Equilibrio. Resiliencia. Reflejos

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No es fácil vivir en un mundo que se tambalea continuamente. A veces miramos a los demás y nos da la impresión de que tienen una vida estable, que se repite día a día sin cambios telúricos, donde los hábitos, la salud, la fortuna y el quehacer se desdoblan sin problema alguno; pasan los días como pasa la vida.

Pero la vida no es eso. Es un constante cambio, un combate a veces y a veces una renuncia, una claudicación. A veces se vuelve un pequeño infierno: el trabajo puede ser una fuente de frustración, por compañeros que minan la moral del grupo con su comportamiento; por parcos resultados o falta de evolución. La vida personal siempre es más pequeña de lo que alguna vez hemos soñado: nada refleja lo que una vez nos ilusionó y nada es lo que esperábamos.

En medio de un océano semejante, es difícil encontrar el equilibrio para seguir adelante. Un parado de largo tiempo siente que la sociedad se burla de sus habilidades, amargándose por dentro: todo lo que intenta opaca ese reflejo de sí mismo que desea conseguir con cada intento. Un trabajador que sufre acoso laboral siente en su piel las miles de dudas que, soterrado, esos terroristas del ego excavan sin sosiego, consiguiendo en el acosado el reflejo mediocre de lo que son; un quinceañero inadaptado intenta hallar un equilibrio espúreo en su imitación de lo que le rodea, aunque sienta en su interior que no hace lo correcto, en ese intento desesperado por encajar en un mundo que lo rechaza pese a todo.

Una persona adicta a sustancias, legales o no, al juego, a las compras, a la carne, procura encontrar en ese reflejo irreal el equilibrio de un mundo que dejó de entender. Aquél que abandona sus propios sueños por cumplir los de otro que no ha pedido; las cargas familiares a veces, a veces las nuestras propias: parece que la vida es un constante cambio de máscaras en el que sólo unos pocos parecen tener la llave que detiene ese flujo de desgracias.

Así me he sentido yo muchos años. Buscando fines altruistas, pero no propios. Viviendo un día a día irreal, luchando contra la opinión de otros y con las mías propias; dejando de lado unas necesidades que emergían en forma de hábitos tóxicos, de anhelos vacuos. Nada de lo que he hecho hasta ahora refleja de verdad quien soy, apenas una pequeña parte de la inmensidad que me define, de la hondura que me honra. No hay suficiente brillo en la mirada ni ilusión en las palabras, no sé dónde está la persona que se mira al espejo diariamente y que ni siquiera sale en fotos por no reconocerse.

Hace un par de meses decidí, por probar, adentrarme por primera vez en una actividad física reglada: Crossfit. Por muchos motivos, todos propios. Como no puede ser de otra forma, a todas las clases preparatorias no puede ir, y a las que fui, saliente de guardia, pensé que me reventaba cada articulación, que me dolía cada paso. Y literalmente así era. Aún sin saber mucho de esa modalidad de entreno, decidí proseguir con las clases. Ahora lo miro como una gran locura: sin conocimiento alguno, sin preparación física mínima, empecé a acudir a las sesiones semanales (sólo puedo hacer por ahora tres sesiones por semana). Llegar al recinto, repleto de personas adictas al deporte y muy evolucionado en él, me hizo sentir mal. Yo era un aprendiz, quería ser un aprendiz, pero mi conocida torpeza, mi lenta curva de aprendizaje, me inhibían mucho. Me recibieron entre murmullos y sonrisas: tres se presentaron rompiendo el hielo y se mostraron afables y dispuestos a echarme una mano, interrumpiendo sus ejercicios para iluminar los míos, para indicarme éste o aquél error, para intentar que lo hiciera bien. En los días posteriores otros se sumarían a la tarea de que pareciera menos pato mareado de lo que soy. Manu, el entrenador, siempre afable y muy comprensivo, al que se le unió posteriormente Roi, con esos ojos azules mirándome alucinado y machacando sobre su teoría de estilo más que peso, han condicionado mis tardes, inculcándome cierta disciplina, haciéndome descubrir posibilidades siempre vetadas para un cuerpo camino del medio siglo. Sito, Teté, Gonza, Carlos, Aitor, Luz, Kris, por nombrar sólo unos pocos, me enseñan cada semana, con su trabajo y su dedicación a ese deporte, la alegría escondida en cada movimiento del cuerpo, las eternas posibilidades que la salud y la vida pueden sembrar en un espíritu presto. Hacía muchos años que no entraba en una clase a aprender desde cero; cada vez que voy, a pesar de mi torpeza y frustración, esa hora de individualismo y compañerismo ilumina el sendero gris que es la búsqueda del equilibrio perdido en los años pasados.

Esa iluminación física me ayudó, en medio de un examen al que casi no me presento, a redescubrir un tesoro que había perdido: mi potencial intelectual, esa inmensa capacidad de concentración y entendimiento que creía perdida, embotada por años de pereza y por el constante roce de la opinión ajena, envidiosa e hiriente, siempre presta a desgastar aquello que sabe diferente y único.

La tortura mental a la que me sometí no la había sentido nunca: tenía miedo al ridículo, a lo que opinasen colegas cuyo interés en mí es mínimo, o cuanto menos poco edificante. Así, en un tira y afloja abrumador, perdí una semana de estudio. Finalmente, oyendo consejos dichos con sabiduría y equidistancia, decidí hacerle caso a esa llamita que había comenzado a latir en mí desde que empecé a practicar Crossfit: esa parte de mí que había vuelto a reencontrar y que creía perdida, ese ansia por encontrar mi verdadero reflejo en el equilibrio de mis deseos, en la depuración paulatina de mis vicios y mis costumbres.

Me presenté al examen. El resultado es lo de menos (no hay milagros) pero lo que sentí haciéndolo fue revelador. Igual que atacar un power-snacht o un peso-muerto. Sabía que si ponía de mi parte lo conseguiría. Supe que, con el tiempo adecuado, aquello para mí sería posible. Y sólo por eso valió la pena haber llegado hasta allí, respondiendo preguntas que me referían ecos, que hablaban directamente a mi inconsciente, que es el corazón desde donde trabajo.

Mi capacidad de resistencia, de adaptación, había sido vulnerada. Mi resiliencia, tan alabada por muchos, mostraba ya fisuras, pequeños desgastes secundarios a la intemperie. Mi reflejo no era el mío. No lo ha sido desde hace mucho tiempo. Y sin embargo, no puedo esconder lo que soy: no paso desapercibido, para bien o para mal; trabajo desde una perspectiva, no desde otras; soy yo mismo, perdido, pero lo soy: no soy igual a nadie y hasta tengo derecho a albergar sueños y esperanzas que, a pesar de medio siglo, pueden llegar a vertebrarse con la actitud adecuada, con el sabio tamiz del tiempo que ha pasado.

No sé cuándo mi reflejo dejará de ser el de otro que no soy del todo yo. Sólo sé, ahora , que busco conscientemente el equilibrio a pesar de las adversidades cotidianas, a pesar de mí mismo, y los chicos (porque muchos son chicos jóvenes) del Brick Crossfit Santiago me ayudan sin saberlo, y esos compañeros y familiares que ven en mí más de lo que yo soy capaz de ver, y no se entrometen más de lo necesario, y esa mala hierba que, aunque agradecido, hay ya que arrancar.

Poco a poco… No tengo prisa. ¿Para ir adónde? Puede que jamás pueda colgarme de unas anillas sin desplomar mi pesado cuerpo contra el suelo, y que el desastre de mi vida personal no se reponga jamás. Pero el viaje hacia el equilibrio ha comenzado… Y no hay marcha atrás. El junco siempre será un junco. Pero fuerte, y sobre todo, siempre él mismo, reflejando su verdadero interior, guste a quien le guste, por el bien de todos, pero más por suyo propio, que es el mío.

Juan Ramón Villanueva

Un aspirante-a-todo-lo-que-sea, que vive en Santiago de Compostela; dedicado a vivir demasiado en su cabeza; con grandes amigos con los que compartir todo los aspectos de la vida, y que empieza a necesitar expandirse más allá de sus propio límites geográficos. Aspiring-to-everything-that-it-is, living in Santiago de Compostela; dedicated to live too much in his head; with great friends with which to share all aspects of life, and that begins to need to expand beyond his own geographic limits.

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