a tiros o lancen bombas. En el siglo XXI debería haber conciencia cívica, conciencia personal, protegida de ideologías malsanas y llena pensamientos libres, y sobre todo, por encima de todo, de respeto por la Vida, y por la Salud ,y saberse con derecho a ellas. Eso es Seguridad. Es un bien social. Un bien Individual. Es un derecho real del ser humano.

Y no, no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y no exigimos de nuestros gobernantes esa altura de miras que exigiría de ellos cercenar su poder, sus intrincados mecanismos de gobernancia y de mantenimiento del poder que deberían acabarse de una buena vez, para que el dinero no se desvíe de los cauces verdaderamente importantes: una Educación que nos enseñe a liberarnos de las manipulaciones de los gobernantes primero, de los extremismos, de la xenofobia, de la irrealidad después, y la Salud para trabajar, levantar una vida y un país y un continente y un planeta, y desarrollarnos como individuos, como seres humanos.

Mi padre estuvo ingresado ocho meses en la UCI. Yo no hubiera podido pagar ni un día de ingreso. Pero él estuvo: sé de verdaderas fortunas perdidas por los altos costes sanitarios (otra cosa es que sean necesariamente tan caros, pero todo tiene su razón de ser) a los que un ingreso en UCI, un inconveniente o una enfermedad crónica o incluso incurable puede abocar. Sin contar, que hace falta, con la alteración del esquema vital del Enfermo, que lo lleva incluso a perder durante un tiempo indefinido pero siempre largo, la entrada monetaria en su vida, tan necesaria para poder seguir en el día a día.

Young sabía a lo que se enfrentaba. Nosotros no. Pero sí intuimos que es importante. Unos por pura ideología política, otros por sentido común. Quienes han visitado el Pasillo de la Salud Perdida lo saben por propia experiencia. Nada como la Seguridad Social para sentirnos arropados, tranquilos, seguros y vivos. Nada como saber que tenemos siempre un lugar al que ir y en donde nos tratarán lo mejor que sepan o quieran (espero que bien) y en el que podremos recuperar la Salud sin preocupaciones tan importantes como el coste económico, pues las pérdidas personales y familiares ya vienen de gratis con la Enfermedad.

Por eso debemos seguir luchando. No por ideologías pasadas de moda. La única razón importante es el Hombre y todo lo que eso conlleva. Ni la religión, ni la política, ni siquiera las opiniones egóicas importan algo. El Humanismo despertó en el Renacimiento de un sueño se siglos. Dos guerras mundiales, miles de conflictos bélicos después, hay un tímido repunte de esa finalidad pura de la Humanidad. Eso es lo que hay que defender. Sea en Lisboa, en París, en Madrid o en Seúl, en plena libertad, sin ideologías, sin aspiraciones personales, sin sueños de grandeza. Porque atañe al hombre como individuo y como Humanidad.

Dr. Zhivago.

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Doctor Zhivago

Aquella tarde/ That Afternoon.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

12120225_1688709504679291_1387368486_nAquella tarde era domingo. Llovía a medias y a medias hacía sol. Ese sol que cae lento entre las nubes tan propias de octubre. Y casi todo estaba cerrado.

La ciudad mojada, sus calles de piedra, el repiqueteo de las gotas en el suelo y en los bajantes, y algunos paraguas abiertos que protegen del orballo y también a veces de las miradas y de los juicios.

La ciudad es dorada en otoño, con un toque cálido y húmedo, las aceras con tropezones de terrazas a medio cerrar, algunas coquetas mostrando la calefacción o las mantas rollizas y rojas, como el abrazo de un corazón. Y caminando entre ellas aquella tarde íbamos tú y yo.

Era domingo, y el tiempo pasa lento en domingo. El atardecer cansado y la luna traviesa con ganas de alzarse enorme en la oblea del cielo. Algunos niños correteando, despreocupados de la lluvia menuda, con sus padres despreocupados y quizá algo arrepentidos de haberlos tenido. A todos nos pasa alguna vez. El río cerca, con su susurro insomne y su andar pegajoso y algo gris. Y en aquella tarde tú y yo caminando juntos, bajo un paraguas enorme, de la mano con las manos escondidas y una sonrisa tonta en la cara amplia y feliz.

Aquella tarde nos besamos. Lo recuerdo porque las hojas caían pendulares a nuestros pies. Y el río era un arrullo que llenaba nuestras bocas. Y el puente, uniéndonos como los labios, como las manos, como las intenciones.

Aquella tarde todo se llenó de luz. Las farolas se encendieron sin duda, y las bombillas de las embarcaciones cercanas. Y las estrellas una a una, ciertamente. Pero fuimos nosotros quienes prendimos el amor aquella tarde, quienes jamás nos arrepentimos de cogernos de la mano y de besarnos largo y tendido, con toda la ovación del otoño, y sellamos una promesa que cambia cada año, como las estaciones.

Son sólo instantes, son matices, no somos más que guijarros rodando hasta el mar, y sin embargo… Aquella tarde tú y yo fuimos eternos. El único café abierto, y los asientos mullidos llenos de hojas secas, y la paz de las miradas y el abrazo de las sonrisas de corazón.

Sólo son pequeñeces, palabras no dichas, caricias que se dan y quedan grabadas por siempre en la frontera de la piel. Aquella tarde sonreías con la boca abierta repleta de mis besos, y yo flotaba, lo sé, sobre el río, sobre la tierra; bailábamos el vals de las hojas ocres, y en el azul profundo de la noche que llegaba, nuestro amor nacía arropado por el viento, la lluvia fina y la eternidad.

Nada es para siempre. Pero esa tarde de oro vive entre nosotros, está junto a ti y junto a mí, cada día que pasa, cada estación, cada otoño que desnuda a los árboles y viste a los adoquines con un disfraz vegetal, con su fresquito de arrullo y su caricia de terciopelo; nada es para siempre, salvo quizá nuestro recuerdo y nuestro calor.

Aquella tarde, aquel otoño, aquel amor… Y tu rostro por siempre joven y tu corazón por siempre en mis manos y mi entrega y mi deseo y mi eterno sí…

Aquella tarde, aquel otoño, aquel momento suspendido, aquellos tú y yo…

Eres tú/ It is You.

El mar interior/ The sea inside

12120378_1635690316708904_278183429_nPaseo por el salón. El parquet se queja un poco. Y dejo rastros de pétalos a mi paso. Sí, no, sí, no.

En el tercero C te has mudado. No hace ni una semana. Nos hemos visto varias veces. En el rellano de la escalera y esperando un poco más al ascensor. Una sonrisa cómplice, un mira-cómo-tarda y cabezas asintiendo. Y después tocaste a mi puerta porque no sabías a quién llamar: algún problema con la luz. Eres nuevo en la ciudad, en el país. Y sonríes como si no pasara nada. Y que sol en tu mirada.

Y paseo por el salón con una copa en la mano. Debo llevar casi una botella de tinto. Un sorbo y otro más. Y otra vuelta por el salón, gastando el suelo, manchando la alfombra de vino y de pétalos.

Eres tú. Sin duda.

Afuera llega el otoño y todo es color de oro y cobre. Y las hojas caen con un vals que me gustaría bailar contigo. La cintura justa, la espalda recta, cierto movimiento torpe de los pies. Y la sonrisa de sol. Y esa mirada azul de extranjero sorprendido. Por mí, claro. O eso espero.

Estoy pensando invitarte a tomar algo. Que te sientas cómodo en esta casa llena de libros que ya nadie lee. Que me gusta presumir de cultura general. Y hablar con epítetos y metempsicosis; palabrotas grandes que van contigo, con ese aire despistado de hombre de letras, y esa camisa entreabierta y el pecho a medio ver.

Eres tú. Lo sé.

Y deshojo esta margarita para que me prediga el futuro. Esas gafas doradas, es pelo revuelto, esa sonrisa imperfecta. Y ese aroma nuevo. Eres tú, seguro. Que me impide dormir, que me hace soñar despierto, y que me induce a pensar una y otra vez todas las maneras posibles, sin parecer un acosador desesperado, de encontrarnos casualmente. Ya he agotado las oportunidades del ascensor y de las escaleras, y en el portal, a fuerza de tropiezos, ya sabes el truco de la llave en la cerradura. Quise llevarte una tarta casera, pero resulta que eres alérgico al gluten y claro, la harina así no te va bien. Me tuve que comer toda aquella trata de hojaldre de manzana, con empacho y dos kilos de más. Y hasta que no di con una receta de galletas no paré; las hice y casi se me quema el horno, que no controlo yo estas harinas procesadas. Y el humo casi alarma a los bomberos y menudo escándalo monté para libertar solo una, que te ganaste por haber sido mi salvador: llamaste al 112 y vi el cielo abierto. No todo el mundo sabe el teléfono de los problemas domésticos.

Eres tú. Lo sé. La margarita me lo acaba de decir, y ahora la veo despelucada entre mis manos. Y parece mi corazón que late alocado por ti, el vecino nuevo del tercero C, con mirada traviesa y algo perdida, recién llegado con el otoño, con ojos de cielo y caminar de bronce. Y si pudiera cantar, la de serenatas que te hubiera llevado; pero mi desvarío tiene algo de freno, al menos. Y sin embargo…

¿Una fiesta? ¿Una reunión improvisada? Amigos precisos, investigación hecha, el mejor vino, los dulces sin gluten y hasta comida koscher, que me pareces medio judío on esa nariz aguileña y esa mirada perdida a veces. A mí me da lo mismo, que de católico a ateo a ortodoxo o cirílico casi no hay paso, y sería como una vuelta al origen de la felicidad si me abrieras los brazos enormes.

Eres tú. La margarita me la ha dicho y mi corazón no hace más que brincar dentro del pecho. Se me llena la boca diciendo tu nombre, que descubrí apenas ayer. Y a tu semblante perfecto puedo añadirle un nombre y hasta melódico suena de tan extraño. Va a ser ahora que eres irlandés y no judío, y el idioma gaélico se te enreda entre las vocales latinas, y todo el embrujo sea sólo ese…

Da igual. Eres tú.

Oigo el sonido de unas llaves, y sé que estás pasando justo por el pasillo de mi puerta, alisándote el pelo revuelto por las borrascas otoñales. Y doy un salto de gimnasta entrenado y casi me estrello contra el suelo. Puedo alcanzar el pomo de la puerta y en un impulso se me sale un grito al abrirla de golpe.

Y te asusto. Y sonríes. Y me dices una parrafada que no entiendo porque estoy demasiado ocupado ordenando las ideas en la cabeza y dándome cuenta que llevo una camiseta horrible, ajustada eso así, pero llena de manchas de lejía, y el pelo hecho un lío cósmico, como mi corazón, que se me sale de la boca cuando te veo.

Pero sonríes y parece que te da igual. Con la mirada sorprendida cabeceas señalándome tu portal. Vas de bolsas llenas de comida hasta la coronilla. Y yo hecho un cisco. Pero no puedo dejarte así. Y salgo. Y te libero de mucha carga, que se nota el gimnasio (creo). Y oímos un estruendo enorme: mi puerta se ha cerrado por la corriente de aire con un terremoto que amenaza con no abrir jamás sus goznes. Y puede que tenga razón.

Te acompaño hasta la puerta. Abres, me sonríes de nuevo, me coges las bolsas y balbuceas en ese idioma extraño cuatro cosas y yo pongo cara de tonto. Y me dejas allí, en el dintel, casi harapiento, con lo brazos cansados de cargar veinte bolsas del súper y más solo que la una. Pero no importa. Eres tú, lo sé. Porque todo me ha parecido un sueño: caminando entre nubes, oyendo el arrullo de un río en tu boca, y viendo el cielo estrellado en esos ojos azul mar. Y todo es una maravilla.

Eres tú, lo sé.

Pero cuando llego a mi puerta me doy cuenta que estoy atrapado: las llaves han quedado dentro y no cargo copias fuera. Y menuda faena. Adentro ha quedado el vino y la margarita despelucada, y los cientos de libros por aparentar, y mi billetera. Y mi móvil.

Eres tú, lo sé.

Pero menuda gracia el cerrajero cuando llegue y tenga que pagarle la minuta.

Como no resuelva este problema que eres tú me voy a arruinar. Y tendré que mudarme lejos de ti.

En fin. Puede que todo esto sea el preludio de la felicidad.

¿O no?

Raúl Nuevo: vida nueva/ Raúl Nuevo: A New Life.

El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone

11807126_10206407968293465_7339321047210007059_oRaúl Nuevo es un espíritu de acero. Sin aristas, brillante, duradero, confiable. Es muchas cosas, que él resumiría rápidamente en cinco minutos: esa voz profunda, esa capacidad de comunicación única, ese intento constante de ser feliz. Tanto, que a veces olvida en su intensidad que realmente, y pese a todo, ya es feliz.

Su vida es puro corazón. Lo lleva en los ojos y en la voz. Dueño de una generosidad de mundo entero, cuando abraza parece un bosque profundo, y a la vez, las alas de un ángel. Quiere tanto que su corazón pesa como el oro; es tan desbordante, que la selva de palabras, de expresiones, de gestos y de sonrisas nos llena de ternura y de comodidad. A su lado nadie es un extraño, nadie pasa desapercibido, nadie tiene nada que contar.

Es el perfecto anfitrión. Histriónico, divino, carente de cinismo (salvo, quizá a veces, consigo mismo) y lleno de positivismo. Nada ha hecho naufragar la nave de ese corazón de aire que posee, oxígeno que nos regala así, a manos llenas. Exigente, más consigo mismo que con nadie, desbordante, único, siempre es nuevo, siempre es él mismo, siempre es único y siempre sobrevive, a punta de esfuerzo y de cabezonería, de querer estar y de amar. Pocos hombres hay más constantes que Raúl Nuevo en sus virtudes y en sus carencias, y nadie tan apasionado ni tan dulce.

Hoy es su cumpleaños. Y quiero que lo celebre con la tranquilidad de una vida vivida, con la seguridad que, una vida nueva, en Raúl Nuevo, es sinónimo y destino. A veces las cosas que nos pasan nos nublan el horizonte; a veces, las vueltas del destino nos entorpecen la marcha. Para Raúl Nuevo sólo deseo que esa travesía tan suya, tan él mismo, consiga darle la paz que tanto anhela (y que lleva dentro), y ese amor, amor, que tanto sueña (y que lleva dentro).

Para Raúl Nuevo, en su cumpleaños y todos los días, en cada amanecer y en cada puesta de sol, una vida nueva, una nueva vida.

Con cariño.