El último relato gráfico, en una edición preciosa de Lunwerg (Editorial Planeta), de Alfonso Casas está lleno de melancolía, mucha inocencia y un regusto agridulce por las historias que casi han sido y no se van a contar jamás.
Es breve, pero lo que encierra en sus páginas late con delicadeza. No es una historia nueva (nunca lo son), pero es una historia que nos ha pasado y quizá por eso merece ser escrita y mucho más dibujada y más editada de esta manera tan hermosa, tan crepuscular.
El final de todos los agostos es el relato de un adiós. Es decir de un final. El de un relato de dos que no pudo ser: inmadurez, torpeza, abandono, resentimiento y culpa. A veces el amor tiene estos meandros por donde navega, callado, hasta que nos atrapa. Y a veces ese abrazo es un solo gozo y a veces, como en El final de todos los agostos, sigue siendo un desencuentro que parece terminar donde otra historia inicia. Quizá.
De la infancia a la adolescencia, la eterna inmadurez del hombre de nuestro tiempo, que no sabe lo que quiere pues habita en el planeta de la melancolía del deseo. Lo que tiene quizá no le llegue, hasta ese último momento en que decide, gracias al Destino, que es lo que le toca.
Hay mucho de nuestro día a día en El final de todos los agostos, un retrato muy veraz de la treintena actual, y del hombre como género y definición, con sus aciertos y sus errores.
En agosto quedó un corazón y clavado a él, un recuerdo, y esa nota disonante evoca lo que pudo haber sido y no fue en forma de olvido obligado, en forma de puntos suspensivos.
De la película Fievel y el nuevo mundo (1986) una de las baladas más hermosas que se hayan compuesto para el cine de animación (sin ser de Alan Menken & Howard Ashman): Somewhere Out There.
Dos hermanos que se extrañan y se buscan en las intricadas aguas de la emigración y la separación fortuita. Las aventuras de Fievel, buscando a su familia, resumían el duro trance que la ruptura de la conocido y la sorpresa de lo nuevo ha sembrado en cada una de las personas que, por una razón u otra, han tenido que dejar su lugar de origen.
De un tiempo a esta parte escucho, entre asombrado y algo apenado, que vamos absorbiendo esa tendencia anglosajona (heredada, transformada por el tiempo, de los latinos y los griegos, y aún más allá en el interior de la Historia) de buscar héroes, personas a las que imitar, en las que buscar inspiración y que admiramos por encima del sentido común.
Estoy un tanto cansado de oír que necesitamos héroes, figuras referenciales, que nos inspiren a tomar una actitud u otra, que justifiquen nuestras ansias y anhelos, para usarlos de patrones transformadores de nuestro edificio vital y adquirir, de esa forma, una estructura de comportamiento, una meta y un logro.
En esto veo un gran error. Para alguien que ha carecido toda la vida de punto de referencia externa, esa obsesión por encontrar patrones de conducta y de inspiración me resulta alarmante. No tanto por sí mismos, si no por la excesiva importancia que se le está prestando, pasando de ser puntos de referencia coral a faro que guía el camino de una persona.
Decir que cada individuo en un mundo parece ahora más necesario que nunca. Admirar la cualidad que distingue a alguien de los demás es saludable y necesario; querer aprehenderla dejando nuestra personalidad a un lado es lo peligroso. Nos llenamos la boca de que necesitamos más personas-símbolo en vez de más personas-personas, sencillas y simplemente humanas. No porque haya más individuos discapacitados yo como unidad y la sociedad como conjunto, nos vemos obligados a cambiar. Por más que una estrella o alguien famoso (es que ahora todos son «celebridades» o «estrellas»… ¿de qué?) se identifique con una identidad de género, con un problema de dependencia, o con una actitud socialmente admirable, no va a hacer que desaparezcan las circunstancias vitales que rodean a nuestra sociedad; no la hace más relajada o abierta o flexible. La casa no se arregla por el tejado. No necesitamos más héroes de película, necesitamos héroes del día a día, personas normales que sonrían al ofrecer un servicio, que saluden de mañanas, que dejen su asiento al necesitado, que vivan su vida diaria con unos principios que equivalen a una estructura educacional que se adquiere en el hogar (no en el colegio), que se gana con el pulso diario.
De nada me sirve saber que éste o aquél es homosexual, transexual, pansexual, fluido, negado, independentistas, rojo, azul, negro o blanco. Mi vida es mejor porque ellos elevan, conmigo, la estructura del mundo; hacen que las fronteras de lo excelso sean más alcanzables; engrandecen en su pequeño aporte las gracias humanas; pero no las dignifican más, no las idealizan. Eso es añadir una carga de responsabilidad que esas personas-símbolos no merecen y que muchas veces son incapaces de sobrellevar. Y llegan las decepciones y los ídolos de pies de barro (todos lo somos). Porque colgar las esperanzas y las ilusiones a estos supuestos héroes no es más que trasvasar la costumbre cristiana de confiar en santos; somos politeístas de las virtudes (y pecados), y exigimos a esas pobres personas una rectitud, una falta de flexibilidad, ajenas a la naturaleza humana; esas personas, si bien les adula tal anhelo llevado a riesgos de fe, no están preparadas (y muchas veces ni lo desean) para semejante carga.
No necesitamos más héroes, no necesitamos símbolos de comportamiento. Sólo con el trabajo interior, la educación recibida en casa, y aquella que nos granjeamos cuando empezamos a tener consciencia de criterio, seremos capaces de construir un mundo mejor, donde el ejemplo sea práctico y transmisible, sin idealismos huecos, sin individuos idealizados que ni merecen semejante trato ni requieren tanta atención.
A fin y al cabo el trabajo es individual, el resultado multitudinario, contagioso y esperanzador. Porque siempre seremos nosotros mismos en ese baile de espejos; no corramos el riesgo de perdernos en imitaciones baratas de esos ídolos, ni busquemos la encarnación de una virtudes que desearíamos tener en ellos, olvidando cultivarlas en nosotros mismos.
Ya lo cantaba David Bowie: todos somos héroes, aunque sea por una noche.
Que esa labor no termine nunca y cristalice para siempre en nosotros, y brille en cada acto, en cada sonrisa, en cada condescendencia con los demás. Porque podemos ser héroes sin necesidad de otros héroes, por una noche, y por la eternidad de nuestra vida.
Calles de fuego es una película estrenada en 1984, sita en otro tiempo y lugar, bebe de las raíces de los años 1950 y los propios 1980. Era extravagante, con un reparto muy guapo (y algunas estrellas que salieron de ella) y la idea de que una fantasía callejera mezclada con música rock llevaría a los chicos a las calles a cambiar el mundo, o al menos a hacerlo algo más divertido.
Esas esperanzas que impregnaban la década de los 1980.
Y que curiosamente han llegado hasta hoy.
La sala de cine, con el mejor sonido Dolby del momento, esas imágenes y esa música poderosa, la belleza arrebatadora de sus dos protagonistas, los amigos buenos, el malo malísimo, la ropa de cuero, losa coches de los años 50, las motos, el juego de luces y la locura textil de la década de origen hicieron de este pastiche una película que ha permanecido en la memoria colectiva de todos lo que éramos adolescentes (o pre-adolescentes) en esa época maravillosa donde la música era un lazo de unión que no atragantaba todavía y donde las hombreras gobernaban el mundo (ojo, que ya están aquí) y el cardado y el corte de pelo asimétrico y los punks eran poco más que la representación del Inferno con su aspecto agresivo a la vez que tierno de animal herido y desubicado.
En contra de lo que se piensa, la década de los 80 no fue una época fácil, pero fue luminosa para la música, el cine, el arte en general, medios que hacían que la vida se aligerara y amansaban el espíritu roto de una juventud que enfrentaba la desgracia del paro de más del 25% y la peste de la heroína y del VIH como podía, generalmente escudados en sus Walkman, sus cintas de 60, 90 y 120 minutos, sus Donkey-Kong, sus máquinas traga-perras llenas de Tetris y Pac-man y Marcianos y la eterna ilusión que ser joven era aquello, disfrutar de una buena canción, de una buena película, mientras bailaban con sus zapatillas Reebok blancas y los vaqueros Levis’ 501 arremangados en los tobillos, escapando del frío con cazadoras de jean repletas de chapas y los cuellos y las frentes adornadas con bandanas multicolores.
Después de más de 30 años todo sigue más o menos igual. Todo parece nuevo porque los ojos que ven la realidad no conocen lo que una vez hubo pasado. Se visten igual, están igual de perdidos, sus luchas se mezclan con la teatralidad del mundo, repleto de dirigentes ineptos que les ofrecen grotescos reflejos de sí mismos; y tienen sobre sí la losa de la sobre-información y de su accesibilidad; navegan en un mar de tendencias múltiples (ya no hay una creatividad uniforme que defina al siglo) sin puntos de anclaje, y deben enfrentarse a su meta de auto-definición en un terreno de arenas movedizas.
Pero no todo es malo. Son gente más abierta (no son perfectos), intentan ver lo que les rodea con naturalidad, que es un punto más allá de la aceptación; se enfrentan a problemas similares con el mismo espíritu hambriento (bueno, algo más atemperado, que el medio es menos hostil) y descubrirán lo que significa ser joven: atravesar el mar de la vida con las armas de las artes y de las ciencias y crear un mundo propio, inclusivo, abierto, único y por tanto irremplazable y perecedero. Descubrirán que ser joven es haber vivido y que todo queda atrás, a la espera de que la siguiente generación atraviese sus calles de fuego en búsqueda de la ansiada felicidad. Una felicidad que es eso: vivir cada día como nos es regalado, con los dos pies en el presente y el corazón en la mirada.
No es fácil vivir en un mundo que se tambalea continuamente. A veces miramos a los demás y nos da la impresión de que tienen una vida estable, que se repite día a día sin cambios telúricos, donde los hábitos, la salud, la fortuna y el quehacer se desdoblan sin problema alguno; pasan los días como pasa la vida.
Pero la vida no es eso. Es un constante cambio, un combate a veces y a veces una renuncia, una claudicación. A veces se vuelve un pequeño infierno: el trabajo puede ser una fuente de frustración, por compañeros que minan la moral del grupo con su comportamiento; por parcos resultados o falta de evolución. La vida personal siempre es más pequeña de lo que alguna vez hemos soñado: nada refleja lo que una vez nos ilusionó y nada es lo que esperábamos.
En medio de un océano semejante, es difícil encontrar el equilibrio para seguir adelante. Un parado de largo tiempo siente que la sociedad se burla de sus habilidades, amargándose por dentro: todo lo que intenta opaca ese reflejo de sí mismo que desea conseguir con cada intento. Un trabajador que sufre acoso laboral siente en su piel las miles de dudas que, soterrado, esos terroristas del ego excavan sin sosiego, consiguiendo en el acosado el reflejo mediocre de lo que son; un quinceañero inadaptado intenta hallar un equilibrio espúreo en su imitación de lo que le rodea, aunque sienta en su interior que no hace lo correcto, en ese intento desesperado por encajar en un mundo que lo rechaza pese a todo.
Una persona adicta a sustancias, legales o no, al juego, a las compras, a la carne, procura encontrar en ese reflejo irreal el equilibrio de un mundo que dejó de entender. Aquél que abandona sus propios sueños por cumplir los de otro que no ha pedido; las cargas familiares a veces, a veces las nuestras propias: parece que la vida es un constante cambio de máscaras en el que sólo unos pocos parecen tener la llave que detiene ese flujo de desgracias.
Así me he sentido yo muchos años. Buscando fines altruistas, pero no propios. Viviendo un día a día irreal, luchando contra la opinión de otros y con las mías propias; dejando de lado unas necesidades que emergían en forma de hábitos tóxicos, de anhelos vacuos. Nada de lo que he hecho hasta ahora refleja de verdad quien soy, apenas una pequeña parte de la inmensidad que me define, de la hondura que me honra. No hay suficiente brillo en la mirada ni ilusión en las palabras, no sé dónde está la persona que se mira al espejo diariamente y que ni siquiera sale en fotos por no reconocerse.
Hace un par de meses decidí, por probar, adentrarme por primera vez en una actividad física reglada: Crossfit. Por muchos motivos, todos propios. Como no puede ser de otra forma, a todas las clases preparatorias no puede ir, y a las que fui, saliente de guardia, pensé que me reventaba cada articulación, que me dolía cada paso. Y literalmente así era. Aún sin saber mucho de esa modalidad de entreno, decidí proseguir con las clases. Ahora lo miro como una gran locura: sin conocimiento alguno, sin preparación física mínima, empecé a acudir a las sesiones semanales (sólo puedo hacer por ahora tres sesiones por semana). Llegar al recinto, repleto de personas adictas al deporte y muy evolucionado en él, me hizo sentir mal. Yo era un aprendiz, quería ser un aprendiz, pero mi conocida torpeza, mi lenta curva de aprendizaje, me inhibían mucho. Me recibieron entre murmullos y sonrisas: tres se presentaron rompiendo el hielo y se mostraron afables y dispuestos a echarme una mano, interrumpiendo sus ejercicios para iluminar los míos, para indicarme éste o aquél error, para intentar que lo hiciera bien. En los días posteriores otros se sumarían a la tarea de que pareciera menos pato mareado de lo que soy. Manu, el entrenador, siempre afable y muy comprensivo, al que se le unió posteriormente Roi, con esos ojos azules mirándome alucinado y machacando sobre su teoría de estilo más que peso, han condicionado mis tardes, inculcándome cierta disciplina, haciéndome descubrir posibilidades siempre vetadas para un cuerpo camino del medio siglo. Sito, Teté, Gonza, Carlos, Aitor, Luz, Kris, por nombrar sólo unos pocos, me enseñan cada semana, con su trabajo y su dedicación a ese deporte, la alegría escondida en cada movimiento del cuerpo, las eternas posibilidades que la salud y la vida pueden sembrar en un espíritu presto. Hacía muchos años que no entraba en una clase a aprender desde cero; cada vez que voy, a pesar de mi torpeza y frustración, esa hora de individualismo y compañerismo ilumina el sendero gris que es la búsqueda del equilibrio perdido en los años pasados.
Esa iluminación física me ayudó, en medio de un examen al que casi no me presento, a redescubrir un tesoro que había perdido: mi potencial intelectual, esa inmensa capacidad de concentración y entendimiento que creía perdida, embotada por años de pereza y por el constante roce de la opinión ajena, envidiosa e hiriente, siempre presta a desgastar aquello que sabe diferente y único.
La tortura mental a la que me sometí no la había sentido nunca: tenía miedo al ridículo, a lo que opinasen colegas cuyo interés en mí es mínimo, o cuanto menos poco edificante. Así, en un tira y afloja abrumador, perdí una semana de estudio. Finalmente, oyendo consejos dichos con sabiduría y equidistancia, decidí hacerle caso a esa llamita que había comenzado a latir en mí desde que empecé a practicar Crossfit: esa parte de mí que había vuelto a reencontrar y que creía perdida, ese ansia por encontrar mi verdadero reflejo en el equilibrio de mis deseos, en la depuración paulatina de mis vicios y mis costumbres.
Me presenté al examen. El resultado es lo de menos (no hay milagros) pero lo que sentí haciéndolo fue revelador. Igual que atacar un power-snacht o un peso-muerto. Sabía que si ponía de mi parte lo conseguiría. Supe que, con el tiempo adecuado, aquello para mí sería posible. Y sólo por eso valió la pena haber llegado hasta allí, respondiendo preguntas que me referían ecos, que hablaban directamente a mi inconsciente, que es el corazón desde donde trabajo.
Mi capacidad de resistencia, de adaptación, había sido vulnerada. Mi resiliencia, tan alabada por muchos, mostraba ya fisuras, pequeños desgastes secundarios a la intemperie. Mi reflejo no era el mío. No lo ha sido desde hace mucho tiempo. Y sin embargo, no puedo esconder lo que soy: no paso desapercibido, para bien o para mal; trabajo desde una perspectiva, no desde otras; soy yo mismo, perdido, pero lo soy: no soy igual a nadie y hasta tengo derecho a albergar sueños y esperanzas que, a pesar de medio siglo, pueden llegar a vertebrarse con la actitud adecuada, con el sabio tamiz del tiempo que ha pasado.
No sé cuándo mi reflejo dejará de ser el de otro que no soy del todo yo. Sólo sé, ahora sé, que busco conscientemente el equilibrio a pesar de las adversidades cotidianas, a pesar de mí mismo, y los chicos (porque muchos son chicos jóvenes) del Brick Crossfit Santiago me ayudan sin saberlo, y esos compañeros y familiares que ven en mí más de lo que yo soy capaz de ver, y no se entrometen más de lo necesario, y esa mala hierba que, aunque agradecido, hay ya que arrancar.
Poco a poco… No tengo prisa. ¿Para ir adónde? Puede que jamás pueda colgarme de unas anillas sin desplomar mi pesado cuerpo contra el suelo, y que el desastre de mi vida personal no se reponga jamás. Pero el viaje hacia el equilibrio ha comenzado… Y no hay marcha atrás. El junco siempre será un junco. Pero fuerte, y sobre todo, siempre él mismo, reflejando su verdadero interior, guste a quien le guste, por el bien de todos, pero más por suyo propio, que es el mío.