Cosas que nunca te he dicho.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

12747776_474965642695935_660796447_nHa pasado tiempo ya. Desde ese primer instante en que nuestros ojos se encontraron y nos recorrió una sensación que era una veracidad. Tú y yo juntos.

Nos enamoramos rápido. Como suele pasar. Y nos disgustamos rápido. Y nos enamoramos otra vez. Y nos llenamos de risas y de lágrimas, y de caricias y de besos y de refunfuños y de silencios casi a la vez.

Te digo lo que siento. Sabes que no soy bueno con las palabras. Se me traban en la lengua y la garganta se me llena de serrín. Y por eso prefiero las caricias que hablan por mí; tu piel se crispa con la mía, y la blandura de tu espalda es un mar en el que nado feliz cada noche, y la sonrisa que se te pone en la cara, ese susurro de tu lengua en mi oído… No hay mejor poesía…

O sí la hay. Tus silencios. Me gusta cuando callas porque estás a mi lado. Te veo respirar reposado, hinchando ese pecho enorme donde caben mis besos como universos, y tu cabeza ladeada apoyada en mi hombro. Y el momento en que digo tu nombre con todas las letras, con sus tildes y sus diptongos y ver cómo sonríes… Sí, hay momentos entre los dos que son más que poesías.

Hay muchas cosas que nunca te he dicho, por ejemplo que tu amor me hace bien. Tú haces que desee ser mejor persona para los demás, pero sobre todo para los dos; tú haces que me niegue a boicotear mi vida, me haces más grande y elevado, porque confías en mí ciegamente e intentas cada momento hacerme feliz.

Hay cosas que nunca te he dicho que creo que debes saber, por ejemplo que me llenas el alma. Cada vez que llegas a casa del trabajo, iluminas nuestra casa y se me llena la boca de estrellas y se me pone la cara boba y los ojos chiquiticos de felicidad.

Qué alegría me da tenerte cerca, saberte conmigo; acostados uno junto al otro, incluso cuando estamos refunfuñados y algo tontos; el roce justo, el gesto adecuado de reconciliación, de triunfo y pérdida. Como tú no hay nadie, escúchame bien.

Hay cosas que nunca te he dicho, y tienes que saber que eres realmente mi verdadero amor; que eres mejor de lo que nunca imaginé y me hacer mejor de lo que nunca pensé. Y te lo digo así, con el verbo revuelto y el ánimo achispado por lo especial del día.

Tu día.

Hay cosas que nunca te he dicho, como por ejemplo que no hay nadie como tú. Como tú nadie me ha tratado, como tú nadie me ha dicho lo que debo oír sin desear manipularme, sin pedir más de lo que das. Como tú no hay nadie, y no creo que te lo haya dicho antes.

Me has enamorado, me has aceptado, me has cambiado. Y yo he adorado cada minuto de cada día, desde el placer de la mañana al encuentro descansado de la noche, con la luna y las estrellas tatuadas en las rutas conocidas de nuestra piel.

Nuestra. Tuya y mía. De los dos.

Tu día. Nuestro día. De los dos.

Y aunque cada día quiero demostrarte lo mucho que te adoro, hace bien que de vez en cuando te lo diga, así torpe y con la lengua trabada, pero feliz y liberada de mis muchos miedos y de mis flaquezas, gracias a tu amor.

Y me gusta. Me gusta ser feliz así, contigo. Y es algo que nunca te he dicho, pero que mereces saberlo una y mil veces más.

La escalera oscura (de Alejandro Melero).

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

la_escalera_oscura La escalera oscura es el libro de relatos cortos, algunos premiados y otros publicados previamente, del periodista y dramaturgo Alejandro Melero.

La dramaturgia es importante en el estilo de Alejandro Melero. Hay en todas sus historias un tempo suspendido que envuelve al lector: la creación de ambientes, la descripción casi corporal de los personajes y los sentimientos siempre crispados y a flor de piel llegan del mundo del teatro y se instauran en la prosa (breve) con una intensidad inusitada y estimulante.

Hay en La escalera oscura un hilo conductor muy llamativo: todos los personajes parecen cansados de huir hacia adelante, buscan esa rara compasión que nos negamos a nosotros mismos, necesitan reconciliarse con la vida, pasada o presente, e intentan justificarse, con una entrega que es casi un calvario, a las necesidades del cuerpo, a las debilidades del alma. Los personajes de Alejandro Melero luchan siempre, incluso en el abandono; la entrega a lo que sienten o de lo que huyen o de lo que desean es siempre activa, buscan sus destinos, sus decisiones, casi siempre sufriendo por ello, casi siempre siendo aplastados por las circunstancias y apenas liberados por los puntos suspensivos del silencio o los puntos y final de cada página que queda a medio escribir.

Las lagunas de cada relato se llenan con pequeños detalles cuyo trazo dibuja con mano firme; la voluntad de cada decisión, los giros de cada intención son muy pensados y sin embargo escritos con una sutileza atractiva, envolvente. No son relatos fáciles, las luchas y los desdenes, incluso los escasos instantes de vana felicidad parecen arrancados de la dura realidad a golpes de cincel; la amabilidad de la vida, fijada como un tatuaje, no deja resquicio a la fantasía y quizá por eso es hermosa, y esos momentos de respiro refulgen como regalos únicos y raros. Las historias de La escalera oscura están inmersas en la realidad humana, escritas con sangre, moldeadas con piel y huesos, achispadas por resquicios de una sensualidad fluida, libre, que ata y desata destinos, condenando o liberando a cada personaje, identificándonos con ellos, con sus miserias más que con sus alegrías, huyendo de juicios, llenándonos de comprensión y, también, de melancólica tristeza.YBb0OdSx

Melancolía, deseo por lo perdido, búsqueda desesperada de una paz que sólo encontramos en nuestros corazones cuando somos capaces de perdonar nuestra pequeñez, nuestra absoluta falta de brillantez. O nuestra absurda normalidad. Y sin embargo todos los protagonistas de estas historias son seres especiales, únicos, atractivos en su belleza herida, brillantes en su aparente sencillez, navegando entre la sordidez hasta la más pura irrealidad… Lo que hay en La escalera oscura pertenece a los estratos más profundos de los seres humanos, y Alejandro Melero no teme llenarlos de luz y traerlos a la superficie y mostrarlos desnudos y salvajes, dañados e imperfectos, melancólicos y apasionados y por encima de todo, o a pesar de todo, bellos y libres.

Jaime Gil de Biedma: la vida era eso.

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fotonoticia_20151019175535_800Editorial Lumen nos ha regalado, en una estupenda edición, los diarios que el poeta Jaime Gil de Biedma escribió de forma intermitente a lo largo de los años, por lo demás como lo es la propia vida, y que tenía como albacea Carmen Balcells, quizá la mejor exponente o el mayor dinamizador de la cultura en español del siglo XX (y que se le echa de menos, visto el momento actual de qué se edita y a quién se edita.)

La vida era eso, Jaime Gil de Biedma: días que pasan, sensaciones que nos poseen y nos abandonan; miedos que una vez se tienen y que dejamos atrás, salud y enfermedad, y muerte. Todo eso planea por los diarios escritos con intención de ser leídos muchos de ellos (una parte, quizá la más interesante desde el punto de vista de prosa y de vida leída, fueron editados por el propio poeta); pero la sinceridad a corazón abierto, la aprehensión de un ser y de ser; la enigmática facilidad para el amor físico, que hoy llamaríamos eufemísticamente fluido (por lo demás, como muchos seres apasionados por la vida); la sola aparente superficialidad de un hombre que lo tuvo todo y la búsqueda constante de la veta poética, de desear la perfección, de no serlo; la vasta cultura, la sincera sapiencia, la delicada manera de ser brusco y al mismo tiempo tímido; la hipocondría, la melancolía y finalmente el final mudo, seco, como un portazo cuyos ecos todavía reverberan en las habitaciones ya vacías de una vida que fue eso: una búsqueda sin fin, un asidero a veces, a veces desprecio hacia sí mismo (y los demás) y honda preocupación por trascender las letras, los sentimientos y la historia.

Jaime Gil de Biedma era poeta. El extenso y algo cansino prólogo (más valdría haberlo puesto de epílogo, de nota aclaratoria después de los diarios, cuyo valor realmente explican y expanden el carácter y la vida del poeta, pero que carecen de sentido al inicio de los diarios, porque como lectores desconocemos la causa de todo lo que detallan hasta la exasperación) nos recuerda que fue un poeta de corto recorrido, o que al menos él se consideraba de escasa producción. Quizá se equivocaba. Pues lo largo del camino no implica mayor intensidad o mayor profundidad, antes bien, más riesgo para la vacuidad, más margen al error. Algo intuía él mismo en sus opiniones sobre la obra tardía de Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén o Vicente Aleixandre; fuese agotamiento de musa (y no, pues nada más bello que ese retrato del amor en la ventana, ese reflejo de verdadera felicidad que nos regala en su penúltimo diario, cuya poesía en prosa es tan hermosa que duele y nos hace llorar de puro gozo), fuese porque él mismo despreciaba ese alargamiento insostenible de una labor que es sólo estacional, que dura lo que un atardecer (y pensamos nosotros también en Gabriel García Márquez o en Isabel Allende, por ejemplo), o porque sus ganas de poesía se apagaron mucho antes que su sed de caricias y de cuerpos como olas de mar. Y sin embargo todo lo que escribía u opinaba o hacía estaba cargado de versos, tenía ritmo, sostenía notas, hilvanaba sentidos: como el extenso prólogo nos deja claro, Jaime Gil de Biedma, además de pensar profundo, era de cuerpo entero, un poeta.

Resulta paradójico que la primer mención real que tengo de él provenga (de nuevo) a través de El invitado amargo y Luis Cremades , como ese Hermes maravilloso que une una época de la que ambos formamos parte, yo como un verdadero y atento (y muy joven) outsider, él desde dentro: ignoro cuánto conoció al poeta, siendo él mismo un joven y atractivo escanciador de versos en aquellos días; mas su admiración se trasluce, sin trampantojos, en la mención que de él hace en su relato, una aparición divina que refulge en el corazón casi adolescente que idolatra a un maestro que es, asimismo, guapo, y que posee el mayor atractivo de todos: el de las Musas. Jaime Gil de Biedma se me hizo familiar, como otros muchos poetas de esos años ochenta, gracias a Luis Cremades, y por él, mi interés en leer estos diarios y el enorme gusto que encontré haciéndolo.1448987655_710451_1448987778_noticia_normal

La poesía que más me atrae de Jaime Gil de Biedma no es la que tanto le preocupa a él en sus diarios. No es la del virtuosismo métrico; ni la que demuestra una cultura tan vasta como un océano inquieto; la que más me gusta es quizá la más íntima, la que habla de sí mismo, de aquél que le acompaña, de sus sentidos y sus pesares; quizá la más difícil, pues equivale a una desnudez sin adornos, la que nos obliga a una sinceridad sin disfraces. Y en sus diarios, en sus opiniones, qué duda cabe, se encuentra a millares. Una lástima que no haya incursionado más en el mundo de la prosa; era un contador de historias, un hilvanador de liviandades, de profundidades, de procacidades, de precocidades y de deseos tan enigmático como hipnótico, tan artístico como efectivo: hubiera sido un escritor de más éxito del que nunca tuvo.

Todo reconocimiento tardío no es más que un ejercicio de restauración del ego. Al artista al que se le dedica le trae al pairo: ya está muerto. Un poco como él reivindicó a Antonio Machado (nunca suficientemente reconocido así como otro poeta, muerto en circunstancias más cinematográficas, está quizá en exceso deificado) nos llega la hora de reparar nuestra mirada en la obra de Gil de Biedma. Demasiado profunda, demasiado culta, demasiado sutil y demasiado perfecta (y por lo mismo, descarada y liberada de cualquier carga de autosuficiencia) para apreciarla sin saber nada de sí mismo, sin conocer sus pensamientos, su forma de ver las cosas y la manera de sufrir la vida. Eso es lo que deseaba: no en vano se preocupó de que llegasen sus diarios a nuestro poder y que los conociéramos en profundidad. España no es amable con sus artistas (con los verdaderos artistas, claro); en el fondo, no importa. El Arte se impone, como la realidad, como el orden una vez pasado el caos, como la calma después de la tempestad, y el amor cariñoso una vez apagada la pasión. Quizá sea la hora de estudiar una obra única, un pensar profundo, un ser liviano que no leve, lleno de sensualidad y de miedos y de errores y de esos pequeños fracasos que tiñen toda existencia.

La vida era eso, Jaime Gil de Biedma. El amor que se transforma por el tiempo reflejado en la ventana. Y enfermedades y miedos y sandeces. Pero también belleza de mar abierto y poesía de corazón.

 

Soy transexual.

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12677448_1284687141548497_700946373_nSábado a media tarde, mala hora para mí pues me parte el eje de mi labor de guardia, entre hacer tratamientos, revisar el estado de los ingresados y ponerme al día, tener un ingreso es desestabilizador.

Cincuenta y tantos años, varón, obesidad mórbida, enfermedad respiratoria y renal y todas las aquejadas por su obesidad. Un cuadro. Mala higiene, boca séptica (sucia y cariada) aspecto de poco cuidado, úlceras trombóticas en piernas elefantiásicas. Un cuadro.

Llevaba con fiebre más o menos tres días y sin orinar, dos. Se notaba más cansado y torpe últimamente; el médico de cabecera le había recetado más diuréticos porque no toleraba dormir recostado y él notaba que iba hinchando poco a poco. Ahora estaba adormilado, a esfuerzos de consciencia, y respiraba muy rápida y levemente, apurado, como si le faltase el aire o necesitase limpiar su sangre con cada inhalación por más breve que fuese.

Tensión baja. Taquicardia. El oxígeno a todo lo que da la pared. Un cuadro. Un cuadro.

Pensando en lo mal que lo íbamos a pasar todos, acepté el ingreso en UCI. Y resoplé. Eso se me da bien. Resoplar cuando no puedo salir corriendo. Eso, o salir corriendo, pero en mitad de una guardia de sábado no quedaba bien así que había que apechugar con ello.

Para hacer corto el relato, aquel paciente que se comportó con una entereza y un dejarse hacer dignos de elogio, ocupó unas tres horas de mi tiempo exclusivamente (eso significa que el resto del trabajo que podía esperar se acumuló hasta rebosar). Ajustamos sueros, albúminas, noradrenalina, oxígeno, BiPAP (una máquina que intenta suplir la necesidad de intubar y sedar a los enfermos con insuficiencia respiratoria) y antibióticos; el color pareció volver a aquellas mejillas sucias e incluso a ese cuepro abandonado por la falta de higiene una vez que las auxiliares, con diligencia, pudieron asearlo un poco. Resoplé. Y aún me quedaba hablar con la familia. Un cuadro.

Ya cansado (y eso que íbamos por la mitad de la guardia) me acerqué a hablar con los familiares. Los llamé por el nombre del enfermo, como es habitual, y respondieron dos personas. Una más alta que la otra: un hombre y una mujer; él mucho más joven que ella, con esa piel lustrosa de la juventud recién nacida; ella con aspecto desvencijado de puerta venida a menos, con el pelo en melena amarillenta de mal tinte y cierto aspecto de abandono, caminaba apoyada en un bastón. También tenía cierto sobrepeso.

– Hola. Buenas tardes.

Les dije al presentarme. Hice sentar a la señora, que se veía esforzada a todas luces. El chico también lo hizo a su lado. Como siempre, les expliqué los motivos del ingreso, oí la historia clínica del enfermo, y les expliqué las características y las posibilidades de salida del caso. Me entendieron con cierta tristeza. No eran una familia con recursos, eso estaba claro. Esa dejadez, esa falta de higiene que sólo a veces vemos pero que es una realidad en todos los países (no hace falta irse a la India para ver verdadera pobreza, sólo con salir unos kilómetros de nuestras ciudades, y a veces ni eso, la tenemos en nuestras narices), ese discreto abandono a las consecuencias de la vida, a la realidad de los sueños rotos y también, a la soledad. Se le notaban las raíces canas entre el ensortijado amarillo limón de su pelo, los surcos de una piel algo gruesa de expuesta mucho tiempo al sol, y el uso un tanto torpe de una sonrisa forzada.

Así era ella.

El chico joven no abría mucho la boca. Asentía ante el relato de la mujer y apenas añadía nada a lo que me decía. Ella era la hermana del paciente. Él, su pareja. Así que sabía del paciente a través de lo que ella le contaba, por lo que no podía añadir nada al relato de lo que ocurría.

Al saberlo, volqué por completo mi atención hacia ella pues era la conviviente del enfermo, su familiar más próximo y a quien iba dirigido mi discurso y mis explicaciones. Ella no pareció percatarse, ni él tampoco. Así que seguimos.

Cuando llegó el momento de la firma del permiso y el consentimiento informado, le pedí que por favor lo hiciese donde le indicaba y que me diera su nombre y su DNI. En ese momento pareció dudar. Agitó imperceptible su pelo y frunció los labios. Pero su mirada sin embargo adquirió un brillo particular.

– Soy transexual.

Me dijo. Con mucha seguridad pero a la vez como esperando una reacción que, a todas luces, no obtuvo. Al contrario, yo seguí con el mismo tono, como si hubiese oído llover o algo así.

– Si se ha cambiado oficialmente el nombre o si no, por favor, debe ponerme el que aparece en su DNI ya que es algo oficial. No se preocupe por nada.

Y se me quedó mirando, como si se hubiese topado con un extraterrestre o algo. Y firmó con su nombre de nacimiento: Marco Antonio. Y puso el número de su DNI. Y el pelo cayéndole mal pintado sobre los ojos cansados y faltos de aseo.

En esta profesión vemos muchas cosas. Atendemos muchos casos extremos. Y aprendemos a superar los límites estrechos de un pensar pequeño. El mundo no es perfecto, y nosotros menos, pero para eso estamos aquí, para elevar el nivel del pensar humano, del sentir humano; para hacer de nuestros pasos, llagados por lo errores, un caminar perfecto, en el que todo quepa: las diferencias y las afinidades; los gustos y disgustos, las alegrías y las decepciones. A mí me llamó más la atención su pobreza y abandono, que hubiese querido mitigar, que su género, que no me importaba en lo más mínimo. Y sin embargo sobre todo eso, sobrevoló el orgullo y la entereza con que me dijo, quizá previendo una reacción alarmada ante su historia (ante ese pedacito de su historia como persona): Soy transexual. Pues era transexual. Y bien que lo sea. Y que lo consiga. Y que sea ella misma y nadie más.

La situación socio-económica de esa familia de hermanos era un cuadro; él y ella eran un cuadro. Pero no su corazón, no su verdadero ser como personas, como seres humanos. Ella, Marco Antonio en el DNI, era más que una melena rubia mal teñida y un caminar penoso. Ella era Transexual. Más de lo que nadie hubiese podido ser. Más de lo que ella misma pensó desde que era niña. Y así me lo hizo ver y yo le aplaudí por eso, y porque para mí, que he visto mucho y he atendido mucho y que no puedo juzgar ninguna actitud, ninguna perversión, ningún abuso corporal porque no soy juez sino médico, ella ni siquiera era Transexual, era la hermana de un paciente, su única familiar, que necesitaba de un ingreso en UCI. Nada más. Y quizá así debiera ser en un mundo real.

El amor mola (a veces).

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De Roberto Pérez Toledo, parte de la serie El amor mola, campaña para El Corte Inglés en San Valentín 2015.

Felipe II: El Rey imprudente.

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81nOERCpYxL._SL1500_ ¿Cuánto sabemos de verdad sobre los demás? Aún más complejo: ¿cuánto sabemos sobre nosotros mismos? Esas preguntas, y los juicios que conllevan sus respuestas, son las que han llevado al historiador e hispanista (a saber lo que significa en realidad este vocablo) Geoffrey Parker a pasar media vida tras la vida del rey Felipe II de las Españas (y de muchos sitios más que no vamos a detallar aquí.) Un rey dueño de un imperio, y un imperio tan extenso que la hipérbole: nunca se pone el sol, sólo genera visos de pura realidad.

No sé si hubiese querido ser Felipe II; puede que ni siquiera Carlos I, su padre. Puede que, aunque regentes en una época de maravillas, hubiese si quiera querido vivir en ese período de tiempo. Sabiendo lo que sabemos, el S. XVI está tan lejano de nosotros casi tanto como la Antigüedad, y si bien en lo básico los hombres no hemos cambiado en nada, en lo exterior, en lo que nos rodea, en riqueza de conocimiento y empobrecimiento de las fuentes, mucho se ha mimetizado la vida desde entonces hasta ahora.

La labor del profesor Geoffrey Parker es ingente. Nos retrata, con una mirada acertada y muy crítica, quizá en exceso (por lo que ya he dicho, nuestra mirada jamás se podrá adaptar a los ojos del S. XVI, aunque podríamos hacer un esfuerzo), la vida de un hombre complejo, lleno de maniáticas costumbres, incluso llega a aventurarse retratándolo como obsesivo y muy pulcro, huidizo, parsimonioso hasta la quietud de acción, inteligentísimo rallando en lo brillante (pero sujetado por todas las limitaciones humanas), y solo, por sobre todas las cosas, solo.

Ser rey no debe ser algo bueno. De hecho, ser presidente de gobierno tampoco (cómo involucionan nuestros gobernantes nada más llegan al poder comparados a cuando se marchan por la puerta de atrás). Tener el poder absoluto debe ser un castigo más que una gracia. Un peso con atractivos, pero una carga sin duda. Felipe II (y cuantos monarcas ha parido la Historia, que son muchos) es un buen ejemplo de ello.

Un hombre más familiar de lo que se cree, más español de lo que se cree, que sostuvo todo un imperio en años convulsos, que contribuyó a ese desorden y que dilapidó, como muchos otros en esos tiempos y en los de ahora, oportunidades de oro, y mucho oro y sangre y vidas. No cuento con que haya un soberano que salga indemne de un análisis tan detallado y hermoso y extenso como el que Geoffrey Parker hace del monarca hispano: todos tienen defectos, los propios y los de su tiempo, y debemos juzgarlos (¿debemos juzgarlos?) con la mirada de ese tiempo.

En toda la biografía del profesor Parker puede que éste sea el único lastre: parece ofendido por sus hallazgos sobre la personalidad real, quiero decir decepcionado de sus errores, aunque jamás comete la imprudencia de exaltarlos ni de opacar sus virtudes. Tras siglos de leyendas diseñadas por reinos no afines y que se han creído a pies juntillas por todos, incluido los descendientes de sus súbditos, es hora de que la primera monarquía más poderosa de la Era Moderna se limpie de esas impurezas prestadas y que se muestre como ha sido, que acepte como propios aciertos y errores, y se libere de cualquier manipulación o estratagema. Y tienen que ser los británicos, y los franceses y los norteamericanos quienes pongan las cosas en su sitio, los españoles siguen sintiendo una extraña vergüenza de todo ello, una especie de honor mancillado, que les impide ver grandeza y virtud, errores y caídas en el arco de la Historia de su país, de la vida de sus gentes y de la vida de sus gobernantes. Pero ésa es otra historia.

Años más tarde de su publicación el autor mismo se da cuenta de este hecho, cosa que lo engrandece todavía más. Un libro novelado, o la novela de una biografía que atesora miles de conocimientos de un rey prolijo pero nada tonto, que dejó poco tras de sí (como su propio padre; como muchos otros que le precedieron), quizá deseando que la Historia lo juzgase por sus obras, que hablan a gritos, más que por sus justificaciones (de las que sin embargo están hechos incluso los más grandes hombres), escapa al escalpelo del Historiador. Pero quizá no del Escritor.geoffreyparkerii560 Marguerite Yourcenar supo introducirse, convertirse quizá, en el emperador Adriano basándose en los pocos legajos que quedaron (por motu propio) sobre su vida. Acertó en el tono, en el discurso, en la reconstrucción de un tiempo y un espacio vital únicos. Pero ella era escritora, no historiadora. Artista, sabía que juzgar a un personaje no la llevaría más que a la crítica fácil, a la violación de ese lazo púdico y eterno que la ató intelectual y sentimentalmente al emperador romano. Con Felipe II, con Carlos I, puede que ocurra lo mismo. Imitando quizá al romano hispánico, ambos borraron muchas huellas de su propia vida, y esas lagunas, que los historiadores consiguen rellenar, quizá necesiten del alambique del artista para poder ser insuflados de vida, para poder ser entendidos, con los ojos del S. XXI, sin ser sojuzgados, para bien o para mal.  En el fondo, puede que así debamos ver la Historia: sin ignorar sus faltas, sin alabar sus aciertos, sin juzgar con nuestros ojos los ojos de quien vieron el mundo de otra manera. El Arte ocuparía aquí el lugar de la Ciencia, o más bien, junto a la Ciencia establecerían las columnas sobre las que se debería aposentar la Historia, y así dejarla libre de toda manipulación o mancillamiento. Quién sabe.

Pero mientras ese tiempo llega, gracias a historiadores tan acertados como Geoffrey Parker, podemos disfrutar y conocer y limpiar de falsa imaginería un hombre fascinante como pocos, que gobernó un mundo que ya no existe, y con el que se topó quizá de forma más accidental de lo que pudiésemos pensar; un mundo en constante cambio frente a la actitud inmovilista del ser humano, que se resiste a ellos. Un hombre complejo pero fascinante, que se llamó Felipe y que vio la luz y también la muerte en el S. XVI de las Españas, período que aún hoy se llama Siglo de Oro. Casualmente como la época romana que regalaron los empradores Trajano y Adriano, ambos españoles hasta Marco Aurelio, de origen también español… Cosas de la vida, y de la Historia. Pero ésa, es otra historia.

Humanizando la UCI: mimando lo invisible/ Humanizing the ICU: taking care of the Invisible.

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huci CAEBECERA peque

Hace un año y algo recibí por Twiter un mensaje de Gabi Heras. Me invitaba a participar en el Proyecto HU-CI: Humanizando los Cuidados Intensivos. El Dr. Gabriel Heras es especialista en Cuidados Intensivos (UCI) desde al año 2007. Con una vida llena de contrastes y preocupado por la Salud, su objetivo en el campo de la Sanidad ha evolucionado hasta crear e impulsar un proyecto maravilloso que pretende llenar de humanidad el máximo exponente de campo de batalla contra la Enfermedad como es la Unidad de Cuidados Intensivos. Una especialidad, como tal, que en España está sufriendo, tanto por responsabilidad nuestra como la avaricia de otras especialidades, ataques continuos, accesos de debilidad y falta de apoyo de las administraciones regionales y nacionales, y que sin embargo es la punta de lanza, el último recurso y la máxima responsabilidad de la atención hospitalaria.

Como tal, Medicina Intensiva es una especialidad dura que requiere de profesionales bregados, con ganas de luchar y trabajar de forma multidisciplinar con otras especialidades y con todos los estamentos: Enfermería, Auxiliería y Celaduría al unísono, un solo equipo con un fin común: restablecer, vigilando y reparando con ayuda del tiempo y de las fuerzas de cada paciente, la Salud perdida. La Medicina Intensiva cobra un alto peaje a todos los que nos vemos involucrados en ella: profesionales de la Salud, familias y pacientes, algo que se ignora hasta que nos hayamos inmersos en sus necesidades y en sus exigencias.

Gabi Heras ha sabido, con una intuición y un sentido común muy agudos, conglomerar las necesidades secretas (y no tan calladas) que nuestra especialidad solicita, y con una energía y valor únicos, ha emprendido una labor de conocimiento, de reconocimiento y de reparación, es decir, una revolución de la Medicina Intensiva en la que yo me hallaba ya involucrado desde el primer minuto de mi experiencia médica, ya más de quince años atrás, pero que no sabía cómo encauzar hasta su llegada. A lo largo de este blog, no titulado en vano Tiempo de Curar, he intentado mostrar mi mundo, la forma en la que lo veo y comprendo, las situaciones que me han movido a reflexionar más allá de la mera técnica médica, sobre los pacientes, la Enfermedad, los familiares y todos los componentes laborales de la Salud, no sólo como médico, si no como familiar de enfermo y como amigo de enfermos y como hijo de enfermos. Mi forma de pensar encaja en la forma de pensar, en la revolución que Gabi Heras ha llevado a cabo desde el año 2014, y sólo era cuestión de tiempo que alineara mi forma de ver la Medicina Intensiva y sus múltiples relaciones, con la suya y la de una amplia red que, gracias a él, se ha formado y está en contacto y crecimiento constante.

La Humanización de los Cuidados Intensivos es un movimiento necesario, que lleva años gestándose en enfermeros, auxiliares y celadores y en algunos pocos médicos, que poco a poco estamos abriendo los ojos y prestando más atención a ese llamado que más que un susurro se ha convertido, gracias a Gabi Heras, en casi un grito. El Proyecto HU-CI nos obliga  a ponernos en contacto con lo más íntimo de nuestro ser como trabajadores de la Medicina Intensiva, encarar las necesidades como individuos y como estamento y como equipo, y aprehender, en ese ciclo eterno entre enfermos, familiares y profesionales, la mayor empatía y la mayor calidad que repercutirá en nuestro día a día de la forma más positiva y libre posible.

En este último año he estado lidiando, más aún si cabe, en lo personal y en lo profesional con mi papel como médico intensivista; ocho meses de estancia de mi padre en UCI me convirtió en hijo y hermano de paciente; he obligado, queriéndolo o no, a mis compañeros, desde celadores a médicos, a trabajar codo con codo con mi padre y conmigo a la vez; he estado en una vorágine de sentidos y sensaciones que ha requerido el paso del tiempo para aquietarse y, también, para ser aprehendida más que aprendida de forma consciente por mí mismo. La invitación de Gabi Heras a participar, con mis pensamientos y mis experiencias, en un proyecto en el que creo (en el que siempre he pensado llevar a cabo cada vez que atiendo a un enfermo)  la retomo ahora, espero que no tardíamente, con el mayor interés y el más enérgico de los apoyos.

En un mundo en constante cambio, en un momento crucial para la Medicina Intensiva, en la que está a punto de ser destruida como tal (con nuestra carga de responsabilidad) es necesario que todos sepan de su existencia, de su necesidad, de su aporte a la Salud de la sociedad; es necesario que evolucione hacia un estado de mayor complejidad y conexión con la Vida, con ese entramado de sentimientos y sensaciones que nos embargan, como personas, al bailar ese vals de vivir en el Pasillo de la Salud Perdida,  que nos arroja a estados inexplorados de existencia que merecen ser respetados, amparados y superados una vez llegado a su fin.

Por eso me uno ahora al Proyecto HU-CI, intercambiando mis sentimientos, mis búsquedas, mis hallazgos y mi visión más holística de un trabajo apasionante y cansado, lleno de sombras y de luz, al que Gabi Heras ha regalado un canal de encuentro y entendimiento y de unión, y en el que me voy a zambullir con gusto y compromiso, buscando la excelencia por un lado, pero sobre todo la veta de Humanidad y de Belleza que se halla encerrada dentro de la Medicina Intensiva, y que merece ser compartida y conocida por toda la sociedad.